El Paso

Raquel, ¿por qué las personas están llorando? ¿Por qué  me miran y lloran con tanta pena?.  Estoy en mi camita, y me miran y lloran como si algo malo hubiera pasado. ¿Por qué lloran Raquel? Sigue durmiendo mi niñita. Ha sido sólo un sueño, no te preocupes de nada. Sólo sigue durmiendo.  Pero no podía seguir porque el olor de la madera y la cera me perseguía y las lágrimas de esas personas me pertubaban. Ese sueño venía sólo de vez en cuando. Llegué a esperarlo cada luna creciente de mayo, cuando el sol se escondía tempranamente y la noche aparecía de súbito, cubriendo de un negro fantasmal todo lo que me rodeada; silenciaba a las aves nocturnas y me conducía lentamente al instante en que veía mi propio funeral.

Con los años logré determinar que ese era el significado del sueño. Raquel, mi nana, estaba demasiado ocupada con nuestras chaladuras como para prestar atención a los detalles. Con mi hermana mayor, descubrimos un diccionario de sueños un buen día y buscamos nerviosamente el significado de ese y muchos otros. Después, cuando conocí a Mercedes Pilar, ya estaba segura de cada escena. De lo que no estaba segura era de las circunstancias que me habían empujado hasta ese punto.

El joven de los ojos azules que me regaló los documentos y fotografías que habían pertenecido a su padre, creo que nunca creyó mucho en mi versión, hasta que revelé detalles privados de su familia, que dudo alguna vez alguien le haya contado. Se le aguó  la vista y me agradeció con la cabeza, sin poder articular una sílaba más. Entonces tu recuerdo volvió a mi memoria, como siempre y no pude seguir hablando. Te ví pasar la calle rumbo al río, abrigado con tu poncho y con las espuelas que habían sido de tu padre. Sentí tu aroma. Escuché tu voz. Y me dejaste.

Esa noche era luna creciente y me preparé para esperar la visión que había llenado de miedo mi infancia, que me había hecho crecer de golpe y convertirme en una criatura triste y melancólica, sin que mediara una razón. Estaba llena de esos sueños, de olores, de sensaciones que ya no compartía con nadie excepto con Mercedes Pilar, que era la única que no me miraba como si se me hubiera zafado un tornillo. Repasé los documentos una vez más, sin la avidez de la primera lectura y miré las fotografías lentamente, una tras otra, mientras me iba venciendo el sueño. Entraba lento en un mundo que no tenía nada que ver con este, mientras las caras y las voces de este tiempo iban perdiendo su nitidez, diluidas en una nebulosa de difícil explicación. Luego, las fotografías color sepia iban cobrando vida, mientras por el rabillo de mi ojo iba viendo desaparecer el entorno que me rodeaba hasta que todo cambiaba. Escuché tu voz nuevamente y la seguí. Ví a los dolientes y el cuarto iluminado por cirios encendidos y por primera vez no me quedé suspendida en esta escena. Seguí tu voz mientras avanzaba por calles de tierra que silenciaban el sonido de mis pasos, veía el sol esconderse presuroso, tu voz me llamaba, mientras yo seguía caminando por paisajes tan familiares. Al final de la avenida, crucé el pequeño puente de madera y seguí caminando. Estabas tan cerca, podía olerte. La noche se negaba a cubrirme por completo y una luz como de luna iluminaba mi camino. Olía la hierba mojada, los campos abiertos, la tierra húmeda. El agua corriendo.

Te detuviste por fin y pude verte. Me voy de aquí porque estoy maldito, me dijiste. No pude hablarte.  Me prendí a tu aroma de tabaco y lavanda, de sudor y sal. Quise tocarte, pero insististe en tu partida. No puedo verte, dijiste y tus ojos se llenaron de lágrimas gruesas y porfiadas. Te abracé, pero seguiste hablando para ti, mientras desensillabas tu caballo. Le dijiste algo al oído y se volteó. Caminó dos pasos cansados y se desplomó. El calor escapaba de su cuerpo sin vida. Seguiste caminando, mientras yo trataba de confortarte. No puedo verte, decías y hablabas con calma infinita, me decías que me amabas y que estábamos unidos. Que la vida no era nada sin ambos juntos. Estaba el muelle del balseo justo frente a nosotros. Me abrazaste, finalmente. Estoy maldito, siempre lo he estado, me dijiste. Déjame ir ahora, que volveré.  Te veo partir. Grito que no me dejes, pero mi voz no sale. Trato de moverme, pero no puedo. Escucho el agua golpeando lentamente cada tabla del pequeño muelle. Miro y ya no te veo. Un ave de la rivera pasa rasante y casi toca mi cabeza. Volveré, dijiste. Volveré.

Mercedes Pilar me ha despertado con una taza de chocolate caliente. Me conforta en un abrazo y me indica que el lugar a donde debemos dirigirnos está justo en la fotografía que mis manos casi han arruinado. Vamos para allá. Volveré, me dijiste y yo confío en tu palabra.

muelle

 

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