Jabal Musa

Bajaba de la cima, cansado y sudoroso.  Tenía para contar las pisadas, no olvidar lo escarpada de la pendiente, aferrar bien sus manos, afinar el pulso con la cantimplora suspendida sobre su boca. El aire se tornaba denso a veces, a veces demasiado suave que pasaba volando por su nariz, sin llegar a insuflar sus pulmones. La montaña le hablaba por voces que transportaba el viento, mientras buscaba, con fé, la huella de Moisés.

Esa era la razón por la que vino y la razón única por la que se quedó. Ejecutaba este ejercicio cada luna creciente, iniciando el ascenso iluminado apenas por la veleidosa luz. Sabía que su luminiscencia le diría si iba a soplar el viento de las tormentas o iba a ser una subida apacible. Los lugareños le habían instruido bien, a cambio de sus conocimientos médicos, que se habían tornado rudos y elementales en estas latitudes.

Encontró, por accidente, el dispensario del monasterio, al abrir, desesperado, la puerta de madera, el día que apareció el jovencito con aquella gran quemadura. Antiguos envases de medicinas, algunas marcadas con el alfabeto cirílico, en frascos color ámbar, le hicieron estornudar en cuanto entró. Curó al paciente lo mejor que pudo y sin darse cuenta ya era el responsable de ahí. Trataba de mantenerlo impecable, pero las arenas se colaban sin piedad entre las paredes y sólo le quedaba volver  a empezar. A nadie pareció importarle demasiado y aprendió en poco tiempo el poder de la simplicidad. Todo se había reducido a eso. Lo sencillo de una escalada, paso a paso avanzando en el camino, la sonrisa de un niño, la lenta parsimonia de los monjes, el viento de la montaña, los colores, las tormentas y los atardeceres.

Habían pasado muchos años de su vida al pié de este monte. Llegó incrédulo y joven. Aprendió con el tiempo y el paisaje fue su guía. Aprendió tolerancia y sabiduría, mientras la montaña iba cambiando y se moldeaba con las estaciones, como cambiaba el alma de un hombre, le susurraban los sacerdotes, enfundados en sus sotanas negras. Escuchaba en las noches sus oraciones y en los amaneceres, los ruegos de los musulmanes. Le parecía un contrasentido, pero con el tiempo, fue acostumbrando el oído y entendió a ciencia cierta porqué este lugar era sagrado para tantos.

Iba a volver a escalar. Esperaba, ese día, poder ver el amanecer inundar sin prisa la cima del monte Sinaí. Quería escuchar las letanías de los fieles y concentrarse en sus voces, que llenaban todo el desierto y más allá. Los beduinos le trajeron leche de camello y dátiles, sin otra razón que sólo visitarle. Entendían su elección. Entendían que había cambiado todo por estas soledades. Los curas ortodoxos lo habían explicado claramente y juntos vivían en una armonía envidiada por el mundo. Todo se resuelve de otra forma, sonreía el hombre ya, su primer paciente, con su boca desfigurada por la cicatriz de su quemadura y le tomaba la mano, mientras jugaban una partida de damas, antes que su caravana partiera.

La montaña seguía entregando la sabiduría a los hombres, decían, cuando soplaba el viento. Ese amanecer volvería a subir, mientras la oración de la mañana llenaba toda la explanada.

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8 pensamientos en “Jabal Musa

  1. Durante los años que llevaba en la montaña buscando al ermitaño de barbas y cabellera cana, con el objetivo que le explicara la verdad de la vida, olvidó de dónde venía.
    Si bien, lo mejor llegó una mañana, al ir a beber del río, el agua le devolvió el reflejo de quien buscaba.
    Entonces dio con la respuesta de la montaña.

    War of the vulgaridad
    Platón

    • Eduard: Así es, tal cual lo enuncias. Buscamos con ansias lo que está dentro de nosotros. Curiosas criaturas los seres humanos, no crees?
      Un abrazo y gracias por tu visita

  2. Un acertado relato de sabiduría que buena falta nos hace… y para alcanzarla, como muy bien cuentas, hay que escalar montes. Y para ser capaces de emprender tan ruda escalada es necesario despojarnos de todo lo superfluo, prejuicios incluidos.
    Un abrazo.

    • Querida Anne: El personaje de mi historia aprendió de una manera muy particular (y literal) que escalar la montaña no es sólo la meta de la cumbre, sino el camino en sí. La sencillez de la vida pasa por entre nuestras manos y se cuela en nuestros poros. Si no tomamos conciencia de ello, lo perdemos.
      Un gran abrazo

  3. Tus textos parecen ser el trabajo de una investigación. Y luego, al ir leyéndolos te das cuenta que son como si desgranaras una vida que existió pero dándole un toque nuevo, pasado por el tamiz de tu visión.
    Salut

    • Micromios: la magia de escribir ambas la conocemos de sobra. En tu caso, cualquiera diría que te sientas quietecita a escuchar a los objetos, hasta que descubres sus versiones y las plasmas con éxito en tus entradas.
      Investigo sobre la naturaleza humana, desde que me acuerdo. Tal vez por eso sea que llegan estos relatos. Me los trae el viento, desde el Monte Sinaí, en este caso 🙂
      Un abrazo y gracias por comentar

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