Si no hay amor, que no haya nada entonces, vida mía, no vas a regatear

No voy a ceder, no voy a ceder, dice ella, más como un lamento que como una promesa a sí misma. No, no voy a ceder. ¿Quién se cree?? Filósofo de tercera, plagiador de frases vacías,  ¿quién se cree? ¿Cómo se atreve?

Pero en este punto, reflexiona. No hay promesas, no hay nada… No quiero verte, dice ella, no pienso. No te debo nada, no somos nada, afirma convencida menos que al principio, pero más reconfortada. No te debo nada.

Se ven de pronto a la vuelta de la esquina

-¿Cómo estás? Pregunta él.

-Bien, voy apurada, dice ella, escapando de su abrazo.

¿Quién se cree? Pregunta él. ¿Por qué se escapa? No voy a salir corriendo, no voy a perseguir a nadie, no señor. ¿Quién se cree? Todo bien hasta que abres la boca a plena luz del día.

Esa noche, muy tarde, él se acerca a su ventana, ruidoso, desatado, infantil.

– ¿Qué quieres? Pregunta ella somnolienta

– Quiero hablarte, dice él

-Ya estamos hablando ¿algo más?

-Sí, dice él muy convencido

-Dejémoslo para otro día, estoy acostada.

-Voy a despertar a todo el vecindario si no vienes; dice él.

– No, no, espera. Voy ahora. Dame un segundo que me visto.

– Baja así no más….

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