Puerto Toro

Al final de la barcaza. Ahí se escondió Sonia Catrín cuando viajó con su madre desde la isla Eugenia a Puerto Toro. Fue su única travesía por mar. Ahí empezó la otra parte de su vida. Ahí fue donde se quedó, en el final de la tierra.

En su escondite, el viento le rompía los labios y le zumbaba los oídos. La nave avanzaba como un viejo cansado, a estertores, con el sonoro gorgojeo de las máquinas y la mano severa del capitán asiendo el timón con su vida. Se sabía la ruta de memoria, confiaba más en sus huesos y en los colores de las nubes que en los antiguos instrumentos de navegación e iba rogándole a Dios por que amaine el viento, Tatita, para llegar a la orilla sin contratiempos y bajar los sacos con papas, los corderos vivos, los palos de lenga y los pobres desgraciados que habían decidido quedarse en estas soledades.

Puerto Toro era el último punto verde antes que la tierra se perdiera en el mar, tragada por las olas y la soledad inconmensurable de este panorama hostil y bello. Rodeado de árboles oscuros y densos, con el suelo siempre húmedo, su horizonte se rompía por la aparición de la isla Picton, pero eso era todo. Este espacio entre el mar y el cielo era el último enclave habitado. Al sur de esta latitud, no había nada, ni grande ni chico, ni pueblo ni caserío. Sólo mar y abandono, sólo verdes profundos y viento despiadado, de ese que empuja, que da golpes, que casi bota al suelo. Aquí estaba Sonia. Aquí estaba y aquí se iba a quedar.

Hace años que los barcos centolleros vienen llegando insolentes, cada temporada, con sus pestes y sus hombres ambiciosos, a hacerse de un saco de fortuna en estos confines. Sonia los ha observado desde la ventana de su casa, ranchita sencilla y acogedora, que la ha guarecido de la lluvia y el viento, que le ha dado una razón para levantarse cada día, criar a sus hijos, nietos y bisnietos, un enclave seguro y protegido, algo que muchos llamarían hogar.

Recuerda las historias de marinos, balleneros y buscadores de oro, pero lo que más recuerda es la innegable soledad. No hay nadie con quién hablar, dice cabizbaja, por eso no somos de muchas palabras por estos lados, insiste sonrojada y sonriente, mientras hunde sus manos coloradas en la gran batea con masa para el pan. A veces, vende unos cuantos a los pocos que se atreven a llegar por estos suelos, con cámaras fotográficas y de video, que le preguntan una y otra vez porqué ha elegido vivir en el fin de la tierra. Le preguntan también por las trincheras que quedaron de la guerra, por la iglesia y por los árboles enanos que el viento ha moldeado a su antojo, en las afueras del pueblo. Ella no sabe qué contestar, sólo les sonríe y posa con su delantal de colores y sus manos cruzadas, afuera del portal de su casa, abrazada por personas de las que no tendrá más noticia.

Le preocupa más que el camino a Puerto Williams se termine lo antes posible, porque Carlos, su marido, está muy viejo para seguir navegando por estas aguas tormentosas, donde si se pierde alguno, no se sabe nunca más. Eso le angustia. Eso y las promesas del gobierno de traer adelantos y educación. No sabe muy bien qué significa, sólo le ruega a Dios que no se lleven a los hombres de su casa, como pasa en todos lados. No quiere verlos envilecidos como los pescadores de centolla, como los antiguos mineros que vinieron, cavaron y desaparecieron o como las tripulaciones de balleneros, que bajaban en una noche de juega y aprovisionaban sus bodegas, llenaban sus panzas y descansaban sus instintos. Docenas de chiquillos aparecían a la vuelta de la temporada y cuando se hacían hombres, se perdían en el mar, en busca de la huella de sus padres.

No hay mucho de qué conversar, dice Sonia Catrín, mientras mira el horizonte, interrumpido por la isla Picton. Acomoda sus cabellos, revueltos por el viento, estira su delantal colorinche y estrecha la mano con fuerza y con cariño. Eso es Puerto Toro. En el fin de la tierra, eso es.

Detrás de la Puerta

Un día de lluvia llegó empapada, diciendo que el paraguas se le había olvidado, pero lo traía debajo del brazo. Fue como una humorada, pero cuando insistió en abrirlo dentro de la casa, fue claro que algo no andaba bien. Así empezó, sin que nadie se diera cuenta.

En su habitación, el baúl de madera tenía su ropa de cama, enrollada entre papel periódico y viejas revistas de couché amarillo, gastadas de tanto ser ojeadas en las noches ociosas, alumbradas por una vela y olorosas a bolas de naftalina. Era como un microcosmos, donde todo se entrelazaba lentamente y a pinceladas, las enaguas, los calzones, el paquete de velas de emergencia, las sábanas de popelina, papeles de un pasado no tan remoto, restos de chocolates derretidos entre el desorden y miles, miles de otras cosas más que se habían esforzado en formar una vida que nunca llegó y que fue víctima silente de todo lo que pasó más adelante.

Empezó a hablar sin sentido,  primero de don Roberto y luego de todo en general. Escupía rabia y resentimiento, dolor del alma y una velada traición. Don Roberto le esperaba con los brazos abiertos decía, pero a renglón seguido saltaba con otra frase, que contradecía la anterior, maldecía después de pronunciar su nombre y una sarta de improperios colmaban la escena. Escuchábamos con miedo, pero con curiosidad, detrás de la puerta que velaba su habitación. Era más grande el morbo, era más fuerte el deseo de encontrarle un sentido al monólogo, pero los ruidos de la casa y de sus pasos lo cubrían o a veces, el rechinar de sus dientes nerviosos atrapaba las palabras y las convertía en meros susurros. Se perdía la continuidad de la historia, si es que la hubo alguna vez. No lo pudimos saber entonces, sino hasta mucho después, cuando ya habíamos escuchado la palabra esquizofrenia.

Lentamente se manifestó la chaladura. El primer indicio fue cuando empezó a tijeretear cada una de sus prendas. Alegaba marcas invisibles puestas por desconocidos, que se colaban por la ventana inexistente de su habitación. Salía sin previo aviso, llegaba tarde, el abrigo revolcado, la cara transformada, susurrando nombres, fechas, confundiendo a las personas, mirándonos fíjamente y hablando de gente del pasado que le había causado daño, decía en una letanía interminable que, por momentos, hipnotizaba.

La puerta de su habitación permanecía siempre cerrada. La trancaba con un pedazo de caucho inmundo y lacio, que terminaba en un candadito chino que causaba más curiosidad. Guardaba agua por doquier y cortaba sus pertenencias una por una, en las noches a oscuras y de largas conversaciones con don Roberto y sus fantasmas. Poníamos atención a la historia y después de mucho de la misma cantinela, logramos armar el pasado infame que la atormentaba y que la había hecho perder la cordura.

Él era su patrón y la sedujo como lo hacía con todas, pero no esperó esta obsesión que se tornó en desenfrenada locura. El viejo don Roberto no estaba preparado para esto. Años de la misma maroma le daban la sapiencia necesaria, a la hora de acostarse con sus mucamas, pero ahora era distinto y por mucho que trató de deshacerse de ella, no lo logró y por años vivieron esta historia trágica y cruel. Un tira y afloja permanente con sabor a batalla ya perdida. Un caos en el orden lógico de lo que tenía que ser.

Cuando pronunciaba su nombre, hablaba de tiempos eternos donde no hubieron atisbos de suave y sencillo cariño. Hablaba de Javier, su hijo y de cuánto se parecía a don Roberto, de cuánto el viejo le quería y de los regalos que le entregaba, por entremedio de la reja de fierro que separaba la propiedad de la calle. En la calle quedó, cuando don Roberto pereció. Accidentalmente dijeron y ella repetía, rodó por las escaleras de piedra y se desnucó. Javier se fue al norte, sin dinero, sin familia, sin nombre y maldiciéndola y ella se quedó en esta pieza mínima, rodeada de recuerdos, de sueños rotos, de sombras y remordimientos.

El candadito chino trancaba la puerta, mientras las tijeras seguían haciendo su labor. Habían manchas de sangre entre las prendas cercenadas y el agua tenía una costra blanca y verdosa, parecía que había brotado de un sueño. Espiábamos todos los días, entre los agujeros de la puerta y las paredes, mientras su mente se iba perdiendo más y más y el tiradero de pequeños trozos de tela formaba una alfombra que acallaba sus pasos en las noches de sus largas conversaciones. A veces, se mostraba violenta y desenfadada, otras, humilde, sumisa y llorosa. Nunca dejó de hablar de don Roberto. Ni siquiera en el momento que se la llevaron en la camilla del hospital, con su sangre manchando el suelo, emergiendo como de un grifo, de su estómago fofo y blanco.

La puerta quedó cerrada. Ella no volvió más. Alguien retiró lentamente las vasijas con el agua putrefacta y el silencio reinó otra vez. Marcas del filo de las tijeras, detrás de su cama, formaban una frase de dolor que fue borrada con lija de madera, cuando ya no regresó.  

La Fábrica

Se empinó  la copa de whisky hasta el fondo, de una sola vez. El alcohol le quemó la garganta, pero no lo sintió. La noticia que le acababan de dar era muchísimo más impactante que cualquier otra cosa.

Hassan Dagach había vivido toda la vida en la misma casa. Antes, había pertenecido a su padre y antes, a su abuelo. Oriundos de Nablus, hablaba apenas algunas palabras de la lengua de su tierra. Muchas veces, cuando pequeño, extrañó ser llamado inmigrante, siendo que él había nacido en este lugar, entre estas paredes, entre estas alfombras, entre los olores de las hojas de parra, las berenjenas y el trigo burgol. Esta era su tierra, pensaba, aquí estaban sus recuerdos, su infancia, sus amigos. Sus docenas de primos, que correteaban por los patios y perseguían a las damitas de la familia o se embriagaban juntos, fumando a escondidas la pipa de agua del abuelo Hassan. Él era el tercer Hassan Dagach y guardaba su nombre con orgullo, como le habían enseñado. Su espíritu fastuoso y su inclinación por la riqueza y el juego, vinieron después.

La fábrica de algodón, ubicada a media cuadra de la casa familiar, siempre le produjo respeto. Las grandes bobinas, el ruido ensordecedor, la hilandería, la sección de teñido. La anciana de joroba que pegaba las etiquetas en las grandes piezas de jersey, que todos rumoreaban había sido la amante de su abuelo y que, por la maldición del marido, tenía esa horrible deformación. Las señoritas que llegaban, en las mañanas heladas, como golondrinas, vistiendo sus guardapolvos color celeste, cada una frente a una máquina de coser, cortando y armando camisas el día entero. Era un ruido constante, un movimiento constante, un olor constante. Ese era el ritmo que definía a la fábrica. Un tiempo continuo que no paraba, que parecía que iba a llenar el mundo entero con su latir. Así sentía Hassan este lugar. Un universo paralelo, un ente distinto, con vida propia. Eso era.

Al heredarla, no quiso hacer mayores cambios. Le parecía que funcionaba por voluntad propia. El precio del algodón subía como la espuma y se esforzó en mantener al personal. Todos tenían una historia de lealtad, que por tres generaciones había probado su valor. Muchos eran hijos y nietos de trabajadores. Conocían el oficio porque estaba en sus genes. Algunos fueron gestados entre estas paredes. Hassan no podía hacer otra cosa que mantenerla. Y lo hizo, mientras pudo.

Vivía bien con las ganancias de la fábrica y de la tienda que se le ocurrió construir, creando una línea propia de confecciones que eran vendidas a precios de ganga. Un éxito rotundo. Pronto, entregaba en las tiendas de toda su parentela, a lo largo de este país, tomando contacto con otros familiares que venían a probar suerte, como lo habían hecho sus abuelos, pero no le importaba mayormente su historia. No había caso. Sólo había una cosa que le cautivaba más que sus empresas. Era el Casino.

Las luces titilantes, el ruido de las mesas. El sonido de los tragamonedas y de vez en cuando un espectáculo. Los tragos y comidas con otros jugadores empedernidos como él, que negaban su adicción al juego, como él y negaban el embrujo de las luces, como él. Perdían a manos llenas, en una hermandad enferma y díscola, que se embrutecía bebiendo tanto cuando perdían como cuando ganaban. Hassan esperaba el día sábado para vestirse con sus prendas más elegantes. Había cosechado la ganancia del día de la tienda y escrupulosamente, sólo apostaba eso. A veces, eran varios miles. Entraba y saludaba a todo el mundo. Tenía su mesa reservada, su séquito que le esperaba para vitorearle, cuando ganaba y para palmearle la espalda, cuando iba perdiendo. La magia del casino le absorbía, le trastornaba y le dejaba exánime y disuelto en miles de pensamientos que no tenían asidero ni lógica. Se perdía en los colores, en las formas, en las partidas. Se perdía.

Apura otro trago, mientras el contador le vuelve a explicar la situación. No hay forma de negociar. No hay forma de evitarlo. Estamos en la lista. Sólo tome su dinero y váyase, es mi consejo. Hassan repasa las palabras, examina el documento. Analiza el tema. Consulta a sus parientes y amigos. Varios ya han sido expropiados. El Estado tomaba las fábricas y se las entregaba a los obreros. Eran insignias de la popularidad del gobierno y eran ejemplo de lo que era capaz de hacer por los trabajadores. Muchas habían sucumbido y ahora lucían abandonadas y en franco deterioro. Ese era el destino que le esperaba a la suya, le dijeron. Tomó sus precauciones. Habló con sus empleados. Trató de persuadir, de sobornar a los dirigentes, pero todo fue inútil. Cierre la puerta por fuera, le dijo el presidente del sindicato que tomaba la fábrica esa mañana, que ahora esto es del pueblo. Usted vaya y siga jugándose la plata que le ha sacado, como sangre de las venas, a los trabajadores.

Hassan Dagach siguió el consejo y perdió mucho dinero. Luego, vendrían varias debacles económicas de las que salvó sólo con la ayuda de sus parientes y los pocos amigos que logró juntar. La mañana de ese día jueves, luego de tomarse la copa de whisky de un solo trago, firmó con la compañía inmobiliaria. Compraban lo que había quedado de la fábrica, restos retorcidos dejados por la desidia de los trabajadores, cubiertos de herrumbre por el paso de los años, añejos y corrompidos. Compraban la ubicación, el bien raíz, le dijeron. Vamos a abrir un casino.

 

El Arquitecto de la Última Morada

Esta es la penúltima carretillada de material. Se limpia las manos y decidido, agarra la pala, mientras va sacando a cucharadas, como un chef surrealista, esta mezcla gris y granito que cae espesa y suave sobre la estructura que está por terminar.

Cuando era niño, la vista de este lugar le perturbaba. El ángel que decoraba el gran mausoleo de las monjitas, le parecía un joven congelado en su propia desolación, mirando a quién sabe dónde, oteando un horizonte que no podía seguir, provisto de alas que no podía usar. El dolor y las lágrimas perseguían su día a día. Siempre se acercaban personas con los ojos colorados, presas de una tristeza de difícil descripción, aunque también habían algunas que le asignaban el trabajo con frialdad y sin motivación, cumpliendo un tedioso deber que nadie más se habría tomado la molestia de asumir.

Las caras de dolor se le marcaban en sus recuerdos, mientras trabajaba, transportando el material por los angostos pasillos del recinto, poniendo cuidado en no trastabillar con el pavimento irregular, que se levantaba por todos lados. El rumor del riachuelo le daba un leve sonido a este espacio, mientras los pájaros cantaban apenas, manteniendo el respeto por aquellos que ya se habían ido.

Conocía el lugar como la palma de su mano. Conocía cada recoveco, cada ubicación. Muchos de  ellos habían sido personas distinguidas que él había mirado  desde lejos. Ahora, estaban cada uno en su lugarcito, con sus nombres impresos en lápidas de mármol y bronce, esperando  la llegada del verano para recibir sus flores frescas. Algunos eran olvidados. Muchos estaban ahí desde antes que él naciera, encerrados en estos espacios cada vez más grises, sus nombres borrados por el tiempo y las estaciones. Sabía que siempre llegaban a pedir su trabajo con premura y atención. Muy pocos eran los que preveían la inminencia de la muerte y se preparaban con antelación. Muy pocos encaraban este hecho innegable. Muy pocos.

Trabajaba con ahínco, en las heladas mañanas del otoño y en las calurosas tardes del verano. Siempre  había algo. Siempre la hermana Muerte alcanzaba a alguien de súbito y él tenía que apretar el paso y enfrentarla. No podía atrasar la última morada. No podían haber errores de cálculo ni fatigas en el material. Todo debía ser hecho con la precisión de un relojero. Con la ternura de una madre. Con la fuerza de un titán.

El ángel del mausoleo de las monjitas todavía está vigilante, como ha estado los últimos treinta años. Tal vez lo hayan puesto ahi, piensa, para espantar a aquellos que curiosean las tumbas de la religiosas, averiguando si tienen pelo debajo de sus cofias. ¡Qué gente más nefasta aquella que se mete, a hurtadillas, a manosear los nichos perdidos o echar mano de anillas de bronce, para venderlas como burdo botín!. Su trabajo entonces, luce arruinado. Su empeño se ve frustrado y reparar, ¿cómo poder reparar?. Si el daño está ya hecho, el desastre no tiene vuelta. No había derecho. No, no había derecho, cuando este lugar es sacro, cuando las tumbas son santas. ¿No hay Dios en el cielo?, piensa mientras empuja la carretilla de vuelta a la montaña de mortero que ya tiene preparado. La señora a quien le construye esta sepultura, está grave en el hospital, es posible que se adelante su llegada, piensa. Bufa con fatiga cuando levanta la mezcla palada tras palada. Refresca su cara y mira, con ternura, la matita de geranios que se niega a morir. Antes de irse, le regará como es su costumbre. Ya no recuerda quién era el dueño de esa lápida. Fue arrancada de golpe una noche de juerga. Antes no pasaban esas cosas, concluye, mientras levanta por enésima vez sus mangas y pone manos a la obra.

cementerio

 

El Teatro

teatro abandonado

Los carpinteros llegaron temprano, premunidos de martillos y barretillas. Hubo incluso alguno que trajo un gran napoleón por si había quedado alguna puerta trancada, con aquellos antiguos candados que no se amilanaban por la herrumbre  que había invadido el lugar, a través de todos estos años.

Hacía mucho que el gran telón había caído inexorablemente, deshecho por la humedad y los musguitos persistentes que hicieron nata de su composición. La vieja moviola fue sustraída por partes por algún operador cansado de esperar su salario y el cuero de los asientos se fue disolviendo  lentamente, a la pasada de roedores y polillas que sólo dejaron los resortes desnudos para muestra de que, alguna vez, hubo grandeza en este lugar.

Uno de ellos logró abrir un vetusto arcón, tapiado con piezas de metal de diversa naturaleza y pensando encontrar algún tesoro, hundió sus manos en los ahora frágiles pergaminos de la antigua publicidad del lugar. Viejos letreros pintados a mano, anunciaban las funciones y otrora gruesos cartelones de papel couché decoraban con las figuras del celuloide. Se sintió desdichado y arrojó los restos al piso de madera. Tomó la barretilla y se dispuso a desarmar la pared que había soportado al arcón y que antes, había estado tapizada con brocado color bermellón.

El más viejo de los carpinteros recordaba haber estado en el teatro, antes que la modernidad apareciera de golpe en el país, cuando aún era paseo obligado ir a la plaza los domingos y asistir a la función de la tarde. Los asientos rechinaban y aquí y allá faltaba algún apoyabrazos, pero a nadie le importaba demasiado. Era la magia de la filmación lo que más les atontaba, haciéndoles olvidar tantos infortunios y tanto dolor. Las epidemias y el invierno. La falta de trabajo y de calificación, las derrotas deportivas y las desdichas del día a día. Todo desaparecía de un plumazo una vez que la cortina gigante se levantaba pesada y amenazante para dejar paso a la muralla blanca. Las luces se perdían en un segundo y la vieja moviola, trastabillando, empezaba a rodar el film.

También recordaba que, después del tiroteo, nunca más hubo una función con actores de verdad. El escenario fue perdiendo su brillo y sólo la película le dio algo de magia al lugar. Atrás se habían quedado las galas y las compañías de pantomina y artistas más o menos consagrados, como rezaba la publicidad, escrita a mano con esos grandes moldes de cartón, en los carteles de las afueras del teatro.  

El tiroteo había arruinado todo, contaba el viejo carpintero. Recordaba la noche en que pasó, porque su padre le contó de primera mano los acontecimientos. Estuvo en la plaza vendiendo confites hasta  que la función de esa noche empezó.  Luego, se quedó arreglando sus cosas y escuchó los disparos. Tres escopetas dispararon. Hubo sólo una víctima. Pero en el pueblo dijeron que la  pobre mujer masacrada no era la que buscaban los tiradores. Después, todo cambió. Hechos de sangre siguieron sucediendo. Personas que desaparecieron sin dejar rastro y luego pestes y más pestes, fueron minando las energías de los habitantes.  Su padre culpaba al tiroteo y a aquel que se tiró del puente que cruzaba el río. Sólo cuando los voluntarios arrastraron su cuerpo a la rivera, se dieron cuenta del gran parecido con el que era su progenitor. No se habían visto en quince años y ahora se encontraban en esta vista mortecina, con una sombra de odio pintada en la cara del occiso. Nadie supo de la disposición de su cuerpo y nadie juzgó al padre por haber engendrado un ser tan vil. Las catástrofes siguieron sucediendo, hasta terminar el día del gran terremoto. Después de eso, el teatro fue oficialmente cerrado por la poca seguridad que ofrecía su edificio, que como muchos otros, cayó de rodillas ante la fuerza de los elementos. Permaneció así por décadas, hasta que una ordenanza municipal decidió echarlo abajo. Ya no había indicio de los antiguos dueños y nadie se hacía cargo de su limpieza. Se veían las ratas saliendo muy compuestas de sus esquinas, cargando basuras y restos de las cortinas en las tardes mojadas de invierno. Se declaró entonces fuente de infecciones y se contrató una cuadrilla para echarlo abajo. En eso estaban, cuando encontraron debajo de la butaca número dieciséis un casquillo vacío. Todos pensaron en el tiroteo que había contado el viejo carpintero. Él se acercó y tomó entre sus manos el tiro vacío y se lo guardó en su bolsillo. Nada va a cambiar, dijo de último. Tenemos que seguir trabajando.

Si Sueño

Si sueño contigo, se me viene el mundo encima. Si sueño contigo, mi alma se desvanece en pequeñas partículas insípidas que no vuelven a pegarse juntas nunca más. Si sueño contigo, mi corazón se rompe lentamente, como una piedra de granito golpeada por el mar. Si sueño contigo, se vienen esperanzas que no quiero, recuerdos que no espero y lágrimas que no puedo mantener.

Si sueño contigo, el dolor me lleva por delante, me ataca en síndromes recurrentes que no dejo de pensar. Me caldean mi cerebro y me cortan la razón. No hay palabras de aliento ni vida, sólo sueños indeseables, sólo imágenes sin fuerza ni destino, sólo recuerdos sin vida.

sueño

La Habitación

Hubo un tiempo en el tiempo donde todo resplandecía de la mano de Lucía, que fregaba con escobillas de esparto y jabón de lejía hasta que los semblantes se reflejaban en las tablas del piso. Se esforzaba como si esta casa fuera de ella y no paraba en su empeño hasta ver las superficies brillando. Entonces, estaba todo dispuesto para las tertulias y las visitas de los amigos; para las cenas y para las noches de lectura en compañía de un cognac y un habano.

El papel decomural mostraba sus grandes flores de colores deslavados, con su fondo de color manila. Pensamientos, rosas y jazmines se armaban en intrincados ramilletes que cubrían las paredes, dándoles el tinte que los habitantes de la casa necesitaban. Las vigas del techo se mostraban desnudas y plenas de  tallados, con historias y hechos conocidos sólo por la mano del carpintero, que tuvo a bien disponer su creatividad en cada una de ellas, haciendo un mapa imaginario que empezaba en la sala y terminaba, como era debido, en los dormitorios.

Los muebles fueron encargados a Europa. Los más expertos artesanos reprodujeron para todas las habitaciones exquisitos decorados que le hacían honor a las maderas que los sostenían. Todo olía a madera y calor. Todo estaba entremezclado con la cera de abejas que Lucía se empeñaba en frotar en cada ropero, cama, mesa, silla, arrimo, escritorio y biblioteca. Incluso las ventanas, con sus grandes postigos de bronce, recibían de vez en cuando una pulida con aquel paño de lana que amenazaba con desarmarse, pero que, en sus sabias manos, revivía una y otra vez.

La cama estaba dispuesta contra la pared al lado del ducto de la chimenea que subía desde el primer piso. Desde la ventana, entraba la luz de la mañana clara y sensible, cegadora en verano, amigable en invierno. El escritorio se adosaba a la pared contigua y todo olía con la brisa de la tarde que se colaba presurosa por entre los vidrios. La bacinica de porcelana descansaba callada y dócil, invariable, debajo de la cama. Todo tenía su espacio reservado, su parsimonia prevista, sus horas encantadas.

A la vuelta de los años, cuando la familia abandonó lentamente la casa, sólo esta habitación fue permaneciendo entera, con sus muebles y su papel decomural, hasta que el paso de los años fue cobrando lentamente sus cuentas y llevando por delante cada espacio, cada decorado y cada tinte consigo en un viaje sin retorno. Ya no estaba Lucía para salvaguardar la dignidad de  pisos y artefactos. Se había marchado mucho antes, sumida en el sopor mortal de las fiebres que causaban estragos.

La pátina en los vidrios fue creando visiones fantasmales que se colaban junto con el viento que entraba por las rendijas, ensanchando sus cavidades cada vez más. El papel decomural fue colapsando, por efecto de la humedad que interfería molestosa aquí y allá, hasta dar paso al alma de la pared, donde había morado la suave malla de arpillera, por años protegida, dormida y de pronto violentada por los elementos.

El polvo se iba acumulando en todos lados y sólo la vieja bacinica se mantenía en su sitio. Los pisos perdían lentamente su color rojizo y daban paso a un gris desaliñado que tocaba con tintes nostálgicos toda la habitación. La cama, dispuesta contra la pared, porque nadie se atrevió a moverla, seguía allí, como aspirante eterna al nido de las termitas y las salpicaduras de la lluvia que iba cobrando cada vidrio del ventanal, en cada temporal.

Cuando vinieron los carpinteros a demoler finalmente esta habitación y la casa por completo, de alguna parte perdida en las paredes y a fuerza de los martillazos, brotó un rosario, por años buscado, siempre recordado, que cayó dramático al lado de la bacinica, aún incólume, llena del polvo de los años, como si sus antiguos inquilinos hubiesen convertido sus humores en finas partículas, como sus recuerdos.

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