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Promesas

velas

Acababan de encender las velas.  Afuera, la ventolera amenazaba con llevárselo todo. Se acomodaron, una frente a la otra, en sus sillas mecedoras y en silencio, enhebraron las agujas. El viento silbaba molestoso y entraba una ráfaga mínima por algún lugar, haciendo tiritar la flama. María Isabel atizó el fuego, cerró a medias el tiraje y se dispuso a seguir en este ejercicio que les había llevado semanas.

Pequeños cuadrados de tela se iban juntando, como partes de un mosaico, que iba armando un nuevo mundo de color. La aguja subía y bajaba arrastrando el hilo a cada puntada, produciendo un sonido seco, apretando la tela a su paso, asegurando el pequeño parche y dándole la forma de un abanico.

Habían decidido llevar a cabo esa labor cuando Margarite se dió cuenta de la cantidad de tela de colores, que tenía olvidada detrás del internado. Laboriosa como era, lavó cada retazo y fue seleccionando los más vivos, en la intención de armar algo de provecho. De pronto, recordó la técnica aprendida en su tierra natal y le comentó a María Isabel de su idea. Ambas convinieron en trabajar juntas. Era una diversión para las largas noches de invierno, mientras la lluvia azotaba los caminos y las luces se encendían a las cuatro de la tarde. Nada quedaba a salvo de la oscuridad invernal. Se habían esforzado por mantener la diversión leyendo o contando historias, porque les parecía inconcebible irse a la cama tan temprano y cuando empezaron esta colcha, se dieron cuenta que sería la solución para liberarse del tedio y anticipar la primavera con sus hermosos colores.

Las velas empezaron a escasear desde el inicio y juntas elaboraron varias, perfumadas con hojas de finas hierbas y granos de café, en un arranque de inspiración que les llegó por accidente. En la cera cayeron hojas de menta, una tarde,  por descuido. Frente a la desgracia, decidieron no malgastar el material y confeccionarlas de todas maneras. Cuando las encendieron, el perfume de la menta embargaba todo el lugar. Probaron luego con varias hierbas y sonreían en complicidad, cada vez que encendían una, mientras lentamente la colcha se iba haciendo más grande, más colorida, más abrigadora, más de ellas.

Cada puntada albergaba un secreto, un comentario, la anécdota del día. Los amores y sueños de ambas iban quedando prisioneros entre los parches de colores, con la esperanza de hacerse realidad. Las risas contenidas, las penas, los sinsabores, la comidilla del pueblo, las aventuras del internado. Todo estaba ahi, puntada tras puntada, en el diseño que iba creciendo sin haberselo propuesto, sólo de la mano de su inventiva. Las finas hebras de hilo arrastraban en el borde ya terminado de la colcha y cuando faltaba menos de la mitad, ambas se miraron con tristeza. Acordaron que aquella que contrajera matrimonio primero se llevaría la prenda, sin embargo, Margarite, en un arranque de inspiración, propuso partirla en dos pedazos, quedándose cada una con su parte, para recordar a la otra.

Cuando María Isabel anunció que se iba a casar con ese gigante bruto y pelirrojo que le había colmado el corazón de ternura y amor, lloraron ambas de felicidad. Margarite estaba también comprometida. Esa noche, probaron unos traguitos de mistela y contaron los pormenores de sus noviazgos. Esa noche, también prometieron no romper nunca esta hermosa fraternidad y en caso de necesidad, hacerse cargo de la familia de la otra. Juraron también, conservar sus secretos intactos y atesorar este invierno frío y lluvioso como el final de sus vidas de solteras, como el tiempo más fructífero de su complicidad y el sello de su profunda amistad.

Los compromisos matrimoniales de ambas se materializaron casi al mismo tiempo y la prenda quedó rezagada a un segundo plano, intacta y sin cortar. La primavera dió paso a un verano acalorado y provechoso. La vida era perfecta para ambas.

Margarite decidió más tarde, añadir un refuerzo de seda a los bordes de la colcha, una vez que la encontró entre sus baúles, con sus pertenencias de soltera. La llegada de un nuevo invierno fue tan inesperado como la noche de los hechos tenebrosos que cambiarían para siempre las vidas de todos. Ella fue la única que no asistió a la presentación. Su embarazo era de cuidado y no quiso poner en riesgo la criatura. Ese día, ordenando algunas cosas de su nuevo hogar, se topó con las velas que habían sobrado de las tardes de costura y se decidió a reiniciar la labor, a la luz de estas mismas velas, para cumplir con la promesa que se habían hecho entonces. Recordó vivamente a su amiga, su sonrisa, sus tribulaciones, su aroma a agua de Colonia, su total arrobamiento con el que ahora era su marido. Su perfecta y merecida felicidad.

El gallo empezó a cantar. La gata entró por quién sabe dónde y se refugió entre sus piernas, apretando la colcha con sus garras. Se pinchó el dedo índice y la sangre empezó a brotar con fuerza excesiva. Se sintió profundamente atemorizada. Su cara se tornó de color escarlata y un frío polar le recorrió la espalda. El gallo seguía cantando y eso le llenó aún más de pavor. Estaba oscuro hacía rato. Cuando se enteró de los hechos, un río de llanto inundó sus ojos. No podía parar. Trató, pero no fue capaz. Apagó cada vela con sus lágrimas y guardó la colcha de vuelta en el baúl, junto con todos los secretos que habían compartido, junto con la promesa que se habían hecho.

Casi que no alcanza a llegar. Se había averiado su carrito, pero la desesperación y la prisa son siempre ayuda para la inventiva. Corrigió el desperfecto con alambre de cobre y una tira de caucho larga y sinuosa que olía a diablos. Eso no importaba. Ya estaba en la plaza y el espectáculo apenas comenzaba.

Tomó su posición acostumbrada, a la extrema derecha de la gran glorieta, reciente artilugio producido por el Regidor, para darle un aire más festivo a la placita, que aún estaba rodeada por calles de tierra. No se veían muchas compañías teatrales por la región, en realidad, era la primera que se asomaba por estos lares. Normalmente, habían retretas y desfiles y la misma gente haciendo sus quehaceres o paseando. Los niños que iban a asistir a la función, se peleaban por ser los primeros en la fila y comprar su porción de maní tostado y palomitas de maíz.

La concurrencia llegó lentamente, ataviados con sus mejores galas. Era todo un acontecimiento para un lugar donde jamás pasaba nada. Recordaba que don Esteban había organizado todo, con precisión de relojero y se dió maña para traer a todos sus amigos y conocidos. Un joven ojiazul, sentado en el banco de la plaza, justo al lado, le llamó profundamente la atención. Iba vestido pobremente y hablaba solo. Producía un sonido metálico cada vez que caminaba de un lado a otro. Su cara le pareció familiar. Muy familiar.  A lo lejos, pudo ver a la loquita del pueblo, arrastrando su manta, mientras hacía rechinar sus dientes. Sus arrugas pronunciadas por la vida a la interperie, añejaban su expresión. Él la conocía desde antes que perdiera la razón. Nunca fue muy agraciada y lo que le había sucedido, la había tornado en este estado. Sabía que el hermano había sido el de la decisión y sabía del odio acérrimo que ella le profesaba, incluso en la nebulosa de su locura. La miró con atención. Cargaba algo entre sus ropas. Algo que extrañamente, le pareció una escopeta.

Ya estaban todos adentro del pequeño teatro. Ahora, la noche se volvía calma. Sabía que los chicos no iban a aguantar mucho el espectáculo, así que decidió permanecer hasta el final. Estaba muy contento. Nunca había vendido tanto en tan poco rato. Atizó el fuego de su carrito y apretó con un alicates el alambre que sostenía el parche improvisado. Respiró el aire frío de la noche. Se sorprendió de ver a don Henry fumando un cigarrillo. Estaba seguro que el francés tacaño y mal hablado no fumaba. Nunca le había visto hacerlo. Pero más le sorprendió verlo apoyado contra la única lumbrera de la plaza, vistiendo un abrigo negro y no en el espectáculo. Sonrió al recordar la razón. Todos sabían que su mujer tenía amores con don Esteban. El pueblo entero les había visto y nadie podía culparle. Él era un bestia y ella era una dama, hermosa y distinguida. Por alguna razón, lucía en la imaginación mucho mejor del brazo del español ladino y oportunista, pero qué gran corazón tenía ese hombre. Su negocio se lo debía a él enteramente.

Por alguna razón, empezó a seguir con la miraba los pasos de los tres únicos ocupantes de la plaza en ese momento. La loca se había hecho un ovillo y dormitaba entre las rosas que estaban a la puerta del teatro. El francés fumaba otra vez y oteaba la entrada, mirando su reloj de bolsillo. El joven seguía hablando solo y se acercó a calentar sus manos. La cara era tan parecida a la de don Esteban. Le habló, preguntándole si tenía algún parentezco con el hombre, pero la respuesta que le dió lo cayó al instante. Luego, notó que ocultaba en la pierna una carabina. Tembló. El chico siguió ahi mismo por un rato y se fue. Ya no se esforzaba por esconder el arma.

Todo sucedió muy rápido. Escuchó primero la ovación. Luego, vió a la gente salir del teatro, en una corriente ordenada y colorinche. Entre risas y conversaciones, todo se fue llenando. El manicero no había perdido de vista ni a la loca, ni al francés ni al joven de los ojos azules. En centésimas de segundo, les vió a los tres, al unísono, sacar sendas escopetas y apuntarlas a la concurrencia. Su voz se congeló. Sus ojos, sin embargo, siguieron expectantes los acontecimientos. Un estampido ronco y atronador llenó el aire y silenció la voces. Todo se inmovilizó. Todo.

Un grito destemplado, que pareció el bramido de un animal herido, despertó los movimientos de todos. La gente empezó a correr, chillando de miedo. Los que habían permanecido en el suelo se levantaron de un salto y corrieron también. Sólo la joven esposa del hermano de la loca permaneció en el piso. Fue el grito del marido el que quebró la noche. Ella se desangraba irremediablemente. Don Esteban se les acercó y la vió desfallecer, mientras miraba a su alrededor. Vió la manta reptar por detrás del teatro, al chico de los ojos azules salir despavorido; al francés, acomodar su abrigo y partir caminando.

Don Esteban se acercó al manicero y le preguntó, desencajado, qué había visto. Tuvo que remecerle para que pudiera hablar. Lo mismo pasó cuando llegó la policía. Estando en shock, no pudo decir mucho, habiendo sido el único que vió todo desde el comienzo. Años más tarde, rumiando la noche de los hechos, horrorizado, ató todos los cabos y se dio cuenta que habían culpado a quien no debían y que la joven mujer fue muerta por error.

manicero

El Cheuto

mendigo

Jean Nicolas Doublet o más conocido como el Cheuto, había nacido en el océano, en la travesía entre Cherbourg y Valparaíso, un día de mayo de un año que él mismo prefiere olvidar. Viajaba en primera clase, junto con su familia entera. Quince adultos y un enjambre de chiquillos, que se divertían haciendo pis en la popa del barco, cuando el viento arreciaba a sotavento. Los baúles de su equipaje iban firmemente custodiados y la casona del comodoro inglés que les recibió en el puerto de su destino, se vino abajo, en el terremoto más grande que la imaginación pudo concebir, apenas seis meses después que se hubieron instalado. Ahí empezó la diáspora de su familia. Ahí fue que lentamente perdió su idioma y sus costumbres y fue ahí mismo cuando Jean Nicolas empezó a convertirse en el Cheuto.

La vida dio varias vueltas, que Jean Nicolas se negaba a recordar, aunque con los tragos calentando su gaznate, algunos asomaban porfiados. Su matrimonio en Valparaíso y sus dos hijos mayores, corriendo en los jardines de la casa de sus suegros, importadores de productos finos, que cayeron en desgracia cuando contrabandistas sin escrúpulos mancillaron sus cargas de cognac. No valieron ni las influencias ni los ruegos. Los cagaron, chillaba el Cheuto, ebrio ya y transformado.

Crecieron los cuatro hijos, entre malabarismos para pagar las cuentas, mantener las apariencias y el honor. Jean Nicolas ejerció por varios años como profesor en las casas de sus amigos más acomodados, una nueva elite que se esforzaba por ser educada y fina. Enseñaba francés a los ingleses, inglés a los franceses. Economía y finanzas a los judíos. Matemáticas y física, sólo por si acaso, a un grupo de alemanes mal hablados, que le despreciaban con toda su alma, por razones netamente políticas. 

La fortuna que le quedaba se iba licuando de a poco, mientras su mujer bordaba por encargo y sus hijos iban a la universidad,  pero la debacle se hizo inminente cuando Jean Nicolás hijo, brillante, buen mozo y todo un caballero, fue acuchillado una noche de tormenta, en un callejón del puerto y mientras sus pertenencias iban desapareciendo, con la rapidez de la rapiña de los ladrones, su rostro se iba tornando cada vez más lívido. Si hubiese contado con asistencia, dijo el médico, hubiera sobrevivido, pero lo dejaron desangrarse en medio de un charco de agua putrefacta, mientras los perros del barrio iban meando sobre su cuerpo moribundo, olisqueando sus pantalones, como lo hacían con los borrachos.

Todo se destrozó de un golpe. Como un ligero y fino cristal, el alma simple de Jean Nicolas no pudo soportar tal escena y luego de la tercera jornada de embriaguez, tomó un atado con sus pertenencias y abandonó la ciudad. Nunca más supieron nada de él. Vagó por el país, tratando de mantener una vida ordenada, pero fue imposible. Tomaba para olvidar el dolor y las caras de espanto de sus familiares cuando le vieron partir. Mal alimentado y deprimido, siguió bebiendo hasta que se le hizo una costumbre. Su espíritu se fue degradando y poco y nada quedó del diligente profesor francés, que debatía a los clásicos griegos con la propiedad de un sabio. Fue entonces que nació el Cheuto.

Lo conocí en la casa de Amelia, cuando ya llevaba mucho camino recorrido y estaba rozando el delirium tremens. Sus cicatrices de peleas y golpizas, le hacían ver como un perro callejero, abandonado desde siempre. Lo recibieron a instancias de mi padre, que le pareció que podría ser de utilidad. Algo en sus ojos le dijo que no siempre había sido vil y mal hablado y en muchas noches de lluvia, el Cheuto le fue contando pedacitos de su historia. Cuando mi padre pudo armar el cuadro completo, tomó contacto con sus familiares, pero había incluso una tumba sin cuerpo con su nombre, en el cementerio general de Valparaíso. Su esposa se tomó la molestia del homenaje para olvidarle totalmente. ¡Yo no tengo nombre!, gritaba en su borrachera y sólo Amelia era capaz de lograr que se fuera en paz a dormir. Cuando ella murió, guardó un día de sobriedad en su memoria. Después, no lo vimos nunca más.

Es que eres la Mamá

Ya termina el noticiero. Las mismas nuevas repetidas hasta el infinito, día tras día, por la cajita hipnotizante, que luce imponente en mi dormitorio. Quiere llover afuera. Gotas porfiadas golpetean los tejados. Frío y escarcha. Vaho y noche. Los vecinos se dirigen corriendo a sus casas. Un humo azulino lucha por salir de las chimeneas.

Escucho repicar el teléfono. Lejano, suave. De pronto, se torna molestoso, urgente. Contesto. La voz de mi madre. Escucho nada más que su voz al otro lado de la línea. Llora suavemente. Me congelo. Apago el televisor. Me concentro en su voz. Pregunta, inquiere, hace pausas, escucha. Me congelo. Mi boca se torna seca, mi respiración no me alcanza. Me evado en un recuerdo. No puedo. No encuentro ninguno.

Era seria y de pocas palabras. Abrazos espaciados, caricias sólo en caso de dolor y la firme resolución de criar una familia numerosa con sólo un ingreso. Los recuerdos de la infancia se mezclan entre risas y juegos, entre libertad y espacios abiertos. Jamás una inquisición por tal o cuál disparate venido a la mente infantil de su prole. En el gran caserón, había espacio para todo. Actos de circo, magia, investigación, teatro, jardinería, construcción. Todo era posible y esa era la consigna. Todo era regulado por su sabiduría siempre exacta, su tino siempre perfecto. Sus conocimientos irrefutables. Pilar fundamental, espacio infinito sin pausas ni treguas. Enfermera, profesora, economista, sicóloga, cocinera. La roca que golpeaba el mar de las enfermedades y los sinsabores de la existencia. Ahí se refugiaba la familia y ya no había más temor. Ahí se terminaban las pesadillas y los dolores. Todo se transformaba en calma. Todo era más sereno al calor de la mamá.

¿Estás ahi? Inquiere su voz nuevamente. ¿Qué hago? me dice en un suspiro que suena a súplica. Me miro en un espejo imaginario y no sé francamente qué decir. Quisiera evadir la pregunta, la situación entera y volver a nuestra casa, al olor del pan recién horneado, a la tranquilidad de nuestro existir. No sé qué decirte, mamá. Consulta a los médicos que se han  llevado a papá al hospital, digo de último, en un intento de escabullir toda responsabilidad. Todo se me cae, mientras su voz me sigue susurrando los hechos. La enfermedad repentina, el dolor desfigurando la cara de mi padre. Los trámites tediosos, los diagnósticos médicos alarmantes y dispares. Puede morir, me dice en medio de la cantinela y mientras me convierto en un ovillo digo, más para mí:  No, mamá, eso no va a pasar.

Le pido un minuto. Corto con ella. Llamo al hospital. Averiguo el estado general de mi padre. Lo van a intervenir. Aviso a mis hermanas. El diagnóstico es reservado, llame en una hora más. La metálica voz de la enfermera de turno me vuelve a mi lugar. Mamá, mamá, prepárate, yo voy en camino. Escucho su voz aliviada. Escucho su respiración más pausada y por un segundo que parece horas en el martillar de mi cerebro, siento que es tan injusta. Por qué ahora deja de ser quién es, si lo sabe todo, es LA MAMA. No me abandones ahora, que yo sí tengo miedo, que yo tampoco sé qué hacer.  No te vuelvas vulnerable, no me preguntes, no me hagas decidir. No dejes de ser la Mamá.

Lágrimas corren apuradas. Tengo miedo. Tengo mucho miedo. Siento, por vez primera, la vulnerabilidad del existir. Te abrazo, mamá y te siento tan pequeña, tan frágil. Tus ojos están hinchados, tu piel luce cansada, tus manos. Tus manos siguen como siempre mamá. Te miro desde el fondo de mi corazón y entiendo que sufres. Caminamos juntas. Te escucho. Hablo tonterías para hacerte reír. Nos remontamos juntas a los días de mi niñez y sospecho que entonces también tuviste miedo y también tuviste que hacer de tripas corazón y tragarte tus lágrimas saladas y tu dolor, para  permanecer incólume, pragmática, organizada, que es como yo te recuerdo y como me enseñaste a ser.

Soy egoísta mamá y lo reconozco. Quisiera que nada cambiara y que me abrazaras más seguido. Que me digas que está todo en calma y que esta vuelta inexorable de la vida no sucederá. No quiero que dejes de ser tú. No quiero reemplazarte en las decisiones, porque lo has hecho fantástico desde que tengo memoria de los hechos. No quiero que me digas que no sabes. No quiero verte dudar, no quiero, porque sé que eres la Mamá y en esa sola certeza, está todo donde se supone que debe estar.

madre

Voy Cruzando el Río

kerry-way

La rudeza del camino provocaba internos estertores en el motor del vehículo. Llevaba en la ruta más de quince horas, con la sola parada para proveerse de combustible. Era un modelo antiguo, pero confortable, con asientos de cuero, mullidos, de color bermellón. El cielo estaba despejado y el aire del mar golpeaba el parabrisas. El paisaje era siempre el mismo, de un verde esmeralda profundo, planos los prados, apenas asomando el mar por entre los roqueríos.

El traqueteo seguía y  le impedía concentrarse en sintonizar la radio. La verdad es que ninguna estación se escuchaba en esas latitudes, pero la esperanza y el empeño eran lo que más le caracterizaban. Hizo una parada en una pequeña granja, enclavada en una colina prominente y consultó si podían venderle algo de comer. Contó su historia a la carrera y los campesinos le dieron una sopa de gallina, pan fresco y una escudilla con agua corriente para quitarse el tinte de sus manos y de su cara, que se mezclaba con el sudor pegajoso que siempre le invadía, cuando cruzaba palabras con extraños.

Antes de arrancar el motor y después de agradecerle a la familia por su tiempo y su discreción, notó una mancha oscura debajo del vehículo. Trató de cubrirla con tierra, pero estaba justo debajo. La turba crecía apenas por ahi. Contaba con algo de suerte. Intentó avisarle al campesino, pero la premura de su viaje era más importante. Confió que el hombre se daría cuenta y borraría ese círculo imperfecto, molestoso y delator.

El traqueteo le seguía acompañando incesante y seco. Estaba por volverle loco. Recordaba todos los hechos acaecidos en las últimas veinticuatro horas con una precisión enfermiza. No había dormido nada. De pronto, en una bifurcación, tuvo que consultar el mapa que llevaba, doblado en miles de pliegues, en la guantera. No recordaba ese cruce. Debía llegar a un río, luego unos veinticinco kilómetros por otro camino del infierno, hasta alcanzar su destino. Ese cruce no estaba en su ruta. En alguna parte se había perdido.

Desde mucho antes que su padre fuera de su edad, la nación ya se debatía en este conflicto, siempre con escaramuzas aquí y allá, con más o menos vencedores y vencidos. Siempre escapando de la policía y su brutalidad, siempre reforzando el amor incondicional a la patria y los ideales de esta isla esmeralda, nacida libre desde su concepción en el mismo mar. Con más suerte que otra cosa, había logrado salvar su pellejo intacto. Sus amigos y compañeros de armas se habían ido uno tras el otro, en una seguidilla que se le enredaba por detalles similares, como si fuera la visión de un caleidoscopio. La palabra empeñada era, sin embargo, la moneda corriente en esta vastedad de odio, violencia y sangre. Debía seguir su camino, como Sean se lo había indicado, tantas veces. Lo sabía de memoria, amparado en el relato de su mejor amigo y era por eso que sabía ciertamente que este cruce no debía estar.

Dio una vuelta en U, recordando la cara de Sean. Sus ademanes torpes. Su sonrisa de dientes torcidos. Sus ojos que cambiaban de verde a azul, de azul a verde, como esta isla. Sus relatos, cargados de dramatismo, sus cicatrices, de diferente procedencia y su odio sin tregua a los ingleses. Recordó el minuto exacto cuando le dispararon. Le hablaba entrecortado, rogándole que cumpliera su palabra. No tenía noción cuántas horas estuvo arrodillado junto a su cuerpo, esperando que abriera los ojos y se riera en sus narices, como lo hizo muchas veces, en el pasado. Mientras agonizaba le dijo si ves el río, crúzalo a pié y le rogó nuevamente que cumpliera su promesa, antes que la sangre abandonara por completo su cuerpo inerte y frío. En esa visión, avistó el cauce. Una sonrisa, la primera en toda la jornada, le dio a su semblante un aspecto cansado. Sus ojos caían de sueño. Su mente se perdía en todas direcciones. Lo único que le mantenía alerta era el ruido incesante que venía de la cajuela del automóvil. Paró un segundo, abrió la portezuela y acomodó la bolsa. Cuando arrancó, una mancha irregular y oscura quedó grabada en el camino.

Avanzó por unos dos kilómetros y la extraña sensación de ser vigilado le invadió por completo. Aceleró a fondo, pero el vehículo no estaba diseñado para este camino tan irregular y angosto. Una ráfaga perló su frente y traspasó el parabrisas. La voz de Sean le sonó muy cerca de su oído, ten cuidado, cumple tu palabra.  Su cuerpo inerte reposó dramático sobre el volante y este guió al automóvil cuesta abajo, sin chocar, hasta detenerse pesado y exánime contra un viejo árbol, ya falto de combustible.

La policía inglesa tomó fotografías del lugar.  Estaba un periodista de un diario sensacionalista y en la confusión de los hechos, diseñó el titular de la portada, mientras la policía ubicaba el segundo cuerpo en la cajuela, para mover el auto con propiedad. Hayan dos terroristas baleados adentro de un Hillman 59.

The Devil s Own – Launching The Boat by chrieseli

N de la R: Soundtrack de la película The Devil’s Own (en español, Enemigo Intimo o la Sombra del Diablo) protagonizada por Brad Pitt y Harrison Ford.

Nada Más

Queda el abrazo grabado en su memoria. Recorre el panorama y sentirá que, de alguna forma insólita y verdadera, lo que queda es sólo el abrazo. Eso y nada más.

Nada más que un abrazo finito y dulce. Ni la voz, ni la risa, ni los sueños. Ni el olor de los libros viejos, ni la cama de la abuela. Ni el frasco colmado de agua fresca, ni la pasión de media noche. Ni el humo del cigarrillo, ni las galletas de jengibre o la ensalada de pepinos ni el pan del desayuno. Nada más queda. Nada más.

Esta es la penúltima carretillada de material. Se limpia las manos y decidido, agarra la pala, mientras va sacando a cucharadas, como un chef surrealista, esta mezcla gris y granito que cae espesa y suave sobre la estructura que está por terminar.

Cuando era niño, la vista de este lugar le perturbaba. El ángel que decoraba el gran mausoleo de las monjitas, le parecía un joven congelado en su propia desolación, mirando a quién sabe dónde, oteando un horizonte que no podía seguir, provisto de alas que no podía usar. El dolor y las lágrimas perseguían su día a día. Siempre se acercaban personas con los ojos colorados, presas de una tristeza de difícil descripción, aunque también habían algunas que le asignaban el trabajo con frialdad y sin motivación, cumpliendo un tedioso deber que nadie más se habría tomado la molestia de asumir.

Las caras de dolor se le marcaban en sus recuerdos, mientras trabajaba, transportando el material por los angostos pasillos del recinto, poniendo cuidado en no trastabillar con el pavimento irregular, que se levantaba por todos lados. El rumor del riachuelo le daba un leve sonido a este espacio, mientras los pájaros cantaban apenas, manteniendo el respeto por aquellos que ya se habían ido.

Conocía el lugar como la palma de su mano. Conocía cada recoveco, cada ubicación. Muchos de  ellos habían sido personas distinguidas que él había mirado  desde lejos. Ahora, estaban cada uno en su lugarcito, con sus nombres impresos en lápidas de mármol y bronce, esperando  la llegada del verano para recibir sus flores frescas. Algunos eran olvidados. Muchos estaban ahí desde antes que él naciera, encerrados en estos espacios cada vez más grises, sus nombres borrados por el tiempo y las estaciones. Sabía que siempre llegaban a pedir su trabajo con premura y atención. Muy pocos eran los que preveían la inminencia de la muerte y se preparaban con antelación. Muy pocos encaraban este hecho innegable. Muy pocos.

Trabajaba con ahínco, en las heladas mañanas del otoño y en las calurosas tardes del verano. Siempre  había algo. Siempre la hermana Muerte alcanzaba a alguien de súbito y él tenía que apretar el paso y enfrentarla. No podía atrasar la última morada. No podían haber errores de cálculo ni fatigas en el material. Todo debía ser hecho con la precisión de un relojero. Con la ternura de una madre. Con la fuerza de un titán.

El ángel del mausoleo de las monjitas todavía está vigilante, como ha estado los últimos treinta años. Tal vez lo hayan puesto ahi, piensa, para espantar a aquellos que curiosean las tumbas de la religiosas, averiguando si tienen pelo debajo de sus cofias. ¡Qué gente más nefasta aquella que se mete, a hurtadillas, a manosear los nichos perdidos o echar mano de anillas de bronce, para venderlas como burdo botín!. Su trabajo entonces, luce arruinado. Su empeño se ve frustrado y reparar, ¿cómo poder reparar?. Si el daño está ya hecho, el desastre no tiene vuelta. No había derecho. No, no había derecho, cuando este lugar es sacro, cuando las tumbas son santas. ¿No hay Dios en el cielo?, piensa mientras empuja la carretilla de vuelta a la montaña de mortero que ya tiene preparado. La señora a quien le construye esta sepultura, está grave en el hospital, es posible que se adelante su llegada, piensa. Bufa con fatiga cuando levanta la mezcla palada tras palada. Refresca su cara y mira, con ternura, la matita de geranios que se niega a morir. Antes de irse, le regará como es su costumbre. Ya no recuerda quién era el dueño de esa lápida. Fue arrancada de golpe una noche de juerga. Antes no pasaban esas cosas, concluye, mientras levanta por enésima vez sus mangas y pone manos a la obra.

cementerio

 

Confutatis

pasillo hospital

Es la hora más pesada de este turno. Por años ha sido siempre igual y por más que se ha esforzado, no ha conseguido encontrarle ni un mínimo de razón. Se pasea de una punta a otra del pasillo, escuchando las máquinas que le van dando vida a corazones que se niegan a latir, a pulmones que no quieren o ya no pueden respirar. Víctimas dolientes de accidentes de diversos tipos. Pacientes saliendo de sus cirugías. Enfermos terminales en los últimos estertores de su existencia. El anestesista aguarda también, escondido en una mínima oficina, comiendo galletitas saladas y escribiendo crucigramas en servilletas de papel.

Su beeper se activa en el minuto menos apropiado. Estaba por entrar al baño. La llamada viene de Emergencias. Corre por el pasillo, tratando de minimizar el ruido de sus pisadas. El equipo ya está en sus posiciones y la ambulancia acaba de entrar. Ha sido un tiroteo, informa el paramédico al depositar la primera víctima.

Sus pensamientos la evaden, como ha sido siempre su costumbre en estos procedimientos, a la infancia de su hijo. El campo lleno de malvas. El perro corriendo. Gaspar, presa de un ataque de risa, persigue a un pobre abejorro que lucha por tomar altura pero no puede; ha sido demasiado codicioso, apenas puede con su peso. Sus colores naranja y amarillo se destacan contra la luz de la tarde. Gaspar tiene sus mejillas coloradas y una gota de sudor le marca un zurco dramático en su frente, cubierta de pasto y tierra. Ella ríe francamente y le abraza. Caminan de vuelta a casa. El vecino, veterano de la gran guerra, ya está escuchando el concierto. Se sientan en el porche, mientras  Gaspar saborea una malteada y ella le limpia la cara con un trapo de algodón. El aire es suave y tibio. El sol ilumina la tarde en reflejos que se  sumergen en el agua del estanque. El perro suspira cansado y se estira a sus pies. Es Mozart, le grita el vecino, más para escucharse a si mismo que para darse a entender. Una granada estalló a diez centímentros de su cabeza. Le costó el oído y dos matrimonios. Es Mozart, insiste, gritando sobre el coro, que ruega por la piedad del Señor. Gaspar desdeña la pieza y se dirige al interior de la casa. El perro suspira nuevamente. Ella permanece sentada, con su copa de vino blanco, mientras el coro clama: “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis; voca me cum benedictis; oro supplex et acclinis; cor contritus quasi cinis; gere curam mei finis”*

¿Quién te ha pedido que vengas? le sacude el residente. No debes estar aquí. Llamen a otra enfermera. Vete por favor. NO DEBES ESTAR AQUI. ¿Qué ha pasado? Ha sido un tiroteo. Vete de aquí. Es una orden.

En la confusión, uno de los camilleros le golpea la cara. Se dirige al baño. Observa el moretón y trata de explicarse porqué el médico ha rehusado su presencia. Recuerda que no hay nada para desayunar en su hogar. Su turno termina a las siete. Tal vez encuentre algo abierto, pero Gaspar ha de estar durmiendo para entonces. No sabe en qué minuto dejó de conocer a su hijo. En qué momento perdió su pista y se convirtieron en dos extraños.  Ese viaje no le hizo ningún provecho. Su amistad con Rick y toda esa historia torcida, era más de lo que podía soportar. ¿Dónde estaba el niño amoroso y suave que limpiaba sus lágrimas, mientras ella luchaba por salvar su matrimonio? ¿Por qué este joven rubicundo pero cruel llegaba a su casa con relojes costosos y totalmente fuera de si. El tatuaje fue la gota que rebosó el vaso. La figura de una calavera con dientes de oro y los ojos llenos de violencia y maldad. ¿cómo había sido capaz de grabar en su cuerpo algo asi? Recordaba perfectamente el momento. La sonrisa de orgullo. Los ademanes. Era terrible. ¿Dónde se había ido? ¿Por qué lo había perdido? ¿Dónde se había equivocado? ¿Cómo podía deshacer todo y volver a los hermosos veranos cuando escuchaban juntos los conciertos que venían de la casa del vecino sordo? Cambiaría todo por esos momentos preciados. Todo. Lágrimas de frustración y ahora, de dolor por el golpe accidental, le nublan la visión. Quisiera tener todas las respuestas. ¿Por qué le habían conminado a salir de la sala de emergencias? Su teléfono movil empieza a sonar. Contesta sin muchas ganas.

Corre por el pasillo nuevamente de vuelta a Emergencias. El anestesista escucha un concierto para no quedarse dormido. La ve pasar corriendo. Ella escucha vagamente. Sabe bien cuál es. La música llena todo el hospital: “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis; voca me cum benedictis; oro supplex et acclinis; cor contritus quasi cinis; gere curam mei finis”*. Retumba en sus oídos,  en su conciencia, en sus recuerdos.  Las lágrimas y el horror. La vista de las víctimas del tiroteo. No puede estar pasando. Se precipita a la camilla. Levanta la sábana que cubre el cuerpo sin vida. Lo primero que ve es el tatuaje.

Mozart – Requiem – Confutatis – 7 by chrieseli

*Rechazados los malditos y entregados a las crueles llamas, llámame con los benditos. Suplicante y humilde te ruego, con el corazón casi hecho ceniza, apiádate de mí en esta última hora*

En el Altillo

arce

Déjame ser, reza la frase en letras de molde color amarillo fluorescente, que se planta en la mitad del cielo raso. El poster de James Dean le mira justo frente a frente, mientras la vieja maleta decorada, en su interior, con papel decomural de grandes flores, guarda sus pertenencias y a veces, algunas otras cosas. Es el espacio de su rebeldía. Es la frontera de su independencia. La frase que se ilumina por las noches; cuando los reflejos de la luna traspasan las hojas del árbol de arce, guardias de la delicada ventana de madera, es la que guía su existir.

La lluvia, cuando cae, invade furiosa, con sus sonidos de locura, el techo de zinc envejecido que está demasiado cerca. El ruido le impide, invariablemente, dormir. Siente que el chaparrón se cierne dentro de su misma habitación e imagina un diluvio inundando sus pertenencias, su espacio, su vida entera. El árbol golpea insolente, azotado por el viento y la sensación de pequeñez que le embarga es incontrolable. Mira todo su universo fragilizado por el chaparrón. Todo parece diluirse con la tormenta, todo parece remecerse con el golpeteo de las ramas en la ventana.  A veces, logra conciliar el sueño, pero la posición fetal forzada le hace complicado el descansar.

Las mañanas son lo mejor en esta habitación. El sol aparece por los lugares más impensados, iluminando las tablas de laurel que componen el cielo raso, una al lado de la otra, con rigurosidad bucólica y repetida hasta el infinito. Las dimensiones de la habitación son tan irregulares, la puerta de entrada es tan exigua, sólo el pestillito de bronce le da la sensación de privacidad. La lámpara, resto último de un gran candelabro que, alguna vez, iluminó un sitio mucho más elegante que esta casa, le proporciona la luz necesaria, en la heladas noches invernales, para seguir a los protagonistas de los libros que devora.

La sensación de pertenencia con cada tabla colorada del piso le asigna una importancia dramática a este espacio, al que ha llegado por casualidad, después de recorrer el gran caserón,  hasta llegar aquí. Un espacio planeado para lo oculto. De  niña, imaginaba a princesas prisioneras condenadas a vivir en esta mínima habitación, presas de la locura y la desesperación. La ventana es la única fuente de luz, la única conexión con la vida en el exterior. Debajo está todo lo demás. La huerta. El jardín. El cerco de madera. La calle. La vía férrea. Esta misma calle se inunda frente a sus ojos y se cubre del polvo naranja y marrón en las estaciones extremas. El olor del árbol le invita a abrir la ventana, cada noche de primavera, hasta que el verano arrogante hace su entrada y castiga el techo de latón viejo, haciéndole retorcer en complicadas contorsiones que se escuchan claras desde la habitación, muda testigo de esta tortura.

Cada sonido. Cada respirar. Cada línea leída. Cada espacio conquistado. Cada pequeño microorganismo que vaga perdido entre los pliegues de la pared, por debajo del póster de James Dean y entremedio de las cajetillas de cigarrillos de colección que decoran la pared, al lado de la ventana. Todos sufren, en silencio, el cambio de sus formas cuando el atardecer dibuja las hojas del arce en sus sofisticados logos.

La ventana es justo de su tamaño. Si se ubica sobre el alféizar puede ver las planicies y los atardeceres por sobre las casas de los vecinos, mientras el humo de su cigarrillo escapa en estelas indefinidas, por los espacios que deja su cuerpo. Sólo una hoja puede ser abierta con seguridad.  A veces, se arriesga y abre ambas. La sensación de amplitud es infinita, mientras las semillas secas del arce caen en miles de vueltas como diminutas hélices, en bailes secretos, arrastradas por el viento.

Es esa misma precariedad la que, esa mañana, le conmina a empacar. Debe deshacer todo en minutos que corren en su contra. Debe eliminar cada recuerdo. Cada marca. Cada segundo vivido en este espacio. Ver caer lentamente a su amigo el arce, abatido por la insolencia de una motosierra, aprieta su corazón en una mueca de dolor. Nunca más las sombras, nunca más los golpeteos. Nunca más la privada sensación de abandono, angustia y libertad. Días después, nada quedará erguido. Todo está en sus recuerdos. Cada olor, cada sonido, cada brizna de polvo empujada por el viento. Ni los libros lo han impedido, ni su imaginación. La verdad es patente. La frase de su techo queda suspendida en un espacio al que nunca más volverá a recurrir. Se queda, sin embargo, congelada en los rumores del altillo y sólo después de mucho tiempo, podrá reproducirlos sin sentir dolor.

Partido de Golf

El sol le impide ver la trayectoria que ha seguido la bola, pero sabe que ha de estar por ahi. El swing lo ha practicado con obstinación y aunque ha sentido ese leve tironcillo en el hombro, camina vigoroso por el prado, en dirección al próximo hoyo. Recuerda su despertar de esta mañana y el terrible dolor en todo el brazo. Las pastillas escondidas en el segundo cajón del mueble del baño, le han causado sueño y letargia. No le han impedido tomar el desayuno frugal que acostumbra, leyendo la página económica del diario, mientras la luz de la mañana se va marcando en el cielo.

La pastilla. Ha olvidado la OTRA pastilla. Debe de estar en alguna parte de sus bolsillos, piensa mientras sigue caminando, sin disfrutar ya del panorama, concentrado en no olvidarse del medicamento y sobre todo, consciente al máximo de sus actos. Todo luce distinto, mientras su cerebro actúa a mil por hora, dejando el letargo habitual. Escucha voces. Cree que alucina. ¡¿Dónde diablos ha quedado la pastilla?!. Siente una sequedad extraña en su boca y la caricia del sol como una cachetada. No repara en lo que le dice su caddie. Elige un palo sin mirar y golpea con demasiada imprecisión. La bola sale disparada en una trayectoria inverosímil y él se desgasta en explicaciones que no vienen al caso. El estado de excitación es absoluto. Quisiera arrojarse a las aguas del mar embravecido que gobierna ahora sus pensamientos. Su teléfono móvil vibra escondido en su bolsillo. Lo saca, convencido que debe arrojarlo lejos y de pronto, siente la pastilla, perdida entre los pliegues. Una ráfaga de inspiración gobierna su accionar. No la tomes, déjala ahí, escucha de una voz mecánica y ronca que viene de su interior. La voz suave y femenina le recuerda que debe seguir la medicación, aunque hace tiempo que no ha visitado a un médico. Es por tu bien, escucha nuevamente. No la tomes, escucha del otro lado. Sus sienes laten descontroladas. Su boca está seca. Sus manos tiemblan.

Se dirige  al baño, tratando de acallar las voces. Moja su cara. Mira la pastilla. El teléfono sigue vibrando. Es la voz que le recuerda, como si le ordenara, montada en su cabeza, qué es lo que debe hacer. No olvides tu medicamento. ¿Has estado bien? ¿Disfrutas el juego? Acá todo está en calma. Diviértete. NO OLVIDES LA PASTILLA. La frase le golpea, le condiciona. Recuerda el arsenal de medicamentos cuidadosamente organizados por ella, en su hogar.  No sabe cómo lo  hace. Siempre consigue lo que él le pide. Ese mar embravecido le llama de nuevo…. Las voces le persiguen. Recuerda vagamente cómo era el mundo sin tantas medicinas. Me estoy haciendo viejo, dijo un día, al recibir la primera medicación, primorosamente venida de las manos de ella. Después de esa dosis, no paró. Incluso en los minutos más complicados de su vida, no concibe haber estado sin el efecto tranquilizador de las pastillas. Todas venían de ella.

Se trata de aferrar al recuerdo de la vida sin medicinas, como lo hace cada verano cuando se aferra a su velero. Está viejo, pero aún puede hacerlo. Está herido, pero no está vencido. Recuerda el viento cálido de aquella playa en el Pacífico, no hace mucho, cuando conoció a esa mujer alucinante y vivió con ella las más locas aventuras, caminando desnudo por la arena, sin ninguna medicación. La voz de la otra le perseguía, entonces, recordándole detalles de su vida que quería evitar, instándole a no olvidar dónde tenía que estar, con ese tono suave, dulce, terso, como un sedante, como esta pastilla molestosa que se acerca ahora a su boca en un movimiento mecánico. Como aquella que toma después de comer, ya ha olvidado para qué o como las que consume para aliviar el dolor de sus lesiones deportivas  y tal como la otra que toma antes de dormir, para conciliar el sueño. Son muchas. Me estoy haciendo viejo, piensa en voz alta. No lo hagas, dice la voz metálica. No la olvides, dice ella en su cabeza. La voz de otra persona en el baño, que le saluda por su nombre le hace tragar de golpe. Se frota las manos. Se moja la cara nuevamente. Sonríe. Contesta la llamada. Todo bien. No lo olvidaré. Sí, cenamos juntos. No te preocupes, ya me la tomé. 

golf

Debajo de la Escala

porcelana

Siempre está tan oscuro aquí, piensa moviendo contra el sentido de las agujas del reloj la pequeña tranquilla de madera que contiene  la puertita, alguna vez pintada de verde oscuro. El olor a encierro y humedad se cuela por entre las rendijas y una vez adentro, escarba nerviosa, en los anaqueles, los tarros de grueso latón que esconden sus provisiones.

Hace frío y el viento entra por debajo de la gran casa de madera, que cruje, herida de muerte en el gran terremoto, que le  hizo descender a su mínimo nivel y estabilizarse en esa posición para no sucumbir al embate de los elementos. Se llena de gris en gris el cielo y la puerta de la despensa amenaza con cerrarse de un golpe, empujada por una ráfaga insolente que ha entrado por quién sabe dónde. Aún no encuentra el kilo de arroz que había dejado protegido en la gran lata de galletas. Maldice la falta de luz, pero cae en cuenta de un cabo de vela que permanece en la esquina superior de la despensa. Rebusca los fósforos en los bolsillos de su delantal y aproxima la llamita para iluminar el espacio. Al frente, los escalones se topan casi con su nariz. Un clavo oxidado sostiene un espumador viejo y el antiguo colador de café. La bolsa con el papel periódico se ajusta a su pequeño universo, ataviada por las telas de arañas que, espesas por el polvo que cae de la paredes roídas por las termitas, le dan un aspecto irreal, cansado, triste.

El breve espacio de la despensa le pinta un toque cansado a su semblante, que busca ahora con desesperación el kilo de arroz entre sus recovecos. Da una vuelta sobre si misma y en los anaqueles, reconoce aquel envase de metal que ahora ha recordado, contiene lo que busca. Lo había cambiado de lugar, como era su costumbre, como tantas cosas en la vida habían cambiado de lugar por decisiones propias y ajenas. Debajo de esa repisa, la vieja caja de cartón decorada como  un tablero de ajedrez, guarda celosa las tacitas de porcelana, vestigio último de la riqueza que alguna vez hubo en su vida. Antes, habían sido los guantes de terciopelo, pero a fuerza de proteger sus manos del carbón para la lumbre, ya no quedaba nada de ellos. Sólo las tacitas se asoman molestosas para recordarle antiguas glorias que se congelaban en sus recuerdos más preciados. Fastuosos bailes ataviada con vestidos de organdí y zapatos de fino charol ; bandejas de plaqué con manjares de los que ya no recordaba su sabor. Sólo las tacitas tenían la facultad de llevarle de golpe a ese minuto, donde todo parecía perfecto y ordenado. Donde no había nada más para pensar, nada más que soñar y bailar. Bailar y soñar.

One More Kiss Dear by chrieseli

Galletas de la Fortuna

Anda y tráeme un cuarto de mantequilla, le rogó a su empleada. La estufa estaba lista y los moldes preparados. La página del libro tenía dos manchas grasosas justo en la mitad de la receta. Llevaba dos semanas sin verle.

Henry había sido tajante. Estaba perdida. Encerrada en su propio hogar, presa del pánico, intentaba realizar sus actividades como de costumbre, pero nada era como antes. Ni sus largos paseos por el balcón, oliendo las magnolias en flor, ni sus idas a la alameda. Todo se había precipitado. Sólo su bebé la mantenía alerta. Sólo su bebé y la costumbre de hacer galletas en miniatura que escondía en sus bolsillos, en las tardes calladas, antes de su cita con él.

Recordaba cada encuentro, contando con los dedos de sus manos y cada cuenta dibujaba una sonrisa, al verse en sus ojos azules y ser mecida por el arrullo de su voz. Habían sido sus caricias un oasis y era este niño una bendición. Aún no entendía como todo se había orquestado de esta forma. Miró la receta otra vez y midió con precisión los gramos de maicena, el chocolate en polvo, la canela, el azúcar rubia y la breve pizca de sal, mientras seguió evocando la cara de Esteban y sus labios perfumados por el aroma de sus cigarrillos.

Formaba pequeñas bolas amarillas y estiraba con cuidado cada una, hasta que la superficie estuvo cubierta de ellas. La empleada le miraba con ternura, no siempre la veía tan feliz. Había escuchado todo, había sido testigo de todo, sabía todo y sin embargo, estaba de su lado. La observaba con piedad y trataba de alivianar su sufrir, respetando los deseos de su patrona. Le causaba asombro verle tan entera, tan solemne, tan dama. Como una figura de porcelana, justo como aquella que decoraba el alfeizar de la ventana del recibidor. Así era ella, excepto en estos minutos de calma, cuando sus mejillas se tornaban de carmín, su frente se perlaba de sudor y su cabello caía en pequeñas hebras sobre su cara pintada con harina y chocolate aquí y allá. Sabía para quién eran las galletas y estaba conminada a llevarlas al galante caballero con acento extranjero que las estrujaba entre sus manos, mientras lágrimas de frustración y pena rodaban por sus mejillas, empañando los ojos color del cielo por los que su ama había perdido el juicio.

No la culpaba. No la censuraba. Sentía el drama como propio, mientras el perfume de las galletas iba inundando la cocina entera. Eran diminutas. Primorosamente elaboradas. Sin ser rebuscadas en sus formas ni de sabores exóticos, su significado era claro. Su olor era intoxicante y dominaba en la escena, subiendo por la gran escala de madera, dando la vuelta en caracol y llegando a la carrera al cuarto donde ella, día tras día, buscaba ver la figura de su adorado Esteban.

Las envolvió en papel de mantequilla y les hizo un moño sencillo con una cinta de color verde. Había comprado metros de aquella seda mucho tiempo atrás, cuando aún no sospechaba de esta vuelta inesperada del destino, planeando hacer un lazo apretado para terminar con su existencia, un infierno espantoso de la mano de Henry. Recordó el episodio claramente y la figura distinguida de Esteban, mirándola abandonar la tienda aquella fría mañana de abril. Tiempo después, con el primer aguacero del invierno, se amarían con una locura sólo sostenida por el amor inmenso que había brotado antes, paso a paso, en sus suaves paseos por la alameda.

La empleada tomó el paquetito con cuidado y se lo guardó en la canasta que llevaba a casa con las sobras de la cocina. Sabía que debía esperar hasta que el día se hubiera apagado para entregar el encargo con discreción. El patrón había jurado matar con sus propias manos a su esposa infiel y embarazada de aquel ventajista y sinvergüenza que había osado tocarla, pero nunca más ni siquiera le dirigió la palabra, después de aquel domingo en que le confesó que ya sabía todo.

Había que tomar precauciones, decía la señora cada vez que le entregaba el atadito, mientras escribía a la carrera una nota inflamada de amor. No sospechaba que ese verano no habrían más galletas en el horno, no habrían más recetas manchadas de grasa  y que todo lo que le quedaría a ambas sería un recuerdo dulce pegado en sus narices. La vuelta final del destino estaba escrita debajo de cada galletita, sólo que ni la patrona ni su empleada lo supieron entonces. Lo sabía yo, pero latía escondido en el cuerpo de mi madre. Nunca la conocí, nunca probé el dulzor de su cocina y sólo me quedé con su libro de recetas, que huele como ella. 

galletas

De Viaje

Fue entonces que se decidió. Dobló y arrojó histriónicamente los documentos al otro lado de la cama. Tomó los zapatos de deporte, el polar, los pantalones de escalar, las calcetas de algodón y un par de calzones por si hacían falta y los metió en el bolso. Cerró el laptop con ternura y también le empacó, cobijado por su propia funda color vainilla. Estaba segura. Muy, muy segura.

Revisó el ticket otra vez. Acarició la línea punteada de la tarjeta de embarque. Eran una falta de imaginación esos boletos electrónicos, pensó enseguida. Se acomodó con el libro sobre su falda y comenzó a calentar la cucharilla en el mechero. Iba a ser un largo viaje.

boarding pass

Tu Partida

Puesta de sol en el rio

He despertado nuevamente con tu olor pegado en mis sentidos, con la sensación trágica de haber estado tan cerca y perderte en un suspiro. Trato de no respirar mientras duermo, como si el simple ejercicio pudiera contenerte en mis recuerdos. Te espero a cada instante, en esta esquizofrénica experiencia de saber quién eres, de saber que nos hemos amado, pero de no poder encontrarte.

Todos, incluso Mercedes Pilar, me dicen que debo dejarte ir, para que vuelvas, pero estoy congelada en tus palabras. En la promesa absoluta de tu regreso. Tú lo has dicho. Me lo has dicho. Aunque suene a locura, a imposible, a quimera, yo creo en ti.

Me acerco lentamente al lugar donde alguna vez estuvo el balseo. He visto este paisaje miles de veces, antes, en mis sueños, pero es el primer viaje que he hecho hasta aquí. Se ven, entre las piedras, los tocones podridos que alguna vez fueron los pilares del pequeño muelle. Si miro con detención, aparecen restos de los tablones de ciprés, enterrados entre las piedras, mientras pasa el agua cristalina y flotan, perdidas, las hojas de eucaliptus. Todo huele a primavera. Las abejas zumban detrás de las delicadas margaritas silvestres, que abren sus caritas al sol de la mañana. Todo está como lo tengo en mis recuerdos, excepto el muelle, que se ha ido; como te has ido tú, hace tanto tiempo.

Mercedes Pilar toma mi mano y juntas damos una vuelta por donde se puede caminar. Perdidas entre los pastos y la humedad que se escapa con prisa, miramos todo el panorama.  Fue aquí donde decidiste desaparecer. Hasta aquí puedo seguirte en mis memorias y en mis sueños. Hasta aquí me llevan los documentos que el hijo de Esteban tuvo a bien entregarme, a su solicitud. Sólo hasta aquí. Miro con detención obsesiva cada detalle. Exprimo el paisaje con mis ojos expectantes, pero no logro ni un indicio. Lágrimas de frustración vienen a mí. Aprieto un gijarro entre mis manos, con tanta fuerza que una de sus esquinas filosas me hace sangrar.

El motor se escucha a lo lejos, aproximándose. Nos sorprende la intrusión. Las voces de los hombres llenan la cañada, haciendo volar a los pájaros. El niño que los guía, desembarca de un salto y amarra el bote a uno de los tocones podridos. Nos saluda amable y nos pregunta si estamos perdidas. Sonríe. Mucha gente viene para acá y se queda suspendida mirando el agua, dice, sin que le preguntemos nada. Mi abuelo me contó la historia de un hombre pelirrojo que vino a morir aquí. Sus ojos estaban llenos de dolor, decía. Caminó lentamente por la rivera y se fue despojando de su ropa. Antes, había dado muerte a su caballo. De un certero corte, el animal se fue al otro mundo, no sin antes dar dos pasos cansados, como buscando su acomodo en la tierra. Mi abuelo me regaló un hueso de ese caballo. Decía que nunca había visto un animal más hermoso y no entendía cómo su dueño se había atrevido a quitarle la vida. El pobre hombre sollozaba el nombre de alguien, pero mi abuelo no logró entenderle. No era mayor que yo ahora y estaba escondido entre la maleza del río, esperando atrapar camarones. Se asustó con la presencia, pero más que nada, se asustó con su dolor, con sus lágrimas gruesas que el hombre trataba de enjugar con sus manos gigantes. Una mezcla de desconcierto y furia le invadía. Repetía que estaba maldito, que todo era a causa de él. Entró a las aguas lentamente y se dejó mecer, mientras la neblina iba cubriendo todo. Desapareció. Cosas muy raras pasaron luego, dice suspendido en un recuerdo que no le pertenece. Muy raras.

Detrás, aparece otro bote, que avanza sólo arrastrado por las aguas. Veo una figura recortada contra el final del día. Veo tu semblante dibujado en la cara del hombre sonriente que me mira divertido, llamando al niño por su nombre. Le arroja un billete y le rasca la cabeza con sus manos grandes. Un aroma de lavanda, tabaco, humo, sudor y sal emana de su cuerpo. El sol se va poniendo. Destellos de luz naranja cubren el cielo. Trazos de ese sol se pegan a mi sombra. Mercedes Pilar sonríe aliviada.

Dibujos

Me dedico a esto desde que era un adolescente, indica mientras busca comodidad en la silla destartalada de la cocina. Le ofrezco un café instantáneo y trato de buscar una posición. La tarde amenaza con abandonarnos. Afuera hay un claro sol de invierno y el calor de la estufa empaña apenas las ventanas. Aguza el lápiz y me cuenta de hechos sorprendentes en el otro lado del mundo. Noruega y sus fiordos cubiertos de frágiles flores en el verano boreal, los olores del otoño y la calidez de las chimeneas en los inviernos oscuros y eternos. Pintaba. Pintaba en cada casa, en cada bar y en cada plaza y pintaba para vivir.

Creo que vivía para pintar, me aclara con su acento extranjero y, con una sonrisa, acepta otro café mientras observa mi rostro, suspendido en la cornisa de su imaginación. Debo mirar con los ojos de mi alma, dice de pronto, como si adivinara lo que pienso. Tiene una expresión muy hermosa, concluye sin aspavientos y sigue dibujando, mientras sorbe quedamente de la taza de café. El único sonido que inunda la habitación son los trazos cortos sobre el papel. El ruido seco del carboncillo dejando su huella. A veces, levanta la vista y sigue dibujando. Se pone el sol, como sorbido lentamente por la noche, bajando su intensidad en segundos que permanecen atrapados por el frío. 

Nos abandona la luz, digo en un suspiro, pero parece no inquietarle. Es una garantía, dice calmado. No siempre la necesito. Muchas veces pinté en las noches, alumbrado sólo con el resplandor de la chimenea. Es inquietante y hermoso. Nadie se imagina cuán hermoso es.

Siguen las historias sobre aldeanos, en pueblos de cuento, desperdigados entre los fiordos, que buscaban perpetuar el amor familiar en una simple pintura. No cobraba muy caro, me dice gracioso, pero me alcanzaba para vivir. Estamos casi listos con el suyo. Sólo un ligero retoque aquí. Sonríe satisfecho. Me entrega la cartulina no sin antes soplarla dramático y se recuerda a sí mismo que debe partir. Hace mucho que no pintaba. Ha sido un placer.

retrato

Cuando Doblan las Campanas

parroquia-de-san-miguel

Mi cuerpo entero se remece con la vibración. Mi corazón late desbocado por el esfuerzo de la subida y la emoción de estar en lo más alto. Desde la primera vez que escuché esta música monótona pero hipnotizante, he querido estar aquí. El sol se va perdiendo en el horizonte, mientras los habitantes de la ciudad van saliendo lentamente a disfrutar del frescor de la tarde.

Han sido ciento dieciséis peldaños exactamente y una semana de ruegos para poder estar donde me encuentro. El olor de los cirios empalaga todo el aire y la transpiración de los fieles traspasa las murallas de piedra que demoraron cien años en terminar. Las puertas de hierro que flanqueaban la entrada se abrieron de par en par en una premonición de la grandiosidad de mi experiencia. Contengo el aliento mientras escucho los pasos secos del verdadero protagonista de este evento. Sus manos están frías, sus pies van calzados por delgadas alpargatas de cáñamo y jadea por el esfuerzo de la subida. Sordo como está, por señas me indica la distancia a la que debo ubicarme y procede a tomar su posición, mientras las aves que anidan en los altos de este gran monumento empiezan a emprender el vuelo, conscientes del espectáculo que se avecina.

Empuja la primera gran mole de bronce que lentamente empieza a oscilar, luego la otra, luego la otra, en una coordinación aprendida por el oficio practicado por años. El arco aún no es el adecuado y el sonido no alcanza a producirse. Sigue dándole impulso a cada una, como un padre devoto empujando un columpio imaginario, hasta que la primera estalla en un repique grave y profundo, que se mantiene en el ambiente, amplificado por la piedras, por el aire, por los pájaros que vuelan en franca estampida y por el calor de la tarde que empieza a ceder a la entrada pausada del ocaso; luego, se unen todas al concierto, mientras el edificio entero retumba con las ondas del sonido.

El campanero sabe que es la estrella en este instante de la tarde y saborea el momento. Sabe cómo hacer más espectacular la escena, empujando con fuerza, con decisión y con lujuria en un paroxismo de antología, cada pieza de bronce que se balancea decidida, llenando toda la nave con la elípsis de su movimiento. El público de la plaza se hipnotiza, mientras las aves vuelan en complicadas rutas en el aire, colmando el cielo con sus colores y la tierra entera se enmudece al tañir de las campanas, que llaman a Dios en clamores repetidos por tonos amplificados por la dureza del metal.

El día está casi terminando y mi corazón se esfuerza por seguir cada nota hasta su término repetido miles de veces en la reververación que se lleva el aire. Mis sentidos se pierden en la grandiosidad del espectáculo y siento, dentro de mí, los latidos de cada una de ellas.
SAN MIGUEL DE ALLENDE – 01 ENERO 09 by chrieseli

Tus Manos

Dejo caer esta lluvia blanca y fina sobre la mezcla untosa. Junto todo con delicadeza, mientras mis oídos se colman de tonadas y risas. Mis recuerdos me evaden lentamente a un tiempo anterior donde todo era mullido y suave. Te extraño.

Hundo mis manos en la mezcla y siento su tibieza. Es oleosa y suave, es perfumada de memorias y de sabias tradiciones. Amaso con fuerza, juntando los pequeños pedazos en una sola bola blanca y respiro nuevamente los olores de mi infancia. La calidez y el olor de la madera. Las cáscaras de naranja puestas al borde del cañón de la cocina. Busco la antigua botella pisquera que ha servido, desde que tengo memoria, para este menester y con paciencia y con el recuerdo de los años, corto y estiro delgados discos de masa blanca. Te recuerdo.

Se va llenando el paño de cocina, poco a poco, con las formas triangulares ya llenas. Se prepara el aceite al otro lado de la cocina, en la gran olla negra. Miro de pronto y te veo sentada en la esquina de la mesa, cavilando en tus propios pensamientos, hilvanando eternas costuras, observando en silencio la obra de nuestro empeño, representado en esta tradición familiar. Miro mis manos y por segundos que pasan sin prisa, veo las tuyas dibujadas en las mías.  Te extraño.

manos

Don Lico

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Estaba por terminar la jornada y don Lico ya estaba totalmente borracho. Sus ojos se le aguaban en un esfuerzo por enfocar la mirada y terminaba entregando a sus clientes cualquier cosa o simplemente disculpándose por no tener lo que le estaban pidiendo. Debajo del gran mesón habían ordenados trece pequeños vasos de cristal. La botella de aguardiente estaba escondida entre los grandes frascos color ámbar que guardaban el alcohol de quemar y las soluciones de mercurio.

Estaba acostumbrado a esta rutina. Abría temprano y mientras el dependiente levantaba las gruesas cortinas de fierro, él componía su pulso con el primer trago del día. Era el más amargo, el que le llegaba directamente a su estómago, quemando sus tripas y dándole un golpe que parecía de electricidad a todo su cuerpo. Se espabilaba de un plumazo y miraba sus manos atentamente. Ya no se movían.

Transcurría la mañana de buen humor, haciendo bromas con sus compradores, regalando dulces a los niños y vitaminas a las mujeres embarazadas. Prescribía los medicamentos con una precisión envidiable, curaba enfermedades como la tuberculosis y el asma con certeras pócimas preparadas en la transtienda. Los olores de la vieja botica inundaban todo el lugar, arropando a la paciente clientela con la seguridad de la medicina preparada por don Lico. El olor del desinfectante y los distintos químicos que usaba, le daban al lugar un aire celestial. Todos se esmeraban en llegar tempranamente, porque antes del mediodía, el pobre don Lico era sólo un guiñapo humano, completamente borracho e incapaz de controlar sus propios reflejos. En cada pasada, llenaba otro vasito de cristal y a espaldas de la concurrencia, se lo empinaba de un golpe.

Ni él mismo podía explicar cómo había llegado a ese estado. Recordaba claramente una mañana, luego de una regada fiesta en el Hotel Unión. Había sido una proeza levantarse y abrir la botica. Su cabeza le punzaba y su saliva se tornaba en pequeñas motas de algodón que no conseguía tragar, por más agua que tomara. Había sido una de las tantas veces que se había quedado a beber con el francés y su influencia era, sin duda, la más nefasta entre todas las amistades del pueblo. Todo le daba vueltas y no hubiera sido capaz de seguir la jornada, si no hubiera sido por la pequeña copa de aguardiente que se empinó, sólo por si acaso. Guardaba esa botella en la botica por las condiciones medicinales del licor y por si se quedaba corto de desinfectante. No esperó nunca esta maravillosa reacción. La borrachera le abandonó en un santiamén y estuvo del mejor ánimo el día entero. Todo el dolor y la molestia se convirtieron en sólo un mal recuerdo.

Consciente del poder de la experiencia, la vez siguiente hizo exactamente lo mismo. Ya no podía sentir remordimiento por la eterna cantinela de su esposa, instándole a ser sensato en su accionar, ya que se trataba de la salud de muchas personas y no sólo de la suya propia. Ahora, gracias a este ventajoso artilugio, por muy salvaje que hubiera sido la juerga, la mañana siguiente y luego de su pequeña ración, quedaba como nuevo, activo, entero y hasta contento. Así siguió, por días que fueron meses, por meses que fueron años.

El francés se encargaba de irle sonsacando las debilidades de su negocio y las de su vida, mientras  le llenaba la copa todos los jueves, que era el día de su partida de “tele” y era el día en que don Lico iba perdiendo, mano tras mano, su dinero, su farmacia y su vida entera.  Se olvidaba de la decencia y rogaba por más crédito al cantinero del Hotel. El francés sonreía con sorna y de su bolsillo opulento, sacaba fajos de dinero que se los dejaba entre sus manos. Brindemos, mon ami, gritaba como un loco, posando sus pies embarrados arriba de la mesa.

A la semana siguiente, aparecía antes de la hora del cierre, con un documento misterioso y una sonrisa torcida, que causaba pánico en todos aquellos que alguna vez le solicitaron algo de dinero. Arreglaba las cifras, inflaba los intereses y mostraba una firma aguada e imprecisa que parecía era la de don Lico. Se rascaba la cabeza y le espetaba sobre su responsabilidad en esa suma. Así, siempre, después de cada juerga, aparecía un pagaré extraño y trasnochado que le indicaba a don Lico que estaba bien cagado. Pero caballeros son caballeros y deudas son deudas. No podía desconocerla y el francés lo sabía sobradamente. Las ganancias de la botica paraban todas en sus bolsillos, mientras la familia de don Lico se iba desmembrando de a poco, en una agonía que era imposible de sufrir.

Amigos, parientes y vecinos, incluso don Enrique, el otro boticario, le aconsejaban que se alejara de la influencia del francés, que dejara el trago y que se concentrara en salvar su patrimonio. Nadie fue escuchado. El hijo menor de don Lico, su viva imagen, intentó convencerle también y a todos conmovía su figura flaquita intentando ayudar al padre borracho a cruzar la calle y entrar a la casa. El pequeño se había dado cuenta de todo, escondido siempre debajo del mesón donde don Lico guardaba el aguardiente. Escuchó las voces de los clientes, las maquinaciones del francés, las palabrotas de los dependientes cuando no recibían sus salarios y la lenta pero innegable y estrepitosa caída del hombre. Su madre no pudo soportarlo más y con la familia entera, emigraron un buen día. El chico juró regresar todo a su lugar, alguna vez y terminar con tanto abuso, burlas e injusticia. Tuvo que convertirse en una criatura fría y cruel, para lograr vencer el fantasma del francés. Su padre no vivió suficiente para verlo. Una golondrina perdida se había permitido el derecho de hacer nido en la botica. Don Lico quiso moverla de ahi y borracho como estaba, se desnucó al tratar de alcanzar el techo.

Primavera

Cuando asomó el sol esta mañana, vi las luces recortándose en el cielo. Los amarillos rigurosos y los naranjas apagados, las nubes y las últimas estrellas que se iban a la carrera. Miré la hora y el calendario. Me vestí de falda y taco alto y una alegría insulsa me invadió de pronto. Di de comer al gato y salí a la calle.

El guindo convidoso me recibió en la esquina con su perfume de ocasión. Es primavera, dijo el gorrión tímido desde la calle, posado arriba del cable de la luz. Es primavera, me susurró el mismo árbol agitando sus florcitas a los aires de la mañana. Me colé en la vida, como todos los días y el sol desentumeció mis pensamientos. Aquí estoy, colmándome de su luz, como lo hacen los caracoles o las lagartijas, después de un día de tormenta, mientras una bandurria  grazna apurada, llevando una flor entre sus patas. Ya han cambiado los colores de sus plumas y avanza por el cielo despejado. Sacudo las alas de mi mente y le doy la bienvenida.

primavera

Liberación

olas

Avanzó hacia el agua lentamente, bajando por las escalerillas del malecón. Rompió la ola suave y la espuma se la tragó la arena de un bocado. La tarde se había ido y los recuerdos se iban a ir con la tela que estaba por arrojar.

Concéntrate en tu dolor, le dijo. No olvides ningún detalle. Escucha tus recuerdos. Siéntelos. Abre tus ojos y no me digas nada. Encierra todo en ese trozo de tela que tienes entre las manos y tíralo lejos. ¿Tú crees que funciona? Créeme que sí. Es tanto lo que tienes adentro que debes dejarlo ir. Concéntrate y deja que se vaya.  Pensamos distinto. No creo que haga ninguna diferencia. Debes creer. ¿Por qué no crees en nada? DEBES creer. Deja todo dentro de este espacio de tela blanco y mientras caminas a depositarlo en el agua, concéntrate y cree que este minuto de tu vida, es el minuto de tu liberación.

Caminó lentamente sintiendo el aire en su semblante, escuchando las olas y perdiendo su mirada en los últimos rayos del día que moría. Pensó en lo que debía hacer. Pensó que Rick se burlaría abiertamente de esta práctica boba e inútil. Trató de no recordarle, pero escuchaba su risa seca y sus palabras. Cree sólo en mí, le decía siempre. No pienses en nada, le dijo aquel día mientras metía el fajo de billetes en su bolsillo. No me los agradezcas, que sobradamente los has ganado. Te has hecho un hombre, Gaspar. Estoy orgulloso. Eres todo un hombre. Reía y brindaba a su nombre, mientras la cocaína corría por todos lados, intoxicando a todos los demás. Había sido su primer “trabajo”. Luego de ese día, ya no tendría más miedo.

Avanzó hacia el agua lentamente, bajando por las escalerillas. Rompió la ola suave y la espuma se la tragó la arena de un bocado. La luz ya se había ido y los recuerdos se iban a ir con la tela que estaba por arrojar. Iba a necesitar muchas de aquellas telas blancas, si es que esto realmente funcionaba, pensó. Muchas de ellas y muchos sonidos de olas para acallar la risa de Rick.

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