Somos Compañía

El viudo Martínez no siempre fue así. Eso ya lo mencioné. Lo que sí, fue siempre parte de un circo. Circo pobre, comentaba con vergüenza. Heredó la pequeña compañía de entre los retazos de su circo original y de partes del espectáculo donde actuaba su esposa, una contorsionista. A don Martínez se le coloreaban las mejillas cuando pensaba en ella. Quién sabe qué marranadas le hacía hacer a la pobre, pero eso es algo que se me ocurre a mí y que no debe ser motivo de juicio para el pobre don, que me hizo el favor de levantarme del camino donde me dejaron botada, me limpió los mocos con sus propias corbatas, me vistió, me alimentó y me dijo que ya no iba a estar más sola en este mundo. Que mi condición no iba a cambiar, pero sí podríamos sacarle buen partido. Siempre sonreía cuando miraba mis piececitos. Decía que parecían empanaditas. Es un buen hombre, lástima que el dinero siempre fue escaso, porque si hubiera sido al contrario, otro gallo nos cantaría.

El viudo tenía costumbres de señor. Leía los periódicos con detención y observaba un lenguaje decoroso y educado. Afectado a veces, por los rigores de la profesión, pero se sabía distinto. Distinguido. Buscaba más de la vida y por eso no dudó un segundo en contratar a la Madame Edith en cuanto la vió, desesperada, afuera del teatrito de aquel pueblo en la costa, sentada sobre sus arcones de marinero, con su aire de reina madre. La Madame no tenía ningún acto que aportar a la comparsa, pero entonces despedía una elegancia que el viudo no había visto jamás en el mundo circense y que, por alguna razón, se ajustaba perfecto a sus sueños de grandeza.

A ella le molestó desde un principio la promiscuidad de la carpa, sin camerinos ni cortinas. Exigía un sitio privado y mientras hablaba de sus viajes de lujo por el mundo y sus actuaciones en los escenarios más elegantes, reclamaba por todo. Su tez estaba ya ajada. De eso me acuerdo claramente, como me acuerdo de su expresión cuando me vio la primera vez. No le caí bien, pero a ella nadie la toleraba tampoco. Sólo don Martínez  la miraba arrobado cuando hablaba de la magia del teatro. De cómo la voz y presencia del actor eran suficientes para hipnotizar a la gente. Sin perros  bailarines desnutridos ni el perico que echaba palabrotas en esperanto, porque eso era lo que decía el ave, según la Madame, lenguaje de marinero y nada más.  Me pregunto cómo ella sabía de esas cosas, si era tan distinguida y elegante.

Un día, cuando la Madame le dijo a don Martínez, por el acto nuevo que estábamos presentando, “le plus singulier que j’ai vu dans ma vie”, el pobre se quedó con la cara más larga que las piernas recién afeitadas de Tomasito y se decidió. Al día siguiente, nos llamó a todos y dramático, nos informó sus planes. No más circo. No más aserrín. No más carpa. No más nada de lo que habíamos estado haciendo hasta el momento, en una tradición que se había mantenido por medio siglo. No más. Ahora, íbamos a ser una compañía de teatro. Fue tan categórico que Quico y Queco, los siameses unidos por la pelvis, tomaron sus cosas y se fueron al instante. Tomasito se quedó. Siempre había querido ser actriz. Su trabajo de payaso le daba apenas para comer y decía que le sentaba mejor el drama que las risas, porque su vida era así. Aseguraba que siempre se había sentido mujer y que lloraba de rabia en las noches tratando de eliminar los pelos de su cuerpo e intentando hacer crecer su par de tetillas invisibles, con toda clase de trucos descabellados. Estaba sencillamente encantado.

Convertimos todo lo que pudimos en bártulos de teatro. Don Martínez consiguió un telón de terciopelo apolillado y escogimos los transportes que estaban en mejores condiciones. Los animales se siguieron quedando con nosotros, porque el viudo aseguró que podrían ser un día de utilidad. La Meche bromeó que los podríamos echar a la olla si nos iba mal, porque no tenía ni una pizca de fe en esta nueva empresa. La Madame le clavó los ojos azul índigo con tanta rabia, que la hizo callar.  Tiempo después, la perdimos.

La Madame se encargó de enseñarnos los rudimentos de la actividad y pronto don Martínez mostró su veta más filantrópica y la primera controversia con ella.  No desechábamos ninguna plaza ni poblado. Insistía que todo lugar era digno de ser explotado y que estábamos para distribuir el arte donde fuera, no coartarlo con fríos e impersonales análisis financieros. Eramos ante todo artistas, no banqueros. Fue por esa razón que recorrimos todo el sur, entre bosques, lagos y ríos, entre caseríos y pueblos que apenas descubrían la luz eléctrica. Nos recibían como reyes, a tablero vuelto. Incluso a mí me aplaudían de pié en mis escasas incursiones, siempre en papeles de infante, pero la Madame odiaba trabajar conmigo y por eso el viudo me pidió que fuera la ayudante del apuntador. Por eso pude ver todo lo que sucedió los días previos a la noche del asesinato que luego, nos hizo llegar a este lugar, pero me estoy adelantando mucho y no quiero que eso pase.

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Pantomimas en el Desierto

Aún recordaba al hombrecito delgado que se unió a la caravana y que no fue bien recibido por la comparsa, tal como yo, tanto tiempo atrás. Había pedido un aventón y la tradición del actor transhumante rezaba que el camino y el viaje se compartían por esencia y por costumbre. Sus ojos azules esquivos y sus manos destrozadas llamaron mi atención, tanto como su acento extranjero y el odio profundo que profería al hablar de su padre. Habló todo el camino de lo mismo, como un disco rayado, perturbándonos. Se apeó antes de la entrada al pueblo, agradeció con la única sonrisa que le vimos y desapareció entre la vegetación de la rivera. Los sucesos de esa noche cambiaron para siempre a la Compañía de Teatro Espectacular. Dimos un giro sin vuelta atrás la velada que actuamos en aquel pueblo. Decidimos, luego, arrancarnos buscando otro rumbo lejos de allí. Aún escuchábamos los tiros, el clamor de la muchedumbre, el llanto del hombre que nos enteramos después, no se vió nunca más. Todo cambió esa noche, en un revoltijo confuso y ahora, en esta pampa marchita, parecía que los acontecimientos finalmente se iban a ordenar.

Madame Edith escupía sangre por tercera vez. Actriz principal, su cara tenía la misma textura del caliche. Se había mimetizado con la pampa o la pampa se había personificado en ella. Decía que venía de Chambord y aunque nadie tenía la menor idea ni siquiera cómo se escribía esa macana, ella chapuceaba entremedio de su español peruano algunas palabritas en francés. El viudo Martínez, que dirigía la compañía, la aguantaba por piedad y por la taquilla. Jovita, la costurera y maquilladora, decía que en las noches de invierno don Martínez se acercaba como un perrito guacho al camerino de la actriz, para verla despojarse de sus medias de puntos corridos y sus calzones de tafetán amarillento. Suspiraba con pena y con vergüenza, contemplando  la erección senil que lograba con el patético espectáculo. El viudo estaba muy preocupado por ella. Madame Edith se caía a pedazos, se le cascaba la voz, se le desarmaba el vestuario, se le olvidaban los parlamentos. Tenía ese garbo de las actrices antiguas y su actuación, otrora impecable, por alguna razón,  aún seducía a esta audiencia de hombres brutos, quemados con este sol que escaldaba los ojos y los pensamientos. Escupían en el suelo, tosían como condenados, decían palabrotas, pero cuando la Madame alzaba su voz en los largos monólogos de las tragedias que le gustaba personificar, todo quedaba suspendido en el aire caliente del teatro, que se  callaba completamente para escucharla. Era la mejor parte del negocio y se estaba perdiendo.

Yo estaba cansada de estar en bambalinas. Cansada de la tarea inútil de ubicar a los actores en situación. Cansada de  repetir “no confunda eso que es de Orestes y esta noche hacemos Macbeth. Por amor de Dios, si los mineros no son tan ignorantes y después de la quinta función, se saben los parlamentos de memoria…” Limpiaba la caca de los perros, planchaba los disfraces de los actores y miraba por la ventana chiquita de atrás, cómo el viento formaba remolinos de tierra, olvido y muerte. Estaba cansada de ser la ayudante del apuntador. Estaba cansada del olor a naftalina, de la mierda de los animales y los hombres, de las exigencias de Madame Edith y su escupidera colorinche donde iba botando lo que le quedaba de sus pulmones. Jovita se burlaba de mis alegatos y mis sueños y me explicaba que lo único que había para soñar en ese lugar olvidado éramos nosotros. En esta tierra ruda, asolada, achicharrada de día, aterida de noche, mancillada por el oficio de las minas, estábamos para entretener. Para vender un sueño imposible, mientras el aire se enrarecía de sudores y pis. Si te quedas con un pampino bruto, me decía, mira como vas a terminar. Mira a sus mujeres solamente. Escucha los llantos de sus chiquillos. Ella era la única en la Compañía que no había mentido en su origen. Venía del puerto. Creció comiendo pescado y machas crudas, cosiendo redes y aprendiendo canciones repletas de palabrotas con sus medioshermanos. Nunca fue a la escuela. Cuando se refería a sí misma lo hacía usando la palabra “bruta”. Tenía un gran corazón. Juntas tomábamos limonada con hielo que sabía a monedas de cobre y masticábamos la arena que se metía en la boca, los intersticios de la piel, entremedio del cabello y hasta en el corazón.

Me recogió el viudo. Creo que no lo he mencionado todavía. Yo tenía diez años y el viudo acababa de perder a su mujer. Madame Edith era tan vieja como hoy y el resto de la comparsa de entonces, se fue perdiendo de pueblo en pueblo, como cuando se pelan los árboles en otoño. Estaba Tomasito, con su voz de pito y sus canillas peludas, de familia de payasos, aspirante a primera actriz. El Gran Sergio Rodríguez, mago originalmente, según él heredero de un linaje de actores que se remontaba a la llegada de Colón, pero incapaz de decir una línea estando sobrio. Jovita aún no llegaba y la Meche Escobar, contorsionista de profesión, actriz sin mucho talento, se perdió una tarde de invierno entre el barro y la lluvia del estero de Santa Juana. No quiero hablar de ella. Esos son los que más recuerdo y será porque no están con nosotros ahora, excepto la Madame, con sus arcones de marinero y sus exigencias de prima donna. Recorrimos cada pueblo, cada estancia, cada caserío. Éramos un circo en miniatura, con los perros equilibristas, el perico que contaba en esperanto y la gata bailarina, hasta que don Martínez decidió convertirnos en una compañía respetable. Ahora te digo por qué.

N de la R: Esta entrada es parte de mi proyecto de término del Taller de Literatura. Viene otra parte más, en la siguiente entrada. Voy a probar el género de la novela por capítulos, a ver qué sale. Les agradezco su atención.

Soy Cantinera

No voy a decir tu nombre, porque en el fragor de la batalla ese detalle siempre dio lo mismo. Voy a contar tu historia y tus pesares, mi viudita, para que el recuerdo no se lo lleve el viento de la pampa, ese que levantaba las arenas, se metía en los ojos y no dejaba ver el pabellón patrio. Ese viento no se llevará lejos tu recuerdo, mi viudita. No se lo llevará.

Te metiste en el regimiento, escondiendo tu condición. El cabello cortado al rape, los senos apretados entre vendas, que usarías luego para curar. Poca plática, mucha resistencia. Empuñando la balloneta, partiste con el 3ero y cambiaste los verdores del campo, los olores del puerto por la pampa seca, el viento y las privaciones de esta guerra. Hubieron algunas más que decidieron seguir el mismo camino. Todas se desempeñaron en la trastienda, lavanderas, enfermeras, cocineras y soldados. Los generales decidieron darles un nombre de respeto y reconocer su condición. Ahí te cambiaste la guerrera, pero seguiste cargando el mismo fusil.

Marchabas con el 3ero, avanzando, avanzando. Pisagua, Dolores, Arica. Sufriendo lo insufrible, nombrando lo innombrable.  Prisionera. Forzada. Degradada. Liberada. No fue bastante mi viudita y seguiste. Chorrillos, Miraflores, Lima. Entraste victoriosa. Cocinaste empanadas en las alturas de la sierra. Curaste piernas y brazos mutilados en el desorden y la mugre de los hospitales de campaña. No habían galones de premio para esos soldados. Sólo tu presencia, mi viudita, con tacitas de agua para aplacar la sequedad de los labios y la fiebre quebrantadora de las grandes infecciones. No habían galones de premio para esos soldados, sólo tus canciones, sólo tus manos encallecidas acariciando sus frentes. Sólo tus palabras mansas prometiendo una oración, cuando ya se han ido. Sólo tú, mi viudita.

Se terminó el zafarrancho como siempre se terminan todas las guerras. Bajaste con el 3ero de vuelta a la patria querida y luego de los desfiles de rigor, vino el olvido del pueblo, que te olvidó a ti también. Una pensión de pocos pesos apenas honraba todos tus afanes. Las cicatrices que quedaron en tu carne, te empezaron a pasar la cuenta. Me enterraste a mí, sin ceremonia y sin dolor. Como yo hubiera querido. Me velaste apenas una noche y estuvo bien. Me sepultaste con la insignia del 3ero y estuvo bien. Te quedaste aquí mi viudita, hilando en la rueca, lavando ajeno, tratando de vivir. 

El pabellón se alzaba alto por los grandes edificios. Ya nadie recordaba la guerra, los caídos, los mutilados, los enfermos. Ya nadie recordaba a las que, como tú, habían dado luz de esperanza a las tropas, una jarra con agua, una venda limpia, una caricia piadosa entre la pólvora y la tierra roja del desierto. El pabellón estaba muy alto ahora, mi viudita. Tan alto que ya no podías enarbolarlo orgullosa, como en las afueras de Dolores.  Ya no.

Es crudo este invierno. Silba el viento, como cuando subimos el morro. Pero entonces había sol o era como si lo hubiese. Se escuchaban los gritos, se veían los ojos aguardentosos y negros, llenos con la pólvora de los fusiles. Tú ibas detrás mi viudita, con la balloneta en alto, la cantimplora llena, la guerrera bien abotonada, digna, valiente. Siempre valiente.

Escucho el ruido seco que viene de tu pecho. No eres la primera que termina de esta forma. Tal vez tanta arena de ese desierto maldito lijó los pulmones de todos y con los años, ya no te queda nada. Nada pude darte, sólo trabajos y recuerdos. Aquí te espero mi viudita, susurro ahora en tu oído bueno. La señorita de hospital te abre la camisa y escucha. ¿Qué hace usted señora? pregunta sin prisa. Aprietas entre tus manos los galones que prendió en tu uniforme el general Baquedano, una mañana de mayo, tanto tiempo atrás. Escuchas el silbido del viento, te estremeces con el frío que se cuela por la puerta abierta del hospital, esa por donde entran los pobres. La miras fijo, levantas el pecho y le dices con el orgullo del deber cumplido: soy cantinera y a mucha honra.

N de la R: La historia apenas recuerda a las mujeres que formaron parte del ejército chileno en la Guerra del Pacífico. Muchas de ellas vivieron y terminaron sus días en la indigencia y el completo olvido de la nueva nación, que se formó después de este conflicto. Mi homenaje muy sentido a valientes como: Candelaria Pérez, Filomena Valenzuela, Irene Morales, Carmen Vilches, María Quiteria Ramirez, Leonor Solar, Rosa Ramírez y Susana Montenegro. No las olvidemos nunca.

Ocho Días

Miro las noticias, en esta pantalla gigante, que han instalado a un lado del campamento. Luchito hizo sus deberes y ahora duerme. Hace frío todavía y es octubre. Atizo el brasero, me pongo la frazada en la espalda. Lleno la tetera con agua y la dejo entre los carbones encendidos. Contemplo el cielo estrellado del desierto, en esta noche de primavera.

Me junto a conversar con las otras y observamos con desesperación el calendario, igual como al principio, porque hace sesenta y tres días con sus noches que ocurrió la desgracia. Hace sesenta y tres días exactos que estamos en esta espera. Hace sesenta y tres días que no he visto a mi marido y hace sesenta y tres días que él ni ninguno de sus compañeros han visto la luz del sol.

Esperamos con calma, algunos días; con rabia otros y  juntando la ansiedad en una bolsa invisible al ladito del alma. Las cartas escritas de su puño y letra, me llegan profundo al corazón y no hallo las horas de abrazar a este hombre nuevo, que me devolverá las entrañas de la tierra. Más cariñoso, más querido, nunca más esperado. Un hombre nuevo, repite en sus misivas. Un hombre nuevo, me dicen las parientas, que no pueden creer este milagro de Dios. Abajo, no les ha faltado nada desde que los encontraron con vida, dicen todos. Lo que pasó antes de ese momento, no sé si lo vayan a contar alguna vez.

Nunca antes se había juntado tanto un pueblo. Nunca antes se había querido tanto a un puñado de hombres comunes y corrientes, que esperan con la paciencia de los viejos, con la misma de la montaña que los tiene prisioneros, salir afuera. Terminar este turno tan largo. Dejar a esta manada querida, con la que han aprendido a soportar el encierro, el calor y la humedad. Con la que pasaron semanas a oscuras, escuchando sólo sus voces, para encontrar conformidad, para alimentar la esperanza y con la que  trabajan codo a codo, removiendo los escombros de la perforación que les dejará ver el cielo, una vez más.

Ahora nos avisan que sólo quedan ocho días más. Mi corazón se colma de lágrimas de contento y de tristeza. Alegría porque voy a volver a verlo. A mi Alberto. A este hombre con el que he compartido quince años de mi vida. Que he seguido por todos los campamentos del país, porque así es la historia de la mujer de un minero. Triste me siento, porque ya me había acostumbrado a este dolor, a esta falta, a esta desesperanza que no se va a ir tan pronto. A esta rareza de la vida, que lo extraño y que no quisiera dejar de hacerlo.

No pienses en esas cosas María del Carmen, me dice la Tila, también esposa, también paciente en esta larga espera, también parte de este campamento, que hemos bautizado Esperanza. No pienses en esas cosas, que se te aguan los ojos, se te arruga el entrecejo y si Alberto te ve así, no le van a dar ganas de salir a la superficie. Sonreímos y nos abrazamos, porque hemos llorado en el hombro de cada una, día tras día, mientras la máquina horada la montaña. Mientras los ingenieros corren de aquí para allá. Mientras llegan lentamente los periodistas de todo el mundo, como hormigas a las tortas, para grabar el momento maravilloso en que salgan nuestros queridos hombres. Dicen que ya están cerca, que ellos pueden oler el sol. Quedan ocho días, me dice la Tila. Ocho días. Nada más.

Fotografía AFP
N de la R: De acuerdo al artículo publicado en el diario El Mercurio,http://diario.elmercurio.com/2010/10/07/nacional/nacional/noticias/BCAC408E-A957-4BEB-B330-6920E70BB537.htm?id={BCAC408E-A957-4BEB-B330-6920E70BB537} sólo faltan ocho días para iniciar la evacuación de los treinta y tres mineros atrapados en la mina San José. La atención mediática del mundo ha estado con ellos y este país ha estado con ellos en corazón y espíritu. Mi profundo respeto a sus familiares, en especial a sus mujeres, que nunca bajaron los brazos y que se han mantenido en el campamento, desde el inicio. Para ellas, con mucho cariño, a la manera de Historias Ciertas.

Luz de Luna

El cuarto recogido, las sábanas abiertas. Me acerco a la ventana para bajar la persiana y encuentro un resplandor que exuda luz tamizada, un pedazo de luna de otoño. Me siento en el alfeizar, hechizada. La esfera reluciente se alza e ilumina las azoteas. Tomo el cuaderno y te escribo una vez más.

He descubierto la adicción de estas cartas que te escribo, desde la vez primera y hasta hoy, veinte años después. Jamás he recibido una respuesta. Estamos viejos y acabados, pero aún este sentimiento caliente y pegajoso se me atraviesa entre pecho y espalda cada vez que pienso en ti. El mismo mal de amor que avasalló a Angela Vicario por diecisiete años y que, como a mí, la hizo escribir como demente, sin tener una certeza de qué hacía y por quién, sin llegar a conocer a ciencia cierta quién era el objeto de sus desvelos; me tiene al borde de este alfeizar, en esta noche de luna, nombrándote, una vez más, todas las razones por las que deberías amarme tanto como yo a ti.

Este ejercicio epistolar empezó la mañana brumosa que te vi, premunido de una vela blanca, en el día de tu confirmación. Entré a la iglesia a hurtadillas, sólo para ver tu saco gris perla avanzar por la nave principal, reluciente como un ángel, portando la luz que iba a expiar tus pecados. Me extasié con tu silueta, con el brillo crepuscular de tus ojos. Esa misma tarde, te escribí la primera de treinta y siete cartas que nunca envié y que luego condensé en una sola de quince pliegos, atados dramáticamente con una cinta color rojo, porque rojo bombeaba mi corazón. La dejé entre los rododendros de tu jardín y desconozco, como desconozco muchos aspectos de tu vida, si recogiste el pobre rollo, ensopado por la inusual bruma de noviembre.

No se me ha ocurrido renunciar, porque no he visto signos de disgusto en tu mirar, en las tres ocasiones en que  nos hemos convertido en uno. Ni siquiera has mencionado mis cartas, pero sé que has acusado recibo de ellas. Recuerdo con precisión enfermiza cada uno de esos encuentros torrentosos, como si las aguas de esa pasión se desbordaran luego en mis memorias, manteniéndote conmigo, aún después que la calentura ha hecho abandono de la cama, la misma siempre, aquella donde me has quitado mi doncellez y mi cordura.

En muchas noches de luna, como hoy, cansada de bogar en este ríoarriba, me burlo de mi propia insanidad y lleno las páginas con frases dispares, crueles, frías, grises, porque gris se pone mi corazón al perder la perspectiva de la posibilidad que llegues algún día, con tus alforjas de cuero sobado, tus botines de bucanero y la sonrisa aún torcida, para decirme que aquí estás. Que has leído todo, que has entendido todo y que vienes a poner una pausa definitiva a este sufrir.

Me he despertado cien veces con la certeza plena que duermes a mi lado. Escucho tu respirar, siento tu presencia y cuando me convenzo que no estás, te escribo, intentando vaciar toda la podredumbre del desamor y del abandono. De tus faltas en mis días. De mi desdicha y mi soledad. De las huellas de tu paso por mi cuerpo. De tus besos amargados por la ausencia y de este unto espeso que embadurna siempre mi corazón, cuando ya te has ido. Porque de partida y sólo partida está construido este amor.

El cuarto recogido, las sábanas abiertas. Me acerco a la ventana para bajar la persiana y encuentro un resplandor que exuda luz tamizada, un pedazo de luna de otoño. Miro con cuidado, froto mis ojos. Están las alforjas de cuero sobado en medio de la calle, relucen tus botines de bucanero y con la sonrisa aún torcida, me dices que aquí estás. Veinte años después, como Bayardo San Román, viejo y casi calvo, con mis cartas en tus manos, aquí estás.

N de la R: Gracias a la generosidad de nuestra amiga Concha Huerta, quien, gentilmente, me ha cedido las primeras líneas con que empieza esta historia, que se negaba a dejarme en paz  y que por días infinitos no lograba hacerla despegar; por ella y por la magia de sus palabras, estos personajes, por fin, han podido ver esta bella luz de luna.

La Partida

Tuvo mucho tiempo para pensarlo. Casi demasiado. Registró sus bolsillos en un gesto involuntario y recordó. Las últimas monedas las había depositado en las manitos de Emilio y aún le partía el corazón su carita confundida. Es necesario este dolor, es necesaria esta partida, se repitió en el trayecto hasta el puerto. Se quedó el día entero mirando los barcos. Logró una comida caliente, ayudando a la tripulación de una vieja barcaza a deshacerse de su carga. Vió como el día iba avanzando. Escuchó historias. Repitió frases. Memorizó descripciones. Guardó en su mente cada instante de este día. Hasta que la bruma se dejó caer.

Nunca había recordado sus sueños. Pensaba no poder recordarlos nunca. No esperaba nada de este viaje. Un sentimiento de profunda desazón le invadió. Se rindió sin haber empezado. La carita de Emilio vino nuevamente a su cabeza. Avanzó por la orilla. Se metió en el agua. Nadó algunos metros. La bahía estaba cubierta de neblina. Los barcos se mecían en fantasmales imagenes, flameando sus velas, azotando sus cabos. Buscó con cuidado el mascarón. Le costaba el braceo. Anhelaba un cigarrillo. La carita de Emilio se le repetía en cada reflejo, en cada gota de agua que golpeaba su cara.

Allí estaba el barco y el hombre le ayudó a subir. Le advirtió que no podía hacer ningún movimiento. Que no podía decir nada. Que era su pobre pellejo el que estaba en juego. No habría clemencia si lo descubrían. No lo conocía, le dijo. Le dijo también que habían ratas enormes y si tenía suerte, podría comer alguna vez. Que se olvidara de hablar, que se olvidara de que era un ser humano. Que se olvidara de todo.

La bruma espesó. La bahía apenas se divisaba desde lo alto de la colina. Esteban Santa María había sellado su destino. Se acomodó como pudo en el escaso hueco entre los barriles con agua y las vigas de suplemento. Iban a pasar cuarenta días con sus noches. Noches que iban a ser días. Días que iban a ser noches. Apretó las tripas y el corazón. Zarpaban al despuntar el alba. Estaba preparado.

Fotografía gentileza de Anne Fatosme.  http://annefatosme.wordpress.com

El Sudor del Sol

Me confieso un poco dispersa esta mañana, te advierto, pero parece que no haces razón de mis palabras. Revuelves el caldo denso con ese cucharón largo de madera que encontramos en Bolsón. El vaho va subiendo más rápido de lo que yo esperaba y el aroma dulce de la cebada caliente me envuelve en sus humores.

Me hablas de tus viajes. De los eternos días de buceo en Cozumel y te imagino con la puesta del sol a tu espalda, tu añejo pintado y el reloj marcando la presión atmosférica. Me hablas de los tesoros mayas; de Nuestra Señora de Atocha, mientras sigues revolviendo con devoción. Poco importan las salpicaduras en el piso. Ahora envuelves cuidadosamente el lúpulo en una venda blanca y lo depositas en la mezcla humeante. Tomas la temperatura. Tomas la hora. Tomamos un vaso de cerveza, bien fría, bien rubia, bien espesa, bien amada, bien hecha por ti.

Me declaro adicta a este placer y sorbo lentamente. Veo los amaneceres tuyos en el Caribe. Veo las montañas de los mayas, veo tantas cosas, a la luz de este elixir dorado y frío que cruza mi garganta. Escucho tus historias de marinos y las burbujas se van haciendo parte en este relato fascinante, como si yo también buceara. Veo tu empeño traducido en el aroma dulce y pegajoso de este caldo. Te imagino otra vez con el sol a tu espalda, siempre contra el horizonte, en este viaje que no ha terminado todavía.

Revuelves otra vez. Atizas la llama de la lumbre y esperas, con la paciencia de los barcos viejos en el fondo del mar, mientras el sol del Caribe los va despercudiendo cada día, a la espera de que alguien los encuentre, para que tengan a bien contar su historia. Miro a contraluz mi vaso espumante, me entra a la nariz el polvillo picante del lúpulo y te escucho. Consultas tu libro por si has pasado por alto algún detalle de importancia, pero más que todo porque te regocijas en el placer de la cocción. Enfriamos ahora, me dices. Dejo de lado mi copa y juntos nos ponemos manos a la obra. El sol del mediodía de este lado del mundo entra de lleno en la habitación. Colamos con cuidado y confiamos en nuestros tiempos. Bebemos un sorbo de la mezcla caliente, intentado adivinar el sabor futuro de la alquimia y del trabajo, proyectando el resultado final, que no veremos este día ni el siguiente. Es un proceso en el que hay que saber esperar, dices con certeza y me sonríes.

Me cuentas de los tesoros mayas otra vez, me hablas de miles de viajes y aventuras. Te escucho aún un poco dispersa, todavía un poco perdida. Este sol inusual para la época nos hechiza, nos alucina, nos da ánimos. Este sol se vierte lentamente en la mezcla ancestral que hemos preparado y creo que la tiñe con sus rayos, la hierve con su fuerza y la deja en nuestros labios, junto con el amargor del lúpulo y los suaves toques tostados de la cebada.

Me confieso dispersa, sin remedio, pero ya no importa. Miro el paisaje, levanto mi copa. Veo tu sonrisa. Cerramos las tinajas, limpiamos la habitación. Me tomas de la mano, es hora de otra historia, de otro viaje, de este tesoro bonito que tenemos y que encontramos por accidente, tanto tiempo atrás.