Kandahar. La Noticia

Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un plan perfecto, una puesta en marcha impecable, sin errores. Probada  constante y morbosamente, en los últimos siete años. 

Rafael sabía que ella había bebido la noche anterior, como sabía también que se drogaba con frecuencia, que nunca amó a Michael y que su falta de ternura era lo peor para ella. También sabia que ella había leído con calma y con cuidado, en sus expresiones, cada uno de los episodios tristes de su niñez. Que podía entender su sarcasmo y sus críticas agudas. Sabía de su fascinación absoluta por la guerra y mucho más.  Ambos se conocían muy bien. Y fue por esa razón que ella le preguntó qué andaba mal. Qué sucedía de nuevo en esa cabeza perturbada, insana, maliciosa. Aquella cabeza llena de ideas que ella hubiera querido retirar una a una, para auscultarlas bajo el microscopio de su corazón, hasta averiguar a ciencia cierta si Rafael le amaba tanto como ella a él.

Sofía había abandonado la casa, le dijo de golpe. Se enteró apenas llegó y leyó veinte veces la nota escueta que dejó en su escritorio, entre sus papeles más queridos. Se había ido del hogar familiar para vivir, a sus jóvenes dieciséis años, con un muchacho que había conocido en un concierto de hiphop.  Rafael no mostraba huella aparente de dolor. Ella se envolvió en la sábana y escuchó con atención la historia. Pidió dos aguas minerales y sacó de su bolso un par de calmantes. Se le partía la cabeza.

Sofía era la hija preferida. La primera cuerda a tierra que le ataba a este país. Por ella había mantenido siempre la rutina de ir y volver, en la misma secuencia de días, en las mismas estaciones del año, durante todo este tiempo. Eres como el zorro, le dijo una vez, cuando leyeron el Principito juntos.  Nunca se había percatado de que Sofía le conocía como nadie en su entorno familiar.  Leía entre líneas sus artículos y se sentía desamparada ante el cuadro repetido hasta la abundancia de dolor y balas. Alguna vez le consultó si él estaba de acuerdo con los hechos descritos con tanta pasión en sus artículos, pero debido a su inexperiencia y candidez, fue incapaz de acertar con la frase adecuada. Rafael esgrimió entonces una respuesta conocida, un discurso de libro. Un abrazo y un buenas noches.  Fue entonces cuando Sofía comenzó a indagar entre sus papeles, en su ordenador y en su móvil.

Ahora Rafael le miraba a ella y luego de contar los hechos, cayó en conclusiones evidentes que nunca había querido ver. Recordaba los ojos dramáticos de su hija, con aquella línea de Kohl demasiado pronunciada para sus años, su cabello planchado con detalle y teñido de negro azabache en un look entre triste y decidido y se percató de que no la conocía. Sin embargo, su hija tenía esa ventaja sobrada sobre él. Sabía de sus justificaciones siempre cursis por su trabajo y sus viajes. Sabía sus claves bancarias y cómo manipular su teléfono. Sabía que tenía una amante. Sabía que no quería a nadie sino a él mismo y sabía también que nada de lo que pudiera hacer, podría importunarle tanto como la certeza de que no habría otra guerra. En un punto, Sofía se había convertido en lo que él más amaba. Un conflicto. Tal vez eso la reconfortaba y tal vez por eso decidió fugarse, digo Rafael. Tal vez.

Tomó su cabeza entre las manos y buscó lentamente las palabras. Pero con ella ese ejercicio no le resultaba. Se le agolpaba todo en desorden, los sonidos y los recuerdos. Los tiempos compartidos y los que pasaron a través de la línea de un teléfono, que traía la voz de Sofía con cinco segundos de desfase, como le había traído la voz de ella tantas otras veces. Como le había traído las voces de todos a los que siempre llamaba y que probablemente no le importaban tanto como las escenas macabras que había acabado de presenciar. Eso le llenaba más que nada otro. La miró con profunda desolación y entendió por primera vez en estos siete años de sudor, de frases obscenas, de cuerpos desnudos, de aguas minerales y de besos apasionados, porqué ella bebía como un marinero. Porqué de vez en cuando, llenaba su cuerpo con sustancias tóxicas que la moral y las buenas costumbres de Rafael jamás hubieran acercado al suyo y por qué le amaba tanto.

Miró la pantalla de su móvil. Debía irse. Aún quedaba mucho por resolver y su ticket de vuelta a Kandahar no era modificable. Le dió un beso en la mejilla. Sacudió su ropa por si alguno de los cabellos de ella se había colado entre su camisa o sus pantalones. Salió, cerrando la puerta despacio. Tomó el elevador. Y el mensaje escueto de su hija en el móvil, le avinagró la sangre: “No me busques. Estoy de maravilla. Mucho mejor que antes. No me busques. No me vas a encontrar”.

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Luz de Luna

El cuarto recogido, las sábanas abiertas. Me acerco a la ventana para bajar la persiana y encuentro un resplandor que exuda luz tamizada, un pedazo de luna de otoño. Me siento en el alfeizar, hechizada. La esfera reluciente se alza e ilumina las azoteas. Tomo el cuaderno y te escribo una vez más.

He descubierto la adicción de estas cartas que te escribo, desde la vez primera y hasta hoy, veinte años después. Jamás he recibido una respuesta. Estamos viejos y acabados, pero aún este sentimiento caliente y pegajoso se me atraviesa entre pecho y espalda cada vez que pienso en ti. El mismo mal de amor que avasalló a Angela Vicario por diecisiete años y que, como a mí, la hizo escribir como demente, sin tener una certeza de qué hacía y por quién, sin llegar a conocer a ciencia cierta quién era el objeto de sus desvelos; me tiene al borde de este alfeizar, en esta noche de luna, nombrándote, una vez más, todas las razones por las que deberías amarme tanto como yo a ti.

Este ejercicio epistolar empezó la mañana brumosa que te vi, premunido de una vela blanca, en el día de tu confirmación. Entré a la iglesia a hurtadillas, sólo para ver tu saco gris perla avanzar por la nave principal, reluciente como un ángel, portando la luz que iba a expiar tus pecados. Me extasié con tu silueta, con el brillo crepuscular de tus ojos. Esa misma tarde, te escribí la primera de treinta y siete cartas que nunca envié y que luego condensé en una sola de quince pliegos, atados dramáticamente con una cinta color rojo, porque rojo bombeaba mi corazón. La dejé entre los rododendros de tu jardín y desconozco, como desconozco muchos aspectos de tu vida, si recogiste el pobre rollo, ensopado por la inusual bruma de noviembre.

No se me ha ocurrido renunciar, porque no he visto signos de disgusto en tu mirar, en las tres ocasiones en que  nos hemos convertido en uno. Ni siquiera has mencionado mis cartas, pero sé que has acusado recibo de ellas. Recuerdo con precisión enfermiza cada uno de esos encuentros torrentosos, como si las aguas de esa pasión se desbordaran luego en mis memorias, manteniéndote conmigo, aún después que la calentura ha hecho abandono de la cama, la misma siempre, aquella donde me has quitado mi doncellez y mi cordura.

En muchas noches de luna, como hoy, cansada de bogar en este ríoarriba, me burlo de mi propia insanidad y lleno las páginas con frases dispares, crueles, frías, grises, porque gris se pone mi corazón al perder la perspectiva de la posibilidad que llegues algún día, con tus alforjas de cuero sobado, tus botines de bucanero y la sonrisa aún torcida, para decirme que aquí estás. Que has leído todo, que has entendido todo y que vienes a poner una pausa definitiva a este sufrir.

Me he despertado cien veces con la certeza plena que duermes a mi lado. Escucho tu respirar, siento tu presencia y cuando me convenzo que no estás, te escribo, intentando vaciar toda la podredumbre del desamor y del abandono. De tus faltas en mis días. De mi desdicha y mi soledad. De las huellas de tu paso por mi cuerpo. De tus besos amargados por la ausencia y de este unto espeso que embadurna siempre mi corazón, cuando ya te has ido. Porque de partida y sólo partida está construido este amor.

El cuarto recogido, las sábanas abiertas. Me acerco a la ventana para bajar la persiana y encuentro un resplandor que exuda luz tamizada, un pedazo de luna de otoño. Miro con cuidado, froto mis ojos. Están las alforjas de cuero sobado en medio de la calle, relucen tus botines de bucanero y con la sonrisa aún torcida, me dices que aquí estás. Veinte años después, como Bayardo San Román, viejo y casi calvo, con mis cartas en tus manos, aquí estás.

N de la R: Gracias a la generosidad de nuestra amiga Concha Huerta, quien, gentilmente, me ha cedido las primeras líneas con que empieza esta historia, que se negaba a dejarme en paz  y que por días infinitos no lograba hacerla despegar; por ella y por la magia de sus palabras, estos personajes, por fin, han podido ver esta bella luz de luna.

Los Vecinos

Don Bartolo ha muerto, dijo la señora Elena, con su voz de fumadora empedernida, arrastrando sus zapatos taco aguja por el parquet del living comedor. Ha muerto el pobre hombre y nadie lo ha ido a acompañar a su sepelio, insistió, prendiendo un cigarrillo de aquellos con el filtro color oro, que costaba un mundo encontrar en el comercio del pueblo.

Don Ernesto la miró circunspecto y no le dijo nada. Le acercó la lumbre y siguió leyendo la página social del diario.  Al cabo de dos vueltas del periódico, encendió un cigarrillo también y le indicó que mandaría a publicar un aviso en el obituario, en nombre de la familia, por el deceso de aquel vecino suyo por cuarenta años, juez del pueblo, que tuvo a bien partir al otro mundo exactamente cómo había vivido, en silencio y discretamente, tal como sus pasos por la cuadra, como sus vueltas a casa las noches de los viernes, después de jugar crap, borracho, perdido en el tiempo y el espacio, cantando bajito corridos mexicanos y haciendo callar al perro San Bernardo que cuidaba la entrada de la casa, el que invariablemente le babeaba la camisa y los zapatos y lo hacía caer de bruces en la alfombra del recibidor. Incluso ese porrazo era imperceptible para todos y sólo se le veía salir la mañana del sábado, magullado, a comprar una Coca Cola y una tira de aspirinas para componer esa “alergia pertinaz que le había aparecido de un día para otro y apenas le dejaba respirar”, que otros más prácticos llamaban simplemente resaca.

Que tenga un muy buen día le decía a don Ernesto, alejándose a paso cansino, adolorido en cuerpo y alma por la feroz borrachera de la noche anterior. Él le inclinaba la cabeza alegremente y echaba a andar su auto, un Buick colorado de 1975 y se reía, porque mientras don Bartolo se  jugaba las cuotas de las pensiones alimenticias, las multas de tránsito y los diversos tributos que el público cancelaba en su juzgado y que él recibía como garante; don Ernesto le hacía los honores a la esposa, cansada de un hombre que apenas se notaba, de discursos sobre jurisprudencia a las horas más inapropiadas, de sacar la caca del perro San Bernardo y aburrida finalmente de aquel viejo cojudo que le había tocado por marido. Era mucho más divertido el vecino, con sus chistes gruesos y su voz pastosa, sus regalos de mal gusto y comprados a la ligera, su pasión desesperada y su charla amena. Eso era mejor que morir de abulia con las largas peroratas del juez de la comuna.

Vivían constantemente en la inopia y toda la cuadra lo sabía, como se sabían las maromas de don Ernesto entrando por la puerta de la cocina, silbando como un criado, con las manos en los bolsillos, cargando una pastilla de jabón de tocador o una caluga de champú para la esposa, porque, muchas veces, hasta eso escaseaba en la casa de don Bartolo, acogotado con las deudas, intentando achicar las múltiples apropiaciones indebidas con su propio sueldo, para no ser cogido in fraganti y expuesto al escarnio y la expulsión del colegio de abogados. Eso no lo hubiera soportado jamás, mientras su mujer se acercaba humillada al almacén de la esquina a pedir fiado huevos y tallarines, para poder hacer el almuerzo.

Don Ernesto pagaba esas cuentas, a través de los emisarios más diversos. Ahora que miraba la nota necrológica con su nombre completo y el de la señora Elena, se rió calladamente, recordando las veces que el perro San Bernardo le lamió los zapatos y le mordisqueó el cinturón mientras él tomaba una copa de jerez comprado con su propia plata. Encendió un cigarrillo y siguió hojeando el diario.

La señora Elena retiró el cenicero y miró por la ventana. Reclamó airadamente que las persianas estaban sucias y miró a don Ernesto que seguía riéndose de sus antiguas andanzas con la esposa del juez. La señora Elena encendió uno de sus cigarrillos con filtro dorado y con toda la calma que pudo tener jamás le indicó,  no te rías tanto Ernesto que de aquí te veía cuando cruzabas la calle a ver a la mujer de don Bartolo. De aquí mismo veía cómo salías abrochándote los zapatos y encendiendo un cigarrillo que aspirabas a dos bocanadas en la entrada de la casa, porque ellos nunca fumaron. De aquí te vi tantas veces, que me cansé de mirarte. El pobre don Bartolo no tenía la menor idea que yo sabía y me conversaba amargamente de las desaveniencias con su esposa. Vaya usted y dígale, me rogaba.  Hasta que un día me cansé de que le vieran las canillas y lo convidé a tomarse un trago conmigo. De aquí mismo observamos todo.  Y de aquí mismo nos fuimos a la cama. No te rías tanto Ernesto, que uno nunca sabe las vueltas que tiene esta vida. Si hasta en tu auto nos paseamos y nunca te enteraste.

La Nuit de Carmen

Facundo se subió los pantalones, tiritando. Esto de ir a orillas del río, entre los pastos subidos, estaba bueno para los chicos, pero nosotros ya no lo eramos y francamente llevábamos un buen tiempo en estas maromas de colegiales. Todo por culpa de la indecisión de Facundo y mi marido Juan.

El policía Juan Angel Iturrieta se paseaba esa noche, cumpliendo una ronda de rutina, por el casco antiguo de la ciudad. El ruido de sus pasos se amplificaba por las construcciones del pasaje del Fundador. La noche estaba tranquila. El aire del río se venía sereno a sus narices. Por ahí escuchaba algún quejido a la lejanía y se burlaba para sus adentros. Quizás a quien le estaban poniendo los cuernos esa noche. Era por todos sabido que a falta de un techo, las parejas de adolescentes, los maricones e incluso aquellos que faltaban a su promesa de fidelidad matrimonial, buscaban los pastos a orillas del río, para holgar por unos momentos, que se hacían de miel y sudor, al abrigo de la pasión que nublaba las mentes caldeadas por el ritmo, monótono pero placentero, del sexo al descampado.

Eso estaba destinado a cambiar. El hombre misterioso que vino desde la capital y compró el terreno baldío cercano al hospital, empezó a construir sin demora. Publicó en todas partes, aunque no hubiera sido necesario, que su intención era tener el primer establecimiento en el pueblo que le diera la dignidad necesaria a todos aquellos que se escabullían por la rivera, congelándose el trasero en el invierno y llenándoselo de picaduras de mosquitos en verano, por el derecho inalienable y esencial del ser humano de poder tirar como Dios mandaba, en una cama de sábanas limpias, con cortinas y puertas que les separaran del mundanal ruido y del qué dirán, a un precio razonable, no faltaba más. Y fue tanta su prisa y su empeño, que en menos que canta un gallo, ya estaba a punto de inaugurar.

Facundo me llegó con la idea del motel, como si eso nos diera un nuevo aliento. Carmen, me dijo, se va a llamar la Nuit, como aquella canción que escuchábamos cuando eramos chicos, te acuerdas?. Sí, la misma que tocaron cuando me casé con Juan Angel, porque tú tarado, te echaste para atrás con lo nuestro y me dejaste botada en este pueblo donde todo el mundo habla. Vamos, dale, vamos, me insistió con su sonrisa perfecta, esa que me conquistó cuando tenía catorce, que me sedujo de nuevo, después de los veintiuno y que me había dado dolores de cabeza, una úlcera al duodeno y sólo Dios sabía la cantidad de sustos y carrerones que había tenido que pasar. Vamos, le acepté al final.

El policía Juan Angel Iturrieta no podía creer lo que le decían. Sus ojos se agrandaron, su tez se volvió color berenjena y un profundo calor ahogó su garganta. Herbert, el gordito de cachetes colorados, que había aceptado el puesto de recepcionista del nuevo motel, se le reía en la cara. Si te están cagando, tarado. Yo mismo los ví, de la mano como tórtolos, haciendo la reserva de la habitación. Es esta noche. Esta noche te ponen los cuernos, idiota.

Era sábado. La noche estaba en paz, interrumpida sólo por los murmullos que venían de la nueva construcción. Estaba lleno. Cada habitación tenía una pareja que gozaba por primera vez de este lujo. Tal como había prometido el hombre de la capital, una cama cómoda, sábanas limpias, cortinas de gruesas cretonas, puertas de lenga que se cerraban herméticamente, aislando la fiebre poderosa de la calentura entre estas cuatro paredes. Allí estaban Carmen y Facundo, por primera vez desde que tenían memoria, desnudos completamente, mirándose a la luz de un bombillo y no de la luna. Sonrieron. Se abrazaron. Se dieron un tierno beso. Se abrió bruscamente la puerta. Se escucharon los tiros.

El policía Juan Angel Iturrieta había irrumpido en dos puertas antes de dar con la de su mujer y su amante. Le pegó un disparo certero a ella y otro, un poco desviado, a él. Aún tenía ese calor ahogándole la garganta. Se acercó lentamente y de un sorbo voraz, se bebió todo el vaso de agua, que tenía marcados los labios de Carmen. Conmigo nunca te pintabas, puta, dijo antes de salir.

Caminó a los estacionamientos, sintiendo miles de ojos posados en su espalda. La noche aún cubría todo. No pensó en nada. No dijo nada. Pasó un tiro a la recámara y se quedó en suspenso. Recordó la risa miserable del gordito. Vió su uniforme con las pintas de sangre de ambos cuerpos. Escuchó el ulular de la ambulancia. Miró atentamente el firmamento. Apuntó con precisión y con fuerza. Cayó y sus sesos dejaron una marca color berenjena, en el pavimento recién inaugurado.

N de la R: Este relato, inspirado en un comentario que hizo, en una entrada anterior, nuestra amiga Claudia Ibañez. Para ella con cariño, a la manera de Historias ciertas y otras no tanto.

El Viudo

Latrodectus mactans leyó don Lisandro, juntando las sílabas una por una. Habían concluido las exequias de la señora Betty, su segunda esposa. Aún le dolía el brazo por el peso del cajón de caoba satinado. La imagen de la cruz de bronce en la lápida la dibujaba con precisión sobre la servilleta, que acompañaba su taza de café cortado.

La señora Dita había antecedido a doña Betty y había terminado de la misma manera. También ahi tuvo un dolor en el brazo, por el andar prusiano con la urna a cuestas. A esta altura, pensaba que debían existir carritos para llevar a los muertos. A los muertos importantes, no faltaba más, porque él, como rotario y bombero honorario, lo menos que merecía era un carrito funerario para cargar a sus esposas, que a este paso, le duraban la nada misma, como si estuviera maldito.

Pero don Lisandro jamás pensaba esas tonterías y atribuía el pronto deceso de sus mujeres a temas netamente científicos. Consideraba una barbarie creer en maldiciones y supersticiones, cuando lo que realmente valía era el conocimiento empírico y la mano estoica al firmar los documentos de defunción. Eso nada más, pensaba, mientras acariciaba con codicia el viejo cajón con el dinero de su tienda de telas, antigua posesión de Esteban Santa María, un español de ojos azules y cigarrillo siempre encendido, que llegó por accidente, se instaló en esta casona por accidente, inició este negocio por azar y solamente porque quiso se metió con la mujer de otro, causando un daño tan severo que no hubieron rezos ni sahumerios ni razonamientos empíricos que hubieran podido terminar con esa maldición, hasta que abandonó el pueblo, como un forajido, saliendo por la trastienda de su más querida propiedad. Justo ahí estaba don Lisandro, con su porte escaso y su voz profunda, con sus manos pequeñas, pero cargadas con suficientes billetes para hacerle una oferta que Esteban no pudo rechazar. Se quedó con la tienda, la casa, la clientela y el cajón de los billetes. Todo en un santiamén y con una simple rúbrica por ambas partes.

Acto seguido, se casó con doña Dita, heredera de los campos más fertiles de toda la región y al tiempito que ella falleció, de muerte natural como explicó don Lisandro a los rotarios que le preguntaron en la capilla ardiente de la iglesia de la Inmaculada Concepción; conoció a doña Betty, viuda de un judío polaco que nunca habló con nadie y cuyas finanzas siempre fueron un misterio. Para allá apuntó, presentándose en la iglesia a la misma hora que doña Betty iba a misa, perfumado, con sus trajes a la medida, su cuello almidonado y sus manos inquietas, haciendo correr las cuentas del rosario, mientras trataba de espiar entre los pliegues del luto de la viuda. Pasados los cuarenta días de rigor, don Lisandro se presentó galante en la casa de ella, cargando un ramo de rosas y preguntó parsimonioso si a doña Betty no le gustaría dejar su soltería para convertirse en su amada esposa.

Doña Betty vivió lo que tuvo que vivir y una tarde nublada de julio se despachó al otro mundo, no sin antes advertirle que su fortuna no podía ser tocada por ninguna advenediza. Ni siquiera por él mismo sin antes celebrarse ochenta y cuatro misas fúnebres en la iglesia del pueblo, con llamada de carillón y campanadas al coro, cirios pascuales y al menos una de ellas oficiada por el Obispo de la diósesis. Don Lisandro encontró que era una gran complicación, pero la vista de la maleta con billetes de su difunta segunda esposa, justificaba cualquier demanda y sacrificio.

Latrodectus mactans volvió a leer cuando se terminaron, a Dios gracias, las ochenta y cuatro misas fúnebres en honor a doña Betty.  A esa altura no quedaba ni el recuerdo de ella en la casa y Elena, la mucama que le había hecho el favor a don Lisandro de concederle su doncellez, exhibía imperturbable una barriga de embarazo. 

Eso que decían que el hombre sólo pensaba en su dinero y en su tienda no era del todo errado, pero no era del todo verdad, como le decía Yolita, la mujer de Hassan Dagach, con sus pestañas juguetonas y sus caderas bien dotadas. Viuda hacía poco, agradecía al cielo que su marido hubiera pasado a mejor vida. Las patiaduras que le propinaba Hassan, de la nada y por si acaso, eran comentario obligatorio en las mañanas del pueblo. Enterrado el marido, Yolita renació. Se puso carmín en los labios, cambió sus vestidos rigurosos por ropa más moderna y empezó a ir a la tienda de don Lisandro para comprar tela, porque ella cosía sus propios vestidos. Allí le armaba conversa, sólo por acortar la mañana y porque sentía curiosidad por este hombre pequeño con voz ronca, aferrado a su cajón con plata con tanta determinación que no iba ni siquiera al baño; una bacinica debajo del mesón le permitía evacuar sus necesidades en los días fríos de invierno.

Yolita siempre quiso descubrir el minuto exacto en que don Lisandro se ponía a orinar, pero nunca pudo lograrlo. A cambio, recibió una propuesta de matrimonio tan empalagosa y cargante que dejó de ir a la tienda y de saludarlo en la calle. Cuando yo la conocí, me contó que por ningún motivo se hubiera unido a ese caballero que tenía queridas y chiquillos por todos lados y que trataba como si fueran perros. Ese hombre estaba enfermo de ambición, me dijo. Debió haberse casado con su cajón con plata. Vieja lesa la que lo aceptó último. Ahi está, bien fría en la sepultura y ¿cuánto le duró? si ese viejo estaba embrujado. Yo juré “nunca más otro hombre” y aquí estoy todavía vivita y coleando, me sonrió.

Don Tani

La vió alejarse con su paso veloz, después de indicarle la vereda más sombreada. Aspiró el aroma aún intacto del momento y se acercó lentamente a la reja de la entrada. Le pasó los diez pesos a la florista en pago por el ramo de crisantemos y le cerró el ojo, mientras uno de sus dedos se iba a sus labios, en señal de silencio. Ella sólo hizo una mueca. Se avergonzaba de no tener dientes.

Estanislao del Carmen Santana llegó a este lugar por pura casualidad. Conoció a don Nicomedes, el antiguo panteonero, en un bulín de mala muerte, una tarde de verano, hacía mucho tiempo atrás. Entremedio de la conversa, don Nicomedes le dijo que ya estaba acabado, que no podía seguir en este oficio de mierda y que cada vez que entraba un cortejo, se le ponía la carne de gallina. Veía su propio funeral pasar por enfrente suyo casi todos los días. Así no había salud que aguantara.

Estanislao, en poco tiempo, fue el único que apareció, con viento norte o travesía, a abrir la reja de fierro del cementerio, dejando pasar a los dolientes, a los devotos, a las monjitas, a los zátrapas, a los niños, a las amantes y a las esposas, a las madres, a los maridos y a aquellos que llegaban misteriosos a visitar aquellas tumbas que decían eran milagrosas. Se hizo familiar su figura, de piernas chuecas por la polio; sus manos de dedos torcidos, por su pasión por el boxeo. Su cabeza redonda y de pelo corto, como si fuera un presidiario, sus ojos mansos y su voz compasiva. “Pase por aquí, está allá, a la otra vuelta, donde se ve el monumento de los bomberos mártires. Lo que necesite, nada más dígame”. Siempre atento, siempre respetuoso, siempre puntual, siempre generoso, compartía el dolor de las familias y por alguna razón se sentía como un rey en este dominio, a menudo silencioso y distante. Se paseaba haciendo rondas, cada hora o hora y media y mientras caminaba hacía sonar las monedas que tenía en su bolsillo. Le fascinaba su sonido y le alegraba su cantar.

Por el peso de tanto metal, sus bolsillos debían ser remendados con frecuencia y fue así como la conoció. La señora Olga era la modista de todos los ricos del pueblo. Sus ojos verdes, su tez de porcelana, sus manos de venas azules, con frecuencia atormentadas por raspones y picaduras. Tenía la extraña costumbre de ir mensualmente al cementerio a dejar un ramo de crisantemos para su madre. Don Tani la vió una mañana de invierno, cuando le dejó encargados unos paquetes en la entrada y se fue a la carrera, sin prestarle ninguna atención a sus consejos y amabilidades, a la tumba que había venido a visitar. Cuando se despidieron, ella le dejó una moneda como propina y se alejó, con un atento pero mecánico buenas tardes. La vez siguiente él le preguntó si conocía a una modista y ella lo miró de pies a cabeza. Le indicó que tenía muchas cosas que hacer y que no podía recomendar a nadie. Use un monedero mejor, le aconsejó y él le sonrió. A partir del mes siguiente, ella empezó a coser sus pantalones.

Para don Tani la señora Olga tenía algo especial. Una nobleza única, una voz sincera. No era una pasión volcánica la que sentía por ella, no era tampoco un tornillo flojo en el temprano otoño de los días de ambos. Sentía que quería estar a su lado, protegerla, alivianar su carga, cuidarla. Inventaba toda clase de mentiras para dirigirle la palabra y ella le retribuía con minutos de su tiempo, que era siempre tan escaso. Después de hablarle, después de verla, don Tani se volvía de lana, se volvía sordo y ciego por minutos eternos, hasta que alguien lo despertaba de su estado y se daba cuenta que un dolor agudo se le había instalado en el corazón y permanecería ahí por las siguientes tres semanas, hasta que ella aparecía nuevamente, con sus trajes bien cortados, sus zapatos de tacón, sus cabellos peinados con rigor, sus manos de venas azules, su encantadora sonrisa y sus palabras. Escuchó la historia de la muerte de la madre, hasta que fue capaz de recitarla de memoria. Extrañó sus visitas cuando la señora Olga fue operada de la vesícula, al punto que se fue al hospital a preguntar por su salud, sin dejar nombre ni seña. Bruñía las monedas en sus bolsillos, cuando no podía verla y juntaba las más brillantes para pagar por las flores misteriosas que alegraban su corazón.

Dejaron de verse porque las piernas de la señora Olga no tuvieron fuerzas para seguir yendo al cementerio y la memoria de don Tani lo fue abandonando hasta que una mañana olvidó ponerse los pantalones. Su hijo le recriminó el hecho y a partir de ese día no volvió a abrir las rejas de fierro del panteón. Doña Olga caminaba con esfuerzo, pero lo evocaba con cariño. Don Tani se escapaba de la casa y se iba a pasear por el pueblo, en calzoncillos, apenas recordando quién había sido. Sólo una vieja moneda de diez pesos le daba unos segundos de lucidez y recordaba a la rubia de ojos verdes que llegaba cargada con un ramo de crisantemos. Se aferró a ese único recuerdo con rabia y cuando perdió la moneda, fue el último día de su vida. La señora Olga falleció tiempo después, visitada por la imagen de su madre, que le tomó de la mano y la llevó lejos, donde habían campos de flores, de todas las flores.

La Alquimista

Miraba con profunda atención. La Gran Alquimista estaba en plena faena. Trazos de polvo blanco volaban por el aire. Era seguramente polvo de hadas. Los ojos azulados se volvían de miel y azúcar. Era, seguramente, parte de la pócima. Acercó sus pequeños dedos a la masa color vainilla y la Gran Alquimista, convertida en su madre, le previene, Victoria, si metes tus manos se arruinan las galletas.

Esa escena se le repite idéntica y perfecta, cada vez que pone literalmente las manos en la masa. Han pasado varios años y la práctica ha hecho de Victoria una maestra. La suave composición de los ingredientes, los aromas embriagantes que despide su cocina la llevan a estados de conciencia más allá de esta tierra. Viaja con los sabores exóticos de la canela, el kirsch, cardamomo, pistachos, jengibre y su trofeo más preciado, el chocolate de Bruselas. Cada bocado es un placer, cada atisbo de color es un descubrimiento. Como Vermeer, juega con las tonalidades para darle vida a sus creaciones.  Me topo con ella esta mañana y el café perfumado de su tienda debería prohibirse en estas latitudes, por embriagador y alucinante. Se ríe de mi ocurrencia y me cuenta la escena de su niñez y cómo logró, paso a paso, establecerse en esta profesión tan inestable y llegar al grado de Alquimista de las Cosas Dulces, como un conocido la llamó una vez y quedó como parte perenne de su historia.

Hay mucho de pasión en esto, me aclara, pero también hay mucho de conocimiento interior. Ahora, que he vivido un poco más, te lo puedo asegurar. No es solamente la combinación de los ingredientes, es un estado emocional, un viaje permanente a los sabores internos. Es difícil de explicar, me mira, pensando en voz alta. He documentado cada receta, dice, con detalle enfermizo y no he tenido el mismo resultado que con otras que sencillamente han salido de mis manos, en ocasiones en que la calma de mi corazón ha primado en la escena. Me cuesta imaginarla no estando en calma, pienso disfrutando lentamente su praliné, reciente creación inspirada en los días de agosto, me explica, cuando el sol lucha por escapar del predominio del viento y la lluvia y se ven de cuando en cuando atardeceres magníficos, que podrían ser escenas prodigiosas de la cálida Africa, mientras el vaho de la escarcha va creando una atmósfera fantasmal entre los bermellones y dorados del cielo.

Compartimos el mismo paisaje y el amor por este lugar. Ella ha logrado captar la esencia de un espacio mágico y maravilloso, con sus sabores a flor de paladar. Nos miramos, mientras el chocolate se va derritiendo. Un sorbo de café al unísono y el hechizo está completo. Veo bajando el polvo de hadas y me la imagino, de niña, asombrada con estas creaciones llenas de encanto y de amor. Mismas que repite, a pié de la letra algunas, otras con un poco más de holgura, no sólo para placer de sus clientes, amigos y comensales, sino muchas veces sólo para ella. El resto, es pura magia.