La Epidemia

El pequeño hospital estaba colapsando. Esta semana había sido espantosa. Como un vendaval que se levanta del horizonte, la epidemia de tos convulsiva hizo su aparición en el pueblo, sin que nadie tuviera ninguna precaución. Sólo tuvieron la premonición cuando vieron a la niñita de la trenza y las manitos coloradas  y cayeron en cuenta que no era la única esa semana. De ahí en adelante, fue todo una hecatombe. Llegaban tantos todos los días, aquejados de los mismos síntomas. Las cataplasmas de papas y arcilla, los jugos de cebolla, las infusiones de anís caliente y las pequeñas dosis de  antibióticos eran insuficientes para tantos enfermos. Los pobres bebés llegaban desfallecientes y habían visto morir a dos esta semana.  Dejaron de respirar en un acceso de tos fulminante que terminó por romper sus débiles pulmoncitos y los llevó al cielo. El pueblo entero estaba en silencio. No se escuchaba un alma. El párroco había abreviado las ceremonias, porque eran tantos por día. Era una desgracia.

Ella estaba ahí, como cada tarde, puntualmente, ajena al dolor que acontencía, con su impermeable color manila, sus ojos oscuros y su cabello recogido en lo alto de su cabeza, sus bolsillos llenos de caramelos y galletas y su corazón henchido al verle, con su boina de medio lado, en la misma banca y con un presente entre sus manos, para compartir la caminata, los dulces y las esperanzas de cada minuto de su encuentro diario.

El cielo se oscureció de pronto. Un viento gélido vino del norte y tiró la boina lejos. Al  voltear a recogerla, vieron a lo lejos un cortejo fúnebre que avanzaba por esa calle. Debían ocultarse. En su condición, no podían ser vistos. No había tiempo. Eran al menos veinte personas que venían vestidas de luto riguroso, detrás de la carreta tirada por bueyes, decorados con crespones negros en sus cuernos. Ella se mostró nerviosa y perdió la compostura. Una lágrima porfió por salir a su mejilla. Él le tomó de la mano y la condujo con prisa al portón, en la parte de atrás de su casa. Ella se resistió, pero él la empujó y cerró. Una vez adentro, miraron curiosos, a través del cerco, a las personas que formaban el séquito del funeral. La tristeza de sus rostros, el luto, la madre desconsolada, los pequeños que avanzaban a duras penas, tosiendo desde el fondo de sus pulmones, más víctimas de la epidemia. La lluvia empezó a caer, lento primero, con fuerza luego y se vieron obligados a entrar en la casa.

Ella estaba temblando. Él le ofreció una copa de jerez que aceptó sin pensar. Afuera, el primer gran aguacero de la temporada golpeó las ventanas, los techos de zinc y las almas atormentadas de los componentes del cortejo, que ya casi llegaban a la iglesia. De pronto, unieron sus labios, por primera vez,  como si lo hubieran hecho desde siempre y se perdieron en un mar de pasión que brotó entre sus pieles, incontenible, irreverente y perdido. Avanzaron besándose en dirección a la habitación, mientras iban cayendo las ropas en el camino. El corpiño y los grandes calzones de tafetán se transformaron en el último escollo que debieron salvar.

El aguacero caía con furia, no había nadie en las calles, no había más ruido que la lluvia. Sólo el sonido de los resortes de la cama  interrumpía el silencio de la habitación. Sólo los suspiros de ambos le hacían peso al golpeteo de la lluvia. Sólo su felicidad consumada abrigaba la esperanza para el día que se cernía oscuro y melancólico. Sólo su felicidad y nada más.

Salieron los dolientes de la iglesia. El cura había abreviado una vez más el sermón y se dirigieron, paso a paso, estilando, rumbo al panteón. En la habitación, los vidrios empañados y las copas de jerez en el suelo. El aire olía a su pasión, por tantas semanas reprimida. Se escuchaba el ahora suave compás de la lluvia y las goteras, que caían desde las pequeñas torrecitas de las esquinas, en el techo de la gran casa. Las pozas de agua se hicieron más profundas, mientras el sonido de la gotas se tornaba en un latido. Un latido para esos corazones cansados, que vivían, ahora, nuevamente. Un latido, como el tic tic de un metrónomo, que les anunciaba a los dolientes paso a paso, el avance inclaudicable de la vida. Donde iban ellos, irán todos. Seguía lloviendo. Seguían caminando. Seguía el vapor condensándose en la ventana del gran caserón. 

ventana

Anuncio publicitario

4 comentarios en “La Epidemia

  1. Gracias Clemen por tus gentiles palabras. Lo que me inspira es la calma. En este relato en particular, me parece generoso, sanador e inspirador amarse durante un aguacero. Podría haber sido una mañana de escarcha, que hubiera hecho más amable el cortejo para los dolientes, pero las cosquillas de la lluvia golpeando el techo son mi placer culpable. Gracias nuevamente.

  2. Tengo la impresion que los dias de lluvia te inspiran para escribir, en la tu ultima entrada , comienzas el relato con un dia lluvioso, (debe ser casualidad)
    Me gusto el resultado de fusionar dos historias, de la epidemia por un lado y el encuentro de los amantes furtivos por otro ( siendo la lluvia el ingrediente aglutinante) lograste un relato agil y entretenido, te quedo muy bueno .

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s