El Navegante

Se jacta de haber visitado más de noventa países y de haber estado literalmente en los siete mares. El sol, el viento y el horizonte son sus guías, sus compañeros, su afán.

Lleva años en esta vida que no buscó y que llegó por accidente a su puerta la vez que le invitaron a echarse a la mar.

Se sumergió en aguas traicioneras pero claras, buscando tesoros escondidos por siglos en los mares de su patria.

Estuvo en el peor mar de Europa rescatando los rastros de la industria que bombea los destinos del mundo entero, contemplando aquellas arterias gigantescas que alimentaban el corazón de la nación y exactamente en el mismo punto donde los vikingos mucho tiempo antes, desembarcaron para aterrorizar a ese pueblo por 100 años.

Navegó las aguas idílicas donde el Capitán Cook fue asesinado arteramente y encontró algo de paz y un puerto seguro bajo sus puestas de sol.

Se encontró con rufianes y piratas, con hermosas doncellas que nadaban desnudas ofreciéndole sus pulmones llenos de aire para seguir en las profundidades.

Se dirigió luego a las playas perdidas de los mayas, donde el oro brotaba desde la panza del mismo mar, y también encontró lacras, bellezas y amistad.

El Navegante gusta de la buena mesa y del viento franco entrando por su ventana. Respira a bocanadas, sin pausa ni tregua, porque está hecho de este mismo aire.

Viaja como escapando, escapa como viajando y en el transcurso de este ejercicio alucinante y divertido, ha caído en cuenta algunas veces que no ha sido tan agradable la vida como él pudo imaginar. Quedan cicatrices de las rutas recorridas, que el Navegante se niega a hurgar o siquiera recordar. Sabe que están ahí porque duelen de vez en cuando, a veces ni se sienten, pero a veces le parten su alma simple y decidida.

Ha enfrentado temporales, travesías sin sentido, sin destino ni fin y siempre con su sonrisa enhiesta como la mejor espada para defenderse del infortunio y la maldad. Pero para el dolor de su corazón no hay sonrisa ni espada que valgan y los recuerdos oscuros de una vida en tierra y una familia perdida le ensombrecen su alma.

Estar cerca del Navegante es oler el mar, es sentir la brisa y disfrutar el sol del verano sin término que ha sido su vida. Es escuchar infinitamente historias de viajes y aventuras, términos marineros y miles de acentos diferentes en su sola voz. Es también ver el miedo a no poder seguir al viento, cuando se siente atrapado, la incontenible furia de la tormenta cuando pierde la paciencia y el suave vaivén del mar cuando ama.

Nadie se cansa de él, pero él inevitablemente se cansará de todos, porque su espíritu está hecho de las mismas tempestades que quiere evitar, de las mismas ventiscas que han hecho avanzar su nave y del viento mismo que lo guía sin compás ni cartas a un destino que no ha elegido, porque invariablemente, todo en la vida del Navegante ha sido por azar.

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