Espirales

Una espiral es una curva que se inicia en un punto central  y se va alejando progresivamente respecto del centro, a la vez que gira alrededor de él. Normalmente se define como una función que depende de dos valores: el ángulo del punto respecto al eje de referencia y la distancia desde este punto al punto central en base al ángulo.

Helena espera que sus alumnos tomen nota de esta definición y sin plena conciencia de este acto, va analizando lentamente la premisa. Hace años que frecuenta a Martín, incluso antes de haber siquiera pensado en estudiar. Son transparentes el uno al otro, no hay mentiras ni dobleces, no hay caretas ni poses. No las necesitan, se conocen desde siempre.

Ese es su punto central, la experiencia de todos estos años. Han pasado grandes cosas juntos, han hecho sus vidas por su lado, alejándose de este centro que se volvió difuso alguna vez, cuando cayeron en cuenta que no era tan perfecto lo que ellos tenían, esperando mucho y no disfrutando nada. Sin embargo siempre han girado sobre ellos mismos, de algún modo se las han arreglado para mantener el contacto, actualizar la agenda, conocer el detalle de la vida, la comidilla incluso. Eso los mantiene conectados.

Helena rápidamente elimina estas conclusiones de su mente y se apresta a terminar la clase. No espera nada realmente de Martín. Entiende su realidad, acepta su posición y por qué no decirlo, goza hasta un punto de este poder conferido por el tiempo, de verle solamente y saber qué, cómo y por qué piensa.

Alguna vez quizo cerrar esta ventana, porque era dolorosa y no le llevaba a ninguna parte, pero este sentir es más fuerte que ella . Es más decidor que cualquier cosa. Se ven ocasionalmente y se aman cuando tienen oportunidad, con el cariño envestido por el tiempo compartido, la experiencia mutua y el calor de la pasión, que los subyuga porque es.

Martín, en el intertanto de la vida, contrajo matrimonio, agregando un pero extra a esta relación. Hubo respeto por el compromiso y el nuevo estátus, pero no hubo mesura en la pasión que los embargaba cada vez que estaban cerca. Al cabo de un tiempo, se visitaban como siempre, como si este hecho fuera un detalle menor, sin importancia.

Helena sabe que Martín no dejará de ser quién es por ella. Es tan claro y tajante este hecho que no se atreve ni siquiera a discrepar mentalmente. Su posición y su trabajo demandan su entera presencia y el solo sueño de dejar este sitio es impensado y absurdo. Está en su esencia ser pragmático y organizado. Está en la formación de Helena entender teoremas y explicarlos.

Han habido minutos en lo que ella ha sucumbido al sentimiento y ha dicho cosas que jamás debió pronunciar. Han habido minutos en los que él quisiera olvidar todo y congelar el tiempo en este tiempo, en este segundo perfecto en que son uno y no hay nada más.

Se verán siempre, de esta misma manera, sabrán como acompañarse en la distancia y sin duda serán aquel punto del ángulo que se determina por el eje de este amor extraño y encantado, que sigue a pesar de todo pronóstico y lógica, sólo porque es.

La Doctora

 ….Y la alianza ganadora es….. la roja!!!!!!! Saltan todos en un solo impulso y se abrazan fascinados, extasiados, felices simplemente. Había sido una larga semana, pero todos la esperaban con ansias. Era la única semana del año donde el personal del Hospital Base se permitía un rato de distención, donde todo era tomado a la chacota y se deponían las hostilidades, el cansancio, los sinsabores y todo este melancólico sopor de estar rodeados matiné, vermout y noche por el dolor y el sufrimiento. La Doctora Paulina Andrea Fuchlocher Gantz se convertía en la reina indiscutida de la alianza.

La Doctora Fuchlocher estaba acostumbrada a ser reina, no porque se sintiera ufana o engreída, sencillamente siempre lo había sido. Hija única de sus padres, mejor alumna del Colegio de Monjas, mejor amiga, reina de la semana del colegio innumerables veces, abanderada por excelencia, alumna estrella, lumbrera, mejor estudiante de la promoción de la Universidad, Maestría en Anatomía con honores, Jefa de Residentes del Hospital Base. Todo en la vida de la Doctora brillaba con el éxito y la felicidad. Todo había sido magnánimo, exorbitante. Su vida se había ido por un tubo y la palabra felicidad era un cliché repetido a lo largo de su existir. Eligió medicina, por ser una carrera respetable, acorde con su nivel académico y social, con sus profundas convicciones y su educación católica, apostólica y romana, que le hacían desear frenar el sufrimiento humano y agradecer al Creador de esa manera por toda la dicha que rebalsaba su vida.

La Doctora Fuchlocher era bien conocida en el Hospital. Amable siempre, incluso en los peores turnos y bajo las peores condiciones. Grata con los pacientes, simpática, de sonrisa amplia, vestir sencillo, manos suaves y que no estaban siempre en los bolsillos. Mujer decidida y apacible, cariñosa y preocupada, el ángel de la bondad, Florence Nightingale representada en carne y hueso por esta pueblerina de vida acomodada, que no le importó cambiar su tierra simple por esta gran ciudad, donde el sufrimiento era dos veces más cruel, las llagas dos veces más grandes y las recompensas dos veces más hermosas.

El sueño recurrente de la Doctora sin embargo no era el horror de la sala de emergencia, sino los gritos de su padre cuando conoció al que era su marido, el conocido oftalmólogo, de presencia humilde pero cercana, el doctor Díaz. ¡¡¡Es un don nadie!!! – bufó el padre descontrolado- está contigo sólo por tu posición y por tu plata, que no te fijas que te ha mirado por tu auto y tu departamento. Es un muerto de hambre, explotador, sinvergüenza. A la primera de cambio te hace un hijo y viene a instalarse en esta casa. No te eduqué en las monjas para que te encatres con un pinganillas como este.

Váyanse – gritó el padre – ambos váyanse. No te crié para que termines casada con un pobretón. No entras más a mi casa. Te maldigo, por estúpida, por mujer y por crédula. No haber tenido un hijo, por la misma mierda, me hubiera ahorrado este dolor de mi corazón..

Se alejarán los amantes, ya casi titulados y se dirigirán a la humilde casa del futuro doctor Díaz, en el corazón de la Trapananda, sin teléfono, sin comodidades, pero con un profundo amor. Paulina Andrea conocerá la vida sencilla sin dobleces ni lujos, el gozo del calor de la estufa calentita en invierno y el agradecimiento sincero de la comunidad que desde hace veinte años señorita nos tiene abandonados el gobierno sin siquiera una aspirina en esta posta perdida que usted tiene tan bonita…

Se titulan y postulan a becas de especialización. Casados ya, apoyados secretamente por la madre de Paulina quien se niega a perder el nexo con el único sol de su existencia, la única razón de su vida fingida e injusta, cubriendo por años su cara con maquillaje y acallando las comidillas del pueblo que siempre hablaron de malos tratos e infidelidad en su espléndido matrimonio. Nada de aquello importa ya, cuando Paulina confiesa que está embarazada. No cabe en sí de gozo la madre y por medio de artes y triquiñuelas convencerá al padre renuente a apoyar a esa hija enamorada que ahora da a luz un varoncito, heredero sin duda de la estampa del abuelo.

La vida siempre será gélida en este punto y el ahora doctor Díaz se negará sistemáticamente a visitar a los suegros, aunque le debe una profunda gratitud a la madre de Paulina, pero rehúsa a doblarle la espalda al padre déspota, arrogante y cruel. Permite, sin embargo que sus hijos visiten a sus abuelos, no faltaba más, no había pasado cinco años en la universidad y dos de especialización, para convertirse en un bruto intransigente.

En alguna parte de la historia, Paulina pierde el hilo del amor infinito que profesaba a su marido y que ahora por momentos parece ahogarle. Sólo los niños le mantienen alerta y decidida, además de su querido Hospital. Hay días, sin embargo que su dolor es tan intenso, que se esfuerza doblemente por sanar el ajeno, echando mano sin medida al escuálido dispensario del recinto y colmando las manos de los pacientes, viejos, mujeres y niños, arrojados por la enfermedad a la consulta de la dulce Doctora. Es tanto su propio dolor, tan grande, tan artero y cruel. Ella no está preparada para este sufrir en carne propia el abandono, el desdén y el olvido del hombre maravilloso que se convirtió en el centro de su existir, más allá de toda prudencia y medida, al que se le entregó una noche lluviosa de invierno, en su departamento de soltera, contra todos sus principios, porque era sin lugar a dudas el amor de su vida. Ella nunca se preparó para fracasar, nadie nunca la advirtió siquiera sobre esta posibilidad. ¿Cómo? Si su destino era brillante y luminoso, amplio, recto, fácil, ideal. La vida misma le sonreía y ella sólo debía sonreír de vuelta.  Pero la realidad que vivía era tan palpable y bestial, tan terriblemente verdadera que nublaba sus recuerdos más hermosos y sólo le hacía volver una y otra vez a la escena esquizofrénica del padre gritando obscenidades, mientras los echaba de la casa como ladrones y canallas.

La sentencia del divorcio debe ser firmada por ambos, acota el doctor Diaz y Paulina contra todos sus reflejos, estampará su rúbrica temblorosa en este papel escrito que dice que lo que ella creyó que era para siempre ya no lo es más. Que todo lo que había creído en su vida, que había sido el pilar fundamental de su existir, ya no lo es más. Que aunque muchas veces intuyó la cruel verdad del matrimonio de sus padres, admiró la estoica resolución de su madre de permanecer juntos hasta que la muerte los separe. Eso es lo que ella había prometido, eso es lo que ella esperaba, pero ahora con su firma en este papel, en blanco y negro, sellaba otro final.

El dolor de su alma le persigue y redobla sus esfuerzos por ayudar a los pacientes, quienes le visitan incansables y agradecidos, le traen más parientes y amigos desde el otro lado de la ciudad para que la amable Doctora haga su magia maravillosa y de paso les regale las medicinas que están tan caras por amor de Dios. Le siguen, le esperan, le acosan, la aturden con preguntas y la Doctora se da paciencia de responder siempre lo mismo, como una gastada poesía, que ni siquiera la convence a ella, pero deja contentos a sus pacientes. Nadie habla tan bonito como la Doctora.

Esa mañana se despide de sus hijos con un beso largo y cariñoso. Se dirige al Hospital, por las mismas calles que lo ha hecho por los últimos cinco años. Verá furtivamente el box de atención del amable doctor Díaz y a la vuelta del pasillo, entrará al suyo. Cierra la puerta con llave y se detiene un minuto nada más. Recoge de su cajón la llave del autoclave y con frialdad extrae el escalpelo. Se tiende relajada en la camilla, y lento pero certero abre un corte en su arteria femoral. Sabe bien lo que hace y sabe bien que el dolor físico no será nada comparado al alivio de su corazón. Lento va perdiendo la conciencia. “Una hemorragia en la femoral es casi narcotizante”, recuerda a su maestro de Anatomía, dictando la clase. Recuerda a sus amigas, el calor del abrazo de su madre y su despertar en la cama soleada el día de su cumpleaños, con su primer traje de princesa. Mira a su alrededor y sus hijos le esperan para la fiesta, junto con sus amigas del alma. Sus padres se abrazan juntos. Ella es la reina de la celebración.

Atrapando el Aire

Existe este sentimiento pegajoso y molesto que brota de su corazón cuando ella menos lo espera. Ahora conoce como él piensa, a dónde va y  quien es. Ha logrado atrapar el aire que se escapaba de entre sus dedos en la cálida atmósfera del verano. Está todo tan claro ahora, casi demasiado.

No hay sorpresas ya, y ella resiente de ese grave error, que le parece imperdonable y básico. Dónde él ha estado es la tierra del dolor y la frustración, de los recuerdos contenidos y las explicaciones forzadas y pragmáticas que no son suficientes. Ella siente su espíritu y le llama en silencio. Tranquiliza su propio corazón escucharle hablar y sentir. Ella también viene de vuelta, pero se confiesa más entera, la experiencia la asume con otra mentalidad.  Son tan distintos, pero tan similares.

Él es energía, palabra, hechos, ideas. Ella es sentimientos, espacios, quietud. La pasión se ha repetido en el tiempo con regularidad. Se acostumbran a ella, como se acostumbran a la naturaleza de sus cuerpos. Dejarán de verse por un tiempo prolongado y aún así, al verse, acercarse y sólo olerse, estarán nuevamente conectados.

Eres mi hermano y mi amigo, dice ella en la despedida. Eres mi amante y mi mejor compañera, reconoce él silencioso y complicado. Así se verán más adelante. En una mezcla de roles sin sentido para nadie, sólo para ellos.

-Envenenarás mi mente y mi corazón- dice ella, haciendo dramático el adiós -cada vez que te recuerde, será la misma bocanada de aire tibio del verano que nos conocimos…

-Ven acá – dice él decidido – Esto es lo que queda de mí, aprovecha ahora -afirma pegándola a su sexo. Ríen divertidos. Comparten la noche como siempre. Se alejarán silenciosos al amanecer, al aire suave de la madrugada, donde todo es puro y fresco, sus olores confundidos, como la vida.

Los Cigarrillos

¿Mary, necesitas algo? Pancho inquiere rápido y urgente. Van al centro a la velocidad de la luz y Gregorio no espera a nadie. No hay tiempo para grandes listas ni encargos interminables. ¿ Te traigo cigarrillos? Es todo lo que se le ocurre a Pancho y todo lo que Mary atina a aceptar. La verdad es que algunos le quedan, pero nunca están de más. Además, Mary no es una gran fumadora, sin embargo, cualquier cosa que relaje la tensión de vivir con su marido, le ayuda.

Mira, que bueno que a Pancho se le ocurrió preguntar, si casi no me quedaban. Esto de estar sin cigarrillos me pone nerviosa, porque a veces, cuando Gregorio se pone “nerviosito”, tú sabes, realmente no hay quien lo aguante.

Si ayer sin ir más lejos tuvo un round con una de las chicas. Le dijo hasta para su abuela. ¡Qué bruto que es! Es su hija. Me tengo que haber fumado unos seis cigarrillos al hilo, después tenía un dolor de cabeza, no te imaginas. Es que es tan terrible, si nada acepta, nada entiende, tiene que ser todo como él dice. Yo les he advertido a mis hijas que no sacan nada con alegarle, pero a veces son porfiaditas y ahí es donde quedan las grandes. No, si es terrible. Pero, ¿quieres una taza de té? Estos tienen para rato. Gregorio con Pancho se entretienen y seguro pasan al café. Hay varias partes que solo no iría ni llorando. Si es cobarde, ¿sabes?. Ahora me doy cuenta.

Prende uno de sus cigarrillos de “emergencia” y aspira la bocanada con avidez. Siente que se relaja, pero yo sé que los recuerdos son muchos, la realidad es tan brutal y tan inmensa. Mary no dice nada. Nada más agrega. Sólo queda en silencio, por un rato que para ella es eterno. La casa está en paz, el hombre de sus pesadillas y de su vida entera está por el momento lejos. Pancho tiene el poder de tranquilizarlo, ha dicho Mary muchas veces y por eso espera con ansias nuestra llegada.  A veces es complicado estar en esa casa, entender todo, aceptar la situación, verlo desde afuera solamente. Mary es una víctima, pero sobre todo es una sobreviviente. Hay tanto que yo sé, pero hay tanto que ella se guarda en su corazón. Imagino que los recuerdos son tan decidores y crueles, no puede traerlos sin perturbar la aparente calma que ahora goza, al menos por este rato.

Pronto regresan los paseantes. Entran muertos de la risa. Mary ríe también. Es como si de nuevo estuviera en la casa de los papás de Pancho, al amparo de la Pestañita, sintiéndose distendida y más segura. Incluso bromea con Gregorio. Parecemos casi normales. Pancho le entregará los cigarrillos y no me sorprenderá enterarme que Mary no maneja dinero, no tiene ni un peso en su cartera, para nada, ni siquiera para tomar un taxi. Gregorio ha sido minucioso y detallista. Ni un peso, y la firme convicción que no los necesita. No sabría que hacer con ellos.

Fuma otro cigarrillo, esta vez con más calma y placer. Nos tomamos el té tranquilas. La miro desde el fondo de mi alma y siento que es tan víctima de sí misma, como de la vida que ha llevado, del hombre que le ha tocado y del tiempo que ha vivido.

La Canción

Se acercan lentamente en un abrazo esperado por ambos. Ruedan despacio por la alfombra mientras la cadencia de la canción que más les representa suena de fondo, suavemente:

“I gave you all the love I got
I gave you more than I could give
I gave you love
I gave you all that I have inside
And you took my love
You took my love
Didn’t I tell you
What I believe
Did somebody say that
A love like that won’t last
Didn’t I give you
All that I’ve got to give baby

I keep crying
I keep trying for you
There’s nothing like you and I baby

This is no ordinary love
No ordinary Love
This is no ordinary love
No ordinary Love

When you came my way
You brightened every day
With your sweet smile

Didn’t I tell you
What I believe
Did somebody say that
A love like that won’t last
Didn’t I give you
All that I’ve got to give baby

This is no ordinary love
No ordinary Love
This is no ordinary love
No ordinary Love

Keep trying for you
Keep crying for you
Keep flying for you
Keep flying I’m falling”

No hay más que agregar. Todo lo demás lo inicia un beso, al arrullo de la música que se extingue.

Amanecen abrazados, se besan furtivos y delicados. Ella abandona la habitación.

El Boticario

Termina de esterilizar los frascos para la mermelada y de pronto queda suspendido en un recuerdo, uno que hace mucho no le buscaba. Está de pié, subido arriba de dos cajones de madera, con el logo de la Compañía Sudamericana de Vapores, con sus pantalones cortos, sus bototos grandes y sus manguitas arremangadas al borde de esta gran artesa atiborrada con frascos color ámbar. Le pagan dos chauchas por frasco limpio y seco. El boticario del pueblo le ha contratado porque le ha causado pena su expresión de abandono, los varillazos marcados en sus piernas flacas y su determinación de pobre queriendo ser alguien.

Con esa pinta, me tinca que es recogido, ha pensado el boticario y le causa gracia que el mocosito sea tan caballero y decidido. Le ha advertido que debe tener sumo cuidado con los frascos, que debe ser prolijo y minucioso, pero entiende muy pronto que los avisos están de más. Este niño tiene algo distinto, una luz especial. Pero el boticario no tiene mucho tiempo para análisis, con lo cara que está la vida y con las escasas condiciones de higiene y sanidad, le llueve la clientela, que prefiere a todas luces una pastillita de don Enrique que ir al médico del pueblo, que de seguro les cobra un disparate y los deja igualito como llegaron.

El muchachito es avispado y voluntarioso, rápido para los mandados, honesto con los vueltos, inteligente y silencioso, cuando debe. María Elena, su mujer, le encuentra gracia a este alemancito pobre que tiene tanta fuerza de espíritu en un cuerpo tan chiquito.

Lento avanza en la escala de la botica, primero de lava frascos, luego de mandadero y repartidor, hasta que un día, en que el boticario está tan atareado, le pide con urgencia que pese las dosis de las drogas que debe usar en veinticinco cremas iguales, para la misma enfermedad, que igual número de pacientes vendrán a buscar antes del mediodía. Con pericia, maneja las delicadas balanzas y afina el pulso para no perder ni un gramo. ¡Por la chupalla!, dice el boticario, ¡tengo que irme con cuidado contigo, me vas a quitar el puesto ligerito!! Ríen ambos en complicidad, como sucederá tantas veces a lo largo de los años venideros.

A la vuelta de la esquina las hermosas niñas Bomballet se pasean graciosas y risueñas. El joven boticario, ahora ascendido a dependiente, mira con especial interés a una de ellas, y aunque las hijas de don Enrique, que le quieren como a un hermano, le advierten que son fatuas y cabezas hueca, el muchacho no hace caso y decidido como ha sido toda su vida, determina que aquella se convertirá en su esposa.  

En el correr de los años así será, y por esa decisión deberá abandonar el pueblo y a su querida hermana, emprender el rumbo a mejores horizontes que con cuatro críos que alimentar más la mujer poco dada a los afanes de la casa y la suegra como compañía perenne y hacendosa, le darán, en un articulado bastante extraño, la vida perfecta que siempre soñó.

Atrás queda don Enrique, su botica de pueblo, las hermosas balanzas de bronce que él tanto quiere, por lo exactas, lo divinas, lo apacibles; los frascos molestosos y amigables y el cariño de una familia entera que lo acogió como a un hijo, le dio las alas para volar solito y que ahora le veían partir con pena pero con orgullo, porque el niño flaco y mocosiento era ahora todo un Boticario, perfectamente capaz de curar una pulmonía con pócimas secretas tan bien aprendidas que incluso dormido podría prepararlas. Con un aire tan sincero y cercano, que si no estaba don Enrique era el preferido por la clientela, que le esperaba por horas, porque de sus ojos verdes emanaba toda la fuerza del saber, todo el don del que cura, como un hechicero medieval, apuesto y sencillo.

La gran ciudad universitaria lo espera y largos turnos y satisfacciones como boticario altamente recomendado en la mejor droguería. Cría a sus hijos con pequeños lujos que se permite de tanto en tanto y suplica a todos ser graduados universitarios, no importando romperse el lomo trabajando, porque el trabajo engrandece, el esfuerzo premia, la constancia, el tesón, la visión, la honestidad y el amor.

Frente al lavaplatos, en la cocina de su departamento en el centro de la ciudad, con la inmejorable vista a la Marina, evalúa su vida desde el humilde mocosito lavador de frascos y considera que ha cumplido. Los hijos han crecido, son exitosos e independientes, poco les ve, pero eso no importa. Su amada esposa ya fallecida. Ese dolor artero aún le golpea de cuando en cuando, pero es tan sabia esta vida, que en el mismo camposanto donde iba a llorar su pena, ha encontrado ahora a esta nueva compañera, que es amiga y confidente, que labora codo a codo con él porque creen en lo mismo y por la chupalla, como no haberla conocido antes.

Mira en retrospectiva y esta vista le satisface, en general. Todo ha sido como había sido planeado, tal vez su pobre madre, aquella de la que no tiene recuerdos, le ha protegido todo este tiempo, para compensar en esta vida lo que no pudo hacer por causa de la muerte o tal vez sea que todo es como una botica, siempre hay un remedio para cada dolor, lo importante es saber la dosis justa y la fórmula perfecta.

El corazón se le hincha de dolor y de dicha, muchas veces, con este pensamiento y con muchos otros de su vida.  Una de sus nietas le dirá, besando su mano suave y cálida, que es porque el caballero más buen mozo de toda la ciudad ha amado y le han amado demasiado. Él reirá coqueto y agradecido. Todo está en orden, sólo falta partir.

Lobito

¿Quién va a ser la primera para destapar la pipa? Así era la pregunta y así empezabamos a fumar yerba sin prisa  y jugando, riéndonos cada vez más alto. Lobito se transportaba automáticamente, a la primera pitada, a un estado ideal y era ideal cómo se veía. Estaba hecho para esta vida. Sus ojos azules como el oceáno se llenaban de un brillo que nunca supimos si era producto de la alucinación o el reflejo de la luz de la luna, su cabello crespo y rubio, todo un desafío para la genética, le convertía en la perfecta imagen del vagabundo yanqui, buscando fortuna y un buen lugar para ver las estrellas. Su único temor era la llegada de la policía, que tomaría a su persona como el de mayor edad, y sin dudarlo siquiera le sentenciarían como traficante, alcahuete y hasta pedófilo. Por eso y sólo por esa razón, Lobito trataba de bajar las risas y bromeaba seriamente que iba a tener que responder en la comisaría por tener un grupito de adolescentes junto a él “dro gán do se”.

Las cervezas para separar la lengua del paladar, pastosa por tanta yerba, llegaban prontas y la consigna era no dejar rastro alguno de ellas a nuestro alrededor. Disfrutando la música de Woodstock,  la escena era perfecta, su chaqueta de mezclilla desteñida y ajada, nuestras risas contenidas, el pelo al viento de la madrugada; el paraíso hippie a pocas cuadras de la plaza de armas, en una noche cualquiera, con el canto de las aves nocturnas y el sonido amigable del río, que corría quieto a nuestros pies, aunque a veces, en medio de la volada, lo veíamos tan cerca y amenazante, pero era sólo eso, parte de la subida, parte de la alucinación con la mejor yerba de la región, cultivada con esmero por Lobito, en su propio campo, a escasos metros de su casa.

Una vez la policía antinarcóticos fue advertida de una plantación de proporciones. Lobito tomó el incidente con calma, no era su propiedad, era la del vecino, nos contaba siempre en medio del viaje, y estaba lleno de la más hermosa y verde marihuana, pero fuera del perímetro de su cerco. – Pregúntale al vecino – dijo, haciéndose el simpático, pero al detective no le causó gracia y sin pensarlo dos veces le llevó a la oficina, para ficharlo y tomarle su declaración. 

Desde entonces Lobito decía que estaba funado. No pudo sacar su título de agrónomo que tantos años de jarana y fumaderas le había costado, amén de la carga de yerba que vendía como si nada entre sus condiscípulos, hijos de los más circunspectos personajes de la región, que les importaba un pito que los niñitos fumaran como chinos, con tal de tenerlos tranquilitos y que terminen el semestre, ¡no faltaba más!. Incluso Lobito era hijo de uno de los más grandes terratenientes de la zona, conocido por su afición a las peleas de gallos y las mujeres ajenas, que finalmente dejaría a la familia en la calle por los malos negocios, la codicia de los amigos, la mala suerte con los cresta roja y una que otra querida que le absorbió hasta la médula mientras pudo. Sin embargo, la madre de Lobito se mantuvo incólume. Digna y decidida, conservó parte de la herencia de sus padres, por medio de artimañas de leguleyos, presencia y buena voluntad y cuando nos conocimos era lo único que quedaba del latifundio monumental. Fértil tierra decía Lobito, la mejor a la redonda, pero ¡por la máquina! que complicación levantarse temprano para subirse arriba del tractor y empezar a preparar los campos para el maíz y las papas, fundamentales para encubrir su negocio de contrabandeo y la mejor razón para mantenerse limpio, fuera del alcance de un problema mayor a ser sólo consumidor.

Una vez, un verano le vimos bajarse entre una nube de polvo del viejo tractor, con el torso desnudo, bronceado como un actor de cine. Era ver al mismo Eros entremedio de esa polvareda, ¿a quién no le gustaba fumar una pitadita de sus labios rosados y suaves? Que tire la primera piedra la que opine lo contrario.

Samba pa’ ti escuchábamos, a todo lo que daba la radio de la vieja camioneta. Luego era el turno de Bob Marley y apostábamos a que esa noche sí que nos íbamos con él al mismo infierno, porque era dulce, transparente, hermoso y salvaje al mismo tiempo, todo junto con el alucinante y pegajoso sabor de la yerba entremezclada en nuestras bocas.

La última vez que supe de él estaba mucho más al norte, cultivando papas por montones, vendiendo a los grandes consorcios, todo un empresario, con hijos hermosos y hippies como él y una mujer menuda y saludable que acariciaba sus cabellos enredados y olorosos a polvo del camino. Qué vida, mi amigo, que increíble viaje.