Un Año

“Escribo. Escribo para no olvidar”, dice la primera línea de la primera entrada. Hace un año que escribe, inspirada por miles de voces que llegaron al galope a sus oídos y que lentamente fueron tomando turnos para contarle sus historias, para convertirse en letras vivas, en sueños fantásticos y en memorias que van llenando las páginas de ese maravilloso y liberador ejercicio.

La escritora es la traductora de los susurros de todos aquellos que han venido a contarle con calma sus pesares, sus recuerdos y sus vidas. Están todos ahi, Mercedes Pilar, Isabel, Constantino, Esteban, Amelia, Marie, Natasha, los Amantes, Mary, Lucía, Olga, la Mamá, el Navegante, Gloria y tantos otros. Todos ellos han vaciado sus corazones, dictando bajito y en desorden sus historias. Tal vez han sido parcos o muy efusivos. Tal vez  han sido demasiado sinceros o misteriosos. Es asi la vida, llena de emociones y recuerdos que, al traerlos a esta realidad, por alguna alquimia desconocida, se transforman. Aparecen las memorias porfiadas y vívidas. Cobran su importancia a medida que viajan por las palabras y ellas se transforman en estas líneas. Escucha con atención. Toma notas a la carrera. Sueña lentamente, se transporta,  ve paisajes, escucha voces, se llena de aires nunca antes respirados y vive a través de ellos. Personas que son personajes. Personajes que son personas.

En este hermoso viaje no ha estado sola, algunos le acompañan desde el principio, otros se han unido en la carrera. Gracias a Weaber, Cecy, Xica, Polli, Kit, Clemen, PrimeraLluvia, LuisIrles, Alcaudoncillo, Fanou, Dalpasa, Mai, Jpablo y tantos otros que han pasado por estas páginas y dejado amablemente sus impresiones.  A todos ustedes, miles de gracias.

Quedan historias todavia, esperando su turno de ser escritas. Quedan vivencias todavía, esperando ser puestas en estas líneas. Quedan viajes. Quedan miles de viajes.

escribiendo

Emilio

Ninocazando1957

Su madre se volteó con furia y no hubo forma de que el hombre pudiera sacarle una sonrisa o  un beso. Bufó como una bestia dolida y siguió torcida para no verle partir. Él cargaba un saco de lona con algunas pertenencias y las pocas monedas que le quedaban en sus bolsillos, las dejó en sus manitas coloradas. Es el último recuerdo que Emilio tiene de su padre.

Aún puede ver sus manos pequeñas, llenas con los círculos de cobre opacos, las lágrimas asomando de los ojos de sus hermanos y él sin entender por qué su padre los dejaba.

Durante años, la voz de su madre le martilló constante que el padre había sido un desgraciado, un bandido y un mal nacido que nunca les recordó. Que se había ido muy lejos y que tenía otra familia que mantener. Que los había olvidado completamente y que no valía la pena ni siquiera su memoria. Sin embargo, no pasaban aprietos. De alguna parte mágica, ella sacaba para el sustento diario. Nunca fueron ricos, pero en las peores épocas, cuando la gente moría de hambre en Barcelona, ellos tuvieron siempre qué comer. Incluso hubo dinero para un médico, cuando su hermano Ernesto se accidentó  y casi perdió el brazo. Su madre estaba siempre en casa, cosiendo y haciendo morcillas y quesos que podía vender, pero él no era idiota, sabía que el dinero venía de alguna parte y era más del que ella producía.

Pronto, apareció don Sancho, con sus ojos inyectados y su sonrisa torcida. Le hizo un hijo a su madre que murió después de nacer  y luego, desapareció. No hubieron más palabras para mencionar al hombre, sin embargo, el dinero seguía llegando. Puntualmente, cada fin de mes, su madre se ausentaba por algunas horas y volvía con los brazos cargados de provisiones. Ayúdenme chavales, les gritaba desde lejos, porque sus piernas llenas de várices, le impedían seguir caminando. Compraba sin prudencia y más de lo que eran capaces de consumir. Demasiadas cosas terminaban en la basura o con los puercos, porque su madre se negaba a dejar ese hábito enfermo. Muchas veces quisieron convencerle de ayudarla a manejar esos valores, pero ella se negaba tercamente. Su hermano Esteban quizo estudiar, pero ella no lo permitió y se marchó un buen día de verano, como lo había hecho el padre mucho antes y nunca más se supo de él.

Ernesto también se fue un día, con los ojos inyectados como don Sancho. Bebía más de lo prudente y su estómago se le revolvía por las noches, en eternas sonajeras que no dejaban a nadie en paz. Después de su accidente, encontró trabajo en los muelles y sólo se dedicaba a la bebida. Algunos le vieron subirse a un barco y desaparecer con la marea de la tarde.

De pronto, Emilio se dió cuenta de su soledad. Todo lo que poseía era la escopeta, regalo del abuelo paterno a su hermano mayor y que este olvidó debajo de la cama, cuando se fue. Todo con lo que podía contar era un profundo rencor por el padre que se había ido, pero no podía sentirse cómodo en ese sentimiento. Había escuchado a su madre, en una cantinela enferma, día tras día, mes tras mes, durante todos estos años y lo que más le importaba era que aún no lograba una satisfacción del origen del dinero.

Ella empezó a comportarse extraño una mañana y ya no pudo moverse a la siguiente. Sus piernas habían sido tomadas por asalto por aquellas culebras color púrpura  y de tan hinchadas, no podía ni tocarlas. Se tumbó en su cama y siguió escupiendo el odio como había sido su costumbre. Un buen día murió, tal vez envenenada por sus propios fluidos. Nunca quizo ver un médico, por su porfía de toda la vida y porque el dinero desapareció al mismo tiempo que ella perdió la movilidad y no fue hasta que su tía Encarna lo encontró un día, y le entregó  una ruma de cartas selladas, que pudo entender la verdad.

Emilio las abrió una por una y recordó todos los pasajes de su niñez. Todos los trabajos y los pesares, las lágrimas y el dolor. Los motes de abandonado que hubo de soportar en la escuela y la constante incertidumbre de no saber porqué aquel que tanto cariño les había prodigado, les había dejado atrás. Leyó con cuidado y muchas frases le quedaron grandes, porque escuchaba de fondo la voz odiosa de la madre. Un sentimiento como la brea le inundó. Contó los billetes uno por uno. Revisó las fechas de las cartas otra vez. Miró la vieja escopeta y decidió enterrarla en el patio justo donde estaba la tumba de su madre. Preguntó a su tía Encarna hacía cuánto que esos sobres llegaban y ella dijo al irse tu padre, unos tres meses después, y nunca ha faltado ninguno. Todos los ha recibido ella, todos y cada uno, excepto los que tienes en tus manos. Preguntó también dónde quedaba el puerto principal del país del remitente y ella le contestó.

Dos días después, Emilio compraba un pasaje a Valparaíso. Estaba decidido a terminar esta locura, sacarse esta brea oscura que rondaba su corazón. Estaba decidido a matar a su padre.

Expedición al Estrecho

Mi nombre es José María y soy de Gijón. Fui criado en un hospicio y a los quince años me hice a la mar. El hidalgo me pidió que le acompañe en esta expedición, porque soy el único que sabe leer y escribir. Él dice que puede, pero yo sé que miente, como sé que miente cuando dice que sabe dónde estamos.

Llevamos meses en este viaje de locura y no hemos visto nada que brille excepto las estrellas del firmamento, en las noches de luna llena. Si no encontramos oro en esta empresa, vamos a contar con varios problemas. Los hombres no duermen por los ruidos que vienen de la playa y alucinan ninfas desnudas saliendo relucientes de los troncos que flotan, en medio del mar. En el día, todos andan como sonámbulos cometiendo disparates.

Mi misión es llevar el registro del barco y dibujar las cartas de navegación y veo que hemos dado tumbos. No hemos encontrado nada y todo lo que nos contaron los indios, antes de zarpar, han sido un montón de mentiras. El paisaje es vasto y desolado, de un verde eterno y húmedo que nos chala los pensamientos y no deja que el hidalgo proceda como debiera. Rehúsa ir a tierra por  miedo a los fuegos que vemos en las noches. Navegamos por extraños fiordos, donde parece que todo se hubiera desmembrado, producto de alguna hechicería. Es tierra de árboles, laurel, ciprés y arrayán y otras muchas pasturas que son vistas en nuestra España y la hierba como avena. Alucinamos.

Salimos de un pequeño puerto y seguimos nuestro viaje y llegamos en el día de Nuestra Señora de la Concepción, el nueve de diciembre del año de mil quinientos cincuenta y tres. Arribamos al estrecho de Magallanes y estuvimos allí dos días. Cuando aclaró el cielo, se vio la boca del estrecho que tiene tres leguas de ancho, dos isletas pequeñas en medio y al lado del norte tiene unos farellones que parecen velas. A la banda del sur, tiene una isla a manera de campana, y así le hemos llamado. Es monte y se ve poblada. Anoto todos estos detalles cuidadosomente en mis libros y confecciono las cartas como me ha encomendado el hidalgo.

En una isla, antes de tocar esta región, vimos unos ranchos pequeños y al parecer eran de gente pobre, sus casas cubiertas con cortezas de árboles y con cueros  de animales. Hallamos una canoa hecha de tres tablas muy bien cosida, de veinticuatro o veinticinco pies y por las costuras tenían echado un betún que ellos hacen. Avanzan desnudos, untados los cuerpos de aceite de lobos marinos y trasquilados. Toda la costa de la banda del sur es monte  con grandes y altos peñascos. Está en altura de cincuenta y un grado y medio. Voy tomando los datos que me dan las estrellas.  Nos volvemos locos. Un accidente acontece en nuestra nave. No hay oro, murmuramos. Salimos a recorrer los montes a pié. Buscamos agua y comida. Buscamos espíritus y paisajes habitados. Sólo mar y vastedad. Sólo costas peladas y vientos que nos razgan los vestidos. El hidalgo dice que sabe dónde estamos. Yo sé que miente.

Esa noche, en las fogatas, los indios se tiñen de rojo y emiten sonidos de locura. Les vemos avanzar por la playa en danzas. Crecen sus cuerpos como por arte de magia.  Las pisadas que avistamos la mañana siguiente nos quitan definitivamente la razón. Patagones, les llamamos. Sus cuerpos, marcados en la arena, ahuyentan nuestro valor. Le pedimos al hidalgo que volvamos. Me pide en privado que lea mi crónica con calma y que le muestre los mapas que he ido dibujando. Se ve sereno, pero yo sé que finge. Está tan asustado como nosotros. Don Pedro le ha solicitado esta empresa y no sabemos si él aún existe, acosado como estaba por los otros salvajes de más al norte. Su Majestad ha de premiar nuestro esfuerzo, dice para componer el ánimo de la tripulación, pero nadie hace razón de sus palabras.

Otra noche de locura. Más gritos en la vastedad de este universo. Todo verde y desolado, ni los pájaros parecen vivos. Sólo el mar azota nuestro buque, llevándose nuestro sueño. Les vemos de nuevo, protegidos por tintas de colores, desnudos los hombres, mostrando sus sexos a los cuatro vientos. Son gigantes, bárbaros, eternos, poderosos. Se llevan nuestras voces. Patagones les hemos llamado.  En esta inmensidad donde los fuegos no se apagan nunca, donde don Hernando decidió decir Pacífico al oceáno, no hemos encontrado la paz. Patagones, les llamamos. Son bestias, son hombres, son seres mágicos y malditos, destinados a vivir en estas soledades. Sus huellas nos alteran. Sus colores nos llenan el alma de pavor.

Anoto todo con cuidado en mi diario. Las monjas del hospicio siempre me aconsejaron llevar un diario. Anota bien, hijo querido, que nunca vas a saber quién puede beneficiarse de tus recuerdos. El hidalgo don Francisco me pide que no lleve registro de nuestras visiones, pero yo no le hago caso. Él mismo comenta las suyas a la tripulación de cubierta. Patagones, les llama con certeza. Tierra de todos ellos. Nunca hemos de llegar a conquistarla, dice de pronto una mañana. Patagonia es la frontera de este reino de locura, sostiene afiebrado. Perderá sus dientes en el viaje de vuelta. Mostrará mis notas a don Pedro y él me premiará con dos mercedes de tierra. Todo lo que he visto, no he de contárselo nunca a nadie.  

Puerto Eden

La Mujer del Viento

pescadores

Adelina Loncoman nació en esta tierra pelada, arrasada por el viento, deslavada por la lluvia, un día de octubre hace cincuenta y tres años. Entonces, sus padres vivían en una ranchita humilde, levantada a punta de palabrotas y esfuerzo descomunal, arrastrando cada tabla por el mar, en su chalupa, fuente única del sustento familiar cuando la huerta amanecía ensopada por el temporal o aterida por la helada.

Era una mujer de aspecto adusto, cejas muy juntas, la cara redonda, el mirar triste, el hablar cantado, las mejillas rojas. Vestida con faldas de lana y refajos de algodón; no se sacaba ni a sol ni sombra su chaleca multicolor, que la hacía ver de lejos como una bandera solitaria enclavada en alguna isla perdida de este perdido país.

Cuando Adelina tenía doce años, una gran tormenta azotó con fuerza la rancha donde vivían y tuvieron que salir corriendo, tan solo con lo puesto, a refugiarse en el cerro. Las olas rugían y la lluvia golpeaba despiadada. Debajo del follaje de unos ñirres quedaron esperando, ella y sus siete hermanos menores. Los otros seis acompañaron al padre ladera abajo, a intentar salvar la chalupa. Sólo tres volvieron con vida. El mar los había arrastrado en su locura y nunca más volvieron a hablar de ellos. Era como si hubieran emprendido un largo viaje. Así aprendió a enfrentar la muerte, así aprendió a aceptar la furia de los elementos como parte gravitante de su vida.

A la vuelta de los años, los peores hechos de su destino eran anunciados con tormentas colosales, donde el viento le decía muy alto que estuviera preparada. Su marido y sus dos hijos mayores perecieron en una noche de tormenta, tiempo después que el gran terremoto hubiera hecho estragos en sus tierras, llevándose sus enseres y sus sueños. Empezó de nuevo y empezó muchas veces. No tenía la cuenta cuántas veces partió otra vez, llenándose las manos con tierra, cargando baldes con agua, con el barro hasta la cintura, durmiendo rendida en largas noches sin sueños, cuidando a los hijos, llenando las bateas con pan y recuperando las semillas y los árboles, recogiendo a los perros, los corderos perdidos y las cosechas. Estaba acostumbrada al rigor y la inclemencia, a la palabra justa y el trabajo constante, al sufrimiento y la desgracia.

Con el viento que azotaba desde el norte, su alma se tornaba de fino aire para dejarse llevar por la tempestad, porque muy niña había aprendido que nada se lograba con oponer resistencia. Vió muchas veces la locura que invadía a vecinos y amistades, cuando la desgracia se hacía patente. Maldecían a Dios y a la tierra que los había visto nacer y de pronto los encontraba vagando, hablando solos, con sólo el recuerdo de los hechos consumados y sin ni siquiera una conformidad.

Adelina aprendió a curar las fiebres y las heridas con emplastos y oraciones, a parir a sus hijos en la más completa indefensión y soledad y cuando la tele le mostró por primera vez imágenes de otras latitudes, se santiguó varias veces, porque nunca antes hubiera creído que cosas tan colosales podían suceder. Su hijo Roberto la tomó un día de un brazo y la sacó de la caleta para llevarla a un lugar más firme, mamita. Harto se ha machucado en esta tierra. Tengo una huertita y una casa para usted. No me la desprecie y véngase conmigo. De eso ya habían pasado ocho años.

La noche que vió los fuegos escapando del volcán, no pudo creerlo. No había salido el viento que siempre le anunciaba una desgracia, por lo que siguió trabajando como hasta entonces. La mañana siguiente alimentó a sus perros y se esforzó en barrer la plumilla molestosa que llenaba la entrada de su casa, mientras seguían las fumarolas y el humo espeso y gris. Ella no le tomó atención. Tenía que entrar la leña. Roberto se había perdido en el mar, como casi todos sus hijos y debía ayudar a la nuera a criar a los nietos. Sus manitos coloradas le acariciaban sus cabellos grises y sus voces le hablaban de maravillas que aprendían en la escuela, mientras le leían en voz alta las instrucciones para prender la nueva estufa. Ellos fueron los primeros que hablaron de evacuación.

Dos días más tarde, mientras el fuego seguía saliendo del volcán, un contingente de soldados llegaba al pueblo. Su misión era conminar a los civiles a abandonar sus tierras, con el compromiso formal que ellos se harían cargo de su seguridad. Adelina les miró con ternura. A algunos les quedaba grande el uniforme y andaban siempre con hambre. Sólo el sargento Carreño se mostraba formal y distante, pero tenía una palabra amable para todos ellos. Se había ofrecido de voluntario para ir y nada lo iba a mover de ahí, señora linda. Estoy aquí para velar por usted. Pero no fue por mucho tiempo, porque esa misma tarde le pidió gentilmente que tuviera a bien trancar su puerta y le acompañara a la barcaza.

Por meses estuvo lejos de su  hogar, hasta que decidió volver. Llegó de noche,  abrió  su puerta y se tomó una taza de té. La mañana siguiente, junto con otras mujeres que también habían  escabullido la vigilancia del gobierno y habían regresado, decidieron limpiar la calle, sacar el barro y empezar a  preparar la tierra para sembrar. La señorita que les toma ahora las fotos para la entrevista, les pregunta una y otra vez porqué han vuelto. Adelina la mira y sigue repitiendo que debajo de toda la ceniza está su hogar. Quisiera decirle que no tiene porqué salir corriendo si nadie la ha correteado y que después de todos estos años, ¿para dónde podría ir?.