El Gato

Se ahogaba en un paroxismo de tos que parecía desgarrar su garganta. Porfiaba por hablar porque era la última oportunidad que tal vez tendría, antes de despacharse al otro mundo. Por eso debí acercarme con cuidado y tomar nota de sus palabras. Así lo había pedido años antes, cuando yo aún era un chico.

Ya me había hablado del gato alguna vez y de cómo la fascinación por el pequeño y escurridizo animal le había llevado a cometer ese estropicio, que le helaba la sangre y le descomponía el estómago. Lo que nunca me había acabado de decir era en qué había consistido tanta desgracia y cómo había llegado hasta ese punto. Aquí iba, a tropezones, literalmente a toses, como el viejo bulldozer del vecino.

El gato me miraba divertido, me dijo, y me llevaba siempre por caminos que yo ni sospechaba que existían. Esa tarde de verano, cuando yo contaba con once años, no fue distinta y terminamos más allá de los límites de las tierras de don Tancredo. Más allá.  Mucho más. Tosió con esfuerzo y un espumarajo sangriento cayó por sus labios que estaban abiertos, como los de un pez fuera del río.

Allí estaban, continuó, mi madre y Juan de Dios, haciendo como los perros, en mitad del sembrado, muy cerca del granero de don Baucha. Sus caras no he podido olvidarlas. La expresión salvaje de Juan de Dios penetrando a su propia madre no he podido olvidarla. El gato se alejó y desde dentro del granero, pegó un maullido. Espera hijo que no respiro, dijo, secándose la sangre de la boca de nuevo, con uno de los pañuelos bordados de mamá. Me acerqué al lado del animal, prosiguió, y te juro por Dios que él me dió la idea. Hizo una pausa, trató de acomodar el aire escaso que entraba a sus pulmones y continuó. Muy meloso, el gato se acariciaba el flanco con la herramienta. Vi sus ojos refulgentes y deseé estar soñando. Nada. Siguió en ese placer hasta que pude ver la misma expresión que tenían los de Juan de Dios. No vacilé. Avancé los trancos necesarios con el utensilio en vilo y lo dejé caer sobre el lomo de mi hermano. Mi madre chilló de terror y sin darme cuenta cómo, la atravesé también a ella con la horqueta. Su piel estaba sudada. Su sexo al aire. Me repugnó. Ambos me repugnaron.

Don Baucha me recogió, sin hacer preguntas y salimos a andar por los caminos, escapando de los cuerpos que habían quedado en el sembrado. El veterano me enseñó muchos trucos de arriero y nunca hizo un comentario de lo sucedido. Estoy muy agradecido de él. Luego, un día, llegué a este lugar, hice esta casa y aquí estoy, dictándote mi última voluntad, como lo habíamos acordado…  Yo miré por la ventana y mientras el sol se iba asomando, pude ver claramente que las montañas eran una sola masa blanca y compacta, como de crema. Así lo había querido mi viejo también y boqueó por última vez. Le cerré los ojos con mis manos llenas de tinta. Nunca se enteró de que yo no había aprendido a escribir.

Ahora, tenía que ir corriendo a la casa de Díaz para que quedara todo en orden. El cuento del gato y el resto de esa candonga me los guardaré no más. ¿Para qué agrandar los problemas?. Los muertos, muertos están.

24 pensamientos en “El Gato

  1. Me uno a los que hemos sentido espanto y una gran desazón al leer este magnífico relato tuyo. Nos consigues atrapar en los textos.

    Abrazos desde el calor agobiante madrileño.

    • MX: Exageras, pero gracias de todo corazón. Mucho frío por este lado de la cordillera que provoca estas historias algo tétricas y cargadas de simbolismos y verdades.
      Suerte para ti también y nos leemos. Un abrazo

  2. Cerecita, a mí no me engañas. Pasado el espanto, la espeluznancia y todas las demás reacciones mentales y fisiológicas de rigor, obligadas por el horror de tu historia alevosa, respiro aliviada y recobro la compostura. He caído en cuenta de que en Estados Unidos tienen nueve vidas y en nuestros países, siete. También sé que si no fuera así, tú no habrías sido capaz de contar esta historia, que sólo puede caber en la imaginación febril de un vengativo ratón de biblioteca… o de un perro humillado por la impotencia ante tanta gracia y velocidad. Besos para ti y para el anónimo y sensible personaje felino.

    • M: Se los he dado y ha agradecido moviendo su cola con elegancia y dedicándote un sonoro miau. Un ratón de biblioteca me susurró esta historia mientras yo moría de un ataque sobrenatural de tos.
      Un abrazo M y miles de gracias por tu visita y comentario.

  3. Una historia dura e impactante que deja sabor amargo en la boca. Los pecados del deseo, la violencia de la misma sangre.
    Un saludo

    • Minicarver: Un saludo para ti también. De alguna forma sé que este personaje, atormentado por ese recuerdo, no buscó redención al final, sino sólo completar su deseo de explicar los sucesos, chocantes y antinatura, guiado por una criatura misteriosa que curiosamente, le abrió los ojos.
      Un abrazo y gracias por pasar.

  4. Muy bien puestos esos ojos del gato como los de Juan de Dios. Dos cosas me asombran, la originalidad y personalidad que cada nombre le imprime a tus personajes…y las de historias con una cierta brisa de igual aroma que conocemos…serán los pueblos? Vos las plasmás con maestría, yo no me animo, porque cada vez que las he intentado me quedan grotescas en vez de ágile como las tuyas. Un gran abrazo Chrieseli!

    • Clau: Muchas gracias por las flores. Esta entrada la escribí mientras yo misma era afectada por un ataque de tos incontrolable. Por ahi, me inspiré fíjate. Con estos fríos y este clima, la gripe anda a la orden del día.
      Y sí, tienes razón, son los pueblos. Nada hay más sencillo y más complejo que las historias de los pueblos.
      Un gran abrazo querida mía y miles de gracias por pasar.

    • Fanou: qué grata sorpresa verte por aquí. Veo que has leído calladita mis historias. Muchas gracias por el tiempo invertido. Algo tiene de la otra, podría ser.
      Un gran abrazo y gracias de nuevo

  5. Chrieseli, que historia tan tremenda, me he quedado con los pelos de punta! Y todo este estropicio por haber seguido a un gato con aspecto de ángel. Me has vuelto a atrapar con tu pluma afilada.
    Un abrazo campestre,

    • Anne: Y otro para ti, desde este lado del planeta, donde está tan helado, como las montañas que miró el hijo, al fallecer el padre.
      Disfruta tus vacaciones y el tiempo en Normandía. Espero tus fotografías y tus letras.
      Muchas gracias por pasar.

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