Silencio

Da vuelta la cara. Se acomoda el suéter y avanza. Un silencio sideral, seco, sordo, frío, estático se queda entre ellos. Es la manera de herir. Es la única forma de evitar una confrontación que podría ser definitiva. Es el único recurso válido cuando la rabia es incontrolable, cuando las palabras cortan como cuchilladas y cuando el dolor anega el corazón de pena y de lágrimas.

Silencio. Recurso aprendido desde siempre, cuando la madre cerraba la puerta de los sonidos por semanas, en una ley del hielo que no capitulaba jamás, mientras pasaban los días sin dar muestras de notar la existencia del que había cometido el agravio. Así pasaba la vida y el remordimiento se hacía más amargo, más duro de masticar, más inapelable, hasta concluir con una mezcla de conformidad y cierta madurez en el alma de que lo hecho, hecho estaba y que nada se podría cambiar en el tiempo pasado, sólo la vida daba otra oportunidad de otro tiempo, uno nuevo, distinto. Uno diferente.

Silencio en las confrontaciones. Silencio en los hechos cotidianos que merecían un debate sincero. Silencio y nada más. Vasto, claro, definitivo, monumental. Sólo los ojos hablaban, sólo las emociones se escapaban porfiadas a través de ellos. Sólo los ojos y nada más. Como mudos testigos de un cambio de proporciones en el espíritu herido, sólo los ojos adivinaban la pena, sólo los ojos dimensionaban la rabia, sólo los ojos. 

Silencio y nada más. Eso se escucha en la casa. Eso y los pasos contenidos, los quehaceres mundanos y el silencio, pesado, cruel, sectario, aplastante. Se irá algún día, bajará la guardia en algún momento y no se lamentará por lo que pudo haber dicho, con el rigor de las máquinas de guerra, sino que guardará la herida en el corazón, la curará en las noches de luna y un día de risas sinceras, desaparecerá.

El Ingenio

La turbina había apagado sus estertores demenciales de un solo golpe. Al mismo tiempo, Erwin Andler, natural de Limbach-Oberfrohna, había decidido no seguir existiendo.

Por muchos años, fue el único que llevó la luz al pueblo donde eligió vivir, desde la mañana de primavera de mil novecientos treinta y cuatro, cuando arribó por decisión propia y sin un cinco en los bolsillos. El hombre se las arregló para convencer, lentamente y con vehemencia, a la minoría alemana que habitaba en estas soledades, a usar la luz eléctrica. Todos le miraron con asombro y con dejos innegables de incredulidad, pero su energía era tan incansable y su discurso tan irrefutable que le dejaron hacer todo cuanto quiso para asegurarles un alumbrado eficiente, limpio y silencioso, como se acostumbró a discursear en cada campo donde fue recibido.

La idea se transformó en moda al cabo de pocos meses y quien había llegado con los bolsillos pelados, se arrellanaba ahora contra un sillón de terciopelo en la mejor habitación del Hotel Unión. Fiel a su austeridad teutona, ahorró rayando en la mezquindad y logró comprar una propiedad con vista al río. En aquellos años a nadie se le hubiera ocurrido que el terreno tendría un valor incalculable, sólo les parecía absurdo que alguien quisiera construir una casa donde, por las noches de verano, se llenaba de zancudos y sanguijuelas y en las de invierno, subía una neblina espesa y húmeda que amenazaba con ensopar hasta los pensamientos. Sin embargo, no flaqueó y cuando logró erigir su morada, las dimensiones de la construcción permitían gozar de la panorámica de la rivera, echar por tierra la humedad y las alimañas y tener una vivienda despejada, amplia, con corredores en ambos pisos, techos pentagonales y cada habitación completamente iluminada por la turbina a vapor que importó directamente desde Europa, y que le costó cuatro días de bueyes y maldiciones montar al lado oeste, justo donde el río formaba un remolino y existía un socavón parecido a una gruta.

Andler compraba tanta madera para hacer funcionar su ingenio, que todos pensaban que más que una turbina, tenía una caldera que alimentaba los fuegos del infierno. Sonreía ante estas especulaciones y su naturaleza reservada avivaba más la imaginación de las personas; sin embargo, su clientela crecía y crecía.

Rollos de alambre negro, cubiertos de tela de fieltro y alquitrán se apilaban en su galpón y grandes cajones de madera contenían los curiosos tapones de loza, que iban como brotecitos por el cableado, rompiendo la monotonía del negro. Todos querían disfrutar de esta decoración, aprender, como lo hacía el alemán, a pasar el mínimo hilo de cobre entremedio de los grandes rodillos de porcelana blanca que formaban el mecanismo del transformador, que bajaba la palanca de la tensión, cayendo en corte si se producía alguna sobrecarga de energía. Con maestría, acomodaba todo en un segundo y anotaba en la papeleta, con su lápiz de madera número dos, aguzado como un punzón, la fecha y la hora del arreglo. Al reverso, anotaba los datos del contador y establecía el consumo de energía de la casa.

El Regidor fue una tarde a hablar con Erwin Andler, a solicitarle, a rogarle, a implorarle que acomodara tanta maravilla que gozaba en su hogar y que tuviera a bien proveer el alumbrado público del pueblo. Estaba seguro que su inteligencia era bastante y que sabría resolver el problema. Los recursos de la comuna estaban en sus manos, no eran muchos, claro está, pero contaba con ellos, no faltaba más.

Eso iluminó literalmente la vida del alemán. Estudió día y noche, mandó telegramas e importó libros especialmente para llevar a cabo esta tarea. Prescindió de su turbina, desvió la energía que producía, en pos de este proyecto al que se dedicó en cuerpo y alma. Descuidó su trabajo, su hogar y hasta su higiene personal y cuando subió la palanca del gigantesco transformador, ubicado en lo alto de un poste del telégrafo, no cabía en su propia dicha.

Desde varios kilómetros se escuchaban los estertores de la turbina, día y noche, alimentando el fantástico ingenio que proveía de luz eléctrica a las calles del poblado. La modernidad que tanto pregonó, se veía cada noche, cuando las tinieblas se perdían y los amarillos de los focos formaban un globo sin bordes, donde los insectos nocturnos giraban lentamente, formando parte de la bola incandescente de los nuevos tiempos.

Erwin Andler no tuvo nada que ver en la decisión de apagar la maquinaria, pero sí decidió olvidarse de todo cuando se enteró. Cerró su casa esa mañana despejada de marzo y dejó precisas instrucciones de desarmarla parte por parte y trasladarla por el río, hasta la barra y de allí, por tierra, hasta el fundo de su gran amigo Heinz. El tiempo de las máquinas a vapor había quedado atrás y a sus ochenta y dos años le costaba trabajo imaginarse empinado en los postes del telégrafo, bajando y subiendo la gigantesca palanca del transformador, cada vez que había un desperfecto. El Regidor era otro y un nuevo contrato de suministro se había establecido con la compañía hidroeléctrica que interconectaba todo el país. Francamente, le importaba un reverendo cuerno, porque estaba muy al corriente de los avances tecnológicos y de su estado físico. Sabía que debía dar un paso al costado, pero mirando en retrospectiva, no era vida sin los estertores, el calor, la sonajera, el palpitar incesante de su máquinaria y la fresca bendición del río. Era una ecuación perfecta. Verla apagarse, era apagar su propia existencia. Estaban unidos. Eran un solo corazón.

Viajaron juntos, sin saberlo, años después. La turbina, rescatada de una vida inútil, guardada en un galpón, iba de vuelta a su ciudad de origen, como vivo espectáculo de un tiempo que ya se había quedado muy atrás y las cenizas de Erwin Andler, en el compartimiento de carga, junto con los retratos de su familia y sus muebles de colección, a la casa de la bisnieta, en la Sajonia natal. 

Neyen

Neyen significa respiro, me dices e inconscientemente tomas una bocanada de aire. Habíamos hablado mucho. Muchas cosas que no pensaste contarle a nadie, me las dijiste a mí. Imagenes de tu pasado distante se iban contraponiendo en sentimientos y emociones.

Neyen también significa espíritu, acoté, mientras leía sin mucha atención la etiqueta. Espíritu de los años vividos, de las experiencias acumuladas, de los errores, las culpas y los desencuentros. Tus nociones de cariño se vieron truncadas sin que te lo hubieras propuesto y sólo después de mucho indagarte, logré encontrar su destino, como quien desarma una madeja enredada por los años, la amargura y el dolor.

Me hablaste sinceramente desde el comienzo y fue desde el comienzo que sentí que podía ayudarte. Ahora, me abrazas en silencio y escucho tu corazón. Neyen también significa suspiro, me ríes azorado por el calor del contacto y las confesiones que has dejado sobre la mesa.

Esto es sólo el inicio, te digo suavemente, mientras sorbo despacito de mi copa. Estoy aquí para escucharte, como lo he hecho hasta ahora y para decirte que la culpa no es tuya, los errores han sido compartidos y sólo la esencia es la que prevalece y la tuya es fuerte y constante, es valiente y divina. Es como una ráfaga de aire que respiro y se convierte en mi espíritu.

 

El Espejo

En el portal, Beatriz intenta recobrar un poco de compostura. Al alejarse de la voluptuosa envoltura, nota como el corazón le da un puñetazo en pleno esternón. Busca su llavero. Lo encuentra, al lado del cepillo, con las mismas iniciales grabadas en el centro de un corazón de metal. Introduce la llave en la cerradura. No encaja. Prueba una y otra vez. Sin éxito. Levanta los ojos hacia la cara del desconocido, se tropieza con una mirada brillante y salvaje, ligeramente burlona. Cuando siente unos dedos deslizarse por debajo del vestido, mientras otros se cuelan por el escote, sus manos aferradas, una a las llaves y la otra al bolso, se ablandan, liberándose de su carga, ávidas por descubrir una sensualidad que le es ajena. Susana, suspira el hombre, en un bufido contenido por el cinturón que le cincha la panza. Susana, insiste, mientras los dedos del escote descienden hasta su bolsillo y en un gesto inesperado, abre.

Despierta en su cama, las llaves sobre la mesita de noche, el libro sobre el almohadón. El vestido impúdico, rajado por la caída, yace en el suelo. El moretón en las rodillas y el codo. Los tacones tirados sin vergüenza en el pasillo. Resiente un dolor en la base de su espalda. Respira y un aroma que no es el suyo invade su espacio. Diego le llama. Salimos a comer. No olvides las entradas. Las dejé en el recibidor.

Se dirige al baño. Abre los grifos y llena la tina. El olor la persigue. Suena el teléfono. Susana, siente una respiración entrecortada al otro lado de la línea. ¿Qué haces? La voz la perturba. Cuelga. Insiste el repiqueteo. Desconecta el aparato. Se sumerge en el agua. Se sumerge en el recuerdo de la caída del espejo. El gran y aparatoso espejo de su abuela, que moraba solitario en el ático, tapado con restos de telas, ropas y reinando en el caos del lugar. Se quebró en mil pedazos, cuando su puño apretado descargó su rabia contra la imagen. Era una vergüenza lo que había sucedido. Una vergüenza. Escuchaba los murmullos de todos. La comidilla del barrio. La inocua presencia de sus padres. Todo desapareció a la vista infame del tipo que la había manoseado, en la entrada de la casa, como si fuera una cualquiera. Todos los vieron. Nadie hizo nada. Ella corrió al ático y se encerró allí, por horas infinitas, hasta que reparó en su semblante reflejado en el espejo. De un puñetazo, lo rompió y mientras caía dramático y pesado, los fragmentos le mostraban su cara, cubierta de lágrimas. En algunos reía, en otros se veía serena; en otros, desolada.

Saca la cabeza del agua y se cubre con la toalla. Busca un vestido escotado. Conecta el teléfono otra vez. La línea trae una llamada. Susana, ¿estás ahí?. Te necesito ahora. Amarra su pelo, se ubica en los tacones. Se pintarrajea los labios. Llama a un taxi. El tipo la saluda por su nombre. No queda nada de Beatriz. Susana hace su entrada a la escena, con desenfado, con premura. Aprieta las llaves entre sus manos, antes de cerrar. Se acomoda los calzones descaradamente y recuerda el espejo una vez más. Diego no sospecha nada. Siempre ha jurado que es la hermana casquivana y gemela. Nunca sabrá que son una sola persona. 

La Fábrica

Se empinó  la copa de whisky hasta el fondo, de una sola vez. El alcohol le quemó la garganta, pero no lo sintió. La noticia que le acababan de dar era muchísimo más impactante que cualquier otra cosa.

Hassan Dagach había vivido toda la vida en la misma casa. Antes, había pertenecido a su padre y antes, a su abuelo. Oriundos de Nablus, hablaba apenas algunas palabras de la lengua de su tierra. Muchas veces, cuando pequeño, extrañó ser llamado inmigrante, siendo que él había nacido en este lugar, entre estas paredes, entre estas alfombras, entre los olores de las hojas de parra, las berenjenas y el trigo burgol. Esta era su tierra, pensaba, aquí estaban sus recuerdos, su infancia, sus amigos. Sus docenas de primos, que correteaban por los patios y perseguían a las damitas de la familia o se embriagaban juntos, fumando a escondidas la pipa de agua del abuelo Hassan. Él era el tercer Hassan Dagach y guardaba su nombre con orgullo, como le habían enseñado. Su espíritu fastuoso y su inclinación por la riqueza y el juego, vinieron después.

La fábrica de algodón, ubicada a media cuadra de la casa familiar, siempre le produjo respeto. Las grandes bobinas, el ruido ensordecedor, la hilandería, la sección de teñido. La anciana de joroba que pegaba las etiquetas en las grandes piezas de jersey, que todos rumoreaban había sido la amante de su abuelo y que, por la maldición del marido, tenía esa horrible deformación. Las señoritas que llegaban, en las mañanas heladas, como golondrinas, vistiendo sus guardapolvos color celeste, cada una frente a una máquina de coser, cortando y armando camisas el día entero. Era un ruido constante, un movimiento constante, un olor constante. Ese era el ritmo que definía a la fábrica. Un tiempo continuo que no paraba, que parecía que iba a llenar el mundo entero con su latir. Así sentía Hassan este lugar. Un universo paralelo, un ente distinto, con vida propia. Eso era.

Al heredarla, no quiso hacer mayores cambios. Le parecía que funcionaba por voluntad propia. El precio del algodón subía como la espuma y se esforzó en mantener al personal. Todos tenían una historia de lealtad, que por tres generaciones había probado su valor. Muchos eran hijos y nietos de trabajadores. Conocían el oficio porque estaba en sus genes. Algunos fueron gestados entre estas paredes. Hassan no podía hacer otra cosa que mantenerla. Y lo hizo, mientras pudo.

Vivía bien con las ganancias de la fábrica y de la tienda que se le ocurrió construir, creando una línea propia de confecciones que eran vendidas a precios de ganga. Un éxito rotundo. Pronto, entregaba en las tiendas de toda su parentela, a lo largo de este país, tomando contacto con otros familiares que venían a probar suerte, como lo habían hecho sus abuelos, pero no le importaba mayormente su historia. No había caso. Sólo había una cosa que le cautivaba más que sus empresas. Era el Casino.

Las luces titilantes, el ruido de las mesas. El sonido de los tragamonedas y de vez en cuando un espectáculo. Los tragos y comidas con otros jugadores empedernidos como él, que negaban su adicción al juego, como él y negaban el embrujo de las luces, como él. Perdían a manos llenas, en una hermandad enferma y díscola, que se embrutecía bebiendo tanto cuando perdían como cuando ganaban. Hassan esperaba el día sábado para vestirse con sus prendas más elegantes. Había cosechado la ganancia del día de la tienda y escrupulosamente, sólo apostaba eso. A veces, eran varios miles. Entraba y saludaba a todo el mundo. Tenía su mesa reservada, su séquito que le esperaba para vitorearle, cuando ganaba y para palmearle la espalda, cuando iba perdiendo. La magia del casino le absorbía, le trastornaba y le dejaba exánime y disuelto en miles de pensamientos que no tenían asidero ni lógica. Se perdía en los colores, en las formas, en las partidas. Se perdía.

Apura otro trago, mientras el contador le vuelve a explicar la situación. No hay forma de negociar. No hay forma de evitarlo. Estamos en la lista. Sólo tome su dinero y váyase, es mi consejo. Hassan repasa las palabras, examina el documento. Analiza el tema. Consulta a sus parientes y amigos. Varios ya han sido expropiados. El Estado tomaba las fábricas y se las entregaba a los obreros. Eran insignias de la popularidad del gobierno y eran ejemplo de lo que era capaz de hacer por los trabajadores. Muchas habían sucumbido y ahora lucían abandonadas y en franco deterioro. Ese era el destino que le esperaba a la suya, le dijeron. Tomó sus precauciones. Habló con sus empleados. Trató de persuadir, de sobornar a los dirigentes, pero todo fue inútil. Cierre la puerta por fuera, le dijo el presidente del sindicato que tomaba la fábrica esa mañana, que ahora esto es del pueblo. Usted vaya y siga jugándose la plata que le ha sacado, como sangre de las venas, a los trabajadores.

Hassan Dagach siguió el consejo y perdió mucho dinero. Luego, vendrían varias debacles económicas de las que salvó sólo con la ayuda de sus parientes y los pocos amigos que logró juntar. La mañana de ese día jueves, luego de tomarse la copa de whisky de un solo trago, firmó con la compañía inmobiliaria. Compraban lo que había quedado de la fábrica, restos retorcidos dejados por la desidia de los trabajadores, cubiertos de herrumbre por el paso de los años, añejos y corrompidos. Compraban la ubicación, el bien raíz, le dijeron. Vamos a abrir un casino.

 

Un Año

“Escribo. Escribo para no olvidar”, dice la primera línea de la primera entrada. Hace un año que escribe, inspirada por miles de voces que llegaron al galope a sus oídos y que lentamente fueron tomando turnos para contarle sus historias, para convertirse en letras vivas, en sueños fantásticos y en memorias que van llenando las páginas de ese maravilloso y liberador ejercicio.

La escritora es la traductora de los susurros de todos aquellos que han venido a contarle con calma sus pesares, sus recuerdos y sus vidas. Están todos ahi, Mercedes Pilar, Isabel, Constantino, Esteban, Amelia, Marie, Natasha, los Amantes, Mary, Lucía, Olga, la Mamá, el Navegante, Gloria y tantos otros. Todos ellos han vaciado sus corazones, dictando bajito y en desorden sus historias. Tal vez han sido parcos o muy efusivos. Tal vez  han sido demasiado sinceros o misteriosos. Es asi la vida, llena de emociones y recuerdos que, al traerlos a esta realidad, por alguna alquimia desconocida, se transforman. Aparecen las memorias porfiadas y vívidas. Cobran su importancia a medida que viajan por las palabras y ellas se transforman en estas líneas. Escucha con atención. Toma notas a la carrera. Sueña lentamente, se transporta,  ve paisajes, escucha voces, se llena de aires nunca antes respirados y vive a través de ellos. Personas que son personajes. Personajes que son personas.

En este hermoso viaje no ha estado sola, algunos le acompañan desde el principio, otros se han unido en la carrera. Gracias a Weaber, Cecy, Xica, Polli, Kit, Clemen, PrimeraLluvia, LuisIrles, Alcaudoncillo, Fanou, Dalpasa, Mai, Jpablo y tantos otros que han pasado por estas páginas y dejado amablemente sus impresiones.  A todos ustedes, miles de gracias.

Quedan historias todavia, esperando su turno de ser escritas. Quedan vivencias todavía, esperando ser puestas en estas líneas. Quedan viajes. Quedan miles de viajes.

escribiendo

La Señora

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Había terminado de hacer su maleta. Incluyó una foto de sus hijos y otra de sus padres. Estaba tan decidida, como no lo había estado nunca antes en su vida. Cargó sus efectos personales más queridos y dio, por última vez, una vuelta a la casa. Tomó su automóvil y partió al punto de reunión.

La Isabel está embarazada, dijo la empleada, secretamente, en la cocina. Allí estaba el jardinero y el joven dependiente de la botica. Se alegraron a pesar de la noticia, porque una señorita de sociedad como ella, se casaba inmediatamente, para tapar toda la comidilla y el escándalo. Se dispusieron a armar la fiesta, que fue grandiosa y regada. Todos los amigos de los alrededores acompañaron a la joven pareja que se mostraba más complicada que feliz, más insegura que dispuesta. Nada de eso realmente importaba para nadie. Estaban donde debían. Era natural este enlace. Serían felices para siempre.

Los años pasaron como suspiros y los hijos fueron llegando con más o menos alegría, mientras los problemas apenas rozaban sus mejillas, siempre rozagantes y sus vidas, siempre perfectas. No valía la pena mezclarse con más gente que sus propios conocidos y amigos de la infancia. No valía la pena abrir las mentes a la diversidad como anunciaban los programas de farándula y el gobierno de turno. Sólo ellos se bastaban en sus círculos cerrados, donde todos eran conocidos y de la misma “clase”.

Aún recordaba la tozudez de su hijo menor que le provocó tantos dolores de cabeza. El joven insistía en mezclarse con esa niñita ordinaria, sin nombre ni futuro. Una casquivana de seguro. Estaban destinados a ser el hazmerreír del pueblo. No pudo permitirlo. Se encargó de desprestigiar cada palabra, de invalidar cada gesto, hasta que el hijo finalmente desistió de su empeño. Había sido una locura. Como era una locura este viaje inesperado. Pero esto era distinto. ¿Qué sabía su hijo? ¿Qué sabía nadie?.  Era la vida que siempre quiso. La verdad.

Avanza segura de su camino, henchido el corazón de amor, como jamás lo esperó. Esta pasión en la edad madura de su vida le ha abierto la mente y los sentidos. Nada más importa y si  mira en retrospectiva, se da cuenta de que nunca ha vivido. Se siente como las heroínas de las novelas mexicanas, que la empleada veía embobada en las horas calladas de las tardes, mientras ella jugaba a ser la esposa perfecta, la madre perfecta en un mundo que ahora distaba de ser perfecto. Por eso escapaba, ¿¿que nadie acaso lo veía?? Luis la esperaría y juntos vivirían la vida que ambos se merecían. Ambos,  uno con el otro. Felices, para siempre.

Son las seis de la tarde. El sol está ocultándose y su corazón se ensombrece. Lentamente, las esperanzas se van quebrando. Revisa su celular por milésima vez.  No hay nada. Tiembla de frío y soledad. Recuerda la botella de vino que tiene en la parte de atrás del auto. Bebe con lentitud. Se queda ahi toda la noche. En la mañana siguiente decide alquilar un cuartito de hotel. Sigue bebiendo.

Hace tres años que Luis no se presentó a la cita. Después de esa noche, el pueblo entero la indicó con el dedo y fueron contados quienes no la condenaron. Se convirtió en un fantasma que conducía por las calles, en las tardes calladas, sin  mirar. Siguió bebiendo en delicados vasos de cristal, que sacó del baúl que había sido de su madre. Nadie, ni su empleada sabía de dónde sacaba el licor. Sólo compartían la novela. Isabel lloraba por el melodrama y su pelo se tornó cano y pajoso. Su avidez por la bebida crecía hasta que su hijo mayor le informó que iba a ser abuela. Esa tarde, rompió la foto de Luis y cada uno de los vasitos de cristal con los que había bebido todas las jornadas, mirando el culebrón. Tomó su auto y partió a la peluquería. De vuelta, traía un hermoso cochecito de bebé. En su mente, ya había decidido el nombre y el colegio, las amistades y el roce. Como debía de ser.

El Zorro

bosque

La luz de la mañana se colaba entre los árboles, atravesaba los campos y entraba de lleno a la ventana. Era lo mejor de su habitación, junto con la pequeña cama, decorada con los dibujos hechos a mano por su padre y el viejo farol, que había pertenecido a su abuelo y que vigilaba, de espaldas a la ventana, a todo aquel que llegara a perturbar sus juegos.

Detrás de la casa, estaba el gran prado que subía la colina y luego el bosque de pinos, oscuro y perfumado, que avanzaba por largos kilómetros en intrincados diseños de su propio espacio. Amaba la soledad que le daba el bosque y en otoño se ofrecía voluntariamente, incluso en las mañanas de escarcha, para buscar hongos comestibles. Respiraba el aroma y henchía sus pulmones con esta energía, mientras sus pies se deslizaban por sí solos, adentrándose en el camino. Se quedaba por largos minutos, mientras los sonidos del lugar le llenaban sus sentidos, se sentía parte de ellos, uno con ellos.

Esperaba con ansias al pequeño zorro que vivía en la espesura. Sólo verle aparecer era su mayor alegría. Se mantenía quieto, conteniendo el aliento, bien plantado para no caer y asustarlo, apartando todo objeto inanimado, excepto su propia presencia, ataviado con la gastada casaquilla de paño y sus botas de goma. Esperaba por largos minutos, hasta que se delataba la criatura entre los pinos, avanzando nerviosa y olisqueando todo a su paso. Se detenía por un momento, se erguía por completo y le miraba a los ojos. Se acercaba con calma y sigiloso y en un segundo, se alejaba corriendo, sin que nada le hubiera perturbado. A lo lejos, se detenía y le miraba nuevamente y desaparecía en el bosque.

Esta mañana está fría, no hay sol y la escarcha aún petrifica todo. Se viste con la casaca que le acompaña en la estación y sale al viejo bosque. Se escucha la carretera a lo lejos, como un zumbido, como el mar, como una amenaza extraña a la paz que siempre gozó. Se interna en el bosque una vez más, con dificultad. Ya no puede colarse entre los troncos muertos con la misma facilidad y aunque el aire aún le trae los hermosos recuerdos y perfumes encantados, su mente se aleja en otras preocupaciones, que van y vienen como el ruido de la carretera. Camina en silencio por un rato, recogiendo hongos aquí y allá. Mira la huella de un camino abierto por caballos y entre el rastro, las pisadas de otro animal. Piensa que puede ser un perro, pero cuando analiza con detención, su corazón da un salto inesperado. Se queda por horas contemplando la vegetación, hasta que ya anochece. De lo profundo del bosque y apenas iluminado por lo que queda de la luz del día, ve borrosa la silueta de un pequeño zorro, adentrándose en el follaje.

Regresa a su casa, con la canasta llena de hongos, las manos ateridas y los pies humedecidos. Sus hijos han terminado de leer, el más pequeño repite para si, “Sólo el corazón puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos”

Simbiosis

desayuno

La tarde de primavera que vio pasar al joven por afuera de su puerta, mientras don Bartolomé le decía bajito que era aquel quien venía a visitar a la niña cuando ella no estaba, le pareció tan poca cosa que ni siquiera se inmutó. Habían otras cosas más importantes de qué preocuparse entonces.

Don Bartolomé insistía en sus noticias, cada vez que llegaba de vuelta al hogar, cargada con verduras, carne, pollos, quesos y un sinfin de regalos de sus clientas, agradecidas por su buen trabajo, su paciencia y su tiempo. El joven visitante se iba apenas ella llegaba, con un cortés buenas tardes, mientras la niña le miraba con ojos de amor, hasta que se perdía, al cerrar la puerta.

Todo pasó muy rápido y tan suavemente. De pronto, este visitante se hizo permanente y cuando le comunicaron dichosos que iban a casarse, se dio cuenta que no había tomado en cuenta nada de lo que le había dicho don Bartolomé. La gata se le enroscó coqueta entre sus piernas, mientras, por primera vez en mucho tiempo, sintió el abatimiento en sus huesos. Nada de esto estaba planeado. Ella quería algo distinto. Las clases de francés se habían ido al demonio, por la sonrisa franca y las manos vacías de este joven desconocido que, ahora, venía a declarar tan fresco que se casaba con la única hija que tenía, que le había costado sangre, sudor y lágrimas mantener a su lado y que, aunque le recordaba un pasado infame y sin sentido, era la niña de sus ojos, su único corazón. Ahora, se iba con este que no tenía donde echar sus huesos, ni una cama, ni casa, ni un buen trabajo. ¡La jodienda, carajo!. Era como una maldición.

El matrimonio fue modesto y emotivo. La comida fue regada y ellos se veían felices. El joven visitante se había convertido en yerno, sin que nadie más que él lo hubiera sabido.

La gran casa de madera a donde llegaron por accidente, se convirtió en el hogar familiar. Ella no les abandonó, al principio por desconfianza, luego por amor a los nietos. Crecieron los lazos de cariño y simpatía. Hubieron días de verano como hubieron días grises, pero nunca dejaron de respetarse, desde el día en que se conocieron.

Anoche, el joven se levantó en mitad de la noche. Ya no queda mucho de la piel tersa y los brazos fuertes, los años han pasado, los hijos han crecido y se han marchado. Vienen de vez en cuando para navidades y cumpleaños, pero ellos siguen ahi. Va a su habitación porque la ha escuchado quejarse en sueños, pero ha sido sólo eso. La llama por su nombre y se da cuenta que duerme aún plácidamente. Vuelve a su cuarto.

Es esta extraña circunstancia que le impide recordar, a veces, quién es este hombre cano y de ojos cansados que le ofrece el desayuno en las mañanas heladas de este invierno que se niega a dejarla en paz, que le habla familiarmente y le trae las noticias añejas del pueblo, contándole quiénes ya han pasado a mejor vida. Se entienden y se miran en una complicidad que sólo da un largo tiempo de respeto y compañía. Muchos años les facultan para quererse con calma y en silencio, esperando un mejor día para la mañana siguiente. Aquel que llegó para quedarse, está aquí ahora, contándole cuentos antiguos, tratando de anexarla con esta realidad que le parece incomprensible y señalándole cada día a su hija en frente de ella, insistiéndole en la necesidad de comer y estirar las piernas, de no abatirse tan fácilmente y abrigar la secreta esperanza que los tiempos pasados, de alguna forma, volverán.

Cuando don Bartolomé le mostró a este hombre, hace tantos años atrás, nunca pensó que iba a ser tan cercano, un hijo para ella. La fuerza de sus hombros cansados aún la sostiene cuando sus piernas le fallan y la tibieza de su abrazo le conforta cuando no sabe bien donde está. Cuando le recuerda, fija en su memoria frágil todos los minutos compartidos desde el principio, reconoce sus atenciones, comparten el almuerzo familiar y secretamente agradece no haber escuchado a don Bartolomé.

Donde Fueras

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Se prometió no dormir, pero el aire escaso de la cabina le cerraba los ojos de cuando en cuando. La revista del Reader´s Digest estaba manoseada y doblada en todas las formas posibles. Había sido una buena compañera en este viaje; había logrado por minutos evadirla del nerviosismo y de lo incierto y bizarro de esta travesía.

Se veían las montañas cubiertas de nieve y las gruesas nubes grises recorriendo el cielo a toda velocidad, amenazantes. Los hombres de negocios acomodaban sus periódicos, mientras la azafata repartía café con leche y croissants. Consultaban sus agendas e intentaban concentrarse en la próxima reunión. Pudo descansar en la comodidad de los dos asientos mullidos de la clase ejecutiva a la que, por alguna extraña razón, pudo acceder. La cabina iba casi vacía y en silencio. Sólo las hojas de los periódicos hacían su entrada en la acústica cerrada, de tanto en tanto. El carrito con golosinas pasaba de un extremo a otro del pasillo, elegante y discreto.

Nadie le dirigió la palabra y al minuto de descender, era tan irrelevante su imagen y tan extraña, que parecía que todos evitaban verla.

La suave manga que se pegó al avión descendía en un corredor largo, iluminado suavemente, provisto de una alfombra color crema que se perdía en el recoveco del pasillo. Avanzaron todos, como sumidos en un trance perfecto; los ejecutivos, con sus maletines y abrigos en el brazo.

Con su mochilita y su delgada chaqueta de mezclilla estaba completamente fuera de toda la decoración circundante, incluso entrando en la penumbra del pasillo, iluminado sólo por los avisos fluorescentes de RADO, Victorinox, Lindt y algunos otros que escapaban de su comprensión, con diseños elegantes y luces estudiadas cuidadosamente para captar la atención, pero no molestar la vista. Avanzó en silencio, tratando de pasar desapercibida, pero no era necesario. Todos parecían ignorarla y las señas del pasillo estaban en todos los lenguajes del globo, menos en el suyo. No tenía la menor idea a dónde ir, ni qué hacer.  El viejo adagio de “donde fueras, haz lo que vieres” llenaba su cabeza, impidiéndole pensar con claridad. La falta de sueño, el nerviosismo y la impericia eran factores determinantes, pero se negaba a aceptarlos. Sólo se confundía más y más intentando descifrar los letreros.

Al final del pasillo, un grupo de orientales, ruidosos y alegres, con cámaras fotográficas al cuello, la alejaron por varios segundos de la frase que golpeaba su cabeza y de la persistente intención de entender los carteles. Se dirigió, sin darse cuenta, arrastrada por la masa ruidosa, a Policía Internacional.

Luego de una larga fila, mostró su pasaporte tímidamente. Había ensayado un discurso en caso que cuestionaran su entrada, pero el oficial pareció no reparar en ella, sólo revisó apurado el documento y estampó un timbre en la primera página que logró conseguir.

Siguió avanzando, mecida por la masa humana de turistas orientales que se empeñan en correr por los pasillos, como si sus vidas dependieran de eso. Llegó por accidente al sector donde aparecía el equipaje y maldijo su mala decisión de elegir el color negro. Todas eran negras. Maletas, bolsos, todos giraban en interminables vueltas sin que lograra ubicar lo suyo, que probablemente había pasado veinte veces frente a sus ojos .

Al fin, cuando las últimas quedaban en el tiovivo, la  retiró con dificultad. Era tan pesada, aparatosa e inmanejable. Caminó incómoda por el pasillo atrastrando la mole con sus objetos personales. La ardilla de peluche resfaló de su mochila y le hizo detenerse un minuto, el tiempo suficiente para que, de las puertas automáticas, surgiera la figura inconfundible del que la esperaba. La sonrisa iluminó su cara. Su traje, sus manos cruzadas, su camisa dolor damasco. Todo se grabó en su memoria, junto con el latido desbocado de su corazón y permanecería ahi por los años venideros. El rumor de los pasajeros intentando salir del aeropuerto le sacó de su ensoñación. 

Las puertas se abrían y se cerraban mostrándolo a intervalos, como en una vieja película. Está ahi. El resto del viaje no importa. La maleta no importa. El cansancio no importa. Está ahí. 

Amanecer en Barajas

aeropuerto

Era la primera vez en la vida que viajaba a la capital o a ningún otro lugar. Nunca había estado siquiera interesada en visitar la principal urbe de su país, pero los días presentes eran de una rareza indescriptible y todo aquello con lo que siempre soñó se iba haciendo realidad con una certeza abismante y descarnada. Estaba aterrorizada por dentro.

Tomó el bolso de viaje, demasiado aparatoso e inmanejable y lo llenó con demasiadas cosas que nunca llegó a usar en su destino. La sola idea de cruzar el mar era impensada. Se perdía en su propio pueblo, ¿cómo iba a llegar a Europa si era incapaz de articular un viaje a la capital? Llegar ahí era el comienzo de la travesía.

El hermoso ángel que había tocado su corazón una tarde, al final del verano, dos años antes, estaba ahora muy lejos, pero antes le había propuesto que viajara a su país encantado. Tú puedes hacerlo, eres muy valiente y yo estaré esperándote. Este espacio entre nosotros debe achicarse porque quiero sentir tus abrazos. Vale la pena el intento, no temas que yo estaré ahí.

Había mandado los fondos, había indicado la mejor forma de hacer la travesía, pero no la convencía del todo. Era sólo una niñita ingenua que creía que sabía todo lo necesario para volar entre las nubes. Ahora tenía que probar que realmente era capaz.

El bus llegó con retraso al terminal de la gran ciudad. La amiga  que iba a facilitar su traslado por la gran urbe también llegó con retraso. Las interminables columnas de vehículos en la capital, a la hora de la congestión, amenazaban con frustrar todos sus planes. Llegaron raudas al aeropuerto, apenas con el tiempo mínimo para poder embarcar. La encargada de la mesa le conmina a correr, el avión está en la manga, es preciso que aborde ahora. No sabe qué hacer, sólo seguir el pasillo cuesta abajo y luego de esa esquina, el aire cambia de presión.  Apenas ha visto la ciudad, apenas la ha recorrido. El aire era denso y caliente antes, ahora se torna gélido y liviano. Todos los pasajeros la quedan mirando, cuando es dirigida, con rapidez, por la azafata, a su asiento, apenas después de haber dado el capitán la orden de abrocharse el cinturón. La cabina está repleta. Todos ellos regresan a su patria. Ella, a esta altura, ya se arrepiente del viaje y  no sabe a dónde va.

Despega la nave con el ruido de los jets y el cambio de presión le tapa los oídos, sólo el tiempo suficiente para extasiarse al cruzar la cordillera. El espacio que cruza su visión y las nubes algodonadas que se mezclan y se cuelan entre las ventanas. ¡Qué sensación! El zumbido de la cabina se mete en su cabeza y no puede concentrar la lectura, la postura o los pensamientos. El aire se torna escaso y extraño, mientras el paisaje sigue llenando de maravillas su visión y el avión sigue ascendiendo. En un cordón interminable de alturas, nieve, colores, espacios,  nubes y rayos de sol. Es todo tan nuevo y colosal, que apenas nota la presencia de los carritos con comida y la ansiedad de los otros pasajeros.

Las horas transcurren con el zumbido de la cabina y su cabeza no coordina muchas cosas, el aire es insuficiente y los acentos españoles se pegan a sus recuerdos. La noche cae lentamente y ha logrado encontrar una posición agradable para dormir, pero cierra los ojos y no logra conciliar el sueño. El zumbido es inevitable, el crujir de la cabina lo es más. El ruido de los otros pasajeros, sus humores, sus tensiones, llenan el aire y le perturban. Sólo se repite, tienes que estar ahí, tienes que estar ahí.

La luces de la cabina se encienden lentamente y la noche aún inunda el mundo. Esta visión se le grabará para siempre, cambiando la perspectiva de sus pensamientos y la naturaleza de su esencia. Mientras vuela, concentrada mirando, ve su semblante reflejado por el ventana.  A través del cristal, miles de pequeñas luces de casas, edificios y automóviles con personas que inician su día en distintas circunstancias. Ve claramente un auto con las luces interiores encendidas y piensa en ellos. Cuáles son sus sueños y esperanzas, mientras las suyas escapan por minutos de sus manos nerviosas, que toman el café con leche y los pequeños panecillos con jamón que le ofrece la azafata.

Dan instrucciones complejas respecto a quiénes ingresan y quiénes siguen viaje. Entregan papeletas de inmigración y retiran audífonos y frazadas. La voz del capitán indica que arribarán en quince minutos, siendo las seis menos cuarto y la temperatura exterior de menos dos grados. Busca su suéter con calma y se abrocha el cinturón.

Los pequeños autobuses sin puertas trasladan a los pasajeros desde el avión hasta el aeropuerto. El frío congela las caras y las voces. El lugar apenas inicia su vida. Algunas luces se encienden aquí y allá. Los comercios están cerrados. El agua corre en delgados hilos de los grifos en los baños. Se dirige con cuidado al piso donde está la puerta de salida de su próximo vuelo.

El sitio está vacío. El ventanal deja ver, apenas, las luces de la ciudad de Madrid, despertando sin ganas, de su sueño de invierno. Lento se viene el sol. Son las siete y quince. Su vuelo a Zürich sale a las diez menos cuarto. Abraza la mochilita con sus efectos personales y su ardilla de peluche. Repara en las personas que pasan, las instrucciones que salen de los altoparlantes y cómo, lentamente, el piso se va llenando de vida. No se ha movido de su asiento desde que llegó. El sol refleja en los alerones de las naves que van despegando y llena la loza que reflecta los rayos. Después de otra hora, anuncian la salida de su vuelo. Lentamente, se dirige a la puerta de embarque con su mochilita y su ardilla de peluche. Los hombres de negocios le miran curiosos detrás de sus lentes y entremedio de sus trajes de diseñador. Le espera lo impensado, le espera otra vida.

Lecciones de Música

orquesta

La señorita de música acaba de entrar al salón. Luce tan pequeña y suave, parece una niña también, entremedio de su clase. Avanza con la firme decisión de crear un vínculo mayor a cualquier cosa conocida en sus alumnos. Planea darles las herramientas necesarias para romper el tedio y hacerle paso a la esperanza y a los sueños. Planea abrir sus mentes, no sólo a los hermosos sonidos de la más hermosa música de todos los tiempos, sino hacia la hermosa verdad de que la vida es todo aquello que nosotros, como seres humanos, somos capaces de crear.

Ahi está Mozart, Beethoven, Schubert, Vivaldi y tantos otros que dentro de su genialidad, fueron humanos también, sufrieron, lloraron, fracasaron, vivieron el abandono, el olvido y sin embargo, fueron grandes, tan grandes como es esta inmensidad, y tan fantásticos que en este lugar precioso, tan lejos de sus patrias,  justo a los pies de las montañas, al otro lado del mar,  se escuchan sus acordes, bellos, inigualables, mágicos.

Esa magia es la que busca la señorita de música, en cada uno de sus alumnos. Esa magia escondida en cada uno de sus corazones y que brilla a través de sus ojos soñolientos, asustados e incrédulos.

Es difícil romper el tedio. Es arduo y trabajoso convercerles día a día que ellos son los compositores de su propia melodía, que ellos son los únicos que conocen su ritmo y sus propios acordes. Que la vida está llena de sonidos hermosos y que son ellos los que deben descubrirlos. Beethoven decía que cada sonido en el universo era el susurro de Dios. Ella espera que sus alumnos también puedan tener esa comunión con el Creador. Sólo basta prestar atención, tener el alma preparada, el corazón henchido de paz, de quietud y de felicidad.

Cuesta explicarles que la naturaleza de la vida es tan diversa. Incluso ella muchas veces se complica de entender este hecho, pero insiste. Están tan ligados a la tierra que les ha visto nacer a ellos y a muchas generaciones antes que ellos, a este ambiente indómito y cruel, pero innegablemente hermoso y saludable. La agricultura les arrastra a una vida muchas veces embrutecida por la soledad, el aislamiento, los elementos y la desesperanza que provoca aquello que escapa a nuestro propio control. No ven las recompensas, no esperan los frutos, sólo ven el trabajo, muchas veces ingrato y aplastante. No ven, como el padre de la señorita de música, el premio al esfuerzo desplegado en cada cosecha, la lección de humildad aprendida en cada planta que no llegó a fructificar y la fuerza de los elementos y de la misma tierra en cada flor que se abre maravillosa para premiarle con sus colores y su aroma.

La señorita quisiera explicarles con palabras que lo que hay en cada uno de sus corazones es un pequeño campo lleno de flores, que es necesario cultivar. La música es sin duda el mejor fertilizante. La esperanza es el mejor rayo de sol. Quisiera decirles tantas cosas, pero a la vuelta de los días, sólo ve caras impertérritas, hipnotizadas con cualquier otro estímulo menos su clase y siente la desdicha en su interior. Siente que corre sola esta carrera y que por más esfuerzos que haga no conseguirá motivarles. Está a punto de tirar la toalla y sumergirse en el hastío.

Es la celebración del Dia del Maestro. Su pequeño curso no la verá ese día, sólo algunos le saludaran en los pasillos con un cortés “feliz día señorita”. Hay algunas modestas manifestaciones en el establecimiento y el día termina, tan pronto como los anteriores.

Al inicio de la semana, la primera clase con ellos, la energía renovada, la esperanza puesta en su sitio, las ganas de nuevo al frente, entra al salón, como de costumbre. Un ¡¡¡sorpresa!!! le asusta y le sorprende con una felicidad inmensa e inesperada. Su clase se ha organizado, han logrado vencer su abulia y juntar sus voluntades con un solo fin, celebrar a la tierna señorita con un pequeño cóctel, hecho con cariño y buenas intenciones. Las mesas ordenadas con las cosas de comer, le parecerán el más elegante banquete al que ha sido invitada jamás. Les mira con profunda emoción, observa cada uno de sus rostros, comparte con ellos la felicidad del momento y descubre que los acordes están ahí, el ritmo está ahí, la canción está completándose. Sólo falta seguir practicando.

Búsqueda

mujer

Se juntan en el mall de la ciudad. Un monstruoso edificio gigante y lujoso, lleno de las mejores tiendas por departamentos y todo aquello superfluo e innecesario que por obra y gracia del marketing y la economía de mercado se transforma en indispensable. Siempre lleno, siempre bullicioso, como un ser inmenso, sonoro y concurrido, repleto de sabores, olores, voces, caras, poses, vestimentas, tan diverso como diversa es la ciudad. La contemplación de su fauna es la vista de la vida contemporánea. Se parecen, se replican, se mimetizan y este inmueble podría estar en cualquier lado, esta gente podría ser de cualquier parte.

Se citan para una conversación que no puede esperar más. Un anhelo guardado en el corazón de una de ellas, que amenaza con romper su compostura y ser el cambio inexorable que soñó meses antes y que vió reflejado en las cartas del tarot, en las que poco creía , pero que ahora le parecen tan vívidas.

Avanzan por las tiendas, sin entrar de lleno en materia. Compran un par de cosas aquí y allá, mientras la del secreto va juntando aplomo para dirigirse a su amiga, con una verdad aplastante para ella  y que le ha quitado el sueño, la respiración y la cordura.

Debe empezar por el principio y aunque se conocen desde siempre, es preciso poner las piezas en su sitio, para que todo tenga un sentido.

¿Recuerdas cuando nos hicimos amigas realmente? Estábamos en el colegio y me fuiste a ver para dejarme las tareas. Mi padre me había pateado en el suelo esa vez, como otras tantas y me sentía morir, de vergüenza, de dolor, de impotencia y de muchas cosas, pero sobre todo, frente a ti, sentí pena de mí misma y juré que eso nunca volvería a suceder. Fuiste tan gentil conmigo, tan dulce, tan amena, ni siquiera mencionaste mis hematomas ni hiciste ningún comentario. Sólo me ayudaste con la tarea y justificaste mi ausencia con los otros compañeros. Eso nunca lo he olvidado. En tiempos de crisis en mi vida, siempre recuerdo ese minuto y me siento confortada.

¿Recuerdas cuando me casé? Tú estabas estudiando al otro lado de la cordillera y te diste maña para venir a acompañarme. Cuando me abrazaste, me dijiste que era lo que yo me merecía sobradamente y ambas entendimos por qué. Fue un instante mágico, un minuto maravilloso. Todo era tan hermoso. La ceremonia no pudo haber sido más linda, todos emocionados, yo tratando de controlar mis lágrimas de felicidad. Rolando siempre fue tan gentil, tan caballero, tan calmado y formal. Trabajador como él solo. La bondad hecha persona y tantos otros atributos resumidos en la palabra bueno. Mi familia empezó a crecer y me felicitaste desde lejos porque mi sueño de ser madre se había cumplido. Mis hermosos bebés son todo en mi vida. No podría concebir mi existencia sin ellos. Son simplemente maravillosos.

Mientras Rolando estuvo en el campo, y los niños fueron pequeños, todo era ideal. No podría haber deseado nada mejor ni más completo que esos años. Incluso olvidé la brutalidad de mi padre y me sumergí completa en esta vida sana, familiar, única. Teníamos medios, veníamos a la ciudad de tanto en tanto, salíamos con los niños. Nos divertíamos, ¿sabes? Era lindo, era tan lindo…

No sé en qué minuto mi vida dejó de ser tan maravillosa. Es como si hubiera despertado una mañana y todo hubiera dejado de tener valor. Los niños eran más grandes, las responsabilidades eran las mismas, el trabajo en el hogar seguía siendo el mismo. Las amistades que frecuentábamos se fueron volviendo aburridas también. Los mismos temas, los mismos discursos, los mismos problemas, los mismos chistes. La vida avanzaba lacónica y plana. No me daba cuenta entonces, pero algo me faltaba, algo echaba de menos. Ibamos a todos lados con Rolando, como siempre. Los niños en el colegio, lo pasaban regio. Las reuniones con los amigos se seguían multiplicando de la misma forma y seguía el mismo tedio, la misma abulia, por debajo, como la broma, carcomiendo la madera de un velero.

Así estaba yo cuando me llegó  la invitación de la reunión de la promoción. Hacía mucho que quería verlos a ustedes, pero no se había dado la oportunidad. Tú sabes, las obligaciones del día a día, hacen difíciles estas cosas. Pero tal vez sea más voluntad que nada. Y es aquí donde empieza mi gran dilema, amiga mía. Es en esta reunión donde mi vida ha dejado de tener el sentido que tenía y quiero cambiarlo todo, porque no quiero envejecer sin haber amado con locura, como cuando imaginábamos ser las protagonistas de las novelas de amor. No quiero que mi cuerpo se marchite sin conocer la pasión enceguecedora y fulminante. Sin sentir mariposas en el estómago y tener esa estúpida sonrisa en el rostro después de haber experimentado el orgasmo más completo, visceral y primitivo que haya sentido en mi vida. Una explosión. Un huracán de vida nueva. Como un viento que se levanta del mar.

No sé si te diste cuenta en la reunión, pero Claudio y yo no nos separamos. ¿Recuerdas sus lentes gigantescos y su pelo tan aplastado?. Ahora está mucho más buenmozo e interesante, no puedes negarlo. Tan culto y refinado que se volvió. Siempre fue muy estudioso y ceremonial, pero ahora está más suelto, más hombre, más experimentado.  De niños, en el colegio, Claudio fue mi compañero, mi mejor amigo. Era tan suave y gentil, jamás supo nada de las golpizas que me daba mi padre, pero creo que de alguna forma siempre lo adivinó. Hablábamos tanto. Era tan confiable, angelical. Hasta sus besos, tan tiernos y limpios. Eramos niños en ese entonces y él decidió irse lejos para optar a mejores estudios. Y lo logró, míralo, gerente de la  empresa más grande del país. ¿Quién lo diría?

Ohhh, amiga mía, ¡nos hemos besado durante la comida!. No sabes la sorpresa que me ha dado. Fue un beso de ensueño, partió tan suave y tan puro, como aquellos que nos dábamos de niños, de pronto se convirtió en un volcán de pasión, una pasión que no conocía. Jadeantes nos despegamos. ¡¡Es que no lo puedo creer!! Recuerdo ese beso y se me pone la carne de gallina. No hago más que pensar en eso. Tengo la cabeza llena de pajaritos y mi corazón a mil por hora. No sé qué hacer, no sé que hago al lado de Rolando, cuando sólo quiero besar nuevamente a Claudio. Este Claudio tan nuevo, interesante, seductor, cercano, confiable, sutil.

Por favor, no me juzgues de casco liviano. No quiero una aventura, no soy mujer para eso, sólo quisiera volver a vivir. Siento que mi matrimonio está marchito. Rolando, con este nuevo puesto, se ha vuelto tan inalcanzable. De veras, para poco en la ciudad y cuando llega está tan ajeno y ausente. Hasta los niños le han reclamado. Sigue siendo un padre excelente, sigue siendo encantador, pero nosotros… Nosotros ya no funcionamos como antes.

Claudio siempre fue mi confidente. Con él siempre pude contar. Con Rolando no existió jamás esta comunicación. Era demasiado bueno para mancillarlo con pensamientos torpes. Hacía todo por mí y por los niños…

¿Te das cuenta? Ya estoy comparando, como si mi vida estuviera ya decidida. Me estoy volviendo loca y no sé qué puedo hacer. El beso de Claudio me ha dado una energía que creía extinta, una fuerza en mi ser que creía que se había ido. ¿Estoy pidiendo mucho? ¿Estoy negando un matrimonio ejemplar por una locura de adolescente? Dime por favor, qué puedo hacer. No soy de divorcios ni de grandes luchas, ni de dramas o relaciones angustiantes. Tú sabes bien que he sufrido ya bastante. No quiero un ápice de dolor para mis hijos. Eso me detiene.

¿A dónde voy? ¿Quién soy? Incluso eso me cuestiono y no tengo las respuestas. Tal vez tú puedas decirme. Tú nunca me has juzgado. No lo hagas ahora por favor. Ayúdame. Dime que todo se resolverá y que de una manera mágica podré fundir estos dos hombres en uno solo. Me estoy volviendo loca, te insisto. Veo pajaritos en todas partes, estoy desatenta, descoordinada. Sólo pienso en Claudio. Sólo pienso en él.

Patrick

Patrick Cooper Bruce, médico traumatólogo, jugador de rugby en su época universitaria. Alto, fornido, demasiado buen mozo cuando joven, con la apariencia de un hechicero druida a esta altura, su cabello largo en una onda graciosa y coqueta en la nuca,  sus ojos azul ocre destellando como pocos. Su nombre es tan extranjero como cualquier otro de esta tierra, cualquiera se confunde y espera un cómico e ininteligible acento inglés de sus labios y no la sarta de groserías dignas del mejor verdulero de esta nación. Sabe de su profesión como nadie en esta ciudad. Encantador por donde se le mire, excelente, buena gente, de risa fácil y contagiosa, de pataletas monumentales e inolvidables, manos enérgicas pero suaves, dedos largos, fuertes a pesar de su edad. Aún conoce de memoria el cuerpo humano y sin más ayuda que su tacto, constata lesiones graves o simples torceduras por pequeñeces propias del día a día o del descuido formal y repetitivo de la raza humana.

Cuando se recibió como traumatólogo, su madre dudó que pudiera seguir por largo tiempo en esa especialidad. Era tan terrible ver tanto hueso roto, tanta carne fuera de su lugar. Es propio de un matadero, diría ella, muchas veces, mientras Patrick se dedicaba a sus estudios. Diría él años más tarde que se dejaba llevar por el mismo espíritu que todos los estudiantes de medicina, una raza neohippie, que no vivía con los pies en esta tierra, con el sueño barato de curar el dolor del planeta. ¡Qué graciosa premisa!, cuando la realidad es tan distinta.

Patrick ejerce en los principales centros asistenciales de la ciudad, desde hace años ya. Algo hay en este pueblucho que creció de golpe, como un adolescente; nada le queda bueno, todo está estrecho y desordenado, pero tiene un algo, tiene una magia, o serán puras wevadas, porque ya a estas alturas del partido no me muevo ni llorando. Ya no lo hice, nunca lo haré.

Ha visto transformaciones sociales, económicas y porqué no decirlo mentales, sin embargo el dolor es siempre el mismo, las promesas son siempre las mismas, el tiempo es factor inexorable como siempre, las indignidades, las esperas, los olores, los descuidos, la maldita fatalidad, el abandono y sólo Dios sabe cuánto más es siempre lo mismo. Es innumerable y cada vez que lo piensa, se le llena de hiel su corazón, porque es tan poco lo que efectivamente; se ha dado cuenta, después de todo este tiempo, se puede hacer.

Mira al paciente que le ha rogado una visita domiciliaria. Esta práctica, en sus actividades, está en franca retirada, es demasiado involucrarse, es demasiado desgastante y en honor a la verdad, es hasta peligroso. La ciudad ha cambiado mucho y hay barrios que son francamente de temer.

– No, aquí no hay mucho más que esperar, necesitas terapia, wevón y al tiro. Algo te echaste y ‘tamos cagaos, tienes que sacarte un rayo X pero yo diría, a ver, mueve tu brazo p’acá… Sí, toy seguro, plexo distal. ‘Tamos cagaos. Terapia, pero el rayo X primero que todo porque aquí algo te echaste.

Así se dirige a los enfermos, de todas edades, condiciones sociales y dolencias. Pareciera que de esa forma se fundiese en un sólo lenguaje que le hace sentir hasta cercano, casi familiar, pero es contraproducente. En el Hospital Base son tantos los malos ratos que pasan sus pacientes.  Ha visto a todos los accidentados por descuidos torpes, todas las mujeres sometidas a horribles palizas,  todos los obreros que llegan quebrados, literalmente molida su carne y sus huesos, todos los niños provenientes de colisiones de autos, todo junto en un solo infierno y recuerda la frase de su madre. Sacude la cabeza y busca el confort para el que sufre, pero es tan inútil, sin medicinas, sin implementación, sin nada para ayudarles, sin camas a veces. Incluso el personal avanza en un estado de trance, totalmente ajeno al dolor. Es tanto. Sí, esto es peor que Laos y Camboya juntos. Realmente peor. ¿Cómo piensan las autoridades, el director del Hospital que puedo hacer mi pega, si no tengo lo mínimo? ¿¡Qué chuchas se creen que soy, un chamán acaso!? ¿Un médico brujo, curando con pastos y ensalmos? ‘Tan todos cada vez más wevones, en vez de avanzar vamos p’atrás.

Al reverso de su moneda, en su consulta perfumada, detrás de la hermosa mesa de caoba, herencia de su padre, con el más moderno instrumental, en un ambiente infinitamente más glamoroso; examina pies torcidos por un mal swing en el golf, trizaduras de tobillos por osteoporosis avanzada y dolores de espalda por un polvo a la rápida, con la amante de turno, en un motel de mala muerte. Es un contrasentido tan grave. Abismante. Universos de diferencia entre uno y otro y él sin poder hacer nada para acercar estas dos realidades. No es culpa de los pacientes, por supuesto, ni es suya la culpa, pero ¿de dónde mierda viene todo? ¿¿Hay un Dios??

Renuncio wevón, le habla a su amigo del alma. ‘Toy tan cabriao de todo, que renuncio. Renuncio al Base. Ya todo me da lo mismo, me he agarrado veinte veces con el director y por las puras wevas. Me quedo en mi parcela. Cultivaré geranios o alguna wevada por el estilo. Me voy al otro lado de la cordillera por un rato. Allá nadie sabe que soy médico. Acá hasta el perro me levanta su patita de vez en cuando para que se la examine. ‘Toy cagao, no puedo escapar, pero al menos puedo evadirme, no ver todo esto. Ando como un zombie en la consulta, no pesco a nadie, rabeo con todo el mundo y yo ‘toy viejo para eso. Soy una mierda, lo sé, pero no puedo hacer más, no sé quién chuchas más puede. ¡Si no soy médico brujo wevón!, ¡esto no es el Amazonas! No sé qué más decirte. No me mires con esa cara y felicítame, que me declaro jubilado. Me quedo en paz con mi conciencia al menos. Eso creo.

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Tablao

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Escuchas de fondo la música que te lleva a los recuerdos, a la madre patria, al vino y las flores, a los guisos de conejo y la paella. La guitarra suena  con sentido y sentimiento, con dolor y con nostalgia, con pasión y con el alma. Cambia el ritmo al antojo del que toca y se vienen más y más secuencias. Tu padre cantaba como los dioses. Muchos lo afirmaban y a la luz del fuego y con la gracia de un tablao le evocas, ladino y prisionero de su propio delirio que dejó en tu sangre la memoria de una tierra que jamás has visto.

Los tacones retumban en la escena y se hacen palmas por antonomasia. Escuchas los fandangos, las guitarras presurosas y el tumbao de fondo, golpeando con furia, como un corazón enamorado. Suave y como los colibríes, entra la música inundando tus latidos. Estás espectante, embelesado en los recuerdos. Cambian los tonos y se vuelve ronca la guitarra, se vuelve grave y quejumbrosa. Se hace lento el pulso, y se tranquilizan las manos de las danzantes. Sufre el cantor, es uno con su instrumento. Retumban las voces del pasado. Un ¡olé! viene sin quererlo a tus labios, que es completo con las palmas siguiendo el ritmo. ¡Olé! dirás con dolor y con sentimiento, como es esta música finita, como es este tablao caprichoso, que entrega, quita, sufre y celebra, todo al mismo tiempo.

Joaquín Cortés y Pasión Gitana by chrieseli

Los Saru

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Los Saru se acomodan en la gran tina, escapando del frío del exterior. Se acarician sensuales y breves, buscando provocar el menor disturbio del agua, que fluye interminable de la fuente, adornada con la gran boca de bronce que asemeja un ostión dorado.

Se llena la tina lento, el agua ruidosa y clara acapara sus sentidos, se acicalan entre sí y se abrazan tiernamente cubriendo lo que queda de sus cuerpos bajo el agua.

El vapor inunda el lugar, el agua sigue fluyendo, la acústica del espacio invita a relajarse. Se estrechan de nuevo pausados en una experiencia sensitiva y nueva, cada minuto que permanecen en la tina. Se mantienen horas, perfectamente relajados. Han esperado este momento por días y el instante es eterno, grácil y delicado. Se prolonga en sus mentes, en sus cuerpos, como se prolonga el agua cubriendo sus latidos y sus voces. Se acercan nuevamente. Se acarician renovados, en un éxtasis secreto y silencioso. El agua les cubre, ahora, completamente. Caen los pequeños pétalos blancos y rosados en la tina y se completa la suavidad del elemento con el perfume tierno de las flores. Los Saru se vuelven a acicalar e incluso de masajes se llenan, palpan sus cuerpos nuevamente y descubren las zonas más sensibles. El agua es el catalizador perfecto. Avanzan las horas.

Calmados, abandonan la tina mucho tiempo más tarde, callados, perfectamente en armonía con el resto de las cosas. Tendrán la energía suficiente para seguir descubriéndose, lento, pausado, breve, como es la experiencia arrolladora, pero suave de la tina.

El Incensario

Son las siete de la mañana y en la iglesia las primeras campanadas anuncian la hora y el llamado del Padre Francis a que acudamos a tomar la comunión y luego preparar la misa de las nueve y media, la más importante, la más popular y concurrida.

El Padre Francis nos ordena y nos arenga como a un ejército. Los “Soldados de Dios” él nos llama y se preocupa personalmente de que nuestros trajes estén planchados, nuestros zapatos bien brillantes y nuestro espíritu dispuesto y animoso para recibir al Señor y dar testimonio de su gloria, como había sido en un principio y por los siglos de los siglos amén. Somos sólo una banda de chiquillos revoltosos, pero es tan efectiva la prédica del Padre que nos transformamos sin darnos cuenta y damos inicio a nuestra ceremonia. Preparamos todo como en un gran espectáculo teatral, nos damos ánimo unos a los otros y  vamos tomando nuestras posiciones. 

Martin es el mayor de nosotros y es el encargado de llevar la gran cruz dorada, cuando vamos en procesion con el Padre Francis alrededor de la iglesia. Además, es quien carga el incensario de bronce, gigante y tenebroso. Tiene el papel que quisiéramos todos, porque es el de más responsabilidad, movimiento y protagonismo. El resto de nosotros estamos estáticos o a veces nos desplazamos hacia el interior de la capilla a hacer tareas rutinarias y de poca importancia. Limpiar las copas, traer el agua, trasladar las hostias, nada comparado con el encanto de mover el incensario, como un arma bencida por Dios para llenar la iglesia entera de su aroma.

Tanto le gusta al Padre, adora el olor del incienso, tan penetrante y denso, incluso él huele a incienso puro. Dice que es el aliento del mismo Dios sobre nuestras cabezas, que purifica los espíritus y porqué no decirlo, le da un cierto dramatismo a la ceremonia. Hijos, debemos usar las herramientas que el Señor ha puesto en nuestras manos, en la lucha contra los protestantes, evangélicos y oscurantistas. Todas, hijos míos, todas.

Avanzamos en fila hacia el altar, serios, plenos de fé y con el estómago lleno sólo con la hostia consagrada y el traguito de vino que el Padre Francis nos convida para darle un aspecto saludable a nuestras mejillas y cumplir con el rito fundamental de recibir del cuerpo y la sangre de nuestro Señor. La iglesia está abarrotada, es domingo en la mañana y es pleno verano. La más importante de las misas en este horario y todos los personajes más importantes del pueblo concurren a la prédica del Padre Francis, el más querido, el más respetado y porqué no decirlo, el más creíble de todos.

Empezamos la celebración. El gran órgano atrona con los himnos y las alabanzas. Cantamos Aleluya. Se demora el Padre, alarga los ritos y avanza la hora. Sube la temperatura en el exterior y la vieja iglesia de adobe empieza a crujir. Se siente el calor por todos lados, pero el ánimo de nuestra grey está intacto. El Padre Francis sabe como cautivar la audiencia.

Se inicia el rito de la comunión y el Padre ordena a  Martin llenar el incensario hasta el tope, soplar a todo lo que den sus pulmones y lograr una llamarada macisa y espectacular. Avanza hijo, confiado, no temas nada, llevas el poder del Señor en esa gran mole de bronce. -Bendíce a todos con el álito sagrado del incienso- , le ha dicho el Padre muchas veces y Martin histriónico, avanza, dando varias vueltas a la iglesia, haciendo aspavientos, poniendo cara de ser el mismo emisario de Dios y llenando todo el edificio con el humo enceguecedor, que se vuelve denso y espeso junto con la humedad que escapa de los cuerpos de los fieles, ya transpirando como locos, porque afuera deben haber por lo menos 40º a la sombra. Sus estómagos vacíos, les hacen ver líbidos y transparentes. Muchos se abanican y se muestran agotados.

De pronto, en el climax de la ceremonia, se escuchan unos golpes secos en la iglesia. Tratamos de mirar curiosos y asustados. Atrona el órgano. Ora el Padre Francis en latín y al darnos vuelta para hacer la reverencia al altar, vemos entre la humareda como van cayendo desfallecidos los cuerpos de algunos feligreses, vencidos por el calor, la levantada, el ayuno y la humareda densa y pestilente que se ha aposentado en todo lo ancho de la iglesia.

El Padre hace un alto y así aprovechan los familiares de levantar a los caídos y llevarlos a la puerta. Al abrirse, entra una brisa suave. El Padre Francis, totalmente posesionado de su personaje, dirá que es el aliento de Dios que nos acompaña esta mañana.

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Los Peces

Mira el niño con ojos inquisitivos el paquete debajo del brazo del padre. Es inusual, es raro, es redondo y achatado, no es una pelota, ¿para qué si no juega? Piensa a mil por hora. La curiosidad se hace tacto, vista y olfato. Finalmente, sin poder contenerse exclama la pregunta esperada. El padre sonríe y se deja cuestionar una vez más. Pretende que no escucha, que no entiende. Se aburre el niño, se molesta, se obsesiona. El pequeño se convierte en hombre demandante y el hombre se convierte en niño divertido, escondiendo detrás de su espalda el presente.

Abren con desesperación el regalo y sin poder creer lo que ven con sus ojos, se llenan sus caras con una sonrisa gigante. Lento, van descubriendo los puntos de esta pecera; gigante para el niño, manuable para el padre, que contiene dos pequeños pececitos de colores, que nadan sorprendidos por la luz.

Los veo en este punto, ambos con la misma sorpresa, la misma curiosidad y el mismo empeño. Mi corazón toma una fotografía. Me pregunto si este nexo delgado y suave les recordará más adelante, cuando ya no coincidan en tantas cosas, cuando el padre ya no sorprenda al hijo, sino el hijo sorprenda al padre, de este minuto mágico del tiempo donde ambos son niños, con los ojos en sus manos, explicando los misterios del agua y si será suficiente como es para estos dos peces el tamaño de la pecera.

En el intertanto, los disfruto, en el ejercicio les aprendo. En la vida, les quiero.

La Escritora

escritora

En la página blanca está el universo entero. La vida que siempre soñó, la que pudo haber alcanzado y todo aquello misterioso y abyecto que alguna vez siquiera pensó, está ahí, esperando que avancen las palabras, que se forme la historia.

Por años este relato estuvo guardado en su mente, por años, fue como una pequeña voz que, por momentos, se escuchaba débil. Muchas veces apareció en sus sueños, juguetón, muy parecido a recuerdos, pero con vida propia. Despertaba sobresaltada, con una confusión de personas y de voces, que no le pertenecían, pero que de algún modo, habían alcanzado su inconsciente.

Un día decidió empezar, tímidamente, con lentitud. La página blanca era una invitación seductora, pero difícil. Se enfrascó en detalles como la tipografía o el color y no llegó nunca a completar un párrafo. Se sintió fracasada.

Olvidó el ejercicio por algún tiempo, pero la obsesión es de todas las enfermedades, la más fuerte. Sentía que esta práctica podría liberarla de algún modo. Volvió con decisión una vez más, pero nuevamente detalles superfluos la sacaron de contexto. Intentó con cartas, pero las sentía ridículas y poco amigables. Intentó con versos, pero eran desabridos y poco originales.

Un día, sin proponérselo, encontró un buen objetivo. Decidida, se enfrentó nuevamente a esta página blanca, burlona y esquiva y con profunda convicción, empezó. Encontró el tiempo y la música para su obra, encontró el color y la tipografía. Encontró los personajes que siempre estuvieron en su mente y que lentamente y de a uno, venían a su cabeza con la gentileza de esperar hasta que lograba escribir toda la historia.

Y está ahí, ahora, escribiendo frenéticamente. Las palabras brotan de sus manos a un ritmo más rápido que su propia mecanografía, buscando lugares ignotos y encontrándose nuevamente con todos estos díscolos fantasmas del pasado, que se convierten lentamente en historias.

Es seductor el ejercicio, es liberador, como pensaba,  y a la misma vez le atrapa, lentamente, a este universo paralelo, donde todo es historia, donde todo es una realidad ajustada, relativa, complicada, pero al mismo tiempo simple. Donde todo encaja con perfección, donde ella maneja el tiempo y el espacio, en una euforia silenciosa que no le permite parar.

Ahora, en la página blanca ya no hay sólo una invitación, es la misma seducción que crece cada día, que le incita, que le busca, que se muestra y por momentos la escritora es personaje y los personajes son los que escriben su universo. Como en los sueños.

Antes de Olvidar

CB063014

Ximena hace un gesto al garzón. Pide otro té. Luce agotada, envejecida incluso, para su edad. Confrontacional y locuaz, jamás pierde un argumento con nadie en la oficina. Se ha acostumbrado a luchar de tú a tú en un ambiente muy masculino, muy visceral y muy distinto a nada que haya visto antes.

Antonio, su ex marido, la ha vuelto a llamar, para fastidiar sus planes de fin de semana. Ha sido tan exhaustiva esta batalla, tan con sabor precisamente a eso: BATALLA. Sin descanso, sin tregua, desde el minuto que ella decidió que él se fuera y cerrara la puerta por fuera a 10 años de matrimonio que se habían convertido, sin que nadie se lo propusiera, en un calvario.

¿Tanto habían cambiado? ¿tan distintos eran? ¿tanto tiempo les llevó darse cuenta? Consulta con su amiga, sentada frente a ella en este pequeño café, pero no suena a consulta, suena a cavilación, suena a duda, suena a despertar del sueño.

Era tan maravilloso al principio, tan fundamental, tan casi inocente. Los niños fueron creciendo y de la mano fueron creciendo, también, los defectos de Antonio. Sus constantes borracheras, sus llamadas perturbadoras a las horas más inesperadas. Su pasión alcoholizada que se había tornado repugnante. Su persecusión, sus celos enfermizos. Todo junto apareció de pronto, como una mala broma del destino. No, porque no era mi Toño, se decía ella, era un ser inventado, abjecto y vil, sacado de los lugares arruinados que solía visitar en su trabajo voluntario.

Ahora, después de haberse separado, veía con claridad cada uno de estos hechos, veía cada error y escuchaba cada palabra en retrospectiva y entendía que había sido tan ciega, sorda, indolente y cobarde. Sí, también cobarde.

Había algo, sin embargo, que no estaba tan claro, ella sabía ciertamente que había amado a este hombre a pesar de todo, porque, a pesar de todo, no era totalmente una ruina y finalmente era el padre de sus hijos. Pero tanto amor, ¿dónde estaba? ¿en qué minuto abrió la ventana y salió despavorido de su casa y de sus corazones?

Era cansador ahora hacer este ejercicio. No había tiempo, no había el minuto para poder pensar, para llorar hasta cansarse, para sufrir como en la mejor de las telenovelas, porque la vida continuaba y continuaba rápido, implacable, esencial.

Los niños, comentaba  Ximena a su amiga sentada frente a ella en este pequeño café, estaban acostumbrados ya a esta nueva situación y era impensado cambiar todo por un arranque de soledad. Pero por Dios que aún había rabia, por Dios que aún habían preguntas sin respuesta y por Dios que era difícil conciliar a este hombre con aquel que ella había amado.

¡Qué dilema! No podía borrar el personaje de la historia, porque era la historia misma, no podía ni siquiera hacerlo desaparecer un par de capítulos por su propia sanidad mental, porque era un capítulo en sí mismo.

¿Cómo? ¿Cómo hacerlo para vivir sin esos recuerdos?. Cómo hacerlo para seguir sin él, como parte gravitante de su vida, como un mal necesario, que lastima, que incomoda, que hace más pesada la existencia, sólo porque puede y porque está ahí.

Antes de terminar el té, Ximena exclama, más para sí misma, – ¡Qué buen lío tengo! 

Su amiga, concluye, no te vas a dar ni cuenta cuando se haya terminado, tus hijos se hayan ido y te quede sólo el sabor del deber cumplido.   

Oh, dice Ximena, Dios te oiga. Pero de esperanza, afortunadamente, tengo harto todavía.