Puerto Toro

Al final de la barcaza. Ahí se escondió Sonia Catrín cuando viajó con su madre desde la isla Eugenia a Puerto Toro. Fue su única travesía por mar. Ahí empezó la otra parte de su vida. Ahí fue donde se quedó, en el final de la tierra.

En su escondite, el viento le rompía los labios y le zumbaba los oídos. La nave avanzaba como un viejo cansado, a estertores, con el sonoro gorgojeo de las máquinas y la mano severa del capitán asiendo el timón con su vida. Se sabía la ruta de memoria, confiaba más en sus huesos y en los colores de las nubes que en los antiguos instrumentos de navegación e iba rogándole a Dios por que amaine el viento, Tatita, para llegar a la orilla sin contratiempos y bajar los sacos con papas, los corderos vivos, los palos de lenga y los pobres desgraciados que habían decidido quedarse en estas soledades.

Puerto Toro era el último punto verde antes que la tierra se perdiera en el mar, tragada por las olas y la soledad inconmensurable de este panorama hostil y bello. Rodeado de árboles oscuros y densos, con el suelo siempre húmedo, su horizonte se rompía por la aparición de la isla Picton, pero eso era todo. Este espacio entre el mar y el cielo era el último enclave habitado. Al sur de esta latitud, no había nada, ni grande ni chico, ni pueblo ni caserío. Sólo mar y abandono, sólo verdes profundos y viento despiadado, de ese que empuja, que da golpes, que casi bota al suelo. Aquí estaba Sonia. Aquí estaba y aquí se iba a quedar.

Hace años que los barcos centolleros vienen llegando insolentes, cada temporada, con sus pestes y sus hombres ambiciosos, a hacerse de un saco de fortuna en estos confines. Sonia los ha observado desde la ventana de su casa, ranchita sencilla y acogedora, que la ha guarecido de la lluvia y el viento, que le ha dado una razón para levantarse cada día, criar a sus hijos, nietos y bisnietos, un enclave seguro y protegido, algo que muchos llamarían hogar.

Recuerda las historias de marinos, balleneros y buscadores de oro, pero lo que más recuerda es la innegable soledad. No hay nadie con quién hablar, dice cabizbaja, por eso no somos de muchas palabras por estos lados, insiste sonrojada y sonriente, mientras hunde sus manos coloradas en la gran batea con masa para el pan. A veces, vende unos cuantos a los pocos que se atreven a llegar por estos suelos, con cámaras fotográficas y de video, que le preguntan una y otra vez porqué ha elegido vivir en el fin de la tierra. Le preguntan también por las trincheras que quedaron de la guerra, por la iglesia y por los árboles enanos que el viento ha moldeado a su antojo, en las afueras del pueblo. Ella no sabe qué contestar, sólo les sonríe y posa con su delantal de colores y sus manos cruzadas, afuera del portal de su casa, abrazada por personas de las que no tendrá más noticia.

Le preocupa más que el camino a Puerto Williams se termine lo antes posible, porque Carlos, su marido, está muy viejo para seguir navegando por estas aguas tormentosas, donde si se pierde alguno, no se sabe nunca más. Eso le angustia. Eso y las promesas del gobierno de traer adelantos y educación. No sabe muy bien qué significa, sólo le ruega a Dios que no se lleven a los hombres de su casa, como pasa en todos lados. No quiere verlos envilecidos como los pescadores de centolla, como los antiguos mineros que vinieron, cavaron y desaparecieron o como las tripulaciones de balleneros, que bajaban en una noche de juega y aprovisionaban sus bodegas, llenaban sus panzas y descansaban sus instintos. Docenas de chiquillos aparecían a la vuelta de la temporada y cuando se hacían hombres, se perdían en el mar, en busca de la huella de sus padres.

No hay mucho de qué conversar, dice Sonia Catrín, mientras mira el horizonte, interrumpido por la isla Picton. Acomoda sus cabellos, revueltos por el viento, estira su delantal colorinche y estrecha la mano con fuerza y con cariño. Eso es Puerto Toro. En el fin de la tierra, eso es.

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10 pensamientos en “Puerto Toro

  1. Me encanta. Como todos tus relatos. Mi frase favorita es: “Docenas de chiquillos aparecían a la vuelta de la temporada y cuando se hacían hombres, se perdían en el mar, en busca de la huella de sus padres.”
    Aunque la sentencia del final del relato no se le queda a la zaga.

    • Fanou: Muchas gracias por tus gentiles palabras. Me alegra mucho que te haya gustado esta historia, que me llevó de la mano a otra historia que estoy completando ahora.
      Un gran abrazo

    • Anne: tonta nada, espero que hayas disfrutado tu viaje y es un gusto tenerte de vuelta por estos lados. Gracias por tu comentario.
      Un abrazo

  2. Micromios: me quedo encantada que hayas tenido la gentileza de releer.
    Desgraciadamente soy famosa sólo en mis sueños. No es difícil llenarse de historias, cuando estas aparecen por cualquier parte. Sólo mantengo mis ojos abiertos y mis manos sobre el teclado.
    Un gran abrazo

  3. Un personaje más para añadir a la maravillosa galeria. Un paisaje más que descubir de los tantos que pueblan tu blog. A la espera de los que nos tienes guardados esperando para contar sus historias enlazada con un impresionante paisaje releeo encantada la historia de Sonia.
    Coincido con Eduard, creo que nos engañas y eres una gran escritora en tus tierras
    Salut

  4. Querido Eduard: Aún me falta un cuento de China, tienes razón. Por ahí leí una crónica maravillosa de un lugar en Escocia y planeo armar algo con ella.
    El mundo es tan vasto, tan rico y alucinante y yo estoy aquí, en esta franja que casi se cae del mapa, en medio de la lluvia, los bosques, montañas nevadas, mares inconmensurables y personajes tan maravillosos que tienen la gentileza de contarme sus historias. Tan maravillosos como aquellos que, como tú, tienen la gentileza de leerlas.
    Luci tiene la respuesta a tu preguntas.
    Un gran abrazo
    F

  5. Eres una especie de Jack London, una reportera no austral, sino astral, pues vas como un meteorito en una máquina del tiempo. Posees una capacidad de ambientación desbordante, ya sea la historia en Irlanda como en la China.
    Sin obviar la fluidez de tu pluma.
    ¿No nos tendrás engañados y serás una escritora de renombre por esos lares que habitas?
    Si no lo eres, no entiendo a qué esperas.

    Children Of The Revolution

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