Los Cuarenta Bramadores

“En el hemisferio sur, entre la latitud 40º y 55º S existen vientos muy fuertes del oeste en mitad del Océano Antártico, único océano que da la vuelta completa a la tierra sin verse interrumpido por ningún continente, conectando el Océano Indico con el Pacifico Sur y el Océano Atlántico. Los vientos en estos lugares tienen el mismo origen que los del hemisferio norte y se originan en las células de Ferrel, pero de media son en torno a un 40% más potentes. Más de la mitad del tiempo sopla con fuerza superior a 25 nudos debido a la concatenación de depresiones originadas en esas latitudes, debidas al encuentro de aire frío de la Antártida con la superficie templada del mar. Al no existir tierras que lo interrumpan, la velocidad no disminuye y los vientos no se debilitan. Más allá de los 50º de latitud Sur el viento es todavía más feroz y frío”, leyó con atención el joven ingeniero. Discó el número de teléfono de la fábrica y cerró el trato. Juan Sebastián Elcano, el buque insignia de la Armada en la península ibérica, iba a navegar con su velámen.

En el otoño de 1900, a la vuelta al estrecho, los dos capitanes dejaron sus estómagos entre la cubierta, la cala, el océano y el viento que chillaba en sus oídos, dentro de sus cabezas y que permanecería en sus recuerdos, hasta la fecha de su muerte. Siguieron rumbo al norte, a Valparaíso, luego más allá y en menos de lo que canta un gallo, el paisaje había cambiado completamente. Un color oro y ocre se extendía por donde alcanzaba la vista. Al otro lado, el mar azul intenso estaba en perfecta calma, excepto en los lugares donde la geografía se cortaba a pique por algún capricho de la voluntad del Creador. El olor a amonio era penetrante y los pequeños granos de arena que levantaba el viento, lijaban la cubierta y los palos de mesana sin la menor contemplación, mientras la tripulación se perdía entre los lenocinios de los puertos y los fantasmas de antiguos pirquineros, que habían dejado su alma para extraer el mineral y amenazaban con volver loco a quien se topase con ellos y sus secretos de minas abandonadas, en medio del desierto.

El buque, concluida la faena, quedaba lleno del salitre más rico de toda la costa occidental del mundo, pero había que hacer una última parada en el “Puerto de mi Amor”, porque los Cuarenta Bramadores no perdonaban, no dejaban a nadie pasar ileso y no había forma de evitarlos, entre toda la vastedad del mar, que se extendía pasadas las últimas islitas peladas y el polo Sur.

El terrible rugido de los Cuarenta Bramadores reproducía el ruido característico de una sierra cortando madera y no sólo era un ruido, el velámen, los vestidos y todo aquello que flameara a su albedrío terminaba en jirones de pesadumbre que, en la inmensidad de los elementos y la negrura de las noches, traían a los hombres tristezas y supersticiones. Era preciso combatirlo con lo que estuviera a mano, una lucha contra gigantes, pero la fascinación y la codicia de los marineros por llegar a los puertos ingleses con el cargamento, eran suficiente incentivo para hacer esta travesía al menos tres veces en el año.

Los dos capitanes se habían cansado de este viaje esquizofrénico, pero no dejaron a merced del viento a sus iguales. Sabían que era preciso, si se quería llegar con vida al otro lado del estrecho, contar con el velámen de repuesto, además de jarcias y montoneras para vencer a los Cuarenta. Estaba ahi la nueva aventura para ellos. Arrendaron un galpón destartalado  en uno de los cerros mágicos del “Puerto Principal” y con humildad, pero con decisión, iniciaron la fábrica que le daría renombre a sus dotes de artesanos.

Pasaron muchas cosas y pasaron muchos años. El salitre se perdió de la faz de la tierra, los marineros que lo conocieron, murieron tragados por su codicia, sus vicios y sus desventuras, pero la fábrica de los ahora añosos capitanes siguió en pié. El buque escuela Esmeralda, la insignia máxima de la marina nacional, les confió su mayor tesoro, sus velas y aparejos y ellos no le dejaron mal. Hoy siguen llenando el horizonte con sus paños blancos, con la certeza de su arte y con la confianza de quien ha vencido a los Cuarenta Bramadores en su propio territorio.

 

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Romualdo Uribe

Las gigantescas bolsas rojas del correo le provocaban pesadillas. Veías sus letras convertirse en grandes fauces que le succionaban hasta sofocarle, entre los miles de sobres que pululaban en su interior. Las veía de cerca y transpiraba, pero aprendió a dominar su pavor porque era el entorno donde se había criado y su destino de por vida. De Uribe a Uribe, vociferaba su padre cuando recibía, al pié de la carreta, las grandes bolsas coloradas, que el joven Romualdo apenas levantaba del suelo. De estatura reducida, a causa, tal vez, de alguna condición heredada de la madre, preciosa criatura en miniatura, con ojos de muñeca y facciones de princesa, que desapareció cuando el niño Romualdo aún no alcanzaba los ocho años, de seguro succionada por las letras negras de los sacos o metida por equivocación en el gran cajón que se llevaba las encomiendas. Siempre tuvo la esperanza de que volviera y su padre, aunque no lo dijo nunca, también.

Heredó el puesto, sabiendo todo lo que tenía que saber de este oficio, desde cómo operar el telégrafo hasta el juramento férreo de no ceder a la tentación de abrir el correo. Romualdo empezaba su día con café negro, amargo, que le teñía los dientes, provisto de sus manguillas negras y su pequeña visera. Parecía un niño jugando al telegrafista. Sus manos, sin embargo, eran poderosas. Dos nudosas y bellas manos, masculinas pero suaves, ágiles, firmes, de dedos bien formados y coyunturas de estatua griega. El resto de su humanidad sólo provocaba pena. Sus ojos de perro triste, sus mejillas flacas, sus piernitas chuecas y su terrible voz de pito, que se esmeraba en engrosar fumando en la trastienda los cigarrillos más negros que podía encontrar. Eso y el café le daban un color indefinido al esmalte de sus dientecitos de infante.

Producto de las nuevas disposiciones impartidas por el Presidente de la República, Romualdo fue conminado a apersonarse en las oficinas generales del correo, para obtener dichas instrucciones. La emoción de recibir la carpeta de cuero brillante con el nuevo reglamento, de la mano misma del Mandatario, no causó tanta mella en su persona como la vista de aquel portento de mujer, cantando con voz de soprano, en la cena de gala de la institución. Tusnelda de las Mercedes Sotomayor era su nombre. Sus dimensiones de elefanta hacían honor a la grandilocuencia con la que fue bautizada. Sus mejillas rubicundas, su cuello mayúsculo, sus senos descomunales, su porte de amazona. Todo en ella era de proporciones superlativas, pero su voz, su voz era la de los ángeles. Por primera vez, desde que tenía memoria, Romualdo Uribe se sintió transportado a un lugar donde las bolsas del correo no le perseguían, donde su madre no estaba perdida y donde todo era diferente a sellos y estampillas, a olor de tinta y lacre, a papel manila y rafia. Un sonido maravilloso, armonioso, ideal, no el tic, tic, tic, tic nervioso del telégrafo. Esto era el paraíso.

Con una determinación que no había tenido antes y que nunca más volvió a tener, se escabulló por detrás de los bastidores e ingresó al breve camerino de la cantante. La vista de sus carnes desprovistas del aparatoso vestido que le cubría en su performance, hicieron que Romualdo perdiera completamente el juicio. Impostó la voz más masculina que hubo salido jamás de su garganta y le dijo en una sola frase, sin pestañear ni detenerse: “Estoy encantado con usted, he venido desde muy lejos y espero que en mi vuelta a casa usted tenga a bien acompañarme, como mi esposa”. Tusnelda volteó asombrada y la figura del pequeño funcionario de correos, vestido con un traje dos tallas más grande, le provocó un ataque de asma que fue imposible de contener. Miles de pensamientos pasaron como ráfagas por su cabeza, mientras se le dificultaba más y más respirar. Romualdo le acercó, temblando, un vaso de agua. Ella se quedó mirando sus manos. Tan hermosas, tan suaves, tan masculinas. Se imaginó eternas jornadas siendo acariciada por esas manos. En un minuto de debilidad, no sabe si a causa de la falta de aire o del embrujo de esas manos, aceptó.

La pareja más dispareja del pueblo no pudo ser emulada en la felicidad que alcanzaban cada vez que se amaban. Tusnelda casi moría en incontenibles orgasmos de placer prehistórico y animal, al tiempo que la imagen de su marido crecía en su mente hasta alcanzar las dimensiones de un dios griego. Esas manos le hacían sentir cosas que jamás esperó sentir en una experiencia carnal. La indecencia de su amor reventaba los vidrios de la casa, cada vez que se tranzaban en esta coreografía de vueltas y abrazos, de caricias risueñas, profanas e interminables. Romualdo recorría sus carnes, perdiéndose entre sus senos de ballena. Ella desfallecía entonando las arias de Madame Butterfly, mientras el catre de hierro reforzado amenazaba con terminar en el sótano, a causa de los movimientos cataclísmicos de la pareja. Para ellos, era el paraíso.

El día de San Valentín, Tusnelda preparó una cena especial. Se vistió con su lencería más provocativa y esperó a su marido para otra maravillosa contienda en la arena de su amor. Nunca era bastante, siempre había en este ejercicio perfectible más y más formas de placer. Romualdo se demoró más de lo habitual, alentando su pasión. Cuando entró a la casa, le agarró por la solapa, olvidando la cena y le arrojó a la cama, para iniciar su rito acostumbrado. Las olas de pasión se sucedían una tras la otra, mientras la voz de soprano subía a alturas celestiales y se escuchaba lejana la quebrazón de vidrios. Tusnelda giró como una morsa en el mar y quedó a horcajadas de su amante. En medio de su paroxismo desenfrenado, una de las patas del catre se quebró. Su entera humanidad se precipitó sobre su marido, al mismo tiempo que el orgasmo les alcanzaba a ambos.

Cuando lo vistió, antes de depositarlo en la urna, al día siguiente, no hubo forma de borrar la estúpida sonrisa que Romualdo Uribe tenía dibujada en sus labios.

Para Elizabeth

Cuando colgaste, me quedó la sensación de que nunca podríamos vernos. Aún tenía tu voz en mis oídos. Es de las pocas cosas que me arrepiento, no haber viajado a visitarte cuando pude hacerlo. Ahora, ya es tarde.

Confío en tu buen juicio y en tu inmenso corazón, porque sé muy bien que está cargado del mismo amor que llena el mío. Disfruto tus palabras y quisiera que la distancia no nos separara tanto, que la línea del teléfono nos aproximara lentamente, para poder abrazarte, para poder preguntarte por qué. Me sumerjo en tu voz y trato de imaginar un pasado feliz. Aquel a quien amo vibra de emoción con esos recuerdos y siento profundamente que es el hijo de tu corazón.

Me mencionas que vienen regalos para nosotros, pero creo que el mejor regalo sería gozar de tu compañía, leer libros juntas, escuchar tus historias, compartir pasajes de tu vida y hacer interminables listas con lo que el tiempo nos ha dado y que ha sido de provecho y vale la pena enumerar. Estoy aquí para cuidar al que más quieres, aunque no sea un buen sustituto de tu cariño. El tiempo y las estaciones nos han dado diferentes perspectivas de la vida. Quisiera tu consejo amable, tus recetas, tus libros de cuentos, tus recuerdos, tu paciencia infinita, tu voz tranquilizadora y dulce. Escucharte decir que todo está en su sitio, que nada está perdido, que la medida del amor es sólo eso y no vale de nada si no existe ese algo a medir. Quisiera tantas cosas y sólo me queda conformarme con tu voz en el teléfono.

Recorto esta historia lentamente y planeo hacértela llegar. Espero que alguien tenga  a bien leértela y que ese alguien te pueda dar un abrazo. El mismo que te mando hoy día, cuando esta delgada conexión ya se ha ido.

 

En el Correo

Cuando María Isabel iba al correo, esperaba con ansias sus revistas y libros, y por alguna razón extraña, siempre esperaba algo más. La viuda de Uribe lo sabía, le conocía cada pestañeo, cada suspiro, cada ademán y le acompañaba, en silencio, en su sentir, cuando la veía, nerviosa, abrir los paquetes certificados y no encontrar nada más que lo había ordenado. Conocía su historia como la de todos en el pueblo, pero si algo distinguía a la viuda de Uribe era su discreción, requisito indispensable para trabajar en este puesto, entremedio de las rumas de cartas que llegaban día a día, en los sacos de lona roja, marcados con la insignia del correo, que ella repartía diligente en las casillas y en las manos de aquellos que llegaban con el semblante pálido, las manos enrojecidas y la mirada cabizbaja, preguntando en voz baja si había alguna correspondencia para ellos. Recibía en sus brazos, dotados de fuerza que hacía juego con su corpulento volumen, los paquetes envueltos en papel manila, cubiertos de estampillas y sellos, que venían de todas partes del país y que, con el arribo de los alemanes, llegaban de todo el mundo.

Tanto desearon María Isabel y la viuda de Uribe que algo sucediera, que al final, pasó. Una tarde de invierno, cuando el correo se había retrasado porque los caminos estaban intransitables, a causa de un aguacero que amenazaba con partir el cielo, esperó la joven en la oficinita y sin poner atención a la clásica cantinela de la viuda, redactó algunas líneas para el encargado de educación de la provincia, en su calidad de educadora del internado de las monjas suizas y no reparó en las botas sucias y el olor a tabaco que inundaba la pequeña habitación, hasta que estuvo casi por derribarla de su asiento. Miró molesta y se puso de pié.

El aroma del cigarro se erguía como un nubarrón, amenazante. Luego que la exhalación se disipó, pudo ver la cara de este hombre impertinente y rudo que casi la tumba porque no la había visto. “Constantino Del Palmar, tanto gusto” fue lo único que él atinó a decir, quitándose su sombrero de fieltro empapado. Su cabellos rojos en desorden y sus pequeños rulos saltando como resortes de fantasía, le hicieron olvidar su malestar. La mano gigante, que estrujó la suya, estaba sudada o tal vez ensopada por el temporal y quedó un rato más largo de lo prudente pegada a la de ella. Se miraron a los ojos y se congelaron en ese segundo. Sus labios dulces y perfectos, su cuello de cisne, pensó él. Su pecho gigante y sus cabellos, pensó ella mientras aspiraba con todos sus sentidos. El olor que emanaba de su ser era salvaje y primitivo, algo que la turbada maestra jamás pudo olvidar y siempre buscó en los tiempos venideros. No atinó a decir su nombre y él se despidió apurado, trastabillando por sus espuelas enredadas. La miró con dulzura y vergüenza, se disculpó y volvió a tomar su mano. Una gota de agua resbaló del ala de su sombrero y cayó en los labios de María Isabel. Apartaron sus miradas y él se retiró de la oficina.

Ella se quedó prisionera de sus ensoñaciones, enrojecida de pies a cabeza por una ola incontenible de sopor y se dejó caer en el asiento nuevamente. Sus papeles estaban regados en el suelo. Él no había reparado en ellos y les aplastó con sus botas embarradas. María Isabel los recogió y un sentimiento de profundo desconcierto le embargó y no la abandonaría por semanas. La viuda de Uribe vió toda la escena detrás del mesón, mientras simulaba llenar la planilla del correo certificado y no dudó un segundo en designar a aquellos dos como víctimas innegables de la maldición del amor. Ese mismo que la había llevado a ella a abandonar su carrera en la ópera y venirse a enterrar a este pueblo perdido, detrás del pequeño Romualdo Uribe, empleado, desde que tenía memoria, de la oficina del correo.  Le habló a María Isabel para romper el encantamiento, pero no acusó recibo hasta un largo rato después. El aguacero había amainado y se dirigió caminando de vuelta al internado. Cuando Margarite, su compañera de cuarto, le consultó qué era lo que la había puesto así, ella sólo atinó a decir: Constantino Del Palmar.

La Alquimista

Miraba con profunda atención. La Gran Alquimista estaba en plena faena. Trazos de polvo blanco volaban por el aire. Era seguramente polvo de hadas. Los ojos azulados se volvían de miel y azúcar. Era, seguramente, parte de la pócima. Acercó sus pequeños dedos a la masa color vainilla y la Gran Alquimista, convertida en su madre, le previene, Victoria, si metes tus manos se arruinan las galletas.

Esa escena se le repite idéntica y perfecta, cada vez que pone literalmente las manos en la masa. Han pasado varios años y la práctica ha hecho de Victoria una maestra. La suave composición de los ingredientes, los aromas embriagantes que despide su cocina la llevan a estados de conciencia más allá de esta tierra. Viaja con los sabores exóticos de la canela, el kirsch, cardamomo, pistachos, jengibre y su trofeo más preciado, el chocolate de Bruselas. Cada bocado es un placer, cada atisbo de color es un descubrimiento. Como Vermeer, juega con las tonalidades para darle vida a sus creaciones.  Me topo con ella esta mañana y el café perfumado de su tienda debería prohibirse en estas latitudes, por embriagador y alucinante. Se ríe de mi ocurrencia y me cuenta la escena de su niñez y cómo logró, paso a paso, establecerse en esta profesión tan inestable y llegar al grado de Alquimista de las Cosas Dulces, como un conocido la llamó una vez y quedó como parte perenne de su historia.

Hay mucho de pasión en esto, me aclara, pero también hay mucho de conocimiento interior. Ahora, que he vivido un poco más, te lo puedo asegurar. No es solamente la combinación de los ingredientes, es un estado emocional, un viaje permanente a los sabores internos. Es difícil de explicar, me mira, pensando en voz alta. He documentado cada receta, dice, con detalle enfermizo y no he tenido el mismo resultado que con otras que sencillamente han salido de mis manos, en ocasiones en que la calma de mi corazón ha primado en la escena. Me cuesta imaginarla no estando en calma, pienso disfrutando lentamente su praliné, reciente creación inspirada en los días de agosto, me explica, cuando el sol lucha por escapar del predominio del viento y la lluvia y se ven de cuando en cuando atardeceres magníficos, que podrían ser escenas prodigiosas de la cálida Africa, mientras el vaho de la escarcha va creando una atmósfera fantasmal entre los bermellones y dorados del cielo.

Compartimos el mismo paisaje y el amor por este lugar. Ella ha logrado captar la esencia de un espacio mágico y maravilloso, con sus sabores a flor de paladar. Nos miramos, mientras el chocolate se va derritiendo. Un sorbo de café al unísono y el hechizo está completo. Veo bajando el polvo de hadas y me la imagino, de niña, asombrada con estas creaciones llenas de encanto y de amor. Mismas que repite, a pié de la letra algunas, otras con un poco más de holgura, no sólo para placer de sus clientes, amigos y comensales, sino muchas veces sólo para ella. El resto, es pura magia.

En tu Nombre

Todo pareció detenerse. Las circunstancias te invalidaban, pero nada podía contra tu agudo sentido, tu palabra siempre elocuente, tu mente luminosa y fugaz. En la aparente inamovilidad de los sentidos y del mundo alrededor, reflexionaste y lo planificaste todo. Me imagino que leíste el reporte del tiempo y elegiste tu ropa más cómoda. Este tiempo estéril y aplastante estaba por concluir. En la certeza de tus ideas, así iba a ser.

La crónica del periódico anuncia en cuatro líneas tu decisión, una tarde de domingo, de un día de abril, en que el sol alumbraba con benevolencia, la misma que buscaste para tu difícil situación.  Aprendiste que los mundos internos coexisten en un delicado balance, que siempre explicaste con tu oratoria apasionada. Siempre fue fácil hablar contigo, nunca fue fácil llegar a la médula de tu corazón.  Tu sufrimiento interior te traicionó, la lucha entre tus creencias y vivencias te estremeció definitivamente y tomaste la decisión de sacrificarte para no lastimar a nadie.

Te fuiste cargado de simbolismos, como fue siempre tu discurso y tus dibujos. Como era la prosa que gozabas, los poemas que creabas, los trazos de luz y sombra en tus diseños. Te balanceaste entre esta vida y la siguiente y decidiste quedar más allá de nuestro mundo finito, pagano, irredento, cruel. Mundo al que nunca te acostumbraste. Mundo que nunca se acostumbró a ti.

Quedan las líneas del periódico, queda el informe del forense, queda tu figura congelada en el árbol de arrayán, que soportó tu peso cuando te colgaste, queda el trozo de soga y tus zapatos, queda la cara de perplejidad de los paseantes al verte ahi sin vida. Quedan las preguntas todavía, quedan los recuerdos y las dudas. Quedas tú, aún revoloteando entre nosotros, con tus pasos silentes, tus manos de dedos redondos y ágiles. Quedas tú y las preguntas. Quedamos nosotros aún. Buen viaje, amigo mío. Te agradezco la generosidad de tu corazón, la palabra siempre dispuesta, los buenos deseos, el más allá.  Te agradezco todo eso con este don que nunca supiste que existía. Buen viaje, mi querido Juan.

N de la R: Esta entrada ha sido escrita en memoria de Juan Araya Brizuela, quien falleció el día domingo 11 de abril de 2010, a los 52 años. Amigo querido y generoso, tomó esta, la decisión más dura y partió por su propia voluntad. Agobios económicos, según la carta que estaba en su bolsillo, justifican su decisión. La nota que me enteró de su muerte, en este link :http://www.diariollanquihue.cl/prontus4_nots/site/artic/20100412/pags/20100412095335.html

Hipódromo

El día que el administrador me dió su aprobación, me sentí el tipo más afortunado de la tierra. Era sólo un pobre estudiante que tenía que tener un empleo si quería sobrevivir en la gran ciudad y cuando le expliqué mi dilema, el hombre dignamente me hizo callar. No se ruega por trabajo, jovencito, sentenció. Tienes la misma oportunidad que tienen todos. No la malgastes. Estás a prueba por un mes y luego veremos.

El trabajo era fácil y el horario me permitía ir a clases sin problemas. Estudiaba ingeniería entre carrera y carrera y aprendía rapidamente la rutina del oficio. El Ensayo, la Saint Leger, los nombres de los caballos y de los criadores. Apliqué Estadística I a las carreras y no estuve tan lejos. Ví mucha emoción y mucha rabia entre los apostadores, ví tipos patipelados hacerse millonarios y ví a muchos perder mucho dinero. Nada me sorprendía,  pero lo que sí lo hizo, hasta el final y  mucho, fue la figura triunfal de Manolo Sanchez-Ruiz, el Zorro.

Fue mi primer apostador importante. Su llegada al hipódromo era como de película norteamericana. Faltaban sólo las luces de los flashes del enjambre de periodistas, ávidos de una instantánea suya. Su tenida impecable. Su sombrero Panamá, sus zapatos de cuero reluciente, su reloj de oro y por supuesto, las hermosas señoritas que se le colgaban del brazo, elegantísimas, vestidas de seda y taco alto, recién salidas de la peluquería, con esos peinados vaporosos de finales de los 70’s. Sus perfumes atosigantes llegaban hasta las mismas pesebreras, estoy seguro. Cada semana era un par distinto y para los grandes eventos como El Ensayo, Manolo Sánchez-Ruiz, el Zorro, llegaba con tres, una morena, una rubia platinada y una pelirroja. Para la suerte, negrito, me guiñaba el ojo siempre, apretándole el traste a la que estuviera más cerca, mientras con la otra mano firmaba su cheque en blanco, para que yo pagara sus apuestas, al final de la jornada.

El mejor cliente, sin lugar a dudas. El cheque, que yo llenaba con mi puño y letra, muchas veces tenía cinco o seis ceros a la derecha. Nadie apostaba tan alto como Manolo. Se apuesta firme para ganar idem, se reía, mientras ordenaba un trago de esos con paraguas, en el bar del Hipódromo, a la misma hora que yo iba a buscar mi colación. Con el tiempo me empezó a conversar más y más. Te tengo confianza negrito, me decía, tú vas a llegar muy alto. Te veo estudiar con rigor, mientras yo reviento mi billetera con algún pingo desgraciado que era un mal dato. Estudia negrito, que para eso yo nunca tuve  talento. Esta es mi vida, sonreía y me palmeaba la espalda. Mis amigos, mis mujeres, mis caballos. Todo esto es mío.

Cuando Manolo Sanchez-Ruiz, el Zorro, ganaba, lo sabía todo el hipódromo. Hasta los chicos que limpiaban las cuadras recibían su propina suculenta y en persona. Manolo agradecía a todo el mundo, desde el dueño del caballo, pasando por el jockey, el preparador y un largo etcétera de manos estiradas, que se retiraban siempre con una sonrisa de oreja a oreja y unos buenos billetes. Cuando se iba del lugar, me cerraba un ojo y al día siguiente me mandaba un regalo. Sabía que yo no podía recibir dinero, pero jamás me dejó abajo de su carrusel de la victoria. Aún conservo la billetera de piel de cocodrilo que me hizo llegar después que ganó con la Saint Leger, el premio más grande de la temporada. Ese día, la comitiva, formada por cincuenta personas, arrasó con todos los bares de la ciudad, dejando sin licor y sin comida a muchos de ellos. La fama de Manolo Sanchez-Ruiz, el Zorro, no tenía parangón entonces y un séquito constante de rufianes y “muchachas de la vida” se le pegaban como lapa y no le dejaban de estrujar, ni a sol ni a sombra.

En mi tercer año en la universidad, tuve que pedir una reducción en mi turno. Tenía muchos ramos y me faltaba el tiempo para hacer trabajos de investigación. Extrañaba el ruido del hipódromo y sus personajes, ahora tan familiares, pero, lo que más me extrañaba era que mi paga seguía siendo la misma. Le consulté a mi jefe varias veces, pero me mandaba a callar con un “si no lo quieres, me lo devuelves y punto”, tan típico de él cuando no quería seguir argumentando. Veía a Manolo Sanchez-Ruiz, el Zorro, cada vez menos en las carreras, pero siempre su entrada era espectacular. Me saludaba muy atento y se perdía en las gradas del hipódromo, hasta que un día ya no lo vi más.

Había terminado mis estudios y debía partir fuera de la ciudad. Hablé con mi jefe y él me palmeó la espalda. Había sido un gusto trabajar ahi y me hubiera quedado otro semestre con ellos. Algo en el aire me hipnotizaba, sentía la misma fiebre de los apostadores, pero había aprendido de ellos. Había visto a tantos volarse los sesos o terminar pidiendo dinero en las calles, alcohólicos y perdidos, juntando para la apuesta mínima. Se acercaban a mi ventanilla y con vergüenza depositaban las monedas opacas y sudorosas. Salían más pobres de lo que habían entrado.

Era mi última tarde. Escuchaba con atención el anuncio de cada carrera, llenaba las papeletas de memoria y cobraba sin emoción. El olor del pasto recién cortado, el ruido de la gente en las gradas, aún lo tengo guardado en mi memoria, pero la vista de Manolo Sanchez-Ruiz, el Zorro, apareciendo en la fila, la recuerdo como si fuese hoy. Acercó un billete roto y manoseado y apostó a ganador. Me sonrió y se alejó. El pingo no llegó ni siquiera tercero. Entregué la recaudación al siguiente cajero y me encaminé a la salida. Escuché la voz de Manolo y me di vuelta. Negrito, no te vayas. Te vendo mis zapatos. Cómprame los zapatos, negrito, que así me recupero de esta mala racha. Por los buenos tiempos, anda, cómpramelos.

 Fotografia de Pia Vergara. www.piavergara.com