Conquista

Cuzco se abrió ante mí como una fruta madura, como las piernas suaves de una mujer dispuesta, como la brisa de una mañana fresca de primavera y yo le comí, le penetré y le respiré hasta que me emborraché de ella.

Habían sido muchos días de viaje, meses tal vez. Perdí la cuenta, aunque el fraile Muñiz se empeñó en enseñarme a contar y escribir, entre tanta selva y humedad, doy gracias a Dios que no perdí la chaveta como todos los demás. El fraile ya estaba bien perdido. Insistió en cargar el arconcillo hasta que las fuerzas le abandonaron y sólo entonces confió en mí totalmente, pero su cantinela enferma me atosigaba, como los mosquitos, las serpientes, las aguas putrefactas, los cambios abruptos en el curso de los ríos, las flechas envenenadas venidas del espesor de la selva, los gritos de los monos y otras alimañas, la hojas gigantescas de los árboles, las ranas ponzoñosas, el aire cargado de melancolía y sofoco. Varias veces no vimos más signos del día que rayos de sol que se colaban con dificultad entre los árboles espesos, que parecía nos vigilaban desde la altura incalculable de sus copas. Nadie dormía, nadie podía pensar con claridad. No sé cómo logramos pasar la Amazonía. Todos nos miraron asombrados, cuando bajamos el río Ucayali y pudimos caminar por primera vez en semanas. La piragua estaba dibujaba en mi cuerpo o tal vez yo estaba dibujado en ella. Muñiz ya se había ido y me tintineaban sus palabras, como las cuentas de los rosarios que llevó colgando, desde que lo conocí y que terminaron en mis manos.

Durante todo el viaje y hasta que lo abandoné,  no perdió ocasión de hablarme, tal como lo había prometido, de sus señores, los de la Asunción. Pérfidas criaturas, malditas por los hombres y Dios, decía, habían amasado fortunas a punta de juramentos que nunca cumplieron, matrimonios por conveniencia, usurpación de identidades, despojo de viudas y huérfanos, asesinatos y violaciones de edictos, terrenos y mujeres. Conocían la ley como pocos y tenían un séquito de otros tan truanes como ellos, que usufructuaban de sus ganancias mal habidas, hasta que misteriosamente desaparecían, como habían desaparecido tantos.

Sin miedo, Joaquín, me decía, porque el miedo delata, corroe, debilita. Así debes proceder, donde fuera que vayas, compórtate como un hombre de gran señorío, aunque tus harapos se caigan con el breve soplo del viento, cree firmemente en quien has elegido ser. Los de la Asunción nunca fueron nobles, repetía hasta perder el aliento; nunca, pero convencían hasta al más versado, con sus modales afectados y sus bolsas llenas de monedas de oro. Oro, Joaquín. Júntalo, acarícialo, llénate de él, porque el oro trae más oro y donde hay oro, está la fama. A nadie le importará que cometas aberraciones, si tienes cómo pagar por el silencio de los injuriados y sus testigos. No lo olvides.

Resonaban todavia sus palabras en mis oídos, mientras iba avanzando por el valle. El verde de las montañas y la falta de aire me descolocaba, hasta que la vi. Como el ombligo impúdico de una bestia dormida, la ciudad de Cuzco se manifestaba con sus colores terracota y pizarra, como si estuviera esperándome desde el principio de mi vida. Estaba extasiado y bajé la colina con prisa, arriesgando el reviente de mis pulmones, como me enteré después.

Al entrar en la ciudad, el aroma de los cedros y del romero me envolvió y a medida que fui recorriendo sus barrios, una mezcla de olores me fue hipnotizando, seduciendo, hechizando. La tierra húmeda, las especies de las cocinerías de la calle, ají panca y mirasol, ajos, carne seca de llama, culantro, papas, achiote, maíz y otros que, hasta el día de mi muerte, no pude jamás identificar. Me encegueció la lana que teñian los indios, por sus colores tan extraños en estas latitudes y el verdor de sus bocas, me provocó cólicos que, con el tiempo, logré curar aspirando rapé, pero eso fue mucho después, cuando ya era un señor.

Me introduje en la ciudad, decidido. Con las primeras cuentas del rosario de perlas negras, compré vestidos y calzado. Pagué a un par de yanaconas que me guiaran por Cuzco y me mostraran sus secretos. Calles empedradas, muros de piedra, antiguos vestigios del esplendor de la cultura de sus ancestros, me decían, degollados como cerdos por los hombres de Francisco Pizarro, que usaron por vez primera la palabra herejía en estas latitudes, para justificar sus crímenes, quedarse con su oro y copular con sus mujeres. Todo me lo había contado Muñiz, antes. Escuchaba con atención los susurros de la ciudad y estaba dispuesto a usar cualquier secreto, cualquier artimaña, porque ya había visto a un don con sus ropas de terciopelo y sus piezas de ocho colgando en un collar grotesco y envidiable. Eso quería y ya había vendido mi alma al demonio. Muñiz me lo dijo. No tenía nada que perder.

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El Fraile

Se subió al barco con propiedad, arrastrando su arconcillo y mirando a todos de reojo. Su nombre era Antonio Muñiz, fraile devoto de San Benito. Loco de remate, sufría la enfermedad del mar, pegada con lacre en su cuerpo. Tomó lugar en la cala y permaneció en silencio por un par de días. Sólo tomaba agua y vomitaba, casi al mismo tiempo. El capitán le consideró un mal necesario y lo dejamos en paz.

Una vez en altamar, empezó a desvariar. A donde iba, arrastraba su arcón y entre los pliegues de la sotana, se escuchaba la sonajera de pequeñas cadenas. Estaba totalmente loco, lo sentenciamos todos y nadie le hacía mucho juicio a sus palabras. Tratábamos de evadirle e incluso en la prédica le ignorábamos. Un día me tomó por sorpresa y me lanzó una monserga, que en vez de alejarme, me atrapó como en un cuento de hadas. Hablaba de las confesiones de los nobles, su antiguo deber como guía espiritual de aquellos que tenían el dinero suficiente para pagarle y acallar, de ese modo, sus conciencias. Me dijo que ellos pecaban más que todos los que componíamos la tripulación del barco. Juraban, afrentaban y volvían a hacerlo tantas veces en el día que, al final, se les armaba un despelote de pecados y negras conciencias y era por eso que se iban a ir directamente al infierno, no importaba las fortunas incalculables con que compraban sus indulgencias. Me miró a los ojos fijo y me dijo quedamente, tú eres como ellos, vas a terminar colgado, tu alma quedará vagando en el limbo de los irredentos y se arrastrará hasta que alguien se apiade de ella. Acto seguido, se levantó con trabajo y arrastrando su arcón, se fue a la popa a vomitar espumarajos. No retenía nada en el estómago. Todos creíamos que botaba al demonio de su cuerpo, porque a fuerza de tanto nombrarlo, seguro le poseía.

Hechos que hubiera preferido olvidar se suscitaron en las próximas semanas y salí a puerto con un nuevo nombre. La vista del fraile me atosigaba, pero él actuaba como si no se hubiera dado cuenta de nada. Incluso una noche, antes de recalar en Cartagena, me bendijo con una de sus cadenitas, que no eran otra cosa que rosarios, hechos de los más diversos materiales, regalos me dijo, de sus antiguos feligreses, los marqueses de la Asunción, que de nobles no tenían ni los pelos, se burló, mezclando partes del latín de la bendición, con el de la ceremonia del bautismo y con el cuento de sus pupilos.

Ellos me regalaron un arcón inmenso, me confidenció, lleno de joyas. Muchas joyas.  Cambiaban el arcón por mi ayuda espiritual, me dijeron, pero a poco andar empecé a ver visiones. El demonio entró a mi cuerpo y no pensaba en otra cosa que en revolcarme en ese tesoro inmenso. Consentí muchos y severos pensamientos impuros, que se terminaron mezclando con las confesiones impúdicas y terribles que ellos iban a dejar a mi celda, cada día. Actos antinatura, asesinatos, torturas, violaciones… no puedo hablarte más, sólo puedo decirte que estaban bien malditos y me maldijeron a mí también al darme esas joyas. 

Un día, huí de sus dominios, cargando sólo este pequeño arcón, que no contiene joyas, como dicen los otros marineros, sino un mapa, un mapa dibujado en la afiebraba muerte de un mendigo que llegó, por accidente, a la casa de los señores a los que servía y que fue golpeado brutalmente por el más joven de ellos, sólo por diversión y crueldad. El hombre agonizó en mis brazos y me regaló la visión del mapa, que tenía grabada en su memoria. Eso me condenó. Vagué por todo Málaga tratando de buscar un barco, obsesionado por el tesoro y cuando dejé de desearlo, el Señor me lo concedió y  me ató a tu destino, Joaquín. Debo bendecirte para que seas salvo, debes dejarme seguir viaje contigo hasta donde mis fuerzas me acompañen. Te diré mis secretos en el camino y te contaré cómo los señores de la Asunción amasaron tanto oro. Al fin de cuentas, ya estoy medio muerto y a ellos se los ha llevado el demonio. 

Gemelos

En el año del Señor de mil setecientos diecinueve escribo estas líneas, con un pedazo de carbón aguzado que estaba debajo del jergón, cubriendo el camastro. Estoy preso. Me conocen como Joaquín Ruiz de Santa Cruz, pero nací con otro nombre. Mi madre me abandonó en los barcos cuando tenía apenas ocho años y aprendí demasiadas cosas entre tantos viajes. La noticia de los tesoros de América hizo perder la razón a varios, desde el comienzo y bajamos por los caminos olvidados de los indios amazonas hasta llegar a este reino, que aún es oro y riquezas por doquier. Un favor bien hecho, traducido en el cuerpo muerto de un pobre diablo, me hizo tener mi nuevo nombre. Aún recuerdo al fraile loco que viajó con nosotros, arrastrando un arcón oxidado, cargado de quién sabe qué cosas. Se abrazaba a la pieza con devoción, mientras sus ojos se tornaban en blanco por alucinaciones de mapas de tesoros y visiones demoníacas. Le abandonamos en el primer puerto que vimos, pero su imagen me persigue hasta hoy, en esta celda lóbrega, donde espero para ser colgado.

Las calles de Cuzco me atrajeron apenas las vi, como los ojos marrones de Aurelia, sus caderas redondeadas y sus manos de terciopelo. Poco me importó que estuviera casada. Su voz me martillaba en las noches y luego de maquinaciones y jugarretas, logré hacerme de una fortuna como la que jamás hubiera visto nadie en el lugar donde nací. Piezas de ocho colgaban de mi cuello y mis zapatos eran del cuero más fino, amansado con los dientes de varios indios que estaban a mi servicio, por encargo y gracia de su Majestad, quien es ahora el que me envía a la horca. Cierro los ojos y recuerdo claramente los olores de la cocinerías, las calles empedradas y las rocas cuadradas de los callejones donde, por las noches, ataqué mozas a mansalva y les hice chillar de placer, mientras mis rodillas se volvían de algodón y un líquido caliente me recorría la espalda. Aurelia me recibió en su cama varias veces y varias tantas me colé de sorpresa, escapando como un chico por los balcones llenos de flores, a la vista de sus sirvientes, que existían en un trance infinito, sin emitir jamás un sonido, ni siquiera cuando su amo dejó de respirar por el filo de mi acero. Pero esa no es la razón por la que estoy aquí. Esto es una total injusticia.

Acabo de levantar la roca. El olor a encierro se me cuela por los poros. Busco el último vestigio de Joaquín Ruiz de Santa Cruz, señor de la hacienda La Magdalena de Cuzco. Cometió diversos crímenes y los registros de la historia lo indican como bandido, asesino y bastardo. Apareció, por primera vez, en el manifiesto de un barco que tuve la suerte de leer, antes de que el tiempo hiciera presa de sus hojas y las convirtiera en un polvillo irrespirable. Entonces, asesinó al capitán y tomó su nombre y su cargo. Producto de los amores prohibidos con doña Aurelia de Rivera y Godoy estuvo al borde de la horca, pero misteriosamente el marido agraviado apareció en un estanque, con marcas de una espada toledana que nadie se atrevió a identificar. 

Su Majestad premió a don Joaquín en variadas ocasiones, aumentando su fortuna a niveles nunca vistos en hidalgos de poca monta. Estuvo en la Corte varias veces, tuvo su propia flotilla de barcos que comerciaban sólo con el puerto de Cartagena, amén de las maquinaciones oscuras y sangrientas  que efectuó para quedarse con la ruta y había terminado sus días por un edicto real que lo declaraba impostor del nombre que creó como suyo. Su fin llegó un día de mayo, al amanecer, cuando el verdugo, convenientemente pagado por la víctima, hizo un lazo apretado que le llevó la respiración y la vida en pocos minutos, quitándole a la turba el placer de verle balancearse por horas. Cuentan que doña Aurelia estuvo allí, como estuve yo hace  poco, admirando el viejo árbol de huayruro que soportó el peso de tantos hombres colgados. Vi su rostro como vi el mío, en el espejo, esta mañana y terminé de creer que somos muy parecidos. El único retrato de don Joaquín colgó gracioso en la casa de doña Aurelia, como la afrenta última al marido agraviado y la prueba irrefutable de la conducta licenciosa que les hundió a ambos y que llegó a mi conocimiento por azar y una sola vez. Levanto la piedra nuevamente y veo con claridad el pedazo de carbón que usó en su última misiva. En un segundo único, escucho su respiración entrecortada por la humedad del cuarto y me doy cuenta que es él quien me ha guiado. He seguido su camino no para reivindicarle, sino sólo para conocerle y darme cuenta, en este viaje, que hemos sido como hermanos…