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	<title>Historias ciertas y otras no tanto.</title>
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	<description>Donde las personas son personajes y los personajes, personas.</description>
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		<title>Kigali. Los Recuerdos</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jul 2011 19:42:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En el revoltijo que era su escritorio descubrió las huellas del paso de Sofía. Descubrió que había leído, antes de partir, los apuntes sobre su estadía en Kigali y sintió pena. Pena de si mismo, de su propia suficiencia. De su notoria falta de visión. De la disolución innevitable de la familia que había defendido con [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5199&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/07/despacho-y-biblioteca1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5208" title="despacho-y-biblioteca" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/07/despacho-y-biblioteca1.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">En el revoltijo que era su escritorio descubrió las huellas del paso de Sofía. Descubrió que había leído, antes de partir, los apuntes sobre su estadía en Kigali y sintió pena. Pena de si mismo, de su propia suficiencia. De su notoria falta de visión. De la disolución innevitable de la familia que había defendido con tanto ahínco. No sabía para dónde ni cómo. La sensación de perder el rumbo le molestaba y a la vez le fascinaba. Era la única razón por la que había mantenido su relación con ella.</p>
<p style="text-align:justify;">Kigali siempre le había sabido a lo mismo.  A pérdida. Perderse entre las aldeas, entre los cuarteles militares. Perderse en angostas callejuelas, buscando algo que no sabía qué era. Vagaba intoxicado por las escenas, por los contrastes, por las posibilidades. Era libre y jamás había logrado reconocer esa sensación como un sentimiento sensato. Hablaba con su padre entonces, con la misma confianza con que hablaba hoy. Pero el padre de aquellos años, no era el mismo de ahora. La partida de Sofía había sido un golpe duro para el viejo. Sumado a su nuevo divorcio y a la certeza clara que tenía cáncer. No, no había sido un buen momento. Rafael se sentía vagando nuevamente en Kigali. Aspirando el polvo de las calles, los olores saturados con la sangre de las víctimas. El miedo. Sí, el olor del miedo.</p>
<p style="text-align:justify;">Intentó llamar a Sofía, pero fue directo a su buzón de voz. Dejó un mensaje. No supo bien qué decir y ahora que lo analizaba, le sonaba metálico. Tal vez por eso Sofía se había ido. Ordenó con pereza su escritorio, en un ejercicio que practicaba siempre antes de tomar grandes decisiones. Archivó las fotografías y entremedio de unos papeles con frases sueltas, vio la carta de su hija.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella estaba en la peluquería. Los recuerdos de la tarde con Rafael le dibujaban una sonrisa coqueta. Parecía el gato que se había comido al ratoncillo, dijo la manicurista. En ese lugar, adoraban a Michael, que iba con frecuencia a hacerse las uñas y recortarse el cabello. Su acento gringo era motivo de risas nerviosas de las chicas del salón. Sus bromas y sus fantásticas propinas, hacían que todas lo esperaran como a Santa Claus. Ella estaba saturada del guión. Siempre lo mismo. El tipo simpático, adorable, divertido, el siempre sonriente. Sentía pena por la imagen que Michael  había construido para si. Distaba mucho de la verdad. Aquella verdad pesada y amarga que ella conocía tan bien. De pronto, arqueó la cejas y un mohín de rabia se le dibujó en el rostro. ¿Por qué estaba rodeada de cobardes?</p>
<p style="text-align:justify;">Rafael leyó una vez más la carta de Sofía. Era la quinta vez. El papelito, escrito con su letra de niña de colegio descansaba sobre la mesa, mientras él analizaba lentamente las palabras. Entendió que no había nada más que hacer. Al llegar a ese punto, una sombra cruzó el umbral de su despacho. Era la madre de Sofía. Le recriminó lentamente cada una de sus faltas. Le explicó pausadamente sus sentimientos. Quería de vuelta a su hija. Sufría lo insufrible. No había dormido en días y esperaba literalmente pegada al teléfono que la niña diera alguna señal de vida. Dijo al final, antes de soltar las lágrimas, que era todo culpa suya. Sus constantes viajes. Había cambiado y lo seguía haciendo. Limpió sus ojos con un pañuelo de papel y cerró la puerta por fuera.</p>
<p style="text-align:justify;">Fabiola la llamó para ir a tomar un trago. Acababa de llegar de París, en su quinto viaje e intento por quedar embarazada. Esperaba con ansias y profunda ilusión, al principio. Ahora, lo hacía sólo por cumplir con Carlos, su compañero de toda la vida. Ella estaba impecable. Se sentaron en la barra y ordenaron dos Manhattan. ¿Cómo no? dijo ella. Antes de tomar el primer sorbo fueron juntas al baño y aspiraron una línea. Rieron como en sus tiempos del colegio y volvieron a la barra. Fabiola sentía que su razón de ser era sólo un mero trámite hasta quedar embarazada.  No se sentía segura si era eso lo que quería y confesaba por primera vez y en voz alta que podía vivir bien sin ser madre. Ella recordó su último encuentro con Rafael. Sus caricias, sus obscenidades, su sudor, sus abrazos y cayó en cuenta de un detalle que iba a cambiar todo.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5199/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5199/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5199&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Kandahar. La Noticia</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jun 2011 20:43:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5177&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un plan perfecto, una puesta en marcha impecable, sin errores. Probada  constante y morbosamente, en los últimos siete años. </p>
<p style="text-align:justify;">Rafael sabía que ella había bebido la noche anterior, como sabía también que se drogaba con frecuencia, que nunca amó a Michael y que su falta de ternura era lo peor para ella. También sabia que ella había leído con calma y con cuidado, en sus expresiones, cada uno de los episodios tristes de su niñez. Que podía entender su sarcasmo y sus críticas agudas. Sabía de su fascinación absoluta por la guerra y mucho más.  Ambos se conocían muy bien. Y fue por esa razón que ella le preguntó qué andaba mal. Qué sucedía de nuevo en esa cabeza perturbada, insana, maliciosa. Aquella cabeza llena de ideas que ella hubiera querido retirar una a una, para auscultarlas bajo el microscopio de su corazón, hasta averiguar a ciencia cierta si Rafael le amaba tanto como ella a él.</p>
<p style="text-align:justify;">Sofía había abandonado la casa, le dijo de golpe. Se enteró apenas llegó y leyó veinte veces la nota escueta que dejó en su escritorio, entre sus papeles más queridos. Se había ido del hogar familiar para vivir, a sus jóvenes dieciséis años, con un muchacho que había conocido en un concierto de hiphop.  Rafael no mostraba huella aparente de dolor. Ella se envolvió en la sábana y escuchó con atención la historia. Pidió dos aguas minerales y sacó de su bolso un par de calmantes. Se le partía la cabeza.</p>
<p style="text-align:justify;">Sofía era la hija preferida. La primera cuerda a tierra que le ataba a este país. Por ella había mantenido siempre la rutina de ir y volver, en la misma secuencia de días, en las mismas estaciones del año, durante todo este tiempo. Eres como el zorro, le dijo una vez, cuando leyeron el Principito juntos.  Nunca se había percatado de que Sofía le conocía como nadie en su entorno familiar.  Leía entre líneas sus artículos y se sentía desamparada ante el cuadro repetido hasta la abundancia de dolor y balas. Alguna vez le consultó si él estaba de acuerdo con los hechos descritos con tanta pasión en sus artículos, pero debido a su inexperiencia y candidez, fue incapaz de acertar con la frase adecuada. Rafael esgrimió entonces una respuesta conocida, un discurso de libro. Un abrazo y un buenas noches.  Fue entonces cuando Sofía comenzó a indagar entre sus papeles, en su ordenador y en su móvil.</p>
<p style="text-align:justify;">Ahora Rafael le miraba a ella y luego de contar los hechos, cayó en conclusiones evidentes que nunca había querido ver. Recordaba los ojos dramáticos de su hija, con aquella línea de Kohl demasiado pronunciada para sus años, su cabello planchado con detalle y teñido de negro azabache en un look entre triste y decidido y se percató de que no la conocía. Sin embargo, su hija tenía esa ventaja sobrada sobre él. Sabía de sus justificaciones siempre cursis por su trabajo y sus viajes. Sabía sus claves bancarias y cómo manipular su teléfono. Sabía que tenía una amante. Sabía que no quería a nadie sino a él mismo y sabía también que nada de lo que pudiera hacer, podría importunarle tanto como la certeza de que no habría otra guerra. En un punto, Sofía se había convertido en lo que él más amaba. Un conflicto. Tal vez eso la reconfortaba y tal vez por eso decidió fugarse, digo Rafael. Tal vez.</p>
<p style="text-align:justify;">Tomó su cabeza entre las manos y buscó lentamente las palabras. Pero con ella ese ejercicio no le resultaba. Se le agolpaba todo en desorden, los sonidos y los recuerdos. Los tiempos compartidos y los que pasaron a través de la línea de un teléfono, que traía la voz de Sofía con cinco segundos de desfase, como le había traído la voz de ella tantas otras veces. Como le había traído las voces de todos a los que siempre llamaba y que probablemente no le importaban tanto como las escenas macabras que había acabado de presenciar. Eso le llenaba más que nada otro. La miró con profunda desolación y entendió por primera vez en estos siete años de sudor, de frases obscenas, de cuerpos desnudos, de aguas minerales y de besos apasionados, porqué ella bebía como un marinero. Porqué de vez en cuando, llenaba su cuerpo con sustancias tóxicas que la moral y las buenas costumbres de Rafael jamás hubieran acercado al suyo y por qué le amaba tanto.</p>
<p style="text-align:justify;">Miró la pantalla de su móvil. Debía irse. Aún quedaba mucho por resolver y su ticket de vuelta a Kandahar no era modificable. Le dió un beso en la mejilla. Sacudió su ropa por si alguno de los cabellos de ella se había colado entre su camisa o sus pantalones. Salió, cerrando la puerta despacio. Tomó el elevador. Y el mensaje escueto de su hija en el móvil, le avinagró la sangre: &#8220;No me busques. Estoy de maravilla. Mucho mejor que antes. No me busques. No me vas a encontrar&#8221;.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/06/emo3.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-5184" title="emo3" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/06/emo3.jpg?w=201&#038;h=300" alt="" width="201" height="300" /></a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5177/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5177/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5177&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Baghdad. La Decisión</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 19:08:03 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Michael apagó la televisión. Eran las tres de la mañana. Las tropas norteamericanas habían entrado a Baghdad. Era el 20 de marzo del año 2003. Se habían conocido en el aeropuerto, junto a la cinta transportadora del equipaje. Ella venía llegando de aquellos sitios con playa y quitasoles, tan de moda entonces. Michael había venido a visitar a un amigo, autoexiliado en [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5105&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/in-the-green-zone-of-baghdad_jpg.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-5161" title="in-the-green-zone-of-baghdad" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/in-the-green-zone-of-baghdad_jpg.jpg?w=300&#038;h=225" alt="" width="300" height="225" /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Michael apagó la televisión. Eran las tres de la mañana. Las tropas norteamericanas habían entrado a Baghdad. Era el 20 de marzo del año 2003.</p>
<p style="text-align:justify;">Se habían conocido en el aeropuerto, junto a la cinta transportadora del equipaje. Ella venía llegando de aquellos sitios con playa y quitasoles, tan de moda entonces. Michael había venido a visitar a un amigo, autoexiliado en este país contrastante, que se proponía fotografiar con detalle. Las heridas de su divorcio habían sanado. Lo notaba en su trabajo, cada vez más luminoso, cada vez con mejores instantáneas. Su sitio web, en pañales, mostraba fotografías de su natal Boston. Tocó la mano de ella al intentar alcanzar la maleta. Le llamó profundamente la atención sus ojos, vivos, inteligentes, pero cargados de sueños rotos. Ella no había curado ninguna herida con ese viaje. Había hecho de todo, menos olvidar. Como en las películas, todo sucedió muy de prisa. Michael no esperaba el certero estoque del amor. Ella no esperaba nada. Nunca esperó nada.</p>
<p style="text-align:justify;">Eran animales de juerga. Michael conocía a todo el mundo y todo el mundo le conocía a él. Cambiaba su seño siempre adusto y los ángulos cerrados de sus pómulos, cuando bebía. Se transformaba. Reía. Cantaba arriba de las mesas. Siempre reían. Los asados y las reuniones después de las exposiciones. Los viajes. Siempre los viajes. La fascinación pueril de Michael por los viajes. Su miedo a las alturas. A lo desconocido. A los hijos. Al futuro. Todo se perdía detrás del lente de la cámara. Todo se escondía detrás de las fotografías premiadas que adornaban su departamento. Todo se escondía.</p>
<p style="text-align:justify;">El tiempo pasó, como pasaban las fotografías en la cámara de Michael. Viajaron. Una mañana, bajo el cansado sol de la tarde, con Valparaíso de fondo, él le pidió matrimonio. Ella aceptó, como hubiera aceptado a cualquier otro que le hubiera hecho evadirse de la misma manera que lo hacía Michael. Sentía algo que se asemejaba, en sus sueños, al amor.</p>
<p style="text-align:justify;">Fue entonces que Rafael apareció en su vida, como aparecía todo lo que le remecía por completo. Sin anuncio. Entró una mañana, a la oficina donde ella trabajaba, buscando a uno de sus colegas. Se vieron y el sudor les cubrió la espalda. Sus bocas se secaron y por primera vez, ella escuchó su voz.  No hacía mucho que había aceptado la propuesta de matrimonio de Michael. Rafael la invitó a salir. Ella rehusó, con la risa nerviosa que le embargaría, en lo sucesivo, ante sus proposiciones. Sabía el destino final de la salida. Se reconoció débil frente a sus argumentos, a su voz  y a la fiebre que la golpeó. A sus ojos reflejados en los de él, con el mismo deseo. Prefirió aguardar. Él se las arregló para conseguir el número de su móvil y comenzó a llamarla.  A todas horas. A cada momento. Se contaron todo y se acostumbraron tanto a la voz del otro, en aquellas largas conversaciones telefónicas, que lograron adivinar los estados de ánimo y las verdades y mentiras que mencionaban. Mientras él redactaba sus artículos en casa, la llamaba  a escondidas, para decirle obscenidades y reírse con su risa. Insistía en verla. Ella rechazaba cada vez con menos energía.  Michael voló a Estados Unidos. Su mejor amigo, teniente de las fuerzas de ocupación, había muerto en Irak.</p>
<p style="text-align:justify;">Rafael la llamó esa misma tarde y quedaron de verse. La conversación en el restaurant fue totalmente innecesaria. El café también. Tomaron la decisión sin mirarse y al llegar al hotel, se amaron hasta que el día terminó por completo, como si lo hubieran hecho desde siempre. Tomaron una ducha juntos, recorriendo el cuerpo del otro, hasta aprenderlo de memoria. No acordaron nada. No había necesidad. Cada uno condujo por su lado, de vuelta a casa. Rafael se iba a Baghdad al día siguiente. No podía perder la oportunidad, dijo y fue entonces que ella se dio cuenta de cuán fascinado estaba con la guerra.   </p>
<p style="text-align:justify;">Escribió el artículo sobre el conflicto más premiado en su idioma. Una sonrisa de triunfo le llenaba la cara en la fotografía que le envió, días después de recibir el premio. Su anillo de casado brillaba al lado del galardón. Ella firmó el acta de su matrimonio con esa imagen todavía quemándole los recuerdos. Michael había comprometido un trabajo de antemano y viajaron al desierto más árido del mundo, de luna de miel. Todo lo que recuerda de ese viaje no está plasmado en las instantáneas que su esposo tomó como parte de la exposición. Todo lo que recuerda es lo que, día a día, le aleja de él. Curiosamente en ese viaje, Michael comenzó el primero de una serie interminable de Manhattan, que son la única amalgama que parece mantenerlos juntos.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5105/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5105/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5105&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Kigali. El Comienzo</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 15:50:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Siempre se había preciado de ser empático y un agradecido de la vida. De mirar en los ojos de sus hijos y sentirse plenamente feliz. Nada podía empañar ese sentimiento. Cuando pensaba en ello, su rostro se iluminaba con una sonrisa amplia, dulce, completa. La misma que dibujaba Sofía, su hija mayor, en los soles arriba de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5099&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Siempre se había preciado de ser empático y un agradecido de la vida. De mirar en los ojos de sus hijos y sentirse plenamente feliz. Nada podía empañar ese sentimiento. Cuando pensaba en ello, su rostro se iluminaba con una sonrisa amplia, dulce, completa. La misma que dibujaba Sofía, su hija mayor, en los soles arriba de las casitas de papel del jardín de niños. Era el invierno de 1993.</p>
<p style="text-align:justify;">El General Romeo Dellaire apareció en televisión con su uniforme color caki, contando la cantidad de brazos por un lado y de cadáveres por el otro que habían dejado las tropas de los Interahamwe. Por primera vez, una matanza tan atroz era mostrada al mundo de la manera suscinta y aséptica de la televisión por cable. Algo dentro de Rafael se removió. Algo que aún hoy no podía explicar con claridad. Ni siquiera a ella era capaz de decirle qué había sido.</p>
<p style="text-align:justify;">Buscó con frenesí sus apuntes de la universidad y su título. Liquidó en un dos por tres el depósito a plazo que tenia reservado para las próximas vacaciones en Miami y compró un pasaje a Africa. Su padre lo miró perplejo cuando fue a despedirse y terminó de entender que no conocía a su hijo. Aún pensaba que era el niñito temeroso que recogía todos los sábados para ir al parque de diversiones. Los momentos compartidos a medias, por media familia. La separación de sus padres siempre afectó a Rafael más de lo que se atrevía a declarar. Eso lo sabía ella después de muchas veces que le escuchó la firme determinación de no separarse, por ningún motivo o circunstancia. De declarar que &#8221;no le haría lo mismo a sus hijos&#8221;.  Era siempre la piedra de tope. La causa de sus conflictos. Lo que la empujaba a sumergirse en aquellos Manhattan. Ahora eran los Manhattan, pero siempre había bebido. Mucho.</p>
<p style="text-align:justify;">Rafael llegó a Kigali, con la esperanza tonta de encontrarse con el General Dellaire, pero el conflicto había pasado la cresta de la ola de los medios. Habían otras cosas que atrapaban la atención de los televidentes. Otras cosas más importantes. Más fáciles de explicar, enunciaría él en su primer reportaje. Aquel que le costó dos resmas de papel escribir. Había perdido la práctica, diría más adelante, pero la verdad es que estaba extasiado por el morbo. Intoxicado con los colores y las complejidades del continente. Paralizado de terror por las incursiones armadas que se escuchaban cada noche. Los soldados que quedaban dando vueltas, le aconsejaron con paciencia que abandonara el lugar. Que llamara a su medio de comunicación para que lo evacuaran. No había tal medio. Estuvo escondido en un cuartel, atemorizado, por dos días pero no era del tipo &#8220;héroe&#8221;. Tomó sus cosas y partió.</p>
<p style="text-align:justify;">El resto lo terminó en El Cairo. Siempre había querido ir y la distancia, el cambio de paisaje y de cultura le dieron el ángulo preciso para terminar la historia.  No estaba muy seguro a quién se la había escrito y los fax que intercambiaba con su padre no le daban claridad de la razón. Extraña a sus hijos más que nada otro. No sentía el desarraigo absurdo del que hablaban todos los que conocía y que habían estado lejos. Estaba a gusto. Se sentía raramente feliz. El vallet le comentó que no había visto a otro periodista de su país en al menos seis años. Eso le dio la clave y mientras escuchaba en la televisión que el genocidio de Ruanda fue financiado, por lo menos en parte, con el dinero sacado de programas de ayuda internacionales, decidió darle un giro a su historia. Modificó lo necesario y se la envió a su hermano. Los cheques por los derechos no tardaron en ser depositados en su cuenta.  Llamó a su esposa. Habló con sus hijos. Llamó a su padre. Pagó el hotel, compró souvenirs;  algo que se le haría una costumbre, empacó y regresó. Nunca vería un machete de la misma manera. Nunca sentiría nada de la misma manera. Ya no era el mundo de la misma manera. Se lo comentó a ella tiempo después, cuando la conoció y sintió que sus piernas le temblaban. Cuando la miró con deseo y vio replicada esa mirada en los suyos. Lo mismo. Como si se conocieran desde antes.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/kigali-by-air.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5136" title="Kigali by air" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/kigali-by-air.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5099/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5099/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5099&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Kandahar. El Encuentro</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Apr 2011 17:36:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/kandahar20202.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5091" title="kandahar" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/04/kandahar20202.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Habían sido dos Highball y tres Manhattan. Hasta ahi recordaba con precisión enferma cada palabra dicha, cada ataque de risa  y dónde había escondido las llaves del automóvil para no ceder a la tentación de salir del departamento. Luego del cuarto Manhattan, no había nada más. Sólo la profunda sequedad de la boca y la sensación de ir saliendo de un barco. Los brazos le anclaban a la cama. Encendió la luz. Vio la fotografía magnífica con que Michael había ganado aquel premio que había cambiado todo. La puerta del baño estaba abierta y entonces recordó.</p>
<p style="text-align:justify;">Rafael acababa de bajarse del avión. Eso dijo apenas la vió. Su cara era la misma, su voz era la misma. Por segundos le observó hasta situarlo en la última escena en que le recordaba.  Algo, sin embargo, había cambiado. Tal vez eran las líneas de la comisura de los labios, tal vez eran las nuevas canas que brillaban con la luz del mediodía. Tal vez era su pelo que empezaba a ralear de la frente. Aún usaba el mismo anillo de matrimonio en el dedo anular. Eso no había cambiado, como no había cambiado esa risa altisonante y tonta que siempre aparecía junto con el sarcasmo sin tregua de sus conversaciones.</p>
<p style="text-align:justify;">Dijo que venía llegando de Kandahar, con la misma soltura de quien dice que viene del supermercado. Así era él. Viajaba a los lugares más ignotos y parecía,  por sus palabras, que no era nada. La fascinación infantil de Michael por los viajes contrastraba groseramente con la parquedad en la experiencia de Rafael. Su voz. Su voz seguía siendo la misma. Pausada, clara, grave, con aquellas expresiones vulgares que rompían el molde de su discurso siempre correcto. Las medallitas de bautizo que colgaban de su cuello, estaban donde mismo. En ese cuello maldito que tanto amaba. Podía respirarle. Podía recordar claramente el olor de su piel, más allá de los perfumes comprados en cada Duty Free donde paró, en esta vuelta nueva al mundo. Vengo llegando de Kandahar, dijo nuevamente y acarició nervioso su barbilla. ¿Quieres un café?, preguntó por decir alguna cosa y juntos enfilaron al primer Starbucks que había en la avenida. Hablaron por dos horas, sin parar. Dejaron en silencio los teléfonos móviles y callaban por segundos, para escrutarse con ojos inquisidores. ¿Aún sigues con el gringo? preguntó intespestivamente a lo que ella contestó, ¿aún sigues con tu esposa? ¿Cómo están tus hijos? ¿Cómo está tu gato y los sobrinos? rebatió él. Rieron.</p>
<p style="text-align:justify;">Kandahar estaba tomada por las tropas de las Naciones Unidas. Varios bunkers de soldados se levantaban aquí y allá. Cientos de mercenarios había aparecido apenas comenzaron las hostilidades. Como guardaespaldas. Como constructores. Como plomeros. Incluso como traductores en una babel extraña y difícil. No es necesario dominar ninguna lengua, dijo Rafael. Estuve cómodamente por tres meses, sin que me esforzara un ápice en hacerme entender. No había mucho de entretenido, pero en una zona en guerra, ¿qué puedes pedir?. Un café de Starbucks replicó ella. Sí, eso sí.</p>
<p style="text-align:justify;">Por años Rafael había trabajado administrando los negocios de su padre, hasta que mandó todo al diablo, en un arranque que él mismo no supo explicar. Desempolvó su diploma de periodista, tomó el primer avión a la zona en guerra de entonces  y empezó a escribir. Escribió con mucho dolor, con mucha valentía y con mucha verdad. Eso lo decía siempre, dando por sentada su propia leyenda. Escribió hasta que le dolieron las coyunturas y se averió el teclado de su ordenador. Escribía día y noche. Escribía, dijo entonces, por todas las voces que estaban ahi. Por todas las historias que no podían ser contadas a los medios tradicionales. Por todos aquellos que no sabían si sobrevivían otro día más. Escribía. Escribía. Escribía.</p>
<p style="text-align:justify;">Vendió sus artículos a revistas y se hizo conocido. Hubo otro conflicto y partió. La adrenalina de ser corresponsal de guerra se le metió duro entre pecho y espalda y no hubo forma de sacarla más. Nunca consumió drogas. No tomaba alcohol, pero estaba definitivamente envenenado con el horror y las balas. Con el polvo de los jeep militares y la rudeza de las tropas. El ruido de los fusiles. Los bombardeos de colores. Con el dolor. Con las mismas preguntas repetidas hasta el infinito en todos los conflictos armados.</p>
<p style="text-align:justify;">Quiero salir de aquí ahora, dijo de pronto. Y ella lo miró. No podía acompañarle. No podían ser los amantes recurrentes que habían sido hasta entonces. Michael estaba en casa. Tienes doce llamadas perdidas de tu mujer. Quiero verte sin ropa, dijo Rafael. Debo irme. Debo irme ahora, dijo ella. Pero mañana. Veámonos mañana. Y alli estaban de nuevo. De acuerdo. La frialdad del plan. La traición premeditada. La calentura espesándoles la sangre.  De nuevo. Como siempre. Ella llegó a casa y preparó el primer Highball. Michael aún no llegaba. Quiero lamer tus pezones, decía el mensaje de texto. Sonrió y apuró el sorbo. Mañana, dijo en voz alta. Mañana.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5088/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5088/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5088&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Chinita</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Mar 2011 19:06:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Antes de terminar de abotonar su camisa, Pedro Torres Apaza acaricia la estampita de la Virgen de Andacollo y agradece en silencio el favor concedido. Luego, guarda con cuidado la imagen en su bolsillo, se pone el saco, se cala el sombrero, le da un beso de despedida a la mujer que ha tenido a [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5044&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Antes de terminar de abotonar su camisa, Pedro Torres Apaza acaricia la estampita de la Virgen de Andacollo y agradece en silencio el favor concedido. Luego, guarda con cuidado la imagen en su bolsillo, se pone el saco, se cala el sombrero, le da un beso de despedida a la mujer que ha tenido a bien recibirlo en su cama, esa noche y se marcha, en silencio y en secreto, como los zorros. Al día siguiente, recordará con profunda gratitud los muslos tibios, la boca jugosa y las caricias perdidas en la complicidad de la noche, entre el frío y el polvo del desierto.</p>
<p style="text-align:justify;">La Chinita lo protege en sus andanzas. Lo tiene claro desde que tiene uso de razón. La Chinita les pertenece y ellos a la Chinita. En la delgada cuerda que separa los tiempos, un recuerdo que no es suyo se hace presente cada vez que habla de la imagen de la Virgen. Aquella que estuvo perdida por años y que nadie sabe cómo apareció. Nadie excepto ellos. Todos ellos. La familia de Pedro Torres Apaza se pierde, en una culebra interminable que atraviesa las épocas, hasta llegar al momento exacto del descubrimiento de la santa. Los sueños extraviados se percuden entre el polvo del desierto y la madera de la que está hecha la imagen,  los de Pedro Torres Apaza están todos ligados a la Chinita. Él le pertenece y ella a él, en una simbiosis translúcida que nadie más se explica.</p>
<p style="text-align:justify;">El cobre que brota de sus bolsillos no es más que otro milagro de la Virgen, así como el hecho innegable de que Pedro es el último varón de su familia. Recibe este hecho con profunda aceptación. Todo se termina, caballero, ha dicho en incontables ocasiones, mientras le recriminan su vida errante y un futuro sin la gloria del legado de los hijos. Todo se termina, afirma siempre, cuando la pasión ha cedido al descanso sosegado de la noche en la pampa. No te preocupes, chinita, le dice a la que comparte la cama con este visitante silencioso, amante delicado y caballero que no tiene nada que ver con los esposos mineros, con el olor de sus sobacos y de sus bocas. Nada tiene que ver con ellos este hombre de ojos del color de los montes, la piel sin cicatriz y sin mancha. Sus manos nudosas y delicadas. Su voz enunciando los suaves parlamentos de los personajes que interpreta en el teatro de la Oficina. Está allí para ella. Dime qué quieres escuchar, chinita, pide Pedro Torres Apaza, seguro de su poder hipnótico, pero humilde en esta audiencia privada, donde no está solo con esta moza que arriesga su cuello por la noche de pasión con el actor de teatro, sino que también estás tú mi Chinita santa, cuidándome como lo has hecho siempre. Me postro de rodillas ante ti, mi Santita querida, para que me protejas, para que me des la fuerza y la razón, y para que a este pampino bruto no se le vaya a ocurrir llegar antes de que se termine el turno.</p>
<p style="text-align:justify;">Abotonará su camisa con el suave ademán que mueve sus dedos perfectos. Inclinará su cabeza ante la estampa de la Virgen y partirá sin prisa, a perderse entremedio de la noche. Hay cosas del desierto que asustan hasta a los más corajudos. Pedro Torres Apaza camina con seguridad y sin miedo, arrastrando el sino cruel de ser el último varón de su familia. El último. Esas cosas las acepta con sabiduría, porque son los favores concedidos por la Virgen los que cuentan. El resto no importa mucho. Hay que ser humildes, caballero, porque todo se termina. El talento, las luces, la memoria. No, la memoria  queda mi Chinita, para recordar que te debo tanto.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/03/virgen-de-andacollo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5078" title="virgen de andacollo" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/03/virgen-de-andacollo.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5044/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5044/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5044&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>En la Ciudad</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Mar 2011 18:20:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando sentí el embate de su sexo, sólo alcancé a dar gracias a Dios por haber nacido, como había imaginado que debía ser. Su voz llenó los rincones de mi mente y la certeza de sus manos trajo el sudor a mi espalda. El ruido de la ciudad era como el de las olas del mar. Lo sentí tan [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5047&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/03/santiago-de-chile.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5057" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/03/santiago-de-chile.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Cuando sentí el embate de su sexo, sólo alcancé a dar gracias a Dios por haber nacido, como había imaginado que debía ser. Su voz llenó los rincones de mi mente y la certeza de sus manos trajo el sudor a mi espalda. El ruido de la ciudad era como el de las olas del mar. Lo sentí tan parte de mí, como cuando se abraza una quimera, me sentí tan suya, como cuando la sensación de libertad no alcanza para cubrir el precio del amor.</p>
<p style="text-align:justify;">Iba premunida de un libro de tapas ajadas, para matar el tedio de la espera. El balcón daba a la avenida. Las horas muertas anteriores sólo habían dado rienda suelta al deseo. Aquel primordial y salvaje. Aquel que sus obscenidades dulces habían martillado en mis oídos, por semanas. Imaginaba, a medida que avanzaban las páginas y el tiempo, su voz rozando los espacios escondidos de mi cuerpo. Por instantes infinitos, le amé. Con la fuerza de aquellos que han sobrevivido; con la constante de los tiempos; con el rumor definitivo de la ciudad que me rodeaba. Te he esperado desde tiempos nebulosos y distantes, dije en voz alta, cuando el ruido del teléfono y su voz me trajeron de vuelta a esta realidad.</p>
<p style="text-align:justify;">Acaricié su rostro, cuando estuvo frente a mí, en el balcón, mientras su voz llegaba con preguntas irrelevantes, datos sin sentido en la naturaleza de este encuentro. Buscaba sus manos, buscaba su esencia y cuando por fin pude holgar sobre su cuerpo, los sueños alimentados por semanas tomaron el control de mi persona.  Se convirtió en un experto en mí en los segundos posteriores, mientras su voz me iba trastornando. Siempre tuvo esa capacidad. Ahora, se regodeaba de ella y me penetraba con la libertad de quien se sabe deseado.</p>
<p style="text-align:justify;">Resistí el asalto de su masculinidad con estoicismo y vehemencia, mientras el sudor inundaba nuestros cuerpos. Escuché el latido de su corazón, bebí su transpiración. Abajo, la ciudad se iba calmando. Cambiando. Cambió él después del receso de la pasión, después  de contarme sus secretos y verme más allá de mi propia desnudez. Cambió todo en un segundo. Como cambia la vida, las estaciones, el mar.</p>
<p style="text-align:justify;">Aún tengo su olor, tatuado en mis manos, entre mis muslos, dentro de mi propio corazón. Aún no termino el libro de tapas ajadas y aún escucho en sueños sus palabras. Aún extraño esas frases lujuriosas que insuflaban mis deseos. Aún pasan muchas cosas, como en aquella avenida, donde la ciudad sigue martillando los recuerdos, como las olas en el mar.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5047/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5047/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5047&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>El Mago</title>
		<link>http://chrieseli.wordpress.com/2011/02/10/el-mago/</link>
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		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 19:48:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sergio Rodríguez siempre supo de encantamientos. Pases con las manos y la atención absorta de una audiencia atolondrada con los movimientos del prestidigitador, formaban parte de su vida, tan patentes, como aquellas imágenes de sueños que, de pronto, se hacen realidad. Como se hizo realidad Graciela, aquella tarde de primavera, mientras los retamos florecían y los nerviosos picaflores [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5004&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Sergio Rodríguez siempre supo de encantamientos. Pases con las manos y la atención absorta de una audiencia atolondrada con los movimientos del prestidigitador, formaban parte de su vida, tan patentes, como aquellas imágenes de sueños que, de pronto, se hacen realidad. Como se hizo realidad Graciela, aquella tarde de primavera, mientras los retamos florecían y los nerviosos picaflores se perdían dentro de las fucsias y los rododendros.</p>
<p style="text-align:justify;">Nada más la vió salir, con sus cabellos al viento y sus labios acorazonados, sintió el aguijón caliente del amor. Las caderas de ella se balanceaban al ritmo de sus latidos y no le costó ningún esfuerzo averiguar detalles íntimos de su vida, mientras  hacía aparecer palomas y flores con sus trucos. Una sonrisa entera, grande, hermosa le llenaba a ella la cara de vida. Vida que no había vivido, vida que no había saboreado nunca con el dulzor que Sergio Rodríguez le ofreció en cada uno de sus pases mágicos. En cada truco, en cada movimiento de las cartas, la risa hermosa y cantarina de Graciela le daba razones más que suficientes al mago del amor, como ahora se llamaba, para inventar nuevos números y no perder de vista a esta mujer que le hechizaba por completo.</p>
<p style="text-align:justify;">En cosa de semanas eran amantes. En cosa de semanas, Sergio se enteró con lujo y detalle de la catástofre que habían sido los últimos doce años en la vida de Graciela. Cómo, fingiendo amor, había mantenido un matrimonio de opereta con el hombre más aburrido del planeta. sólo por la sanidad mental de las dos hermosas hijas que había concebido en ese claustro que ella llamaba vida. Cada truco del mago, cada intentona le daban a ella las alas para querer volar lejos, pero se detenía al pensar en el qué dirán, en la irremediable suerte que había elegido por destino, en la comodidad de su hogar, en la aversión a la vida itinerante del circo, en los sueños en que naipes se le venían encima, en castillos desarmados y la cara triste de Sergio Rodríguez cada vez que le comentaba, después del amor, los lúgubres presagios que llenaban sus noches.</p>
<p style="text-align:justify;">Graciela exudaba pasión. Sus cabellos crespos, su boca de perfecto corazón, sus pechos turgentes, sus caderas amplias. Todo estaba en la memoria del mago, que le dibujaba lujurioso en sus pases, cada noche, en las funciones del circo. Quería otro destino, quería llenarse de gloria por ella. Quería aletear sin descanso, como los colibríes que revoloteaban entre las lilas. Quería todo. La quería a ella.  Saltaban las flores del sombrero de copa y Sergio imaginaba que no sólo podía hacer brotar flores y conejos, palomas de alas romas y bolas de fantasía. Imaginaba que también podía hacer aparecer un futuro esplendoroso para ambos.</p>
<p style="text-align:justify;">La noche que llegó el marido de Graciela a gritar la traición y su nombre  a la función, debe de haber sido la más trágica y bochornosa para toda la comparsa. Sergio Rodríguez tiraba los cuchillos con los ojos vendados, mientras Irene, la mujer del domador, enfundada en una malla de azul tornasolado, sonreía petrificada por la naturaleza del acto. Acto que ella prefería antes de lavar los calzoncillos cagados del marido, que jamás lograba eliminarse el olor a bestia enjaulada. Chilló la traición el esposo mancillado de Graciela e Irene pagó la culpa de Sergio Rodríguez. El cuchillo se le incrustó en el ojo izquierdo, penetrando su cráneo alargado, hasta quedar estampado en el tablón de encino donde se apoyaba la artista. El mago no se dio cuenta de nada, hasta que el público empezó a gritar y el mismo marido de Irene, junto con el de Graciela, entraron a la pista de aserrín, uno colorado de furia y el otro blanquecino de espanto.</p>
<p style="text-align:justify;">Sólo el día de su muerte Sergio Rodríguez recibió una golpiza igual. Pero aquel día no era su destino pasar al otro lado del alambre y el padre de don Martínez, vestido de payaso, les tiró agua con lavandina a los agresores hasta hacerlos retroceder.  A empellones sacó al domador viudo y al marido agraviado fuera de la pista. Tocó la orquestita la música de final de función y llegó la policía. Todo se volvió nebuloso. Todo se volvió del color del aserrín. No hubieron trucos para Sergio Rodríguez que lo ayudaran a salir antes de los cincuenta días que estuvo en la cárcel. Allí se enteró de la desaparición de Graciela y su posterior hallazgo entre las tablas carcomidas de la leñera. El perro de la casa amenazaba con romper los nervios de todo el barrio, a fuerza de rascar los tablones y recibir las zurras del marido. El domador viudo se ahorcó con su látigo y desfalleció en la jaula del rey de la selva, bestia inmunda y desdentada, que no tenía más aprecio por la vida que la que tuvo su compañero de función. Bostezó largamente, antes de apoyar su cabezota sobre el cuerpo del domador. Fue necesario pegarle un tiro para lograr sacar el cadáver que, después del tercer día, ya apestaba a todo el pueblo.</p>
<p style="text-align:justify;">Sergio Rodríguez perdió la felicidad de la magia y se olvidó de todo encantamiento que hubiera dominado jamás. Me hubiera gustado conocerlo antes que esa tragedia opacara su vida para siempre. La alegría le rebalsaba la cara. Ahora, era un alcohólico fantoche y arrogante, perdido entre sus propias mentiras, que inventó desesperado, durante cincuenta días, para no morir en la cárcel, de abandono y desolación. Me hubiera encantado conocerlo antes.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/02/the_prestige-115372.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-5026" title="the_prestige" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/02/the_prestige-115372.jpg?w=500&#038;h=242" alt="" width="500" height="242" /></a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/5004/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/5004/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=5004&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Sobre el Escenario</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Jan 2011 15:23:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las manecillas se mueven sin parar, mientras mi corazón bombea apurado, entre rabioso y triste. Ha sido demasiado. Madame Edith tenía que haber dicho estas cosas mucho antes. Todo hubiera sido distinto. Me quedaban las preguntas y un sinfin de misterios que sin duda nos iban a seguir persiguiendo, incluso en este findemundo. Faltaban veinte [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4983&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/01/teatro-salitre-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4997" title="teatro-salitre-1" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2011/01/teatro-salitre-1.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Las manecillas se mueven sin parar, mientras mi corazón bombea apurado, entre rabioso y triste. Ha sido demasiado.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith tenía que haber dicho estas cosas mucho antes. Todo hubiera sido distinto. Me quedaban las preguntas y un sinfin de misterios que sin duda nos iban a seguir persiguiendo, incluso en este findemundo. Faltaban veinte minutos para que levantáramos el telón. Pedro regresa y me pregunta por lo bajo qué hacemos.</p>
<p style="text-align:justify;">Me nulifico. Tiemblo y el tic tac toma posesión de mi cabeza. Pedro Torres Apaza insiste, respetuosamente, apretando entre sus manos la estampita de la Virgen de Andacollo. No logro armar una frase coherente para organizar a los actores. Escucho la voz del viudo. Escucho la voz de Meche. Escucho incluso la voz de mi madre. Y el tic tac aplastante, macabro, definitivo. La Madame duerme en un sueño etílico, plano e indoloro. Miro el cuarto nuevamente y mis ojos se detienen frente al espejo. Me acerco y observo mi semblante. Los ojos hinchados, mis manos pequeñas. Los cientos de mejunges y pinturas en cajitas de lata que tiene la vieja. Recuerdo los zapatos que me regaló Tomasito.</p>
<p style="text-align:justify;">Pedro, haz tu parte y no digas nada a nadie, le ordeno. No-le-digas-nada-a-nadie, insisto. Estoy por allá en cinco minutos. Él se aleja y a gritos busco a Jovita. Me encaramo en la silla de terciopelo carcomido y me miro al espejo una vez más.</p>
<p style="text-align:justify;">Se abre el telón y los aplausos son apenas perceptibles. Sólo las toses y los escupitajos. El llanto de un par de bebés, seguramente con hambre y sed. El rechinar de las tablas del escenario. El olor a cuero viejo y polvo. El día ha sido caluroso, como siempre y la espesa pátina de calor humano sube hasta el techo del teatro. Maucho, nuestro tramoya, dice que se puede cortar con un cuchillo carnicero el hedor en las alturas. Exagera, como siempre que dice algo.</p>
<p style="text-align:justify;">Pedro aparece en escena y las mujeres le dedican miradas de amor incondicional. Él sabe de este éxito porque en las noches gélidas del desierto, se las arregla para colarse en cuartos ajenos y, con la suavidad de su voz y sus manos, lograr que incluso las féminas más pudorosas le abran sus muslos, generosas. Pedro siempre agradece por el favor concedido, con la caballerosidad que lo caracteriza. El recuerdo de las noches de placer que le da a las mujeres de otros, se lo lleva la pampa, como todo lo demás.</p>
<p style="text-align:justify;">Declama su parlamento. Se pasea en el escenario con propiedad. Suenan las tablas, chillan las roldanas que sostienen el telón, en el calor de la tarde. El polvo se percibe con una lluvia fina. Afuera, el viento empieza lentamente a formar remolinos. Mi corazón palpita, amenazando con salirse por mi boca. Mis manos transpiran. Avanzo a pasos cortos, encaramada en estas plataformas gigantes que Tomasito me dejó, más que todo, como una humorada. Su rostro había cambiado aquella última vez que le vi, antes que llegáramos a esta oficina. Estaba radiante. Vestido de mujer, con un par de senos impresionantes y sin pelos.  Me contó acelerado que haberse unido a esa compañía de kathoey era lo mejor que le había pasado en toda la vida y que Kim, un malayo diminuto, le había ayudado a ser lo que era ahora. Todos podemos, decía inspirado. Todos.</p>
<p style="text-align:justify;">Si miro mi pecho con atención, veo como salta mi corazón. Trato de concentrarme, pero no puedo. Jovita me ha dicho que don Martínez ya está mejor. Padre, esto lo hago sólo por ti, medito, intentando tranquilizar mi mente. El aire se cuela rancio. Las tablas rechinan. El traje de seda arrastra en el suelo. Salen de escena Pedro y Nicanor. Es mi turno.</p>
<p style="text-align:justify;">Me paralizo y mi voz no sale. Todo ha fallado, pienso en ráfagas de segundo. Estoy aterrada. No puedo. Camino un paso y la luz del farol que Maucho gobierna con precisión, me cae encima. No hay nada más que esa luz. La audiencia desaparece, el olor, el polvo. Ni el viento se escucha más. Avanzo otro paso hasta la marca en el suelo y por arte de esa magia que tantas veces predicó la Madame y que otras tantas buscó el viudo, estoy aquí y soy la estrella de esta compañía.</p>
<p style="text-align:justify;">El aplauso me aturde y al mismo tiempo me despierta del encanto. Cae el telón y me dirijo con dificultad a mi lugar tras bambalinas. Una bruma fría está cayendo lentamente afuera. Pedro me mira exaltado. NO LO PUEDO CREER, me dice con sus ojos inmensos, con un entusiasmo que no le había visto antes. Todos se me acercan con cuidado, comentando por lo bajo mi actuación, como si yo no estuviera presente. Jovita toma mis manos, todavía embetunadas con los mejunjes de la  Madame. No puede parar de apretarlas. El viudo se limpia una lágrima porfiada y me hace una venia. En la esquina más oscura, al lado del camerino, veo una sombra flaca y desgarbada. El brillo de los ojos azul índigo me dice todo. Al día siguiente, no logramos encontrar a doña Edith. Una semana más tarde, Pedro Torres Apaza, volviendo de una de sus visitas de amores furtivos, verá algo en el desierto que se parecerá mucho a la mano engarfiada de la vieja, saliendo de la arena, elevando un remolino de tierra. </p>
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		<title>La Verdad</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Dec 2010 14:55:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El olor a aguardiente de Madame Edith inunda todo su cuarto. Ahí están los arcones llenos de ropa. Las botellas escondidas debajo de la cama. El cartón de cigarrillos. Dieciséis ceniceros repartidos aquí y allá. Pedro Torres Apaza, nuestro actor principal, me ha ayudado a cargar al atado de huesos en el que se ha [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4966&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">El olor a aguardiente de Madame Edith inunda todo su cuarto. Ahí están los arcones llenos de ropa. Las botellas escondidas debajo de la cama. El cartón de cigarrillos. Dieciséis ceniceros repartidos aquí y allá. Pedro Torres Apaza, nuestro actor principal, me ha ayudado a cargar al atado de huesos en el que se ha convertido la vieja. Le coloca una estampita de la Virgen de Andacollo en la frente, por si la Chinita se decide a hacer el milagro de traerla de vuelta. Le habla en la lengua de sus ancestros, mientras yo intento escuchar qué rayos balbucea doña Edith.  Despejo su cama. El olor a pis y ceniza nos aturde. La veo en su real dimensión y caigo en cuenta que Jovita tenía toda la razón cuando decía que había perdido la decencia. Que la clase y el garbo estaban en sus fantasías y que la verdadera doña Edith no era más que otra pobre, atacada por las ratas y el olvido, por el hambre y el frío. Como todos los demás. </p>
<p style="text-align:justify;">Le aprieta la mano a Pedro. Le habla en francés, le habla en esperanto. Cuando no escucha la respuesta que quiere, abre sus ojos azul índigo y cientos de líneas profundas se convierten en una superficie lisa. Dime dónde está mi hijo, inquiere. Dime dónde está. Respira con dificultad. Pedro busca con desesperación la estampita de la Virgen. La Chinita no tiene nada que hacer aquí, me confiesa en susurros. Ya se nos va la señora, por Dios bendito, me dice con la caballerosidad y el cantito de los serranos. Ya se nos va.</p>
<p style="text-align:justify;">Me quedo en la habitación, acobardada, de un acto fuera de mi voluntad. Paso la vista una vez más por el cuarto. Intento no respirar la nicotina que se ha hecho cargo del ambiente. Intento no mirar los calzones amarillentos ni las bolas de naftalina que cuelgan de uno de sus arcones. Leo con dificultad el cartel que pende de la tapa de una maleta. Alcanzo a juntar las letras donde dice Lima. Escucho la respiración de la Madame. Su pecho silva, sus fosas nasales laten. Caigo en cuenta que no es tisis lo que tiene esta vieja. Las colillas regadas, los cartones apretujados debajo de la cama. Todo ha sido una mentira.</p>
<p style="text-align:justify;">Miro el reloj que está en la cabecera y sólo faltan dos horas para la función. Escucho con claridad el tic tic acompasado y lentamente meto mis manos en el cajón del velador. Los papeles amarillos crujen al contacto con mis dedos. Madame sigue en el estado en que la dejamos. Un sueño aplastante y ciego. Estira las manos al aire. Leo con calma, juntando con dificultad las palabras. Chambord. Barco. Lima.</p>
<p style="text-align:justify;">- No vas a entender nada, enana estúpida- me dice clavando sus ojos en los míos. No vas a entender nada, porque nadie sabe la verdad. La vida no es blanco o negro. Hay matices y en los matices nos extraviamos. Escucha con atención, que lo que voy a hacer es darte una lección de vida.</p>
<p style="text-align:justify;">El arte de la representación es algo que está en mi sangre. Actores callejeros llenan mi árbol genealógico desde donde tengo memoria y más allá. Tú no sabes de esas cosas, porque en esta América falsa, lo que quieren es fantasía y la fantasía, enana estúpida, se logra sólo a través de la mentira. Así está formado este continente. Sobre un saco de mentiras.</p>
<p style="text-align:justify;">Chambord tiene el castillo más fascinante que se haya creado jamás. Ocho torres inmensas, cuatrocientas habitaciones y treinta kilómetros de bosque. Leonardo da Vinci diseñó sus planos y Alain Leclere dirigió la compañía donde yo me inicié. Él es el padre de mi hijo y Henry Blanc sabe dónde está. Jamás esperé encontrar a Henry, como jamás esperé saber nada de Antoine, mi retoño. Alain movió a la compañía hasta Lima, en un arrebato comparado con la fiebre que atacó a otras compañías y que les hizo marchar a lugares muy distantes en el globo, buscando el mismo sueño. Los conocí a todos en el barco. Un barco multicolor, con variadas lenguas, diversas historias, genuinos personajes, una sola bandera. El maestro Xin Yuga, nos elevó a la categoría de performistas, a través de las pipas de opio. Él me regaló las batas de seda y me hizo desembarcar en estas tierras, rumbo al mar. Tenía una visión. Una visión maravillosa. Dejó esta vida apenas alcanzamos el océano. Xin Yuga le entregó mi hijo a Alain. Xin Yuga me regaló el maquillaje que ha cubierto mis cicatrices durante estos años. Xin Yuga me dejó un vacío en el alma, enana estúpida, que es imposible de llenar. Sólo con las luces del teatro me transporto a la otra dimensión. A aquella donde está Xin.  Tú no puedes entenderlo porque tu vida ha sido insípida. No sabes nada. Buscas nerviosa en mis papeles, pero no sabes qué buscar. Xin Yuga me enseñó qué buscar. Perdí mi alma el día que se fue y son las luces del teatro las que me la traen de vuelta, a ratos.</p>
<p style="text-align:justify;">Henry sabía dónde estaba Alain, porque siguieron el viaje. Se emborrachan juntos, mientras la esposa de Henry se moría de frustración en la cabina que compraron, empeñándolo todo. Cree que no lo sospecho, pero lo supe todo. Xin Yuga me enseñó a ver más allá de lo evidente, con sus manos nudosas, sus modales de felino, su parsimonia y sus besos, camuflados por bocanadas de opio, explorando mi carne, penetrando mis pensamientos y mi voz. Perdí al padre y al hijo, pero gané al maestro. Hasta que me abandonó y en su abandono, perdí todo.  Descubrí, sin embargo, la tentación de la mentira y cómo cura el dolor del corazón. Cómo perturba a las almas y con cuánta fascinación las personas ignorantes la atesoran.</p>
<p style="text-align:justify;">Ver a Henry me trajo el recuerdo de tiempos que ya había conseguido convertir en partes de mi fantasía. Ver su odio y su rabia, escuchar su confesión absurda, ver su éxito convertido en derrota, me recordó mi propio dolor y mi propia vida, aquella que he ocultado entre personajes de obras teatrales. Qué sabes tú, chiquilla estúpida, qué es el dolor. Aquel que traspasa, que carcome el alma. Aquel. Esa sombra silente que se acuesta en tu cama, comparte tu almohada y no te deja jamás. Un estado permanente que no se pasa con nada. Mírame. No se pasa con nada.</p>
<p style="text-align:justify;">Intenta levantarse. Intenta agarrar mis manos. Un paroxismo de tos la descompone. El olor a aguardiente y pis inunda todo. Quiero vomitar. Faltan cuarenta minutos para que empiece la función. Miro los arcones. Recuerdo a Tomasito y su compañía de Kathoey. No sé por qué recuerdo a Meche. Madame Edith se pasa la mano con furia por la cara y una cicatriz espantosa le surca la mejilla, sin pintura. Esa sombra silente, insiste. Esa sombra.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/chateau-de-chambord.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4971" title="Chateau-de-Chambord" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/chateau-de-chambord.jpg?w=500&#038;h=329" alt="" width="500" height="329" /></a></p>
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		<title>Cena para una Noche Buena</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Dec 2010 15:26:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Falta picar las cerezas, me digo tratando de hacer una lista mental de todo lo que aún está pendiente. Las niñas andan como los gatos antes de que se largue a llover, corriendo por todas partes, fizgando con curiosidad dónde están los regalos. Este año ha sido duro, pero estamos juntos, dice Ernesto y eso [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4950&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/adornos-de-navidad-omo-300x200.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4953" title="adornos-de-navidad" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/adornos-de-navidad-omo-300x200.jpg?w=500" alt=""   /></a>Falta picar las cerezas, me digo tratando de hacer una lista mental de todo lo que aún está pendiente. Las niñas andan como los gatos antes de que se largue a llover, corriendo por todas partes, fizgando con curiosidad dónde están los regalos. Este año ha sido duro, pero estamos juntos, dice Ernesto y eso es lo importante.  No debo olvidar las lechugas ni el adobo del pollo.</p>
<p style="text-align:justify;">Mi mamá me ayuda con la cena. Ha pelado las papas y yo voy corriendo a preparar el arroz. Nunca le queda bueno y así las niñas no se lo comen. Atrás quedaron los tiempos donde la comida que sobraba se la dábamos a las gallinas. Hoy, botar algo a la basura, con estos tiempos de carestía, es un desperdicio que duele en el alma. Estamos juntos dice Ernesto, cortando en trocitos un puñado de frutillas para hacer una modesta borgoña. Beberemos él y yo. Mi mamá tiene problemas de presión y no le hace mucha gracia el vino tinto.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasan corriendo las más pequeñas, siguiendo los pasos de sus hermanas grandes. Somos tantos, miro con pena, mientras Ernesto me ayuda a adobar el pollo. No todas las navidades son iguales, me repito y me vuelvo a repetir que no debo olvidar las cerezas para el kuchen.</p>
<p style="text-align:justify;">Cenamos todos juntos, con nuestra mejor vajilla. Jugo de ciruelas para las niñas, no hay dinero para sodas. Un vaso de borgoña cada uno más un vaso de té frío para mamá. Nos reímos de las ocurrencias de las niñas y poco a poco la noche se va acercando. Son tan largos los días mamá, dice Cecilia, mi hija menor. Su vocecita inquiere otras cosas. Todas quieren saber dónde están los regalos. Todos los años, los escondemos en lugares distintos, para regocijarnos con sus caritas de sorpresa. Ahora, a dormir, digo por decir algo, pero ellas quieren ver el especial de dibujos animados en la tele, donde, en una blanca navidad, Santa se pierde, aparece, recorre el cielo y les llena de fantasía.</p>
<p style="text-align:justify;">Ernesto me abraza tiernamente, después que he metido el kuchen en el horno. No hay cordero este año Jane, me dice con algo de pena y no hay muchos regalos, pero no me importa. Miro a mi alrededor. Las niñas en el suelo, con las luces del árbol tintineando en sus cabezas, mirando el televisor. Mi mamá secando los platos. Ernesto y yo. No sé si en estas circunstancias se podría pedir más.</p>
<p style="text-align:justify;">No debo olvidar el kuchen en el horno, no debo olvidarme de arropar a las niñas, que finalmente se han quedado dormidas. No debo olvidar poner la mesa para el desayuno de mañana y no debo olvidar decirle al compañero de mi vida, muy feliz Navidad.</p>
<h5 style="text-align:justify;">N de la R: En una propuesta de nuestra querida Anne, hago un alto en la historia de la troupe para entregarles, con mucho cariño, esta escena basada en una navidad de mi familia en el año 1982, cuando en Chile nos golpeaba una de las peores recesiones económicas. Una celebración modesta, con el entusiasmo de nosotras y los esfuerzos de mis padres y mi abuela, por mantener la ilusión intacta. Recuerdos hermosos que me hacen sentir el verdadero espíritu de la Navidad. Espíritu que deseo, de todo corazón, toque sus puertas no sólo la Nochebuena, sino cada día del año. Un abrazo a <a href="mailto:tod@s">tod@s</a> y las gracias en particular a Anne por llevarnos de la mano a este ejercicio en el que han participado:</h5>
<p>- Anne Fatosme, Blog de relatos: <a href="http://annefatosme.wordpress.com/2010/12/15/noche-no-tan-buena/">Noche no tan buena</a> -</p>
<p>- Eduardo Blanco: <a href="http://eduardblanco.wordpress.com/2010/12/13/3590/">Cuento de Navidad improvisado</a> -</p>
<p>- Blog de sendero: <a href="http://senddero.wordpress.com/2010/12/14/galletas-de-navidad/">Galletas de Navidad</a> -</p>
<p>- Concha Huerta: <a href="http://conchahuerta.wordpress.com/2010/12/16/mi-regalo-de-navidad/#comment-2074">Mi regalo de Navidad</a> -</p>
<p>- Pipermenta: <a href="http://pipermenta.wordpress.com/2010/12/16/fantasia-de-navidad/">Fantasía de Navidad</a> -</p>
<p>- Testigo: <a href="http://ernesto51.wordpress.com/2010/12/16/navidad-a-dos-voces/">Navidad a dos voces</a> -</p>
<p>- Micromios: <a href="http://micromios.wordpress.com/2010/12/16/mi-papa-noel/">Mi papá noel</a></p>
<p>- No Entiendo Nada: <a href="http://noentiendonada.wordpress.com/2010/12/17/yinguelbels/" target="_blank">Yingüelbels</a></p>
<p>- Zambullida: <a href="http://zambullida.wordpress.com/2010/12/18/destino/">Destino</a></p>
<p>- Desde tu ventana: <a href="http://jofz.blogspot.com/2010/12/ventana-de-navidad/">Ventana de Navidad</a></p>
<p>- Cuento chino: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2010/12/22/tres-pollos-y-un-lechon-una-historia-de-navidad/">Tres pollos y un lechón (una historia de navidad)</a> -</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/4950/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/4950/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4950&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Al Pié de la Cama</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Dec 2010 16:12:36 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Veo de nuevo a ese perro. Apenas da un paso después del otro para cruzar la calle polvorienta. Se escucha fuerte el crujir de los techos. Son las once de la mañana y el calor aplasta a toda la oficina*. A donde llega mi vista es un peladero. Arena. Tierra suelta. Las mujeres se tapan la cabeza con mantillas de algodón para [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4925&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Veo de nuevo a ese perro. Apenas da un paso después del otro para cruzar la calle polvorienta. Se escucha fuerte el crujir de los techos. Son las once de la mañana y el calor aplasta a toda la oficina*. A donde llega mi vista es un peladero. Arena. Tierra suelta. Las mujeres se tapan la cabeza con mantillas de algodón para no achicharrarse el cráneo, en el camino a la pulpería. Yo te tomo la mano, padre, limpio el hilo de sangre que cuelga de tus labios y aún no sé cómo vamos a salir de esto.</p>
<p style="text-align:justify;">Jovita insiste en la cantinela de Dios, pero no quiero ni siquiera oírlo mencionar. Mírame, le digo con rabia, ¿tú crees que Dios me hizo esta lesera como premio a mi buen corazón?. Soy una maldita enana y me hablas de conformidad. Nadie nunca se casará conmigo, no podré tener hijos, ni siquiera puedo usar zapatillas de tacón.  Se está muriendo la única persona que me ha dado un poco de ternura en mi vida y me hablas de Dios?!?!?  Perdona Jovita, recapacito, no es tu culpa y sí, tú has sido una gran amiga. Ayúdame, le suplico.</p>
<p style="text-align:justify;">Don Martínez se contagió por la vieja. Estoy segura. Las monjitas de aquel pueblo lo dijeron claramente. Eso se pegaba como la tiña y si no se tomaban precauciones&#8230; Ahora estamos cagados y ¿quién va a dirigir la compañía? ¿quién nos va a decir qué hacer? ¿para dónde ir? La suave voz del viudo, meciéndome en las noches de tormenta. La voz impostada, como un héroe, cuando se daban las vueltas de timón, como la noche de los tiros. Como cuando se fue Meche. No puedo hablar de ella. Si se va el hombre, se va el bastión de este circo, porque aunque no quiera reconocerlo, aún somos un bendito circo, en esta oficina del infierno, donde a los obreros los tratan peor que a la escoria que suelta el caliche. ¿Qué queda para nosotros?</p>
<p style="text-align:justify;">Jovita trae un plato de caldo y trato de hacérselo tragar. Me mira con dolor y rabia. No quiere estar postrado. Quiere seguir. Eres todo una chicharra, le digo bajito. Eso no se quita con nada, dice. No trate de hablar, le digo, pero insiste y le escucho. En susurros, me explica que la Compañía de Teatro Espectacular debe seguir. El compromiso con la administración de la oficina no se debe deshonrar. Somos gente de bien, insiste. Le limpio la boca y me sigue hablando. No culpes a Madame Edith de esto, mi niña. Estoy apunado. Mi cuerpo no aguanta la altura. Por más que he intentado con agua de toronjil y ruda, no aguanto.  Se me aprieta el pecho todas las noches y me han sangrado los oídos desde que llegamos.  Es una buena plaza, nos pagan puntual. Tenemos público. Se me va a pasar.</p>
<p style="text-align:justify;">No puedo verlo sufrir. Miro la hora como autómata y caigo en cuenta que es tiempo del ensayo. ¿Qué hago contigo, don Martínez?. Si ellos lo saben, nos vamos a la misma mierda. Miénteles, me ruega, miénteles y hazte cargo tú. Ya sabes qué hacer. Ellos te conocen. Te respetan. Eres mi niña, hazlo por mí. Suspiro con profunda conformidad. Al fin y al cabo, es lo que he venido haciendo en los últimos meses. Ahora, caigo en cuenta que, de a poquito, el Don se ha ido desligando de todo. Ahora, caigo en cuenta que la vida nos aplasta sin tregua por más que no queramos aceptarlo. Él lo sabía desde antes. El hombre del circo pobre, el de las manos largas y callosas. El que me miró a los ojos y me dijo que no preocupara de nada. Lo sabía todo desde antes. Su viudez, el circo, la Madame. Incluso lo de Meche. Sí. Meche.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith recita su parlamento, pero no logra entrar en situación. Reclama por el vestuario, pero Jovita no puede estar en todas partes. Le ruego que se concentre.  Que se olvide de ese detalle. Me mira con odio, como siempre lo ha hecho y me lanza una de sus frases en francés. ¿Sabe qué señora?, le digo con toda mi rabia y mi frustración, váyase un rato largo al mismo diablo. Aquí o habla en castellano o se queda calladita. ¡Me importa un reverendo pito lo que le guste o no!.</p>
<p style="text-align:justify;">No acusa recibo de mi molestia. Me mira como a un gusano y con toda la parsimonia de Desdémona y de Lady Macbeth, me suelta en perfecto castellano, Henry va a venir a buscarme y me iré de esta compañía de mala muerte. Henry vendrá como el buen hijo de su madre que es. Eso es algo que tú no sabrás nunca, porque eres una enana y nadie va a hacer el favor de acostarse con una de tu especie.</p>
<p style="text-align:justify;">Me quedo atónita. No sé qué contestarle. El resto de la compañía nos mira entre asombrados y asustados. Sus palabras aún retumban entre las butacas, el bastidor y el proscenio. Lágrimas. Lágrimas calientes y gruesas caen de mis ojos. Madame Edith cree que ha triunfado. Lo veo en sus ojos. Tose lentamente. Ahora más. De pronto, se desmorona como una pieza de ropa que ha errado el colgador y sin que lo piense, me veo al lado de ella, aspirando su olor a naftalina y aguardiente. Tomo su mano huesuda y fría, mientras limpio mis ojos.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/abandolandia.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4942" title="abandolandia" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/abandolandia.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<h5 style="text-align:justify;">                            Fotografía gentileza de Luxurbex <a href="http://luxurbex.blogspot.com/">http://luxurbex.blogspot.com/</a></h5>
<h5 style="text-align:justify;">*Oficina: En el tiempo del boom del salitre en Chile (1842-1930), cada centro de explotación era llamado &#8220;Oficina Salitrera&#8221;. Cada oficina contaba con las instalaciones industriales necesarias para la extracción y procesamiento del mineral, además de viviendas para los trabajadores, comercios (conocidos como pulperías), iglesia, escuela y centros de esparcimiento y entretención como teatros y cinematógrafos.</h5>
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		<title>Meche</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Dec 2010 13:32:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/nic3b1a.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4908" title="niña" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/nic3b1a.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Se están destiñendo las flores de papel y el viudo Martínez bota sangre por boca y nariz. No había visto algo así en mi vida y mi pobre niña que llora y llora como si el mundo se le fuera a terminar hoy mismo. Se ha hecho siempre la valiente, pero a esta bruta no la convencen tan fácil. La he visto sufrir por el viejo, sentir celos desmedidos cuando se acerca al camerino de doña Edith y me he preguntado todas las noches si esta no será una relación antinatura. Esas cosas pasan, lo vi muchas veces en San Pedro, la caleta de pescadores donde me crié, a mucha honra.</p>
<p style="text-align:justify;">Todos en esta compañía mienten sobre sus orígenes. Todos han sido príncipes. Já! Yo no soy tan estúpida y conozco a un pobre apenas lo veo. Las ansias por comer. El acomodo en cualquier sitio. Las manos rotas. Los dientes picados. Si hasta la Madame, que tantas ínfulas se da, ha sido pobre como rata toda su vida. A mí no me engaña ni por un segundo. Esta bruta que está aquí, no lo es tanto.</p>
<p style="text-align:justify;">Angélica, mi niña, es distinta. En todo sentido. Su corazón noble es algo que yo estoy segura Dios le regaló en compensación de su problema. Porque así actúa el Señor y uno no siempre le entiende a la primera. Ahora, llora con dolor por este que ha sido un padre para ella. No como aquellos malnacidos que la escondieron por años en el ático de la casona,  hasta que decidió escapar, la tarde que la comparsa pasó por ese camino. No hace mucho me dijo mi niña que su idea era ser una atracción de circo, por eso se les acercó. Los bastardos que la tenían enclaustrada le repetían una y otra vez que era una vergüenza para la familia. Una vergüenza. Vergüenza debieron haber tenido ellos de tratar de esa manera a su propia sangre. Sangre que la Meche reconoció enseguida.</p>
<p style="text-align:justify;">Por eso mi niña le tuvo tanto cariño. Meche no dijo nada cuando mintió con total descaro, diciendo que la habían abandonado días atrás. Todavía se podía ver la casa patronal desde la vera del camino. Podrían haberla devuelto, pero la Meche se calló enseguida porque ella tenía algunas cuentas pendientes por esas latitudes. Siempre se me ha antojado que la pobrecita tenía los cascos harto livianos. Yo no la conocí, pero he escuchado sus historias. Contorsionista como la mujer del viudo. Quién sabe qué porquerías hacía en la cama de los hombres. Si no paraba un segundo. No dejaba quieto a nadie. El calor de su vientre era más poderoso que su misma razón. Dios y la Santísima Vírgen la tengan en su gloria. Lo que hizo no tiene perdón, por eso terminó como terminó y encima le causó tanto dolor a mi pobrecilla. Tanto dolor.</p>
<p style="text-align:justify;">Meche había estado postergando el momento. Eso le causó más complicaciones que las que pudo manejar. Tal vez, en su mente, algo la hizo pensar con calma su accionar. Tal vez la semblanza de mi niña le había ablandado el corazón. Habían sido incontables los abortos que se había practicado ella misma, premunida de su cocimiento infalible. Raices de borraja, perejil y orégano, hervidas en agua de canelo con seis granos de mostaza, manzanilla para calmar los nervios y una moneda de cobre que apretar con los dientes, por si subía la fiebre o el dolor se hacía irresistible. Esa era la receta que le permitía seguir holgando sobre los hombres, sin mayor complicación. Incluso dice mi niña que a los siameses les hizo el favor, en un acto de piedad, según explicó. No se podía ir por la vida sin haber desaguado la pija al menos una vez, sonreía divertida.</p>
<p style="text-align:justify;">Esta vez, entre tanta postergación, el tiempo la venció y cuando destapó la ollita para hervir el cocimiento, ya era muy tarde. La criatura se resistió a abandonar su cuerpo y por primera vez en su vida, Meche tuvo miedo. La vida se le presentó desnuda frente de ella y el panorama no le gustó. Eso me lo contó mi niña Angélica. Yo no sé cómo habrá sido, porque no la conocí.</p>
<p style="text-align:justify;">Fueron juntas donde una comadrona, que le hizo el trabajo la misma tarde y le entregó envuelto en un saco de arpillera, a la criatura ya muerta. La mujer no se hacía cargo de esas cosas, dijo, no fuera a ser que alguien la descubriera y se jodiera su negocio. Estaban cerca de Santa Juana, eso lo sé, porque se lo he escuchado a todos en la comparsa, cuando hablan de Meche.  Guardó sus calzones ensangrentados en una pequeña maleta, envolvió más al pobre bultito y dijo que iría por un poco de aire. Mi niña quiso seguirla, como iban juntas para todos lados, pero Meche la alejó de un manotón. El resto ya todos lo saben. La mañana siguiente, su cuerpo ondulaba sobre las aguas del estero, ensopado por la lluvia de toda la noche, con el pelo suelto, el camisón sin botones y los ojos lívidos, sin una muestra de dolor. No habían rastros de violencia y a nadie le importó un mango el cuerpo muerto de una ex contorsionista, actriz sin mucho talento. Allí estaba, decía mi niña, flotando como una hoja, sobre la superficie marrón.</p>
<p style="text-align:justify;">Angélica me contó que don Martínez encontró a la criatura, más tarde, entre unos pastos, a la otra orilla del estero. Era un primor de bebé, pero tenía la misma condición que había hecho a los bastardos encerrar a mi niña por nueve años, en ese ático inmundo. Ese fue un error del viudo. No debió jamás haberle dicho nada respecto a eso. Mi niña seguiría siendo feliz. Yo creo que se culpó de la muerte de Meche. Estoy segura que cree que lo de ella es una desgracia que se pega. Ahora que la veo con detención es tan frágil e indefensa. Le cuelgan sus piecitos al lado de la cama del don. Creo que este tampoco es lugar para ella. Si tan bruta no soy. Menos si se muere el viudo.</p>
<p style="text-align:justify;">- Jovita-  me llama.  &#8211; No me mires con esa cara de pena y ayúdame. Se nos tiene que ocurrir qué hacer.</p>
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		<title>En el Camino</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Dec 2010 19:25:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La mañana estaba brumosa, lo recuerdo bien. Todavía pesaban los sucesos de la noche anterior. Era como si un velo negro si hubiera instalado sobre nosotros. No teníamos ninguna filiación con esa gente, pero por alguna razón su dolor era tan espeso, tan definitivo, que no logramos desembarazarnos de él por muchas semanas. Fue tanto [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4857&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">La mañana estaba brumosa, lo recuerdo bien. Todavía pesaban los sucesos de la noche anterior. Era como si un velo negro si hubiera instalado sobre nosotros. No teníamos ninguna filiación con esa gente, pero por alguna razón su dolor era tan espeso, tan definitivo, que no logramos desembarazarnos de él por muchas semanas. Fue tanto lo que afectó a la moral de la Compañía de Teatro Espectacular, que don Martínez decidió emprender rumbo al norte, bien al norte, lejos de la lluvia cantarina, lejos de la escarcha, lejos de los ríos, lejos de toda esta tristeza que se cernía sobre nuestras cabezas.</p>
<p style="text-align:justify;">Jovita dice que hay un Dios en el cielo que planea todas las cosas. Yo no estoy muy de acuerdo, mírenme a mí no más, pero sí creo que hay un orden para todo. No hay invierno sin verano, no hay día sin noche y no iban a pasar las cosas que pasaron, si es que no hubiera ocurrido lo que sucedió, en aquel pueblo perdido. Era preciso que estuviéramos allí.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith no volvió a ser la misma después de ese día. Se indisponía a cada rato y se hizo indispensable parar de tanto en tanto para que pudiera medicarse. La vieja se caía a pedazos. Ahora, la escuchaba, mientras dormía, hablar de Henry. Decirle que no había sido necesario. Que huyera. Que no escuchara su corazón envenenado y cosas por el estilo. Hablaba mucho en francés también, pero como jamás ha tenido a bien enseñarme nada, nunca he podido entender qué diablos es lo que dice. Yo creo que nos insulta, pero esa es mi impresión y no tiene nada que ver con los sucesos que estoy contando.</p>
<p style="text-align:justify;">A medida que nos dirigíamos al norte, íbamos perdiendo a alguien. El gran Sergio Rodríguez fue el primero. En un bar de mala muerte, contó la historia de los disparos, como si él mismo hubiera estado en la placita, en circunstancias que a esa hora bebía como un marinero, en la esquina opuesta del camerino, donde estuvo Madame Edith hablando con el que ahora sé que se llama Henry. Alguien le dijo que guardara silencio y él, achispado por el alcohol, trató de jalar el mantel inmundo de la mesa donde estaba aquel que le hizo callar, con un pase de prestigitador y botó todos los tragos. No tenía un veinte en los bolsillos y lo molieron a golpes. Lo buscamos en callejones, establos y en la periferia de ese pueblo, pero no hubo rastro de él.  Tomasito esbozó una sonrisa cínica, que me dió escalofríos. Cuando llegamos a la capital, fue su turno de abandonar la compañía, pero antes pasó lo de la Meche. Sí. Meche.</p>
<p style="text-align:justify;">Hace calor y el polvo se mete por todas partes. El crujir de los techos de zinc es la música de esta hora del día. Jovita prepara el almuerzo y me mira con pena, como siempre lo ha hecho. Me dice que no debo recordar a Meche. Sabe que cuando me pongo melancólica es porque recuerdo a Meche, pero no voy a hablar sobre ella. Prometí no hacerlo e intentaré cumplir mi promesa.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith protestó por 1150 kilómetros, en cada parada y en cada función. El cambio del paisaje no hizo más que avinagrarle el carácter y traerle más recuerdos de glorias pasadas. Cuando nos topamos con este teatro, no quiso moverse más. Caminó haciendo aspavientos, arrastrando su bata de seda apolillada y remendada, se instaló en el proscenio y dirigió un monólogo fantástico, con la fuerza, la clase y el talento que sólo don Martínez había visto. Quedamos hipnotizados, pero su tos espantosa nos hizo volver a la realidad y el gesto piadoso de Jovita de pasarle un vaso de agua y la escupidera, la consignó al lugar que la vida le había deparado y que ella se esforzaba en evadir. </p>
<p style="text-align:justify;">Nos quedamos, dijo don Martínez. Y desde hace casi un año que estamos aquí. Matiné, vermouth y noche. Todos los jueves y sábados. Siempre las mismas funciones, siempre los mismos recuerdos. Nos caemos a pedazos y nos levantamos, como los hombres del salitre. Como el vestuario, que ya no se muele con la humedad, pero sucumbe irremediablemente al paso del tiempo y la pátina que deja el agua dura de este peladero. Supe que Tomasito está en una compañía de otros como él, que quieren ser mujeres y no pueden. Tal vez tenga en su memoria lo que pasó con la Meche, pero ¡qué porfiada soy!, dije que no voy a recordarla y sigo haciéndolo. Jovita me devuelve de un porrazo a la realidad, cuando me dice que don Martínez está tosiendo sangre.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/camino-2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4880" title="camino 2" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/12/camino-2.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
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		<title>Detrás del Escenario</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Nov 2010 20:20:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Jovita me ha recriminado siempre que le doy muchas vueltas al asunto y que nada va a cambiar si lo cuento. Que es mejor olvidarlo, no seguir elucubrando posibilidades, pero lo que yo ví no fue ninguna posibilidad, sino todo lo contrario. Hoy, con este sol del desierto, a miles de kilómetros de allá y cuando [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4831&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/teatro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4844" title="teatro" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/teatro.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">Jovita me ha recriminado siempre que le doy muchas vueltas al asunto y que nada va a cambiar si lo cuento. Que es mejor olvidarlo, no seguir elucubrando posibilidades, pero lo que yo ví no fue ninguna posibilidad, sino todo lo contrario. Hoy, con este sol del desierto, a miles de kilómetros de allá y cuando ha pasado más de un año, me doy cuenta claramente que así fue.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith se puso mal apenas iniciamos nuestra primera gira. Vieja maldita, no le dijo nada a don Martínez y él gastó lo que no tenía en boticarios, tratando de curar a su máxima estrella, convencido que era la precariedad en la que viajábamos, la delicadeza de la dama, la inclemencia del medio ambiente, todo menos que la mujer ya venía enferma y tal vez por eso la habían echado de la otra compañía.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella alegó airadamente contra el hombrecito que se unió a la caravana antes de llegar al pueblo donde pasó la fatalidad, pero siempre era así. Llegamos en la noche y nos instalamos en el mismo teatro. Un español de cigarrillo en la boca, con un extraño parecido al chico que recogimos, nos recibió fascinado y el Regidor nos indicó que podíamos quedarnos el tiempo que quisiéramos. Guardo todavía el cartel que mandaron a imprimir por nuestra función. El pueblo era bucólico, la gente sencilla. Las monjitas tenían un hospital y fue ahí que le dijeron a la Madame que no tenía vuelta, pero me estoy precipitando, como siempre lo hago. Es por eso que Jovita se molesta y maldice mis arrebatos. </p>
<p style="text-align:justify;">Compramos algunas cosas para la compañía con los escasos pesos que nos habían quedado. Fuimos con la Meche y Tomasito a la pulpería de los franceses. Tuve que sentarme en el mesón  para indicarle al dependiente lo que necesitábamos. Estaba acostumbrada a las caras de sorpresa, pero no estaba acostumbrada a ver a una dama tan hermosa como aquella que se paseaba por el balcón de la casa de enfrente, donde había un gigantesco árbol de magnolias. Nos dijeron por lo bajo que era la esposa del dueño y que estaba encerrada de por vida. Tomasito pagó la cuenta, aguantando las rechiflas de los empleados, que se mofaron de su forma felina de andar. El dueño estaba en la caja y su acento extranjero me hizo recordar los chapuceos de Madame Edith. </p>
<p style="text-align:justify;">Volvimos al teatro y creo que fue Tomasito el que lo comentó. La Madame se puso incómoda y escupió con más fuerza que de costumbre. Salió a tomar aire, dijo y no volvió hasta bien entrada la tarde. Estábamos a punto de empezar la función.</p>
<p style="text-align:justify;">El pueblo entero estaba revuelto. Recuerdo claramente el carro del manicero y su sonrisa buena, cuando me pidió disculpas por el error de corretearme como a los niños. El Regidor estaba en la puerta de entrada, dando la bienvenida a todo el mundo. La noche estaba fría, lo recuerdo por el vaho que salía de las bocas de los transeúntes. Creo que volví a ver al chico que llegó con nosotros, rondando por la plaza, pero no estoy segura.</p>
<p style="text-align:justify;">La urgencia que antecede a la puesta en escena es un ritual que hasta el día de hoy me fascina. Los minutos previos, el nerviosismo histérico, el cambio de las personalidades y del vestuario, los olvidos, los alegatos, los silencios porfiados de los que entran en situación. Las abluciones de Sergio Rodríguez, tratando de sacarse el olor a aguardiente. Meche. Sí, Meche. Aún estaba con nosotros.</p>
<p style="text-align:justify;">La obra anduvo fenomenal y la ovación no se hizo esperar. Dos veces salió la humilde comparsa a recibir el aplauso sincero de esta gente que jamás había presenciado una pieza teatral. Dos veces. El olor a naftalina de los trajes se mimetizaba perfecto con las burdas colonias de las mujeres, con el aroma a cuero viejo de los asientos, con el lejano olor a eucaliptus que venía de la rivera del río. El olor a eucaliptus aún me trae el recuerdo de esa noche.</p>
<p style="text-align:justify;">Los disparos se escucharon como uno solo. Por segundos infinitos no hubo más ruido en el ambiente. Sólo un olor a eucaliptus y luego, Dios, luego, ese terrible alarido. El hombrón tan recio, de cabellos color cobre lloraba como un niño, apretujando el cuerpo de la mujer que, sonriente, le tomó la mano durante toda la función. Los recordaba claramente, porque irradiaban felicidad. Ella estaba tirada en la calle, muerta. Nadie se explicaba por qué.</p>
<p style="text-align:justify;">Guardamos nuestros bártulos y comimos algo en silencio, mientras las calles se fueron vaciando y se llenaron de silencio. Lamentamos los acontecimientos y lentamente, nos fuimos retirando. Regresé detrás del escenario a buscar mis notas y a empacar el vestuario. La noche estaba muy fría. Aún tenía en mis oídos los gritos y el llanto del pobre hombre. Miré por la rendija de la puerta del único camerino del teatro y pude ver a la Madame fumando un cigarrillo, discutiendo con aquel hombre de abrigo negro, que apoyaba contra su pierna una carabina.</p>
<p style="text-align:justify;">Al día siguiente, abandonamos el pueblo. Antes, salí a dar la última vuelta. La mujer que vendía verduras al lado de la glorieta comentaba que habían encontrado el cuerpo sin vida de un joven extranjero, con una escopeta a su lado, en la rivera del río. Era el chico que trajimos en la caravana. El que se bajó antes de llegar al puente. Estaba segura. Me topé con Madame Edith en la esquina. Venía del hospital de las monjitas. Me miró con odio y acercó su dedo huesudo a la boca, en esa señal de silencio tan macabra, que a todos nos daba miedo.</p>
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		<title>Somos Compañía</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Nov 2010 14:42:23 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El viudo Martínez no siempre fue así. Eso ya lo mencioné. Lo que sí, fue siempre parte de un circo. Circo pobre, comentaba con vergüenza. Heredó la pequeña compañía de entre los retazos de su circo original y de partes del espectáculo donde actuaba su esposa, una contorsionista. A don Martínez se le coloreaban las mejillas cuando pensaba en ella. Quién sabe qué marranadas le [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4796&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">El viudo Martínez no siempre fue así. Eso ya lo mencioné. Lo que sí, fue siempre parte de un circo. Circo pobre, comentaba con vergüenza. Heredó la pequeña compañía de entre los retazos de su circo original y de partes del espectáculo donde actuaba su esposa, una contorsionista. A don Martínez se le coloreaban las mejillas cuando pensaba en ella. Quién sabe qué marranadas le hacía hacer a la pobre, pero eso es algo que se me ocurre a mí y que no debe ser motivo de juicio para el pobre don, que me hizo el favor de levantarme del camino donde me dejaron botada, me limpió los mocos con sus propias corbatas, me vistió, me alimentó y me dijo que ya no iba a estar más sola en este mundo. Que mi condición no iba a cambiar, pero sí podríamos sacarle buen partido. Siempre sonreía cuando miraba mis piececitos. Decía que parecían empanaditas. Es un buen hombre, lástima que el dinero siempre fue escaso, porque si hubiera sido al contrario, otro gallo nos cantaría.</p>
<p style="text-align:justify;">El viudo tenía costumbres de señor. Leía los periódicos con detención y observaba un lenguaje decoroso y educado. Afectado a veces, por los rigores de la profesión, pero se sabía distinto. Distinguido. Buscaba más de la vida y por eso no dudó un segundo en contratar a la Madame Edith en cuanto la vió, desesperada, afuera del teatrito de aquel pueblo en la costa, sentada sobre sus arcones de marinero, con su aire de reina madre. La Madame no tenía ningún acto que aportar a la comparsa, pero entonces despedía una elegancia que el viudo no había visto jamás en el mundo circense y que, por alguna razón, se ajustaba perfecto a sus sueños de grandeza.</p>
<p style="text-align:justify;">A ella le molestó desde un principio la promiscuidad de la carpa, sin camerinos ni cortinas. Exigía un sitio privado y mientras hablaba de sus viajes de lujo por el mundo y sus actuaciones en los escenarios más elegantes, reclamaba por todo. Su tez estaba ya ajada. De eso me acuerdo claramente, como me acuerdo de su expresión cuando me vio la primera vez. No le caí bien, pero a ella nadie la toleraba tampoco. Sólo don Martínez  la miraba arrobado cuando hablaba de la magia del teatro. De cómo la voz y presencia del actor eran suficientes para hipnotizar a la gente. Sin perros  bailarines desnutridos ni el perico que echaba palabrotas en esperanto, porque eso era lo que decía el ave, según la Madame, lenguaje de marinero y nada más.  Me pregunto cómo ella sabía de esas cosas, si era tan distinguida y elegante.</p>
<p style="text-align:justify;">Un día, cuando la Madame le dijo a don Martínez, por el acto nuevo que estábamos presentando, &#8220;le plus singulier que j&#8217;ai vu dans ma vie&#8221;, el pobre se quedó con la cara más larga que las piernas recién afeitadas de Tomasito y se decidió. Al día siguiente, nos llamó a todos y dramático, nos informó sus planes. No más circo. No más aserrín. No más carpa. No más nada de lo que habíamos estado haciendo hasta el momento, en una tradición que se había mantenido por medio siglo. No más. Ahora, íbamos a ser una compañía de teatro. Fue tan categórico que Quico y Queco, los siameses unidos por la pelvis, tomaron sus cosas y se fueron al instante. Tomasito se quedó. Siempre había querido ser actriz. Su trabajo de payaso le daba apenas para comer y decía que le sentaba mejor el drama que las risas, porque su vida era así. Aseguraba que siempre se había sentido mujer y que lloraba de rabia en las noches tratando de eliminar los pelos de su cuerpo e intentando hacer crecer su par de tetillas invisibles, con toda clase de trucos descabellados. Estaba sencillamente encantado.</p>
<p style="text-align:justify;">Convertimos todo lo que pudimos en bártulos de teatro. Don Martínez consiguió un telón de terciopelo apolillado y escogimos los transportes que estaban en mejores condiciones. Los animales se siguieron quedando con nosotros, porque el viudo aseguró que podrían ser un día de utilidad. La Meche bromeó que los podríamos echar a la olla si nos iba mal, porque no tenía ni una pizca de fe en esta nueva empresa. La Madame le clavó los ojos azul índigo con tanta rabia, que la hizo callar.  Tiempo después, la perdimos.</p>
<p style="text-align:justify;">La Madame se encargó de enseñarnos los rudimentos de la actividad y pronto don Martínez mostró su veta más filantrópica y la primera controversia con ella.  No desechábamos ninguna plaza ni poblado. Insistía que todo lugar era digno de ser explotado y que estábamos para distribuir el arte donde fuera, no coartarlo con fríos e impersonales análisis financieros. Eramos ante todo artistas, no banqueros. Fue por esa razón que recorrimos todo el sur, entre bosques, lagos y ríos, entre caseríos y pueblos que apenas descubrían la luz eléctrica. Nos recibían como reyes, a tablero vuelto. Incluso a mí me aplaudían de pié en mis escasas incursiones, siempre en papeles de infante, pero la Madame odiaba trabajar conmigo y por eso el viudo me pidió que fuera la ayudante del apuntador. Por eso pude ver todo lo que sucedió los días previos a la noche del asesinato que luego, nos hizo llegar a este lugar, pero me estoy adelantando mucho y no quiero que eso pase.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/circo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4816" title="circo" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/circo.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/chrieseli.wordpress.com/4796/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/chrieseli.wordpress.com/4796/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4796&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Pantomimas en el Desierto</title>
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		<pubDate>Wed, 10 Nov 2010 14:41:22 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Aún recordaba al hombrecito delgado que se unió a la caravana y que no fue bien recibido por la comparsa, tal como yo, tanto tiempo atrás. Había pedido un aventón y la tradición del actor transhumante rezaba que el camino y el viaje se compartían por esencia y por costumbre. Sus ojos azules esquivos y sus manos destrozadas llamaron mi atención, tanto como su [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4736&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Aún recordaba al hombrecito delgado que se unió a la caravana y que no fue bien recibido por la comparsa, tal como yo, tanto tiempo atrás. Había pedido un aventón y la tradición del actor transhumante rezaba que el camino y el viaje se compartían por esencia y por costumbre. Sus ojos azules esquivos y sus manos destrozadas llamaron mi atención, tanto como su acento extranjero y el odio profundo que profería al hablar de su padre. Habló todo el camino de lo mismo, como un disco rayado, perturbándonos. Se apeó antes de la entrada al pueblo, agradeció con la única sonrisa que le vimos y desapareció entre la vegetación de la rivera. Los sucesos de esa noche cambiaron para siempre a la Compañía de Teatro Espectacular. Dimos un giro sin vuelta atrás la velada que actuamos en aquel pueblo. Decidimos, luego, arrancarnos buscando otro rumbo lejos de allí. Aún escuchábamos los tiros, el clamor de la muchedumbre, el llanto del hombre que nos enteramos después, no se vió nunca más. Todo cambió esa noche, en un revoltijo confuso y ahora, en esta pampa marchita, parecía que los acontecimientos finalmente se iban a ordenar.</p>
<p style="text-align:justify;">Madame Edith escupía sangre por tercera vez. Actriz principal, su cara tenía la misma textura del caliche. Se había mimetizado con la pampa o la pampa se había personificado en ella. Decía que venía de Chambord y aunque nadie tenía la menor idea ni siquiera cómo se escribía esa macana, ella chapuceaba entremedio de su español peruano algunas palabritas en francés. El viudo Martínez, que dirigía la compañía, la aguantaba por piedad y por la taquilla. Jovita, la costurera y maquilladora, decía que en las noches de invierno don Martínez se acercaba como un perrito guacho al camerino de la actriz, para verla despojarse de sus medias de puntos corridos y sus calzones de tafetán amarillento. Suspiraba con pena y con vergüenza, contemplando  la erección senil que lograba con el patético espectáculo. El viudo estaba muy preocupado por ella. Madame Edith se caía a pedazos, se le cascaba la voz, se le desarmaba el vestuario, se le olvidaban los parlamentos. Tenía ese garbo de las actrices antiguas y su actuación, otrora impecable, por alguna razón,  aún seducía a esta audiencia de hombres brutos, quemados con este sol que escaldaba los ojos y los pensamientos. Escupían en el suelo, tosían como condenados, decían palabrotas, pero cuando la Madame alzaba su voz en los largos monólogos de las tragedias que le gustaba personificar, todo quedaba suspendido en el aire caliente del teatro, que se  callaba completamente para escucharla. Era la mejor parte del negocio y se estaba perdiendo.</p>
<p style="text-align:justify;">Yo estaba cansada de estar en bambalinas. Cansada de la tarea inútil de ubicar a los actores en situación. Cansada de  repetir &#8220;no confunda eso que es de Orestes y esta noche hacemos Macbeth. Por amor de Dios, si los mineros no son tan ignorantes y después de la quinta función, se saben los parlamentos de memoria&#8230;&#8221; Limpiaba la caca de los perros, planchaba los disfraces de los actores y miraba por la ventana chiquita de atrás, cómo el viento formaba remolinos de tierra, olvido y muerte. Estaba cansada de ser la ayudante del apuntador. Estaba cansada del olor a naftalina, de la mierda de los animales y los hombres, de las exigencias de Madame Edith y su escupidera colorinche donde iba botando lo que le quedaba de sus pulmones. Jovita se burlaba de mis alegatos y mis sueños y me explicaba que lo único que había para soñar en ese lugar olvidado éramos nosotros. En esta tierra ruda, asolada, achicharrada de día, aterida de noche, mancillada por el oficio de las minas, estábamos para entretener. Para vender un sueño imposible, mientras el aire se enrarecía de sudores y pis. Si te quedas con un pampino bruto, me decía, mira como vas a terminar. Mira a sus mujeres solamente. Escucha los llantos de sus chiquillos. Ella era la única en la Compañía que no había mentido en su origen. Venía del puerto. Creció comiendo pescado y machas crudas, cosiendo redes y aprendiendo canciones repletas de palabrotas con sus medioshermanos. Nunca fue a la escuela. Cuando se refería a sí misma lo hacía usando la palabra &#8220;bruta&#8221;. Tenía un gran corazón. Juntas tomábamos limonada con hielo que sabía a monedas de cobre y masticábamos la arena que se metía en la boca, los intersticios de la piel, entremedio del cabello y hasta en el corazón.</p>
<p style="text-align:justify;">Me recogió el viudo. Creo que no lo he mencionado todavía. Yo tenía diez años y el viudo acababa de perder a su mujer. Madame Edith era tan vieja como hoy y el resto de la comparsa de entonces, se fue perdiendo de pueblo en pueblo, como cuando se pelan los árboles en otoño. Estaba Tomasito, con su voz de pito y sus canillas peludas, de familia de payasos, aspirante a primera actriz. El Gran Sergio Rodríguez, mago originalmente, según él heredero de un linaje de actores que se remontaba a la llegada de Colón, pero incapaz de decir una línea estando sobrio. Jovita aún no llegaba y la Meche Escobar, contorsionista de profesión, actriz sin mucho talento, se perdió una tarde de invierno entre el barro y la lluvia del estero de Santa Juana. No quiero hablar de ella. Esos son los que más recuerdo y será porque no están con nosotros ahora, excepto la Madame, con sus arcones de marinero y sus exigencias de prima donna. Recorrimos cada pueblo, cada estancia, cada caserío. Éramos un circo en miniatura, con los perros equilibristas, el perico que contaba en esperanto y la gata bailarina, hasta que don Martínez decidió convertirnos en una compañía respetable. Ahora te digo por qué.</p>
<p style="text-align:justify;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/teatro-salitre-1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4784" title="teatro salitre" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/teatro-salitre-1.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<h5 style="text-align:justify;">N de la R: Esta entrada es parte de mi proyecto de término del Taller de Literatura. Viene otra parte más, en la siguiente entrada. Voy a probar el género de la novela por capítulos, a ver qué sale. Les agradezco su atención.</h5>
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		<title>Soy Cantinera</title>
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		<pubDate>Tue, 02 Nov 2010 19:13:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No voy a decir tu nombre, porque en el fragor de la batalla ese detalle siempre dio lo mismo. Voy a contar tu historia y tus pesares, mi viudita, para que el recuerdo no se lo lleve el viento de la pampa, ese que levantaba las arenas, se metía en los ojos y no dejaba ver el pabellón patrio. Ese [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4734&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/desierto.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4752" title="desierto" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/11/desierto.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">No voy a decir tu nombre, porque en el fragor de la batalla ese detalle siempre dio lo mismo. Voy a contar tu historia y tus pesares, mi viudita, para que el recuerdo no se lo lleve el viento de la pampa, ese que levantaba las arenas, se metía en los ojos y no dejaba ver el pabellón patrio. Ese viento no se llevará lejos tu recuerdo, mi viudita. No se lo llevará.</p>
<p style="text-align:justify;">Te metiste en el regimiento, escondiendo tu condición. El cabello cortado al rape, los senos apretados entre vendas, que usarías luego para curar. Poca plática, mucha resistencia. Empuñando la balloneta, partiste con el 3ero y cambiaste los verdores del campo, los olores del puerto por la pampa seca, el viento y las privaciones de esta guerra. Hubieron algunas más que decidieron seguir el mismo camino. Todas se desempeñaron en la trastienda, lavanderas, enfermeras, cocineras y soldados. Los generales decidieron darles un nombre de respeto y reconocer su condición. Ahí te cambiaste la guerrera, pero seguiste cargando el mismo fusil.</p>
<p style="text-align:justify;">Marchabas con el 3ero, avanzando, avanzando. Pisagua, Dolores, Arica. Sufriendo lo insufrible, nombrando lo innombrable.  Prisionera. Forzada. Degradada. Liberada. No fue bastante mi viudita y seguiste. Chorrillos, Miraflores, Lima. Entraste victoriosa. Cocinaste empanadas en las alturas de la sierra. Curaste piernas y brazos mutilados en el desorden y la mugre de los hospitales de campaña. No habían galones de premio para esos soldados. Sólo tu presencia, mi viudita, con tacitas de agua para aplacar la sequedad de los labios y la fiebre quebrantadora de las grandes infecciones. No habían galones de premio para esos soldados, sólo tus canciones, sólo tus manos encallecidas acariciando sus frentes. Sólo tus palabras mansas prometiendo una oración, cuando ya se han ido. Sólo tú, mi viudita.</p>
<p style="text-align:justify;">Se terminó el zafarrancho como siempre se terminan todas las guerras. Bajaste con el 3ero de vuelta a la patria querida y luego de los desfiles de rigor, vino el olvido del pueblo, que te olvidó a ti también. Una pensión de pocos pesos apenas honraba todos tus afanes. Las cicatrices que quedaron en tu carne, te empezaron a pasar la cuenta. Me enterraste a mí, sin ceremonia y sin dolor. Como yo hubiera querido. Me velaste apenas una noche y estuvo bien. Me sepultaste con la insignia del 3ero y estuvo bien. Te quedaste aquí mi viudita, hilando en la rueca, lavando ajeno, tratando de vivir. </p>
<p style="text-align:justify;">El pabellón se alzaba alto por los grandes edificios. Ya nadie recordaba la guerra, los caídos, los mutilados, los enfermos. Ya nadie recordaba a las que, como tú, habían dado luz de esperanza a las tropas, una jarra con agua, una venda limpia, una caricia piadosa entre la pólvora y la tierra roja del desierto. El pabellón estaba muy alto ahora, mi viudita. Tan alto que ya no podías enarbolarlo orgullosa, como en las afueras de Dolores.  Ya no.</p>
<p style="text-align:justify;">Es crudo este invierno. Silba el viento, como cuando subimos el morro. Pero entonces había sol o era como si lo hubiese. Se escuchaban los gritos, se veían los ojos aguardentosos y negros, llenos con la pólvora de los fusiles. Tú ibas detrás mi viudita, con la balloneta en alto, la cantimplora llena, la guerrera bien abotonada, digna, valiente. Siempre valiente.</p>
<p style="text-align:justify;">Escucho el ruido seco que viene de tu pecho. No eres la primera que termina de esta forma. Tal vez tanta arena de ese desierto maldito lijó los pulmones de todos y con los años, ya no te queda nada. Nada pude darte, sólo trabajos y recuerdos. Aquí te espero mi viudita, susurro ahora en tu oído bueno. La señorita de hospital te abre la camisa y escucha. ¿Qué hace usted señora? pregunta sin prisa. Aprietas entre tus manos los galones que prendió en tu uniforme el general Baquedano, una mañana de mayo, tanto tiempo atrás. Escuchas el silbido del viento, te estremeces con el frío que se cuela por la puerta abierta del hospital, esa por donde entran los pobres. La miras fijo, levantas el pecho y le dices con el orgullo del deber cumplido: soy cantinera y a mucha honra.</p>
<h5 style="text-align:justify;">N de la R: La historia apenas recuerda a las mujeres que formaron parte del ejército chileno en la Guerra del Pacífico. Muchas de ellas vivieron y terminaron sus días en la indigencia y el completo olvido de la nueva nación, que se formó después de este conflicto. Mi homenaje muy sentido a valientes como: Candelaria Pérez, Filomena Valenzuela, Irene Morales, Carmen Vilches, María Quiteria Ramirez, Leonor Solar, Rosa Ramírez y Susana Montenegro. No las olvidemos nunca.</h5>
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		<title>El Chofer</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Oct 2010 12:15:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ya te hablé de Baptiste, un negro antillano, flacuchento y erguido como una estaca, con tatuajes de marinero que colgaban de sus brazos y que cuidaba de no exponer a la clientela de mi abuelo ni a nadie en todo el pueblo. Su coraza era el seño siempre adusto, su mutismo y el misterio de su pasado. Todo en él causaba desconfianza y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4686&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">Ya te hablé de Baptiste, un negro antillano, flacuchento y erguido como una estaca, con tatuajes de marinero que colgaban de sus brazos y que cuidaba de no exponer a la clientela de mi abuelo ni a nadie en todo el pueblo. Su coraza era el seño siempre adusto, su mutismo y el misterio de su pasado. Todo en él causaba desconfianza y sólo después de lo que te voy a contar, me di cuenta que lo que se juzga es siempre la apariencia.</p>
<p style="text-align:justify;">Mi abuelo no sabía nada de la infancia de Baptiste entre los cañaverales. De sus viajes en tren de ganado de una hacienda a otra, de los días sin noches y las noches sin días. Del candomblé y de la macumba. De las veces en que fue dado por muerto, sepultado, exhumado, vuelto a la vida, muerto de nuevo y sepultado otra vez. De las pestes, los mosquitos, los bananos fritos, el mar Caribe. Todo lo supo una noche de tormenta, como aquellas que caen en el desierto, con rayos y truenos que amenazan con reventar el cielo. El Lincoln quedó atascado en el barrial en que se convirtieron las calles y por más que el antillano intentó, no consiguió moverlo un milímetro. Mi abuelo le dijo que permaneciera en el interior y mientras el monzón caía, Baptiste empezó a tararear una canción. Nunca decía nada más que &#8220;sí, señor&#8221;, o &#8220;a su orden señor&#8221; pero ahora cantaba con una cadencia y una voz que embrujaron al abuelo y le llevaron de cabeza a las cálidas aguas del Caribe. Allí le vió tatuarse por primera vez un calamar y otro y otro. Luego,  formas salidas de caleidoscopios. Para la buena suerte, escuchó que le susurraba Baptiste. Todo eso estaba en la canción que entonaba, mientras seguía la tormenta. El abuelo le preguntó cómo es que había sido enterrado vivo y el antillano calló.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasó la tormenta, de la misma forma como había empezado y se resumió el agua en la tierra sedienta. Baptiste pudo mover el vehículo y siguieron la ronda médica. Mi abuelo no hizo más preguntas. Baptiste no siguió la canción, pero el hielo se había roto y la parsimonia se había transformado en una extraña complicidad.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo ví luego, lavando el automóvil, con las mangas arriba y los tatuajes al sol. Hablaba con el abuelo, que estaba en la poltrona, abanicándose el calor. Yo estaba en el sótano, rodeado de frascos llenos de formol. Me gustaba el lugar porque podía espiarles a mis anchas. Quería escuchar hablar a Baptiste. Quería escuchar esas historias que a veces contaba en la cocina,  con su lengua de papiamento y sus gestos de médico brujo.  Las empleadas sucumbían a sus encantos y muchas veces las escuché gemir como gatas, entre el crujir de los catres de la pieza de la servidumbre. Su voz provenía del fondo del mar, decía él. Se había salvado de naufragios e inundaciones, de langostas y de hormigas carnívoras. De olvidos. De la misma muerte.  Estaba aquí para cumplir una misión, susurraba. Se me ponía la carne de gallina.</p>
<p style="text-align:justify;">Siempre lo espiaba desde mi refugio en el sótano y nunca me di cuenta del contenido de los frascos a mi alrededor, hasta que esa mañana, el sol entró de lleno y pude ver el espectáculo macabro que se encondía. Partes olvidadas de seres humanos flotaban en el líquido lechoso y amarillento. Pulmones de aspecto macilento. Corazones diseccionados en partes iguales.  Tejidos sueltos, sin procedencia ni destino. Bebés encerrados, durmiendo un sueño líquido. Afuera, Baptiste rió con fuerza. Salí despavorido.</p>
<p style="text-align:justify;">En mi huida, me topé con el abuelo y no pude sino escapar de él. Algo me decía que estaba al corriente de lo que se escondía en el sótano. Por eso la complicidad de ambos. Corrí hasta que mis pulmones no pudieron insuflar más aire y me caí al lado del camino, entre el césped y las lilas. Estuve allí hasta que el sol empezó a bajar y el frío de la tarde me hizo tiritar. Me dolía el estómago y las piernas. Extrañaba a mamá.</p>
<p style="text-align:justify;">Ví las luces del Lincoln y creí morir. Estaba atrapado. No podía moverme.  Baptiste estacionó el auto contra la acera y descendió. Me levantó como a una hoja y me depositó en el asiento trasero. El olor del cuero me hizo reaccionar y le miré fijamente, ya sin pavor. Usted es un asesino, espeté. Usted y mi abuelo son asesinos. Él me miró con suma calma y empezó a cantar. Su tonada hablaba de lamentos de enfermos, de dolor y de vida.</p>
<p style="text-align:justify;">Jovencito, dijo, nada de lo que usted cree es como lo piensa. Su abuelo es un hombre honorable y recibe de las familias de aquellos que han sufrido la muerte,  los órganos que causaron el dolor. El doctor Benjamín los estudia. Yo le asisto y es un verdadero honor. También fui médico en mi tierra, ¿sabe usted?, curaba con plantas y salmos, con humo y ron. Hemos aprendido cosas juntos. No me juzgue tan malo, que no hay nada de macabro ni secreto. No me juzgue tan malo, sólo porque soy un chofer negro que hablo papiamento.</p>
<p style="text-align:justify;">La expresión de mi cara tiene que haber sido muy graciosa, porque se echó a reír en el acto. Yo también reí, más tranquilo. Fuimos juntos de vuelta a casa y al día siguiente, mientras el abuelo dormía la siesta, Baptiste me enseñó a conducir.</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/10/lincoln-continental-4-door-19471.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4720" title="lincoln-continental-4-door-1947" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/10/lincoln-continental-4-door-19471.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
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		<title>Tuco</title>
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		<pubDate>Wed, 20 Oct 2010 14:58:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>chrieseli</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A las siete, ya andaba en pie. Rolando roncaba desde las tres de la mañana y no me había dejado dormir, pero estaba acostumbrada. Siempre era lo mismo. Cuando Tuco peleaba, él se acostaba tarde, se quedaba dormido en un santiamén y resoplaba como una locomotora. Estaba por abrir la librería. El olor del papel, del piso encerado, de los caramelos y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=chrieseli.wordpress.com&amp;blog=4606327&amp;post=4648&amp;subd=chrieseli&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><a href="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/10/gallo-de-pelea.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-4655" title="gallo de pelea" src="http://chrieseli.files.wordpress.com/2010/10/gallo-de-pelea.jpg?w=500" alt=""   /></a></p>
<p style="text-align:justify;">A las siete, ya andaba en pie. Rolando roncaba desde las tres de la mañana y no me había dejado dormir, pero estaba acostumbrada. Siempre era lo mismo. Cuando Tuco peleaba, él se acostaba tarde, se quedaba dormido en un santiamén y resoplaba como una locomotora.</p>
<p style="text-align:justify;">Estaba por abrir la librería. El olor del papel, del piso encerado, de los caramelos y las galletas que compraban las niñitas del colegio, eran los aromas de mi evasión. Rolando entraba de vez en cuando a contar la recaudación y se quedaba mirando el periódico, comentando las noticias con su voz cascada e interrumpiendo a la clientela con esa tos nauseabunda que le brotaba del pecho.</p>
<p style="text-align:justify;">Tuco estaba en el patio. Se paseaba a todo lo ancho y cantaba de vez en cuando. Se sabía el preferido y aunque sus plumas mostraban los estragos de la noche anterior, sus pasos cortos y altivos tenían la arrogancia y la finura de los gallos de pelea. Tal vez por eso Rolando lo adoraba. Tenía todo lo que a él le faltaba.</p>
<p style="text-align:justify;">Ambos eran los últimos. Tuco, exponente de un linaje que se remontaba a las cruzas entre mapuchones y el <em>&#8220;combatiente español&#8221;</em>, como le llamaron a las aves llegadas bajo el brazo de aquellos más humildes, que vinieron a probar suerte a esta latitud y se quedaron. De ahi salió. Castellano y colorado, animal de buenas patas, rápido y de resistencia excepcional, comía más que su propio peso de carne magra y apretada, que costaba días ablandar en la olla, para obtener un caldo extrañamente sabroso. Tal era la disposición final de los capones, una vez que había llegado el final de sus días. </p>
<p style="text-align:justify;">Rolando era la mezcla de generaciones de  prácticas endogámicas, como muchos otros en el pueblo, que de ese modo cuidaban el nombre, la familia y la fortuna. Hipnotizado por el cacareo y las plumas, por las apuestas que subían hasta el cielo, la clandestinidad, el calor y el color de las galleras; por la doctrina santa de proteger a la progenie, reproducida con esmero y a costa de cantidades exorbitantes de dinero, que no provenían de las apuestas y que, para cuando Tuco estaba en la palestra, ni siquiera venían de su bolsillo. Él seguía en este empeño, seguía en esta guerra, que se había convertido en obsesión. Seguía alentando a la pequeña criatura a representar su rabia, su desazón y su orgullo en el ruedo polvoriento que estaba detrás de la casa.</p>
<p style="text-align:justify;">No causaba más que trabajos. En la librería de poco me servía. Espantaba a la clientela con sus comentarios, con la rudeza de sus modales, especialmente cuando llegaban los Flandes y los Ampuero a buscar sus ganancias de la pelea anterior. Rolando vaciaba los cajones con furia y esa tos que le acompañó hasta el último día de su vida, se hacía insoportable y no le dejaba articular palabra. No hacía caso a las súplicas de mis ojos. Todo se lo llevaba la gallera. Tuco y sus parientes estaban consumiendo mi casa por completo y aunque traté de entusiasmarme en la crianza, calentando pollitos de dos semanas en los bolsillos de mi delantal, sacaba la cuenta y simplemente no nos daba para vivir.</p>
<p style="text-align:justify;">Cien veces había visto la escena. El llanto del gallero. La desazón del que perdía. El entusiasmo sin precedentes de aquellos que ganaban. La que nunca vi fue la de un gallo, por más herido que estuviera, que no siguiera peleando hasta el final, porque ese era su propósito. Para eso había nacido y era así como debía morir. Ese honor le confería a los ojos de Rolando una mística especial, una reverencia ciega y una cierta envidia. Él era incapaz de asumir ese sacrificio y solapadamente vivía de mi esfuerzo, desde antes que se perdiera lo que había quedado de la herencia de su padre, dilapidada en apuestas, gallos, ruedos y otras vainas que no quiero recordar.</p>
<p style="text-align:justify;">Tuco camina con parsimonia por el patio. Ha picoteado los rosales y las hortensias. Ha rascado con sus uñas afiladas cada árbol frutal que he podido salvar y se encamina a su gallinero. Descansará ese día y los siguientes, mientras Rolando planea otra velada. Esta vez si que nos va bien, me alienta decidido y bufa al hombre que viene a cobrar los caramelos. Después del almuerzo, me envalentono y decido poner punto final a la locura. Cojo el hacha y me dirijo a la gallera. Miro a los ojos a Tuco y en voz alta, le pido perdón.</p>
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