El Mago

Sergio Rodríguez siempre supo de encantamientos. Pases con las manos y la atención absorta de una audiencia atolondrada con los movimientos del prestidigitador, formaban parte de su vida, tan patentes, como aquellas imágenes de sueños que, de pronto, se hacen realidad. Como se hizo realidad Graciela, aquella tarde de primavera, mientras los retamos florecían y los nerviosos picaflores se perdían dentro de las fucsias y los rododendros.

Nada más la vió salir, con sus cabellos al viento y sus labios acorazonados, sintió el aguijón caliente del amor. Las caderas de ella se balanceaban al ritmo de sus latidos y no le costó ningún esfuerzo averiguar detalles íntimos de su vida, mientras  hacía aparecer palomas y flores con sus trucos. Una sonrisa entera, grande, hermosa le llenaba a ella la cara de vida. Vida que no había vivido, vida que no había saboreado nunca con el dulzor que Sergio Rodríguez le ofreció en cada uno de sus pases mágicos. En cada truco, en cada movimiento de las cartas, la risa hermosa y cantarina de Graciela le daba razones más que suficientes al mago del amor, como ahora se llamaba, para inventar nuevos números y no perder de vista a esta mujer que le hechizaba por completo.

En cosa de semanas eran amantes. En cosa de semanas, Sergio se enteró con lujo y detalle de la catástofre que habían sido los últimos doce años en la vida de Graciela. Cómo, fingiendo amor, había mantenido un matrimonio de opereta con el hombre más aburrido del planeta. sólo por la sanidad mental de las dos hermosas hijas que había concebido en ese claustro que ella llamaba vida. Cada truco del mago, cada intentona le daban a ella las alas para querer volar lejos, pero se detenía al pensar en el qué dirán, en la irremediable suerte que había elegido por destino, en la comodidad de su hogar, en la aversión a la vida itinerante del circo, en los sueños en que naipes se le venían encima, en castillos desarmados y la cara triste de Sergio Rodríguez cada vez que le comentaba, después del amor, los lúgubres presagios que llenaban sus noches.

Graciela exudaba pasión. Sus cabellos crespos, su boca de perfecto corazón, sus pechos turgentes, sus caderas amplias. Todo estaba en la memoria del mago, que le dibujaba lujurioso en sus pases, cada noche, en las funciones del circo. Quería otro destino, quería llenarse de gloria por ella. Quería aletear sin descanso, como los colibríes que revoloteaban entre las lilas. Quería todo. La quería a ella.  Saltaban las flores del sombrero de copa y Sergio imaginaba que no sólo podía hacer brotar flores y conejos, palomas de alas romas y bolas de fantasía. Imaginaba que también podía hacer aparecer un futuro esplendoroso para ambos.

La noche que llegó el marido de Graciela a gritar la traición y su nombre  a la función, debe de haber sido la más trágica y bochornosa para toda la comparsa. Sergio Rodríguez tiraba los cuchillos con los ojos vendados, mientras Irene, la mujer del domador, enfundada en una malla de azul tornasolado, sonreía petrificada por la naturaleza del acto. Acto que ella prefería antes de lavar los calzoncillos cagados del marido, que jamás lograba eliminarse el olor a bestia enjaulada. Chilló la traición el esposo mancillado de Graciela e Irene pagó la culpa de Sergio Rodríguez. El cuchillo se le incrustó en el ojo izquierdo, penetrando su cráneo alargado, hasta quedar estampado en el tablón de encino donde se apoyaba la artista. El mago no se dio cuenta de nada, hasta que el público empezó a gritar y el mismo marido de Irene, junto con el de Graciela, entraron a la pista de aserrín, uno colorado de furia y el otro blanquecino de espanto.

Sólo el día de su muerte Sergio Rodríguez recibió una golpiza igual. Pero aquel día no era su destino pasar al otro lado del alambre y el padre de don Martínez, vestido de payaso, les tiró agua con lavandina a los agresores hasta hacerlos retroceder.  A empellones sacó al domador viudo y al marido agraviado fuera de la pista. Tocó la orquestita la música de final de función y llegó la policía. Todo se volvió nebuloso. Todo se volvió del color del aserrín. No hubieron trucos para Sergio Rodríguez que lo ayudaran a salir antes de los cincuenta días que estuvo en la cárcel. Allí se enteró de la desaparición de Graciela y su posterior hallazgo entre las tablas carcomidas de la leñera. El perro de la casa amenazaba con romper los nervios de todo el barrio, a fuerza de rascar los tablones y recibir las zurras del marido. El domador viudo se ahorcó con su látigo y desfalleció en la jaula del rey de la selva, bestia inmunda y desdentada, que no tenía más aprecio por la vida que la que tuvo su compañero de función. Bostezó largamente, antes de apoyar su cabezota sobre el cuerpo del domador. Fue necesario pegarle un tiro para lograr sacar el cadáver que, después del tercer día, ya apestaba a todo el pueblo.

Sergio Rodríguez perdió la felicidad de la magia y se olvidó de todo encantamiento que hubiera dominado jamás. Me hubiera gustado conocerlo antes que esa tragedia opacara su vida para siempre. La alegría le rebalsaba la cara. Ahora, era un alcohólico fantoche y arrogante, perdido entre sus propias mentiras, que inventó desesperado, durante cincuenta días, para no morir en la cárcel, de abandono y desolación. Me hubiera encantado conocerlo antes.

El Sudor del Sol

Me confieso un poco dispersa esta mañana, te advierto, pero parece que no haces razón de mis palabras. Revuelves el caldo denso con ese cucharón largo de madera que encontramos en Bolsón. El vaho va subiendo más rápido de lo que yo esperaba y el aroma dulce de la cebada caliente me envuelve en sus humores.

Me hablas de tus viajes. De los eternos días de buceo en Cozumel y te imagino con la puesta del sol a tu espalda, tu añejo pintado y el reloj marcando la presión atmosférica. Me hablas de los tesoros mayas; de Nuestra Señora de Atocha, mientras sigues revolviendo con devoción. Poco importan las salpicaduras en el piso. Ahora envuelves cuidadosamente el lúpulo en una venda blanca y lo depositas en la mezcla humeante. Tomas la temperatura. Tomas la hora. Tomamos un vaso de cerveza, bien fría, bien rubia, bien espesa, bien amada, bien hecha por ti.

Me declaro adicta a este placer y sorbo lentamente. Veo los amaneceres tuyos en el Caribe. Veo las montañas de los mayas, veo tantas cosas, a la luz de este elixir dorado y frío que cruza mi garganta. Escucho tus historias de marinos y las burbujas se van haciendo parte en este relato fascinante, como si yo también buceara. Veo tu empeño traducido en el aroma dulce y pegajoso de este caldo. Te imagino otra vez con el sol a tu espalda, siempre contra el horizonte, en este viaje que no ha terminado todavía.

Revuelves otra vez. Atizas la llama de la lumbre y esperas, con la paciencia de los barcos viejos en el fondo del mar, mientras el sol del Caribe los va despercudiendo cada día, a la espera de que alguien los encuentre, para que tengan a bien contar su historia. Miro a contraluz mi vaso espumante, me entra a la nariz el polvillo picante del lúpulo y te escucho. Consultas tu libro por si has pasado por alto algún detalle de importancia, pero más que todo porque te regocijas en el placer de la cocción. Enfriamos ahora, me dices. Dejo de lado mi copa y juntos nos ponemos manos a la obra. El sol del mediodía de este lado del mundo entra de lleno en la habitación. Colamos con cuidado y confiamos en nuestros tiempos. Bebemos un sorbo de la mezcla caliente, intentado adivinar el sabor futuro de la alquimia y del trabajo, proyectando el resultado final, que no veremos este día ni el siguiente. Es un proceso en el que hay que saber esperar, dices con certeza y me sonríes.

Me cuentas de los tesoros mayas otra vez, me hablas de miles de viajes y aventuras. Te escucho aún un poco dispersa, todavía un poco perdida. Este sol inusual para la época nos hechiza, nos alucina, nos da ánimos. Este sol se vierte lentamente en la mezcla ancestral que hemos preparado y creo que la tiñe con sus rayos, la hierve con su fuerza y la deja en nuestros labios, junto con el amargor del lúpulo y los suaves toques tostados de la cebada.

Me confieso dispersa, sin remedio, pero ya no importa. Miro el paisaje, levanto mi copa. Veo tu sonrisa. Cerramos las tinajas, limpiamos la habitación. Me tomas de la mano, es hora de otra historia, de otro viaje, de este tesoro bonito que tenemos y que encontramos por accidente, tanto tiempo atrás.

Don Tani

La vió alejarse con su paso veloz, después de indicarle la vereda más sombreada. Aspiró el aroma aún intacto del momento y se acercó lentamente a la reja de la entrada. Le pasó los diez pesos a la florista en pago por el ramo de crisantemos y le cerró el ojo, mientras uno de sus dedos se iba a sus labios, en señal de silencio. Ella sólo hizo una mueca. Se avergonzaba de no tener dientes.

Estanislao del Carmen Santana llegó a este lugar por pura casualidad. Conoció a don Nicomedes, el antiguo panteonero, en un bulín de mala muerte, una tarde de verano, hacía mucho tiempo atrás. Entremedio de la conversa, don Nicomedes le dijo que ya estaba acabado, que no podía seguir en este oficio de mierda y que cada vez que entraba un cortejo, se le ponía la carne de gallina. Veía su propio funeral pasar por enfrente suyo casi todos los días. Así no había salud que aguantara.

Estanislao, en poco tiempo, fue el único que apareció, con viento norte o travesía, a abrir la reja de fierro del cementerio, dejando pasar a los dolientes, a los devotos, a las monjitas, a los zátrapas, a los niños, a las amantes y a las esposas, a las madres, a los maridos y a aquellos que llegaban misteriosos a visitar aquellas tumbas que decían eran milagrosas. Se hizo familiar su figura, de piernas chuecas por la polio; sus manos de dedos torcidos, por su pasión por el boxeo. Su cabeza redonda y de pelo corto, como si fuera un presidiario, sus ojos mansos y su voz compasiva. “Pase por aquí, está allá, a la otra vuelta, donde se ve el monumento de los bomberos mártires. Lo que necesite, nada más dígame”. Siempre atento, siempre respetuoso, siempre puntual, siempre generoso, compartía el dolor de las familias y por alguna razón se sentía como un rey en este dominio, a menudo silencioso y distante. Se paseaba haciendo rondas, cada hora o hora y media y mientras caminaba hacía sonar las monedas que tenía en su bolsillo. Le fascinaba su sonido y le alegraba su cantar.

Por el peso de tanto metal, sus bolsillos debían ser remendados con frecuencia y fue así como la conoció. La señora Olga era la modista de todos los ricos del pueblo. Sus ojos verdes, su tez de porcelana, sus manos de venas azules, con frecuencia atormentadas por raspones y picaduras. Tenía la extraña costumbre de ir mensualmente al cementerio a dejar un ramo de crisantemos para su madre. Don Tani la vió una mañana de invierno, cuando le dejó encargados unos paquetes en la entrada y se fue a la carrera, sin prestarle ninguna atención a sus consejos y amabilidades, a la tumba que había venido a visitar. Cuando se despidieron, ella le dejó una moneda como propina y se alejó, con un atento pero mecánico buenas tardes. La vez siguiente él le preguntó si conocía a una modista y ella lo miró de pies a cabeza. Le indicó que tenía muchas cosas que hacer y que no podía recomendar a nadie. Use un monedero mejor, le aconsejó y él le sonrió. A partir del mes siguiente, ella empezó a coser sus pantalones.

Para don Tani la señora Olga tenía algo especial. Una nobleza única, una voz sincera. No era una pasión volcánica la que sentía por ella, no era tampoco un tornillo flojo en el temprano otoño de los días de ambos. Sentía que quería estar a su lado, protegerla, alivianar su carga, cuidarla. Inventaba toda clase de mentiras para dirigirle la palabra y ella le retribuía con minutos de su tiempo, que era siempre tan escaso. Después de hablarle, después de verla, don Tani se volvía de lana, se volvía sordo y ciego por minutos eternos, hasta que alguien lo despertaba de su estado y se daba cuenta que un dolor agudo se le había instalado en el corazón y permanecería ahí por las siguientes tres semanas, hasta que ella aparecía nuevamente, con sus trajes bien cortados, sus zapatos de tacón, sus cabellos peinados con rigor, sus manos de venas azules, su encantadora sonrisa y sus palabras. Escuchó la historia de la muerte de la madre, hasta que fue capaz de recitarla de memoria. Extrañó sus visitas cuando la señora Olga fue operada de la vesícula, al punto que se fue al hospital a preguntar por su salud, sin dejar nombre ni seña. Bruñía las monedas en sus bolsillos, cuando no podía verla y juntaba las más brillantes para pagar por las flores misteriosas que alegraban su corazón.

Dejaron de verse porque las piernas de la señora Olga no tuvieron fuerzas para seguir yendo al cementerio y la memoria de don Tani lo fue abandonando hasta que una mañana olvidó ponerse los pantalones. Su hijo le recriminó el hecho y a partir de ese día no volvió a abrir las rejas de fierro del panteón. Doña Olga caminaba con esfuerzo, pero lo evocaba con cariño. Don Tani se escapaba de la casa y se iba a pasear por el pueblo, en calzoncillos, apenas recordando quién había sido. Sólo una vieja moneda de diez pesos le daba unos segundos de lucidez y recordaba a la rubia de ojos verdes que llegaba cargada con un ramo de crisantemos. Se aferró a ese único recuerdo con rabia y cuando perdió la moneda, fue el último día de su vida. La señora Olga falleció tiempo después, visitada por la imagen de su madre, que le tomó de la mano y la llevó lejos, donde habían campos de flores, de todas las flores.

Romualdo Uribe

Las gigantescas bolsas rojas del correo le provocaban pesadillas. Veías sus letras convertirse en grandes fauces que le succionaban hasta sofocarle, entre los miles de sobres que pululaban en su interior. Las veía de cerca y transpiraba, pero aprendió a dominar su pavor porque era el entorno donde se había criado y su destino de por vida. De Uribe a Uribe, vociferaba su padre cuando recibía, al pié de la carreta, las grandes bolsas coloradas, que el joven Romualdo apenas levantaba del suelo. De estatura reducida, a causa, tal vez, de alguna condición heredada de la madre, preciosa criatura en miniatura, con ojos de muñeca y facciones de princesa, que desapareció cuando el niño Romualdo aún no alcanzaba los ocho años, de seguro succionada por las letras negras de los sacos o metida por equivocación en el gran cajón que se llevaba las encomiendas. Siempre tuvo la esperanza de que volviera y su padre, aunque no lo dijo nunca, también.

Heredó el puesto, sabiendo todo lo que tenía que saber de este oficio, desde cómo operar el telégrafo hasta el juramento férreo de no ceder a la tentación de abrir el correo. Romualdo empezaba su día con café negro, amargo, que le teñía los dientes, provisto de sus manguillas negras y su pequeña visera. Parecía un niño jugando al telegrafista. Sus manos, sin embargo, eran poderosas. Dos nudosas y bellas manos, masculinas pero suaves, ágiles, firmes, de dedos bien formados y coyunturas de estatua griega. El resto de su humanidad sólo provocaba pena. Sus ojos de perro triste, sus mejillas flacas, sus piernitas chuecas y su terrible voz de pito, que se esmeraba en engrosar fumando en la trastienda los cigarrillos más negros que podía encontrar. Eso y el café le daban un color indefinido al esmalte de sus dientecitos de infante.

Producto de las nuevas disposiciones impartidas por el Presidente de la República, Romualdo fue conminado a apersonarse en las oficinas generales del correo, para obtener dichas instrucciones. La emoción de recibir la carpeta de cuero brillante con el nuevo reglamento, de la mano misma del Mandatario, no causó tanta mella en su persona como la vista de aquel portento de mujer, cantando con voz de soprano, en la cena de gala de la institución. Tusnelda de las Mercedes Sotomayor era su nombre. Sus dimensiones de elefanta hacían honor a la grandilocuencia con la que fue bautizada. Sus mejillas rubicundas, su cuello mayúsculo, sus senos descomunales, su porte de amazona. Todo en ella era de proporciones superlativas, pero su voz, su voz era la de los ángeles. Por primera vez, desde que tenía memoria, Romualdo Uribe se sintió transportado a un lugar donde las bolsas del correo no le perseguían, donde su madre no estaba perdida y donde todo era diferente a sellos y estampillas, a olor de tinta y lacre, a papel manila y rafia. Un sonido maravilloso, armonioso, ideal, no el tic, tic, tic, tic nervioso del telégrafo. Esto era el paraíso.

Con una determinación que no había tenido antes y que nunca más volvió a tener, se escabulló por detrás de los bastidores e ingresó al breve camerino de la cantante. La vista de sus carnes desprovistas del aparatoso vestido que le cubría en su performance, hicieron que Romualdo perdiera completamente el juicio. Impostó la voz más masculina que hubo salido jamás de su garganta y le dijo en una sola frase, sin pestañear ni detenerse: “Estoy encantado con usted, he venido desde muy lejos y espero que en mi vuelta a casa usted tenga a bien acompañarme, como mi esposa”. Tusnelda volteó asombrada y la figura del pequeño funcionario de correos, vestido con un traje dos tallas más grande, le provocó un ataque de asma que fue imposible de contener. Miles de pensamientos pasaron como ráfagas por su cabeza, mientras se le dificultaba más y más respirar. Romualdo le acercó, temblando, un vaso de agua. Ella se quedó mirando sus manos. Tan hermosas, tan suaves, tan masculinas. Se imaginó eternas jornadas siendo acariciada por esas manos. En un minuto de debilidad, no sabe si a causa de la falta de aire o del embrujo de esas manos, aceptó.

La pareja más dispareja del pueblo no pudo ser emulada en la felicidad que alcanzaban cada vez que se amaban. Tusnelda casi moría en incontenibles orgasmos de placer prehistórico y animal, al tiempo que la imagen de su marido crecía en su mente hasta alcanzar las dimensiones de un dios griego. Esas manos le hacían sentir cosas que jamás esperó sentir en una experiencia carnal. La indecencia de su amor reventaba los vidrios de la casa, cada vez que se tranzaban en esta coreografía de vueltas y abrazos, de caricias risueñas, profanas e interminables. Romualdo recorría sus carnes, perdiéndose entre sus senos de ballena. Ella desfallecía entonando las arias de Madame Butterfly, mientras el catre de hierro reforzado amenazaba con terminar en el sótano, a causa de los movimientos cataclísmicos de la pareja. Para ellos, era el paraíso.

El día de San Valentín, Tusnelda preparó una cena especial. Se vistió con su lencería más provocativa y esperó a su marido para otra maravillosa contienda en la arena de su amor. Nunca era bastante, siempre había en este ejercicio perfectible más y más formas de placer. Romualdo se demoró más de lo habitual, alentando su pasión. Cuando entró a la casa, le agarró por la solapa, olvidando la cena y le arrojó a la cama, para iniciar su rito acostumbrado. Las olas de pasión se sucedían una tras la otra, mientras la voz de soprano subía a alturas celestiales y se escuchaba lejana la quebrazón de vidrios. Tusnelda giró como una morsa en el mar y quedó a horcajadas de su amante. En medio de su paroxismo desenfrenado, una de las patas del catre se quebró. Su entera humanidad se precipitó sobre su marido, al mismo tiempo que el orgasmo les alcanzaba a ambos.

Cuando lo vistió, antes de depositarlo en la urna, al día siguiente, no hubo forma de borrar la estúpida sonrisa que Romualdo Uribe tenía dibujada en sus labios.

La Alquimista

Miraba con profunda atención. La Gran Alquimista estaba en plena faena. Trazos de polvo blanco volaban por el aire. Era seguramente polvo de hadas. Los ojos azulados se volvían de miel y azúcar. Era, seguramente, parte de la pócima. Acercó sus pequeños dedos a la masa color vainilla y la Gran Alquimista, convertida en su madre, le previene, Victoria, si metes tus manos se arruinan las galletas.

Esa escena se le repite idéntica y perfecta, cada vez que pone literalmente las manos en la masa. Han pasado varios años y la práctica ha hecho de Victoria una maestra. La suave composición de los ingredientes, los aromas embriagantes que despide su cocina la llevan a estados de conciencia más allá de esta tierra. Viaja con los sabores exóticos de la canela, el kirsch, cardamomo, pistachos, jengibre y su trofeo más preciado, el chocolate de Bruselas. Cada bocado es un placer, cada atisbo de color es un descubrimiento. Como Vermeer, juega con las tonalidades para darle vida a sus creaciones.  Me topo con ella esta mañana y el café perfumado de su tienda debería prohibirse en estas latitudes, por embriagador y alucinante. Se ríe de mi ocurrencia y me cuenta la escena de su niñez y cómo logró, paso a paso, establecerse en esta profesión tan inestable y llegar al grado de Alquimista de las Cosas Dulces, como un conocido la llamó una vez y quedó como parte perenne de su historia.

Hay mucho de pasión en esto, me aclara, pero también hay mucho de conocimiento interior. Ahora, que he vivido un poco más, te lo puedo asegurar. No es solamente la combinación de los ingredientes, es un estado emocional, un viaje permanente a los sabores internos. Es difícil de explicar, me mira, pensando en voz alta. He documentado cada receta, dice, con detalle enfermizo y no he tenido el mismo resultado que con otras que sencillamente han salido de mis manos, en ocasiones en que la calma de mi corazón ha primado en la escena. Me cuesta imaginarla no estando en calma, pienso disfrutando lentamente su praliné, reciente creación inspirada en los días de agosto, me explica, cuando el sol lucha por escapar del predominio del viento y la lluvia y se ven de cuando en cuando atardeceres magníficos, que podrían ser escenas prodigiosas de la cálida Africa, mientras el vaho de la escarcha va creando una atmósfera fantasmal entre los bermellones y dorados del cielo.

Compartimos el mismo paisaje y el amor por este lugar. Ella ha logrado captar la esencia de un espacio mágico y maravilloso, con sus sabores a flor de paladar. Nos miramos, mientras el chocolate se va derritiendo. Un sorbo de café al unísono y el hechizo está completo. Veo bajando el polvo de hadas y me la imagino, de niña, asombrada con estas creaciones llenas de encanto y de amor. Mismas que repite, a pié de la letra algunas, otras con un poco más de holgura, no sólo para placer de sus clientes, amigos y comensales, sino muchas veces sólo para ella. El resto, es pura magia.

La Radio

Ese año había reprobado. Me sentía un paria, un bicho raro en la atmósfera siempre glamorosa de mi hogar. Mi madre y sus sesiones de lectura y arte con los autores más consagrados y las nuevas revelaciones. Mi padre y sus reuniones de negocios. Mi hermano mayor y sus amigos universitarios, hablando de política, cambiando el mundo y en medio estaba yo, reprobado de la escuela elemental. Un fiasco. Un total fracaso.

Mamá lo tomó con calma. Me llamó aparte y me convenció de que no era gran cosa. Que podría ser peor, que habían otras cosas más terribles de qué lamentarse. Acto seguido, indicó que me tenía una nueva tarea para ese verano. Yo arrugué mi nariz. Me imaginé inmediatamente a la tía Beatriz, dándome clases, en las tardes calurosas; mientras mis amigos corrían libres, sin obligaciones ni horarios, comiendo fruta y helados hasta hartarse y zambulléndose sin tregua en la gran piscina de los Grant. Estaba ya sintiendo la acidez de mi suplicio, cuando mamá me estiró la nariz con un beso y me dijo que me había conseguido un empleo. Iba a ser el ayudante del abuelo Benjamín.

El abuelo era Médico. Un personaje todopoderoso. Respetado. Querido por todos y motivo de orgullo desmedido en nuestra familia, que había proveído de otros eminentes facultativos a esta gran nación. El abuelo era de una inteligencia que asombraba, de una perfección en sus maneras que provocaba devoción y con una elegancia digna de un rey. Su cabello peinado a la gomina, la flor de la estación, impecable, descansando en el ojal de su chaqueta y su Lincoln Continental de 1950, conducido por Baptiste, un negro antillano, flacuchento pero erguido como una estaca, con una historia  tan tétrica a sus espaldas, como los tatuajes de marinero que colgaban de sus brazos y que cuidaba de no exponer a la prestigiosa clientela de mi abuelo ni a nadie en todo el pueblo. Callado y de ceño adusto, lo único que escuché de él, desde que lo conocí hasta que murió, fue “a su orden, señor” con una voz rasposa y grave, que me causó siempre miedo.

El abuelo me indicó mis deberes clara y pausadamente. Su aroma a perfume francés me aturdía, pero sus manos eran suaves y tomó las mías con cariño. Yo estaba fascinado. Era algo tan simple, pero a la vez tan importante. El abuelo estaba orgulloso de mí, lo dijo claramente y salimos juntos, esa mañana luminosa, a dar su ronda de visitas por el condado. Baptiste sabía el recorrido desde antes y sin que le dijeran nada, dirigía el gran vehículo al destino siguiente. Mi tarea consistía en cargar el maletín del abuelo y en medio de la consulta, facilitarle los instrumentos, con cuidado y con respeto, como él se lo merecía.

En su casa, había una criada colorina, de piel alba salpicada de pecas y dientes grandes, que me daba leche con galletas, mientras esperaba a que mi abuelo estuviera listo para nuestra ronda de trabajo. Ella venía de Escocia y se llamaba Aileen. Poseía una virtud mágica, estaba en dos lugares al mismo tiempo. Me gustaba verla, con su uniforme negro riguroso, sus puños blancos inmaculados y su cofia de medio lado, hablando en un idioma ininteligible para todos en la casa, excepto para mi abuelo, que le respondía de la misma forma. Me gustaba adivinar por cuál puerta de la casa ella iba a hacer su nueva aparición. Aileen le entregaba a mi abuelo, todas las mañanas, el maletín, con una venia, apareciendo por un lado y acto seguido, aparecía por otro, entregándole su sombrero. Era mágico.

La visita de esa mañana estaba cargada de seriedad. La viuda Grant estaba muriendo. Lo había estado en los últimos seis meses, decía el abuelo y había que ser muy cuidadosos. Entramos con sigilo, pero escuchamos música. Música de foxtrot. Un viejo tema, acompasado por un sonido, como si alguien llevara el ritmo, en el suelo de parquet. Nos acercamos lentamente hasta el cuarto de la radio y sucedió algo fantástico. Mi abuelo la detuvo sin tocarla. Yo no podía creerlo. Me miró sorprendido y se acercó lentamente al aparato. Escuchó con atención y me pidió que me acercara. Dejé el maletín en el suelo y me  aproximé temblando. Agucé el oído y ahi estaba, el corazón del abuelo, haciendo interferencia en la vieja radio.

Nos sentamos en frente del aparato y él me indicó, con profunda calma y parsimonia, cada fenómeno, como en una de las clases que dictaba en la universidad. Cuando la sístole bajaba la frecuencia y la díastole entregaba el paso a la sangre. Cuánto tardaba cada cambio. Cómo operaba cada ventrículo de su cansado corazón y por último, por qué había logrado detener la radio.

Revisó a la paciente en privado y nos fuimos a casa, pero antes nos detuvimos en la heladería. Un gigantesco cono de helado me tapó la cara y sólo recuerdo la voz del abuelo, explicándome el fenómeno de la radio otra vez. Su marcapasos había intervenido las ondas y era por eso que había producido esa “conexión”. Pensó en voz alta sobre diversos fenómenos cardiacos, especialmente la afección de la viuda Grant y al mirar mi expresión de perplejidad, me dijo de pronto, cambiando bruscamente de tema: Aileen tiene una hermana gemela, que trabaja con nosotros. Ella es la que te confunde con sus entradas intespestivas. No hay magia, hijo querido. Me gustaría tenerla, pero es imposible. Sus ojos se ensombrecieron, por primera vez y entendí que él sabía que no tenía todas las respuestas.

Me hubiera encantado estudiar medicina, pero mis fracasos escolares marcaron mi paso a la adultez. No me quejo, he tenido una vida muy interesante y muy movida y todo lo que me enseñó el abuelo, lo he puesto en práctica de una u otra forma. Como hoy, que escucho tu corazón tan cerca del mío, mientras te cuento esta historia.

Tarjetas de Navidad

El día de la procesión, grandes mosaicos de coloridas tarjetas navideñas se tomaban las calles, extendidas en la vereda o de pié, precariamente apoyadas contra los árboles, anticipando las festividades y el nacimiento de Jesús con sus texturas enceradas. Delgados couché con dibujos de nieve, rostros de niños colorados por el frío, Santa Claus en su trineo. Nieve, renos, pinos decorados con velas y bolas de colores, guiñaban los ojos a los transeúntes en una fantasía de navidad blanca.  Entremedio de  pesebres de yeso y restos de paja seca, nos achicharrábamos de calor buscando las tarjetas más coloridas. La costumbre indicaba enviar a amigos y familiares los deseos de paz y recogimiento, de próspero año nuevo, de buenas intenciones y eterna felicidad.

Las elegidas se escribían con cuidada caligrafía y se enviaban por correo, en la esperanza de que llegaran antes que Santa Claus. Así pasaban los días hasta la tarde de víspera de Navidad, siempre cargada de nerviosismo. La noche de paz se transformaba en una larga seguidilla de horas que no avanzaban nunca, en la eterna expectativa de abrir los regalos. Atrás quedaban las tarjetas recibidas, apiladas peligrosamente a los pies de nuestro árbol, decorado con las luces de rigor y el colorido navideño. Ni la cena de pollo y puré de patatas ni el postre de cerezas sacadas directamente del árbol, horas antes, decorado con crema espesa no eran suficiente para calmar nuestra ansiedad. La casa olía a las galletas de maicena, que habíamos ayudado a cortar con manitos nerviosas; a kuchenes de frambuesa y plátano, con la gruesa capa de crema pastelera de vainilla, olía a pollo estofado con arvejas y zanahorias del huerto, olía a días de verano, al agua del grifo que regaba la tierra, antes del anochecer; olía a la colonia de mi padre, que usaba en estas ocasiones especiales. Los pasos nerviosos de mi abuela dándole armonía al ambiente. A su llegada, estábamos listos para comer.

La hora no avanzaba y los dibujos animados de la televisión no hacían nada más que aumentar nuestra ansiedad. Archiconocidas historias de la Navidad blanca no eliminaban nuestro desasosiego. A medianoche y con los ojos escaldados de sueño, eramos conminadas a ir a dormir, so pena de no recibir la visita que tanto esperábamos. Vueltas y vueltas en la cama, poseídas de una energía mayor a nuestro cansancio, aguzando el oído, aspirando los dulces aromas de la casa, hasta que sin darnos cuenta, nos vencía el sueño.

La navidad llegaba con prisa, la misma que nos levantaba de un salto y nos hacía avanzar por la casa dormida en pijama y a pié descalzo y duraba hasta pasado el desayuno, luego era un día de verano como cualquier otro, con juguetes nuevos, con los ojos cargados de sueño y con las mudas tarjetas que quedaban como el último vestigio de la festividad. Las conservábamos por si acaso y creo que aún existen algunas en la casa de mis padres con su olor a dulces y hogar.