Silencio

Da vuelta la cara. Se acomoda el suéter y avanza. Un silencio sideral, seco, sordo, frío, estático se queda entre ellos. Es la manera de herir. Es la única forma de evitar una confrontación que podría ser definitiva. Es el único recurso válido cuando la rabia es incontrolable, cuando las palabras cortan como cuchilladas y cuando el dolor anega el corazón de pena y de lágrimas.

Silencio. Recurso aprendido desde siempre, cuando la madre cerraba la puerta de los sonidos por semanas, en una ley del hielo que no capitulaba jamás, mientras pasaban los días sin dar muestras de notar la existencia del que había cometido el agravio. Así pasaba la vida y el remordimiento se hacía más amargo, más duro de masticar, más inapelable, hasta concluir con una mezcla de conformidad y cierta madurez en el alma de que lo hecho, hecho estaba y que nada se podría cambiar en el tiempo pasado, sólo la vida daba otra oportunidad de otro tiempo, uno nuevo, distinto. Uno diferente.

Silencio en las confrontaciones. Silencio en los hechos cotidianos que merecían un debate sincero. Silencio y nada más. Vasto, claro, definitivo, monumental. Sólo los ojos hablaban, sólo las emociones se escapaban porfiadas a través de ellos. Sólo los ojos y nada más. Como mudos testigos de un cambio de proporciones en el espíritu herido, sólo los ojos adivinaban la pena, sólo los ojos dimensionaban la rabia, sólo los ojos. 

Silencio y nada más. Eso se escucha en la casa. Eso y los pasos contenidos, los quehaceres mundanos y el silencio, pesado, cruel, sectario, aplastante. Se irá algún día, bajará la guardia en algún momento y no se lamentará por lo que pudo haber dicho, con el rigor de las máquinas de guerra, sino que guardará la herida en el corazón, la curará en las noches de luna y un día de risas sinceras, desaparecerá.

El Ingenio

La turbina había apagado sus estertores demenciales de un solo golpe. Al mismo tiempo, Erwin Andler, natural de Limbach-Oberfrohna, había decidido no seguir existiendo.

Por muchos años, fue el único que llevó la luz al pueblo donde eligió vivir, desde la mañana de primavera de mil novecientos treinta y cuatro, cuando arribó por decisión propia y sin un cinco en los bolsillos. El hombre se las arregló para convencer, lentamente y con vehemencia, a la minoría alemana que habitaba en estas soledades, a usar la luz eléctrica. Todos le miraron con asombro y con dejos innegables de incredulidad, pero su energía era tan incansable y su discurso tan irrefutable que le dejaron hacer todo cuanto quiso para asegurarles un alumbrado eficiente, limpio y silencioso, como se acostumbró a discursear en cada campo donde fue recibido.

La idea se transformó en moda al cabo de pocos meses y quien había llegado con los bolsillos pelados, se arrellanaba ahora contra un sillón de terciopelo en la mejor habitación del Hotel Unión. Fiel a su austeridad teutona, ahorró rayando en la mezquindad y logró comprar una propiedad con vista al río. En aquellos años a nadie se le hubiera ocurrido que el terreno tendría un valor incalculable, sólo les parecía absurdo que alguien quisiera construir una casa donde, por las noches de verano, se llenaba de zancudos y sanguijuelas y en las de invierno, subía una neblina espesa y húmeda que amenazaba con ensopar hasta los pensamientos. Sin embargo, no flaqueó y cuando logró erigir su morada, las dimensiones de la construcción permitían gozar de la panorámica de la rivera, echar por tierra la humedad y las alimañas y tener una vivienda despejada, amplia, con corredores en ambos pisos, techos pentagonales y cada habitación completamente iluminada por la turbina a vapor que importó directamente desde Europa, y que le costó cuatro días de bueyes y maldiciones montar al lado oeste, justo donde el río formaba un remolino y existía un socavón parecido a una gruta.

Andler compraba tanta madera para hacer funcionar su ingenio, que todos pensaban que más que una turbina, tenía una caldera que alimentaba los fuegos del infierno. Sonreía ante estas especulaciones y su naturaleza reservada avivaba más la imaginación de las personas; sin embargo, su clientela crecía y crecía.

Rollos de alambre negro, cubiertos de tela de fieltro y alquitrán se apilaban en su galpón y grandes cajones de madera contenían los curiosos tapones de loza, que iban como brotecitos por el cableado, rompiendo la monotonía del negro. Todos querían disfrutar de esta decoración, aprender, como lo hacía el alemán, a pasar el mínimo hilo de cobre entremedio de los grandes rodillos de porcelana blanca que formaban el mecanismo del transformador, que bajaba la palanca de la tensión, cayendo en corte si se producía alguna sobrecarga de energía. Con maestría, acomodaba todo en un segundo y anotaba en la papeleta, con su lápiz de madera número dos, aguzado como un punzón, la fecha y la hora del arreglo. Al reverso, anotaba los datos del contador y establecía el consumo de energía de la casa.

El Regidor fue una tarde a hablar con Erwin Andler, a solicitarle, a rogarle, a implorarle que acomodara tanta maravilla que gozaba en su hogar y que tuviera a bien proveer el alumbrado público del pueblo. Estaba seguro que su inteligencia era bastante y que sabría resolver el problema. Los recursos de la comuna estaban en sus manos, no eran muchos, claro está, pero contaba con ellos, no faltaba más.

Eso iluminó literalmente la vida del alemán. Estudió día y noche, mandó telegramas e importó libros especialmente para llevar a cabo esta tarea. Prescindió de su turbina, desvió la energía que producía, en pos de este proyecto al que se dedicó en cuerpo y alma. Descuidó su trabajo, su hogar y hasta su higiene personal y cuando subió la palanca del gigantesco transformador, ubicado en lo alto de un poste del telégrafo, no cabía en su propia dicha.

Desde varios kilómetros se escuchaban los estertores de la turbina, día y noche, alimentando el fantástico ingenio que proveía de luz eléctrica a las calles del poblado. La modernidad que tanto pregonó, se veía cada noche, cuando las tinieblas se perdían y los amarillos de los focos formaban un globo sin bordes, donde los insectos nocturnos giraban lentamente, formando parte de la bola incandescente de los nuevos tiempos.

Erwin Andler no tuvo nada que ver en la decisión de apagar la maquinaria, pero sí decidió olvidarse de todo cuando se enteró. Cerró su casa esa mañana despejada de marzo y dejó precisas instrucciones de desarmarla parte por parte y trasladarla por el río, hasta la barra y de allí, por tierra, hasta el fundo de su gran amigo Heinz. El tiempo de las máquinas a vapor había quedado atrás y a sus ochenta y dos años le costaba trabajo imaginarse empinado en los postes del telégrafo, bajando y subiendo la gigantesca palanca del transformador, cada vez que había un desperfecto. El Regidor era otro y un nuevo contrato de suministro se había establecido con la compañía hidroeléctrica que interconectaba todo el país. Francamente, le importaba un reverendo cuerno, porque estaba muy al corriente de los avances tecnológicos y de su estado físico. Sabía que debía dar un paso al costado, pero mirando en retrospectiva, no era vida sin los estertores, el calor, la sonajera, el palpitar incesante de su máquinaria y la fresca bendición del río. Era una ecuación perfecta. Verla apagarse, era apagar su propia existencia. Estaban unidos. Eran un solo corazón.

Viajaron juntos, sin saberlo, años después. La turbina, rescatada de una vida inútil, guardada en un galpón, iba de vuelta a su ciudad de origen, como vivo espectáculo de un tiempo que ya se había quedado muy atrás y las cenizas de Erwin Andler, en el compartimiento de carga, junto con los retratos de su familia y sus muebles de colección, a la casa de la bisnieta, en la Sajonia natal. 

Neyen

Neyen significa respiro, me dices e inconscientemente tomas una bocanada de aire. Habíamos hablado mucho. Muchas cosas que no pensaste contarle a nadie, me las dijiste a mí. Imagenes de tu pasado distante se iban contraponiendo en sentimientos y emociones.

Neyen también significa espíritu, acoté, mientras leía sin mucha atención la etiqueta. Espíritu de los años vividos, de las experiencias acumuladas, de los errores, las culpas y los desencuentros. Tus nociones de cariño se vieron truncadas sin que te lo hubieras propuesto y sólo después de mucho indagarte, logré encontrar su destino, como quien desarma una madeja enredada por los años, la amargura y el dolor.

Me hablaste sinceramente desde el comienzo y fue desde el comienzo que sentí que podía ayudarte. Ahora, me abrazas en silencio y escucho tu corazón. Neyen también significa suspiro, me ríes azorado por el calor del contacto y las confesiones que has dejado sobre la mesa.

Esto es sólo el inicio, te digo suavemente, mientras sorbo despacito de mi copa. Estoy aquí para escucharte, como lo he hecho hasta ahora y para decirte que la culpa no es tuya, los errores han sido compartidos y sólo la esencia es la que prevalece y la tuya es fuerte y constante, es valiente y divina. Es como una ráfaga de aire que respiro y se convierte en mi espíritu.

 

El Espejo

En el portal, Beatriz intenta recobrar un poco de compostura. Al alejarse de la voluptuosa envoltura, nota como el corazón le da un puñetazo en pleno esternón. Busca su llavero. Lo encuentra, al lado del cepillo, con las mismas iniciales grabadas en el centro de un corazón de metal. Introduce la llave en la cerradura. No encaja. Prueba una y otra vez. Sin éxito. Levanta los ojos hacia la cara del desconocido, se tropieza con una mirada brillante y salvaje, ligeramente burlona. Cuando siente unos dedos deslizarse por debajo del vestido, mientras otros se cuelan por el escote, sus manos aferradas, una a las llaves y la otra al bolso, se ablandan, liberándose de su carga, ávidas por descubrir una sensualidad que le es ajena. Susana, suspira el hombre, en un bufido contenido por el cinturón que le cincha la panza. Susana, insiste, mientras los dedos del escote descienden hasta su bolsillo y en un gesto inesperado, abre.

Despierta en su cama, las llaves sobre la mesita de noche, el libro sobre el almohadón. El vestido impúdico, rajado por la caída, yace en el suelo. El moretón en las rodillas y el codo. Los tacones tirados sin vergüenza en el pasillo. Resiente un dolor en la base de su espalda. Respira y un aroma que no es el suyo invade su espacio. Diego le llama. Salimos a comer. No olvides las entradas. Las dejé en el recibidor.

Se dirige al baño. Abre los grifos y llena la tina. El olor la persigue. Suena el teléfono. Susana, siente una respiración entrecortada al otro lado de la línea. ¿Qué haces? La voz la perturba. Cuelga. Insiste el repiqueteo. Desconecta el aparato. Se sumerge en el agua. Se sumerge en el recuerdo de la caída del espejo. El gran y aparatoso espejo de su abuela, que moraba solitario en el ático, tapado con restos de telas, ropas y reinando en el caos del lugar. Se quebró en mil pedazos, cuando su puño apretado descargó su rabia contra la imagen. Era una vergüenza lo que había sucedido. Una vergüenza. Escuchaba los murmullos de todos. La comidilla del barrio. La inocua presencia de sus padres. Todo desapareció a la vista infame del tipo que la había manoseado, en la entrada de la casa, como si fuera una cualquiera. Todos los vieron. Nadie hizo nada. Ella corrió al ático y se encerró allí, por horas infinitas, hasta que reparó en su semblante reflejado en el espejo. De un puñetazo, lo rompió y mientras caía dramático y pesado, los fragmentos le mostraban su cara, cubierta de lágrimas. En algunos reía, en otros se veía serena; en otros, desolada.

Saca la cabeza del agua y se cubre con la toalla. Busca un vestido escotado. Conecta el teléfono otra vez. La línea trae una llamada. Susana, ¿estás ahí?. Te necesito ahora. Amarra su pelo, se ubica en los tacones. Se pintarrajea los labios. Llama a un taxi. El tipo la saluda por su nombre. No queda nada de Beatriz. Susana hace su entrada a la escena, con desenfado, con premura. Aprieta las llaves entre sus manos, antes de cerrar. Se acomoda los calzones descaradamente y recuerda el espejo una vez más. Diego no sospecha nada. Siempre ha jurado que es la hermana casquivana y gemela. Nunca sabrá que son una sola persona. 

La Fábrica

Se empinó  la copa de whisky hasta el fondo, de una sola vez. El alcohol le quemó la garganta, pero no lo sintió. La noticia que le acababan de dar era muchísimo más impactante que cualquier otra cosa.

Hassan Dagach había vivido toda la vida en la misma casa. Antes, había pertenecido a su padre y antes, a su abuelo. Oriundos de Nablus, hablaba apenas algunas palabras de la lengua de su tierra. Muchas veces, cuando pequeño, extrañó ser llamado inmigrante, siendo que él había nacido en este lugar, entre estas paredes, entre estas alfombras, entre los olores de las hojas de parra, las berenjenas y el trigo burgol. Esta era su tierra, pensaba, aquí estaban sus recuerdos, su infancia, sus amigos. Sus docenas de primos, que correteaban por los patios y perseguían a las damitas de la familia o se embriagaban juntos, fumando a escondidas la pipa de agua del abuelo Hassan. Él era el tercer Hassan Dagach y guardaba su nombre con orgullo, como le habían enseñado. Su espíritu fastuoso y su inclinación por la riqueza y el juego, vinieron después.

La fábrica de algodón, ubicada a media cuadra de la casa familiar, siempre le produjo respeto. Las grandes bobinas, el ruido ensordecedor, la hilandería, la sección de teñido. La anciana de joroba que pegaba las etiquetas en las grandes piezas de jersey, que todos rumoreaban había sido la amante de su abuelo y que, por la maldición del marido, tenía esa horrible deformación. Las señoritas que llegaban, en las mañanas heladas, como golondrinas, vistiendo sus guardapolvos color celeste, cada una frente a una máquina de coser, cortando y armando camisas el día entero. Era un ruido constante, un movimiento constante, un olor constante. Ese era el ritmo que definía a la fábrica. Un tiempo continuo que no paraba, que parecía que iba a llenar el mundo entero con su latir. Así sentía Hassan este lugar. Un universo paralelo, un ente distinto, con vida propia. Eso era.

Al heredarla, no quiso hacer mayores cambios. Le parecía que funcionaba por voluntad propia. El precio del algodón subía como la espuma y se esforzó en mantener al personal. Todos tenían una historia de lealtad, que por tres generaciones había probado su valor. Muchos eran hijos y nietos de trabajadores. Conocían el oficio porque estaba en sus genes. Algunos fueron gestados entre estas paredes. Hassan no podía hacer otra cosa que mantenerla. Y lo hizo, mientras pudo.

Vivía bien con las ganancias de la fábrica y de la tienda que se le ocurrió construir, creando una línea propia de confecciones que eran vendidas a precios de ganga. Un éxito rotundo. Pronto, entregaba en las tiendas de toda su parentela, a lo largo de este país, tomando contacto con otros familiares que venían a probar suerte, como lo habían hecho sus abuelos, pero no le importaba mayormente su historia. No había caso. Sólo había una cosa que le cautivaba más que sus empresas. Era el Casino.

Las luces titilantes, el ruido de las mesas. El sonido de los tragamonedas y de vez en cuando un espectáculo. Los tragos y comidas con otros jugadores empedernidos como él, que negaban su adicción al juego, como él y negaban el embrujo de las luces, como él. Perdían a manos llenas, en una hermandad enferma y díscola, que se embrutecía bebiendo tanto cuando perdían como cuando ganaban. Hassan esperaba el día sábado para vestirse con sus prendas más elegantes. Había cosechado la ganancia del día de la tienda y escrupulosamente, sólo apostaba eso. A veces, eran varios miles. Entraba y saludaba a todo el mundo. Tenía su mesa reservada, su séquito que le esperaba para vitorearle, cuando ganaba y para palmearle la espalda, cuando iba perdiendo. La magia del casino le absorbía, le trastornaba y le dejaba exánime y disuelto en miles de pensamientos que no tenían asidero ni lógica. Se perdía en los colores, en las formas, en las partidas. Se perdía.

Apura otro trago, mientras el contador le vuelve a explicar la situación. No hay forma de negociar. No hay forma de evitarlo. Estamos en la lista. Sólo tome su dinero y váyase, es mi consejo. Hassan repasa las palabras, examina el documento. Analiza el tema. Consulta a sus parientes y amigos. Varios ya han sido expropiados. El Estado tomaba las fábricas y se las entregaba a los obreros. Eran insignias de la popularidad del gobierno y eran ejemplo de lo que era capaz de hacer por los trabajadores. Muchas habían sucumbido y ahora lucían abandonadas y en franco deterioro. Ese era el destino que le esperaba a la suya, le dijeron. Tomó sus precauciones. Habló con sus empleados. Trató de persuadir, de sobornar a los dirigentes, pero todo fue inútil. Cierre la puerta por fuera, le dijo el presidente del sindicato que tomaba la fábrica esa mañana, que ahora esto es del pueblo. Usted vaya y siga jugándose la plata que le ha sacado, como sangre de las venas, a los trabajadores.

Hassan Dagach siguió el consejo y perdió mucho dinero. Luego, vendrían varias debacles económicas de las que salvó sólo con la ayuda de sus parientes y los pocos amigos que logró juntar. La mañana de ese día jueves, luego de tomarse la copa de whisky de un solo trago, firmó con la compañía inmobiliaria. Compraban lo que había quedado de la fábrica, restos retorcidos dejados por la desidia de los trabajadores, cubiertos de herrumbre por el paso de los años, añejos y corrompidos. Compraban la ubicación, el bien raíz, le dijeron. Vamos a abrir un casino.

 

Un Año

“Escribo. Escribo para no olvidar”, dice la primera línea de la primera entrada. Hace un año que escribe, inspirada por miles de voces que llegaron al galope a sus oídos y que lentamente fueron tomando turnos para contarle sus historias, para convertirse en letras vivas, en sueños fantásticos y en memorias que van llenando las páginas de ese maravilloso y liberador ejercicio.

La escritora es la traductora de los susurros de todos aquellos que han venido a contarle con calma sus pesares, sus recuerdos y sus vidas. Están todos ahi, Mercedes Pilar, Isabel, Constantino, Esteban, Amelia, Marie, Natasha, los Amantes, Mary, Lucía, Olga, la Mamá, el Navegante, Gloria y tantos otros. Todos ellos han vaciado sus corazones, dictando bajito y en desorden sus historias. Tal vez han sido parcos o muy efusivos. Tal vez  han sido demasiado sinceros o misteriosos. Es asi la vida, llena de emociones y recuerdos que, al traerlos a esta realidad, por alguna alquimia desconocida, se transforman. Aparecen las memorias porfiadas y vívidas. Cobran su importancia a medida que viajan por las palabras y ellas se transforman en estas líneas. Escucha con atención. Toma notas a la carrera. Sueña lentamente, se transporta,  ve paisajes, escucha voces, se llena de aires nunca antes respirados y vive a través de ellos. Personas que son personajes. Personajes que son personas.

En este hermoso viaje no ha estado sola, algunos le acompañan desde el principio, otros se han unido en la carrera. Gracias a Weaber, Cecy, Xica, Polli, Kit, Clemen, PrimeraLluvia, LuisIrles, Alcaudoncillo, Fanou, Dalpasa, Mai, Jpablo y tantos otros que han pasado por estas páginas y dejado amablemente sus impresiones.  A todos ustedes, miles de gracias.

Quedan historias todavia, esperando su turno de ser escritas. Quedan vivencias todavía, esperando ser puestas en estas líneas. Quedan viajes. Quedan miles de viajes.

escribiendo

La Señora

mujer conduciendo

Había terminado de hacer su maleta. Incluyó una foto de sus hijos y otra de sus padres. Estaba tan decidida, como no lo había estado nunca antes en su vida. Cargó sus efectos personales más queridos y dio, por última vez, una vuelta a la casa. Tomó su automóvil y partió al punto de reunión.

La Isabel está embarazada, dijo la empleada, secretamente, en la cocina. Allí estaba el jardinero y el joven dependiente de la botica. Se alegraron a pesar de la noticia, porque una señorita de sociedad como ella, se casaba inmediatamente, para tapar toda la comidilla y el escándalo. Se dispusieron a armar la fiesta, que fue grandiosa y regada. Todos los amigos de los alrededores acompañaron a la joven pareja que se mostraba más complicada que feliz, más insegura que dispuesta. Nada de eso realmente importaba para nadie. Estaban donde debían. Era natural este enlace. Serían felices para siempre.

Los años pasaron como suspiros y los hijos fueron llegando con más o menos alegría, mientras los problemas apenas rozaban sus mejillas, siempre rozagantes y sus vidas, siempre perfectas. No valía la pena mezclarse con más gente que sus propios conocidos y amigos de la infancia. No valía la pena abrir las mentes a la diversidad como anunciaban los programas de farándula y el gobierno de turno. Sólo ellos se bastaban en sus círculos cerrados, donde todos eran conocidos y de la misma “clase”.

Aún recordaba la tozudez de su hijo menor que le provocó tantos dolores de cabeza. El joven insistía en mezclarse con esa niñita ordinaria, sin nombre ni futuro. Una casquivana de seguro. Estaban destinados a ser el hazmerreír del pueblo. No pudo permitirlo. Se encargó de desprestigiar cada palabra, de invalidar cada gesto, hasta que el hijo finalmente desistió de su empeño. Había sido una locura. Como era una locura este viaje inesperado. Pero esto era distinto. ¿Qué sabía su hijo? ¿Qué sabía nadie?.  Era la vida que siempre quiso. La verdad.

Avanza segura de su camino, henchido el corazón de amor, como jamás lo esperó. Esta pasión en la edad madura de su vida le ha abierto la mente y los sentidos. Nada más importa y si  mira en retrospectiva, se da cuenta de que nunca ha vivido. Se siente como las heroínas de las novelas mexicanas, que la empleada veía embobada en las horas calladas de las tardes, mientras ella jugaba a ser la esposa perfecta, la madre perfecta en un mundo que ahora distaba de ser perfecto. Por eso escapaba, ¿¿que nadie acaso lo veía?? Luis la esperaría y juntos vivirían la vida que ambos se merecían. Ambos,  uno con el otro. Felices, para siempre.

Son las seis de la tarde. El sol está ocultándose y su corazón se ensombrece. Lentamente, las esperanzas se van quebrando. Revisa su celular por milésima vez.  No hay nada. Tiembla de frío y soledad. Recuerda la botella de vino que tiene en la parte de atrás del auto. Bebe con lentitud. Se queda ahi toda la noche. En la mañana siguiente decide alquilar un cuartito de hotel. Sigue bebiendo.

Hace tres años que Luis no se presentó a la cita. Después de esa noche, el pueblo entero la indicó con el dedo y fueron contados quienes no la condenaron. Se convirtió en un fantasma que conducía por las calles, en las tardes calladas, sin  mirar. Siguió bebiendo en delicados vasos de cristal, que sacó del baúl que había sido de su madre. Nadie, ni su empleada sabía de dónde sacaba el licor. Sólo compartían la novela. Isabel lloraba por el melodrama y su pelo se tornó cano y pajoso. Su avidez por la bebida crecía hasta que su hijo mayor le informó que iba a ser abuela. Esa tarde, rompió la foto de Luis y cada uno de los vasitos de cristal con los que había bebido todas las jornadas, mirando el culebrón. Tomó su auto y partió a la peluquería. De vuelta, traía un hermoso cochecito de bebé. En su mente, ya había decidido el nombre y el colegio, las amistades y el roce. Como debía de ser.