Secretos

comedor

La felicidad que le llenaba debía ser guardada en lo profundo de su ser, cada día. La vida que crecía en su interior debía ser ocultada por medio de artificios y complejas maromas que le agotaban constantemente. Los dulces que brotaban de la pericia de sus manos, viajaban escondidos en sus bolsillos, cada tarde, después del mediodía, para llegar a los labios del que amaba.

Había llegado hasta este punto de su existir arrasada por el dolor y la cobardía,  pero él había entrado en su vida casto y sincero, con suavidad y en silencio, inundándole de una confusión de sentimientos que se acercaban a la palabra felicidad. Compartieron los paseos después del mediodía, hasta la tarde del primer aguacero, que anunciaba la llegada del invierno, cuando se amaron como si lo hubieran hecho toda su vida. Entonces, todo tomó el curso que debió haber tenido siempre y la pasión les llenó las venas, mientras la tierra se llenaba de lluvia. A partir de ahi, inventaron estrategias y todo tipo de diversiones para despistar a ese cruel y despiadado, borracho y violento que era su marido. Su vida ahora tenía este dulce y agraz constante, que amenazaba con robar su cordura cada día. El tiempo compartido con el amor de su vida le había devuelto la felicidad que creyó perdida para siempre, en aquellas noches macabras de las borracheras de su marido, cuando los insultos y los golpes, cuando las constantes humillaciones sobrepasaban su existir y la ahogaban en gritos impronunciables y silentes que le cortaban el alma en pedazos que no lograba poner juntos de nuevo.

Al verse en los ojos de su amado, siempre la calma le inundaba y era capaz de respirar una bocanada de energía que le llenaba por completo. Todo valía la pena por este momento en el tiempo. Ahora, su felicidad estaba completa, la vida que crecía en su interior, producto del amor de ambos, le mantenía alerta y contenta. Este hecho, impensado al lado de su marido, le había sorprendido y le avasallaba por las noches, cuando pensaba en ello.

Esa tarde, después del ocaso, su marido llegó antes de lo acostumbrado. Tranquilo, sobrio y callado, parecía otra persona. Vestido con el traje negro que usaba los domingos, se sentó parsimonioso en la mesa del gran comedor. Esperó hasta que hubieron servido el postre y sin mirarla a la cara, como era su costumbre y con una pasividad que asustaba, le arrojó la verdad. Sabía de su relación, sabía de su estado y sabía todo desde el día en que ella había empezado a verse con este hombre. Lo sabía todo, como lo sabía todo el pueblo.

Ella palideció. Le faltó el aire y la criatura en su vientre dio un giro violento, intentando zafarse del apretado corsé que le mantenía inmóvil.  No podía articular palabra y sus labios se pegaron con porfía, mientras su boca se mantuvo rígida en una mueca indefinida. Sólo sus cejas se arquearon por un segundo, pero logró volverlas a su lugar. La habilidad de no mover un músculo en señal de desaprobación, la había aprendido con el tiempo. Cualquier atisbo de reacción le valía una golpiza monumental de la que tardaba semanas en recuperarse. Defender su criatura era la única preocupación, ahora que caminaba en este alambre flojo y sin red, mientras su marido se mantenía  extrañamente sereno e iba apretando sus puños cada vez más.

De pronto, golpeó la mesa con la furia de un volcán. Cayeron las copas de cristal y una mancha de vino blanco corrió por el mantel como un río descolorido. El sonido de los platos, tambaleándose aún por el golpe, acompañaba la escena.  Se puso de pié y le habló lentamente, marcando cada palabra. No me verás más, pero a él tampoco lo verás. Tengo preparado un documento donde esa criatura no heredará nada de mis bienes. Te repudio en este instante, pero no habrá escándalos ni declaraciones, permanecerás aquí en esta casa, sin moverte. No intentes escapar. Yo sé todos tus movimientos. Quemarás cada libro que ese desgraciado te ha regalado y verás pasar su funeral por la ventana oeste del balcón. ¡¡¡Te lo juro que verás pasar su funeral!!!.

Estiró su chaqueta desde el cuello y acomodó el mechón que se había salido de su sitio. Subió a su dormitorio y buscó un impermeable y un sombrero. Acarició la billetera en el bolsillo superior y sin decir nada más, abandonó la habitación.

4 pensamientos en “Secretos

  1. Tengo la impresion que la novela romantica sufrida es tu fuerte, las historias te emanan con mucha facilidad, como en este caso, siendo la trama un clasico, la desarrollas con mucha soltura.-

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