Den Krieg

Laurenti le trae la cena, mientras a sus espaldas todavía retumban los cañones del ejército ruso, aproximándose a su formación. Lleva años en esta historia, en este frente al que llegó única y exclusivamente por su propia voluntad. No tenía la necesidad ni la obligación de enlistarse. Es más, su madre terminántemente se lo prohibió, pero no la escuchó. El ideal, la idea de hacer un mundo nuevo, de seguir sus más profundos principios y preservar la vida como siempre la había vivido fueron más fuertes que sus ruegos. No fue la política ni la situación social, no fue heroísmo ni ganas de cometer suicidio por alguna amada que le había abandonado. Estaba allí precisamente por su propia voluntad. Porque no quería que esa voluntad que le movía se extinguiese. Mientras más conocía a sus hombres, más se daba cuenta que habían muchos como él. Muchos como Dezhniov que, aún sabiendo que su vida estaba en grave peligro y exponía a su familia a los peores tormentos, estaba ahi, siguiendo el llamado de su pueblo, decidido a terminar con la locura del ejército rojo y el comunismo, que le habían hecho permanecer por años escondido, atrincherado en el pozo de su granja, literalmente enterrado en vida, fingiendo estar muerto, mientras los bolcheviques asolaban sus tierras y abusaban de sus vecinos, amigos y parientes.

Este pueblo audaz y orgulloso, estos hombres recios, brutos, ignorantes, muchos, con un corazón que no les cabía en el pecho, estaban ahi, también por su voluntad y le seguían fieles. Hugo Herman era ya famoso por tener la menor cantidad de bajas en sus filas. Casi un mito, un ser grandioso y epopéyico que cabalgaba tan bien como cualquiera de ellos y que se mantenía en esta locura por sus ideales y por las vidas de ellos. Ellos importaban más que nadie, más que él mismo incluso y que el uniforme que vestían.

Ya entrando a Francia, como conquistadores, en medio de la borrachera monumental, al acampar en la región de Champaña, donde hasta los caballos probaron de los más finos mostos y cosechas y donde nadie en el ejército victorioso del Reich ni sus cabalgaduras quedaron de pié,  supo Hugo Herman que el destino de esta guerra no estaba de su lado. Sin embargo, se empeñó y contra todo pronóstico había sobrevivido hasta este punto. Había aprendido a gozar el desayuno constituido por huevos crudos y vodka, arriba de la montura, mientras sus hombres hacían ejercicios dignos de un circo de primera línea, para no perder sus costumbres, su comunión con el corcel y lo indómito de su espíritu. Cuando todo apuntaba hacia una tecnologización avanzada y definitiva del ejército, ellos luchaban a caballo, como en las guerras medievales y debían enfrentar enemigos sacados de las peores pesadillas. Nada había más tenebroso que un soldado mongol, que se levantaba para seguir embistiendo aunque lo hubieran atravesado con tres sables. Nada hacía perder más la moral de la tropa que ellos. Los hombres quedaban cabizbajos, contraídos. Luego de la batalla, limpiaban sus sables y rifles con fruición, casi rogándoles a las piezas de metal que protegieran su espíritu y el de sus compañeros, que alejaran esos ojos oscuros como la misma noche, como la misma muerte, de sus recuerdos y les permitieran seguir luchando por su libertad, aquella que les pertenecía por derecho, desde la aurora de los tiempos.

Laurenti se apura en recoger la vajilla y guardar los restos de comida. No hay otro en todo el ejército como él. No existe la idea de cómo se da maña para conseguir pollos, carne de res, huevos frescos, pan y un sinnúmero de pertrechos y vituallas para el Coronel Hugo Herman y sus tropas. Nadie lo sabe y él no se deja investigar. Sigiloso y fiel, daría su vida por el Coronel.

Mientras acampan a la espera de las órdenes del comandante de la división, Hugo Herman se da un tiempo para recordar. Casi nunca lo hace, no permite que su mente divague cuando debe estar atento, a su plena capacidad, anticiparse a cada cambio en el viento, cada silbido, cada brizna de paja que se mueve. Esa capacidad, aprendida con la experiencia, le ha hecho salvar a su ejército más o menos entero durante toda esta campaña. No puede olvidarse de ellos.

El perfume de los rododendros del jardín de la casa de su abuelo, die Himmelreich, las risas de sus amigos, saliendo en estampida desde dentro del árbol, para escapar de los abejorros, el delicado perfume de su madre; todo ello junto en una sola nube, le mantiene lejos del horror de todo lo que ha vivido. La voz pausada diciéndole que no hay nada en este mundo más importante que su propia seguridad y que donde quiera que él esté, ella estará en su corazón; se repite con fuerza. Sabe que su madre está presente. Se ha esforzado en mantenerla más o menos al corriente de su posición y la de su ejército, sin temor y porque sabe que si él no lo hace, ella de todas maneras se las arreglará para saberlo. Eres mi único hijo, de mi solo gran amor. Eres todo lo que tengo en la vida.

Hugo Herman escucha los cañones acercándose más y más. Su tropa está nerviosa, saben que el fin se acerca. Confían en él y en las decisiones del alto mando. Harán lo que él les pida.

Esa noche, en la reunión de oficiales, donde él es invitado sólo por sus méritos como soldado y porque su batallón es el más numeroso, se entera que tratarán de hacer una tregua con los ingleses. Escapando de todo protocolo y hablando desde el fondo de su corazón, el General les indicará a todos que nada más puede hacerse por la causa que abrazaban y que él debe permanecer en el mando,  pero que quedan todos en libertad de acción, porque personalmente no confía en el enemigo. Sin embargo, lo único que queda es el honor y su palabra ya está empeñada.

Hugo Herman se dirige a su grupo, les plantea francamente la situación y les sugiere, de su propia intención, guiarles hasta suelo suizo, donde pueden estar a salvo. Los cañones se acercan, los bandos por altoparlantes les llaman a deponer las armas. El ejército inglés les ha ofrecido tierras en Canadá, lejos de la amenaza bolchevique. ¡Depongan sus armas! claman los negociadores. Hugo Herman insiste en su oferta. Quince de sus hombres le acompañarán. Serán los únicos que se salven de la matanza más horrenda, del acto más artero y salvaje de la guerra, en ese frente.

Hugo Herman se enterará de la atrocidad cometida en contra de sus tropas en la prisión militar donde ha sido confinado. El oficial americano que le interroga le comentará los pormenores sólo para mortificarlo. Faltaban treinta kilómetros para cruzar la frontera, le dirá. ¿piensas que alguien vendrá a salvar a un perdedor?.  En un mes y sin haber tenido ningún contacto con nadie, llegará su pasaporte y cartas de dos medios de comunicación de su país indicando que Hugo Herman es un brillante corresponsal y que es un grave error que haya sido tomado prisionero. ¿Existe la libertad de prensa en Estados Unidos? dice la carta del director del diario de mayor circulación de la nación y con una fingida sonrisa, el Mayor a cargo del campo ordenará dejarle ir. Hugo Herman sabe quién ha estado detrás de todo esto. Sabe del esfuerzo y de las muchas horas sin dormir, de las muchas puertas golpeadas sin éxito, de los ruegos y las lágrimas, hasta alcanzar su liberación. Se debe a su madre y lo sabe. Se debe a sus compañeros de armas también y lo sabe. Escondido en el dentífrico, les enviará dinero una vez que los liberen, que les ayudará a mantenerse con vida y con la moral en alto durante los duros años de la postguerra. No están los cosacos diseñados para mendigar. Él lo sabe, ha vivido con ellos, ha luchado con ellos y por Dios que moriría por ellos.

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