Pistas en el Callejón

El joven Santa María estaba decidido a cumplir la voluntad de su padre. Todo había sucedido tan suavemente, que le agradecía a Dios por no haber hecho sufrir al anciano calvo y desdentado, que usaba una protésis rosada y sonora, como muestra de su única vanidad y  con la que sus nietos jugaban a menudo. El cuerpo ya estaba en el campo santo, tan lejos de la patria que lo había visto nacer, pero justo donde él había decidido quedar. Junto a Marie. Aquella mujer fascinante y compleja, que le había robado el corazón y que la vida se había llevado tan pronto. Marie nunca pudo ver a su hijo como un hombre, aunque el joven Santa María visitó la tumba primorosa muchas veces, durante todos estos años, acariciando las fotografías color sepia que la congelaban en un minuto en que su piel lucía tersa y pálida y sus manos se veían etéreas, como su cuerpo entero. Lucía más como una diosa o una actriz de cine que como una madre para el pequeño y su padre se empeñó, además, de llenar de virtudes fastuosas e ideales, porque ideal fue siempre ella para él.

Ahora, después de haber hablado con la pobre muchacha de la ferretería, sentía que el espíritu de su padre estaba tranquilo y junto a él, instándole a ayudar a esta mujer que nada tenía que ver con ellos, pero que cargaba un cruz demasiado pesada para su débil espalda. Sentía, por alguna razón, que había sido su padre el responsable de todo este dolor. Tal vez porque fue eso lo que le dijo antes de morir, antes de pronunciar muchas veces los nombres perdidos de un tiempo anterior, donde la amistad y el honor funcionaban como delicados engranajes en un mundo menos complejo que el presente.

El joven Santa María había registrado el viejo  arcón que estuvo una vez en el centro de la sala y que ahora moraba en el ático y tal como su padre le había indicado, de su interior y por medio de presdigitaciones mágicas, aparecieron documentos y fotografias que jamás había visto, de personas que nunca estuvieron en contacto con ellos y que, por muchas razones, fueron parte de su historia.

Entregó los papeles y las instantáneas a la joven y vio su cara tornarse cada vez más pálida, su semblante más lívido, mientras iba hojeando lentamente cada cosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas y el joven Santa María le pidió perdón. Ella le explicó que no era dolor lo que tenía en su corazón, sino una profunda conformidad. Todo lo que había soñado tantas veces estaba ahora justo en sus manos, en registros tangibles, en fotografías que congelaron minutos de una vida que ella aseguraba haber vivido mucho antes. El joven Santa María la miró perturbado e incrédulo. Sólo cumplo la voluntad de mi padre, intentó decir de último, pero cuando ella empezó a citar los nombres y los lugares, los hechos y las situaciones, con lujo de detalle y tal como su padre se lo había narrado días antes de morir, fue él el que palideció.

Caminaron juntos, afuera del cafetín donde él le entregó  los documentos y por algunas cuadras en la vieja alameda. Ella se refirió a los encuentros secretos de sus padres y cómo Marie fue sorprendida por su primer esposo. Todo estaba en su mente, en sus recuerdos. Tornaron por una callecita estrecha y de pronto, ella esbozó un recuerdo que no pudo completar.  La sensación de ir perdiendo el sentido le invadió lentamente. Pudo atinar a decir que por esa calle él había tomado rumbo hacia el final del pueblo, montando su caballo, mientras un charco de sangre inundaba la calle de tierra. ¿Quién es él? preguntó el joven Santa María intrigado. Escuchó sólo un susurro.

callejón

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3 pensamientos en “Pistas en el Callejón

  1. Que relato mas misterioso, no lo entendi mucho, siento que he perdido el hilo de la historia principal, y me cuesta identificar los personajes, me lo vas a tener que explicar con peras y manzanas !!!

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