Para Elizabeth

Cuando colgaste, me quedó la sensación de que nunca podríamos vernos. Aún tenía tu voz en mis oídos. Es de las pocas cosas que me arrepiento, no haber viajado a visitarte cuando pude hacerlo. Ahora, ya es tarde.

Confío en tu buen juicio y en tu inmenso corazón, porque sé muy bien que está cargado del mismo amor que llena el mío. Disfruto tus palabras y quisiera que la distancia no nos separara tanto, que la línea del teléfono nos aproximara lentamente, para poder abrazarte, para poder preguntarte por qué. Me sumerjo en tu voz y trato de imaginar un pasado feliz. Aquel a quien amo vibra de emoción con esos recuerdos y siento profundamente que es el hijo de tu corazón.

Me mencionas que vienen regalos para nosotros, pero creo que el mejor regalo sería gozar de tu compañía, leer libros juntas, escuchar tus historias, compartir pasajes de tu vida y hacer interminables listas con lo que el tiempo nos ha dado y que ha sido de provecho y vale la pena enumerar. Estoy aquí para cuidar al que más quieres, aunque no sea un buen sustituto de tu cariño. El tiempo y las estaciones nos han dado diferentes perspectivas de la vida. Quisiera tu consejo amable, tus recetas, tus libros de cuentos, tus recuerdos, tu paciencia infinita, tu voz tranquilizadora y dulce. Escucharte decir que todo está en su sitio, que nada está perdido, que la medida del amor es sólo eso y no vale de nada si no existe ese algo a medir. Quisiera tantas cosas y sólo me queda conformarme con tu voz en el teléfono.

Recorto esta historia lentamente y planeo hacértela llegar. Espero que alguien tenga  a bien leértela y que ese alguien te pueda dar un abrazo. El mismo que te mando hoy día, cuando esta delgada conexión ya se ha ido.

 

La Radio

Ese año había reprobado. Me sentía un paria, un bicho raro en la atmósfera siempre glamorosa de mi hogar. Mi madre y sus sesiones de lectura y arte con los autores más consagrados y las nuevas revelaciones. Mi padre y sus reuniones de negocios. Mi hermano mayor y sus amigos universitarios, hablando de política, cambiando el mundo y en medio estaba yo, reprobado de la escuela elemental. Un fiasco. Un total fracaso.

Mamá lo tomó con calma. Me llamó aparte y me convenció de que no era gran cosa. Que podría ser peor, que habían otras cosas más terribles de qué lamentarse. Acto seguido, indicó que me tenía una nueva tarea para ese verano. Yo arrugué mi nariz. Me imaginé inmediatamente a la tía Beatriz, dándome clases, en las tardes calurosas; mientras mis amigos corrían libres, sin obligaciones ni horarios, comiendo fruta y helados hasta hartarse y zambulléndose sin tregua en la gran piscina de los Grant. Estaba ya sintiendo la acidez de mi suplicio, cuando mamá me estiró la nariz con un beso y me dijo que me había conseguido un empleo. Iba a ser el ayudante del abuelo Benjamín.

El abuelo era Médico. Un personaje todopoderoso. Respetado. Querido por todos y motivo de orgullo desmedido en nuestra familia, que había proveído de otros eminentes facultativos a esta gran nación. El abuelo era de una inteligencia que asombraba, de una perfección en sus maneras que provocaba devoción y con una elegancia digna de un rey. Su cabello peinado a la gomina, la flor de la estación, impecable, descansando en el ojal de su chaqueta y su Lincoln Continental de 1950, conducido por Baptiste, un negro antillano, flacuchento pero erguido como una estaca, con una historia  tan tétrica a sus espaldas, como los tatuajes de marinero que colgaban de sus brazos y que cuidaba de no exponer a la prestigiosa clientela de mi abuelo ni a nadie en todo el pueblo. Callado y de ceño adusto, lo único que escuché de él, desde que lo conocí hasta que murió, fue “a su orden, señor” con una voz rasposa y grave, que me causó siempre miedo.

El abuelo me indicó mis deberes clara y pausadamente. Su aroma a perfume francés me aturdía, pero sus manos eran suaves y tomó las mías con cariño. Yo estaba fascinado. Era algo tan simple, pero a la vez tan importante. El abuelo estaba orgulloso de mí, lo dijo claramente y salimos juntos, esa mañana luminosa, a dar su ronda de visitas por el condado. Baptiste sabía el recorrido desde antes y sin que le dijeran nada, dirigía el gran vehículo al destino siguiente. Mi tarea consistía en cargar el maletín del abuelo y en medio de la consulta, facilitarle los instrumentos, con cuidado y con respeto, como él se lo merecía.

En su casa, había una criada colorina, de piel alba salpicada de pecas y dientes grandes, que me daba leche con galletas, mientras esperaba a que mi abuelo estuviera listo para nuestra ronda de trabajo. Ella venía de Escocia y se llamaba Aileen. Poseía una virtud mágica, estaba en dos lugares al mismo tiempo. Me gustaba verla, con su uniforme negro riguroso, sus puños blancos inmaculados y su cofia de medio lado, hablando en un idioma ininteligible para todos en la casa, excepto para mi abuelo, que le respondía de la misma forma. Me gustaba adivinar por cuál puerta de la casa ella iba a hacer su nueva aparición. Aileen le entregaba a mi abuelo, todas las mañanas, el maletín, con una venia, apareciendo por un lado y acto seguido, aparecía por otro, entregándole su sombrero. Era mágico.

La visita de esa mañana estaba cargada de seriedad. La viuda Grant estaba muriendo. Lo había estado en los últimos seis meses, decía el abuelo y había que ser muy cuidadosos. Entramos con sigilo, pero escuchamos música. Música de foxtrot. Un viejo tema, acompasado por un sonido, como si alguien llevara el ritmo, en el suelo de parquet. Nos acercamos lentamente hasta el cuarto de la radio y sucedió algo fantástico. Mi abuelo la detuvo sin tocarla. Yo no podía creerlo. Me miró sorprendido y se acercó lentamente al aparato. Escuchó con atención y me pidió que me acercara. Dejé el maletín en el suelo y me  aproximé temblando. Agucé el oído y ahi estaba, el corazón del abuelo, haciendo interferencia en la vieja radio.

Nos sentamos en frente del aparato y él me indicó, con profunda calma y parsimonia, cada fenómeno, como en una de las clases que dictaba en la universidad. Cuando la sístole bajaba la frecuencia y la díastole entregaba el paso a la sangre. Cuánto tardaba cada cambio. Cómo operaba cada ventrículo de su cansado corazón y por último, por qué había logrado detener la radio.

Revisó a la paciente en privado y nos fuimos a casa, pero antes nos detuvimos en la heladería. Un gigantesco cono de helado me tapó la cara y sólo recuerdo la voz del abuelo, explicándome el fenómeno de la radio otra vez. Su marcapasos había intervenido las ondas y era por eso que había producido esa “conexión”. Pensó en voz alta sobre diversos fenómenos cardiacos, especialmente la afección de la viuda Grant y al mirar mi expresión de perplejidad, me dijo de pronto, cambiando bruscamente de tema: Aileen tiene una hermana gemela, que trabaja con nosotros. Ella es la que te confunde con sus entradas intespestivas. No hay magia, hijo querido. Me gustaría tenerla, pero es imposible. Sus ojos se ensombrecieron, por primera vez y entendí que él sabía que no tenía todas las respuestas.

Me hubiera encantado estudiar medicina, pero mis fracasos escolares marcaron mi paso a la adultez. No me quejo, he tenido una vida muy interesante y muy movida y todo lo que me enseñó el abuelo, lo he puesto en práctica de una u otra forma. Como hoy, que escucho tu corazón tan cerca del mío, mientras te cuento esta historia.

Espectros en el Panteón

Mi padre siempre tuvo una morbosa inclinación por la muerte. Le fascinaba. Recuerdo claramente su sonrisa torcida y sus manos frotándose una contra la otra, cuando aparecía alguna nueva atracción u objeto relacionado con rituales funerarios. Llenó su estudio con máscaras de distinta procedencia, la cabeza diminuta de un jíbaro y tres calaveras que alguien le fue a dejar a la puerta de la casa, una tarde después del primer día del monzón, amén de la sarta de libros y fotografías con las más dantescas ceremonias de muerte y sepultación que pudo encontrar.

Cuando recibió la información de la exhibición de la momias, no dudó un segundo. Buscó su sombrero Panamá y se calzó sus mocasines náuticos. La sonrisa de su cara tenía algo de maquiavélico y alucinante. Sus ojos le brillaban y me tomó la mano con un vigor que había extrañado en los últimos años.

Bajamos con cuidado la escalera de caracol. El aire olía a tierra y humedad. La bombilla diminuta de la mitad de la sala, amenazaba con apagarse cada cinco segundos, mientras un haz de polvo compacto descendía desde ella y hasta tocar el suelo, compuesto por minúsculas partículas que danzaban al compás de un ritmo extraño y silencioso.

El encargado tuvo especial atención con mi padre. Le dió la mano afectado y le llevó aparte un minuto. Ví que se metió la mano a su bolsillo y con la misma sonrisa alucinada que no le abandonó en todo el recorrido, sacó un fajo de billetes que se lo puso en la mano, sacudiéndola con alegría. El hombre se retiró y quedamos los dos solos. El piso de tierra se levantaba a cada uno de nuestros pasos. En una esquina, oculto por las sombras y una deformación de la pared, estaba el primer protagonista de esta exhibición de locura. El doctor Remigio Leroy, primero en ser exhumado y puesto en esta pared de arcilla y caliza. Lo dejaron ahi por accidente y mientras tanto, luego se personificó como el encargado de dar la bienvenida a esta función terrorífica e hipnotizante, que se extendía por varios metros. Todas las momias lucían francamente atemorizantes. Rostros torcidos por algún dolor o en un grito de ultratumba, tal vez como forma de protesta por haber sido sacadas a la fuerza de sus cómodos aposentos y yacer ahora, impúdicas, contra la pared. Estaban vestidas, algunas tenían alhajas y sus barbas y pelos estaban en perfecto estado, comentaba mi padre afiebrado, aspirando los humores que venían de los cuerpos. Anda, me decía, tócalas, si no hacen nada. No están ni frías. Es fascinante, repetía, fascinante.

Caminamos por otro rato, yo asfixiándome con el polvo en suspensión y él totalmente idiotizado con las imagenes perfectamente conservadas por el tiempo y los elementos. Tocaba cada pieza, metía sus manos a los bolsillos de los muertos y admiraba la disposición que tenían a lo largo de la pared. Habían algunas que les faltaba un dedo o parte de su ropa estaba raída. Me explicó que ciertas personas robaban pedazos de las momias, porque las consideraban mágicas. Yo pensaba que entre esas personas, estaba él también y estaba seguro que el fajo de billetes que le dió al encargado, era el precio por llevarnos una de estas pobres almas atormentadas con nosotros. Me dieron escalofríos de pensarlo, pero mi padre tenía esas excentricidades y otras más que fui descubriendo a medida que fui creciendo. Todo lo que quería, siempre se las arreglaba de tener. Su sonrisa, su amabilidad y su fascinante curriculum de hijo consentido del doctor más reputado del estado, le abrían todas las puertas.

Terminamos finalmente el recorrido, mientras el polvo de la habitación se nos había metido hasta la médula. Mi padre estornudó ruidoso y se limpió la nariz con un pañuelo impecablemente blanco. La arcilla había tomado posesión de sus pulmones y tornó en rojiza la tela. Se rió al instante y dijo que antes de ir de vuelta al hogar, debíamos lavarnos muy bien las manos y la cara. Era esta combinación de elementos que había permitido a estas criaturas preservarse en el tiempo, dijo con aires de sabio y su morbo, completamente satisfecho .

Subimos la escalera de caracol y la vista de las momias colgando de las paredes, mientras los haces de luz trataban de iluminar este purgatorio, justo debajo de la capilla del cementerio, me pareció increíble. La tengo guardada en mi memoria, sin que nada la haya alterado. Tal vez, como decía mi padre, la combinación de los elementos permitía la conservación. La pequeña momia que llegó a mi casa, al cabo de un par de días, encerrada en un frasco de conservas y cubierta por un trozo de tela ordinaria, desapareció una semana antes que muriera mi padre, cincuenta años después. El mozo de la casa comentó que papá decidió abrir el frasco y dejar que el aire hiciera lo suyo. “Quería descansar”, le dijo, en un último acto de piedad por la criatura, que le había visto cada mañana realizar su quehaceres y ser la estrella de su colección.

Cuando Doblan las Campanas

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Mi cuerpo entero se remece con la vibración. Mi corazón late desbocado por el esfuerzo de la subida y la emoción de estar en lo más alto. Desde la primera vez que escuché esta música monótona pero hipnotizante, he querido estar aquí. El sol se va perdiendo en el horizonte, mientras los habitantes de la ciudad van saliendo lentamente a disfrutar del frescor de la tarde.

Han sido ciento dieciséis peldaños exactamente y una semana de ruegos para poder estar donde me encuentro. El olor de los cirios empalaga todo el aire y la transpiración de los fieles traspasa las murallas de piedra que demoraron cien años en terminar. Las puertas de hierro que flanqueaban la entrada se abrieron de par en par en una premonición de la grandiosidad de mi experiencia. Contengo el aliento mientras escucho los pasos secos del verdadero protagonista de este evento. Sus manos están frías, sus pies van calzados por delgadas alpargatas de cáñamo y jadea por el esfuerzo de la subida. Sordo como está, por señas me indica la distancia a la que debo ubicarme y procede a tomar su posición, mientras las aves que anidan en los altos de este gran monumento empiezan a emprender el vuelo, conscientes del espectáculo que se avecina.

Empuja la primera gran mole de bronce que lentamente empieza a oscilar, luego la otra, luego la otra, en una coordinación aprendida por el oficio practicado por años. El arco aún no es el adecuado y el sonido no alcanza a producirse. Sigue dándole impulso a cada una, como un padre devoto empujando un columpio imaginario, hasta que la primera estalla en un repique grave y profundo, que se mantiene en el ambiente, amplificado por la piedras, por el aire, por los pájaros que vuelan en franca estampida y por el calor de la tarde que empieza a ceder a la entrada pausada del ocaso; luego, se unen todas al concierto, mientras el edificio entero retumba con las ondas del sonido.

El campanero sabe que es la estrella en este instante de la tarde y saborea el momento. Sabe cómo hacer más espectacular la escena, empujando con fuerza, con decisión y con lujuria en un paroxismo de antología, cada pieza de bronce que se balancea decidida, llenando toda la nave con la elípsis de su movimiento. El público de la plaza se hipnotiza, mientras las aves vuelan en complicadas rutas en el aire, colmando el cielo con sus colores y la tierra entera se enmudece al tañir de las campanas, que llaman a Dios en clamores repetidos por tonos amplificados por la dureza del metal.

El día está casi terminando y mi corazón se esfuerza por seguir cada nota hasta su término repetido miles de veces en la reververación que se lleva el aire. Mis sentidos se pierden en la grandiosidad del espectáculo y siento, dentro de mí, los latidos de cada una de ellas.
SAN MIGUEL DE ALLENDE – 01 ENERO 09 by chrieseli

Castrojeriz

camino

Largos días en el camino, largas horas consigo mismo, descubriendo un paisaje y un hombre nuevo en cada paso. Avanzaba con confianza, pero con dificultad. La niebla le hacía frente cada mañana y los rayos del sol del mediodía le impedían dominar la visión maravillosa de Castrojeriz.

En las noches, sus piernas se llenaban de calambres y cambiaba prolijamente las vendas de sus pies, sentado en las afueras de los albergues, surgidos entre toda la masa transhumante y perdida que buscaba encontrar la sal de la vida en esta ruta, que muchos creían milagrosa y sanadora. Estuvo sentado aquella noche más tiempo de lo habitual, contemplando la campiña, aspirando los olores que parecían tener vida propia en un tiempo anterior a este, cuando todo era piedra y mineral, cuando todo era camino y fe. El sabor del vino se le pegaba al paladar y los pedazos de la hogaza eran compartidos por todos los que buscaban, esa noche, encontrar algo distinto para llenar sus vidas.

El soplo del aire del oeste le trajo un recuerdo palpable, vivo, descarnado. El aroma del hogar, la voz de su padre, las largas carcajadas, las conversaciones sin prisa ni destino. Los abrazos sinceros. Todo lo trajo el viento en un segundo nada más, haciéndole olvidar las vendas para sus pies y dejando caer la bota  a un costado de su silla. Estaba ahi, junto a él, diciéndole que estaba orgulloso, que jamás habría hecho algo semejante y que su alma se embellecía a cada uno de sus pasos. De pronto se fue. Tal como había llegado, se fue.

La mañana siguiente se presentó extraña, cerrada, brumosa, difícil, melancólica. Las cabras que pastaban a los alrededores se negaban a avanzar más lejos y se quedaban mirando a los peregrinos que, de tanto en tanto, aparecían, enérgicos algunos, cansados y abatidos otros. La niebla cubría las montañas, el aire se hacía difícil de respirar y las humildes chimeneas de piedra exhalaban un vaho blanquecino que se perdía en el cielo. Caminó por varias horas, sintiendo un peso superior a su mochila y sus pesares cotidianos. Caminó un calvario extraño y sin dolor, pero con una profunda nostalgia. Escenas familiares se le aparecían de cuando en cuando, como crueles latigazos en la fragilidad de su memoria, llevándole a hechos pasados, ya inútiles de recordar. Las risas de sus días de infancia enjugaban sus recuerdos y le traían los sabores del ayer, mientras, a cada paso, la carga de sus memorias le hacía trastabillar.

Al fondo del escenario y en la loma, precedido de la piedra angular con el símbolo de los caminantes, la iglesia de Castrojeriz se alzaba protectora y salva. Se acercó, mientras el sol empezaba tímido a salir. Entró confiado a la iglesia y se quitó su pesada mochila. Calzó sus sandalias y se acercó al altar para refrescar su cara, sus recuerdos y su alma con el agua bendita de la fuente. Al  cabo de un rato, la iglesia se fue llenando de feligreses, cubiertos por mantillas negras las mujeres, ancianos de barbas canas y sin dientes. Él se acomodó al final de la nave central y escuchó con respeto y atención, mientras el sol inundaba los campos y la paz llenaba sus pensamientos.

Avanzó otros veinte kilómetros esa tarde y ,al llegar al poblado, consultó por un teléfono. Discó el antiguo número de la casa de veraneo de su familia y el mayordomo, consternado, le avisó del deceso de su padre. Había muerto en paz, dijo, una mañana sin nubes ni viento, pensando en su sonrisa amplia, su travesía y su voluntad. Sus últimas palabras fueron para desearle un buen viaje. Estoy orgulloso de ti, dijo entre sueños, como si lo estuviera viendo, mientras él estaba al otro lado del mar, caminando en una mañana brumosa. Era como si hubieran podido verse, como si hubieran podido alcanzarse.

El rumor de las voces en la misa aún le llenaba los oídos, el dolor de sus piernas aún le acompañaba, pero el peso de su alma se había marchado. Otros días más de travesía y habría llegado al final de este viaje, pero aquel viento del oeste estaría mucho tiempo presente en sus memorias,  hasta que una noche de lluvia, mirando el fuego, me lo contó en susurros, para no olvidar que había pasado.

Casacanelo

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Al llegar, la primera vez, era invierno y la lluvia se filtraba por todos lados. Venía del cielo, pasaba entre los árboles y se pegaba en la hojarasca medio muerta del suelo. Las enredaderas hacían difícil caminar para ver la tierra en toda su extensión. Un campo de helechos, duros e insolentes trababan su paso cada vez. En el fondo de la propiedad, la vista se abría en un campo de labranza que dejaba ver el panorama en todo su esplendor. De pronto, un rayo de sol trajo un arcoiris que atravesó todo el cielo, por encima de las nubes grises que amenazaban otro aguacero. Entonces decidió comprar.

Al tomar la decisión, puso todo su empeño, como era su costumbre en situaciones por el estilo. Delimitó su tierra ayudado por delgadas hebras de plástico y banderas improvisadas con bolsas de supermercado, que colgó aquí y allá. Construir era su mayor felicidad. No podía esperar para empezar.

Revisó con cuidado la flora del lugar. Determinó los espacios húmedos y trazó en su mente los planos de la construcción. Improvisaba dibujos en tapas de cartón y trozos de madera, incluso en un cuaderno de caligrafía que encontró por accidente.

El lugar para su nuevo hogar se lo mostró un chucao, un día de sol excepcional en que la luz entraba entre las copas de los grandes árboles de canelo. Había que esperar que el tiempo mejorara, pero el sitio ya estaba decidido.

Las pequeñas ranas se acercaron curiosas cuando empezaron a trasladar el material de la construcción. Incluso la gata, que llegó dentro del camión que transportaba la grava para el camino, le miraba intrigada y se paseaba coqueta por sus nuevos dominios. Había decidido quedarse, como él también lo había decidido. El aire era puro y , en la bruma del amanecer, podía verse el fantástico espectáculo de los bosques humedecidos y los pájaros del lugar que agitaban sus alas, desentumeciendo sus cuerpos al nuevo día.

La estructura se alzó despacio y sin molestar a nadie. Incluso el tímido chucao acudía cada mañana a darles la bienvenida a los constructores. Todo avanzaba lentamente, pero no había apuro. Avanzaban como las estaciones, como se presentaban los días, como el aire.

Las noches de luna llena ofrecían un paisaje irreal y evocador. Se filtraba su luz entre los árboles e iluminaba por momentos eternos el camino y las estrellas. Decidió instalar grandes ventanales que le dejaran ver la luz de la luna y el fantástico campo de estrellas. Decidió que la naturaleza hiciera su trabajo, mientras él hacía el suyo. Que la hojarasca rellenara los espacios donde la grava no tenía cabida y que el sol lentamente le fuera iluminando en el diseño de su hogar.

Para cuando tuvo plena conciencia, estaba buscando una puerta de mañío para la entrada principal y le adicionó, en un arranque de inspiración, la portilla de un pequeño barco, regalo de un amigo excéntrico, como una ironía al paisaje.

Estaba todo ahi. El sol, las estrellas, la luz de la luna, entrando a raudales en las noches en que estaba llena; las pequeñas ranas y la gata. El bosque crecía a su alrededor y las enredaderas volvían a sus lugares de origen. La grava se acomodó caprichosa y las flores surgieron cuando llegó el verano.