Retratos en el Ropero

Despierto sobresaltada, mi corazón golpea fuerte mi pecho y la traspiración inunda mi espalda. Mi pijama de franela está empapado y aún siento el charco caliente de sangre que expele mis entrañas rotas y el dolor. Lloro desconsolada y no me doy cuenta de la hora. Raquel, mi nana, viene a acompañarme y me envuelve en su chal de lana, con olor a humo. Ella entera huele a humo y tierra seca, pero su presencia es dulce y me conforta. Siempre esta pesadilla viene a mi mente y me ataca. Veo mi sangre, y me aterrorizo, siento mi muerte y me desespera no alcanzar a tomar su mano. ¿Dónde está su mano? Raquel, ¿dónde está su mano? Duerme mi niñita, no te asustes, que los sueños malos se van corriendo cuando llegan las estrellas. Ven, vamos a la ventana.

Raquel se fue un día y no se despidió de nadie. No de mí, al menos.  A lo largo de los años, esta pesadilla recurrente me ha anunciado los problemas que la vida me depara y que  me causarán un mal rato. El miedo que me embarga es paralizante. El aire que entra en mis pulmones es insuficiente. El dolor de mis entrañas se queda en mis sentidos por un rato tan largo, que estoy el día entero doblada en un sufrir que no tiene explicación. Así día tras día, hasta este momento de mi vida.

Anoche decidimos ayudar a mi abuela a limpiar su ropero. Ella ya no tiene fuerzas y vive cada día sólo porque sí. Algo en su interior le impide partir, pero su espíritu le acompaña como solía ser y seguimos sus instrucciones. Abrimos las cajas una por una, revisando lo que la vida y ella han decidido guardar. El aroma de la lavanda y la naftalina se confunden, mientras cada recuerdo aflora entero a su memoria. Al final de las cajas, la última lata de galletas que ella recuerda haber disfrutado en la casa de su padre, antes de haberse casado, está llena de instantáneas antiguas y raídas de su vida. Sus ojos se le llenan de lágrimas cuando revisa una a una las memorias de su existencia.

De las fotografías salen algunas que le cuesta identificar. Las mira con más detención hasta que logra encontrar a sus protagonistas y su tiempo. Se pierde en recuerdos y habla de los actores de su pasado. Sus padrinos, sus tías, el padre, su caballo. De pronto, la imagen de un jinete, haciendo piruetas con su cabalgadura. Él no es mi papá, dice la abuela. Mira nuevamente la instantánea, descolorida por el tiempo y el encierro. No sé quién es. La fotografía de la feliz pareja, vestidos de novios, tampoco le dice mucho. Dejamos aparte esos retratos.

Hablamos de todo por un rato y luego pide que nos vayamos, porque necesita dormir. Las cosas para botar están todas en bolsas de plástico. Lo que queda para guardar, regresa a las cajas de viejos sombreros que retornan a sus espacios en el ropero. Sólo la vieja lata de galletas se queda olvidada a los pies de su cama. La foto del jinete y la de la pareja caen al suelo. Las recojo con prisa, junto las cortinas y cierro la puerta.

Me acerco a la ventana, donde el macizo de hortensias llena la visión, con sus coloridos pompones blancos, lilas y azules que atraen a las abejas y los colibríes. Veo las fotografías una vez más y de pronto el dolor en mis entrañas se hace presente. Veo mis manos manchadas con mi propia sangre y me detengo por segundos eternos viendo al jinete, siento su olor, veo sus cabellos. Recorren mis ojos la instantánea de la boda y por momentos me inunda la felicidad y me veo reflejada en los ojos del hombre que abraza mi cintura. Caigo en cuenta que son la misma persona. La mujer de la boda no muestra su semblante. Siento un aroma salvaje y profundo que atraviesa mis recuerdos con la fuerza del temporal. Veo mi sangre nuevamente. Escucho gritos. Tengo miedo. Desfallezco. Su mano. Su mano. Su mano.

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