Amor Disperso

Ahora llueve. Las flores de los cerezos se remojan una a una. El peso del agua las hará caer. Una primavera muy rara, ¿sabes?. Quería contarte que ayer hicimos empanadas. Montañas de carne picada, docenas de huevos duros, kilos de harina con agua y levadura, la olla negra para freír y sin tus manos que nos guíen. Ayer freímos y el perfume untoso del aceite se estabilizó en lo alto de la cocina, como las nubes de lluvia se agolpan, ahora, arriba del techo.

Te extraño como de costumbre y soy la única que te ha recordado en las palabras. Las otras hacen como si nunca hubieras existido. Leo en mi libro los estragos que hace la memoria y los estropicios que hace la falta de ella. Reflexiono lentamente, como lentamente me despojo de mi camisa, aún empapada del olor de la fritura.

Rememoro tus frases, busco en mi recuerdos las técnicas que te llevaste para siempre y de pronto caigo en cuenta que tu presencia se ha disgregado. Antes te sentía sólida, entera, contemplando nuestro empeño, evaluando nuestros esfuerzos, como si nunca te hubieras ido. Hilvanando lentamente los detalles de nuestro accionar, supervisando con tu parca sabiduría y tus sutiles comentarios una actividad que urje por hacerse tradición. Eso espero yo y sé que estarías contenta de esa realidad. No por orgullo, ni por vanidad, sino porque en esos menesteres sencillos forjaste una vida. Una vida que nos enseñaste, a cada una. Siento que soy sólo yo la que te recuerda.

Te veo disgregada, insisto, como si por efectos de tu amor y voluntad, hubieras dividido tu propio ser para darnos a cada una de nosotras, una parte de ti. Chela estornuda como tú. Tus manos están calcadas en las de mamá. Tus pasos cortos y apurados los tiene Cecilia.  A mí creo que me ha tocado tu manía del orden, de la no quietud; de la organización estructurada y limpia, ese modo tan tuyo con el que construiste tu vida. Si hubiera sido distinto, si hubiera sido de otra forma, tal vez hoy día no te agradecería tanto con mi memoria porfiada, que se niega a olvidarte.

Sigue lloviendo y no sólo las flores de los cerezos van a ser abatidas con este chaparrón. Pero eso no es lo más importante. A pesar de toda la lluvia, tú sigues entre nosotras. Te siento, por partes iguales, en cada una. Aunque no te nombren, aunque no quieran recordarte. Te haces presente con un guiño de tus ojos verdes. Yo te veo. Yo te siento aún, ¿sabes?. Los estragos que hace la memoria son infinitamente menores que los estropicios que hace la falta de ella.

Esas Visitas

Le dije a la Nina tantas veces que no quería saber nada de nadie. Ahora me trae a estas niñitas, que apenas se limpian los mocos solas y me dice, atontada como ha sido siempre, que son mis nietas. ¡¡La jodienda grande, carajo!!. Todavía me pesa la resaca de estas dos noches. Todavía me pesan los doscientos pesos que perdí brisqueando. Me he vuelto torpe, me he vuelto previsible, me miran un poquito y ya saben que estoy blufeando.  Y ahora estas cabritas que me observan con esos ojitos que sólo tienen las criaturas pequeñas, los mismos de los terneros, los mismos de los corderos, si hasta los pollos tienen ese mirar. Están cagadas de frío y no tengo ni té para darles. Esta india de mierda es una floja y me roba, más encima. ¡¡¡Ana!!! Tráete una jarra con leche, le grito bien fuerte a ver si se espabila, pero, como de costumbre, me hace el favor de mandarse a cambiar y no volver hasta cuando a ella le da la gana. India de mierda. Todo es tu culpa Cholita. Todo es tu culpa.

Mi viejo nos enseñó a no tener miedo, a no tener cariño por nah ni por nadie. El cariño es de maricones, decía. Eso de andarse frotando con otros, a los abrazos y a los besos es una pura lesera. Puros maricas hacen eso. Los hombres de esta familia son duros, ¡mierda!, gritaba curado como cuba. A los once años probé mi primera chicha y por mi madre que me gustó.  Se metían en mi nariz como burbujas y un gustito picante me llenaba el paladar.   A los quince, me hice hombre. Mi padre nos llevó a mí, a Martín y a Altidoro donde la Amelia. La única casa de putas que había. Olía a traspiración y a tragos vinagres, me acuerdo. Yo estaba más nervioso, pero la chinita que me hizo el favor de enseñarme maromas en la cama, se dejó no más. Así me acostumbré a las hembras, así esperaba que fueras tú Cholita, pero me saliste distinta. Todo es tu culpa.

No me acuerdo del color de los ojos de mi hija, Cholita. Se parecía a ti yo creo. ¿O no? Mi padre la consentía y yo la veía tan poco. Era como si no fuera nah mío, igual como estas niñitas, que se me suben a la falda y me dicen Tata. Les pregunto leseras para no aburrirlas ni aburrirme yo. Me duelen hasta los ojos con la caña brutal que me vengo agarrando hace dos noches. Ahora mi vida es eso nada más, trago y brisca. Brisca y trago. Todas las noches. Siempre lo mismo. No he hecho nada más de provecho desde que me abandonaste Cholita. Me hiciste saber que ya no querías estar conmigo. Que la libreta de matrimonio me la metiera en el mismo culo, creí yo que me decías, porque nunca te gustó decir lisuras. Eso pensé yo y me largué a tomar. Desde entonces no he parado, Cholita. No ha sido una buena vida, te lo puedo asegurar. Todo es por tu culpa.

Estas niñitas me cuentan que tú haces vestidos. Siempre fuiste tan curiosa, como era tu mamá, Así contaban las viejas. Hablaban con envidia de ella y en el camino te fueron aminorando. Lo que más me gustaba de ti Cholita eran tus ojos. ¡La jodienda que tenías lindos ojos!. Sanitos, puros, como los de los corderos, como los de los terneros. Como estas cabritas que me hablan y me escriben en pedacitos de papel con una letra bien redondita, te quiero Tata. Me traen recuerdos que no quiero, me dicen cosas que no entiendo y lo único que me da es una pena tan grande, que quisiera llorar ahora mismo, pero llorar es de maricones y de putas borrachas. ¡¡¡¡Ana!!!! ¿Dónde mierda se mete esta india?

Llévatelas Nina, llévatelas de la mano a las dos. Están bonitas las niñitas y me dijeron que hay más. Tanto hijo que anda dando vuelta y tú y yo tuvimos una sola, Cholita. Tus ojos se te llenaban de amor cuando la veías con su pelito crespo revoloteando, sentada arriba de mi caballo. Esos recuerdos me atormentan, esas imágenes se me aparecen en mis sueños, incluso cuando estoy más borracho que nadie. Te veo Cholita, marchando esa tarde de otoño, con tu maleta de madera y a la niña de la mano, como veo a la Nina ahora llevarse a estas visitas inesperadas, que me han traído tanto por qué seguir tomando. No puedo con los recuerdos. Soy un cobarde, como dice el Negro Díaz, pero él es un indio de mierda y yo todavía soy su patrón. Aunque no me quede mucho. Aunque me lo haya jugado todo. ¿Qué importa ya? Estás lejos Cholita. Te fuiste y me dejaste aquí.  Esta vida era esto y nada más. ¿Para qué buscarle la quinta pata al gato? Te fuiste no más, como se van ahora las niñitas. Que se vayan los recuerdos. Estos amargores calientes y porfiados. Es todo tu culpa, Cholita. Tu pura culpa.

El Cachorro de Hombre

Apagó de un soplido, resignado pero firme, los dos cirios que velaban el ataúd de sus padres. Había sido una tragedia, decían todos y no se cansaban de acariciar sus cabellos y de besar sus mejillas. El pequeño estaba conmovido, pero una mezcla espesa y gruesa le taponaba los pensamientos, le impedía llorar y le daba a sus acciones un dejo automático y distante. Todos le miraban. Incluso sus dos hermanas, con los ojos arrasados por las lágrimas. Ellas se habían negado a comer, se habían negado a moverse de las sillas ubicadas al frente de los cajones de madera apenas cepillada, que contenían los cuerpos sin vida y se mantenían como cautivas en un sueño recurrente, que no las dejaba volver a este mundo. Los asistentes al sepelio depositaban ofrendas de dinero en sus faldas, como si fueran míticas imágenes consagradas al sufrir, ofrendas que ellas dejaban caer al suelo, exánimes sus manos, con una conciencia de conformidad tan abismante que parecían espectros, condenadas a una existencia de dolor.

Todos se habían dado cuenta de ello y sentían una profunda pena. Los pañuelos eran insuficientes para enjugar tantas lágrimas y aunque las visitas se había ido retirando con cuidado y con respeto, la casa entera era un total despelote, sólo el pequeño había tomado conciencia de la inmeditez de la vida y deambulaba prendiendo luces, armando camas, cortando panes, poniendo leños en la lumbre, cerrando las cortinas, estrechando manos piadosas que le daban un sentido pésame y recogiendo con suma discresión las monedas y los billetes que caían de las manos sin fuerza de sus hermanas. Algo le martillaba por dentro, algo que fue capaz de romper esa costra dura en la que se había convertido su corazón y que le gritaba, le estremecía, le abofeteaba con furia en una sola consigna: hay que seguir viviendo. Esto no se termina aquí. Esto era apenas el comienzo.

Escuchó esa sentencia por días, después de que todo se hubo decantado y el dinero se hubo terminado. Después que sus hermanas se recobraron del sopor y empezaron a probar una libertad que nunca antes había saboreado. Desaparecían de la casa, volvían días después y no les preocupaba en lo más mínimo el estado general del que alguna vez habían llamado hogar. Él era el único que trataba de mantener todo como estaba, pero sus suaves y tiernas espaldas eran demasiado pequeñas para una empresa como esta.

Todo se fue perdiendo, los cubiertos, los platos de porcelana, la ollas y los sartenes, los muebles del gran comedor, todo fue desapareciendo como si estuviera siendo succionado por una fuerza misteriosa que se los tragaba en los momentos en que nadie estaba en la casa. El chico estaba perplejo, desorientado, se sentía parte de un naufragio que había acontecido sin previo aviso, ajustando las jarcias de un barco que se hundía irremediablemente. Estaba solo, acosado por el miedo, la soledad y el frío. Sus hermanas… brillaban por su ausencia.

La maestra se dio cuenta de sus faltas y trató de hacer algo al respecto. Averiguó con sus compañeros dónde vivía y fue a verle. El bultito sentado frente a la lumbre apagada, le conmovió más de lo que hubiera esperado. Se arrodilló junto a él, le secó las lágrimas saladas, limpió su carita sucia y le tomó de la mano, lo invitaba esa noche a su hogar, a un plato de sopa caliente, a una bañera con agua limpia y a una cama, para honrar los recuerdos de lo que alguna vez el chico consideró como hogar y que se empecinaba en mantener a flote, aún en esas condiciones.

Al día siguiente le acompañó al Ayuntamiento. Intentó explicar su historia al alcalde, pero el chico abogó por sí mismo. Quería estudiar, dijo con la voz de un titán, quería ser un hombre de bien, tener una familia, un trabajo decente y un lugar donde llegar, a estirar sus piernas cansadas, después de la jornada laboral. En sus hermanas ya no podía confiar ni contar. Habían decidido vivir sus vidas de una manera absurda de acuerdo a su párvulo entendimiento. Él quería cuidarlas a ellas, eran parte de su familia.  Ellas no querían ser cuidadas por nadie, sentenció.

El chico tomó asiento y respiró contraído. El alcalde y la maestra se quedaron de una pieza. El hombre llamó a su secretaria y al oído le entregó una instrucción. Les pidió que esperaran en la antesala, donde los viejos asientos de cuero color café perfumaban todo el cuarto. Estrechó la mano mínima y flaca del pequeño y enjugó una lágrima. Llegó a su casa para el almuerzo y fue ahi donde me contó esta historia. El pequeño cachorro de hombre, como lo bautizó con emoción, se había ganado su apoyo incondicional.  El ayuntamiento le proveería de una pensión, que se decidió llamar beca, para no ofender el alma valiente de este pequeño y la maestra sería la encargada de proveer casa, comida y abrigo. Lo que quedaba de su vivienda sería adquirida por el pueblo, a un precio justo y razonable, dinero que luego sería depositado en una cuenta a nombre del chico, para que pudiese retirarla cuando fuera mayor de edad.  Estaba emocionado, lo recuerdo bien. Tenía la silueta del niño dibujada en su mente.  Sus palabras, su valor lo conmovían. Ahora, dijo, antes de soltar el llanto, ese niño podrá iniciar su camino en esta vida. Ahora, podrá hacerlo con confianza y sin temor, dijo en tono de discurso. Tiritó su voz en la última palabra y tuve que alcanzarle un paño de cocina. El pequeño Cachorro de Hombre ahora estaba a salvo. Mezcla de emoción y alegría eran esas lágrimas. Yo lo sabía de antemano, pero no dije nada para no arruinar el momento.

Las Visitas

Estaba justo al frente mi casa. El portón de madera, que después fue reemplazado por una reja de fierro, miraba detenidamente al mío y estaba en la casa de la vecina. La señora Martina vivía con su madre, su marido y dos sobrinos regalones y vagabundos que no le traían más que dolores de cabeza y gastaderas descomunales. También habían gatitos nuevos cada tanto, como si su gata no tuviera otro propósito en el mundo que expulsar estos pequeños seres, peinados a la garzôn, fragiles y de ojos cerrados, como lauchas, que nosotros elegíamos con cuidado y con confianza. Eramos las vecinas regalonas y aunque siempre hubo una cierta tirantez frente a la idea de ir a esa casa, cruzábamos la calle con alegría. Atravesábamos el camino en S que bordeaba la construcción, producto enfermizo de una señora que nadie recordaba cómo se llamaba, que perdió la razón cuando sorprendió a su marido haciendo como los conejos con el zapatero. Dejó que la casa se llenara de rosales, rosas mosquetas y murras salvajes y gigantescas, hasta que ella desapareció y la madre de la señora Martina se hizo cargo de esta propiedad.

Venía tanta gente, todos los días. Era, sin lugar a dudas, la casa más visitada del barrio. Cordeladas de ropa flameaban colorinches en el patio de la señora Martina, producto de la acumulación de visitas intespestivas y cargantes que llegaban a su casa a todas horas, con una insolencia que nos llamaba la atención, pero que a ella parecía no molestarle en lo absoluto. Parecía tan satisfecha mientras más sábanas llenaban su cordel y las ventanas de todo el segundo piso, donde seguramente habían alojado todos estos parientes, se abrían de par en par para dejar salir los humores de tanta gente durmiendo junta.

La mujer de don Lucho se acercaba cada mañana, con su cara gris y sin expresión, su cabello revuelto, su delantal descolorido y su escobilla de esparto, a la artesa de la señora Martina para hacerse cargo de la cantidad monumental de ropa para lavar. En las mañanas de invierno veíamos cómo el vaho se desprendía del ejército de prendas colgadas y en el verano, era preciso retirar todo antes del mediodía, para que no quedaran rígidos en el cordel, como un cuero de vacuno salado.

El padre de mi amiga Rosita tenía los ojos más azules que he visto jamás y creo que brillaron como el mar  el día que mi madre se encontró con él, a boca de jarro, en la reja de entrada de la casa de la señora Martina. Mamá venía del almacén y siempre cruzaba la calle en ese punto. A esa altura ya nos habíamos dado cuenta que la gente que llegaba a las horas más sorprendentes no eran parientes cariñosos y cargantes, sino que eran parejas que se juntaban clandestinamente, arrendaban un cuarto en el segundo piso y luego de una sesión de sexo furtivo y a la carrera, se marchaban cada uno por su lado. La casa de mi vecina era una “Casa de Citas” . Un antro del pecado, decía el párroco de la iglesia. Un lugar de perdición y de vergüenza, decían las monjitas del colegio. Un lugar donde sólo los sinvergüenzas y las mujeres de casco liviano hacían como los perros, únicamente por darle placer a la carne corrupta y vil. Todo eso lo sabíamos de memoria, después de dos años de catequésis, un año de confirmación y  seis años de rosarios monótonos, cada día lunes, en el colegio de la Congregación de la Santa Cruz.

Cuando el papá de mi amiga Rosita vio a mamá, entendió que estaba bien cagado y redobló los esfuerzos para no ser visto. Sin embargo, yo lo ví también, en varias ocasiones, mientras estudiaba a la entrada de mi casa, protegida por el mirto y el cerezo  y recuerdo que medité concienzudamente si el hecho de ir a hacer como los conejos, con esa mujercita que parecía su doméstica, le restaba puntos a la imagen de padre excelente y cariñoso que tenían sus hijos de él; lucrando con sus visitas nerviosas a mi vecina, que lo recibía como a un príncipe, abría la reja para que entrara su camioneta y probablemente le asignaba un cuarto en toda la esquina, donde el sol no le perturbara su pasión.

Él siguió yendo por años, con diferentes amantes. Muchas veces lo ví y muchas veces ví a la mujer de don Lucho concurrir sin ánimos a la ingrata tarea de escobillar sábanas sudorosas y pegoteadas de secreciones y humores apasionados. Era por eso que la gata estaba permanentemente en celo. La crujidera de los catres en el segundo piso, los gritos ahogados, el olor de la pasión evaporándose como el vaho de la ropa en el invierno, mantenían al pobre animal corriendo por los tejados como una poseída, alterando a todos los gatos del pueblo, que la perseguían sin cesar para cumplir su cometido en el entretecho de la casa, dándole bríos, me imagino, a “las visitas” de la señora Martina que nunca dejaron de llegar.

Fotografías

Está bien aquí, pregunta el chico, colorado por el esfuerzo de trasladar la pesada fotografía, por tercera vez, de una pared a la otra. Sí, déjala allí por mientras, ya veremos, suspira José Luis, dándose conformidad. No era ahí precisamente, pero el joven le causa lástima por alguna razón. Cree haber visto su cara en otro lado, en alguna situación menos afortunada que esta.

Son muchos los recuerdos que le traen esas fotografías. Siempre que expone, debe hacer raccontos forzados, respondiendo las preguntas de los que gustan de su arte, situándose nuevamente en el momento exacto en que apretó el obturador y logró congelar ese segundo precioso con su lente. Eso es lo más fascinante y lo más difícil de explicar. Muchos le miran atontados y vuelven a preguntar. El cuadro está chueco. ¡¿Debo hacer todo yo mismo?! pregunta para sí y de dos zancadas alcanza la pared. Acomoda la fotografía y se suspende en la delicadeza de los pinos en el fondo. Recuerda con precisión enferma la escena de ese día, veinte años atrás. El hombrecito y el ruido de sus tijeras de podar. El viento arreciando. Punta Arenas. El viaje. El mar.

La rubia que estaba a su lado hacía gorgoritos de saliva y dormía profundamente. La cabeza aún le daba vueltas y tomó precauciones para dirigirse al baño. Todavía veía esas luces sicodélicas. Esos caleidoscopios que le atrapaban en segundos eternos, llevándole cada vez más lejos, la piernas como de lana y las cosquillitas por todos lados. Eran las mezclas. Fue al baño. Tenía la garganta seca, la cabeza en su sitio y una ganas salvajes de tirarse otra línea, de clavarse otra aguja, de un porro. De todo. De nada. Escuchó a lo lejos a sus amigos irse espabilando, empezar el día con palabrotas y con risas. Aletargados, pero enteros, gozando de una libertad que no se había visto en los últimos cuarenta años. Eran libres. Jóvenes y libres. Viajando por el continente, durmiendo aquí y allá, fiesteando, drogándose, decididos a vivir sólo una vez.

Su padre logró ubicarle y con la misma decisión que le había caracterizado desde que se libró de la guerra, le jaló por los pelos y le embarcó. Ya estaba bueno de disipación y libertinaje. Iba a terminar como los muchachitos esos de la plaza de las agujas, demacrado, perdido, cubierto en sus propias heces, hablando incoherencias. Te vas y no me jodas. Te subes al barco y te callas. Vas a trabajar un poco, que eso no le ha hecho mal a nadie, nunca. Nos vemos allá en un mes, le dijo secamente. Se dio la vuelta y desapareció.

La travesía ha preferido olvidarla. Los rostros de la tripulación ha preferido olvidarlos. Los sudores y las pesadillas ha preferido olvidarlas. Los vómitos, la sensación de que hasta pestañar es un dolor, ha preferido olvidarlo. El olor del mar colándose en sus narices y haciéndole sentir más enfermo. Los sonidos del mercante. Algunos otros que, como él, avanzaban como fantasmas en la cubierta, incapaces de cumplir una orden, cayéndose desmayados, causando lástima y trabajos, también ha preferido olvidarlos.

El día de invierno que atracaron en el puerto de Punta Arenas había una ventolera que amenazaba con llevarse la nave al otro lado del estrecho. Se bajó más repuesto que como se había subido, con más peso, con el bamboleo del mar pegado a sus pasos y se adentró en la ciudad más austral del mundo. No le causó mayor impresión. Era una cruza extraña entre Praga y las villas del sur del mediterráneo, con un viento salvaje que arrastraba todo a su paso. Tan fuerte que se llevó, sin que se diera cuenta, todos y cada uno de sus pensamientos. Trabajó como jornal, como mensajero y finalmente como administrativo en la planta que procesaba merluza, de propiedad de un viejo amigo de su padre. Manos faltaban a montones en esas soledades, asi que fue más que bienvenido.

Una tarde de aburrimiento sideral, se encontró con una vieja cámara fotográfica. Recordaba haber visto algo parecido, en su infancia, colgando del cuello de alguno de sus tíos y se decidió a probarla. Sus primeros trabajos fueron francamente patéticos y estuvo a punto de echar el aparato al mar, pero la fascinación de capturar el momento justo era superior a su frustración. Los rollos se demoraban días en llegar, de vuelta a sus manos, convertidos en instantáneas que iban lentamente superando su calidad. Fue entonces que se decidió a visitar los antiguos edificios y adentrarse en esta que era, ahora, su ciudad.

Había pasado mucho tiempo. Miró la imagen con detención y recordó claramente el día en que la había tomado. Su impresión por la historia del viejo ballenero. El homenaje sentido de la comunidad que lo dejó morir en la pobreza. Así había sido todo. Contrastante, disparejo, extremo, distante pero al mismo tiempo sencillo, familiar. Todo en una sola fotografía. Era difícil de explicar. Era un logro plasmarlo y ese era el desafío. Ahí estaba, frente a sus ojos. Miró al chico nuevamente y recordó dónde había visto su cara.

La Radio

Ese año había reprobado. Me sentía un paria, un bicho raro en la atmósfera siempre glamorosa de mi hogar. Mi madre y sus sesiones de lectura y arte con los autores más consagrados y las nuevas revelaciones. Mi padre y sus reuniones de negocios. Mi hermano mayor y sus amigos universitarios, hablando de política, cambiando el mundo y en medio estaba yo, reprobado de la escuela elemental. Un fiasco. Un total fracaso.

Mamá lo tomó con calma. Me llamó aparte y me convenció de que no era gran cosa. Que podría ser peor, que habían otras cosas más terribles de qué lamentarse. Acto seguido, indicó que me tenía una nueva tarea para ese verano. Yo arrugué mi nariz. Me imaginé inmediatamente a la tía Beatriz, dándome clases, en las tardes calurosas; mientras mis amigos corrían libres, sin obligaciones ni horarios, comiendo fruta y helados hasta hartarse y zambulléndose sin tregua en la gran piscina de los Grant. Estaba ya sintiendo la acidez de mi suplicio, cuando mamá me estiró la nariz con un beso y me dijo que me había conseguido un empleo. Iba a ser el ayudante del abuelo Benjamín.

El abuelo era Médico. Un personaje todopoderoso. Respetado. Querido por todos y motivo de orgullo desmedido en nuestra familia, que había proveído de otros eminentes facultativos a esta gran nación. El abuelo era de una inteligencia que asombraba, de una perfección en sus maneras que provocaba devoción y con una elegancia digna de un rey. Su cabello peinado a la gomina, la flor de la estación, impecable, descansando en el ojal de su chaqueta y su Lincoln Continental de 1950, conducido por Baptiste, un negro antillano, flacuchento pero erguido como una estaca, con una historia  tan tétrica a sus espaldas, como los tatuajes de marinero que colgaban de sus brazos y que cuidaba de no exponer a la prestigiosa clientela de mi abuelo ni a nadie en todo el pueblo. Callado y de ceño adusto, lo único que escuché de él, desde que lo conocí hasta que murió, fue “a su orden, señor” con una voz rasposa y grave, que me causó siempre miedo.

El abuelo me indicó mis deberes clara y pausadamente. Su aroma a perfume francés me aturdía, pero sus manos eran suaves y tomó las mías con cariño. Yo estaba fascinado. Era algo tan simple, pero a la vez tan importante. El abuelo estaba orgulloso de mí, lo dijo claramente y salimos juntos, esa mañana luminosa, a dar su ronda de visitas por el condado. Baptiste sabía el recorrido desde antes y sin que le dijeran nada, dirigía el gran vehículo al destino siguiente. Mi tarea consistía en cargar el maletín del abuelo y en medio de la consulta, facilitarle los instrumentos, con cuidado y con respeto, como él se lo merecía.

En su casa, había una criada colorina, de piel alba salpicada de pecas y dientes grandes, que me daba leche con galletas, mientras esperaba a que mi abuelo estuviera listo para nuestra ronda de trabajo. Ella venía de Escocia y se llamaba Aileen. Poseía una virtud mágica, estaba en dos lugares al mismo tiempo. Me gustaba verla, con su uniforme negro riguroso, sus puños blancos inmaculados y su cofia de medio lado, hablando en un idioma ininteligible para todos en la casa, excepto para mi abuelo, que le respondía de la misma forma. Me gustaba adivinar por cuál puerta de la casa ella iba a hacer su nueva aparición. Aileen le entregaba a mi abuelo, todas las mañanas, el maletín, con una venia, apareciendo por un lado y acto seguido, aparecía por otro, entregándole su sombrero. Era mágico.

La visita de esa mañana estaba cargada de seriedad. La viuda Grant estaba muriendo. Lo había estado en los últimos seis meses, decía el abuelo y había que ser muy cuidadosos. Entramos con sigilo, pero escuchamos música. Música de foxtrot. Un viejo tema, acompasado por un sonido, como si alguien llevara el ritmo, en el suelo de parquet. Nos acercamos lentamente hasta el cuarto de la radio y sucedió algo fantástico. Mi abuelo la detuvo sin tocarla. Yo no podía creerlo. Me miró sorprendido y se acercó lentamente al aparato. Escuchó con atención y me pidió que me acercara. Dejé el maletín en el suelo y me  aproximé temblando. Agucé el oído y ahi estaba, el corazón del abuelo, haciendo interferencia en la vieja radio.

Nos sentamos en frente del aparato y él me indicó, con profunda calma y parsimonia, cada fenómeno, como en una de las clases que dictaba en la universidad. Cuando la sístole bajaba la frecuencia y la díastole entregaba el paso a la sangre. Cuánto tardaba cada cambio. Cómo operaba cada ventrículo de su cansado corazón y por último, por qué había logrado detener la radio.

Revisó a la paciente en privado y nos fuimos a casa, pero antes nos detuvimos en la heladería. Un gigantesco cono de helado me tapó la cara y sólo recuerdo la voz del abuelo, explicándome el fenómeno de la radio otra vez. Su marcapasos había intervenido las ondas y era por eso que había producido esa “conexión”. Pensó en voz alta sobre diversos fenómenos cardiacos, especialmente la afección de la viuda Grant y al mirar mi expresión de perplejidad, me dijo de pronto, cambiando bruscamente de tema: Aileen tiene una hermana gemela, que trabaja con nosotros. Ella es la que te confunde con sus entradas intespestivas. No hay magia, hijo querido. Me gustaría tenerla, pero es imposible. Sus ojos se ensombrecieron, por primera vez y entendí que él sabía que no tenía todas las respuestas.

Me hubiera encantado estudiar medicina, pero mis fracasos escolares marcaron mi paso a la adultez. No me quejo, he tenido una vida muy interesante y muy movida y todo lo que me enseñó el abuelo, lo he puesto en práctica de una u otra forma. Como hoy, que escucho tu corazón tan cerca del mío, mientras te cuento esta historia.

Determinación

Había visto a los abuelos nuevamente. Sentados con mansedumbre en el banco de la plaza, con sus manías vivas. Tejiendo crochet la abuela Yolanda y liando un cigarrillo, el abuelo Miguel. Los vio claramente, tal como los recordaba y entendió su propósito.

Dejó el libro de Hemingway en la ventana y analizó concisamente los últimos treinta y seis años de su vida. Destacó las férreas amistades y el amor. Las relaciones largas y fructíferas que duraron lo que tuvieron que durar. Aún quedaban gotitas de esos amores inundando su corazón y le sabían a dulces recuerdos. Aún estaban las preguntas sin resolver de por qué no había terminado una carrera, cuando la inteligencia era un don familiar que no costaba utilizar.

Con empleos de mediocre desempeño, quedaba siempre la buena impresión y el gusto innegable por el tiempo compartido con colegas, subalternos y jefaturas. Todo prístinamente congelado en un recuerdo que se iba sumando a los otros, que conformaban su vida. Sentía que había sido una buena vida. Sencilla, constante, sin sobresaltos. Con visión poderosa de los rencores del alma y de la férrea voluntad de deshacerse de ellos a como diera lugar.  Se sintió siempre a gusto en compañía de los viejos y tal vez por eso fue quien más sintió la partida. Las tardes de dominó y recuerdos, matizados por té con pan tostado untado con manjar, eran citas necesarias cuando las hormonas adolescentes hacían su agosto en las convulsiones del corazón. El olor de los viejos le sedaba, la voz cansina, las manos cubiertas de venas. Se estaba tan a gusto, mientras el olor de las migas quemándose, inundaba todo el lugar.

Traspasó nuevamente la visión de la ventana. El helecho prehistórico, de dimensiones colosales, que le daba al patio trasero de su casa un aire a selva siempre virgen, impoluta, misteriosa, callada y olvidada. Tal como se había olvidado de los recuerdos minuciosos de su vida. Intentó tomar el libro nuevamente y leer las páginas siguientes, pero la voz en su cabeza martillaba con furia. ¿Cuál era su destino?. Cuál era el propósito de su existir, si sentía un cansancio grave, como si hubiera vivido una vida entera y aún faltaban siete días para cumplir los treinta y siete. 

Miró sin ver y se concentró en el croar de las diminutas ranas, los pasos de la gata en el tejado y las ínfimas gotas de lluvia que se dejaban caer. Se sintió solo, desnudo, quebrado, infeliz. Sin un propósito claro, sin un norte, sin un por qué luchar. Respiró hondo y llenó la bañera. Mientras corría el agua, recordó vapores de la misma condición inundando los espacios del placer y del amor. Aguas calurosas, aguas frías. Sonidos de ríos cordilleranos, fuentes inagotables de olores infinitos que se posaban lentamente en su piel, en una sensación de díficil dimensión. No había nadie que preguntara en qué piensas. No había nadie que confortara sus pensamientos. Sólo el libro, la bañera, los pasos de la gata en el tejado y la lluvia.

Entró a la tina lentamente y se quedó por minutos eternos. Levantó la vista y allí estaban de nuevo. La abuela Yolanda desenrredando la madeja de estambre y el abuelo Miguel tosiendo y limpiándose la boca con el dorso de la mano, tomando, lentamente, con la otra, su novela; examinándola con detención y curiosidad, con ese gesto tan suyo. Volvió a pensar que nadie le extrañaba y que él extrañaba demasiado a tan pocos. Que la vida no tenía un propósito claro y que fuera de estas paredes, no valía la pena seguir.

Le llegó la frase concisa y breve. Clara y simple. Salió desnudo, mojando el piso. Se acercó al clóset y la encontró. Comprobó su estado y volvieron juntos al baño. Allí estaban los viejos todavía. Los miró con calma. Entró al agua y supo que sería sólo un segundo. Luego, podrían descansar. 

Silencio

Da vuelta la cara. Se acomoda el suéter y avanza. Un silencio sideral, seco, sordo, frío, estático se queda entre ellos. Es la manera de herir. Es la única forma de evitar una confrontación que podría ser definitiva. Es el único recurso válido cuando la rabia es incontrolable, cuando las palabras cortan como cuchilladas y cuando el dolor anega el corazón de pena y de lágrimas.

Silencio. Recurso aprendido desde siempre, cuando la madre cerraba la puerta de los sonidos por semanas, en una ley del hielo que no capitulaba jamás, mientras pasaban los días sin dar muestras de notar la existencia del que había cometido el agravio. Así pasaba la vida y el remordimiento se hacía más amargo, más duro de masticar, más inapelable, hasta concluir con una mezcla de conformidad y cierta madurez en el alma de que lo hecho, hecho estaba y que nada se podría cambiar en el tiempo pasado, sólo la vida daba otra oportunidad de otro tiempo, uno nuevo, distinto. Uno diferente.

Silencio en las confrontaciones. Silencio en los hechos cotidianos que merecían un debate sincero. Silencio y nada más. Vasto, claro, definitivo, monumental. Sólo los ojos hablaban, sólo las emociones se escapaban porfiadas a través de ellos. Sólo los ojos y nada más. Como mudos testigos de un cambio de proporciones en el espíritu herido, sólo los ojos adivinaban la pena, sólo los ojos dimensionaban la rabia, sólo los ojos. 

Silencio y nada más. Eso se escucha en la casa. Eso y los pasos contenidos, los quehaceres mundanos y el silencio, pesado, cruel, sectario, aplastante. Se irá algún día, bajará la guardia en algún momento y no se lamentará por lo que pudo haber dicho, con el rigor de las máquinas de guerra, sino que guardará la herida en el corazón, la curará en las noches de luna y un día de risas sinceras, desaparecerá.

Poleo

Me canso, no he dormido bien. Una pesadez permanente me aletarga. Los sonidos en mi mente me trastornan. La imágenes persistentes de sufrir. Algunos me miran con pena y hablan como si yo no estuviera presente. Mencionan la palabra depresión con demasiada frecuencia, tanta que me provoca ira y dolor al mismo tiempo. Una fuerza escondida en los rincones de mi espíritu me golpea suavecito.

Me niego a seguir en este estado. Espero. Confío. Me aferro y en medio de ese ejercicio, un aroma, una planta, un recuerdo claro. Poleo. La sencilla flor que inundó de color los dibujos de mi infancia, que calmaba los nervios de mi abuela, que era llevada a puñados por doña Selma, la vecina, junto con las grandes fuentes con azúcar y caracoles, cosechados entremedio de los coligües de la huerta, que curaban, según ella, el resfrío persistente de su nieto. Todo junto, infancia, calor de hogar, bocetos de casitas con cañones invernales, soles amarillos y el gran prado intervenido aquí y allá con su color violeta y su aroma entre anís y menta.

Una nueva tonalidad me inunda. Salgo a caminar con mi perro. Escucho sus pasos ruidosos arrastrando piedrecitas en el camino. Me hace reír. Volvemos lento a la casa y en una hermosa tarde que se torna de sol, me sacudo los temores, me olvido por un minuto del dolor, tomo distancia, busco perspectivas, acaricio mis piernas cansadas por la caminata y por las noches de mal dormir, descubro, con alegría, que entremedio del prado que crece, trastornado por tanta lluvia y sol, emerge, valiente, una plantita de poleo.

¿La Recuerdas?

¿Recuerdas a Lucía?, preguntó mi padre de improviso, en la mesa del desayuno. Evoqué su sonrisa, sus manos siempre coloradas y su delantal de tela de sacos de harina. Sí, claro que la recordaba. El olor de su cocina; perejil, romero, menta, orégano, comino, longanizas ahumadas, queso maduro, ajos y una pasta de ají color carmesí que la hacía sólo para ella y con la que untaba todo lo que se llevaba a la boca.  

Por supuesto que la recuerdo, dije, su voz cantando corridos mexicanos cuando lavaba los manteles y las maldiciones suyas por porfiar en hacerlo ella misma, con ese jabón de lejía que le escaldaba los dedos.

Lucía no tenía huella dactilar, recuerdo; tal vez por la lejía. En su documento de identificación se veía sólo una mancha de tinta color púrpura. Mi padre la conoció por accidente y le ofreció trabajar como mucama, pero a la vuelta de los años, se convirtió en parte de nuestro hogar. Un hogar truncado, de hombres solos, sin madre y sin esposa, de colillas de cigarrillos y vasos de jerez regados en el suelo, contundentes sopas de gallina para componer la resaca de mi padre y sabrosas papillas de verduras para acallar la sonajera de mis tripas.

Lucía tenía olor a cazuela de res, a pastel de choclo con albahaca y a pan recién salido del horno. Creo que fueron sus manos las que tomaron las mías para dar los primeros pasos. Fue ella quien me sacó el empacho con rezos de médica mapuche y descubrió mi manía de ocultarme por los recovecos de la casa, sin emitir un sonido, como si fuera un fantasma.  Amelia ayudó a traerme al mundo y no venía con frecuencia. Olía a perfume barato,  de eso me acuerdo claramente. Recuerdo el cascabel que me colgó del cuello, con la forma de un caballito, que tintineaba al menor movimiento, para poder encontrarme. Lucía lo detestaba y decía que a los niños no se les ponen collares como a los perros, pero Amelia era porfiada y decía que si yo seguía con esas manías iba a acabar por desaparecer para siempre, que los gitanos podrían raptarme sin que nadie se diera cuenta y que ahí si que mi padre se iba a morir de pena. Si no se había muerto cuando falleció la señora Marie, decía Lucía, este caballero tiene un largo trecho para seguir viviendo. Y con su sabiduría de mujer, estaba en lo cierto.

Doña Eugenia llegó después, cuando yo casi terminaba el colegio y al casarse, se hizo más cargo de mi padre que de mí. No impuso jamás su voluntad ni su figura y hasta el día de hoy, como si nada, decora la mesa de estar la foto de mi madre, robada a mansalva por mi padre, una tarde de invierno, cuando se enteró de que estaba embarazada. 

Lucía nos dedicaba los mejores minutos de su día a nosotros. A mí, en especial. Compartía su familia conmigo, porque decía que no era bueno crecer tan solo y fue así como aprendí con Juancho, su hijo menor, a cabalgar; con Antonio, el tercero, a usar herramientas y ser autosuficiente, en caso de cualquier eventualidad, decía ella, que sabía muy bien de esas cosas. Su marido la había dejado sola, con siete chiquillos a su cuidado y sin nada a qué echar mano. Ni tierras, ni pensión, ni casa. Mi padre la vio tan necesitada, tan honrada, tan valiente y tan a la deriva que la contrató sin pensarlo dos veces y durante años premió su esfuerzo y dedicación con regalos encubiertos, con apoyo monetario a sus hijos, para sus estudios y con la firme amistad que se forja en el respeto y el cariño sinceros.

Lucía cocinaba para nosotros y limpiaba la casa. Todo brillaba. Todo relucía de su mano y la recuerdo avanzar por los escalones puliendo la madera con virutillas de acero, luego pasando un trozo de lana vieja y por último, esparciendo la cera con sus propias manos, ayudada de una pantymedia. ¡La única pantymedia que hay en esta casa!, carcajeaba mi padre y la llenaba con abarrotes y verduras para su hogar y sus hijos, porque te deslomas mujer, eso es trabajo para brutos. Mira cómo brillan los pisos, no hay nadie como tú, Lucía.

La fiebre alcanzó el pueblo, aquel año, después del terremoto. Yo estaba fuera, estudiando en la universidad y doña Eugenia se había convertido, finalmente, en la dueña de casa. Lucía iba medio día a apoyarla con algunas labores, pero la verdad es que ya venía muy enferma. Años de postergación le pasaban la cuenta. Mi padre la mandó al médico, pero ella guardó el dinero de la consulta para la libreta de ahorros de su hijo Miguel, que había padecido poliomelitis y nunca se pudo recuperar. Vivía con ella y se había hecho artesano. Le iba bien con sus muñequitos rellenos de paja y sus juguetes de madera y aportaba dinero al hogar. Para Lucía jamás dejó de ser un niño y le peinaba los cabellos cada mañana, antes de salir. Mi padre lo averiguó y la llevó personalmente al hospital, pero ya era tarde. Se había contagiado y su débil organismo no pudo soportar la enfermedad. Murió en paz y sin sufrir, le dijo Miguel a mi padre, el día del funeral.

Claro que recuerdo a Lucía, porque guardo una foto vieja donde salimos juntos. Mis rodillas peladas y mi cara triste. Ella, sonriente y vistiendo su delantal. La recuerdo claramente, todos los días de mi vida. Llenó el espacio para las memorias que se tienen de una madre y aunque nunca se lo dije, mis pensamientos están con ella desde la primera vez que me tomó de la mano. Desde entonces estuvo Lucía, desde entonces.

De Puntillas

Recuerdo todavía los antiguos interruptores de la luz y la apariencia tétrica de la escalera. Era vieja, como todo en la casa, pero por alguna razón fascinante, en nuestras mentes de niñas, era todo lo contrario. El pasillo era ancho y el piso de tablas de laurel. Crujía. Crujía como las hojas del otoño, crujía como tan pocas cosas en medio de la humedad de los inviernos de esa época. La escalera estaba justo frente a nuestras miradas y era la voz de mi abuela la que nos detenía de subir. Imaginábamos princesas encerradas por malvados y dementes, imaginábamos tesoros, antiguas maletas cargadas de reliquias de un pasado de fantasía, imaginábamos tantas cosas que nos delataba el sonido de los peldaños y nuestras risas nerviosas, en cada intentona.

Esa noche, no habían más decisiones que tomar. Tu traje y tus zapatos de suela, atuendo apropiado para la ocasión de la que habías escapado, eran el único escollo que nos separaba de mi cama, en el altillo. Eso y la escalera.  Te dije bajito que contaras. El cuarto escalón rechinaba a la izquierda, el séptimo había que salvarlo sin pisar, el décimotercer crujía a la derecha, no lo olvides, susurré mientras me besabas, apretujándome contra el pasillo. Quita tus zapatos, te pedí mientras me descalzaba y caminaba a oscuras por el espacio que nos separaba de la escalera. ¿Duermes arriba? me preguntas, todavía achispado por las copas y te callo sumergiendo mi lengua entre tus labios, succionando tu saliva y escuchando tu corazón, en el silencio de esta noche oscura, pero asombrosa, alucinante, apasionada.

Camina por este lado, susurro, pero no llegas a oirme. Vienen a mis memorias los recuerdos de mi niñez, raudas en el triciclo, tratando de alcanzar los interruptores de la pared y bajando la palanca del transformador, ya fuera de circulación. ¿Qué dijiste?, me interrumpes y chocamos justo al determe frente a la escalera. Recuerda, digo,  el cuarto, el séptimo y el décimotercer, cuenta, que mis padres duermen del otro lado del pasillo.

Crujió, crujió, crujió, como las hojas del otoño, con la reverberación del eco suspendido en mi respiración, crujió la maldita escalera desde el inicio hasta llegar al final y no sabía si reírme a todo pulmón o ponerme a llorar de desesperación y de hambre de no poder tenerte, por el maldito sonido de la casa vieja, haciendo sentidas conjeturas por este visitante inesperado y por esta falta de respeto a la vetustez de sus rincones, a esta hora de la noche.

Ya estamos aquí, me dices afiebrado y tus zapatos caen de golpe al suelo. Nos petrificamos. Ligeros vahos exhalan tímidos por nuestra nariz, mientras somos todo oídos. La casa está en calma, se escucha sólo un perro a lo lejos y el zumbido del cable del alumbrado, como una abeja laboriosa. Respiramos con dificultad, pero esta calentura es más porfiada que todas las fiebres del planeta y me desnudo con rapidez para envolverme entre tus brazos, para oler tu cuello y mirarme en el mapa de la tierra a la que le tienes devoción. Se acomoda la escalera, el pasillo, la casa entera mientras los resortes desvencijados de mi cama tratan de contener la pasión que nos perturba, que nos quita el aliento y nos hace transpirar cuando afuera se escucha claramente cómo avanza la escarcha.

Caen de improviso los tablones de madera que soportan la cama y allí el gran caserón genera un eco atroz, grave, reproducido y amplificado miles de veces por cada eco, en cada habitación, en el silencio de esta noche. Pensamos con rapidez y no hay escapatoria. Bajar la escalera en este momento sería un suicidio. Me vuelven mis fantasías de niña y me veo encerrada en esta prisión, sin posibilidad de escape y para colmo con un príncipe desnudo y culpable que no aliviana para nada las cosas. Como ratas, como viles ratas nos acurrucamos en la esquina de la cama y apagamos la luz. Escuchamos, conteniendo el aliento y sólo la escalera bufa interrumpida en su sueño, acomodándose nuevamente en su digna posición, mientras la casona toda cruje por los embates del frío.

Te despido la mañana siguiente, cuando los ruidos no son tan graves, no existe el eco y pareciera que a la escalera le gustase ser invadida por pasos apurados y manos sudorosas que aprietan el pasamanos con premura. Nos besamos, te observo en tu partida y me queda una sola mezcolanza, la carrera loca de mi niñez, apretando los interruptores, las risas contenidas y el corazón latiendo a mil por hora, todo eso junto y amalgamado. Me dirijo a mi habitación. Cuento los peldaños nuevamente, esta vez, sólo por jugar.

N de la R: Fotografía gentileza de http://luxurbex.blogspot.com

Furia

Apuntó el cañón de la escopeta justo a su cabeza, mientras las venas del cuello saltaban impacientes y violentas. Gaspar estaba descolocado, frenético. Thomas gritaba aterrorizado una y otra vez que bajara el arma. Gaspar se burlaba cruelmente y le preguntaba si todo se veía más real. ¿Quién es el que tiene el control ahora, hijo de la gran puta? gritaba a todo pulmón.

Aquel día, en el aeropuerto, un mes y medio antes, no pensamos jamás que este chico de proporciones descomunales, pero un chico al fin y al cabo, se iba a transformar tan radicalmente. Su cara cansada y redonda, sus expresiones de asombro. Sus graciosos comentarios. Su acento duro y la persistente fijación por acariciar el cuchillo de caza, que extrajo de su mochila apenas salió del terminal y se subió a la camioneta.

Thomas esperaba poner en práctica un ejercicio de redención y de ayuda. Ayuda a Irma, aquella madre ejemplar y abnegada que había conocido en el camino de Santiago de Compostela, tratando de sacar a flote a Darlene, su hija mayor y mediohermana de Gaspar, para arrancarla de una nebulosa de heroína y prostitución. Círculo vicioso cerrado y cruel que ni la caminata santa con el mismo apóstol habría logrado romper. Thomas, por su parte, quería redimir la desastroza relación con su hija, que le odiaba cordialmente y castigaba sus intentos de comunicación con largos silencios y berrinches, con acusaciones de abandono y con la negación absoluta a cada una de sus ideas.

La idea no parecía tan descabellada y tomamos parte con voluntad y alegría. Gaspar se convirtió, como me di cuenta más tarde, en un ángel. Todos buscamos rendención, todos buscamos reparar algo irreparable a través de su figura. Thomas, Ronald, Mauricio y yo. Todos juntos cometimos el mismo error y en el camino por ayudarlo, terminamos hundiéndole más.

Estaba todo organizado para su entrenamiento en “la vida real”. La casa en mitad del campo, sin luz eléctrica, parte vital de la sanación de Thomas de los tumbos y cicatrices de su vida anterior, ofrecía un panorama maravilloso, cada mañana de ese verano cruel. La figura de los volcanes se recortaba perfecta contra el horizonte. Chucaos despertaban junto con nosotros y la gata depositaba su víctima de la noche, convenientemente descabezada, para aspirar orgullosa a su desayuno. Pero todo anduvo mal desde el inicio. Apenas Gaspar llegó, la humareda de los incendios forestales hizo irrespirable el ambiente. Su cansancio, por el viaje de dieciséis horas, se tradujo en una excusa permanente para levantarse rayando el mediodía. Acusaba de alergias a diferentes elementos, inventados y reales. Quería fiesta y diversión. Prostitutas y alcohol, exageraba. Nos miraba extrañado cuando le hablábamos de proyectar la huerta, cortar leña o colaborar en la nueva construcción. Debí parar todo entonces, pero el entusiasmo de Thomas era mayúsculo. Una sonrisa iluminaba su cara, cada día. Las bromas, las caminatas juntos, las latas de cerveza después del almuerzo. Cuando dijo que tenían tanto en común, que el chico bien podría ser su hijo, un escalofrío recorrió mi espalda, pero yo había aprendido a dejar hacer. Tomé palco cómodamente y me senté a esperar que todo cayera por su propio peso. Jamás imaginé lo que iba a venir.

Ronald, juez retirado y entusiasta de los veleros, se ofreció gentilmente a enseñar a Gaspar los rudimentos necesarios para ser un hombre de bien. Aprender la Constitución y las leyes, entender que el crimen no paga, como pregonaba con fuerza el joven, a raíz de la exitosa operación de Rick, padre de su hermana y personaje gravitante en su temprana juventud. Ron se daría cuenta que todo había comenzado un día de otoño, en su corte, muchos años atrás, pero eso fue después, cuando ya habíamos perdido al chico.

La esposa de Mauricio notó inmediatamente que algo no andaba bien. Años de vivir en lugares inhóspitos, agitados por guerras y desastres, le daban un sexto sentido rotundamente infalible. Miraba aterrorizada el tatuaje grotesco que Gaspar mostraba pomposo. Me llamó aparte y me dijo si estábamos seguros de lo que hacíamos. La miré fíjamente, en la profundidad de sus ojos, del mismo color del Lago Maggiore, lugar donde ella nació y le dije francamente que no.

Eran tantas las ideas y las buenas intenciones. Como abogué muchas veces, el principio era bueno. No esperamos jamás que algo así sucediera. Cuando recuerdo la voz de Gaspar y sus ojos desorbitados, todo encaja perfecto. Su adicción a las drogas, que supo ocultar de manera impecable, sus historias macabras, que pensamos eran sólo bravatas, toman forma sólida en mis conclusiones y si no es por la llamada de su madre, hoy no estaría contando esta historia.

El móvil de Thomas empezó a sonar y vibrar desesperado, mientras Gaspar seguía apuntando. De tanto vibrar, cayó al suelo y el chico vió claramente en el visor: Irma. Repicó de nuevo y él, como un actor consagrado, se serenó, cambió el tono de la voz, bajó el arma y se dispuso a hablar con su madre. En un amago de bondad, palmeaba la espalda de Thomas, mientras decía que estaba todo de maravilla. Tomó el arma con la otra mano y le quitó la munición, dejándola abierta encima de la mesa. Sonreía como un ángel.

En las próximas horas, empacó sus cosas, se bebió dos botellas de vodka de un tirón y tomó el avión de vuelta a su hogar. Ya le habíamos contado todo a Irma. Respiramos aliviados, pero dos semanas después ella volvió a llamar. En su turno de la noche, había reconocido el tatuaje de su hijo en el cadáver de un joven delincuente, muerto en una balacera.

Tarjetas de Navidad

El día de la procesión, grandes mosaicos de coloridas tarjetas navideñas se tomaban las calles, extendidas en la vereda o de pié, precariamente apoyadas contra los árboles, anticipando las festividades y el nacimiento de Jesús con sus texturas enceradas. Delgados couché con dibujos de nieve, rostros de niños colorados por el frío, Santa Claus en su trineo. Nieve, renos, pinos decorados con velas y bolas de colores, guiñaban los ojos a los transeúntes en una fantasía de navidad blanca.  Entremedio de  pesebres de yeso y restos de paja seca, nos achicharrábamos de calor buscando las tarjetas más coloridas. La costumbre indicaba enviar a amigos y familiares los deseos de paz y recogimiento, de próspero año nuevo, de buenas intenciones y eterna felicidad.

Las elegidas se escribían con cuidada caligrafía y se enviaban por correo, en la esperanza de que llegaran antes que Santa Claus. Así pasaban los días hasta la tarde de víspera de Navidad, siempre cargada de nerviosismo. La noche de paz se transformaba en una larga seguidilla de horas que no avanzaban nunca, en la eterna expectativa de abrir los regalos. Atrás quedaban las tarjetas recibidas, apiladas peligrosamente a los pies de nuestro árbol, decorado con las luces de rigor y el colorido navideño. Ni la cena de pollo y puré de patatas ni el postre de cerezas sacadas directamente del árbol, horas antes, decorado con crema espesa no eran suficiente para calmar nuestra ansiedad. La casa olía a las galletas de maicena, que habíamos ayudado a cortar con manitos nerviosas; a kuchenes de frambuesa y plátano, con la gruesa capa de crema pastelera de vainilla, olía a pollo estofado con arvejas y zanahorias del huerto, olía a días de verano, al agua del grifo que regaba la tierra, antes del anochecer; olía a la colonia de mi padre, que usaba en estas ocasiones especiales. Los pasos nerviosos de mi abuela dándole armonía al ambiente. A su llegada, estábamos listos para comer.

La hora no avanzaba y los dibujos animados de la televisión no hacían nada más que aumentar nuestra ansiedad. Archiconocidas historias de la Navidad blanca no eliminaban nuestro desasosiego. A medianoche y con los ojos escaldados de sueño, eramos conminadas a ir a dormir, so pena de no recibir la visita que tanto esperábamos. Vueltas y vueltas en la cama, poseídas de una energía mayor a nuestro cansancio, aguzando el oído, aspirando los dulces aromas de la casa, hasta que sin darnos cuenta, nos vencía el sueño.

La navidad llegaba con prisa, la misma que nos levantaba de un salto y nos hacía avanzar por la casa dormida en pijama y a pié descalzo y duraba hasta pasado el desayuno, luego era un día de verano como cualquier otro, con juguetes nuevos, con los ojos cargados de sueño y con las mudas tarjetas que quedaban como el último vestigio de la festividad. Las conservábamos por si acaso y creo que aún existen algunas en la casa de mis padres con su olor a dulces y hogar.

Los Poemas del Abuelo

Sacó los libros de debajo de la mesa, como si fuera un mago. Sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción y empezó a repartirlos entre cada uno de nosotros. Era su cumpleaños número setenta y ocho.

Los recuerdos primeros que tengo son de su cara franca y amistosa, apretando mis manos traviesas. Aún guardo el pañuelo con florcitas de colores que me regaló para mi cumpleaños.  Sus abrazos. Su olor a limpio. Los caramelos que traía escondidos en sus bolsillos y que nos dejaba urgar sin prisa ni descanso. Sus manos cubiertas de venas azules y verdosas, fuertes y cálidas. Era todo un personaje, sobre todo cuando se paseaba pomposo con su sombrero y su abrigo de castilla por la plaza, los días domingo, después de comprar el periódico.

Mi abuela era reservada y simple. Le amó desde que le vió y fue por su belleza que escribió tantos y tan variados poemas. Dolores y tristezas. Encuentros apasionados y sencillas alegorías a la vida hermosa que les tocó vivir. Jamás escuché una queja, jamás escuché un reproche entre ellos y cuando él cerró sus ojos con su beso y la dejó en manos de la muerte, recuerdo que no lloró.

La sonrisa franca era parte constante de su vida. Nada lo doblegaba, me parecía y guardaba la modestia y elegancia de los viejos. Su casa olía a recuerdos guardados. Las suaves servilletas de lino, los cubiertos largos y con dibujos abigarrados que, de niños jurábamos, habían salido de un naufragio. Su segunda esposa ayudó a acrecentar este patrimonio de objetos de museo, misteriosos y significativos. El estante de los licores, el breve mueble de los discos, los tapices de chifón, las alfombras, las acuarelas y la mancha de lluvia que cubría de naranja una pared. Nunca quiso repararla, nunca quiso deshacerse de nada y siempre compartió todo. 

Los almuerzos en su casa eran los más esperados. Fuentes de porcelana llenas de exquisiteces, que parecían haber pasado, magicamente, de mi abuela a la nueva esposa de mi abuelo, repletaban la mesa familiar. Los brindis y los abrazos, los viejos cuentos y anécdotas de la niñez. Los retiros al pequeño balcón para fumar un cigarrillo. La siesta del patriarca. Su respirar pausado, sus ojos bien cerrados y en una expresión angelical y tranquila. Sonaba quedo su corazón y sus manos apretaban antiguos recuerdos, mientras viajaba en sueños.

Leyó la dedicatoria emocionado y nos contó suavemente que había buscado en cada estante y repisa, en cada chaqueta y cada recoveco de la casa los trozos de las creaciones que la vida le había susurrado, en suspiros recortados por el tiempo y el amor. Habían muchos pasajes inéditos que exploramos, todos nosotros, hojeando el libro que él mandó a hacer especialmente para la ocasión. Su caligrafía decoraba la portada y unas sentidas palabras hicieron asomar lágrimas a cada uno de sus nietos. La admiración y el amor se respiraba en el aire. Falleció una semana después.

Neyen

Neyen significa respiro, me dices e inconscientemente tomas una bocanada de aire. Habíamos hablado mucho. Muchas cosas que no pensaste contarle a nadie, me las dijiste a mí. Imagenes de tu pasado distante se iban contraponiendo en sentimientos y emociones.

Neyen también significa espíritu, acoté, mientras leía sin mucha atención la etiqueta. Espíritu de los años vividos, de las experiencias acumuladas, de los errores, las culpas y los desencuentros. Tus nociones de cariño se vieron truncadas sin que te lo hubieras propuesto y sólo después de mucho indagarte, logré encontrar su destino, como quien desarma una madeja enredada por los años, la amargura y el dolor.

Me hablaste sinceramente desde el comienzo y fue desde el comienzo que sentí que podía ayudarte. Ahora, me abrazas en silencio y escucho tu corazón. Neyen también significa suspiro, me ríes azorado por el calor del contacto y las confesiones que has dejado sobre la mesa.

Esto es sólo el inicio, te digo suavemente, mientras sorbo despacito de mi copa. Estoy aquí para escucharte, como lo he hecho hasta ahora y para decirte que la culpa no es tuya, los errores han sido compartidos y sólo la esencia es la que prevalece y la tuya es fuerte y constante, es valiente y divina. Es como una ráfaga de aire que respiro y se convierte en mi espíritu.

 

Espectros en el Panteón

Mi padre siempre tuvo una morbosa inclinación por la muerte. Le fascinaba. Recuerdo claramente su sonrisa torcida y sus manos frotándose una contra la otra, cuando aparecía alguna nueva atracción u objeto relacionado con rituales funerarios. Llenó su estudio con máscaras de distinta procedencia, la cabeza diminuta de un jíbaro y tres calaveras que alguien le fue a dejar a la puerta de la casa, una tarde después del primer día del monzón, amén de la sarta de libros y fotografías con las más dantescas ceremonias de muerte y sepultación que pudo encontrar.

Cuando recibió la información de la exhibición de la momias, no dudó un segundo. Buscó su sombrero Panamá y se calzó sus mocasines náuticos. La sonrisa de su cara tenía algo de maquiavélico y alucinante. Sus ojos le brillaban y me tomó la mano con un vigor que había extrañado en los últimos años.

Bajamos con cuidado la escalera de caracol. El aire olía a tierra y humedad. La bombilla diminuta de la mitad de la sala, amenazaba con apagarse cada cinco segundos, mientras un haz de polvo compacto descendía desde ella y hasta tocar el suelo, compuesto por minúsculas partículas que danzaban al compás de un ritmo extraño y silencioso.

El encargado tuvo especial atención con mi padre. Le dió la mano afectado y le llevó aparte un minuto. Ví que se metió la mano a su bolsillo y con la misma sonrisa alucinada que no le abandonó en todo el recorrido, sacó un fajo de billetes que se lo puso en la mano, sacudiéndola con alegría. El hombre se retiró y quedamos los dos solos. El piso de tierra se levantaba a cada uno de nuestros pasos. En una esquina, oculto por las sombras y una deformación de la pared, estaba el primer protagonista de esta exhibición de locura. El doctor Remigio Leroy, primero en ser exhumado y puesto en esta pared de arcilla y caliza. Lo dejaron ahi por accidente y mientras tanto, luego se personificó como el encargado de dar la bienvenida a esta función terrorífica e hipnotizante, que se extendía por varios metros. Todas las momias lucían francamente atemorizantes. Rostros torcidos por algún dolor o en un grito de ultratumba, tal vez como forma de protesta por haber sido sacadas a la fuerza de sus cómodos aposentos y yacer ahora, impúdicas, contra la pared. Estaban vestidas, algunas tenían alhajas y sus barbas y pelos estaban en perfecto estado, comentaba mi padre afiebrado, aspirando los humores que venían de los cuerpos. Anda, me decía, tócalas, si no hacen nada. No están ni frías. Es fascinante, repetía, fascinante.

Caminamos por otro rato, yo asfixiándome con el polvo en suspensión y él totalmente idiotizado con las imagenes perfectamente conservadas por el tiempo y los elementos. Tocaba cada pieza, metía sus manos a los bolsillos de los muertos y admiraba la disposición que tenían a lo largo de la pared. Habían algunas que les faltaba un dedo o parte de su ropa estaba raída. Me explicó que ciertas personas robaban pedazos de las momias, porque las consideraban mágicas. Yo pensaba que entre esas personas, estaba él también y estaba seguro que el fajo de billetes que le dió al encargado, era el precio por llevarnos una de estas pobres almas atormentadas con nosotros. Me dieron escalofríos de pensarlo, pero mi padre tenía esas excentricidades y otras más que fui descubriendo a medida que fui creciendo. Todo lo que quería, siempre se las arreglaba de tener. Su sonrisa, su amabilidad y su fascinante curriculum de hijo consentido del doctor más reputado del estado, le abrían todas las puertas.

Terminamos finalmente el recorrido, mientras el polvo de la habitación se nos había metido hasta la médula. Mi padre estornudó ruidoso y se limpió la nariz con un pañuelo impecablemente blanco. La arcilla había tomado posesión de sus pulmones y tornó en rojiza la tela. Se rió al instante y dijo que antes de ir de vuelta al hogar, debíamos lavarnos muy bien las manos y la cara. Era esta combinación de elementos que había permitido a estas criaturas preservarse en el tiempo, dijo con aires de sabio y su morbo, completamente satisfecho .

Subimos la escalera de caracol y la vista de las momias colgando de las paredes, mientras los haces de luz trataban de iluminar este purgatorio, justo debajo de la capilla del cementerio, me pareció increíble. La tengo guardada en mi memoria, sin que nada la haya alterado. Tal vez, como decía mi padre, la combinación de los elementos permitía la conservación. La pequeña momia que llegó a mi casa, al cabo de un par de días, encerrada en un frasco de conservas y cubierta por un trozo de tela ordinaria, desapareció una semana antes que muriera mi padre, cincuenta años después. El mozo de la casa comentó que papá decidió abrir el frasco y dejar que el aire hiciera lo suyo. “Quería descansar”, le dijo, en un último acto de piedad por la criatura, que le había visto cada mañana realizar su quehaceres y ser la estrella de su colección.

Rueda de la Fortuna

Me duele, dijo la niñita, tratando de quitar el brazo. Irma no dijo nada, ni hizo una mueca. Nada alteró su semblante. Volvió a clavar la aguja y el chillido de la paciente no le importó. Extrajo la sangre, aplicó el algodón con movimientos automáticos y se fue. Los ojos de la pequeña estaban llenos de lágrimas.

Hacía veinte años que trabajaba como enfermera. Estudió sin muchas ganas y sólo porque era, de todas las magras alternativas, la que le iba a reportar mejores ganancias. Aprendió los procedimientos con rigurosidad y perfección, practicando con naranjas y muñecos, memorizando sístoles y diástoles, cuadros infecciosos y una serie de información que se dio cuenta con el tiempo y la experiencia, que se repetía hasta el infinito y era muy sencilla de inferir. El dolor ajeno le conmovía hondamente y trataba de sobrellevarlo con filosofía. Al principio, no creyó dejar de sentir jamás este remordimiento cruel, cada vez que veía caras de dolor. Ahora, cuando se remontaba a ese tiempo, no podía poner reversa. Ya no sentía nada.

Su vida personal estaba cargada de un dolor distinto, una forma de sufrir diferente que no le dejaba impávida sino muy por el contrario. Habían sido una suerte de tumbo tras tumbo sus dos matrimonios y sus dos hijos. Trató de dedicarles el mayor tiempo dentro de su demandante horario, pero siempre sentía que había sido irresponsable. Darlene, su hija con Rick, estaba perdida en la drogas y se prostituía para satisfacer el vicio. Gaspar, el niño de su corazón, fruto de su segundo matrimonio, iba por un precipicio de violencia, pandillas y tráfico que ella no podía evitar. Se sentía incapaz. Era demasiado aplastante la realidad y no lograba dar con el momento exacto en que todo se tornó de revés y sus esperanzas y sueños se convirtieron en esto.

El dolor ajeno ya no le conmovía y tal vez, como sus hijos le acusaban, tampoco parecía conmoverle el de ellos. Era un ser sin emociones, sin sentimientos, que avanzaba por la vida, tratando de curar el sufrimiento de extraños, sin reparar en el propio. Eso parecía.

Siempre, en las peores situaciones, sobre todo en la sala de Emergencias, trataba de mantener su mente despejada y evadirse en un recuerdo amable, generalmente de vivencias sencillas. Había recordado la feria de atracciones otra vez esta semana. En aquel entonces Darlene, de once años , rogó hasta el cansancio poder subirse a la rueda de la fortuna. Irma consiguió el permiso, con el juramento que si algo le sucedía a la niña, era su entera y absoluta responsabilidad. Subieron juntas y el panorama de la ciudad acalló los gritos de ambas. Las luces multicolores, el atardecer anaranjado y púrpura. La música. Los rostros extasiados de los otros ocupantes de la rueda y aquella pareja que se mostraba inmensamente feliz. Irma les envidió con infinita pena. Su matrimonio con Rick había acabado de una forma brutal e inesperada. Su corazón estaba profundamente dolido, más cuando su hija decidió irse a vivir con él.

Mira por la ventana, mientras revisa en las fichas pegadas a la tablilla, si quedan más pacientes que atender. Le toca el turno de la noche, acompañada del anestesista que resuelve crucigramas para no dormirse.  Piensa nuevamente en Darlene y en la rueda de la fortuna. Cómo la vida de su hija giraba ahora a un ritmo que nadie controlaba, ni siquiera ella misma. Vuelve a observar por la ventana y a lo lejos distingue las luces de una feria. Sonríe con tristeza. Una larga noche le espera. Aún recuerda el quejido de la niña que ha pinchado para sacar la muestra. Por alguna razón extraña, recuerda los quejidos de dolor de sus dos hijos. Gaspar ha discutido con ella esta mañana. Espera poder hacer las paces al día siguiente. Nada la descompone más que discutir con él. Es cruel y arrebatado, como es su padre. Cruel, muy cruel.

Este turno es el más tedioso de todos. Vuelve a observar las luces de la feria. Se ubica imaginariamente en la rueda de la fortuna y siente el viento en su cara, el paso inegable del tiempo, traducido en la lenta vuelta del mecanismo, escucha el rechinar de los engranajes del gigantesco aparato. Las risas de los otros. Mira su reloj. Está recién empezando. Revisa la batería de su teléfono móvil. Lo ubica en su bolsillo y lo deja en sólo vibrar. Avanza por el pasillo y cierra la puerta tras de sí. El anestesista abre el periódico y la bolsa de galletas saladas. Ha traído un concierto, le comenta, mientras se limpia la boca con una servilleta. Ella no le escucha. Aún ve a lo lejos las luces de la feria.

Es que eres la Mamá

Ya termina el noticiero. Las mismas nuevas repetidas hasta el infinito, día tras día, por la cajita hipnotizante, que luce imponente en mi dormitorio. Quiere llover afuera. Gotas porfiadas golpetean los tejados. Frío y escarcha. Vaho y noche. Los vecinos se dirigen corriendo a sus casas. Un humo azulino lucha por salir de las chimeneas.

Escucho repicar el teléfono. Lejano, suave. De pronto, se torna molestoso, urgente. Contesto. La voz de mi madre. Escucho nada más que su voz al otro lado de la línea. Llora suavemente. Me congelo. Apago el televisor. Me concentro en su voz. Pregunta, inquiere, hace pausas, escucha. Me congelo. Mi boca se torna seca, mi respiración no me alcanza. Me evado en un recuerdo. No puedo. No encuentro ninguno.

Era seria y de pocas palabras. Abrazos espaciados, caricias sólo en caso de dolor y la firme resolución de criar una familia numerosa con sólo un ingreso. Los recuerdos de la infancia se mezclan entre risas y juegos, entre libertad y espacios abiertos. Jamás una inquisición por tal o cuál disparate venido a la mente infantil de su prole. En el gran caserón, había espacio para todo. Actos de circo, magia, investigación, teatro, jardinería, construcción. Todo era posible y esa era la consigna. Todo era regulado por su sabiduría siempre exacta, su tino siempre perfecto. Sus conocimientos irrefutables. Pilar fundamental, espacio infinito sin pausas ni treguas. Enfermera, profesora, economista, sicóloga, cocinera. La roca que golpeaba el mar de las enfermedades y los sinsabores de la existencia. Ahí se refugiaba la familia y ya no había más temor. Ahí se terminaban las pesadillas y los dolores. Todo se transformaba en calma. Todo era más sereno al calor de la mamá.

¿Estás ahi? Inquiere su voz nuevamente. ¿Qué hago? me dice en un suspiro que suena a súplica. Me miro en un espejo imaginario y no sé francamente qué decir. Quisiera evadir la pregunta, la situación entera y volver a nuestra casa, al olor del pan recién horneado, a la tranquilidad de nuestro existir. No sé qué decirte, mamá. Consulta a los médicos que se han  llevado a papá al hospital, digo de último, en un intento de escabullir toda responsabilidad. Todo se me cae, mientras su voz me sigue susurrando los hechos. La enfermedad repentina, el dolor desfigurando la cara de mi padre. Los trámites tediosos, los diagnósticos médicos alarmantes y dispares. Puede morir, me dice en medio de la cantinela y mientras me convierto en un ovillo digo, más para mí:  No, mamá, eso no va a pasar.

Le pido un minuto. Corto con ella. Llamo al hospital. Averiguo el estado general de mi padre. Lo van a intervenir. Aviso a mis hermanas. El diagnóstico es reservado, llame en una hora más. La metálica voz de la enfermera de turno me vuelve a mi lugar. Mamá, mamá, prepárate, yo voy en camino. Escucho su voz aliviada. Escucho su respiración más pausada y por un segundo que parece horas en el martillar de mi cerebro, siento que es tan injusta. Por qué ahora deja de ser quién es, si lo sabe todo, es LA MAMA. No me abandones ahora, que yo sí tengo miedo, que yo tampoco sé qué hacer.  No te vuelvas vulnerable, no me preguntes, no me hagas decidir. No dejes de ser la Mamá.

Lágrimas corren apuradas. Tengo miedo. Tengo mucho miedo. Siento, por vez primera, la vulnerabilidad del existir. Te abrazo, mamá y te siento tan pequeña, tan frágil. Tus ojos están hinchados, tu piel luce cansada, tus manos. Tus manos siguen como siempre mamá. Te miro desde el fondo de mi corazón y entiendo que sufres. Caminamos juntas. Te escucho. Hablo tonterías para hacerte reír. Nos remontamos juntas a los días de mi niñez y sospecho que entonces también tuviste miedo y también tuviste que hacer de tripas corazón y tragarte tus lágrimas saladas y tu dolor, para  permanecer incólume, pragmática, organizada, que es como yo te recuerdo y como me enseñaste a ser.

Soy egoísta mamá y lo reconozco. Quisiera que nada cambiara y que me abrazaras más seguido. Que me digas que está todo en calma y que esta vuelta inexorable de la vida no sucederá. No quiero que dejes de ser tú. No quiero reemplazarte en las decisiones, porque lo has hecho fantástico desde que tengo memoria de los hechos. No quiero que me digas que no sabes. No quiero verte dudar, no quiero, porque sé que eres la Mamá y en esa sola certeza, está todo donde se supone que debe estar.

madre

En el Altillo

arce

Déjame ser, reza la frase en letras de molde color amarillo fluorescente, que se planta en la mitad del cielo raso. El poster de James Dean le mira justo frente a frente, mientras la vieja maleta decorada, en su interior, con papel decomural de grandes flores, guarda sus pertenencias y a veces, algunas otras cosas. Es el espacio de su rebeldía. Es la frontera de su independencia. La frase que se ilumina por las noches; cuando los reflejos de la luna traspasan las hojas del árbol de arce, guardias de la delicada ventana de madera, es la que guía su existir.

La lluvia, cuando cae, invade furiosa, con sus sonidos de locura, el techo de zinc envejecido que está demasiado cerca. El ruido le impide, invariablemente, dormir. Siente que el chaparrón se cierne dentro de su misma habitación e imagina un diluvio inundando sus pertenencias, su espacio, su vida entera. El árbol golpea insolente, azotado por el viento y la sensación de pequeñez que le embarga es incontrolable. Mira todo su universo fragilizado por el chaparrón. Todo parece diluirse con la tormenta, todo parece remecerse con el golpeteo de las ramas en la ventana.  A veces, logra conciliar el sueño, pero la posición fetal forzada le hace complicado el descansar.

Las mañanas son lo mejor en esta habitación. El sol aparece por los lugares más impensados, iluminando las tablas de laurel que componen el cielo raso, una al lado de la otra, con rigurosidad bucólica y repetida hasta el infinito. Las dimensiones de la habitación son tan irregulares, la puerta de entrada es tan exigua, sólo el pestillito de bronce le da la sensación de privacidad. La lámpara, resto último de un gran candelabro que, alguna vez, iluminó un sitio mucho más elegante que esta casa, le proporciona la luz necesaria, en la heladas noches invernales, para seguir a los protagonistas de los libros que devora.

La sensación de pertenencia con cada tabla colorada del piso le asigna una importancia dramática a este espacio, al que ha llegado por casualidad, después de recorrer el gran caserón,  hasta llegar aquí. Un espacio planeado para lo oculto. De  niña, imaginaba a princesas prisioneras condenadas a vivir en esta mínima habitación, presas de la locura y la desesperación. La ventana es la única fuente de luz, la única conexión con la vida en el exterior. Debajo está todo lo demás. La huerta. El jardín. El cerco de madera. La calle. La vía férrea. Esta misma calle se inunda frente a sus ojos y se cubre del polvo naranja y marrón en las estaciones extremas. El olor del árbol le invita a abrir la ventana, cada noche de primavera, hasta que el verano arrogante hace su entrada y castiga el techo de latón viejo, haciéndole retorcer en complicadas contorsiones que se escuchan claras desde la habitación, muda testigo de esta tortura.

Cada sonido. Cada respirar. Cada línea leída. Cada espacio conquistado. Cada pequeño microorganismo que vaga perdido entre los pliegues de la pared, por debajo del póster de James Dean y entremedio de las cajetillas de cigarrillos de colección que decoran la pared, al lado de la ventana. Todos sufren, en silencio, el cambio de sus formas cuando el atardecer dibuja las hojas del arce en sus sofisticados logos.

La ventana es justo de su tamaño. Si se ubica sobre el alféizar puede ver las planicies y los atardeceres por sobre las casas de los vecinos, mientras el humo de su cigarrillo escapa en estelas indefinidas, por los espacios que deja su cuerpo. Sólo una hoja puede ser abierta con seguridad.  A veces, se arriesga y abre ambas. La sensación de amplitud es infinita, mientras las semillas secas del arce caen en miles de vueltas como diminutas hélices, en bailes secretos, arrastradas por el viento.

Es esa misma precariedad la que, esa mañana, le conmina a empacar. Debe deshacer todo en minutos que corren en su contra. Debe eliminar cada recuerdo. Cada marca. Cada segundo vivido en este espacio. Ver caer lentamente a su amigo el arce, abatido por la insolencia de una motosierra, aprieta su corazón en una mueca de dolor. Nunca más las sombras, nunca más los golpeteos. Nunca más la privada sensación de abandono, angustia y libertad. Días después, nada quedará erguido. Todo está en sus recuerdos. Cada olor, cada sonido, cada brizna de polvo empujada por el viento. Ni los libros lo han impedido, ni su imaginación. La verdad es patente. La frase de su techo queda suspendida en un espacio al que nunca más volverá a recurrir. Se queda, sin embargo, congelada en los rumores del altillo y sólo después de mucho tiempo, podrá reproducirlos sin sentir dolor.

Emilio

Ninocazando1957

Su madre se volteó con furia y no hubo forma de que el hombre pudiera sacarle una sonrisa o  un beso. Bufó como una bestia dolida y siguió torcida para no verle partir. Él cargaba un saco de lona con algunas pertenencias y las pocas monedas que le quedaban en sus bolsillos, las dejó en sus manitas coloradas. Es el último recuerdo que Emilio tiene de su padre.

Aún puede ver sus manos pequeñas, llenas con los círculos de cobre opacos, las lágrimas asomando de los ojos de sus hermanos y él sin entender por qué su padre los dejaba.

Durante años, la voz de su madre le martilló constante que el padre había sido un desgraciado, un bandido y un mal nacido que nunca les recordó. Que se había ido muy lejos y que tenía otra familia que mantener. Que los había olvidado completamente y que no valía la pena ni siquiera su memoria. Sin embargo, no pasaban aprietos. De alguna parte mágica, ella sacaba para el sustento diario. Nunca fueron ricos, pero en las peores épocas, cuando la gente moría de hambre en Barcelona, ellos tuvieron siempre qué comer. Incluso hubo dinero para un médico, cuando su hermano Ernesto se accidentó  y casi perdió el brazo. Su madre estaba siempre en casa, cosiendo y haciendo morcillas y quesos que podía vender, pero él no era idiota, sabía que el dinero venía de alguna parte y era más del que ella producía.

Pronto, apareció don Sancho, con sus ojos inyectados y su sonrisa torcida. Le hizo un hijo a su madre que murió después de nacer  y luego, desapareció. No hubieron más palabras para mencionar al hombre, sin embargo, el dinero seguía llegando. Puntualmente, cada fin de mes, su madre se ausentaba por algunas horas y volvía con los brazos cargados de provisiones. Ayúdenme chavales, les gritaba desde lejos, porque sus piernas llenas de várices, le impedían seguir caminando. Compraba sin prudencia y más de lo que eran capaces de consumir. Demasiadas cosas terminaban en la basura o con los puercos, porque su madre se negaba a dejar ese hábito enfermo. Muchas veces quisieron convencerle de ayudarla a manejar esos valores, pero ella se negaba tercamente. Su hermano Esteban quizo estudiar, pero ella no lo permitió y se marchó un buen día de verano, como lo había hecho el padre mucho antes y nunca más se supo de él.

Ernesto también se fue un día, con los ojos inyectados como don Sancho. Bebía más de lo prudente y su estómago se le revolvía por las noches, en eternas sonajeras que no dejaban a nadie en paz. Después de su accidente, encontró trabajo en los muelles y sólo se dedicaba a la bebida. Algunos le vieron subirse a un barco y desaparecer con la marea de la tarde.

De pronto, Emilio se dió cuenta de su soledad. Todo lo que poseía era la escopeta, regalo del abuelo paterno a su hermano mayor y que este olvidó debajo de la cama, cuando se fue. Todo con lo que podía contar era un profundo rencor por el padre que se había ido, pero no podía sentirse cómodo en ese sentimiento. Había escuchado a su madre, en una cantinela enferma, día tras día, mes tras mes, durante todos estos años y lo que más le importaba era que aún no lograba una satisfacción del origen del dinero.

Ella empezó a comportarse extraño una mañana y ya no pudo moverse a la siguiente. Sus piernas habían sido tomadas por asalto por aquellas culebras color púrpura  y de tan hinchadas, no podía ni tocarlas. Se tumbó en su cama y siguió escupiendo el odio como había sido su costumbre. Un buen día murió, tal vez envenenada por sus propios fluidos. Nunca quizo ver un médico, por su porfía de toda la vida y porque el dinero desapareció al mismo tiempo que ella perdió la movilidad y no fue hasta que su tía Encarna lo encontró un día, y le entregó  una ruma de cartas selladas, que pudo entender la verdad.

Emilio las abrió una por una y recordó todos los pasajes de su niñez. Todos los trabajos y los pesares, las lágrimas y el dolor. Los motes de abandonado que hubo de soportar en la escuela y la constante incertidumbre de no saber porqué aquel que tanto cariño les había prodigado, les había dejado atrás. Leyó con cuidado y muchas frases le quedaron grandes, porque escuchaba de fondo la voz odiosa de la madre. Un sentimiento como la brea le inundó. Contó los billetes uno por uno. Revisó las fechas de las cartas otra vez. Miró la vieja escopeta y decidió enterrarla en el patio justo donde estaba la tumba de su madre. Preguntó a su tía Encarna hacía cuánto que esos sobres llegaban y ella dijo al irse tu padre, unos tres meses después, y nunca ha faltado ninguno. Todos los ha recibido ella, todos y cada uno, excepto los que tienes en tus manos. Preguntó también dónde quedaba el puerto principal del país del remitente y ella le contestó.

Dos días después, Emilio compraba un pasaje a Valparaíso. Estaba decidido a terminar esta locura, sacarse esta brea oscura que rondaba su corazón. Estaba decidido a matar a su padre.