Taller

Me confieso dispersa y apagada. Me confieso poco voluble a prestar atención a las voces de mis memorias. Me confieso ocupada por el tiempo y las estaciones. Me confieso indolente a las tragedias esporádicas y los dramas cotidianos. Me confieso falta de encantamiento.

Es por todo eso que he estado en silencio. Un silencio que no es del todo callado. Recuerdos de un pasado no tan distante vuelven a golpear mi playa. En el intertanto, recomienzo la segunda fase de ese famoso taller de literatura, para ver finalmente de qué madera estoy hecha.

Pido públicas disculpas por la falta de visitas, por la insolencia de pasar sin dejar una nota, por las incontables horas que he perdido, tratando de arreglar el torbellino que se forma en mi cabeza y de ordenar mi casa, mis voces, mis recuerdos, a mí misma.

En la algarabía de un país emocionado por un milagro sin precedentes, voy a ver qué resulta conmigo y mi ejercicio porfiado de escribir lo que no importa, lo que no es cierto o lo que es, pero no tanto.

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