Tormenta

Arropada en su cama, la niñita espera a que las pequeñas luces que aparecen en la noche, se apaguen por completo, para poder dormir. El sueño no llega, mientras la brisa empieza despacio a hacerse tormenta. El sonido del abeto perdido en el antiguo fuerte español, junto con el golpeteo de las drizas en los tres mástiles arreciados por el viento, que sube desde la cañada hasta el alto y atraviesa la calle, para llegar a su patio, le hace perder el sosiego. En el fondo de la casa, se escucha un rumor de crujidos y acomodos. Suenan las latas en el techo, amenazando con despegarse para siempre. Silba el vendaval desde la hondonada, avanzando, avanzando.

Se mira a sí misma, pequeña y asustada; intenta hablar, pero no hay nadie despierto. Trata de salir de su cama, pero el sonido del viento, como un monstruo con forma propia y vida, le conmina a quedarse. No puede emitir un murmullo. Todos duermen. Todos parecen haber desaparecido. Imagina la tromba colándose entre los árboles del patio, levantándolos de sus raíces y arrastrándolos, para tumbar la casa. Se cuela por todas partes y cierra las puertas desvencijadas del fondo del gran caserón. Empieza a llover.

Retumba el aguacero en el tejado, herido mortalmente por el viento, que se yergue como la única resonancia en la noche, más allá de la lluvia, más allá de las drizas y el abeto, más allá de la cañada. Se cimbra la vieja cerca de madera y , del fondo del patio, un sonido como de un disparo, avisa de un árbol que ha caído sin apelación posible, tumbado por la fuerza de los elementos. La niñita arropa su cabeza y se encoge aterrada. Escucha una voz a su lado. Cree que sueña. Aguza el sentido, es su hermanita que también está asustada. Se meten juntas en la camita, cubiertas por el plumón de puntos amarillos y afinan ambas el oído a los sonidos macabros de la noche. Las gallinas cloquean asustadas en su gallinero y los ruidos del tejado siguen amenazando con abandonarlo todo y seguir al viento.

Finalmente, caen rendidas de sueño. Los pequeños ojitos se cierran cuando el aguacero se hace más calmo y la tormenta ya ha cedido. A la mañana siguiente, se dirigirán al gran abeto, en medio de un sol inusitado que alumbra toda la explanada.

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