En Otoño

CB014218

El gran camión con leña había terminado de descargar. Cada palo que cayó hizo el mismo sonido hueco y pesado, aplastando el pasto, reventando las manzanas y aterrizando en las formas más caprichosas y posibles, uno sobre otro.

Los hombres del camión se remojaron la cara y el cuello con el agua que brotaba de la llave del patio y ordenaron la ruma en filas horizontales para poder medir. Era mediodía. El sol iluminaba las plantas de mosquetas, con sus frutos rojos carmesí y las sábanas en el patio de la vecina que flameaban por momentos y por otros permanecían quietas. Las gallinas se paseaban perezosas y distantes, rasguñando sin esperanza la tierra pelada de su gallinero. El aire olía a aserrín, manzanas y motor petrolero. El camión estaba aún en marcha, mientras los hombres terminaban de medir y masticaban sin ganas algunas manzanas.

Luego, llegó la máquina de cortar. Un ingenio de aparato, provisto de una sierra circular de aserradero, con grandes dientes triangulares, algunos mutilados, otros demasiado aguzados, unida a un engranaje de camión, empotrada en una delgada tabla de alguna madera firme, pero profundamente envejecida, teñida con grasa miles de veces a lo largo de la temporada, haciéndola resbalosa y densa. Había una correa de cuero circular, que le daba movimiento a la sierra, pasando por el engranaje y la cola del motor de alguna extraña procedencia que se empipaba de bencina, amarillenta y  hedionda. Los hombres que movían este aparato tenían una apariencia extraña, distinta, furiosa. Cubiertos de aserrín, impregnados del olor de la bencina, las manos grasientas y los ojos colorados, lubricaban sus gaznates con vino blanco, que tenía casi el mismo color del combustible de la máquina. Escupían con regularidad y espantaban las moscas y el aserrín que volaba por sus caras. El ruido era ensordecedor y el aire se llenaba del humo del motor, que salía en una nube azulada de cada recoveco de la máquina de cortar. Eran largas las horas en los que ellos tomaban posesión de aquella extensión del patio y lentamente iban reduciendo la fila de leña a una montaña irregular y peligrosa que dejaba rodar de cuando en cuando alguna pieza desde la cima hasta el suelo.

Les observábamos de lejos, llenando nuestras bocas con el azúcar de las manzanas, deseando secretamente tomar posesión de la colina de leña que se alzaba a cada momento, pero permanecíamos empinadas en el techo viejo, resbaloso y anaranjado por los años de herrumbre, el sol, las hojas en descomposición y alguna que otra hebra de lana de oveja que se quedaba pegada caprichosa , negándose a bajar o incluso a formar parte del nido de algún gorrioncillo.

Cuando la faena terminaba, sólo quedaban dos grandes montañas; la de aserrín aquí y allá, la de leña. Ahora, había que correr. Ahora venía nuestra parte. Antes que la lluvia apareciera, ensopando todo, convirtiendo las manzanas en desperdicio, la tierra del gallinero en lodazal, el aire en una bruma difícil de respirar y se llevara el sol hasta la siguiente primavera, antes que todo eso sucediera, había que correr.

Como pequeños egipcios, tomábamos un palo a la vez y lo llevábamos dramáticamente cargando hasta la entrada de la leñera, corríamos de vuelta y veíamos como lentamente nuestra pirámide colosal se iba reduciendo a su mínima expresión. Así, vuelta tras vuelta, hora tras hora, hasta que la tarde se cubría lentamente con los colores del ocaso. Entonces entrábamos a la casa, tibia y acogedora, lavábamos nuestras manos y nos sentábamos a comer, aún soñando con la montaña que podríamos haber conquistado esa tarde, aún imaginando los castillos colosales que hubiéramos podido construir con tanto material, las esculturas de aserrín y agua en nuestra playa imaginaria, aún pensando en las manzanas jugosas que se perdían, exprimidas por el peso de la leña. Soñando con el espacio para nuestra villa india, con tipis y fogatas. Pensando sólo en hoy, sólo en ahora.

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