Día de los Muertos

img_4034

De pronto el cielo empezó a cubrirse de nubes inmensas, grises, algodonadas. El aire se hizo de hielo y un viento del noroeste barrió con las flores del magnolio.

Estaba en el balcón, como había sido mi costumbre desde que llegamos a este pueblo. La única diferencia es que ahora acariciaba con esmero mi vientre, rogándote que no hicieras ni un movimiento. Rogando ver los ojos azules de Esteban entre la muchedumbre. Rogando que todo este sopor melancólico tuviera un final, como cuando se despierta de un sueño y rogando que los homenajes al finado don Lico dejaran a mi marido ocupado hasta bien entrada la madrugada.

La luz se fue de pronto y comenzó a llover como si fuera Julio. Lo que más me había costado al llegar a este fin de mundo había sido caer en cuenta que las estaciones iban al revés. Que cuando en mi tierra estaban cosechando los melocotones, aquí enterraban a los niños por epidemias de escarlatina, tos convulsiva y tifus.

Me pesaba el vientre y me pesaba la cabeza con el golpeteo de la lluvia. Imaginaba sin descanso los besos de Esteban, mientras doblaba, apurada, la carta que mi empleada le llevaba ese día, escondida en la canasta de la basura. Ella me miraba con piedad, tomaba mi mano temblorosa y me contaba una vez más que ese día de los Muertos nadie hacía ninguna algarabía en sus casas. Se guardaba el más respetuoso silencio. Nadie echaba palabrotas, ni se faltaba al nombre del Señor. Se recogían las flores más primorosas y se partía en romería a los humildes cementerios, a darle compañía a los que ya habían partido. Me había descrito mucha veces el pasaje donde iban a parar los niños. Pequeños ataúdes con crespones blancos, rosas y celestes. El llanto histérico de las madres, el dolor, el dolor y el dolor.

Esta tierra estaba marcada por ese sentimiento. Lo habíamos comentado con Esteban, cuando empezamos a pasear juntos por la alameda. Cuando tomaba casto mis manos enguantadas y yo podía sumergirme en la tibieza de sus ojos. Esteban. Miro por la ventana como arrecia el aguacero y siento que nuestro hijo se acomoda en silencio, para no causar ningún problema. Ha sido un niño maravilloso, desde que tomé consciencia de su existir. Siento que no me cabe en el pecho tanto amor, como no cabe en el alma la dicha de verte cada mañana, cuando abres tu tienda y me dedicas una larga contemplación.

Nadie le falta el nombre al Señor, dijo mi empleada y se me quedó su frase en la memoria, mientras seguía de lejos la pompa fúnebre de don Lico. La viuda y sus hijos pequeños avanzaban detrás de la carroza, pagada con los rastrojos de su fortuna. Iban lento. Sabían que cuando el hombre ya estuviera en su lugar en el cementerio, una nube de acreedores les caería encima, como enjambre de langostas.

Ahora llovía a cántaros. Tal como la tarde que empezó nuestra historia. Cuando entramos apurados, quitándonos la ropa… una señora como yo no debe hablar de esas cosas; como tampoco debería estar encinta de quien no es su marido.

El cortejo avanzaba a paso cansino, hasta que los perdí de vista. Don Lico va a tener un lugar a este lado, donde sus deudos puedan ir a acompañarle. Donde puedan dejar un ramo de flores y rezar un Padrenuestro con sentimiento. Mis muertos están muy lejos; como están los tuyos, Esteban. La muerte nos obsesionaba. Nos sigue las pisadas muy de cerca, dijiste un día. No teníamos dónde llorar a los que nos habían dejado. Estaban lejos, al otro lado de este mar inmenso que nos había hecho replantear nuestra existencia. Nuestros muertos yacía abandonados. En un cementerio sin lápida ni nombre. Sin nadie que junte las letras de un Padrenuestro…

Tuve que cerrar de golpe los postigos. El viento azotó los suaves pétalos de mis magnolias y las arrancó de golpe. Vi como la fuente se fue llenando de ellas, como la lluvia causaba estropicios en la quietud de sus aguas. Se abrieron las nubes de pronto, en un último y agónico suspiro del día que ya se iba.

Pensé en ti, papá y tu lápida sin nombre. Henry la dejó de esa manera, para castigar tu suicidio. Tu falta de valor para enfrentar las deudas que te había dejado el exceso de confianza. Pensé en la joven viuda de don Lico. Ella le daba la mano a lo incierto. Este último despunte de luz seguro no le traería ninguna conformidad. Largos eran los días que le quedaban por delante. Dolorosa era la afrenta de pagar “las deudas de un caballero”

Se iría en silencio y con recato. Eso yo ya lo sabía. Dejaría sin mirar atrás, el fantasma de un marido que la había sumido en el escarnio y la burla, pero al menos había tenido a bien morirse cuando aún les quedaba algo. Su borrachera y la golondrina que anidaba en el techo de la farmacia hicieron el favor de despacharlo.

Al irse, renunciaba a tener a dónde rezar. A dónde buscar consuelo y respuesta a las preguntas que acompañan a los que se han ido de repente. Ella lo iba a hacer por su propia voluntad. Yo, había sido arrastrada por una promesa en el lecho de muerte y por el pavor de una vida en la pobreza o el claustro.

Ahora, mi consuelo estaba justo aquí, en mi vientre. Iba a afrontar lo que fuera necesario para tenerte a mi lado. Renunciaría a mis recuerdos, mis muertos, mis fantasmas. A eso y a todo lo que fuera. Eres mi fuerza vital. Mantener la frente en alto se me hace indispensable y me crea el hábito del valor. Camino nuevamente por el corredor. Aspiro el olor que dejó el aguacero. Cierro los ojos y pienso que nadie encenderá una vela por el descanso del alma de mi padre, y en su nombre, en el nombre de mi tranquilidad y de la luz maravillosa que siento en mi interior, busco los cerillos, desbocada, antes de que muera la última luz de este día.

Detrás del Escenario

Jovita me ha recriminado siempre que le doy muchas vueltas al asunto y que nada va a cambiar si lo cuento. Que es mejor olvidarlo, no seguir elucubrando posibilidades, pero lo que yo ví no fue ninguna posibilidad, sino todo lo contrario. Hoy, con este sol del desierto, a miles de kilómetros de allá y cuando ha pasado más de un año, me doy cuenta claramente que así fue.

Madame Edith se puso mal apenas iniciamos nuestra primera gira. Vieja maldita, no le dijo nada a don Martínez y él gastó lo que no tenía en boticarios, tratando de curar a su máxima estrella, convencido que era la precariedad en la que viajábamos, la delicadeza de la dama, la inclemencia del medio ambiente, todo menos que la mujer ya venía enferma y tal vez por eso la habían echado de la otra compañía.

Ella alegó airadamente contra el hombrecito que se unió a la caravana antes de llegar al pueblo donde pasó la fatalidad, pero siempre era así. Llegamos en la noche y nos instalamos en el mismo teatro. Un español de cigarrillo en la boca, con un extraño parecido al chico que recogimos, nos recibió fascinado y el Regidor nos indicó que podíamos quedarnos el tiempo que quisiéramos. Guardo todavía el cartel que mandaron a imprimir por nuestra función. El pueblo era bucólico, la gente sencilla. Las monjitas tenían un hospital y fue ahí que le dijeron a la Madame que no tenía vuelta, pero me estoy precipitando, como siempre lo hago. Es por eso que Jovita se molesta y maldice mis arrebatos. 

Compramos algunas cosas para la compañía con los escasos pesos que nos habían quedado. Fuimos con la Meche y Tomasito a la pulpería de los franceses. Tuve que sentarme en el mesón  para indicarle al dependiente lo que necesitábamos. Estaba acostumbrada a las caras de sorpresa, pero no estaba acostumbrada a ver a una dama tan hermosa como aquella que se paseaba por el balcón de la casa de enfrente, donde había un gigantesco árbol de magnolias. Nos dijeron por lo bajo que era la esposa del dueño y que estaba encerrada de por vida. Tomasito pagó la cuenta, aguantando las rechiflas de los empleados, que se mofaron de su forma felina de andar. El dueño estaba en la caja y su acento extranjero me hizo recordar los chapuceos de Madame Edith. 

Volvimos al teatro y creo que fue Tomasito el que lo comentó. La Madame se puso incómoda y escupió con más fuerza que de costumbre. Salió a tomar aire, dijo y no volvió hasta bien entrada la tarde. Estábamos a punto de empezar la función.

El pueblo entero estaba revuelto. Recuerdo claramente el carro del manicero y su sonrisa buena, cuando me pidió disculpas por el error de corretearme como a los niños. El Regidor estaba en la puerta de entrada, dando la bienvenida a todo el mundo. La noche estaba fría, lo recuerdo por el vaho que salía de las bocas de los transeúntes. Creo que volví a ver al chico que llegó con nosotros, rondando por la plaza, pero no estoy segura.

La urgencia que antecede a la puesta en escena es un ritual que hasta el día de hoy me fascina. Los minutos previos, el nerviosismo histérico, el cambio de las personalidades y del vestuario, los olvidos, los alegatos, los silencios porfiados de los que entran en situación. Las abluciones de Sergio Rodríguez, tratando de sacarse el olor a aguardiente. Meche. Sí, Meche. Aún estaba con nosotros.

La obra anduvo fenomenal y la ovación no se hizo esperar. Dos veces salió la humilde comparsa a recibir el aplauso sincero de esta gente que jamás había presenciado una pieza teatral. Dos veces. El olor a naftalina de los trajes se mimetizaba perfecto con las burdas colonias de las mujeres, con el aroma a cuero viejo de los asientos, con el lejano olor a eucaliptus que venía de la rivera del río. El olor a eucaliptus aún me trae el recuerdo de esa noche.

Los disparos se escucharon como uno solo. Por segundos infinitos no hubo más ruido en el ambiente. Sólo un olor a eucaliptus y luego, Dios, luego, ese terrible alarido. El hombrón tan recio, de cabellos color cobre lloraba como un niño, apretujando el cuerpo de la mujer que, sonriente, le tomó la mano durante toda la función. Los recordaba claramente, porque irradiaban felicidad. Ella estaba tirada en la calle, muerta. Nadie se explicaba por qué.

Guardamos nuestros bártulos y comimos algo en silencio, mientras las calles se fueron vaciando y se llenaron de silencio. Lamentamos los acontecimientos y lentamente, nos fuimos retirando. Regresé detrás del escenario a buscar mis notas y a empacar el vestuario. La noche estaba muy fría. Aún tenía en mis oídos los gritos y el llanto del pobre hombre. Miré por la rendija de la puerta del único camerino del teatro y pude ver a la Madame fumando un cigarrillo, discutiendo con aquel hombre de abrigo negro, que apoyaba contra su pierna una carabina.

Al día siguiente, abandonamos el pueblo. Antes, salí a dar la última vuelta. La mujer que vendía verduras al lado de la glorieta comentaba que habían encontrado el cuerpo sin vida de un joven extranjero, con una escopeta a su lado, en la rivera del río. Era el chico que trajimos en la caravana. El que se bajó antes de llegar al puente. Estaba segura. Me topé con Madame Edith en la esquina. Venía del hospital de las monjitas. Me miró con odio y acercó su dedo huesudo a la boca, en esa señal de silencio tan macabra, que a todos nos daba miedo.

La Partida

Tuvo mucho tiempo para pensarlo. Casi demasiado. Registró sus bolsillos en un gesto involuntario y recordó. Las últimas monedas las había depositado en las manitos de Emilio y aún le partía el corazón su carita confundida. Es necesario este dolor, es necesaria esta partida, se repitió en el trayecto hasta el puerto. Se quedó el día entero mirando los barcos. Logró una comida caliente, ayudando a la tripulación de una vieja barcaza a deshacerse de su carga. Vió como el día iba avanzando. Escuchó historias. Repitió frases. Memorizó descripciones. Guardó en su mente cada instante de este día. Hasta que la bruma se dejó caer.

Nunca había recordado sus sueños. Pensaba no poder recordarlos nunca. No esperaba nada de este viaje. Un sentimiento de profunda desazón le invadió. Se rindió sin haber empezado. La carita de Emilio vino nuevamente a su cabeza. Avanzó por la orilla. Se metió en el agua. Nadó algunos metros. La bahía estaba cubierta de neblina. Los barcos se mecían en fantasmales imagenes, flameando sus velas, azotando sus cabos. Buscó con cuidado el mascarón. Le costaba el braceo. Anhelaba un cigarrillo. La carita de Emilio se le repetía en cada reflejo, en cada gota de agua que golpeaba su cara.

Allí estaba el barco y el hombre le ayudó a subir. Le advirtió que no podía hacer ningún movimiento. Que no podía decir nada. Que era su pobre pellejo el que estaba en juego. No habría clemencia si lo descubrían. No lo conocía, le dijo. Le dijo también que habían ratas enormes y si tenía suerte, podría comer alguna vez. Que se olvidara de hablar, que se olvidara de que era un ser humano. Que se olvidara de todo.

La bruma espesó. La bahía apenas se divisaba desde lo alto de la colina. Esteban Santa María había sellado su destino. Se acomodó como pudo en el escaso hueco entre los barriles con agua y las vigas de suplemento. Iban a pasar cuarenta días con sus noches. Noches que iban a ser días. Días que iban a ser noches. Apretó las tripas y el corazón. Zarpaban al despuntar el alba. Estaba preparado.

Fotografía gentileza de Anne Fatosme.  http://annefatosme.wordpress.com

El Tata

Recuerdo la expresión de tu cara Cholita cuando te avisaron que el Tata había muerto. No pediste muchos detalles porque yo estaba presente. Registraste nerviosa tu cartera y me pediste que fuera a buscar a mamá. Seguro para deshacerte de mis ojitos inquisidores y mis manos nerviosas que recogieron los papeles que se habían caído, mientras sacabas dinero de tu bolso.

Quedé a la deriva, preguntándome quién rayos era realmente el Tata y por qué no habían lágrimas en tus ojos cuando te anunciaron la fatalidad. Yo lo había visto una sola vez en mi vida. Sus ojos amarillentos y su piel blanca, curtida por tanto verano a la intemperie, pasado a chicha con harina tostada, achispado todavia por la borrachera de la noche anterior. Su barba roja como el sol de ese invierno, que descongelaba lento todo, afuera de su rancha destartalada, vestigio último de la apoteósica fortuna que alguna vez tuvo su familia. Así me habían contado que era la cosa, pero mucho después del funeral, al que acudiste sin emoción, me contaste la verdadera historia.

El Tata era tu primo hermano. Eso yo ya lo sabía Cholita, pero te encargaste de hacérmelo notar. Primo hermano en la salud y en la enfermedad, como rezaba el curita en los matrimonios, al que fuiste porque ya te llevaba el tren y para no contravenir la decisión de tu tío Alamiro, quien te amenazó con las penas del infierno si no le aceptabas al gallardo mocetón, al mejor de sus hijos, al más capaz, al más borracho y al más mujeriego de todos ellos. El matrimonio anduvo como las reverendas desde el primer día, cuando el novio, con la boca caliente por la humilde mistela de la boda, se mandó a cambiar con sus hermanos, a la casa de putas de la vieja Amelia, detrás de la línea del tren, a quince kilómetros de su casa.

Partimos mal, dijiste con mucha dignidad, pero la palabra ya estaba empeñada, la libreta estaba impresa y no quedaba nada más que hacer que lo que habías hecho desde que tu madre abandonó este mundo; trabajar. Hizo el favor de curar las pestes y nadie la había curado a ella, me decías y se te grabó a fuego el recuerdo de su muerte. El Tata era un bruto que no entendía de esas cosas, sólo le bastaba con que la suegra estaba bien muerta, así no tenía quién le pusiera las peras a cuatro por sus constantes escapadas. Eso tú no me lo dijiste nunca, pero yo lo entiendo ahora, después de que han pasado los años y conozco un poco más a las personas.

Mamá nació un día en que el verano aún no se retiraba de los campos y esa sola emoción llenó tu vida por completo. Eso lo sé Cholita, no hace falta que me lo digas. Se nota en tu mirar, incluso hoy, después de cincuenta años de ese día. Limpias una lágrima porfiada que se escapa de tus ojos cansados y acaricio tus manos suavecitas. Te quiero mucho, atino a decirte, para darte algo de conformidad. Imagino que los recuerdos aciagos inundan ahora tu mente, pero no quieres decir nada. Has sido fuerte como una roca, incansable y determinada. Así has sido Cholita. Si quieres caliento el agua para que nos tomemos un té de manzanilla, digo. Tal vez se te alegra el corazón. Asientes con la cabeza y enjugas tus ojos una vez más.

No hace mucho, juntando los recuerdos y las dudas, los chismes y los acontecimientos, caí en cuenta que el Tata no se había muerto porque el Señor lo había querido acoger en su reino, sino que lo despacharon unos coterráneos que le dieron más de la cuenta. El día que te contaron la noticia, la tía Juana llevaba un escapulario de la Vírgen de Pompeya. Te pidió plata para comprar la urna, porque el Tata no tenía un veinte en sus bolsillos, vaciados completamente antes de que le cosieran las puñaladas y le desinflaran los chichones. Lo botó el caballo, le dijiste a mamá, pero si algo tenía el Tata a su haber, era la fidelidad de su manco. Por años en la familia, los caballos habían sido más importantes que las propias mujeres. Se podía morir un hijo, pero no un corcel. Eso sí que no. Era motivo de desgracia, de atrinque duro a los mozos de las cuadras y de llanto contenido en las borracheras, cuando la lengua se tornaba floja y las manos menos diestras en arrojar los naipes a la mesa. Eso no me lo dijiste nunca, Cholita. Eso lo contaba mamá, cuando añoraba sus tardes de verano, cabalgando su yegua favorita. La más mansita para la niña, decía su abuelo Alamiro. Sí, el mismo que te obligó a casarte con el Tata. Todo lo tengo en mi memoria, como si yo misma lo hubiera vivido.

Te pregunto si sabes que al Tata lo asesinaron y asientes. Ya lo sabías de antes y nunca quisiste decir nada. Te lo confirmó Martín, un día que llegó con un atado de menta y una pierna de cordero. Tú ya sabías todo lo que él te contó. La querida del Tata, la india, como la llamó Martín, causó desgracias desde que entró a la casa por la puerta de adelante. Nunca debiste irte Cholita, dijo con pena. Mi hermano estaría vivo todavía.  Negaste con la cabeza el recuerdo y la posibilidad y ahora me miras fijamente al decir: nunca te cases con un hombre flojo, es la peor desgracia.

Fue el Tata una desgracia, me pregunto y analizo lentamente cada recuerdo, cada frase, cada inflexión de tu voz. ¿Quieres otra taza de manzanilla, Cholita? te digo para no enfrentarme con la verdad. A veces es mejor pasarla por alto, hacer como lo hiciste tú, evadirte, cansarte trabajando, no pensar en nada y llegar así al final del día. Dormir en noches sin sueños. Eso nada más es lo que queda, cuando los recuerdos se hacen patentes y molestosos. Aferrarte a los buenos y masticar lentamente los otros. Lo sé, porque los tengo en mi memoria, como si yo misma los hubiera vivido.

Fotografía gentileza de Nicholas Woolworth http://www.facebook.com/home.php?#!/pages/The-Art-of-Nicholas-River-Woolworth/396176770902?ref=ts

Magnolias

En primavera, el gran árbol de magnolia me deleita con su aroma y por eso dejo los postigos abiertos, mientras camino. Me recuerdan un estado superior, un tiempo donde no había tiempo, sólo tus ojos y los míos, sólo nuestros abrazos.

He mandado a cambiar la alfombra del pasillo, las cortinas y el papel decomural, pero aún así, estás presente en todo. Te veo desde lejos y no puedo aletargar mi corazón que viaja desbocado, amenaza con salirse de mi pecho y dejarme aquí botada, sin vida, porque no es vida la que llevo. No hay llanto que limpie mi tristeza, no hay sermón que cure mis recuerdos. No hay pecados, no hay perdones. Sólo tú. Sólo tú y el aroma de las magnolias colándose por mi ventana.

Camino por el balcón. Intento leer. Escucho tu voz al otro lado de la calle. Miro con permanente atención tus movimientos. Guardo las manzanas más hermosas e imaginariamente las llevo ante ti, en mi regazo. Me miras y por un instante, estamos juntos, como aquella tarde de invierno, como bajo ese aguacero. El aroma de las magnolias transporta tu mirada. Tus ojos azules como el mar. Ese mar insondable y perpetuo que está en mis memorias. Ese azul que me hundió en la pasión, que me emborrachó de amor. El aroma de las magnolias transporta tu mirada.

Camino despacio por el balcón. Despacio y sin hacer ruido. El árbol de magnolias cubre mis lágrimas. Oculta el sol de mi desdicha y en las noches de luna me deja ver tu silueta en la calle, mientras me miras.

Romualdo Uribe

Las gigantescas bolsas rojas del correo le provocaban pesadillas. Veías sus letras convertirse en grandes fauces que le succionaban hasta sofocarle, entre los miles de sobres que pululaban en su interior. Las veía de cerca y transpiraba, pero aprendió a dominar su pavor porque era el entorno donde se había criado y su destino de por vida. De Uribe a Uribe, vociferaba su padre cuando recibía, al pié de la carreta, las grandes bolsas coloradas, que el joven Romualdo apenas levantaba del suelo. De estatura reducida, a causa, tal vez, de alguna condición heredada de la madre, preciosa criatura en miniatura, con ojos de muñeca y facciones de princesa, que desapareció cuando el niño Romualdo aún no alcanzaba los ocho años, de seguro succionada por las letras negras de los sacos o metida por equivocación en el gran cajón que se llevaba las encomiendas. Siempre tuvo la esperanza de que volviera y su padre, aunque no lo dijo nunca, también.

Heredó el puesto, sabiendo todo lo que tenía que saber de este oficio, desde cómo operar el telégrafo hasta el juramento férreo de no ceder a la tentación de abrir el correo. Romualdo empezaba su día con café negro, amargo, que le teñía los dientes, provisto de sus manguillas negras y su pequeña visera. Parecía un niño jugando al telegrafista. Sus manos, sin embargo, eran poderosas. Dos nudosas y bellas manos, masculinas pero suaves, ágiles, firmes, de dedos bien formados y coyunturas de estatua griega. El resto de su humanidad sólo provocaba pena. Sus ojos de perro triste, sus mejillas flacas, sus piernitas chuecas y su terrible voz de pito, que se esmeraba en engrosar fumando en la trastienda los cigarrillos más negros que podía encontrar. Eso y el café le daban un color indefinido al esmalte de sus dientecitos de infante.

Producto de las nuevas disposiciones impartidas por el Presidente de la República, Romualdo fue conminado a apersonarse en las oficinas generales del correo, para obtener dichas instrucciones. La emoción de recibir la carpeta de cuero brillante con el nuevo reglamento, de la mano misma del Mandatario, no causó tanta mella en su persona como la vista de aquel portento de mujer, cantando con voz de soprano, en la cena de gala de la institución. Tusnelda de las Mercedes Sotomayor era su nombre. Sus dimensiones de elefanta hacían honor a la grandilocuencia con la que fue bautizada. Sus mejillas rubicundas, su cuello mayúsculo, sus senos descomunales, su porte de amazona. Todo en ella era de proporciones superlativas, pero su voz, su voz era la de los ángeles. Por primera vez, desde que tenía memoria, Romualdo Uribe se sintió transportado a un lugar donde las bolsas del correo no le perseguían, donde su madre no estaba perdida y donde todo era diferente a sellos y estampillas, a olor de tinta y lacre, a papel manila y rafia. Un sonido maravilloso, armonioso, ideal, no el tic, tic, tic, tic nervioso del telégrafo. Esto era el paraíso.

Con una determinación que no había tenido antes y que nunca más volvió a tener, se escabulló por detrás de los bastidores e ingresó al breve camerino de la cantante. La vista de sus carnes desprovistas del aparatoso vestido que le cubría en su performance, hicieron que Romualdo perdiera completamente el juicio. Impostó la voz más masculina que hubo salido jamás de su garganta y le dijo en una sola frase, sin pestañear ni detenerse: “Estoy encantado con usted, he venido desde muy lejos y espero que en mi vuelta a casa usted tenga a bien acompañarme, como mi esposa”. Tusnelda volteó asombrada y la figura del pequeño funcionario de correos, vestido con un traje dos tallas más grande, le provocó un ataque de asma que fue imposible de contener. Miles de pensamientos pasaron como ráfagas por su cabeza, mientras se le dificultaba más y más respirar. Romualdo le acercó, temblando, un vaso de agua. Ella se quedó mirando sus manos. Tan hermosas, tan suaves, tan masculinas. Se imaginó eternas jornadas siendo acariciada por esas manos. En un minuto de debilidad, no sabe si a causa de la falta de aire o del embrujo de esas manos, aceptó.

La pareja más dispareja del pueblo no pudo ser emulada en la felicidad que alcanzaban cada vez que se amaban. Tusnelda casi moría en incontenibles orgasmos de placer prehistórico y animal, al tiempo que la imagen de su marido crecía en su mente hasta alcanzar las dimensiones de un dios griego. Esas manos le hacían sentir cosas que jamás esperó sentir en una experiencia carnal. La indecencia de su amor reventaba los vidrios de la casa, cada vez que se tranzaban en esta coreografía de vueltas y abrazos, de caricias risueñas, profanas e interminables. Romualdo recorría sus carnes, perdiéndose entre sus senos de ballena. Ella desfallecía entonando las arias de Madame Butterfly, mientras el catre de hierro reforzado amenazaba con terminar en el sótano, a causa de los movimientos cataclísmicos de la pareja. Para ellos, era el paraíso.

El día de San Valentín, Tusnelda preparó una cena especial. Se vistió con su lencería más provocativa y esperó a su marido para otra maravillosa contienda en la arena de su amor. Nunca era bastante, siempre había en este ejercicio perfectible más y más formas de placer. Romualdo se demoró más de lo habitual, alentando su pasión. Cuando entró a la casa, le agarró por la solapa, olvidando la cena y le arrojó a la cama, para iniciar su rito acostumbrado. Las olas de pasión se sucedían una tras la otra, mientras la voz de soprano subía a alturas celestiales y se escuchaba lejana la quebrazón de vidrios. Tusnelda giró como una morsa en el mar y quedó a horcajadas de su amante. En medio de su paroxismo desenfrenado, una de las patas del catre se quebró. Su entera humanidad se precipitó sobre su marido, al mismo tiempo que el orgasmo les alcanzaba a ambos.

Cuando lo vistió, antes de depositarlo en la urna, al día siguiente, no hubo forma de borrar la estúpida sonrisa que Romualdo Uribe tenía dibujada en sus labios.

En el Correo

Cuando María Isabel iba al correo, esperaba con ansias sus revistas y libros, y por alguna razón extraña, siempre esperaba algo más. La viuda de Uribe lo sabía, le conocía cada pestañeo, cada suspiro, cada ademán y le acompañaba, en silencio, en su sentir, cuando la veía, nerviosa, abrir los paquetes certificados y no encontrar nada más que lo había ordenado. Conocía su historia como la de todos en el pueblo, pero si algo distinguía a la viuda de Uribe era su discreción, requisito indispensable para trabajar en este puesto, entremedio de las rumas de cartas que llegaban día a día, en los sacos de lona roja, marcados con la insignia del correo, que ella repartía diligente en las casillas y en las manos de aquellos que llegaban con el semblante pálido, las manos enrojecidas y la mirada cabizbaja, preguntando en voz baja si había alguna correspondencia para ellos. Recibía en sus brazos, dotados de fuerza que hacía juego con su corpulento volumen, los paquetes envueltos en papel manila, cubiertos de estampillas y sellos, que venían de todas partes del país y que, con el arribo de los alemanes, llegaban de todo el mundo.

Tanto desearon María Isabel y la viuda de Uribe que algo sucediera, que al final, pasó. Una tarde de invierno, cuando el correo se había retrasado porque los caminos estaban intransitables, a causa de un aguacero que amenazaba con partir el cielo, esperó la joven en la oficinita y sin poner atención a la clásica cantinela de la viuda, redactó algunas líneas para el encargado de educación de la provincia, en su calidad de educadora del internado de las monjas suizas y no reparó en las botas sucias y el olor a tabaco que inundaba la pequeña habitación, hasta que estuvo casi por derribarla de su asiento. Miró molesta y se puso de pié.

El aroma del cigarro se erguía como un nubarrón, amenazante. Luego que la exhalación se disipó, pudo ver la cara de este hombre impertinente y rudo que casi la tumba porque no la había visto. “Constantino Del Palmar, tanto gusto” fue lo único que él atinó a decir, quitándose su sombrero de fieltro empapado. Su cabellos rojos en desorden y sus pequeños rulos saltando como resortes de fantasía, le hicieron olvidar su malestar. La mano gigante, que estrujó la suya, estaba sudada o tal vez ensopada por el temporal y quedó un rato más largo de lo prudente pegada a la de ella. Se miraron a los ojos y se congelaron en ese segundo. Sus labios dulces y perfectos, su cuello de cisne, pensó él. Su pecho gigante y sus cabellos, pensó ella mientras aspiraba con todos sus sentidos. El olor que emanaba de su ser era salvaje y primitivo, algo que la turbada maestra jamás pudo olvidar y siempre buscó en los tiempos venideros. No atinó a decir su nombre y él se despidió apurado, trastabillando por sus espuelas enredadas. La miró con dulzura y vergüenza, se disculpó y volvió a tomar su mano. Una gota de agua resbaló del ala de su sombrero y cayó en los labios de María Isabel. Apartaron sus miradas y él se retiró de la oficina.

Ella se quedó prisionera de sus ensoñaciones, enrojecida de pies a cabeza por una ola incontenible de sopor y se dejó caer en el asiento nuevamente. Sus papeles estaban regados en el suelo. Él no había reparado en ellos y les aplastó con sus botas embarradas. María Isabel los recogió y un sentimiento de profundo desconcierto le embargó y no la abandonaría por semanas. La viuda de Uribe vió toda la escena detrás del mesón, mientras simulaba llenar la planilla del correo certificado y no dudó un segundo en designar a aquellos dos como víctimas innegables de la maldición del amor. Ese mismo que la había llevado a ella a abandonar su carrera en la ópera y venirse a enterrar a este pueblo perdido, detrás del pequeño Romualdo Uribe, empleado, desde que tenía memoria, de la oficina del correo.  Le habló a María Isabel para romper el encantamiento, pero no acusó recibo hasta un largo rato después. El aguacero había amainado y se dirigió caminando de vuelta al internado. Cuando Margarite, su compañera de cuarto, le consultó qué era lo que la había puesto así, ella sólo atinó a decir: Constantino Del Palmar.