Tangos, Milongas y Boleros

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Tangos, milongas y boleros anuncia el programa de la radio. Cada domingo antes del mediodía, viaje garantizado al pasado fantástico y romántico de los ritmos argentinos y las canciones de amor de antaño. Nos acomodamos en nuestras sillas, mientras mi Olguita cocina entretenida el menú para el almuerzo.

Suena Gardel afectado y recuerda con tristeza los viejos discos de pasta y las vitrolas de su niñez, cuando, criada de la mano de sus tías, sufría y amaba al Gorrión. Bailaba milongas en las fiestas juveniles, acompañada por su hermano Arturo, quién se daba maña para asistir a todos los malones y convites de la época. Iban divertidas, expectantes, con guantes y taco alto, con vestidos de organdí y gasa, diseñados, cortados y cosidos por ella misma. Elsa, su prima, le rogaba que le hiciera uno también y con aquel primor de vestido, extraído de la revista Burda, conquistó a Rafael, quien se convirtió en su marido y su viudo, tiempo después.

Eran otros tiempos, comenta mi Olguita, mientras revuelve la sopa con cuidado y le echa algún que otro condimento. La sal venía por sacos de libra, así como el café de grano y el azúcar rubia. Sacos hechos de yute, fuertes y ásperos, que su papá usaba para limpiar los caballos. Era dura la vida en el campo, dice nuevamente, mientras suena el tango, dramático y sentimental. Era dura la vida en ese campo. Su madre, escapada del barco de los colonos alemanes, no identificada en ningún registro ni libro, porque las mujeres no contaban en esa fecha, huyó de ser casada con un teutón gigante y con manos de lechero y sucumbió a la vista de este chileno bruto, pero simpático y buen amante que le dio felicidad por un rato y una razón para vivir.  Ella no pudo, sin embargo, sobrevivir a la tos convulsiva y les había dejado muy pronto. Criados los hermanos en la barbarie y el abandono, trabajaban como braceros cuando era necesario, cortando trigo con hoces  o aporcando papas con azadones y palas a pleno sol veraniego.

Eran otros tiempos, donde decenas de peones por campo, en la cosecha, avanzaban como un enjambre de langostas, desde el primer rayo de sol de la mañana, cortando, cortando, cortando hasta llegar la sombra del atardecer. Había que darles de comer, contaba mi Olguita, mientras pica los vegetales en pequeños cubos para el segundo plato. Bateas y bateas con  el pan fresco para los jornaleros, peroles y peroles con cazuela, jarras con chicha y vino blanco  y una que otra con agua, más que todo para que remojen sus gaznates, pegajosos con el polvo y el sudor.

Suena la cadencia del bolero y se sumerge mi Olguita en un recuerdo silencioso que la enmudece por un rato. No sabemos si mentalmente ha regresado a la cocina de fogón donde acompañaba a sus tías a hornear el pan y preparar el almuerzo para los trabajadores o si algún pretendiente gallardo y decidido tomó su cintura y la hizo soñar con maravillas al ritmo de esta canción. No lo sabemos ni ella se esfuerza en aclararnos. Revuelve nuevamente la sopa y tararea bajito la canción.

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6 pensamientos en “Tangos, Milongas y Boleros

  1. Y cuantas olguitas hay por la vida, silenciosas, en sus casas; ellas ya tienen hijos y y nietos … y recuerdan cantando, tarareando, esperando al afortunado de sus nietos para escuchar las historias y las canciones.
    Despues de todo, hay una olguita en el piso de arriba de mi casa.

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