Voy Cruzando el Río

kerry-way

La rudeza del camino provocaba internos estertores en el motor del vehículo. Llevaba en la ruta más de quince horas, con la sola parada para proveerse de combustible. Era un modelo antiguo, pero confortable, con asientos de cuero, mullidos, de color bermellón. El cielo estaba despejado y el aire del mar golpeaba el parabrisas. El paisaje era siempre el mismo, de un verde esmeralda profundo, planos los prados, apenas asomando el mar por entre los roqueríos.

El traqueteo seguía y  le impedía concentrarse en sintonizar la radio. La verdad es que ninguna estación se escuchaba en esas latitudes, pero la esperanza y el empeño eran lo que más le caracterizaban. Hizo una parada en una pequeña granja, enclavada en una colina prominente y consultó si podían venderle algo de comer. Contó su historia a la carrera y los campesinos le dieron una sopa de gallina, pan fresco y una escudilla con agua corriente para quitarse el tinte de sus manos y de su cara, que se mezclaba con el sudor pegajoso que siempre le invadía, cuando cruzaba palabras con extraños.

Antes de arrancar el motor y después de agradecerle a la familia por su tiempo y su discreción, notó una mancha oscura debajo del vehículo. Trató de cubrirla con tierra, pero estaba justo debajo. La turba crecía apenas por ahi. Contaba con algo de suerte. Intentó avisarle al campesino, pero la premura de su viaje era más importante. Confió que el hombre se daría cuenta y borraría ese círculo imperfecto, molestoso y delator.

El traqueteo le seguía acompañando incesante y seco. Estaba por volverle loco. Recordaba todos los hechos acaecidos en las últimas veinticuatro horas con una precisión enfermiza. No había dormido nada. De pronto, en una bifurcación, tuvo que consultar el mapa que llevaba, doblado en miles de pliegues, en la guantera. No recordaba ese cruce. Debía llegar a un río, luego unos veinticinco kilómetros por otro camino del infierno, hasta alcanzar su destino. Ese cruce no estaba en su ruta. En alguna parte se había perdido.

Desde mucho antes que su padre fuera de su edad, la nación ya se debatía en este conflicto, siempre con escaramuzas aquí y allá, con más o menos vencedores y vencidos. Siempre escapando de la policía y su brutalidad, siempre reforzando el amor incondicional a la patria y los ideales de esta isla esmeralda, nacida libre desde su concepción en el mismo mar. Con más suerte que otra cosa, había logrado salvar su pellejo intacto. Sus amigos y compañeros de armas se habían ido uno tras el otro, en una seguidilla que se le enredaba por detalles similares, como si fuera la visión de un caleidoscopio. La palabra empeñada era, sin embargo, la moneda corriente en esta vastedad de odio, violencia y sangre. Debía seguir su camino, como Sean se lo había indicado, tantas veces. Lo sabía de memoria, amparado en el relato de su mejor amigo y era por eso que sabía ciertamente que este cruce no debía estar.

Dio una vuelta en U, recordando la cara de Sean. Sus ademanes torpes. Su sonrisa de dientes torcidos. Sus ojos que cambiaban de verde a azul, de azul a verde, como esta isla. Sus relatos, cargados de dramatismo, sus cicatrices, de diferente procedencia y su odio sin tregua a los ingleses. Recordó el minuto exacto cuando le dispararon. Le hablaba entrecortado, rogándole que cumpliera su palabra. No tenía noción cuántas horas estuvo arrodillado junto a su cuerpo, esperando que abriera los ojos y se riera en sus narices, como lo hizo muchas veces, en el pasado. Mientras agonizaba le dijo si ves el río, crúzalo a pié y le rogó nuevamente que cumpliera su promesa, antes que la sangre abandonara por completo su cuerpo inerte y frío. En esa visión, avistó el cauce. Una sonrisa, la primera en toda la jornada, le dio a su semblante un aspecto cansado. Sus ojos caían de sueño. Su mente se perdía en todas direcciones. Lo único que le mantenía alerta era el ruido incesante que venía de la cajuela del automóvil. Paró un segundo, abrió la portezuela y acomodó la bolsa. Cuando arrancó, una mancha irregular y oscura quedó grabada en el camino.

Avanzó por unos dos kilómetros y la extraña sensación de ser vigilado le invadió por completo. Aceleró a fondo, pero el vehículo no estaba diseñado para este camino tan irregular y angosto. Una ráfaga perló su frente y traspasó el parabrisas. La voz de Sean le sonó muy cerca de su oído, ten cuidado, cumple tu palabra.  Su cuerpo inerte reposó dramático sobre el volante y este guió al automóvil cuesta abajo, sin chocar, hasta detenerse pesado y exánime contra un viejo árbol, ya falto de combustible.

La policía inglesa tomó fotografías del lugar.  Estaba un periodista de un diario sensacionalista y en la confusión de los hechos, diseñó el titular de la portada, mientras la policía ubicaba el segundo cuerpo en la cajuela, para mover el auto con propiedad. Hayan dos terroristas baleados adentro de un Hillman 59.

The Devil s Own – Launching The Boat by chrieseli

N de la R: Soundtrack de la película The Devil’s Own (en español, Enemigo Intimo o la Sombra del Diablo) protagonizada por Brad Pitt y Harrison Ford.
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Nada Más

Queda el abrazo grabado en su memoria. Recorre el panorama y sentirá que, de alguna forma insólita y verdadera, lo que queda es sólo el abrazo. Eso y nada más.

Nada más que un abrazo finito y dulce. Ni la voz, ni la risa, ni los sueños. Ni el olor de los libros viejos, ni la cama de la abuela. Ni el frasco colmado de agua fresca, ni la pasión de media noche. Ni el humo del cigarrillo, ni las galletas de jengibre o la ensalada de pepinos ni el pan del desayuno. Nada más queda. Nada más.

El Arquitecto de la Última Morada

Esta es la penúltima carretillada de material. Se limpia las manos y decidido, agarra la pala, mientras va sacando a cucharadas, como un chef surrealista, esta mezcla gris y granito que cae espesa y suave sobre la estructura que está por terminar.

Cuando era niño, la vista de este lugar le perturbaba. El ángel que decoraba el gran mausoleo de las monjitas, le parecía un joven congelado en su propia desolación, mirando a quién sabe dónde, oteando un horizonte que no podía seguir, provisto de alas que no podía usar. El dolor y las lágrimas perseguían su día a día. Siempre se acercaban personas con los ojos colorados, presas de una tristeza de difícil descripción, aunque también habían algunas que le asignaban el trabajo con frialdad y sin motivación, cumpliendo un tedioso deber que nadie más se habría tomado la molestia de asumir.

Las caras de dolor se le marcaban en sus recuerdos, mientras trabajaba, transportando el material por los angostos pasillos del recinto, poniendo cuidado en no trastabillar con el pavimento irregular, que se levantaba por todos lados. El rumor del riachuelo le daba un leve sonido a este espacio, mientras los pájaros cantaban apenas, manteniendo el respeto por aquellos que ya se habían ido.

Conocía el lugar como la palma de su mano. Conocía cada recoveco, cada ubicación. Muchos de  ellos habían sido personas distinguidas que él había mirado  desde lejos. Ahora, estaban cada uno en su lugarcito, con sus nombres impresos en lápidas de mármol y bronce, esperando  la llegada del verano para recibir sus flores frescas. Algunos eran olvidados. Muchos estaban ahí desde antes que él naciera, encerrados en estos espacios cada vez más grises, sus nombres borrados por el tiempo y las estaciones. Sabía que siempre llegaban a pedir su trabajo con premura y atención. Muy pocos eran los que preveían la inminencia de la muerte y se preparaban con antelación. Muy pocos encaraban este hecho innegable. Muy pocos.

Trabajaba con ahínco, en las heladas mañanas del otoño y en las calurosas tardes del verano. Siempre  había algo. Siempre la hermana Muerte alcanzaba a alguien de súbito y él tenía que apretar el paso y enfrentarla. No podía atrasar la última morada. No podían haber errores de cálculo ni fatigas en el material. Todo debía ser hecho con la precisión de un relojero. Con la ternura de una madre. Con la fuerza de un titán.

El ángel del mausoleo de las monjitas todavía está vigilante, como ha estado los últimos treinta años. Tal vez lo hayan puesto ahi, piensa, para espantar a aquellos que curiosean las tumbas de la religiosas, averiguando si tienen pelo debajo de sus cofias. ¡Qué gente más nefasta aquella que se mete, a hurtadillas, a manosear los nichos perdidos o echar mano de anillas de bronce, para venderlas como burdo botín!. Su trabajo entonces, luce arruinado. Su empeño se ve frustrado y reparar, ¿cómo poder reparar?. Si el daño está ya hecho, el desastre no tiene vuelta. No había derecho. No, no había derecho, cuando este lugar es sacro, cuando las tumbas son santas. ¿No hay Dios en el cielo?, piensa mientras empuja la carretilla de vuelta a la montaña de mortero que ya tiene preparado. La señora a quien le construye esta sepultura, está grave en el hospital, es posible que se adelante su llegada, piensa. Bufa con fatiga cuando levanta la mezcla palada tras palada. Refresca su cara y mira, con ternura, la matita de geranios que se niega a morir. Antes de irse, le regará como es su costumbre. Ya no recuerda quién era el dueño de esa lápida. Fue arrancada de golpe una noche de juerga. Antes no pasaban esas cosas, concluye, mientras levanta por enésima vez sus mangas y pone manos a la obra.

cementerio

 

Confutatis

pasillo hospital

Es la hora más pesada de este turno. Por años ha sido siempre igual y por más que se ha esforzado, no ha conseguido encontrarle ni un mínimo de razón. Se pasea de una punta a otra del pasillo, escuchando las máquinas que le van dando vida a corazones que se niegan a latir, a pulmones que no quieren o ya no pueden respirar. Víctimas dolientes de accidentes de diversos tipos. Pacientes saliendo de sus cirugías. Enfermos terminales en los últimos estertores de su existencia. El anestesista aguarda también, escondido en una mínima oficina, comiendo galletitas saladas y escribiendo crucigramas en servilletas de papel.

Su beeper se activa en el minuto menos apropiado. Estaba por entrar al baño. La llamada viene de Emergencias. Corre por el pasillo, tratando de minimizar el ruido de sus pisadas. El equipo ya está en sus posiciones y la ambulancia acaba de entrar. Ha sido un tiroteo, informa el paramédico al depositar la primera víctima.

Sus pensamientos la evaden, como ha sido siempre su costumbre en estos procedimientos, a la infancia de su hijo. El campo lleno de malvas. El perro corriendo. Gaspar, presa de un ataque de risa, persigue a un pobre abejorro que lucha por tomar altura pero no puede; ha sido demasiado codicioso, apenas puede con su peso. Sus colores naranja y amarillo se destacan contra la luz de la tarde. Gaspar tiene sus mejillas coloradas y una gota de sudor le marca un zurco dramático en su frente, cubierta de pasto y tierra. Ella ríe francamente y le abraza. Caminan de vuelta a casa. El vecino, veterano de la gran guerra, ya está escuchando el concierto. Se sientan en el porche, mientras  Gaspar saborea una malteada y ella le limpia la cara con un trapo de algodón. El aire es suave y tibio. El sol ilumina la tarde en reflejos que se  sumergen en el agua del estanque. El perro suspira cansado y se estira a sus pies. Es Mozart, le grita el vecino, más para escucharse a si mismo que para darse a entender. Una granada estalló a diez centímentros de su cabeza. Le costó el oído y dos matrimonios. Es Mozart, insiste, gritando sobre el coro, que ruega por la piedad del Señor. Gaspar desdeña la pieza y se dirige al interior de la casa. El perro suspira nuevamente. Ella permanece sentada, con su copa de vino blanco, mientras el coro clama: “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis; voca me cum benedictis; oro supplex et acclinis; cor contritus quasi cinis; gere curam mei finis”*

¿Quién te ha pedido que vengas? le sacude el residente. No debes estar aquí. Llamen a otra enfermera. Vete por favor. NO DEBES ESTAR AQUI. ¿Qué ha pasado? Ha sido un tiroteo. Vete de aquí. Es una orden.

En la confusión, uno de los camilleros le golpea la cara. Se dirige al baño. Observa el moretón y trata de explicarse porqué el médico ha rehusado su presencia. Recuerda que no hay nada para desayunar en su hogar. Su turno termina a las siete. Tal vez encuentre algo abierto, pero Gaspar ha de estar durmiendo para entonces. No sabe en qué minuto dejó de conocer a su hijo. En qué momento perdió su pista y se convirtieron en dos extraños.  Ese viaje no le hizo ningún provecho. Su amistad con Rick y toda esa historia torcida, era más de lo que podía soportar. ¿Dónde estaba el niño amoroso y suave que limpiaba sus lágrimas, mientras ella luchaba por salvar su matrimonio? ¿Por qué este joven rubicundo pero cruel llegaba a su casa con relojes costosos y totalmente fuera de si. El tatuaje fue la gota que rebosó el vaso. La figura de una calavera con dientes de oro y los ojos llenos de violencia y maldad. ¿cómo había sido capaz de grabar en su cuerpo algo asi? Recordaba perfectamente el momento. La sonrisa de orgullo. Los ademanes. Era terrible. ¿Dónde se había ido? ¿Por qué lo había perdido? ¿Dónde se había equivocado? ¿Cómo podía deshacer todo y volver a los hermosos veranos cuando escuchaban juntos los conciertos que venían de la casa del vecino sordo? Cambiaría todo por esos momentos preciados. Todo. Lágrimas de frustración y ahora, de dolor por el golpe accidental, le nublan la visión. Quisiera tener todas las respuestas. ¿Por qué le habían conminado a salir de la sala de emergencias? Su teléfono movil empieza a sonar. Contesta sin muchas ganas.

Corre por el pasillo nuevamente de vuelta a Emergencias. El anestesista escucha un concierto para no quedarse dormido. La ve pasar corriendo. Ella escucha vagamente. Sabe bien cuál es. La música llena todo el hospital: “Confutatis maledictis, flammis acribus addictis; voca me cum benedictis; oro supplex et acclinis; cor contritus quasi cinis; gere curam mei finis”*. Retumba en sus oídos,  en su conciencia, en sus recuerdos.  Las lágrimas y el horror. La vista de las víctimas del tiroteo. No puede estar pasando. Se precipita a la camilla. Levanta la sábana que cubre el cuerpo sin vida. Lo primero que ve es el tatuaje.

Mozart – Requiem – Confutatis – 7 by chrieseli

*Rechazados los malditos y entregados a las crueles llamas, llámame con los benditos. Suplicante y humilde te ruego, con el corazón casi hecho ceniza, apiádate de mí en esta última hora*

En el Altillo

arce

Déjame ser, reza la frase en letras de molde color amarillo fluorescente, que se planta en la mitad del cielo raso. El poster de James Dean le mira justo frente a frente, mientras la vieja maleta decorada, en su interior, con papel decomural de grandes flores, guarda sus pertenencias y a veces, algunas otras cosas. Es el espacio de su rebeldía. Es la frontera de su independencia. La frase que se ilumina por las noches; cuando los reflejos de la luna traspasan las hojas del árbol de arce, guardias de la delicada ventana de madera, es la que guía su existir.

La lluvia, cuando cae, invade furiosa, con sus sonidos de locura, el techo de zinc envejecido que está demasiado cerca. El ruido le impide, invariablemente, dormir. Siente que el chaparrón se cierne dentro de su misma habitación e imagina un diluvio inundando sus pertenencias, su espacio, su vida entera. El árbol golpea insolente, azotado por el viento y la sensación de pequeñez que le embarga es incontrolable. Mira todo su universo fragilizado por el chaparrón. Todo parece diluirse con la tormenta, todo parece remecerse con el golpeteo de las ramas en la ventana.  A veces, logra conciliar el sueño, pero la posición fetal forzada le hace complicado el descansar.

Las mañanas son lo mejor en esta habitación. El sol aparece por los lugares más impensados, iluminando las tablas de laurel que componen el cielo raso, una al lado de la otra, con rigurosidad bucólica y repetida hasta el infinito. Las dimensiones de la habitación son tan irregulares, la puerta de entrada es tan exigua, sólo el pestillito de bronce le da la sensación de privacidad. La lámpara, resto último de un gran candelabro que, alguna vez, iluminó un sitio mucho más elegante que esta casa, le proporciona la luz necesaria, en la heladas noches invernales, para seguir a los protagonistas de los libros que devora.

La sensación de pertenencia con cada tabla colorada del piso le asigna una importancia dramática a este espacio, al que ha llegado por casualidad, después de recorrer el gran caserón,  hasta llegar aquí. Un espacio planeado para lo oculto. De  niña, imaginaba a princesas prisioneras condenadas a vivir en esta mínima habitación, presas de la locura y la desesperación. La ventana es la única fuente de luz, la única conexión con la vida en el exterior. Debajo está todo lo demás. La huerta. El jardín. El cerco de madera. La calle. La vía férrea. Esta misma calle se inunda frente a sus ojos y se cubre del polvo naranja y marrón en las estaciones extremas. El olor del árbol le invita a abrir la ventana, cada noche de primavera, hasta que el verano arrogante hace su entrada y castiga el techo de latón viejo, haciéndole retorcer en complicadas contorsiones que se escuchan claras desde la habitación, muda testigo de esta tortura.

Cada sonido. Cada respirar. Cada línea leída. Cada espacio conquistado. Cada pequeño microorganismo que vaga perdido entre los pliegues de la pared, por debajo del póster de James Dean y entremedio de las cajetillas de cigarrillos de colección que decoran la pared, al lado de la ventana. Todos sufren, en silencio, el cambio de sus formas cuando el atardecer dibuja las hojas del arce en sus sofisticados logos.

La ventana es justo de su tamaño. Si se ubica sobre el alféizar puede ver las planicies y los atardeceres por sobre las casas de los vecinos, mientras el humo de su cigarrillo escapa en estelas indefinidas, por los espacios que deja su cuerpo. Sólo una hoja puede ser abierta con seguridad.  A veces, se arriesga y abre ambas. La sensación de amplitud es infinita, mientras las semillas secas del arce caen en miles de vueltas como diminutas hélices, en bailes secretos, arrastradas por el viento.

Es esa misma precariedad la que, esa mañana, le conmina a empacar. Debe deshacer todo en minutos que corren en su contra. Debe eliminar cada recuerdo. Cada marca. Cada segundo vivido en este espacio. Ver caer lentamente a su amigo el arce, abatido por la insolencia de una motosierra, aprieta su corazón en una mueca de dolor. Nunca más las sombras, nunca más los golpeteos. Nunca más la privada sensación de abandono, angustia y libertad. Días después, nada quedará erguido. Todo está en sus recuerdos. Cada olor, cada sonido, cada brizna de polvo empujada por el viento. Ni los libros lo han impedido, ni su imaginación. La verdad es patente. La frase de su techo queda suspendida en un espacio al que nunca más volverá a recurrir. Se queda, sin embargo, congelada en los rumores del altillo y sólo después de mucho tiempo, podrá reproducirlos sin sentir dolor.

Partido de Golf

El sol le impide ver la trayectoria que ha seguido la bola, pero sabe que ha de estar por ahi. El swing lo ha practicado con obstinación y aunque ha sentido ese leve tironcillo en el hombro, camina vigoroso por el prado, en dirección al próximo hoyo. Recuerda su despertar de esta mañana y el terrible dolor en todo el brazo. Las pastillas escondidas en el segundo cajón del mueble del baño, le han causado sueño y letargia. No le han impedido tomar el desayuno frugal que acostumbra, leyendo la página económica del diario, mientras la luz de la mañana se va marcando en el cielo.

La pastilla. Ha olvidado la OTRA pastilla. Debe de estar en alguna parte de sus bolsillos, piensa mientras sigue caminando, sin disfrutar ya del panorama, concentrado en no olvidarse del medicamento y sobre todo, consciente al máximo de sus actos. Todo luce distinto, mientras su cerebro actúa a mil por hora, dejando el letargo habitual. Escucha voces. Cree que alucina. ¡¿Dónde diablos ha quedado la pastilla?!. Siente una sequedad extraña en su boca y la caricia del sol como una cachetada. No repara en lo que le dice su caddie. Elige un palo sin mirar y golpea con demasiada imprecisión. La bola sale disparada en una trayectoria inverosímil y él se desgasta en explicaciones que no vienen al caso. El estado de excitación es absoluto. Quisiera arrojarse a las aguas del mar embravecido que gobierna ahora sus pensamientos. Su teléfono móvil vibra escondido en su bolsillo. Lo saca, convencido que debe arrojarlo lejos y de pronto, siente la pastilla, perdida entre los pliegues. Una ráfaga de inspiración gobierna su accionar. No la tomes, déjala ahí, escucha de una voz mecánica y ronca que viene de su interior. La voz suave y femenina le recuerda que debe seguir la medicación, aunque hace tiempo que no ha visitado a un médico. Es por tu bien, escucha nuevamente. No la tomes, escucha del otro lado. Sus sienes laten descontroladas. Su boca está seca. Sus manos tiemblan.

Se dirige  al baño, tratando de acallar las voces. Moja su cara. Mira la pastilla. El teléfono sigue vibrando. Es la voz que le recuerda, como si le ordenara, montada en su cabeza, qué es lo que debe hacer. No olvides tu medicamento. ¿Has estado bien? ¿Disfrutas el juego? Acá todo está en calma. Diviértete. NO OLVIDES LA PASTILLA. La frase le golpea, le condiciona. Recuerda el arsenal de medicamentos cuidadosamente organizados por ella, en su hogar.  No sabe cómo lo  hace. Siempre consigue lo que él le pide. Ese mar embravecido le llama de nuevo…. Las voces le persiguen. Recuerda vagamente cómo era el mundo sin tantas medicinas. Me estoy haciendo viejo, dijo un día, al recibir la primera medicación, primorosamente venida de las manos de ella. Después de esa dosis, no paró. Incluso en los minutos más complicados de su vida, no concibe haber estado sin el efecto tranquilizador de las pastillas. Todas venían de ella.

Se trata de aferrar al recuerdo de la vida sin medicinas, como lo hace cada verano cuando se aferra a su velero. Está viejo, pero aún puede hacerlo. Está herido, pero no está vencido. Recuerda el viento cálido de aquella playa en el Pacífico, no hace mucho, cuando conoció a esa mujer alucinante y vivió con ella las más locas aventuras, caminando desnudo por la arena, sin ninguna medicación. La voz de la otra le perseguía, entonces, recordándole detalles de su vida que quería evitar, instándole a no olvidar dónde tenía que estar, con ese tono suave, dulce, terso, como un sedante, como esta pastilla molestosa que se acerca ahora a su boca en un movimiento mecánico. Como aquella que toma después de comer, ya ha olvidado para qué o como las que consume para aliviar el dolor de sus lesiones deportivas  y tal como la otra que toma antes de dormir, para conciliar el sueño. Son muchas. Me estoy haciendo viejo, piensa en voz alta. No lo hagas, dice la voz metálica. No la olvides, dice ella en su cabeza. La voz de otra persona en el baño, que le saluda por su nombre le hace tragar de golpe. Se frota las manos. Se moja la cara nuevamente. Sonríe. Contesta la llamada. Todo bien. No lo olvidaré. Sí, cenamos juntos. No te preocupes, ya me la tomé. 

golf

Debajo de la Escala

porcelana

Siempre está tan oscuro aquí, piensa moviendo contra el sentido de las agujas del reloj la pequeña tranquilla de madera que contiene  la puertita, alguna vez pintada de verde oscuro. El olor a encierro y humedad se cuela por entre las rendijas y una vez adentro, escarba nerviosa, en los anaqueles, los tarros de grueso latón que esconden sus provisiones.

Hace frío y el viento entra por debajo de la gran casa de madera, que cruje, herida de muerte en el gran terremoto, que le  hizo descender a su mínimo nivel y estabilizarse en esa posición para no sucumbir al embate de los elementos. Se llena de gris en gris el cielo y la puerta de la despensa amenaza con cerrarse de un golpe, empujada por una ráfaga insolente que ha entrado por quién sabe dónde. Aún no encuentra el kilo de arroz que había dejado protegido en la gran lata de galletas. Maldice la falta de luz, pero cae en cuenta de un cabo de vela que permanece en la esquina superior de la despensa. Rebusca los fósforos en los bolsillos de su delantal y aproxima la llamita para iluminar el espacio. Al frente, los escalones se topan casi con su nariz. Un clavo oxidado sostiene un espumador viejo y el antiguo colador de café. La bolsa con el papel periódico se ajusta a su pequeño universo, ataviada por las telas de arañas que, espesas por el polvo que cae de la paredes roídas por las termitas, le dan un aspecto irreal, cansado, triste.

El breve espacio de la despensa le pinta un toque cansado a su semblante, que busca ahora con desesperación el kilo de arroz entre sus recovecos. Da una vuelta sobre si misma y en los anaqueles, reconoce aquel envase de metal que ahora ha recordado, contiene lo que busca. Lo había cambiado de lugar, como era su costumbre, como tantas cosas en la vida habían cambiado de lugar por decisiones propias y ajenas. Debajo de esa repisa, la vieja caja de cartón decorada como  un tablero de ajedrez, guarda celosa las tacitas de porcelana, vestigio último de la riqueza que alguna vez hubo en su vida. Antes, habían sido los guantes de terciopelo, pero a fuerza de proteger sus manos del carbón para la lumbre, ya no quedaba nada de ellos. Sólo las tacitas se asoman molestosas para recordarle antiguas glorias que se congelaban en sus recuerdos más preciados. Fastuosos bailes ataviada con vestidos de organdí y zapatos de fino charol ; bandejas de plaqué con manjares de los que ya no recordaba su sabor. Sólo las tacitas tenían la facultad de llevarle de golpe a ese minuto, donde todo parecía perfecto y ordenado. Donde no había nada más para pensar, nada más que soñar y bailar. Bailar y soñar.

One More Kiss Dear by chrieseli