Nos habíamos pasado el embarcadero. El camino era sinuoso y el tráfico endemoniado, a esa hora de la tarde. El aire se mezclaba con el mar, el petróleo de los camiones y el hedor de las plantas de proceso. La vista estaba empañada. Parecía que iba a llover.
Retrocediste y logramos entrar. El velero olía a guardado, a océano aposentado demasiado tiempo en las esquinas de sus luces de proa. Golpeaba despacito el agua y sentí que no teníamos nada que hacer allí. Insististe tercamente y entramos. El finlandés del interior parecía la portada de algún reportaje de National Geographic. Su barba puntiaguda, sus ojos profundamente azules, el sweter de lana peinada y las manos gigantescas y llenas de rasmilladuras y cicatrices. Había sido de todo, habló para sí, consciente de nuestra atención, carpintero, estibador, vendedor viajero, parte de una cuadrilla de trabajadores de un parque nacional, que se encargaban de marcar renos en las soledades del invierno, eso y mucho más.
Destapó lentamente una botella de vodka y empinó un trago, como aceitando la antigua maquinaria que hacía las veces de la bomba de su embarcación. Me mostró fotografías de los lugares de su travesía, tratando de explicar porque navegaba sin rumbo ni destino, sólo dejándose mecer por las corrientes y la luna. El oceáno es lo único que me sorprende, dijo con un acento de difícil identificación. Había estado en tantos lugares, había gozado de tantas aventuras y quería seguir navegando.
Afuera llovía con fuerza y las aguas mansas del embarcadero se agitaban probando nuestra resistencia, mientras el vodka iba haciendo su tarea. Achispados todos, caminamos peligrosamente por la cubierta, tú ayudabas a adujar la vela mayor, siguiendo las instrucciones del finlandés y yo miraba absorta los grises pesados que iban cubriendo el horizonte, mientras las luces en el puerto iban apareciendo, en un espectáculo de difícil definición. Reímos. Estábamos empapados. El finlandés ofreció una sopa de almejas y entramos, saboreando anticipados.
¡Este tiempo de mierda! exclamé adentro, tratando de ubicar alguna sección de mi ropa que estuviera seca. El finlandés me miró divertido y empezó otra historia. Una terrible, fría, misteriosa, mientras iba haciendo pausas con los tragos de vodka, revolviendo afanoso la olla de la sopa con una cuchara de madera, de complicados dibujos.
El olor de la crema fresca y los mariscos inundó todo el lugar. El vapor se quedaba sobre nosotros y eso explicaba la maravillosa variedad de plantas de interior, que pululaban en el camarote y el olor a guardado. Este lado del mundo es el mejor para mí. Hay lluvia, dijo, pero no hay frío. El frío es el peor aliado del marinero, insistió meditando sus palabras. La congelación de todo, por una capa espesa y transparente que deja la memoria suspendida. Así dijo y apagó la estufa. Sacó platos de un compartimento y preparó la mesa. Sirvió la sopa. Nos miró con detención.
El invierno que decidí abandonar Finlandia para siempre, fue el más frío que se haya registrado jamás, dijo lentamente, mientras sorbía ruidoso. Todo se congeló. Mi mundo estaba destruido y sólo quería irme lejos. El mar era lo único que me tranquilizaba. Había decidido unirme a la tripulación de un mercante, pero íbamos aplazando la salida cada día. La bahía estaba petrificada y la desolación era inmensa. Era como si un manto de tristeza sideral se hubiera ensañado con nosotros. Caminé por dos días, grabando las imágenes del frío en mi mente, hasta que lo ví. Atrapado, como yo; congelado, como yo; perdido, como yo. Tomé nota de la ubicación, revisé el casco y me enteré de quienes lo tripulaban. La última vez que estuve en esa bahía fue para componer esta embarcación. Ahora estamos aquí y somos buenos amigos, sonrió. Yo le he rescatado y ella a mí.
“El globo llegó sin contratiempos a su destino, después de un viaje apacible por un cielo de un azul inverosímil. Volaron bien, muy bajo, con viento plácido y favorable, primero por las estribaciones de las crestas nevadas, y luego sobre el vasto piélago de la Ciénaga Grande”. *
Tuve que interrumpir mi lectura, mientras el sol me pegaba de frente y la magia de los acontecimientos me despertaba con la imagen nítida y colorida de los globos aerostáticos elevándose lentamente en la planicie, en el camino a Lucerna, coincidiendo magistralmente, como si todo estuviera ya planeado.
Miré con detención, mientras los globos seguían subiendo. En sus carlingas de mimbre se refugiaban pequeñas personas. Veía parejas en la plenitud de su amor, eligiendo este viaje para contraer matrimonio. Era la moda este año, en un verano plácido y soleado. Lo mejor de la región.
Ibamos a celebrar nuestro décimo tercer aniversario. La complicidad rebelde de los primeros años había cedido a un apacible estado de adivinación, donde con sólo ver los gestos del otro, podíamos predecir incluso el tiempo y la temperatura de nuestros corazones. Habíamos dejado atrás las conjeturas respecto a la felicidad y nos habíamos conformado con una especie de calma chicha que no tenía nada de despreciable y a veces sabía igual.
Acostumbrados, más que otra cosa, a las manías de cada uno, se hacía suave el surcar esta vida elegida y construida por ambos. Los vientos de las pasiones primeras se habían suavizado a medida que avanzaba nuestra existencia. No recordaba las borrascas iniciales y sí saboreaba con pena el anhelo del primer amor. Me faltó el aire en este punto y me miraste como con descuido. Ya conocías mis estados de ánimo, variables como era el viento en esta época del año.
Escuchaste mis razones sin mucho entusiasmo, mientras contemplabas curioso otro globo que acababa de despegar. Recorriste con cuidado el libro que estaba por terminar y sonreíste. Siempre te pones melancólica cuando lees García Márquez dijiste, y me plantaste un beso sonoro en la frente, mientras tomabas el texto y lo arrojabas al asiento de atrás.
Sólo ustedes, los de esta tierra, pueden ser tan descariñados y ausentes, argumenté buscando un alegato que realmente no quería. Seguiste conduciendo por la carretera, mientras avanzaba la mañana. Masticaba el amargo sabor de la no respuesta, pero me conocías bien. Entre los campos se levantaba la polvareda del verano, anunciando una cosecha abundante. Siempre tu alma ha sido la de un campesino, por eso me has tenido tanta paciencia, suspiré con pena, tratando de alcanzar mi libro.
Recordé la primera vez que te vi. El sol iluminando tu chaqueta color lúcuma, en un verano perdido, en un tiempo tan anterior a este. Soplaba el viento ese día, lo recuerdo bien, porque un remolino de tierra te alcanzó, mientras volvías a tu auto y me miraste perdido en la ventolera. Pensé no alcanzarte nunca, pero aquí estábamos, trece años después de entonces y me sentía desgraciada al constatar que ya no era lo mismo.
La esencia del amor no era más que eso, pude comprobar a la vuelta de los años y cuando todo se me venía en contra. Era difícil ser inmigrante en mi propio hogar. Ver tus muecas de desaprobación cada vez que equivocaba los tiempos verbales o terminaba hablando algo tristemente fuera de contexto, en un idioma completamente ajeno. Me refugié en los libros con porfía y aceptaste que las cosas eran de ese modo. Creo que nunca habías dejado de amarme. Yo no estaba segura si aún podría usar esa frase con propiedad.
Paraste de pronto y diste la vuelta en U. Sin pensarlo siquiera, estábamos en la planicie de los globos. Bajaste corriendo, mientras el viento agitaba tus cabellos. Cogí mis lentes de sol y me bajé entre sorprendida, molesta y fascinada. Me subiste en tus brazos a la carlinga y acto seguido el sonido de la flama de gas era lo único que nos acompañaba. Te miré fijamente. Busqué con desesperación al que había visto entre la ventolera, en un lugar tan distante, en un tiempo tan anterior. Ahí estaba. Riendo francamente, apartando sus cabellos con el mismo ademán de entonces. Ahí estaba. Conmigo. Entre las nubes. Arrojaste con un gesto teatral mi libro por la borda y me abrazaste. El sol nos iluminaba. El viaje por un cielo tan azul nos encandiló la mente. Creo que no habíamos gozado tanto con un aniversario. Guardé los minutos celosamente en mi memoria. Sin mirar, asentiste con tu cabeza. Tú hacías lo mismo.
* De ”El Amor en los Tiempos del Cólera”, Gabriel García Márquez.
El mayoral me había despertado, siguiendo mis instrucciones. Esperaba las noticias del campo de batalla. La causa estaba en juego y no era que me iba a quedar de brazos cruzados sin apoyar la libertad de mi país.
Las nuevas no eran alentadoras y aunque ya había mandado a casi todos mis sirvientes e inquilinos a ponerse al mando de las tropas que luchaban, además de caballos y alimento, no había lugar a dudas. Estábamos perdidos. Si escuchaba con atención, podía oír los gritos de los hombres moribundos y los cañones del enemigo causando estragos en nuestras filas. Escuchaba como nuestras esperanzas se iban diluyendo con la sangre caliente de los que iban cayendo. Dicen que van a cruzar la cordillera señora, indica Juan de Dios, mi mayoral y me resisto a pensar que deban abandonar la patria por la que tanto han batallado.
La hacienda había estado en mi familia por generaciones y aunque mis raíces venían hondas e innegables desde el reino de España, no podía negar que me sentía más de esta tierra que de aquella al otro lado del mar. Con buenas influencias en el reino y siendo una familia de respeto aquí, había logrado comodidades y un buen pasar sin tener marido. Mi estancia era rica y fértil. Un valle regado, donde el sol se ponía con maravillosos bermellones y amarillos, acompañado de las palmeras y las flores en verano. Esta tierra tenía toda mi alma y todo mi ser. Estaba en mi sangre y era parte de mí.
Juan de Dios me anunciaba que venían. Venían y estaban exhaustos. Escapaban. Había sido un completo desastre. Cansados, abatidos y huyendo. Ciento veinte patriotas, me dijo Juan de Dios con los ojos llenos de lágrimas. Ciento veinte, señora y piden permiso para aprovisionarse de agua y comida. Me dirigí corriendo a donde estaban. Los rostros demacrados, negros de pólvora, humo, sudor y tierra. La tierra que defendían y que ahora pensaban abandonar. El General pelirrojo que los dirige se baja de su cabalgadura y cortésmente me pide lo que Juan de Dios ya me ha adelantado. Tendrán lo que necesiten General, digo, pero por Dios y la Vírgen, descansen un momento. Niños van entremedio del grupo que huye a la desbandada. ¡Tenga un poco de compasión!, le ordeno, porque mal que mal yo soy la ama de esta hacienda y tanta insensatez sólo cabe en la cabeza de los hombres.
El General me lleva aparte y me explica la situación. Son perseguidos. El Comandante que va tras ellos es cruel y sanguinario. Estamos exhaustos señora, estamos sin moral y sin valor, dice. Nuestra estrategia no funcionó y hemos debido de salir corriendo. No estoy acostumbrado a escapar, créamelo, pero la situación, en esta noche aciaga, me habló en otros términos y debo velar por la vida de mis hombres, para completar nuestro cometido. Es ese mi deber. Muchos han muerto mi señora, muchos que no tenían porqué morir. Nuestro espíritu está en el suelo, le ruego nos entienda. No hable más General, le suplico. No soporto ver a un hombre rendirse. Tiene toda mi ayuda. Vendas, comida, agua para hombres y bestias. Por favor, General, siéntase como en casa.
¡Señora, tropas se acercan!, grita Juan de Dios. General tome a sus hombres y vayan a la bodega, ¡ahora mismo! Los miro descender corriendo, un reguero de sangre y polvo queda tras su huida. Paso mi vestido por sus huellas. Abanico mi cara. Tengo miedo. Mi respiración se entrecorta. Se aproxima el Comandante. Quiere a los rebeldes, grita. Acerca su caballo negro azabache a mi persona. Es arrogante. Veo en sus ojos la crueldad. Insiste. Pide las llaves de mi hacienda. ¿Qué se ha imaginado, Comandante?.La dueña de esta casa soy yo y sobre mi cadáver tendrá mis llaves. Le proveeremos de los víveres que requiera. No me desafíe señora, que mando a quemar toda esta mierda en un santiamén.¡¡Cabo!!
¡¿Necesitáis fuego?! Mi corazón palpita, mis manos sudan, mi mente se congela en la cara del mocoso que viene huyendo con su padre, apiñados como ratas, en la bodega. ¡Aquí tenéis un brasero!. Una fuerza descomunal me hace arrojarlo a los soldados como si fuera una brizna de paja. Me sorprendo, pero no puedo acobardarme, el destino de muchos depende de mí. Les miro fijamente. Veo las brasas extinguiéndose en el suelo. Abanico mi cara. Tiemblo. Apenas respiro. Camino delante de ellos, esperando cualquier cosa. Juan de Dios observa. El Comandante ordena dar la vuelta. Se marchan.
Ciento veinte patriotas abandonarán mis tierras la mañana siguiente, más repuestos, con las panzas llenas y los corazones con esperanza. El General me agradecerá con lágrimas en sus ojos y yo no podré menos que decirle que se cuide, que ahora todo está en sus manos, que la libertad por la que luchamos es mucho más grande. No cabe en el pecho. No se reemplaza con nada.
En el año de 1818, cuatro años después de este momento, el mismo General que pasó la noche en mi bodega, firmará el Acta de Independencia, en un caluroso día de febrero, un mes antes de empezar la vendimia.
N de la R: Paula Jaraquemada Alquízar, dueña de la Hacienda Santa Rita, refugió en sus bodegas a 120 soldados que venían huyendo de las tropas realistas, después del Desastre de Rancagua. Entusiasta patriota, colaboró decidida en la causa libertadora y posteriormente, dedicó su vida a la ayuda de los más desposeídos. Los hechos que se narran en esta historia están basados en sucesos reales, descritos por cronistas de la época.
Berta del Tránsito hacía la fila frente a la pequeña ventanilla, para recoger su papeleta de atención. Adelante de ella habían unas quince y a su espalda otras tantas más. Viejas, jóvenes, rucias, coloradas, altas, bajas, gorditas y delgadas. Un amplio espectro de mujeres que, por distintas situaciones, había decidido llegar hasta ese lugar.
Mejillones ya era puerto en el tiempo de la Guerra del Pacífico y quedó callado, después del conflicto, mirando al océano, esperando a un amor, como decía la canción que le hizo fama y apiñadito contra el malecón, como los moluscos que le daban su nombre, fijos a las rocas que marcaban el tiempo transcurrido, con el mar enfrente y el desierto detrás.
Ellas aparecieron de pronto, como los colores en el paisaje, después de la camanchaca. Asi fueron llegando en grupos, bajando de los buses colorinches que arribaban a la ciudad. Algunas llegaron solas y de la nada, como los espectros que poblaban el desierto y se allegaban cada tanto a la plaza del pueblo y al edificio de la Capitanía de Puerto.
Los avisos de cerveza fría se multiplicaron, cuando aparecieron los trabajadores del nuevo puerto y de la termoeléctrica, como se multiplicaron los lupanales donde ellas hacían su agosto, cosechando propinas jugosas y enfermedades venéreas.
Berta del Tránsito detestaba este examen más que nada en el mundo. Podía tolerar a un pirquinero hediondo y polvoriento tratando de meter el sexo entre sus piernas, pero a la enfermera introduciendo el instrumento frío en sus concavidades, mientras le recitaba en mono tono las mismas preguntas de todos los meses y acto seguido la recriminaba por haberse hecho puta, era más de lo que podía soportar. En su primer examen, apenas llegada, no le importó mandarla al mismo cuerno, porque le pareció una insolencia que se metiera así en su vida, si cada uno vive su destino y qué mierda le parecía tan asqueante, si sabía que a la enfermera se la tiraban los doctores, en las noches cuando el frío amenazaba con congelar el desierto entero, así que no me hables de castidad ni de buenas maneras, porque le prestas tus presas gratis a los mismos que después vienen donde mí y me pagan buenos pesos por las mismas cochinadas, bufó en la cara de la otra que, calladamente, le revocó la tarjeta. A ver si te va a gustar tirarte a los presos en la comisaría, puta loca, le dijo con una sonrisa de triunfo, mientras la mandaba cascando de vuelta al 13, la taberna donde trabajaba. Debió volver otro día, con la cola entre las piernas y rogarle que le entregara la certificación, porque sin ella el cafiche le retenía las propinas, por si le pasaban una multa por su causa y Berta del Tránsito tenía un hijo que alimentar.
Se tuvo que morder la lengua mientras aguantaba con entereza los embates de la enfermera y su candonga, las mismas palabras, las mismas frases puestas en el mismo orden. Suspirando, se daba ánimos, si total es un ratito, ya estamos casi listas. Una vez terminado todo, se sacudió la blusa antes de volvérsela a poner y se guardó su tarjeta entre las botas, que iban a permanecer más tiempo cerca de su piel que ninguna otra cosa.
Su piel blanca, altamente cotizada en esta latitud y su determinación la habían llevado a este oficio, amén de las recomendaciones encubiertas de la tía Sonia, antigua militante en este ejército de sacrificadas servidoras de la patria, como rezaba la película de Pantaleón, que escuchó apenas, en el viaje interminable desde su hogar, en las afueras de la capital, hasta esta playa gigante y calurosa, enclavada en mitad de la nada, donde el reflejo del mar golpeaba los ojos y la valentía de la gente le provocaba sentimientos encontrados, pero a la hora de ubicarse en la puerta del 13, todo eso cambiaba y se volvía de risas falsas y palabras del más grueso calibre, proferidas con furia y con velocidad, para que no te lleve el desierto cabrita, le había dicho un minero una noche, en medio de una borrachera, que no te lleve el desierto porque no vuelves más.
Perdida en la noche, Berta del Tránsito, ahora convertida en Yesenia, fuma un poco de pasta base para mantenerse despierta y atenta, mientras sostiene un vaso plástico con los restos de una cerveza. En la acera del frente, su compañera Topacio es acosada por un cliente que no la deja ni a sol ni sombra. Se escuchan los improperios, pero el hombre no da tregua. A veces se enamoran tanto de una estos mal paridos que no dejan trabajar tranquila, piensa, mientras tose por la pasta y el frío de la noche. De pronto, Topacio cae al suelo y ella mira como el hilo de sangre va manchando el breve vestido blanco de su amiga. Queda muda e inmóvil. Ve la arena dorada y el mísero cementerio de la ciudad. Observa el estero que baña la casa de sus padres y escucha el viento colándose entre los campos de trigo, allí donde nació su hijo. Escucha la música del interior del 13 apenas y sólo le llega la brisa del mar, espabilándola.
Otra puta muerta, dice el policía cuando llega a constatar el crimen. La tercera esta semana y siguen llegando. Usted, ¿ha visto algo? Yesenia convertida en Berta del Tránsito se enrolla como un quirquincho y con la misma sumisión que enfrentó a la enfermera, dice bajito no mi Cabo, no vi nada, acabo de salir a tomar aire.
¿Recuerdas a Lucía?, preguntó mi padre de improviso, en la mesa del desayuno. Evoqué su sonrisa, sus manos siempre coloradas y su delantal de tela de sacos de harina. Sí, claro que la recordaba. El olor de su cocina; perejil, romero, menta, orégano, comino, longanizas ahumadas, queso maduro, ajos y una pasta de ají color carmesí que la hacía sólo para ella y con la que untaba todo lo que se llevaba a la boca.
Por supuesto que la recuerdo, dije, su voz cantando corridos mexicanos cuando lavaba los manteles y las maldiciones suyas por porfiar en hacerlo ella misma, con ese jabón de lejía que le escaldaba los dedos.
Lucía no tenía huella dactilar, recuerdo; tal vez por la lejía. En su documento de identificación se veía sólo una mancha de tinta color púrpura. Mi padre la conoció por accidente y le ofreció trabajar como mucama, pero a la vuelta de los años, se convirtió en parte de nuestro hogar. Un hogar truncado, de hombres solos, sin madre y sin esposa, de colillas de cigarrillos y vasos de jerez regados en el suelo, contundentes sopas de gallina para componer la resaca de mi padre y sabrosas papillas de verduras para acallar la sonajera de mis tripas.
Lucía tenía olor a cazuela de res, a pastel de choclo con albahaca y a pan recién salido del horno. Creo que fueron sus manos las que tomaron las mías para dar los primeros pasos. Fue ella quien me sacó el empacho con rezos de médica mapuche y descubrió mi manía de ocultarme por los recovecos de la casa, sin emitir un sonido, como si fuera un fantasma. Amelia ayudó a traerme al mundo y no venía con frecuencia. Olía a perfume barato, de eso me acuerdo claramente. Recuerdo el cascabel que me colgó del cuello, con la forma de un caballito, que tintineaba al menor movimiento, para poder encontrarme. Lucía lo detestaba y decía que a los niños no se les ponen collares como a los perros, pero Amelia era porfiada y decía que si yo seguía con esas manías iba a acabar por desaparecer para siempre, que los gitanos podrían raptarme sin que nadie se diera cuenta y que ahí si que mi padre se iba a morir de pena. Si no se había muerto cuando falleció la señora Marie, decía Lucía, este caballero tiene un largo trecho para seguir viviendo. Y con su sabiduría de mujer, estaba en lo cierto.
Doña Eugenia llegó después, cuando yo casi terminaba el colegio y al casarse, se hizo más cargo de mi padre que de mí. No impuso jamás su voluntad ni su figura y hasta el día de hoy, como si nada, decora la mesa de estar la foto de mi madre, robada a mansalva por mi padre, una tarde de invierno, cuando se enteró de que estaba embarazada.
Lucía nos dedicaba los mejores minutos de su día a nosotros. A mí, en especial. Compartía su familia conmigo, porque decía que no era bueno crecer tan solo y fue así como aprendí con Juancho, su hijo menor, a cabalgar; con Antonio, el tercero, a usar herramientas y ser autosuficiente, en caso de cualquier eventualidad, decía ella, que sabía muy bien de esas cosas. Su marido la había dejado sola, con siete chiquillos a su cuidado y sin nada a qué echar mano. Ni tierras, ni pensión, ni casa. Mi padre la vio tan necesitada, tan honrada, tan valiente y tan a la deriva que la contrató sin pensarlo dos veces y durante años premió su esfuerzo y dedicación con regalos encubiertos, con apoyo monetario a sus hijos, para sus estudios y con la firme amistad que se forja en el respeto y el cariño sinceros.
Lucía cocinaba para nosotros y limpiaba la casa. Todo brillaba. Todo relucía de su mano y la recuerdo avanzar por los escalones puliendo la madera con virutillas de acero, luego pasando un trozo de lana vieja y por último, esparciendo la cera con sus propias manos, ayudada de una pantymedia. ¡La única pantymedia que hay en esta casa!, carcajeaba mi padre y la llenaba con abarrotes y verduras para su hogar y sus hijos, porque te deslomas mujer, eso es trabajo para brutos. Mira cómo brillan los pisos, no hay nadie como tú, Lucía.
La fiebre alcanzó el pueblo, aquel año, después del terremoto. Yo estaba fuera, estudiando en la universidad y doña Eugenia se había convertido, finalmente, en la dueña de casa. Lucía iba medio día a apoyarla con algunas labores, pero la verdad es que ya venía muy enferma. Años de postergación le pasaban la cuenta. Mi padre la mandó al médico, pero ella guardó el dinero de la consulta para la libreta de ahorros de su hijo Miguel, que había padecido poliomelitis y nunca se pudo recuperar. Vivía con ella y se había hecho artesano. Le iba bien con sus muñequitos rellenos de paja y sus juguetes de madera y aportaba dinero al hogar. Para Lucía jamás dejó de ser un niño y le peinaba los cabellos cada mañana, antes de salir. Mi padre lo averiguó y la llevó personalmente al hospital, pero ya era tarde. Se había contagiado y su débil organismo no pudo soportar la enfermedad. Murió en paz y sin sufrir, le dijo Miguel a mi padre, el día del funeral.
Claro que recuerdo a Lucía, porque guardo una foto vieja donde salimos juntos. Mis rodillas peladas y mi cara triste. Ella, sonriente y vistiendo su delantal. La recuerdo claramente, todos los días de mi vida. Llenó el espacio para las memorias que se tienen de una madre y aunque nunca se lo dije, mis pensamientos están con ella desde la primera vez que me tomó de la mano. Desde entonces estuvo Lucía, desde entonces.
Era el detalle final. Estaba todo preparado. No faltaba nada. Eso le hizo respirar aliviado, como hace mucho no lo hacía.
Había tomado siempre la vida con ligereza y aceptado su buena estrella como una garantía de esperanza y felicidad, en ese orden. En este punto de su vida, con setenta y cinco años, no quedaba mucho más que hacer, excepto lo que ya había hecho. Miraba en retrospectiva, viajes y amistades, amores diversos, familia y negocios. Todo junto formaba lentamente la palabra vida.
Aún estaba en buena forma. Las vitaminas, los tratamientos de desintoxicación, el trote, la alimentación saludable y su tercera esposa eran los artífices de su inmejorable condición. Inmejorable, pero no imbatible. Le retumbaban en sus oídos las palabras del oncólogo como el martilleo de la fábrica de avíos, que quedaba justo frente a su casa, en el pueblo de su infancia.
Avanzó por la ciudad, mirando con especial atención las dunas y el océano. Siempre le habían intrigado, pero les había pasado por alto cada mañana, en los últimos diez años que llevaba establecido en la ciudad. Sus ocupaciones, su vida entera le negaban, pensaba, la vista en otra dirección que no fuera la de sus negocios. Era un hombre ocupado, devoto de su empresa, forjada con sus propias manos, con el largo etcétera de la epopeya tantas veces referida y tan pocas veces probada. Él era una prueba, pero honestamente le importaba muy poco pavonearse de eso a estas alturas. Ya no le importaba. En un tiempo anterior, sólo la mención de su historia le provocaba un cosquilleo en la espalda y un apronte en su lengua para iniciar el relato, con lujo de detalles y sobre todo sin olvidar mencionar su buena suerte, comentando orgulloso de que sólo eso le había salvado de la quiebra varias veces, “contra todo pronóstico”.
Le gustaba esa frase y la usaba a menudo, pero entendía perfectamente que contra esto no había buen pronóstico y no había nada más que hacer, sólo preparar este último viaje de manera pausada y secreta. No quería herir a nadie, no quería preocupar a nadie. La verdad era que no se acostumbraba a la idea y quería que nadie supiera.
Empezó con los detalles más tediosos de la repartija de sus bienes. Recordaba las palabras de su padre, cuando, en el lecho de muerte dio precisas instrucciones de lo que debían hacer con los cuatro enseres que sobrevivieron de su enfermedad. No quiero que se saquen los ojos como buitres desalmados, dijo, por una taza y dos tenedores. Es la peor afrenta a la memoria de su madre; procedan como les he indicado y que no se hable más del asunto. Esa era la sangre fría que hoy debía tener. En su situación era, sin embargo, mucho más sencillo. La minuta redactada por el abogado estaba a su disposición para las correcciones que quisiera. Era más fácil tachar un papel que tachar a un pariente, sonrió el profesional, divertido, cuando le dejó el documento en su escritorio y juntos disfrutaron el primer brandy de la mañana.
Eso fue fácil. Su voluntad en un documento notarial expresado clara y sintéticamente. Era una sensación poderosa, nueva, única. Sus deberes en el directorio estaban terminados de esta manera. Un fideicomiso administraría hasta el minuto de su deceso. Sonaba muy profesional y distante. Era como debía ser, se consoló, mientras miraba las dunas y el mar, nuevamente, con fijación, en el camino de vuelta a su hogar.
La decisión más compleja, sin embargo, era la que concernía con su funeral. Detestaba francamente los velatorios y los largos discursos de amigos, parientes y vecinos hablando la misma mierda una y otra vez. Cremar sus restos era algo que siempre le había seducido, pero la sola idea de que sus familiares dispusieran sus cenizas en un reloj de arena, como les había sucedido a las de un cercano, le erizaba los pelos. Se imaginaba en largas idas y venidas en un tiempo sin final, a merced de que alguien quisiera o no dejarle descansar. Era horroroso y dantesco. Debía pensar en eso con más calma.
Miró las dunas y el mar, en este soleado día de verano y le pareció que cada minuto invertido en esta tierra valía. Recordaba las palabras de su segunda esposa, cuando le preguntó si había hecho feliz a alguien y se había sido feliz. Pudo completar ambas respuestas con propiedad y vio su hermosa sonrisa dibujada en el océano. Paró el coche y se quitó los zapatos. Caminó lentamente primero y con vigor, luego. Estaba decidido a no perder un segundo. Sabía que tenía menos de tres meses, así que no estaba dispuesto a perderse nada. Tenía ya trazado su itinerario y no iba a cambiarlo de ningún modo.
Recuerdo todavía los antiguos interruptores de la luz y la apariencia tétrica de la escalera. Era vieja, como todo en la casa, pero por alguna razón fascinante, en nuestras mentes de niñas, era todo lo contrario. El pasillo era ancho y el piso de tablas de laurel. Crujía. Crujía como las hojas del otoño, crujía como tan pocas cosas en medio de la humedad de los inviernos de esa época. La escalera estaba justo frente a nuestras miradas y era la voz de mi abuela la que nos detenía de subir. Imaginábamos princesas encerradas por malvados y dementes, imaginábamos tesoros, antiguas maletas cargadas de reliquias de un pasado de fantasía, imaginábamos tantas cosas que nos delataba el sonido de los peldaños y nuestras risas nerviosas, en cada intentona.
Esa noche, no habían más decisiones que tomar. Tu traje y tus zapatos de suela, atuendo apropiado para la ocasión de la que habías escapado, eran el único escollo que nos separaba de mi cama, en el altillo. Eso y la escalera. Te dije bajito que contaras. El cuarto escalón rechinaba a la izquierda, el séptimo había que salvarlo sin pisar, el décimotercer crujía a la derecha, no lo olvides, susurré mientras me besabas, apretujándome contra el pasillo. Quita tus zapatos, te pedí mientras me descalzaba y caminaba a oscuras por el espacio que nos separaba de la escalera. ¿Duermes arriba? me preguntas, todavía achispado por las copas y te callo sumergiendo mi lengua entre tus labios, succionando tu saliva y escuchando tu corazón, en el silencio de esta noche oscura, pero asombrosa, alucinante, apasionada.
Camina por este lado, susurro, pero no llegas a oirme. Vienen a mis memorias los recuerdos de mi niñez, raudas en el triciclo, tratando de alcanzar los interruptores de la pared y bajando la palanca del transformador, ya fuera de circulación. ¿Qué dijiste?, me interrumpes y chocamos justo al determe frente a la escalera. Recuerda, digo, el cuarto, el séptimo y el décimotercer, cuenta, que mis padres duermen del otro lado del pasillo.
Crujió, crujió, crujió, como las hojas del otoño, con la reverberación del eco suspendido en mi respiración, crujió la maldita escalera desde el inicio hasta llegar al final y no sabía si reírme a todo pulmón o ponerme a llorar de desesperación y de hambre de no poder tenerte, por el maldito sonido de la casa vieja, haciendo sentidas conjeturas por este visitante inesperado y por esta falta de respeto a la vetustez de sus rincones, a esta hora de la noche.
Ya estamos aquí, me dices afiebrado y tus zapatos caen de golpe al suelo. Nos petrificamos. Ligeros vahos exhalan tímidos por nuestra nariz, mientras somos todo oídos. La casa está en calma, se escucha sólo un perro a lo lejos y el zumbido del cable del alumbrado, como una abeja laboriosa. Respiramos con dificultad, pero esta calentura es más porfiada que todas las fiebres del planeta y me desnudo con rapidez para envolverme entre tus brazos, para oler tu cuello y mirarme en el mapa de la tierra a la que le tienes devoción. Se acomoda la escalera, el pasillo, la casa entera mientras los resortes desvencijados de mi cama tratan de contener la pasión que nos perturba, que nos quita el aliento y nos hace transpirar cuando afuera se escucha claramente cómo avanza la escarcha.
Caen de improviso los tablones de madera que soportan la cama y allí el gran caserón genera un eco atroz, grave, reproducido y amplificado miles de veces por cada eco, en cada habitación, en el silencio de esta noche. Pensamos con rapidez y no hay escapatoria. Bajar la escalera en este momento sería un suicidio. Me vuelven mis fantasías de niña y me veo encerrada en esta prisión, sin posibilidad de escape y para colmo con un príncipe desnudo y culpable que no aliviana para nada las cosas. Como ratas, como viles ratas nos acurrucamos en la esquina de la cama y apagamos la luz. Escuchamos, conteniendo el aliento y sólo la escalera bufa interrumpida en su sueño, acomodándose nuevamente en su digna posición, mientras la casona toda cruje por los embates del frío.
Te despido la mañana siguiente, cuando los ruidos no son tan graves, no existe el eco y pareciera que a la escalera le gustase ser invadida por pasos apurados y manos sudorosas que aprietan el pasamanos con premura. Nos besamos, te observo en tu partida y me queda una sola mezcolanza, la carrera loca de mi niñez, apretando los interruptores, las risas contenidas y el corazón latiendo a mil por hora, todo eso junto y amalgamado. Me dirijo a mi habitación. Cuento los peldaños nuevamente, esta vez, sólo por jugar.
Los hijos son tan distintos como los dedos de las manos, decía la abuela Leontina y tenía mucha razón. Ahora que los veíamos con calma, entendíamos perfecto sus palabras. Vástagos orgullosos de la única nación que opuso resistencia a los conquistadores españoles. Cuenta la historia que durante quinientos años no hubo forma de pasar más allá de la frontera marcada por el río Toltén. Ellos defendieron con rigor y pasión esta epopeya, la contaron a sus descendientes y canciones y poemas relucían en cada luna nueva, cuando las rogativas se hacían presentes, para lo que hiciera falta y fuera de necesidad.
Nunca pertenecieron a ningún reino y nunca tuvieron más apego a la tierra que el que se le tiene a una madre. Dicen las crónicas que las mujeres trabajaban como brutas y será por eso que el alma de esta nación está lleno de hembras ejemplares, estoicas y luchadoras, que cargan con las casas y los hijos, sin chillar una queja.
Cuando empezó el conflicto, nadie tuvo clara todas las razones. Anacrónicos mensajes desde el corazón de la raza, reinvindicaciones y protestas coloridas y bochincheras, tocando cultrunes y trutrucas, paseando orgullosos por las plazas, luciendo sus vestimentas, rescatadas de años de colonización silente y de servidumbre encubierta. Luego, cuando todo se tornó color de hormiga, ellos aparecieron.
La abuela Leontina, ataviada con su collar de plata macisa de doscientos años, les habló rapidito y les bendijo, como lo habían hecho, por generaciones, las matronas de su familia, cada vez que los hombres se iban a la guerra. Los bendijo a todos ellos, uno por uno y con igual devoción y cariño. Sabía muy bien que eran tan distintos, como sólo una madre lo sabe de sus hijos, pero les dejó partir. No había ninguna razón para detenerles. No había ninguna razón.
Pronto, en el noticiero de la tarde, empezó a ver la huella que dejaban sus vástagos. Le escuchábamos hablar bajito, sólo para ella, agradeciendo a los espíritus de los ancestros y a la estampita de San Sebastián, de que no estuvieran entre los que tomaban detenidos la policía, ni entre los que había que ir a reconocer a la morgue. Se limpiaba sus lágrimas con el dorso del delantal y masticaba el pan fresco con mantequilla recién hecha, mientras miraba los dedos de su mano.
Mariana, su nieta menor, empezó a seguir atenta a “los cinco jinetes”, que era como llamaba la prensa a los hombres de la familia. Anotaba con precisión sus incursiones y participaba activamente en las reuniones, en la sede social de la comunidad, donde se comentaban los atentados, perpetrados por ellos. Pregonaba consignas y frases hechas, a la hora del almuerzo y sólo la abuela Leontina la lograba hacer callar. Tú eres como todas nosotras, le hablaba cantado y fuerte, cuida a tu hijo, espera a que ellos lleguen y no te metas en esas honduras, que el destino de las mujeres de esta casa está pegado a esta tierra. El que sale a combatir, arriesga en perder la vida, suspiraba. Lo he visto muchas veces. Lo he escuchado desde antes de que tenga memoria. Déjate de asustarnos con discursos y amenazas. Respeta a tus mayores y cállate la boca, que ligerito van a aparecer los policías, si sigues revolviendo el gallinero.
La abuela Leontina sabía como funcionaba todo. Los cinco jinetes se dispersarían, dando pistas falsas, usando antiguas rutas para desplazarse y reaparecer, pero siempre acudiría algún mensajero en el nombre de ellos, en caso de necesidad. Por eso era que había que tener suficiente pan, carne, tallarines y arroz, esa era la mejor ayuda en este conflicto. El guerrero que no come, no llega muy lejos, pregonaba, mientras rompía con el azadón la tierra, para sembrar papas y trigo, en un ejercicio que estaba en sus venas desde que su raza se hizo sedentaria. Miraba a su alrededor y las mujeres de sus hijos, aferradas a su figura, le seguían a cabeza agachada, rogándole a la Virgen María que los hombres no fueran alcanzados por los perdigones, porque en esas serranías donde se ocultaban, poco se ganaba con esperar un médico.
Mariana trajo el periódico ese día domingo. Allí estaban los cinco, con sus fotos más recientes y la descripción exacta de sus modus operandi. Los más pequeños, se mordían las manitos para contener las risas nerviosas de ver a sus padres y abuelos retratados en esta edición especial, pero Mariana sabía que no era nada para la risa. Hablaban de los teléfonos móviles, las redes sociales en la web que les seguían, quienes soportaban económicamente el movimiento e incluso estaban al corriente de que uno de ellos se comunicaba como lo habían hecho sus ancestros, en el tiempo de los españoles. Estaban plenamente identificados y la policía les seguía la pista de cerca, decía el artículo. Temblaron todas, excepto la abuela Leontina. Tomó el periódico y los miró uno por uno. Acarició las fotografía con sus dedos gruesos y se quedó en silencio.
El hombre que lucha se arriesga a no volver, dijo lentamente. Aquí quedamos las mujeres y para nosotras esto no tiene tregua. Así ha sido siempre. Lo sé desde antes de tener memoria. Si no regresan, no podemos hacer nada más que seguir viviendo. No nos queda de otra, dijo limpiando una lágrima. No nos queda de otra.
Adolf olía a mar. Cuando lo conocí, me asombró su olor a mar, más que su acento o su aspecto pálido y distante. Cuando pienso en Adolf, pienso en el mar.
Así madame Rasmussen describía al valiente capitán. Me impresionó profundamente y mi sensibilidad se colmó del calor de su voz. Mi nombre es Jean Charcot y soy médico, pero más que cualquier otra cosa, soy un aventurero y he llegado hasta las costas de esta isla, situada en el mar antártico, por la historia de un barco ballenero y su tripulación de hombres sin miedo, que viven en la babel de distintas lenguas, que comparten un oficio peligroso y cruel, en estas soledades; pero me he encontrado con esta mujer incomparable, suave y delicada, autoexiliada en estas latitudes por seguir los pasos de quien declara el amor de su vida. Me conmueven sus palabras, la armonía y belleza del lugar que han levantado para ellos, entre la brusquedad de los elementos, lo extremo del clima, los hombres de mar y la labor ruda y osada de perseguir cetáceos por estas gélidas aguas.
Estamos a la víspera de la navidad de 1908 y madame Rasmussen sigue contándome su historia, con su voz de terciopelo, mientras sus manos van tejiendo el diseño noruego del sweter del capitán Adolf Andresen. Estamos dos años en esta isla, me comenta, mientras sirve suavemente el vaso de mistela. ¿Ha tocado usted las aguas del lago interior, doctor?, me consulta de pronto. Son tibias y lo son siempre. Es por eso que a la isla la llamaron Decepción. Qué nombre más gracioso para iniciar una historia de amor, ¿no cree usted?
Llegamos navegando desde Punta Arenas, sigue. Adolf decidió partir cuando quedó al mando de la flota ballenera. No es hombre de quedarse en tierra, ¿sabe?. Es por eso que huele como el mar. Este mar limpio, frío, lleno de delicadas estelas azul acero. Se respira, incluso aquí se respira. Las toninas nos perseguían y yo no cabía en mí de dicha. Adolf es un hombre maravilloso. Una fuente permanente de aventura y de conocimientos. Es libre y ama el mar. ¿Le aburro, doctor? Discúlpeme, pero no es muy usual que pueda hablar de estos temas con nadie más. Los balleneros son buenas personas, gentiles y muy cordiales, pero comprenderá que no puedo ventilar mis sentimientos con ellos. Soy la esposa de su capitán, me deben respeto y a veces, creo que me temen.
Los noruegos son complicadas criaturas del otro lado del mundo, me dice, que han venido siguiendo la voz de Adolf, para atrapar aquellas bestias que surcan los océanos. La compañía ha sido exitosa del todo, pero debemos permanecer en esta isla. Es el mejor fondeadero. Nadie como Adolf para maniobrar la embarcación y entrar suavemente a esta bahía. He cultivado un pequeño jardín y ahora puede ver las rosas que alegran el comedor. Espero que este viaje le traiga lo que busca doctor, suspira, mientras atiza el fuego de la lumbre. Le miro extasiado y respiro no el aire del mar, sino la suave esencia de este hogar.
Madame Rasmussen preparará una cena maravillosa de Navidad, que no envidiará en nada los más fantásticos festines de cualquier otra parte del mundo. Me ha conmovido en grado máximo y cuando deba partir, agradeceré infinitamente la suave dulzura de esta mujer, sus palabras certeras, su cordialidad, su amabilidad y su lealtad sin tregua a la causa de este hombre, barbado y pelirrojo, que cruza el mar antártico en pos de las criaturas más grandes de la tierra.
Apuntó el cañón de la escopeta justo a su cabeza, mientras las venas del cuello saltaban impacientes y violentas. Gaspar estaba descolocado, frenético. Thomas gritaba aterrorizado una y otra vez que bajara el arma. Gaspar se burlaba cruelmente y le preguntaba si todo se veía más real. ¿Quién es el que tiene el control ahora, hijo de la gran puta? gritaba a todo pulmón.
Aquel día, en el aeropuerto, un mes y medio antes, no pensamos jamás que este chico de proporciones descomunales, pero un chico al fin y al cabo, se iba a transformar tan radicalmente. Su cara cansada y redonda, sus expresiones de asombro. Sus graciosos comentarios. Su acento duro y la persistente fijación por acariciar el cuchillo de caza, que extrajo de su mochila apenas salió del terminal y se subió a la camioneta.
Thomas esperaba poner en práctica un ejercicio de redención y de ayuda. Ayuda a Irma, aquella madre ejemplar y abnegada que había conocido en el camino de Santiago de Compostela, tratando de sacar a flote a Darlene, su hija mayor y mediohermana de Gaspar, para arrancarla de una nebulosa de heroína y prostitución. Círculo vicioso cerrado y cruel que ni la caminata santa con el mismo apóstol habría logrado romper. Thomas, por su parte, quería redimir la desastroza relación con su hija, que le odiaba cordialmente y castigaba sus intentos de comunicación con largos silencios y berrinches, con acusaciones de abandono y con la negación absoluta a cada una de sus ideas.
La idea no parecía tan descabellada y tomamos parte con voluntad y alegría. Gaspar se convirtió, como me di cuenta más tarde, en un ángel. Todos buscamos rendención, todos buscamos reparar algo irreparable a través de su figura. Thomas, Ronald, Mauricio y yo. Todos juntos cometimos el mismo error y en el camino por ayudarlo, terminamos hundiéndole más.
Estaba todo organizado para su entrenamiento en “la vida real”. La casa en mitad del campo, sin luz eléctrica, parte vital de la sanación de Thomas de los tumbos y cicatrices de su vida anterior, ofrecía un panorama maravilloso, cada mañana de ese verano cruel. La figura de los volcanes se recortaba perfecta contra el horizonte. Chucaos despertaban junto con nosotros y la gata depositaba su víctima de la noche, convenientemente descabezada, para aspirar orgullosa a su desayuno. Pero todo anduvo mal desde el inicio. Apenas Gaspar llegó, la humareda de los incendios forestales hizo irrespirable el ambiente. Su cansancio, por el viaje de dieciséis horas, se tradujo en una excusa permanente para levantarse rayando el mediodía. Acusaba de alergias a diferentes elementos, inventados y reales. Quería fiesta y diversión. Prostitutas y alcohol, exageraba. Nos miraba extrañado cuando le hablábamos de proyectar la huerta, cortar leña o colaborar en la nueva construcción. Debí parar todo entonces, pero el entusiasmo de Thomas era mayúsculo. Una sonrisa iluminaba su cara, cada día. Las bromas, las caminatas juntos, las latas de cerveza después del almuerzo. Cuando dijo que tenían tanto en común, que el chico bien podría ser su hijo, un escalofrío recorrió mi espalda, pero yo había aprendido a dejar hacer. Tomé palco cómodamente y me senté a esperar que todo cayera por su propio peso. Jamás imaginé lo que iba a venir.
Ronald, juez retirado y entusiasta de los veleros, se ofreció gentilmente a enseñar a Gaspar los rudimentos necesarios para ser un hombre de bien. Aprender la Constitución y las leyes, entender que el crimen no paga, como pregonaba con fuerza el joven, a raíz de la exitosa operación de Rick, padre de su hermana y personaje gravitante en su temprana juventud. Ron se daría cuenta que todo había comenzado un día de otoño, en su corte, muchos años atrás, pero eso fue después, cuando ya habíamos perdido al chico.
La esposa de Mauricio notó inmediatamente que algo no andaba bien. Años de vivir en lugares inhóspitos, agitados por guerras y desastres, le daban un sexto sentido rotundamente infalible. Miraba aterrorizada el tatuaje grotesco que Gaspar mostraba pomposo. Me llamó aparte y me dijo si estábamos seguros de lo que hacíamos. La miré fíjamente, en la profundidad de sus ojos, del mismo color del Lago Maggiore, lugar donde ella nació y le dije francamente que no.
Eran tantas las ideas y las buenas intenciones. Como abogué muchas veces, el principio era bueno. No esperamos jamás que algo así sucediera. Cuando recuerdo la voz de Gaspar y sus ojos desorbitados, todo encaja perfecto. Su adicción a las drogas, que supo ocultar de manera impecable, sus historias macabras, que pensamos eran sólo bravatas, toman forma sólida en mis conclusiones y si no es por la llamada de su madre, hoy no estaría contando esta historia.
El móvil de Thomas empezó a sonar y vibrar desesperado, mientras Gaspar seguía apuntando. De tanto vibrar, cayó al suelo y el chico vió claramente en el visor: Irma. Repicó de nuevo y él, como un actor consagrado, se serenó, cambió el tono de la voz, bajó el arma y se dispuso a hablar con su madre. En un amago de bondad, palmeaba la espalda de Thomas, mientras decía que estaba todo de maravilla. Tomó el arma con la otra mano y le quitó la munición, dejándola abierta encima de la mesa. Sonreía como un ángel.
En las próximas horas, empacó sus cosas, se bebió dos botellas de vodka de un tirón y tomó el avión de vuelta a su hogar. Ya le habíamos contado todo a Irma. Respiramos aliviados, pero dos semanas después ella volvió a llamar. En su turno de la noche, había reconocido el tatuaje de su hijo en el cadáver de un joven delincuente, muerto en una balacera.
Haber estado tan cerca de ti en un tiempo anterior. No recuerdo haber sentido tu olor y haber besado tu espalda, en un tiempo anterior. Recuerdo sí tus ojos color esmeralda y el perro ovejero que cuidaba tus pasos y paseaba contigo en las tardes, después del almuerzo.
No me acuerdo de nada más que de tus ojos y sin embargo, tengo tu semblante pegado en mis sueños, tengo tu aroma desembarcado en mi nariz y tus manos tomando posesión imaginaria de mis concavidades. Tengo tus caricias dibujadas en mi espalda y mis besos tatuados en la tuya. Tengo memorias que no son mías y quisiera entrar en tus recuerdos, ver tus fantasías, retozar en tus pensamientos y descubrirte, otra vez. Una vez. Alguna vez. Muchas veces.
Al final de la barcaza. Ahí se escondió Sonia Catrín cuando viajó con su madre desde la isla Eugenia a Puerto Toro. Fue su única travesía por mar. Ahí empezó la otra parte de su vida. Ahí fue donde se quedó, en el final de la tierra.
En su escondite, el viento le rompía los labios y le zumbaba los oídos. La nave avanzaba como un viejo cansado, a estertores, con el sonoro gorgojeo de las máquinas y la mano severa del capitán asiendo el timón con su vida. Se sabía la ruta de memoria, confiaba más en sus huesos y en los colores de las nubes que en los antiguos instrumentos de navegación e iba rogándole a Dios por que amaine el viento, Tatita, para llegar a la orilla sin contratiempos y bajar los sacos con papas, los corderos vivos, los palos de lenga y los pobres desgraciados que habían decidido quedarse en estas soledades.
Puerto Toro era el último punto verde antes que la tierra se perdiera en el mar, tragada por las olas y la soledad inconmensurable de este panorama hostil y bello. Rodeado de árboles oscuros y densos, con el suelo siempre húmedo, su horizonte se rompía por la aparición de la isla Picton, pero eso era todo. Este espacio entre el mar y el cielo era el último enclave habitado. Al sur de esta latitud, no había nada, ni grande ni chico, ni pueblo ni caserío. Sólo mar y abandono, sólo verdes profundos y viento despiadado, de ese que empuja, que da golpes, que casi bota al suelo. Aquí estaba Sonia. Aquí estaba y aquí se iba a quedar.
Hace años que los barcos centolleros llegan insolentes, cada temporada, con sus pestes y sus hombres ambiciosos a hacerse de un saco de fortuna en estos confines. Sonia los ha observado desde la ventana de su casa, ranchita sencilla y acogedora, que la ha guarecido de la lluvia y el viento, que le ha dado una razón para levantarse cada día, criar a sus hijos, nietos y bisnietos, un enclave seguro y protegido, algo que muchos llamarían hogar.
Recuerda las historias de marinos, balleneros y buscadores de oro, pero lo que más recuerda es la innegable soledad. No hay nadie con quién hablar, dice cabizbaja, por eso no somos de muchas palabras por estos lados, insiste sonrojada y sonriente, mientras hunde sus manos coloradas en la gran batea con masa para el pan. A veces, vende unos cuantos a los pocos que se atreven a llegar por estos suelos, con cámaras fotográficas y de video, que le preguntan una y otra vez porqué ha elegido vivir en el fin de la tierra. Le preguntan también por las trincheras que quedaron de la guerra, por la iglesia y por los árboles enanos que el viento ha moldeado a su antojo, en las afueras del pueblo. Ella no sabe qué contestar, sólo les sonríe y posa con su delantal de colores y sus manos cruzadas, afuera del portal de su casa, abrazada por personas de las que no tendrá más noticia.
Le preocupa más que el camino a Puerto Williams se termine lo antes posible, porque Carlos, su marido, está muy viejo para seguir navegando por estas aguas tormentosas, donde si se pierde alguno, no se sabe nunca más. Eso le angustia. Eso y las promesas del gobierno de traer adelantos y educación. No sabe muy bien qué significa, sólo le ruega a Dios que no se lleven a los hombres de su casa, como pasa en todos lados. No quiere verlos envilecidos como los pescadores de centolla, como los antiguos mineros que vinieron, cavaron y desaparecieron o como las tripulaciones de balleneros, que bajaban en una noche de juega y aprovisionaban sus bodegas, llenaban sus panzas y descansaban sus instintos. Docenas de chiquillos aparecían a la vuelta de la temporada y cuando se hacían hombres, se perdían en el mar, en busca de la huella de sus padres.
No hay mucho de qué conversar, dice Sonia Catrín, mientras mira el horizonte, interrumpido por la isla Picton. Acomoda sus cabellos, revueltos por el viento, estira su delantal colorinche y estrecha la mano con fuerza y con cariño. Eso es Puerto Toro. En el fin de la tierra, eso es.
Un día de lluvia llegó empapada, diciendo que el paraguas se le había olvidado, pero lo traía debajo del brazo. Fue como una humorada, pero cuando insistió en abrirlo dentro de la casa, fue claro que algo no andaba bien. Así empezó, sin que nadie se diera cuenta.
En su habitación, el baúl de madera tenía su ropa de cama, enrollada entre papel periódico y viejas revistas de couché amarillo, gastadas de tanto ser ojeadas en las noches ociosas, alumbradas por una vela y olorosas a bolas de naftalina. Era como un microcosmos, donde todo se entrelazaba lentamente y a pinceladas, las enaguas, los calzones, el paquete de velas de emergencia, las sábanas de popelina, papeles de un pasado no tan remoto, restos de chocolates derretidos entre el desorden y miles, miles de otras cosas más que se habían esforzado en formar una vida que nunca llegó y que fue víctima silente de todo lo que pasó más adelante.
Empezó a hablar sin sentido, primero de don Roberto y luego de todo en general. Escupía rabia y resentimiento, dolor del alma y una velada traición. Don Roberto le esperaba con los brazos abiertos decía, pero a renglón seguido saltaba con otra frase, que contradecía la anterior, maldecía después de pronunciar su nombre y una sarta de improperios colmaban la escena. Escuchábamos con miedo, pero con curiosidad, detrás de la puerta que velaba su habitación. Era más grande el morbo, era más fuerte el deseo de encontrarle un sentido al monólogo, pero los ruidos de la casa y de sus pasos lo cubrían o a veces, el rechinar de sus dientes nerviosos atrapaba las palabras y las convertía en meros susurros. Se perdía la continuidad de la historia, si es que la hubo alguna vez. No lo pudimos saber entonces, sino hasta mucho después, cuando ya habíamos escuchado la palabra esquizofrenia.
Lentamente se manifestó la chaladura. El primer indicio fue cuando empezó a tijeretear cada una de sus prendas. Alegaba marcas invisibles puestas por desconocidos, que se colaban por la ventana inexistente de su habitación. Salía sin previo aviso, llegaba tarde, el abrigo revolcado, la cara transformada, susurrando nombres, fechas, confundiendo a las personas, mirándonos fíjamente y hablando de gente del pasado que le había causado daño, decía en una letanía interminable que, por momentos, hipnotizaba.
La puerta de su habitación permanecía siempre cerrada. La trancaba con un pedazo de caucho inmundo y lacio, que terminaba en un candadito chino que causaba más curiosidad. Guardaba agua por doquier y cortaba sus pertenencias una por una, en las noches a oscuras y de largas conversaciones con don Roberto y sus fantasmas. Poníamos atención a la historia y después de mucho de la misma cantinela, logramos armar el pasado infame que la atormentaba y que la había hecho perder la cordura.
Él era su patrón y la sedujo como lo hacía con todas, pero no esperó esta obsesión que se tornó en desenfrenada locura. El viejo don Roberto no estaba preparado para esto. Años de la misma maroma le daban la sapiencia necesaria, a la hora de acostarse con sus mucamas, pero ahora era distinto y por mucho que trató de deshacerse de ella, no lo logró y por años vivieron esta historia trágica y cruel. Un tira y afloja permanente con sabor a batalla ya perdida. Un caos en el orden lógico de lo que tenía que ser.
Cuando pronunciaba su nombre, hablaba de tiempos eternos donde no hubieron atisbos de suave y sencillo cariño. Hablaba de Javier, su hijo y de cuánto se parecía a don Roberto, de cuánto el viejo le quería y de los regalos que le entregaba, por entremedio de la reja de fierro que separaba la propiedad de la calle. En la calle quedó, cuando don Roberto pereció. Accidentalmente dijeron y ella repetía, rodó por las escaleras de piedra y se desnucó. Javier se fue al norte, sin dinero, sin familia, sin nombre y maldiciéndola y ella se quedó en esta pieza mínima, rodeada de recuerdos, de sueños rotos, de sombras y remordimientos.
El candadito chino trancaba la puerta, mientras las tijeras seguían haciendo su labor. Habían manchas de sangre entre las prendas cercenadas y el agua tenía una costra blanca y verdosa, parecía que había brotado de un sueño. Espiábamos todos los días, entre los agujeros de la puerta y las paredes, mientras su mente se iba perdiendo más y más y el tiradero de pequeños trozos de tela formaba una alfombra que acallaba sus pasos en las noches de sus largas conversaciones. A veces, se mostraba violenta y desenfadada, otras, humilde, sumisa y llorosa. Nunca dejó de hablar de don Roberto. Ni siquiera en el momento que se la llevaron en la camilla del hospital, con su sangre manchando el suelo, emergiendo como de un grifo, de su estómago fofo y blanco.
La puerta quedó cerrada. Ella no volvió más. Alguien retiró lentamente las vasijas con el agua putrefacta y el silencio reinó otra vez. Marcas del filo de las tijeras, detrás de su cama, formaban una frase de dolor que fue borrada con lija de madera, cuando ya no regresó.
Bajaba de la cima, cansado y sudoroso. Tenía para contar las pisadas, no olvidar lo escarpada de la pendiente, aferrar bien sus manos, afinar el pulso con la cantimplora suspendida sobre su boca. El aire se tornaba denso a veces, a veces demasiado suave que pasaba volando por su nariz, sin llegar a insuflar sus pulmones. La montaña le hablaba por voces que transportaba el viento, mientras buscaba, con fé, la huella de Moisés.
Esa era la razón por la que vino y la razón única por la que se quedó. Ejecutaba este ejercicio cada luna creciente, iniciando el ascenso iluminado apenas por la veleidosa luz. Sabía que su luminiscencia le diría si iba a soplar el viento de las tormentas o iba a ser una subida apacible. Los lugareños le habían instruido bien, a cambio de sus conocimientos médicos, que se habían tornado rudos y elementales en estas latitudes.
Encontró, por accidente, el dispensario del monasterio, al abrir, desesperado, la puerta de madera, el día que apareció el jovencito con aquella gran quemadura. Antiguos envases de medicinas, algunas marcadas con el alfabeto cirílico, en frascos color ámbar, le hicieron estornudar en cuanto entró. Curó al paciente lo mejor que pudo y sin darse cuenta ya era el responsable de ahí. Trataba de mantenerlo impecable, pero las arenas se colaban sin piedad entre las paredes y sólo le quedaba volver a empezar. A nadie pareció importarle demasiado y aprendió en poco tiempo el poder de la simplicidad. Todo se había reducido a eso. Lo sencillo de una escalada, paso a paso avanzando en el camino, la sonrisa de un niño, la lenta parsimonia de los monjes, el viento de la montaña, los colores, las tormentas y los atardeceres.
Habían pasado muchos años de su vida al pié de este monte. Llegó incrédulo y joven. Aprendió con el tiempo y el paisaje fue su guía. Aprendió tolerancia y sabiduría, mientras la montaña iba cambiando y se moldeaba con las estaciones, como cambiaba el alma de un hombre, le susurraban los sacerdotes, enfundados en sus sotanas negras. Escuchaba en las noches sus oraciones y en los amaneceres, los ruegos de los musulmanes. Le parecía un contrasentido, pero con el tiempo, fue acostumbrando el oído y entendió a ciencia cierta porqué este lugar era sagrado para tantos.
Iba a volver a escalar. Esperaba, ese día, poder ver el amanecer inundar sin prisa la cima del monte Sinaí. Quería escuchar las letanías de los fieles y concentrarse en sus voces, que llenaban todo el desierto y más allá. Los beduinos le trajeron leche de camello y dátiles, sin otra razón que sólo visitarle. Entendían su elección. Entendían que había cambiado todo por estas soledades. Los curas ortodoxos lo habían explicado claramente y juntos vivían en una armonía envidiada por el mundo. Todo se resuelve de otra forma, sonreía el hombre ya, su primer paciente, con su boca desfigurada por la cicatriz de su quemadura y le tomaba la mano, mientras jugaban una partida de damas, antes que su caravana partiera.
La montaña seguía entregando la sabiduría a los hombres, decían, cuando soplaba el viento. Ese amanecer volvería a subir, mientras la oración de la mañana llenaba toda la explanada.
Me vestí con la faldita de colores que tanto te ha gustado. Acomodé mi pelo en un moño, en lo alto de mi nuca y apliqué rosa pálido en mis labios y me asomé a la cocina a ver cómo iban las lentejas.
En el camino, pensé en lo que se había ido. En las penas y las alegrías, en las discusiones y las dulces reconciliaciones. Hice un alto especial al recordar en los que no iba a abrazar nunca más y mi corazón se llenó de lluvia. Me pasaste la toalla de un abrazo y con el vapor de la olla, se fueron los malos momentos y todo lo que quiero olvidar. Me quedó la esperanza y la dicha, representada en tus ojos, de azul profundo a verde esmeralda, veleidosos y cambiantes, como ha sido el mundo, como ha sido este año que se va yendo apuradito, sin que nos dé tiempo para largos discursos y despedidas.
Espero el goce, espero la champaña helada y el ponche a la romana, el asado de cordero y las risas francas y sonoras. Espero beber hasta que se me caigan las cejas con la copa de cristal donde descansa mi anillo de brillantes y espero despertar a tu lado, abrazada a tu corazón. Espero que la noche vieja nos regale una hermosa luna llena y que permanezca hasta la próxima la compañía de todos los que han estado conmigo y me han regalado, cada día, dicha y abrazos.
Mientras aguardo a que se escuchen las campanadas y las sirenas de los bomberos y a que revienten los primeros fuegos artificiales, agradezco por lo bueno que me ha pasado. Me tomas de la mano y brindamos.
Cuzco se abrió ante mí como una fruta madura, como las piernas suaves de una mujer dispuesta, como la brisa de una mañana fresca de primavera y yo le comí, le penetré y le respiré hasta que me emborraché de ella.
Habían sido muchos días de viaje, meses tal vez. Perdí la cuenta, aunque el fraile Muñiz se empeñó en enseñarme a contar y escribir, pero entre tanta selva y humedad, doy gracias a Dios que no perdí la chaveta como todos los demás. El fraile ya estaba bien perdido. Insistió en cargar el arconcillo hasta que las fuerzas le abandonaron y entonces confió en mí totalmente, pero su cantinela enferma me atosigaba, como los mosquitos, las serpientes, las aguas putrefactas, los cambios abruptos en el curso de los ríos, las flechas envenenadas venidas del espesor de la selva, los gritos de los monos y otras alimañas, la hojas gigantescas de los árboles, las ranas ponzoñosas, el aire cargado de melancolía y sofoco. Varias veces no vimos más signos del día que rayos de sol que se colaban con dificultad entre los árboles espesos, que parecía nos vigilaban desde la altura incalculable de sus copas. Nadie dormía, nadie podía pensar con claridad. No sé cómo logramos pasar la Amazonía. Todos nos miraron asombrados, cuando logramos bajar el río Ucayali y caminar por primera vez en semanas. La piragua estaba dibujaba en mi cuerpo o tal vez yo estaba dibujado en ella. Muñiz ya se había ido y me tintineaban sus palabras, como las cuentas de los rosarios que llevaba colgando, desde que lo conocí y que terminaron en mis manos.
Durante todo el viaje y hasta que lo abandoné, no perdió ocasión de hablarme, tal como lo había prometido, de sus señores, los de la Asunción. Pérfidas criaturas, malditas por los hombres y Dios, decía, habían amasado fortunas a punta de juramentos que nunca cumplieron, matrimonios por conveniencia, usurpación de identidades, despojo de viudas y huérfanos, asesinatos y violaciones de edictos, terrenos y mujeres. Conocían la ley como pocos y tenían un séquito de otros tan truanes como ellos, que usufructuaban de las ganancias mal habidas, hasta que misteriosamente desaparecían, como habían desaparecido tantos otros.
Sin miedo, Joaquín, me decía, porque el miedo delata, corroe, debilita. Así debes proceder, donde fuera que vayas, compórtate como un hombre de gran señorío, aunque tus harapos se caigan con el breve soplo del viento, cree firmemente en quien has elegido ser. Los de la Asunción nunca fueron nobles, me repetía hasta perder el aliento; nunca, pero convencían hasta al más versado, con sus modales afectados y sus bolsas llenas de monedas de oro. Oro, Joaquín. Júntalo, acarícialo, llénate de él, porque el oro trae más oro y donde hay oro, está la fama. A nadie le importará que cometas aberraciones, si tienes cómo pagar por el silencio de los injuriados y sus testigos. No lo olvides. Resonaban todavia sus palabras en mis oídos, mientras iba avanzando por el valle. El verde de las montañas y la falta de aire me descolocaba, hasta que la vi. Como el ombligo impúdico de una bestia dormida, la ciudad de Cuzco se manifestaba con sus colores terracota y pizarra, como si estuviera esperándome desde el principio de mi vida. Estaba extasiado y bajé la colina con prisa, arriesgando el reviente de mis pulmones, como me enteré después.
Al entrar en la ciudad, el aroma de los cedros y del romero me envolvió y a medida que fui recorriendo sus barrios, una mezcla de olores me fue hipnotizando, seduciendo, hechizando. La tierra húmeda, las especies de las cocinerías de la calle, ají panca y mirasol, ajos, carne seca de llama, culantro, papas, achiote, maíz y otros que, hasta el día de mi muerte, no pude jamás identificar. Me encegueció la lana que teñian los indios, por sus colores tan extraños en estas latitudes y el verdor de sus bocas, masticando hojas de coca, me provocó cólicos que, con el tiempo, logré curar aspirando rapé, pero eso fue mucho después, cuando ya era un señor.
Me introduje en la ciudad, decidido. Con las primeras cuentas del rosario de perlas negras, compré vestidos y calzado. Pagué a un par de yanaconas que me guiaran por Cuzco y me mostraran sus secretos. Calles empedradas, muros de piedra, antiguos vestigios del esplendor de la cultura de sus ancestros, me decían, degollados como cerdos por los hombres de Francisco Pizarro, que usaron por vez primera la palabra herejía en estas latitudes, para justificar sus crímenes, quedarse con su oro y copular con sus mujeres. Todo me lo había contado Muñiz, antes. Escuchaba con atención los susurros de la ciudad y estaba dispuesto a usar cualquier secreto, cualquier artimaña, porque ya había visto a un don con sus ropas de terciopelo y sus piezas de ocho colgando en un collar grotesco y envidiable. Eso quería y ya había vendido mi alma al demonio. Muñiz me lo dijo. No tenía nada que perder.
La turbina había apagado sus estertores demenciales de un solo golpe. Al mismo tiempo, Erwin Andler, natural de Limbach-Oberfrohna, había decidido no seguir existiendo.
Por muchos años, fue el único que llevó la luz al pueblo donde eligió vivir, desde la mañana de primavera de mil novecientos treinta y cuatro, cuando arribó por decisión propia y sin un cinco en los bolsillos. El hombre se las arregló para convencer, lentamente y con vehemencia, a la minoría alemana que habitaba en estas soledades, a usar la luz eléctrica. Todos le miraron con asombro y con dejos innegables de incredulidad, pero su energía era tan incansable y su discurso tan irrefutable que le dejaron hacer todo cuanto quiso para asegurarles un alumbrado eficiente, limpio y silencioso, como se acostumbró a discursear en cada campo donde fue recibido.
La idea se transformó en moda al cabo de pocos meses y quien había llegado con los bolsillos pelados, se arrellanaba ahora contra un sillón de terciopelo en la mejor habitación del Hotel Unión. Fiel a su austeridad teutona, ahorró rayando en la mezquindad y logró comprar una propiedad con vista al río. En aquellos años a nadie se le hubiera ocurrido que el terreno tendría un valor incalculable, sólo les parecía absurdo que alguien quisiera construir una casa donde, por las noches de verano, se llenaba de zancudos y sanguijuelas y en las de invierno, subía una neblina espesa y húmeda que amenazaba con ensopar hasta los pensamientos. Sin embargo, no flaqueó y cuando logró erigir su morada, las dimensiones de la construcción permitían gozar de la panorámica de la rivera, echar por tierra la humedad y las alimañas y tener una vivienda despejada, amplia, con corredores en ambos pisos, techos pentagonales y cada habitación completamente iluminada por la turbina a vapor que importó directamente desde Europa, y que le costó cuatro días de bueyes y maldiciones montar al lado oeste, justo donde el río formaba un remolino y existía un socavón parecido a una gruta.
Andler compraba tanta madera para hacer funcionar su ingenio, que todos pensaban que más que una turbina, tenía una caldera que alimentaba los fuegos del infierno. Sonreía ante estas especulaciones y su naturaleza reservada avivaba más la imaginación de las personas; sin embargo, su clientela crecía y crecía.
Rollos de alambre negro, cubiertos de tela de fieltro y alquitrán se apilaban en su galpón y grandes cajones de madera contenían los curiosos tapones de loza, que iban como brotecitos por el cableado, rompiendo la monotonía del negro. Todos querían disfrutar de esta decoración, aprender, como lo hacía el alemán, a pasar el mínimo hilo de cobre entremedio de los grandes rodillos de porcelana blanca que formaban el mecanismo del transformador, que bajaba la palanca de la tensión, cayendo en corte si se producía alguna sobrecarga de energía. Con maestría, acomodaba todo en un segundo y anotaba en la papeleta, con su lápiz de madera número dos, aguzado como un punzón, la fecha y la hora del arreglo. Al reverso, anotaba los datos del contador y establecía el consumo de energía de la casa.
El Regidor fue una tarde a hablar con Erwin Andler, a solicitarle, a rogarle, a implorarle que acomodara tanta maravilla que gozaba en su hogar y que tuviera a bien proveer el alumbrado público del pueblo. Estaba seguro que su inteligencia era bastante y que sabría resolver el problema. Los recursos de la comuna estaban en sus manos, no eran muchos, claro está, pero contaba con ellos, no faltaba más.
Eso iluminó literalmente la vida del alemán. Estudió día y noche, mandó telegramas e importó libros especialmente para llevar a cabo esta tarea. Prescindió de su turbina, desvió la energía que producía, en pos de este proyecto al que se dedicó en cuerpo y alma. Descuidó su trabajo, su hogar y hasta su higiene personal y cuando subió la palanca del gigantesco transformador, ubicado en lo alto de un poste del telégrafo, no cabía en su propia dicha.
Desde varios kilómetros se escuchaban los estertores de la turbina, día y noche, alimentando el fantástico ingenio que proveía de luz eléctrica a las calles del poblado. La modernidad que tanto pregonó, se veía cada noche, cuando las tinieblas se perdían y los amarillos de los focos formaban un globo sin bordes, donde los insectos nocturnos giraban lentamente, formando parte de la bola incandescente de los nuevos tiempos.
Erwin Andler no tuvo nada que ver en la decisión de apagar la maquinaria, pero sí decidió olvidarse de todo cuando se enteró. Cerró su casa esa mañana despejada de marzo y dejó precisas instrucciones de desarmarla parte por parte y trasladarla por el río, hasta la barra y de allí, por tierra, hasta el fundo de su gran amigo Heinz. El tiempo de las máquinas a vapor había quedado atrás y a sus ochenta y dos años le costaba trabajo imaginarse empinado en los postes del telégrafo, bajando y subiendo la gigantesca palanca del transformador, cada vez que había un desperfecto. El Regidor era otro y un nuevo contrato de suministro se había establecido con la compañía hidroeléctrica que interconectaba todo el país. Francamente, le importaba un reverendo cuerno, porque estaba muy al corriente de los avances tecnológicos y de su estado físico. Sabía que debía dar un paso al costado, pero mirando en retrospectiva, no era vida sin los estertores, el calor, la sonajera, el palpitar incesante de su máquinaria y la fresca bendición del río. Era una ecuación perfecta. Verla apagarse, era apagar su propia existencia. Estaban unidos. Eran un solo corazón.
Viajaron juntos, sin saberlo, años después. La turbina, rescatada de una vida inútil, guardada en un galpón, iba de vuelta a su ciudad de origen, como vivo espectáculo de un tiempo que ya se había quedado muy atrás y las cenizas de Erwin Andler, en el compartimiento de carga, junto con los retratos de su familia y sus muebles de colección, a la casa de la bisnieta, en la Sajonia natal.
El día de la procesión, grandes mosaicos de coloridas tarjetas navideñas se tomaban las calles, extendidas en la vereda o de pié, precariamente apoyadas contra los árboles, anticipando las festividades y el nacimiento de Jesús con sus texturas enceradas. Delgados couché con dibujos de nieve, rostros de niños colorados por el frío, Santa Claus en su trineo. Nieve, renos, pinos decorados con velas y bolas de colores, guiñaban los ojos a los transeúntes en una fantasía de navidad blanca. Entremedio de pesebres de yeso y restos de paja seca, nos achicharrábamos de calor buscando las tarjetas más coloridas. La costumbre indicaba enviar a amigos y familiares los deseos de paz y recogimiento, de próspero año nuevo, de buenas intenciones y eterna felicidad.
Las elegidas se escribían con cuidada caligrafía y se enviaban por correo, en la esperanza de que llegaran antes que Santa Claus. Así pasaban los días hasta la tarde de víspera de Navidad, siempre cargada de nerviosismo. La noche de paz se transformaba en una larga seguidilla de horas que no avanzaban nunca, en la eterna expectativa de abrir los regalos. Atrás quedaban las tarjetas recibidas, apiladas peligrosamente a los pies de nuestro árbol, decorado con las luces de rigor y el colorido navideño. Ni la cena de pollo y puré de patatas ni el postre de cerezas sacadas directamente del árbol, horas antes, decorado con crema espesa no eran suficiente para calmar nuestra ansiedad. La casa olía a las galletas de maicena, que habíamos ayudado a cortar con manitos nerviosas; a kuchenes de frambuesa y plátano, con la gruesa capa de crema pastelera de vainilla, olía a pollo estofado con arvejas y zanahorias del huerto, olía a días de verano, al agua del grifo que regaba la tierra, antes del anochecer; olía a la colonia de mi padre, que usaba en estas ocasiones especiales. Los pasos nerviosos de mi abuela dándole armonía al ambiente. A su llegada, estábamos listos para comer.
La hora no avanzaba y los dibujos animados de la televisión no hacían nada más que aumentar nuestra ansiedad. Archiconocidas historias de la Navidad blanca no eliminaban nuestro desasosiego. A medianoche y con los ojos escaldados de sueño, eramos conminadas a ir a dormir, so pena de no recibir la visita que tanto esperábamos. Vueltas y vueltas en la cama, poseídas de una energía mayor a nuestro cansancio, aguzando el oído, aspirando los dulces aromas de la casa, hasta que sin darnos cuenta, nos vencía el sueño.
La navidad llegaba con prisa, la misma que nos levantaba de un salto y nos hacía avanzar por la casa dormida en pijama y a pié descalzo y duraba hasta pasado el desayuno, luego era un día de verano como cualquier otro, con juguetes nuevos, con los ojos cargados de sueño y con las mudas tarjetas que quedaban como el último vestigio de la festividad. Las conservábamos por si acaso y creo que aún existen algunas en la casa de mis padres con su olor a dulces y hogar.
Modigliani pendía de la pared y le miraba con los ojos idos. Era la pintura más cara que existía a la redonda, pero nadie lo sabía, ni siquiera ella. Alguien la tomó después y se la llevó lejos, de vuelta, cruzando el mar, este mar inconmensurable que se escapaba ahora de su interior. El olor era penetrante y la mancha blanquecina que quedó en la alfombra, iba a ser confundida con lluvia.
Ese día había hecho calor. Mucho calor. Era pleno verano y quedaba poco de las magnolias. Las manzanas que otrora habían llenado el ático con su olor, estaban esperándole en grandes canastas, en la cocina. Después que Henry se fue, sólo eso cambió. Siguió viendo en secreto a Esteban y logró deshacerse lentamente del pavor de una vida bajo la sombra del terror. La culpa, sin embargo, ensombrecía todo, incluso su profundo amor por la criatura, que acababa de anunciar que iba a venir al mundo.
Se paseó lentamente, acortando los pasos, tratando de no pensar en nada, pero las voces del pasado vinieron en ráfagas imparables, como el aire caliente que entraba por el gran ventanal. Parecía que las puertas del infierno estaban abiertas y todo se secaba con el álito del día que moría a pausas y en dramáticos naranjas, oro y bermellón en el cielo. Estaba agotada, pero siguió caminando, sin una razón clara, sin un motivo. Arrastraba los pies sobre la alfombra y secaba el sudor con su mano izquierda, mientras con la derecha acariciaba su panza en movimientos circulares y ascendentes. Trató de pensar, pero no pudo. Trató de zafarse del dolor, pero cada latigazo era peor que el anterior, sólo caminar le calmaba en parte.
Recordó el carruaje donde viajaba aquella tarde desde Saint Etienne a Paris y cómo ese joven galante, montado en su caballo negro, les detuvo, le hizo descender y le preguntó si quería ser su esposa. Recordó el viaje de locura cruzando en mar, de Calais a Valparaíso y de ahí en carreta hasta esta villa, en mitad de la nada. Sintió nuevamente el olor de la semilla de los tilos de la Alameda, en el otoño pasado, cuando su vida cambió para siempre. Recordó el olor del tabaco, el sabor del jerez, la sal de su piel, la lluvia golpeando con fuerza el tejado y la gotas resbalando lentamente por la ventana del dormitorio de Esteban, después de que hicieron el amor. No existió otra pasión más grande en su vida que la que iba con su nombre.
La criatura se movió, gozando de un espacio y libertad desconocido hasta entonces y este simple ejercicio hizo que Marie se retorciera de dolor. Iba a necesitar un médico, pero el único que existía estaba a veinte kilómetros de distancia, saboreando una sopa de pollo tibia y ensalada de maíz, lechugas y avellanas. Trató de llamar a alguien, pero en los setecientos metros cuadrados de la casa, no había nadie más que ella.
Siguió caminando por el pasillo, como lo había hecho durante estos últimos siete años, como una fiera enjaulada, como un ángel caído, como un alma en pena, como un espíritu enamorado, aterrorizada, oprimida y ahora doblándose de dolor por este milagro impensado en su vida. Trató de concentrarse en un recuerdo y con su mente llamar a Esteban, pero él estaba muy lejos de allí. Cayó en cuenta que, tal como le decía su empleada todos los días, los hombres no servían para nada más que para darle a uno trabajos y preocupaciones. Jamás resuelven nada doñita y cuando uno les necesita, nunca están. Sonrió, pero la mueca de dolor pudo más y se quedó en su cara.
Recordó, de pronto, las voces de la lavandera y de la chica que ayudaba a hacer la limpieza, hablaban de Amelia, la matrona de la casa de putas y de sus dotes como partera, de cómo procedía ayudada con hierbas y emplastos, cómo terminaba con embarazos sin dejar rastros ni quejas, cómo bajaba fiebres y curaba pringaduras con dos rezos y una cataplasma, además de una oración a la Vírgen María, que también es mujer y sabe de dolores y desventuras. “Amelia”, le sonaba el nombre. Trató de recordar y en un chispazo de inspiración, la voz de Esteban se le vino a la cabeza: lo que necesites, si estás en peligro o requieres de ayuda, puedes confiar en ella, tienes mi palabra que nada te pasará.
Se las arregló para llegar hasta su puerta, jadeando de dolor, pegada la ropa de sudor y cada vez más cerca del momento de dar a luz. Golpeó su puerta con pudor, con esperanza y con desesperación. Miró sus manos grandes de campesina, coloradas y de dedos gruesos. Auscultó en lo profundo de sus ojos marrones y vio una bondad descomunal en ellos. La miró fijamente y su imagen entera quedó grabada en la memoria. Cuando el dolor la sobrepasó y cayó en cuenta que no sería capaz de seguir en esta vida, le pidió sencillamente a Amelia que se hiciera cargo del pequeño, le rogó que les dejara un minuto a solas, antes de partir y exhalando un suspiro débil, besó a la criatura con todo el amor que nunca iba a poder darle. Su cuerpo quedó plasmado en el jergón inmundo que estaba más cerca de la puerta por donde ella entró y ante la vista de este cuadro desgarrador, Amelia tomó al niño y, de rodillas, pidió perdón.
Se subió al barco con propiedad, arrastrando su arconcillo y mirando a todos de reojo. Su nombre era Antonio Muñiz, fraile devoto de San Benito. Loco de remate, sufría la enfermedad del mar, pegada con lacre en su cuerpo. Tomó lugar en la cala y permaneció en silencio por un par de días. Sólo tomaba agua y vomitaba, casi al mismo tiempo. El capitán le consideró un mal necesario y lo dejamos en paz.
Una vez en altamar, empezó a desvariar. A donde iba, arrastraba su arcón y entre los pliegues de la sotana, se escuchaba la sonajera de pequeñas cadenas. Estaba totalmente loco, lo sentenciamos todos y nadie le hacía mucho juicio a sus palabras. Tratábamos de evadirle e incluso en la prédica le ignorábamos. Un día me tomó por sorpresa y me lanzó una monserga, que en vez de alejarme, me atrapó como en un cuento de hadas. Hablaba de las confesiones de los nobles, su antiguo deber como guía espiritual de aquellos que tenían el dinero suficiente para pagarle y acallar, de ese modo, sus conciencias. Me dijo que ellos pecaban más que todos los que componíamos la tripulación del barco. Juraban, afrentaban y volvían a hacerlo tantas veces en el día que, al final, se les armaba un despelote de pecados y negras conciencias y era por eso que se iban a ir directamente al infierno, no importaba las fortunas incalculables con que compraban sus indulgencias. Me miró a los ojos fijo y me dijo quedamente, tú eres como ellos, vas a terminar colgado, tu alma quedará vagando en el limbo de los irredentos y se arrastrará hasta que alguien se apiade de ella. Acto seguido, se levantó con trabajo y arrastrando su arcón, se fue a la popa a vomitar espumarajos. No retenía nada en el estómago. Todos creíamos que botaba al demonio de su cuerpo, porque a fuerza de tanto nombrarlo, seguro le poseía.
Hechos que hubiera preferido olvidar se suscitaron en las próximas semanas y salí a puerto con un nuevo nombre. La vista del fraile me atosigaba, pero él actuaba como si no se hubiera dado cuenta de nada. Incluso una noche, antes de recalar en Cartagena, me bendijo con una de sus cadenitas, que no eran otra cosa que rosarios, hechos de los más diversos materiales, regalos me dijo, de sus antiguos feligreses, los marqueses de la Asunción, que de nobles no tenían ni los pelos, se burló, mezclando partes del latín de la bendición, con el de la ceremonia del bautismo y con el cuento de sus pupilos.
Ellos me regalaron un arcón inmenso, me confidenció, lleno de joyas. Muchas joyas. Cambiaban el arcón por mi ayuda espiritual, me dijeron, pero a poco andar empecé a ver visiones. El demonio entró a mi cuerpo y no pensaba en otra cosa que en revolcarme en ese tesoro inmenso. Consentí muchos y severos pensamientos impuros, que se terminaron mezclando con las confesiones impúdicas y terribles que ellos iban a dejar a mi celda, cada día. Actos antinatura, asesinatos, torturas, violaciones… no puedo hablarte más, sólo puedo decirte que estaban bien malditos y me maldijeron a mí también al darme esas joyas.
Un día, huí de sus dominios, cargando sólo este pequeño arcón, que no contiene joyas, como dicen los otros marineros, sino un mapa, un mapa dibujado en la afiebraba muerte de un mendigo que llegó, por accidente, a la casa de los señores a los que servía y que fue golpeado brutalmente por el más joven de ellos, sólo por diversión y crueldad. El hombre agonizó en mis brazos y me regaló la visión del mapa, que tenía grabada en su memoria. Eso me condenó. Vagué por todo Málaga tratando de buscar un barco, obsesionado por el tesoro y cuando dejé de desearlo, el Señor me lo concedió y me ató a tu destino, Joaquín. Debo bendecirte para que seas salvo, debes dejarme seguir viaje contigo hasta donde mis fuerzas me acompañen. Te diré mis secretos en el camino y te contaré cómo los señores de la Asunción amasaron tanto oro. Al fin de cuentas, ya estoy medio muerto y a ellos se los ha llevado el demonio.