Sophie, de Einsenstadt a Solovki

El recuerdo más antiguo de Sophie es la cama blanca, con las primorosas sábanas bordadas. La ventana ancha y el sol entrando a raudales y el piso de parquet que le daba un aire festivo a su habitación. El resto de la casa era fresca, soleada, cálida en invierno, con las grandes chimeneas siempre crepitando y  las cortinas de brocado, pesadas, gigantes, cubriendo a los grandes ventanales del viento y la nieve. Los olores de la casa, Sophie no los ha retenido en su memoria. Son como aquellos pájaros que, lento, se posaban en los jardines de su hogar y que se quedaban por largos intervalos entre las rosas y los tulipanes. Sólo recuerda su imagen, ni sus trinos ni su vuelo, sólo su imagen.

Sophie rememora también la tibieza del abrazo de su padre y el aroma de su abrigo de camello y marta. Era, de todo, lo que a ella más le gustaba, junto con sus pequeñas botas blancas de terciopelo y su adorable manguito de visón.

Los recuerdos siguientes son un poco menos placenteros, como diría Sophie alguna vez, cuando las memorias venían a su mente. Está en el tren, de regreso a su hogar; ya han cruzado la frontera y falta poco para disfrutar del chocolate caliente que su aya le prepara con ternura y con la leche más espesa y cremosa que puede encontrar. De pronto, la locomotora se detiene en mitad de la nada. Se escuchan gritos y voces. Su padre se muestra preocupado y nervioso, busca los documentos de identificación. Sophie escucha voces de hombres que repiten su apellido, urgando en todos los vagones. Tiene miedo. Entran al coche y a empellones sacan a su padre y su madre . Ella grita, desesperada. Sólo siente una bofetada salvaje que la hace rodar por el suelo. Pierde la conciencia, afortunamente dirá después, porque de no haber sido así le hubiera quedado el dolor perenne de ver a sus padres fusilados y sus cuerpos despedazados brutalmente, antes de ser arrojados en una fosa común. Todo en nombre de la revolución del proletariado.

Años más tarde Sophie logrará reconstituir la escena y tendrá al menos las razones porqué fueron masacrados, pero los recuerdos que siguen a su caída en el tren, están directamente ligados con el riel. Viajará por días infinitos, sin mucha conciencia del lugar o de la condición, arrumbada en una esquina del vagón de animales, junto con otras personas, de las que no recordará nombres ni rostros, sólo olores putrefactos entremezclados y frío, mucho frío.

Al bajarse del convoy, no sabe cuántos días o semanas después, el paisaje con el que se encuentra es fantasmal, los abetos cubiertos de nieve, el suelo escarchado y por primera vez, luz de día en sus ojos, pero no la quiere, la visión del horror es más fuerte que sus recuerdos. No está su madre ni su padre. No hay nadie conocido. Las palabras que escucha no son en su idioma. Nada entiende, nada se explica. Es separada y puesta en fila junto con otros niños, que serán conducidos a barracones distintos. Ninguno tiene a sus padres cerca y pronto formarán una pequeña cofradía que les ayudará a subsistir del frío, del hambre, la pena y la sinrazón de este infierno blanco y pétreo que es el gulag donde han llegado sin culpa ni motivo, en nombre de la revolución.

Sophie sólo recuerda, sin entrar en mayores detalles, que los trabajos, el esfuerzo sobrehumano, la crueldad y el hambre serán el día a día en este mundo nuevo al que ha llegado sin explicaciones ni cuidados. Sus nuevos amigos poco a poco se irán marchando, llegarán otros distintos, desaparecerán, algunos sin mediar advertencia, otros serán trasladados con ceremonia y protocolo, otros sencillamente amanecerán muertos en una gélida mañana de invierno o perecerán después de largos sufrimientos por la disentería, en verano.

Sophie es adoctrinada en las leyes del comunismo y en cómo delatar a sus más cercanos si conspiran contra el nuevo orden. A cambio de ello reciben mejores raciones de comida o ropa nueva. Acepta este destino, pero una luz de su interior , que a veces escapa por sus ojos verdes, le mostrará que esta no es la verdad y que debe sobrevivir, pero no rendirse.

Cuando Sophie cumple catorce años, es trasladada junto con otras jovencitas a un nuevo campo. Una nueva odisea se planta en su vida. Nuevamente es subida al tren de carga y sin llevar equipaje, emprenden el viaje sin aviso, sin mapa y sin destino. Viajan silenciosas, preocupadas, ansiosas algunas, inertes otras. El horror ha sido demasiado, el trabajo ha vaciado sus almas y una piedra se ha instalado en sus corazones. Sólo Sophie luce un poco más entera, delgada, sí, pequeña, sí porque la mala nutrición, las privaciones y los largos inviernos no fueron los mejores compañeros para su desarrollo y en el futuro caerá en cuenta que jamás será madre. Todo su ser fue congelado en ese campo espantoso, todo, excepto su voluntad, la misma con la que porfiaba por aprender cualquier oficio, por leer lo que llegara a sus manos y que en poco tiempo le llevó a entender y expresarse en ruso como cualquiera de los otros. Atrás había quedado su idioma y sus recuerdos, pero sólo atrás.

Eran trasladadas, se enteró, como muchos otros jóvenes de muchos gulag a lo largo de Siberia, hacia pueblos más al interior de la región. Una guerra se había desatado que amenazaba los cimientos mismos del comunismo, que tanta sangre le había costado a la nación. Era preciso proteger las bases, con la vida si era necesario. Sophie pensó que era la vida únicamente lo que tomaba el comunismo, así que daba lo mismo la razón, si morían como moscas en nombre de la revolución.  Los nazis, decían las fuentes, amenazaban con implantar un nuevo regímen, más cruel y despiadado. Eliminar a la madre Rusia de la faz de la tierra e instalar a sus gordos y rubicundos generales, que esterilizaban mujeres y hombres no rubios, para proclamar la raza superior. Así van escuchando y así se van llenando de horror. Así también Sophie va pensando, qué lejos ha estado de los hechos y del mundo, cuando escucha una explosión, luego otra y una tercera que retumba en el tren. En cámara lenta caerá el vagón y sin darse cuenta, casi en un sueño, verá la luz del día, los campos llenos de trigo, los rieles eternos y a lo lejos unos carromatos.  Sin pensarlo dos veces, sin mirar atrás, sin vacilar, sin miedo y sin dolor, sale disparada y se dirige hacia esas personas, que  acampan mansamente a corta distancia de las vías.

Llega frente a ellos y una jovencita grita sorprendida ¡es una muñeca!, ¡miren la muñeca que ha salido de ese tren!. Sophie entiende vagamente, ha escuchado ese chapuceo ininteligible alguna vez. Se acerca y pide, suplica en ruso, alemán y por señas, que la ayuden. El gigante tatuado que trata de calmar los caballos después de la explosión, la agarra por el pelo y la instala en el carromato, junto con la niña que la ha llamado muñeca. Pronto inician viaje, pronto Sophie se enterará que son gitanos y que ha sido salvada. Todo se mueve ahora. Todas las piezas se acomodan nuevamente en este traqueteo suave de la caravana.

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