Kandahar. La Noticia

Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un plan perfecto, una puesta en marcha impecable, sin errores. Probada  constante y morbosamente, en los últimos siete años. 

Rafael sabía que ella había bebido la noche anterior, como sabía también que se drogaba con frecuencia, que nunca amó a Michael y que su falta de ternura era lo peor para ella. También sabia que ella había leído con calma y con cuidado, en sus expresiones, cada uno de los episodios tristes de su niñez. Que podía entender su sarcasmo y sus críticas agudas. Sabía de su fascinación absoluta por la guerra y mucho más.  Ambos se conocían muy bien. Y fue por esa razón que ella le preguntó qué andaba mal. Qué sucedía de nuevo en esa cabeza perturbada, insana, maliciosa. Aquella cabeza llena de ideas que ella hubiera querido retirar una a una, para auscultarlas bajo el microscopio de su corazón, hasta averiguar a ciencia cierta si Rafael le amaba tanto como ella a él.

Sofía había abandonado la casa, le dijo de golpe. Se enteró apenas llegó y leyó veinte veces la nota escueta que dejó en su escritorio, entre sus papeles más queridos. Se había ido del hogar familiar para vivir, a sus jóvenes dieciséis años, con un muchacho que había conocido en un concierto de hiphop.  Rafael no mostraba huella aparente de dolor. Ella se envolvió en la sábana y escuchó con atención la historia. Pidió dos aguas minerales y sacó de su bolso un par de calmantes. Se le partía la cabeza.

Sofía era la hija preferida. La primera cuerda a tierra que le ataba a este país. Por ella había mantenido siempre la rutina de ir y volver, en la misma secuencia de días, en las mismas estaciones del año, durante todo este tiempo. Eres como el zorro, le dijo una vez, cuando leyeron el Principito juntos.  Nunca se había percatado de que Sofía le conocía como nadie en su entorno familiar.  Leía entre líneas sus artículos y se sentía desamparada ante el cuadro repetido hasta la abundancia de dolor y balas. Alguna vez le consultó si él estaba de acuerdo con los hechos descritos con tanta pasión en sus artículos, pero debido a su inexperiencia y candidez, fue incapaz de acertar con la frase adecuada. Rafael esgrimió entonces una respuesta conocida, un discurso de libro. Un abrazo y un buenas noches.  Fue entonces cuando Sofía comenzó a indagar entre sus papeles, en su ordenador y en su móvil.

Ahora Rafael le miraba a ella y luego de contar los hechos, cayó en conclusiones evidentes que nunca había querido ver. Recordaba los ojos dramáticos de su hija, con aquella línea de Kohl demasiado pronunciada para sus años, su cabello planchado con detalle y teñido de negro azabache en un look entre triste y decidido y se percató de que no la conocía. Sin embargo, su hija tenía esa ventaja sobrada sobre él. Sabía de sus justificaciones siempre cursis por su trabajo y sus viajes. Sabía sus claves bancarias y cómo manipular su teléfono. Sabía que tenía una amante. Sabía que no quería a nadie sino a él mismo y sabía también que nada de lo que pudiera hacer, podría importunarle tanto como la certeza de que no habría otra guerra. En un punto, Sofía se había convertido en lo que él más amaba. Un conflicto. Tal vez eso la reconfortaba y tal vez por eso decidió fugarse, digo Rafael. Tal vez.

Tomó su cabeza entre las manos y buscó lentamente las palabras. Pero con ella ese ejercicio no le resultaba. Se le agolpaba todo en desorden, los sonidos y los recuerdos. Los tiempos compartidos y los que pasaron a través de la línea de un teléfono, que traía la voz de Sofía con cinco segundos de desfase, como le había traído la voz de ella tantas otras veces. Como le había traído las voces de todos a los que siempre llamaba y que probablemente no le importaban tanto como las escenas macabras que había acabado de presenciar. Eso le llenaba más que nada otro. La miró con profunda desolación y entendió por primera vez en estos siete años de sudor, de frases obscenas, de cuerpos desnudos, de aguas minerales y de besos apasionados, porqué ella bebía como un marinero. Porqué de vez en cuando, llenaba su cuerpo con sustancias tóxicas que la moral y las buenas costumbres de Rafael jamás hubieran acercado al suyo y por qué le amaba tanto.

Miró la pantalla de su móvil. Debía irse. Aún quedaba mucho por resolver y su ticket de vuelta a Kandahar no era modificable. Le dió un beso en la mejilla. Sacudió su ropa por si alguno de los cabellos de ella se había colado entre su camisa o sus pantalones. Salió, cerrando la puerta despacio. Tomó el elevador. Y el mensaje escueto de su hija en el móvil, le avinagró la sangre: “No me busques. Estoy de maravilla. Mucho mejor que antes. No me busques. No me vas a encontrar”.

Esas Visitas

Le dije a la Nina tantas veces que no quería saber nada de nadie. Ahora me trae a estas niñitas, que apenas se limpian los mocos solas y me dice, atontada como ha sido siempre, que son mis nietas. ¡¡La jodienda grande, carajo!!. Todavía me pesa la resaca de estas dos noches. Todavía me pesan los doscientos pesos que perdí brisqueando. Me he vuelto torpe, me he vuelto previsible, me miran un poquito y ya saben que estoy blufeando.  Y ahora estas cabritas que me observan con esos ojitos que sólo tienen las criaturas pequeñas, los mismos de los terneros, los mismos de los corderos, si hasta los pollos tienen ese mirar. Están cagadas de frío y no tengo ni té para darles. Esta india de mierda es una floja y me roba, más encima. ¡¡¡Ana!!! Tráete una jarra con leche, le grito bien fuerte a ver si se espabila, pero, como de costumbre, me hace el favor de mandarse a cambiar y no volver hasta cuando a ella le da la gana. India de mierda. Todo es tu culpa Cholita. Todo es tu culpa.

Mi viejo nos enseñó a no tener miedo, a no tener cariño por nah ni por nadie. El cariño es de maricones, decía. Eso de andarse frotando con otros, a los abrazos y a los besos es una pura lesera. Puros maricas hacen eso. Los hombres de esta familia son duros, ¡mierda!, gritaba curado como cuba. A los once años probé mi primera chicha y por mi madre que me gustó.  Se metían en mi nariz como burbujas y un gustito picante me llenaba el paladar.   A los quince, me hice hombre. Mi padre nos llevó a mí, a Martín y a Altidoro donde la Amelia. La única casa de putas que había. Olía a traspiración y a tragos vinagres, me acuerdo. Yo estaba más nervioso, pero la chinita que me hizo el favor de enseñarme maromas en la cama, se dejó no más. Así me acostumbré a las hembras, así esperaba que fueras tú Cholita, pero me saliste distinta. Todo es tu culpa.

No me acuerdo del color de los ojos de mi hija, Cholita. Se parecía a ti yo creo. ¿O no? Mi padre la consentía y yo la veía tan poco. Era como si no fuera nah mío, igual como estas niñitas, que se me suben a la falda y me dicen Tata. Les pregunto leseras para no aburrirlas ni aburrirme yo. Me duelen hasta los ojos con la caña brutal que me vengo agarrando hace dos noches. Ahora mi vida es eso nada más, trago y brisca. Brisca y trago. Todas las noches. Siempre lo mismo. No he hecho nada más de provecho desde que me abandonaste Cholita. Me hiciste saber que ya no querías estar conmigo. Que la libreta de matrimonio me la metiera en el mismo culo, creí yo que me decías, porque nunca te gustó decir lisuras. Eso pensé yo y me largué a tomar. Desde entonces no he parado, Cholita. No ha sido una buena vida, te lo puedo asegurar. Todo es por tu culpa.

Estas niñitas me cuentan que tú haces vestidos. Siempre fuiste tan curiosa, como era tu mamá, Así contaban las viejas. Hablaban con envidia de ella y en el camino te fueron aminorando. Lo que más me gustaba de ti Cholita eran tus ojos. ¡La jodienda que tenías lindos ojos!. Sanitos, puros, como los de los corderos, como los de los terneros. Como estas cabritas que me hablan y me escriben en pedacitos de papel con una letra bien redondita, te quiero Tata. Me traen recuerdos que no quiero, me dicen cosas que no entiendo y lo único que me da es una pena tan grande, que quisiera llorar ahora mismo, pero llorar es de maricones y de putas borrachas. ¡¡¡¡Ana!!!! ¿Dónde mierda se mete esta india?

Llévatelas Nina, llévatelas de la mano a las dos. Están bonitas las niñitas y me dijeron que hay más. Tanto hijo que anda dando vuelta y tú y yo tuvimos una sola, Cholita. Tus ojos se te llenaban de amor cuando la veías con su pelito crespo revoloteando, sentada arriba de mi caballo. Esos recuerdos me atormentan, esas imágenes se me aparecen en mis sueños, incluso cuando estoy más borracho que nadie. Te veo Cholita, marchando esa tarde de otoño, con tu maleta de madera y a la niña de la mano, como veo a la Nina ahora llevarse a estas visitas inesperadas, que me han traído tanto por qué seguir tomando. No puedo con los recuerdos. Soy un cobarde, como dice el Negro Díaz, pero él es un indio de mierda y yo todavía soy su patrón. Aunque no me quede mucho. Aunque me lo haya jugado todo. ¿Qué importa ya? Estás lejos Cholita. Te fuiste y me dejaste aquí.  Esta vida era esto y nada más. ¿Para qué buscarle la quinta pata al gato? Te fuiste no más, como se van ahora las niñitas. Que se vayan los recuerdos. Estos amargores calientes y porfiados. Es todo tu culpa, Cholita. Tu pura culpa.

Ofrendas

Caminó por todas partes hasta que las encontró. Las llevó a casa. Nadie vio cuando llegaron. Las dejó descansar, toda la noche, en la vieja palangana de loza, suspendidas en el agua fresca y rociadas por la luz de luna, que entraba intrusa y luminosa, a través de la ventana. Amanecieron vivas, brillantes y coloridas. Ella las roció de nuevo, esta vez con agua y con sus manos, para proteger los delicados pétalos. Envolvió sus tallos con papel periódico, las cargó en sus brazos y antes de que el sol del mediodía las marchitase a ambas, se dirigió a paso vivo al cementerio, al otro lado del pueblo.

La caminata era exhaustiva. El pavimento estaba roto en muchas de las veinte cuadras que debía cruzar y el ramo de crisantemos le impedía ver por dónde iba. Debía pasar a ciegas en las esquinas, rogando que los automóviles la vieran, porque ella sólo podía escucharlos. Hacía esta caminata cada mes, lloviera o tronase, con la escarcha de las mañanas de invierno o con el atosigante calor del verano. Todos los meses. Sin faltar ninguno. Excepto aquella vez en que su hermana, al borde de la muerte por constipación, le rogó cuidara de su familia en lo que hiciera falta, mientras la Vírgen del Carmen tenía a bien hacerle el milagro de su sanación. Sólo entonces dejó en manos de aquel pintorcillo que intentaba robarle el corazón a su hija, la tarea de visitar la tumba de su madre y depositar, en el triste jarrón de barro, el ramo de crisantemos que tanto le gustaban.

La promesa había caído en sus hombros y si se remontaba a la génesis de ella, no había tal. La niñita de trenzas rubias no entendía porqué todos lloraban alrededor de la cama de su madre, quien, con su acento de Colonia, le rogaba entre resuellos que no olvidara su nombre ni su idioma, que no olvidara cuidar a su hermanito, que se empinaba apenas al borde de la cama y que miraba encantado los grandes cirios que velaban a la moribunda. Ese recuerdo le acompañaría toda la vida y la movería mes a mes para urgar en todo el pueblo, hasta encontrar el ramo de las flores preferidas de su madre. Tampoco recordaba quién le dijo que era así. Sólo lo sabía. Sólo lo sabía y las buscaba con ahínco, prisionera de un compromiso que cayó en una espalda tan joven y tan inocente.

Al llegar al cementerio, saludó al panteonero. El hombre se limpió las manos con sus pantalones y le estrecha la suya con cariño. La acompañó, con una suave charla, a través de sus dominios, hasta dejarla al lado de la tumba que había venido a visitar. La miró nuevamente. Le ofreció su ayuda en lo que se le pudiera ofrecer y se retiró silencioso, dejándola cumplir su cometido con libertad. Ella miró la lápida de madera y leyó en voz baja el nombre de su madre. Acomodó el jarroncito. Buscó agua en un tarro de latón. Depositó con sumo esmero los crisantemos. Uno por uno. Volvió a acomodar el jarrón. Limpió los restos de hojas muertas y las hierbas que salían porfiadas entremedio de la tierra. Miró la lápida nuevamente. Era el mediodía. Rezó una oración en silencio y de memoria. No habían más recuerdos de la madre, excepto aquella escena en el dormitorio. Los cirios. El hermanito. Las mujeres de la familia en un llanto plañidero. Los rosarios negros. La cinta apretada en su pelo. El funeral. Esta lápida sencilla con el nombre inscrito en letras góticas.

El panteonero la sacó de su ensoñación. Vino alguien a dejarle flores a su madre. No dejó nombre ni tarjeta. Aquí están, dijo. Depositó en sus brazos otro ramo de crisantemos. Le sonrió.  Ofreció un humilde tarro de conservas, que él mismo hundió en el espacio de tierra que había quedado en la sepultura. Lo llenaron con agua. Ella colocó las flores. Él comentó lo hermoso que se veía. Escucharon el río, en la cañada, detrás del cementerio. Escucharon los pájaros. Vieron las nubes. Ella miró la hora en el reloj que había sido de su padre. Se despidieron, con un apretón de manos. Elija la vereda del frente, señora, dijo el panteonero al final. Váyase por la sombrita, que a esta hora pica fuerte el sol. La veo en tres semanas más.

Para Elizabeth

Cuando colgaste, me quedó la sensación de que nunca podríamos vernos. Aún tenía tu voz en mis oídos. Es de las pocas cosas que me arrepiento, no haber viajado a visitarte cuando pude hacerlo. Ahora, ya es tarde.

Confío en tu buen juicio y en tu inmenso corazón, porque sé muy bien que está cargado del mismo amor que llena el mío. Disfruto tus palabras y quisiera que la distancia no nos separara tanto, que la línea del teléfono nos aproximara lentamente, para poder abrazarte, para poder preguntarte por qué. Me sumerjo en tu voz y trato de imaginar un pasado feliz. Aquel a quien amo vibra de emoción con esos recuerdos y siento profundamente que es el hijo de tu corazón.

Me mencionas que vienen regalos para nosotros, pero creo que el mejor regalo sería gozar de tu compañía, leer libros juntas, escuchar tus historias, compartir pasajes de tu vida y hacer interminables listas con lo que el tiempo nos ha dado y que ha sido de provecho y vale la pena enumerar. Estoy aquí para cuidar al que más quieres, aunque no sea un buen sustituto de tu cariño. El tiempo y las estaciones nos han dado diferentes perspectivas de la vida. Quisiera tu consejo amable, tus recetas, tus libros de cuentos, tus recuerdos, tu paciencia infinita, tu voz tranquilizadora y dulce. Escucharte decir que todo está en su sitio, que nada está perdido, que la medida del amor es sólo eso y no vale de nada si no existe ese algo a medir. Quisiera tantas cosas y sólo me queda conformarme con tu voz en el teléfono.

Recorto esta historia lentamente y planeo hacértela llegar. Espero que alguien tenga  a bien leértela y que ese alguien te pueda dar un abrazo. El mismo que te mando hoy día, cuando esta delgada conexión ya se ha ido.

 

Fotografías

Está bien aquí, pregunta el chico, colorado por el esfuerzo de trasladar la pesada fotografía, por tercera vez, de una pared a la otra. Sí, déjala allí por mientras, ya veremos, suspira José Luis, dándose conformidad. No era ahí precisamente, pero el joven le causa lástima por alguna razón. Cree haber visto su cara en otro lado, en alguna situación menos afortunada que esta.

Son muchos los recuerdos que le traen esas fotografías. Siempre que expone, debe hacer raccontos forzados, respondiendo las preguntas de los que gustan de su arte, situándose nuevamente en el momento exacto en que apretó el obturador y logró congelar ese segundo precioso con su lente. Eso es lo más fascinante y lo más difícil de explicar. Muchos le miran atontados y vuelven a preguntar. El cuadro está chueco. ¡¿Debo hacer todo yo mismo?! pregunta para sí y de dos zancadas alcanza la pared. Acomoda la fotografía y se suspende en la delicadeza de los pinos en el fondo. Recuerda con precisión enferma la escena de ese día, veinte años atrás. El hombrecito y el ruido de sus tijeras de podar. El viento arreciando. Punta Arenas. El viaje. El mar.

La rubia que estaba a su lado hacía gorgoritos de saliva y dormía profundamente. La cabeza aún le daba vueltas y tomó precauciones para dirigirse al baño. Todavía veía esas luces sicodélicas. Esos caleidoscopios que le atrapaban en segundos eternos, llevándole cada vez más lejos, la piernas como de lana y las cosquillitas por todos lados. Eran las mezclas. Fue al baño. Tenía la garganta seca, la cabeza en su sitio y una ganas salvajes de tirarse otra línea, de clavarse otra aguja, de un porro. De todo. De nada. Escuchó a lo lejos a sus amigos irse espabilando, empezar el día con palabrotas y con risas. Aletargados, pero enteros, gozando de una libertad que no se había visto en los últimos cuarenta años. Eran libres. Jóvenes y libres. Viajando por el continente, durmiendo aquí y allá, fiesteando, drogándose, decididos a vivir sólo una vez.

Su padre logró ubicarle y con la misma decisión que le había caracterizado desde que se libró de la guerra, le jaló por los pelos y le embarcó. Ya estaba bueno de disipación y libertinaje. Iba a terminar como los muchachitos esos de la plaza de las agujas, demacrado, perdido, cubierto en sus propias heces, hablando incoherencias. Te vas y no me jodas. Te subes al barco y te callas. Vas a trabajar un poco, que eso no le ha hecho mal a nadie, nunca. Nos vemos allá en un mes, le dijo secamente. Se dio la vuelta y desapareció.

La travesía ha preferido olvidarla. Los rostros de la tripulación ha preferido olvidarlos. Los sudores y las pesadillas ha preferido olvidarlas. Los vómitos, la sensación de que hasta pestañar es un dolor, ha preferido olvidarlo. El olor del mar colándose en sus narices y haciéndole sentir más enfermo. Los sonidos del mercante. Algunos otros que, como él, avanzaban como fantasmas en la cubierta, incapaces de cumplir una orden, cayéndose desmayados, causando lástima y trabajos, también ha preferido olvidarlos.

El día de invierno que atracaron en el puerto de Punta Arenas había una ventolera que amenazaba con llevarse la nave al otro lado del estrecho. Se bajó más repuesto que como se había subido, con más peso, con el bamboleo del mar pegado a sus pasos y se adentró en la ciudad más austral del mundo. No le causó mayor impresión. Era una cruza extraña entre Praga y las villas del sur del mediterráneo, con un viento salvaje que arrastraba todo a su paso. Tan fuerte que se llevó, sin que se diera cuenta, todos y cada uno de sus pensamientos. Trabajó como jornal, como mensajero y finalmente como administrativo en la planta que procesaba merluza, de propiedad de un viejo amigo de su padre. Manos faltaban a montones en esas soledades, asi que fue más que bienvenido.

Una tarde de aburrimiento sideral, se encontró con una vieja cámara fotográfica. Recordaba haber visto algo parecido, en su infancia, colgando del cuello de alguno de sus tíos y se decidió a probarla. Sus primeros trabajos fueron francamente patéticos y estuvo a punto de echar el aparato al mar, pero la fascinación de capturar el momento justo era superior a su frustración. Los rollos se demoraban días en llegar, de vuelta a sus manos, convertidos en instantáneas que iban lentamente superando su calidad. Fue entonces que se decidió a visitar los antiguos edificios y adentrarse en esta que era, ahora, su ciudad.

Había pasado mucho tiempo. Miró la imagen con detención y recordó claramente el día en que la había tomado. Su impresión por la historia del viejo ballenero. El homenaje sentido de la comunidad que lo dejó morir en la pobreza. Así había sido todo. Contrastante, disparejo, extremo, distante pero al mismo tiempo sencillo, familiar. Todo en una sola fotografía. Era difícil de explicar. Era un logro plasmarlo y ese era el desafío. Ahí estaba, frente a sus ojos. Miró al chico nuevamente y recordó dónde había visto su cara.

Entre los Muros

“Nació viva. Vivió dos horas. Hija de María Isabel y José de la Cruz. Rezad por ella”, decía el papelito escondido entre los pliegues de la sábana de lino, que se mantuvo en su sitio gracias a los bordes de la cajita de madera. Ahí se quedó, hasta el gran remezón.

Sólo seis meses había logrado María Isabel acoger a esta criatura en su vientre. Porfió por salir esa noche de agosto, cuando el invierno aún no abandonaba los campos y la lluvia se metía entremedio de los muros, que olían a cal, arcilla y humedad. Nadie llegó a socorrer a la pobre madre y sus gritos se perdieron en la gran casona de adobe, absorbidos por el silencio de los patios y el continuo martillar de la lluvia. La criatura se desplazó entre sus piernas y el cuerpecito mortecino, de ojos cerrados, no emitió ningún sonido.  Descansaron ese momento y los siguientes, mientras la lluvia seguía, monótona, aletargando todo.

La madre tomó las manitos de puños cerrados y las sintió frías. El brasero de latón estaba al rojo vivo, en el medio de la habitación, mientras una jofaina con agua caliente llenaba el aire de vapor. Trató de frotar las manitos, pero las sintió lacias y exánimes. Acarició la carita, pero estaba helada. Se incorporó lentamente y en un instinto primordial, acercó la criatura a su pecho. No hubo reacción. Abrazó al bultito y se dio cuenta de que ya no tenía vida. 

Entonces vino el dolor, golpeando tan hondo que la inmovilizó. Lágrimas saladas aguaron su cara y sólo el calor de la habitación mantuvo su semblante con color. Jose de la Cruz entró, con sigilo, al cuarto en penumbras. Los hombres estaban vedados en estas labores y él mantuvo su lugar en las afueras, atizando la lumbre en la cocina y fumando un cigarrillo. Escuchó los gritos del alumbramiento, como había escuchado tantos otros, en las mismas circunstancias, pero el llanto histérico que vino después, lo alertó y le anunció, antes de que entrara, que había ocurrido una desgracia.

Preparó un pequeño cajón, sin pensar en lo sucedido, hipnotizado por la lluvia y por el viento que ahora se colaba entre las rendijas de la puerta. Escuchó a lo lejos a los terneros y se concentró en su labor. María Isabel, profundamente conmocionada, ya no era capaz de emitir un sonido. Abrazaba a la criatura sin vida, mientras caminaba descalza y sangrando. Él tuvo de obligarla a depositar a la pequeña en la cajita, arrancándola de sus manos.

Un revoltijo de pensamientos le acezaban, como flamas abrazando un tronco. Escuchaba voces entremedio del silbido de viento y cargaba la caja a través de la casa, caminando sin rumbo, recorriendo los patios mojados, intentando elevar una plegaria por el alma diminuta, que había abandonado esta tierra en tan poco tiempo, pero era inútil. Nada le salía. Estaba perturbado. Tanto que no fue capaz de depositarla en la tierra blanda, al lado del rosal, sino que decidió dejarla entremedio de los muros, tapada con papel periódico y restos de arcilla y cal, en la esperanza de que la pequeña se despertara y consolara a su madre y él pudiera borrar de su mente las escenas que había presenciado,  extraerse de este recuerdo y volver al minuto antes de que empezara el aguacero.

Guardaron silencio por muchos años, pero no olvidaron la caja que estaba en el muro, mientras una sensación de dolor y profunda turbación les embargaba, año tras año. Cada vez se preocupaban de cubrir con cal y adobe, hasta que finalmente se fundió como parte de la casa, como se había fundido en sus recuerdos, como la tenían en sus corazones mudos, en sus sueños silentes.  No le contaron nunca, nada a nadie, pero jamás la olvidaron.

La noche del terremoto, la casa entera se vino al suelo, con los recuerdos, con las alegrías, con los ruidos, con los secretos, con la vida. Los rosales del patio quedaron sepultados y una vez que todo quedó en calma y el silencio sepulcral se rompió, cuadrillas de bomberos recorrieron los escombros, buscando con perros y detectores, cuerpos atrapados y una esperanza de vida.

La punta de la nota se deslizó por entremedio de lo que quedaba de una muralla del gran caserón: “Rezad por ella”  y fue el joven rescatista que la vio. Hurgó con calma, mientras su perro descansaba a la sombra. Pensó encontrar aquellos antiguos íconos de santos, que la gente atesoraba desde los tiempos de la Colonia, pero en su lugar vio, primero, la sábana de lino, amarillenta por el paso de los años y bermellón, por los restos del muro. Ahogó un grito en la entrada de su boca, cuando lo que quedaba del cuerpo de una recién nacida, salió entre los pliegues del trozo de tela. El papel con la nota cayó al suelo y la recogió. Rezad por ella, leyó en voz alta el rescatista y yo se los pido a ustedes, por esta tierra devastada y por un lugar donde ya no queda nada para recordar.

N de la R: Esta historia fue inspirada por un hallazgo increíble, descubierto en la localidad de Chimbarongo,  después del terremoto del día 27 de febrero. La nota periodística completa, en este link: http://diario.elmercurio.cl/2010/03/18/nacional/nacional/noticias/d7b53b52-15ef-49bb-87da-efdbc7eae536.htm

Día de San Valentín

Llovía en el desierto, sin que lo pudiéramos creer. La suave cortina de agua se convirtió en un chaparrón agresivo, pero largamente anhelado. Nos miramos a los ojos, mientras el agua golpeaba el parabrisas y los suaves perfumes de la tierra emergían lentamente.

Habíamos tomado la decisión sin meditarlo demasiado. Un vacío inmenso en mi corazón me trastornaba. Mis manos lo ansiaban, mis brazos lo ansiaban y cuando lo vi supe que era así. Allí estaba, envuelto y perfumado, el más hermoso regalo en ese San Valentín.

Mi hija recién nacida había perecido en la mesa de operaciones tres meses antes. Creí morir. Creí que no existía un dolor más tremendo que este dolor, este espacio abierto en mí como una cuchillada. Lloraba a cada instante, sentía que me secaba por dentro. No te vayas, me dijiste, estamos juntos. Estamos unidos y debemos superarlo. Yo sé como podemos superarlo. Por primera vez, desde nuestro matrimonio, me sentí intensamente unida a ti. Te di las gracias. Besaste mis ojos llorosos e hinchados y no dijiste nada más.

Le ví entonces. No quise enterarme de detalles que sólo hubieran entorpecido las cosas. No quise saber de nada. Sólo su presencia de recién nacido inundando todo. Su olor palpitante, la suavidad de su piel, sus pequeñas manos, sus ojos abiertos en la sabiduría del mundo. Tan pequeño y tan importante. Me inundé de dicha.

Entre mis brazos, acunándote, cantándote antiguas canciones que aprendí en mi infancia, sintiendo tu calorcito, mi corazón se rebalsó de amor, como el camino por donde volvíamos a casa se rebalsaba de lluvia. Una lluvia que curó la sed de la tierra, como tú curaste mi sed de entregar este amor. No te parí, es cierto, pero llegaste a mi vida por mi propia voluntad. Eres el hijo de mi corazón.

No pude parar de besarte en semanas, incluso en las noches mientras dormías. Sentía que florecía por dentro como había florecido el desierto. Eres el hijo que no vino de mi cuerpo pero sí de mi corazón, lo he repetido desde entonces y cada San Valentín celebramos tu segundo cumpleaños. Eres el hijo del amor, de un amor que creí perder una tarde lejana en un hospital. El mismo hospital donde tú estabas, esperándome supongo, porque nadie te había esperado más que yo. Mientras escribo estas líneas, siento tu olor de recién nacido de nuevo y rememoro ese día como si fuera hoy mismo. Miro por mi ventana y un hermoso campo de flores cubre hasta donde alcanzan mis ojos  Sólo falta el arcoiris, que vimos ese día con tu padre, de vuelta a casa, cuando ya eras parte de nuestra familia.

Los Poemas del Abuelo

Sacó los libros de debajo de la mesa, como si fuera un mago. Sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción y empezó a repartirlos entre cada uno de nosotros. Era su cumpleaños número setenta y ocho.

Los recuerdos primeros que tengo son de su cara franca y amistosa, apretando mis manos traviesas. Aún guardo el pañuelo con florcitas de colores que me regaló para mi cumpleaños.  Sus abrazos. Su olor a limpio. Los caramelos que traía escondidos en sus bolsillos y que nos dejaba urgar sin prisa ni descanso. Sus manos cubiertas de venas azules y verdosas, fuertes y cálidas. Era todo un personaje, sobre todo cuando se paseaba pomposo con su sombrero y su abrigo de castilla por la plaza, los días domingo, después de comprar el periódico.

Mi abuela era reservada y simple. Le amó desde que le vió y fue por su belleza que escribió tantos y tan variados poemas. Dolores y tristezas. Encuentros apasionados y sencillas alegorías a la vida hermosa que les tocó vivir. Jamás escuché una queja, jamás escuché un reproche entre ellos y cuando él cerró sus ojos con su beso y la dejó en manos de la muerte, recuerdo que no lloró.

La sonrisa franca era parte constante de su vida. Nada lo doblegaba, me parecía y guardaba la modestia y elegancia de los viejos. Su casa olía a recuerdos guardados. Las suaves servilletas de lino, los cubiertos largos y con dibujos abigarrados que, de niños jurábamos, habían salido de un naufragio. Su segunda esposa ayudó a acrecentar este patrimonio de objetos de museo, misteriosos y significativos. El estante de los licores, el breve mueble de los discos, los tapices de chifón, las alfombras, las acuarelas y la mancha de lluvia que cubría de naranja una pared. Nunca quiso repararla, nunca quiso deshacerse de nada y siempre compartió todo. 

Los almuerzos en su casa eran los más esperados. Fuentes de porcelana llenas de exquisiteces, que parecían haber pasado, magicamente, de mi abuela a la nueva esposa de mi abuelo, repletaban la mesa familiar. Los brindis y los abrazos, los viejos cuentos y anécdotas de la niñez. Los retiros al pequeño balcón para fumar un cigarrillo. La siesta del patriarca. Su respirar pausado, sus ojos bien cerrados y en una expresión angelical y tranquila. Sonaba quedo su corazón y sus manos apretaban antiguos recuerdos, mientras viajaba en sueños.

Leyó la dedicatoria emocionado y nos contó suavemente que había buscado en cada estante y repisa, en cada chaqueta y cada recoveco de la casa los trozos de las creaciones que la vida le había susurrado, en suspiros recortados por el tiempo y el amor. Habían muchos pasajes inéditos que exploramos, todos nosotros, hojeando el libro que él mandó a hacer especialmente para la ocasión. Su caligrafía decoraba la portada y unas sentidas palabras hicieron asomar lágrimas a cada uno de sus nietos. La admiración y el amor se respiraba en el aire. Falleció una semana después.

En el Altillo

arce

Déjame ser, reza la frase en letras de molde color amarillo fluorescente, que se planta en la mitad del cielo raso. El poster de James Dean le mira justo frente a frente, mientras la vieja maleta decorada, en su interior, con papel decomural de grandes flores, guarda sus pertenencias y a veces, algunas otras cosas. Es el espacio de su rebeldía. Es la frontera de su independencia. La frase que se ilumina por las noches; cuando los reflejos de la luna traspasan las hojas del árbol de arce, guardias de la delicada ventana de madera, es la que guía su existir.

La lluvia, cuando cae, invade furiosa, con sus sonidos de locura, el techo de zinc envejecido que está demasiado cerca. El ruido le impide, invariablemente, dormir. Siente que el chaparrón se cierne dentro de su misma habitación e imagina un diluvio inundando sus pertenencias, su espacio, su vida entera. El árbol golpea insolente, azotado por el viento y la sensación de pequeñez que le embarga es incontrolable. Mira todo su universo fragilizado por el chaparrón. Todo parece diluirse con la tormenta, todo parece remecerse con el golpeteo de las ramas en la ventana.  A veces, logra conciliar el sueño, pero la posición fetal forzada le hace complicado el descansar.

Las mañanas son lo mejor en esta habitación. El sol aparece por los lugares más impensados, iluminando las tablas de laurel que componen el cielo raso, una al lado de la otra, con rigurosidad bucólica y repetida hasta el infinito. Las dimensiones de la habitación son tan irregulares, la puerta de entrada es tan exigua, sólo el pestillito de bronce le da la sensación de privacidad. La lámpara, resto último de un gran candelabro que, alguna vez, iluminó un sitio mucho más elegante que esta casa, le proporciona la luz necesaria, en la heladas noches invernales, para seguir a los protagonistas de los libros que devora.

La sensación de pertenencia con cada tabla colorada del piso le asigna una importancia dramática a este espacio, al que ha llegado por casualidad, después de recorrer el gran caserón,  hasta llegar aquí. Un espacio planeado para lo oculto. De  niña, imaginaba a princesas prisioneras condenadas a vivir en esta mínima habitación, presas de la locura y la desesperación. La ventana es la única fuente de luz, la única conexión con la vida en el exterior. Debajo está todo lo demás. La huerta. El jardín. El cerco de madera. La calle. La vía férrea. Esta misma calle se inunda frente a sus ojos y se cubre del polvo naranja y marrón en las estaciones extremas. El olor del árbol le invita a abrir la ventana, cada noche de primavera, hasta que el verano arrogante hace su entrada y castiga el techo de latón viejo, haciéndole retorcer en complicadas contorsiones que se escuchan claras desde la habitación, muda testigo de esta tortura.

Cada sonido. Cada respirar. Cada línea leída. Cada espacio conquistado. Cada pequeño microorganismo que vaga perdido entre los pliegues de la pared, por debajo del póster de James Dean y entremedio de las cajetillas de cigarrillos de colección que decoran la pared, al lado de la ventana. Todos sufren, en silencio, el cambio de sus formas cuando el atardecer dibuja las hojas del arce en sus sofisticados logos.

La ventana es justo de su tamaño. Si se ubica sobre el alféizar puede ver las planicies y los atardeceres por sobre las casas de los vecinos, mientras el humo de su cigarrillo escapa en estelas indefinidas, por los espacios que deja su cuerpo. Sólo una hoja puede ser abierta con seguridad.  A veces, se arriesga y abre ambas. La sensación de amplitud es infinita, mientras las semillas secas del arce caen en miles de vueltas como diminutas hélices, en bailes secretos, arrastradas por el viento.

Es esa misma precariedad la que, esa mañana, le conmina a empacar. Debe deshacer todo en minutos que corren en su contra. Debe eliminar cada recuerdo. Cada marca. Cada segundo vivido en este espacio. Ver caer lentamente a su amigo el arce, abatido por la insolencia de una motosierra, aprieta su corazón en una mueca de dolor. Nunca más las sombras, nunca más los golpeteos. Nunca más la privada sensación de abandono, angustia y libertad. Días después, nada quedará erguido. Todo está en sus recuerdos. Cada olor, cada sonido, cada brizna de polvo empujada por el viento. Ni los libros lo han impedido, ni su imaginación. La verdad es patente. La frase de su techo queda suspendida en un espacio al que nunca más volverá a recurrir. Se queda, sin embargo, congelada en los rumores del altillo y sólo después de mucho tiempo, podrá reproducirlos sin sentir dolor.

Debajo de la Escala

porcelana

Siempre está tan oscuro aquí, piensa moviendo contra el sentido de las agujas del reloj la pequeña tranquilla de madera que contiene  la puertita, alguna vez pintada de verde oscuro. El olor a encierro y humedad se cuela por entre las rendijas y una vez adentro, escarba nerviosa, en los anaqueles, los tarros de grueso latón que esconden sus provisiones.

Hace frío y el viento entra por debajo de la gran casa de madera, que cruje, herida de muerte en el gran terremoto, que le  hizo descender a su mínimo nivel y estabilizarse en esa posición para no sucumbir al embate de los elementos. Se llena de gris en gris el cielo y la puerta de la despensa amenaza con cerrarse de un golpe, empujada por una ráfaga insolente que ha entrado por quién sabe dónde. Aún no encuentra el kilo de arroz que había dejado protegido en la gran lata de galletas. Maldice la falta de luz, pero cae en cuenta de un cabo de vela que permanece en la esquina superior de la despensa. Rebusca los fósforos en los bolsillos de su delantal y aproxima la llamita para iluminar el espacio. Al frente, los escalones se topan casi con su nariz. Un clavo oxidado sostiene un espumador viejo y el antiguo colador de café. La bolsa con el papel periódico se ajusta a su pequeño universo, ataviada por las telas de arañas que, espesas por el polvo que cae de la paredes roídas por las termitas, le dan un aspecto irreal, cansado, triste.

El breve espacio de la despensa le pinta un toque cansado a su semblante, que busca ahora con desesperación el kilo de arroz entre sus recovecos. Da una vuelta sobre si misma y en los anaqueles, reconoce aquel envase de metal que ahora ha recordado, contiene lo que busca. Lo había cambiado de lugar, como era su costumbre, como tantas cosas en la vida habían cambiado de lugar por decisiones propias y ajenas. Debajo de esa repisa, la vieja caja de cartón decorada como  un tablero de ajedrez, guarda celosa las tacitas de porcelana, vestigio último de la riqueza que alguna vez hubo en su vida. Antes, habían sido los guantes de terciopelo, pero a fuerza de proteger sus manos del carbón para la lumbre, ya no quedaba nada de ellos. Sólo las tacitas se asoman molestosas para recordarle antiguas glorias que se congelaban en sus recuerdos más preciados. Fastuosos bailes ataviada con vestidos de organdí y zapatos de fino charol ; bandejas de plaqué con manjares de los que ya no recordaba su sabor. Sólo las tacitas tenían la facultad de llevarle de golpe a ese minuto, donde todo parecía perfecto y ordenado. Donde no había nada más para pensar, nada más que soñar y bailar. Bailar y soñar.

One More Kiss Dear by chrieseli

La Fortuna

Cuando se enteró del nombre de este puerto, supo que era la culminación del estrecho de Magallanes; aquel lugar de antología del que todos los marinos hablaban y temían, del que se contaban historias pavorosas de naufragios, pérdidas, destripamiento de hombres y desolación. No le importó nada de eso. Había robado dinero, de las pertenencias de la tripulación del barco en que había viajado, pero no era suficiente para un cuarto decente, sí para un baño de tina y un par de cigarrillos que los fumó al instante, sin poder disfrutarlos.

Vagó por la ciudad unas horas, pero los olores de las cocinerías le hacían perder el juicio. Entró a una de ellas y con las pocas monedas que le quedaban, probó un guiso de cordero, grasiento y desabrido, que le supo a manjar. A su lado, unos tramperos jugaban cartas. Se quedó mirando el juego, hasta que el dueño del establecimiento, por señas, le dio a entender que se fuera. Él le habló en perfecto español y le indicó que quería quedarse. Si quiere quedarse tiene que jugar, si quiere jugar tiene que apostar, dijo. Si no tiene dinero amigo, váyase por donde vino y ni se le ocurra meter sus narices de nuevo en mi negocio.

Estuvo a punto de abandonar el lugar, cuando uno de los tramperos, borracho, de pelos tiesos y con dos dedos menos en sus manos, le dijo, amigo, si sabe cómo,  reempláceme, porque tengo que mear. Estoy dos horas en esta mesa y no aguanto un minuto más. Estos indios de porquería, le pegan a uno enfermedades tan graves. Llevo meando sangre por dos semanas; por eso los señoritos quieren deshacerse de ellos. Cuide mi rifle y no se mueva, que vuelvo enseguida.

Él se quedó perplejo, pero se dio valor y se instaló en el puesto del cazador. Pronto estaba metido en el juego, no era tan difícil y después de todo, estos tipos estaban todos borrachos y seguían bebiendo. El que había ido a mear no regresó tan rápido y al cabo de un rato, todo el mundo lo olvidó.  Iba ganando. Un corrillo se formó en su mesa y le escucharon maldecir en catalán. Uno de ellos dijo de pronto que estaba llamando al demonio. Se burló y agarró un cigarrillo de la mesa. Se rió abiertamente y varios retrocedieron. Tenía esa mirada maquiavélica que le haría tan popular después. Sus ojos  se tornaban eléctricos por la excitación del juego. Seguía ganando.

Al cabo de dos horas, tenía sus bolsillos hinchados de dinero y estaba aún a cargo del rifle del trampero. Salió afuera a aspirar un poco de aire fresco. Estaba eufórico. Dio la vuelta a la pequeña choza y encontró un bulto tirado en el suelo. Era el hombre dueño del arma, que yacía muerto, con sus partes nobles al aire, expeliendo un olor a podredumbre de todo su cuerpo. Se quedó helado por un segundo. Un pensamiento fugaz le dijo, corre, sin embargo,  llamó a los otros tramperos y vieron que el sujeto estaba bien muerto. Se rieron, todavía borrachos y brindaron un último trago por él. Nadie sabía su nombre, nadie sabía su historia. Quédate con el rifle, si te interesa, le dijeron. Tiene los pelos de trece onas y cinco yaganes. Es un buen número, aunque no era tan buen tirador, rieron.

magallanes

 

La Mamá

niños jugando

Rosa se volvió al campo con sus atados con ropa y con su extraña fascinación por la televisión. Quedaba en trance, mientras la pantalla iba mostrando la novela de la tarde. Trataba de hacer algo de provecho, pero la cajita parlante la hipnotizaba. Estaba tan embelesada que, mientras planchaba aquella tarde, erró la pequeña parrilla y la plancha se precipitó de un golpe a escasos centímetros de la cabeza de mi hermana, que buscaba su chupete al lado de la mesa. Ese fue el último día que trabajó, porque la mamá le pidió calmadamente que se fuera . De ahi en adelante,  nos dejaron crecer entre el patio y la galería, en libertad y llenas de sueños.

La mamá controlaba nuestros avezados trucos circenses con el ojo de un lince encantado que sacaba de su bolsillo y le indicaba si estábamos en peligro. Muchas veces usamos la fórmula de la invisibilidad para escondernos en la copa de los árboles y aunque ella salía afuera, no nos veía ni escuchaba nuestras risas, sólo seguía buscándonos intrigada, pero su voz no se alteraba.

Armábamos nuestro propio tren de carga con las banquetas del patio, imaginábamos interminables viajes al espacio premunidas de la caja del refrigerador como nave, escalábamos la montaña de leña en el verano y despiadadamente torturábamos a los pobres primos en las zarzas y el manzano lleno de hormigas.

La mamá vigilaba todo desde lejos. No recuerdo que haya dicho nunca que nos comportáramos como señoritas y que no gritáramos en el patio como criaturas salvajes. Nunca nos prohibió muchas cosas y a cambio de ello, nos enseñó el valor de la decisión tomada, de la complicidad y la responsable imagen de ser hermanas, cada una cuidando de la otra, en la intrincada maraña de los juegos infantiles.

Después del desayuno, con la pausa del almuerzo y hasta el final de los largos días de verano, hacíamos de las nuestras, robando los frascos que estaban destinados a la mermelada, para ubicar bichos, gusanos y lagartijas en nuestro museo internacional.  Aprendimos a cocinar hojas de romaza con pequeños gijarros recogidos con paciencia y en silencio en los sitios donde caían las goteras, haciendo encantadores platos, en los planes de sobrevivencia de los náufragos perdidos. 

Cada planta, cada espacio, cada aire era cuidadosamente analizado por nuestra curiosidad infantil, que tenía pleno espacio y validez en los tiempos de la mamá. Había sólo libertad y nada otro. Sin prejuicios ni mentiras, sin complejos ni las lágrimas del dolor que vienen del alma atormentada, que vimos muchas veces en otros ojos, durante la adolescencia. 

No eramos ricos, decía siempre la mamá, pero nunca me sentí pobre ni marginada, nunca sentí que no pudiera ser capaz de no hacer lo que me había propuesto. Sólo libertad y nada otro, eso ella nos regalaba a cada instante. Ni traumas, ni gritos, ni espacios vacíos, ni castigos sin sentido o normas absurdas que de nada sirven en la vida. Responsables de nuestro propio valer, de nuestros propios estudios y de nuestra propia realización. Eso decía la mamá en diálogos callados que, curiosamente, escucho claramente hoy y que, desde entonces, vienen como síntesis agudas de, tal vez, alguna hipnósis recurrente a la que nos sometió, encantadas por el ojo de lince que llevaba en su bolsillo, que le avisaba prontamente cuándo estábamos en peligro, cuando nuestros juegos traspasaban el límite de lo sensato y cuando ya era la hora de volver al hogar.

El invierno nos daba en la cara, cada vez que volvíamos de la escuela y la gran galería, con su interminbale pared de ventanas nos dejaba ver la lluvia y burlarnos de ella a cada instante. Nos maravillaba con la visión del granizo sonoro y helado que atacaba las plantas de menta que crecían debajo de la llave que quedaba en mitad de la huerta y les quebrada alguna que otra ramita. Allí estaba la mamá también, entre la lluvia y el granizo, con su oído atento a nuestros juegos, con la mirada certera y la instrucción precisa, justo cuando estábamos congelándonos, ella nos llamaba a tomar la leche de las cuatro de la tarde. Dejábamos todo como estaba, en su posición las muñecas que eran víctimas de los secuestros en serie y los trenes de pasajeros, ordenados en fila, en la gran estación imaginaria, ubicada en el cajón de la harina. El triciclo quedaba estacionado y la mamá, por algún pasadizo secreto, ingresaba a hurtadillas, revisaba con cuidado y permitía que permaneciera en su lugar, para el día siguiente. Respeto y libertad. Nada otro. Sin gritos ni peleas, sin discriminación por no jugar a las visitas y preferir escalar montañas imaginarias en la pared de la galería que no estaba terminada. No le importaba que no usáramos falditas ni zapatitos de charol con hebillas plateadas, le importaba que nuestra salud no se debilitara, que nada faltara en el hogar y que el pan calentito que salía del horno de la cocina a leña alcanzara para todos, embarrado con mantequilla y mermelada de mosqueta.

La mamá nos enseñaba en la medida de nuestra propia curiosidad y cuando caía enferma, la casa entera se descalabraba sin sus dotes de malabarista y presdigitadora. Nada estaba en su sitio, todo era complicado y absurdo. ¿Dónde estaba la mamá?

Hoy te abrazo mamá y te busco de nuevo, en silencio y a hurtadillas, a ver si puedo sacar una sonrisa de tu semblante, mientras este invierno extraño nos va cubriendo de melancolía y lluvia. Extraño el granizo de antes, el sol eterno en los días de verano de antes y busco en secreto a ver si encuentro tu ojo de lince encantado y por arte de esa magia, volvemos a ser los que fuimos.

Tormenta

Arropada en su cama, la niñita espera a que las pequeñas luces que aparecen en la noche, se apaguen por completo, para poder dormir. El sueño no llega, mientras la brisa empieza despacio a hacerse tormenta. El sonido del abeto perdido en el antiguo fuerte español, junto con el golpeteo de las drizas en los tres mástiles arreciados por el viento, que sube desde la cañada hasta el alto y atraviesa la calle, para llegar a su patio, le hace perder el sosiego. En el fondo de la casa, se escucha un rumor de crujidos y acomodos. Suenan las latas en el techo, amenazando con despegarse para siempre. Silba el vendaval desde la hondonada, avanzando, avanzando.

Se mira a sí misma, pequeña y asustada; intenta hablar, pero no hay nadie despierto. Trata de salir de su cama, pero el sonido del viento, como un monstruo con forma propia y vida, le conmina a quedarse. No puede emitir un murmullo. Todos duermen. Todos parecen haber desaparecido. Imagina la tromba colándose entre los árboles del patio, levantándolos de sus raíces y arrastrándolos, para tumbar la casa. Se cuela por todas partes y cierra las puertas desvencijadas del fondo del gran caserón. Empieza a llover.

Retumba el aguacero en el tejado, herido mortalmente por el viento, que se yergue como la única resonancia en la noche, más allá de la lluvia, más allá de las drizas y el abeto, más allá de la cañada. Se cimbra la vieja cerca de madera y , del fondo del patio, un sonido como de un disparo, avisa de un árbol que ha caído sin apelación posible, tumbado por la fuerza de los elementos. La niñita arropa su cabeza y se encoge aterrada. Escucha una voz a su lado. Cree que sueña. Aguza el sentido, es su hermanita que también está asustada. Se meten juntas en la camita, cubiertas por el plumón de puntos amarillos y afinan ambas el oído a los sonidos macabros de la noche. Las gallinas cloquean asustadas en su gallinero y los ruidos del tejado siguen amenazando con abandonarlo todo y seguir al viento.

Finalmente, caen rendidas de sueño. Los pequeños ojitos se cierran cuando el aguacero se hace más calmo y la tormenta ya ha cedido. A la mañana siguiente, se dirigirán al gran abeto, en medio de un sol inusitado que alumbra toda la explanada.

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Simbiosis

desayuno

La tarde de primavera que vio pasar al joven por afuera de su puerta, mientras don Bartolomé le decía bajito que era aquel quien venía a visitar a la niña cuando ella no estaba, le pareció tan poca cosa que ni siquiera se inmutó. Habían otras cosas más importantes de qué preocuparse entonces.

Don Bartolomé insistía en sus noticias, cada vez que llegaba de vuelta al hogar, cargada con verduras, carne, pollos, quesos y un sinfin de regalos de sus clientas, agradecidas por su buen trabajo, su paciencia y su tiempo. El joven visitante se iba apenas ella llegaba, con un cortés buenas tardes, mientras la niña le miraba con ojos de amor, hasta que se perdía, al cerrar la puerta.

Todo pasó muy rápido y tan suavemente. De pronto, este visitante se hizo permanente y cuando le comunicaron dichosos que iban a casarse, se dio cuenta que no había tomado en cuenta nada de lo que le había dicho don Bartolomé. La gata se le enroscó coqueta entre sus piernas, mientras, por primera vez en mucho tiempo, sintió el abatimiento en sus huesos. Nada de esto estaba planeado. Ella quería algo distinto. Las clases de francés se habían ido al demonio, por la sonrisa franca y las manos vacías de este joven desconocido que, ahora, venía a declarar tan fresco que se casaba con la única hija que tenía, que le había costado sangre, sudor y lágrimas mantener a su lado y que, aunque le recordaba un pasado infame y sin sentido, era la niña de sus ojos, su único corazón. Ahora, se iba con este que no tenía donde echar sus huesos, ni una cama, ni casa, ni un buen trabajo. ¡La jodienda, carajo!. Era como una maldición.

El matrimonio fue modesto y emotivo. La comida fue regada y ellos se veían felices. El joven visitante se había convertido en yerno, sin que nadie más que él lo hubiera sabido.

La gran casa de madera a donde llegaron por accidente, se convirtió en el hogar familiar. Ella no les abandonó, al principio por desconfianza, luego por amor a los nietos. Crecieron los lazos de cariño y simpatía. Hubieron días de verano como hubieron días grises, pero nunca dejaron de respetarse, desde el día en que se conocieron.

Anoche, el joven se levantó en mitad de la noche. Ya no queda mucho de la piel tersa y los brazos fuertes, los años han pasado, los hijos han crecido y se han marchado. Vienen de vez en cuando para navidades y cumpleaños, pero ellos siguen ahi. Va a su habitación porque la ha escuchado quejarse en sueños, pero ha sido sólo eso. La llama por su nombre y se da cuenta que duerme aún plácidamente. Vuelve a su cuarto.

Es esta extraña circunstancia que le impide recordar, a veces, quién es este hombre cano y de ojos cansados que le ofrece el desayuno en las mañanas heladas de este invierno que se niega a dejarla en paz, que le habla familiarmente y le trae las noticias añejas del pueblo, contándole quiénes ya han pasado a mejor vida. Se entienden y se miran en una complicidad que sólo da un largo tiempo de respeto y compañía. Muchos años les facultan para quererse con calma y en silencio, esperando un mejor día para la mañana siguiente. Aquel que llegó para quedarse, está aquí ahora, contándole cuentos antiguos, tratando de anexarla con esta realidad que le parece incomprensible y señalándole cada día a su hija en frente de ella, insistiéndole en la necesidad de comer y estirar las piernas, de no abatirse tan fácilmente y abrigar la secreta esperanza que los tiempos pasados, de alguna forma, volverán.

Cuando don Bartolomé le mostró a este hombre, hace tantos años atrás, nunca pensó que iba a ser tan cercano, un hijo para ella. La fuerza de sus hombros cansados aún la sostiene cuando sus piernas le fallan y la tibieza de su abrazo le conforta cuando no sabe bien donde está. Cuando le recuerda, fija en su memoria frágil todos los minutos compartidos desde el principio, reconoce sus atenciones, comparten el almuerzo familiar y secretamente agradece no haber escuchado a don Bartolomé.

Las Putas del Camaleón

A las nueve de la mañana terminaban de limpiar. El olor de los tragos avinagrados inundaba la cuadra entera, mientras el compás de las rancheras latía, moviendo todo en el lugar. La eterna poza de agua purulenta estaba siempre a la entrada, con su peligrosa textura verdosa, pero a nadie parecía importarle. Ya desde antes del mediodía, aparecían los clientes, cuando el tren llegaba bufando con su vapor grisáceo y con su ruido de tormenta, depositando en el andén a todos aquellos que, desde el alba, venían viajando y que buscaban sólo la diversión del Camaleón.

Era la casa de putas más antigua del pueblo y estaba justo a media cuadra de la estación. Con ventanas en forma de rombos y vidrios amarillos, despedía un olor indefinido. Los campesinos y  los empleados del tren iban y venían a distintas horas, buscando, buscando. La música de las antiguas rancheras se escuchaba y llenaba de ritmo la pequeña plaza que quedaba frente a su puerta, donde los borrachos dormían, mientras llegaba el tren de la tarde.

En invierno, un vaho espeso salía cada vez que abrían la puerta y las risas sonoras de los parroquianos y de las putas se escuchaban en toda la cuadra. Estaba en una calle sin pavimentar, que había sido interrumpida por el paso de la vía férrea y a donde los clientes, borrachos llegaban a parar de bruces cuando salían de las puertas de batiente, ahitos de licor y satisfechos en su pasión.

Resonaba la música en las noches, con el bumbum buuum característico del bajo de la ranchera, se oían los gritos y las risas, los botellazos y la llegada del furgón de la policía, para aplacar los ánimos agriados de los amables parroquianos.

Las putas salían a la feria, todos los días martes, vestidas con sus atuendos del oficio, buscando posibles clientes entre los campesinos que llegaban a vender sus animales. Los arrastraban con sus artes y los sumergían en el hedor ácido del aire del lugar. Se vestían de floreado, con falditas cortas y escotes pronunciados. Todas se pintarrajeaban de la misma forma y usaban perfumes pestilentes y amizclados, que se confundían con el olor del lugar. Se reían falsas y borrachas, decadentes y abyectas, cada día de la semana, desde la mañana y hasta bien entrada la noche, luciendo como un enjambre colorinche de mariposas trasnochadas.

Al lado del Camaleón había una casa gigante, construida quién sabe cuándo. Amenazaba con desplomarse en cualquier momento y sus esquinas siempre olían a los orines de los parroquianos del burdel. Varias familias arrendaban las habitaciones de la casa  y subían a sus cités por una escalerita frágil que se adosaba a la entrada principal. Robinson vivía alli desde que tenía memoria, compartiendo el baño del fondo del pasillo con todos los otros residentes, viendo cómo se descascaraba lentamente y cada día el papel decomural de las paredes y escuchando las ratas gigantescas que corrían desatadas en el entretecho del gran caserón. La música y el alboroto del Camaleón no le alteraba en lo más mínimo, sólo el ruido del tren y sus estertores de locura le producían una sensación de desasosiego que le hacía asomar lágrimas en sus ojos mansos. Trabajaba a veces y por unas pocas monedas en el almacén que quedaba al otro lado de la placita de la estación, empaquetando cajas y cargándose más allá de lo aceptable con los bultos de las viejas, que acudían a comprar sus abarrotes y se los llevaban en el tren. En la escuela era un estudiante regular, que a veces llegaba con sus ojos somnolientos y sus cuadernos marcados con tintes de carmín.

Una vez pidieron una tarea en grupo y sus compañeros le fueron a buscar a su hogar. Atravesaron con pánico el tétrico pasillo, aguantando la respiración y en silencio, buscando la pequeña puerta negra con el número dieciséis y golpearon. La música del Camaleón sonaba fuerte y se escuchaban las risas de sus clientes. Robinson abrió tímido y les pidió que esperaban un momento afuera. De la escala vino el ruido de los tacos apurados de una mujer. Los niños bromearon que seguro era una de las putas y cuando la vieron aparecer en el pasillo, confirmaron su sospecha. Estaba medio borracha y llevaba la tira de su sostén asomando por el hombro de su blusa colorinche. Avanzó en dirección a ellos y maldijo no tener su llave. Robinson apareció vistiendo su chaqueta  y la dejó pasar, cerrando la puerta tras de ella. El olor penetrante de su perfume llenó el aire de la gran casa. Afuera, seguía retumbando el bumbum buuum del bajo de las rancheras, las risas de los clientes y el silbato del tren anunciando su partida.

bar 

Castrojeriz

camino

Largos días en el camino, largas horas consigo mismo, descubriendo un paisaje y un hombre nuevo en cada paso. Avanzaba con confianza, pero con dificultad. La niebla le hacía frente cada mañana y los rayos del sol del mediodía le impedían dominar la visión maravillosa de Castrojeriz.

En las noches, sus piernas se llenaban de calambres y cambiaba prolijamente las vendas de sus pies, sentado en las afueras de los albergues, surgidos entre toda la masa transhumante y perdida que buscaba encontrar la sal de la vida en esta ruta, que muchos creían milagrosa y sanadora. Estuvo sentado aquella noche más tiempo de lo habitual, contemplando la campiña, aspirando los olores que parecían tener vida propia en un tiempo anterior a este, cuando todo era piedra y mineral, cuando todo era camino y fe. El sabor del vino se le pegaba al paladar y los pedazos de la hogaza eran compartidos por todos los que buscaban, esa noche, encontrar algo distinto para llenar sus vidas.

El soplo del aire del oeste le trajo un recuerdo palpable, vivo, descarnado. El aroma del hogar, la voz de su padre, las largas carcajadas, las conversaciones sin prisa ni destino. Los abrazos sinceros. Todo lo trajo el viento en un segundo nada más, haciéndole olvidar las vendas para sus pies y dejando caer la bota  a un costado de su silla. Estaba ahi, junto a él, diciéndole que estaba orgulloso, que jamás habría hecho algo semejante y que su alma se embellecía a cada uno de sus pasos. De pronto se fue. Tal como había llegado, se fue.

La mañana siguiente se presentó extraña, cerrada, brumosa, difícil, melancólica. Las cabras que pastaban a los alrededores se negaban a avanzar más lejos y se quedaban mirando a los peregrinos que, de tanto en tanto, aparecían, enérgicos algunos, cansados y abatidos otros. La niebla cubría las montañas, el aire se hacía difícil de respirar y las humildes chimeneas de piedra exhalaban un vaho blanquecino que se perdía en el cielo. Caminó por varias horas, sintiendo un peso superior a su mochila y sus pesares cotidianos. Caminó un calvario extraño y sin dolor, pero con una profunda nostalgia. Escenas familiares se le aparecían de cuando en cuando, como crueles latigazos en la fragilidad de su memoria, llevándole a hechos pasados, ya inútiles de recordar. Las risas de sus días de infancia enjugaban sus recuerdos y le traían los sabores del ayer, mientras, a cada paso, la carga de sus memorias le hacía trastabillar.

Al fondo del escenario y en la loma, precedido de la piedra angular con el símbolo de los caminantes, la iglesia de Castrojeriz se alzaba protectora y salva. Se acercó, mientras el sol empezaba tímido a salir. Entró confiado a la iglesia y se quitó su pesada mochila. Calzó sus sandalias y se acercó al altar para refrescar su cara, sus recuerdos y su alma con el agua bendita de la fuente. Al  cabo de un rato, la iglesia se fue llenando de feligreses, cubiertos por mantillas negras las mujeres, ancianos de barbas canas y sin dientes. Él se acomodó al final de la nave central y escuchó con respeto y atención, mientras el sol inundaba los campos y la paz llenaba sus pensamientos.

Avanzó otros veinte kilómetros esa tarde y ,al llegar al poblado, consultó por un teléfono. Discó el antiguo número de la casa de veraneo de su familia y el mayordomo, consternado, le avisó del deceso de su padre. Había muerto en paz, dijo, una mañana sin nubes ni viento, pensando en su sonrisa amplia, su travesía y su voluntad. Sus últimas palabras fueron para desearle un buen viaje. Estoy orgulloso de ti, dijo entre sueños, como si lo estuviera viendo, mientras él estaba al otro lado del mar, caminando en una mañana brumosa. Era como si hubieran podido verse, como si hubieran podido alcanzarse.

El rumor de las voces en la misa aún le llenaba los oídos, el dolor de sus piernas aún le acompañaba, pero el peso de su alma se había marchado. Otros días más de travesía y habría llegado al final de este viaje, pero aquel viento del oeste estaría mucho tiempo presente en sus memorias,  hasta que una noche de lluvia, mirando el fuego, me lo contó en susurros, para no olvidar que había pasado.

La Máquina de Coser

El patrón Burda parecía el diseño de una autopista del futuro, con innumerables líneas, cortes y desviaciones. Delgados puentes y secciones de túneles, en un abigarrado concierto de colores y tipos de punteado. Era tan fácil confundirse y pasar a otro “camino” pero ella sabía de memoria los patrones. Había aprendido a leerlos con la calma que le entregó Gerda, su primera clienta, quien confió en su talento, se conmovió con su historia y su fuerza de carácter y, al cabo de los años, se convirtió en su principal seguidora y amiga. Juntas, seleccionaron, del viejo catálogo, la máquina de coser que le iba a acompañar por el resto de su vida y que hoy mora escondida en su habitación, cubierta por viejas frazadas y envuelta en papel periódico, libre del polvo de la casa, lejos de la humedad del invierno que lentamente va tomando posesión de su existir.

La vieron y decidieron que era la indicada, con la misma certeza que seleccionaban el modelo de la revista y lo traspasaban del patrón a un papel color manila, pasando aquella ruleta de puntas aguzadas, como pequeñas agujas en circunferencia, que lento a cada movimiento, dejaba plasmada la figura para el molde. Había que seguir la consigna de la figura, había que tener la pericia de extender el molde buscando la talla, pero todo eso lo sabían de sobra y se deleitaban viendo la moda, modificando sus modelos y sonriendo satisfechas después de tomar el té de las cinco de la tarde, antes que se dirigiera de vuelta a su hogar.

Con el tiempo, dejó de asistir a las casas de sus clientas. Cada cosa se iba haciendo más indispensable y cada día llegaban costuras por encargo. El olor de la tela al ser planchada antes de la entrega, el clack, clack de la máquina, que parecía una pequeña locomotora, llenaba el silencio de la casa. El sol inundaba la habitación y, a veces, el viento se colaba entre los vidrios, que habían perdido, hacía mucho, la masilla que los mantenía sujetos a los marcos de la ventana.

La máquina de coser ocupaba sus pensamientos, sus horas de soledad como una perfecta compañía. Permitía sostenerla y además, cuando llegaron las nietas, regalarlas con confecciones diversas. Era la forma de luchar por la vida, era la forma de vivir el día a día, sin recuerdos amargos, ni sensaciones de abandono. Sólo el clack, clack de la máquina le hacía olvidar.

El sol se colaba por la ventana y el pedal de la máquina de coser se mantenía en su sitio, cubierto por una pequeña alfombra color marrón, mientras pasaba el hilo de la costura por la compleja serie de engranajes y ojales dispuestos. El pequeño carrete de acero, la aguja, el tubo donde iba engarzado, todo tenía una razón y un propósito claro, mientras iban brotando los pijamas de franela, las sábanas con vuelos blancos, las pequeñas cortinas para la cocina, las colchas de colores y en medio del verano, los gigantescos colchones de lana de oveja, suaves y mullidos y los plumones.

La máquina de coser llenaba el espacio reservado para el olvido y la esperanza. Avanzaban las horas, como avanzaba la tela, por el delicado pedal que hacía entrar y salir la aguja a la velocidad de la luz, cada clack, clack, clack era el sonido del metrónomo de su día a día, indicándole que el tiempo avanzaba, que el destino se iba cumpliendo y que su existir tenía un propósito claro, una razón para levantarse en las mañanas, una satisfacción que llevar a la cama cada noche, cuando olía sus sábanas blancas, almidonadas y guardadas entre delicados granos de arroz y lavanda, cada una de ellas cosidas con precisión y audacia, con sus vuelos en richelieu. El suave sopor de las almohadas y la tibieza de la colcha a cuadros, llenos cada uno con los sueños y las memorias.

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En Otoño

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El gran camión con leña había terminado de descargar. Cada palo que cayó hizo el mismo sonido hueco y pesado, aplastando el pasto, reventando las manzanas y aterrizando en las formas más caprichosas y posibles, uno sobre otro.

Los hombres del camión se remojaron la cara y el cuello con el agua que brotaba de la llave del patio y ordenaron la ruma en filas horizontales para poder medir. Era mediodía. El sol iluminaba las plantas de mosquetas, con sus frutos rojos carmesí y las sábanas en el patio de la vecina que flameaban por momentos y por otros permanecían quietas. Las gallinas se paseaban perezosas y distantes, rasguñando sin esperanza la tierra pelada de su gallinero. El aire olía a aserrín, manzanas y motor petrolero. El camión estaba aún en marcha, mientras los hombres terminaban de medir y masticaban sin ganas algunas manzanas.

Luego, llegó la máquina de cortar. Un ingenio de aparato, provisto de una sierra circular de aserradero, con grandes dientes triangulares, algunos mutilados, otros demasiado aguzados, unida a un engranaje de camión, empotrada en una delgada tabla de alguna madera firme, pero profundamente envejecida, teñida con grasa miles de veces a lo largo de la temporada, haciéndola resbalosa y densa. Había una correa de cuero circular, que le daba movimiento a la sierra, pasando por el engranaje y la cola del motor de alguna extraña procedencia que se empipaba de bencina, amarillenta y  hedionda. Los hombres que movían este aparato tenían una apariencia extraña, distinta, furiosa. Cubiertos de aserrín, impregnados del olor de la bencina, las manos grasientas y los ojos colorados, lubricaban sus gaznates con vino blanco, que tenía casi el mismo color del combustible de la máquina. Escupían con regularidad y espantaban las moscas y el aserrín que volaba por sus caras. El ruido era ensordecedor y el aire se llenaba del humo del motor, que salía en una nube azulada de cada recoveco de la máquina de cortar. Eran largas las horas en los que ellos tomaban posesión de aquella extensión del patio y lentamente iban reduciendo la fila de leña a una montaña irregular y peligrosa que dejaba rodar de cuando en cuando alguna pieza desde la cima hasta el suelo.

Les observábamos de lejos, llenando nuestras bocas con el azúcar de las manzanas, deseando secretamente tomar posesión de la colina de leña que se alzaba a cada momento, pero permanecíamos empinadas en el techo viejo, resbaloso y anaranjado por los años de herrumbre, el sol, las hojas en descomposición y alguna que otra hebra de lana de oveja que se quedaba pegada caprichosa , negándose a bajar o incluso a formar parte del nido de algún gorrioncillo.

Cuando la faena terminaba, sólo quedaban dos grandes montañas; la de aserrín aquí y allá, la de leña. Ahora, había que correr. Ahora venía nuestra parte. Antes que la lluvia apareciera, ensopando todo, convirtiendo las manzanas en desperdicio, la tierra del gallinero en lodazal, el aire en una bruma difícil de respirar y se llevara el sol hasta la siguiente primavera, antes que todo eso sucediera, había que correr.

Como pequeños egipcios, tomábamos un palo a la vez y lo llevábamos dramáticamente cargando hasta la entrada de la leñera, corríamos de vuelta y veíamos como lentamente nuestra pirámide colosal se iba reduciendo a su mínima expresión. Así, vuelta tras vuelta, hora tras hora, hasta que la tarde se cubría lentamente con los colores del ocaso. Entonces entrábamos a la casa, tibia y acogedora, lavábamos nuestras manos y nos sentábamos a comer, aún soñando con la montaña que podríamos haber conquistado esa tarde, aún imaginando los castillos colosales que hubiéramos podido construir con tanto material, las esculturas de aserrín y agua en nuestra playa imaginaria, aún pensando en las manzanas jugosas que se perdían, exprimidas por el peso de la leña. Soñando con el espacio para nuestra villa india, con tipis y fogatas. Pensando sólo en hoy, sólo en ahora.

El Piano

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Habían apenas llegado a la ciudad. El camión con sus pertenencias estaba afuera de la gran casona de dos pisos, color ocre, que les esperaba como su nuevo hogar.

Sólo rentaron la segunda planta. Era más que suficiente. La familia ya había crecido lo debido y ahora era el minuto de echar raíces y avanzar. Esa era la razón por la que el padre había aceptado este nuevo puesto, dejando atrás amigos, parientes, lugares conocidos, códigos sabidos; todo por lograr en la vida lo que con tanta certeza se había propuesto.

Lo primero que bajaron del camión de la mudanza fueron los trastos de la cocina; platos, ollas, cuchillería, peroles. Todo lo necesario para poder disfrutar la comida, evento que reunía a la familia en pleno, sin distingos ni excusas. Buscaron a un hombre que instalara como era debido la gran estufa a leña, pesado artefacto de fierro forjado y ladrillos que proveía calor, confort y seguridad. Las dos tiras de cañón de lata traspasaron el techo de la casa y salieron al exterior con su delicado gorrito que, como un centinela flaco y novicio, pero erguido, oteaba el cielo para los moradores del hogar.

Al salir a la calle un momento, con los niños más pequeños, el olor fresco de la rivera del río les sorprendió con sus inalterables fragancias, que venían de lo más profundo del tiempo. La quietud de las aguas  y el reflejo del cielo, claro y con gigantescas nubes como pesados algodones, que  dejaban pasar apenas el tenue sol del invierno, acompañaba el resplandor de las aguas. No había ruido de pájaros y los perros de la calle corrían río arriba en una extraña estampida. Sin aviso ni fanfarria crujió la tierra. Un sonido gutural, primitivo y espeluznante llenó la atmósfera serena.  El padre tomó a los niños de la mano y se dirigió a la puerta de su nuevo hogar. La escala se cimbraba peligrosa y la casa entera rugía desde sus cimientos, bamboléandose como una danzarina árabe. La calle se contorsionaba como si las olas del mar hubieran tomado posesión de sus interior, rompiendo los adoquines y tumbando los árboles al paso de su corriente de locura, que avanzaba en todas direcciones. Al subir por la escalera, se quebró en dos mitades que quedaron a ambos lados de las paredes que la contenían, en una forma abigarrada y fantástica que el padre jamás olvidaría. Era como si la casona tratara de prevenirle de su osadía. El cielo estaba ahora nublado por completo y daba la impresión que la noche había tomado posesión de la ciudad. Subió, sin embargo, de dos zancadas, armado de valor para ver sus pertenencias todavía embaladas, en los altos de la casa, en pesados cajones de madera y cubiertos por delgadas hebras de paja.

Todas las cajas permanecían en una esquina, como presas del pánico que asolaba a la ciudad por completo y se mantenían sin moverse, como frágiles doncellas paralizadas por el pavor de los acontecimientos. Sólo el viejo piano, desatado, se movía al compás de esta danza de olas que balanceaba la casa entera, como si por algún acuerdo mágico hubieran decidido bailar juntos esta pieza.

Piano y casa siguieron danzando, hasta que un buen rato después el crujido de ultratumba y los movimientos de pesadilla dejaron de ser percibidos. Permanecieron juntos, magullados y cansados, pero ilesos, a este suceso horroroso que acalló la ciudad por días. Muchos llegaron de todas partes  a ayudar y aquellos que entraban no escuchaban ni un sonido. Era una ciudad muerta, decían. Era un paisaje de locura y los habitantes avanzaban a tientas, atemorizados, hablando despacio para no despertar a esta bestia extraordinaria que parecía ahora dormida.  Hasta las notas del piano habían sido silenciadas por la muestra brutal de la fuerza de la Tierra.

La familia entera siguió viviendo en esta casa, después de estos sucesos y de muchos otros que vendrían con el tiempo. La construcción, muchos años después, se cayó de rodillas y para siempre con el vibrar del paso de un camión. El piano no volvió a sonar de nuevo. No hubo forma de afinarlo, pero el padre aún comenta divertido que, a pesar de todo el trance, durante el terremoto más grande de la historia, ellos no perdieron ni una copa.

Remolinos

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Haber seguido siendo el que era , había sido de las decisiones más difíciles de su vida. Haber seguido viviendo en función de miles de fantasmas que moraban la casa, había sido de todo lo más complicado. Pero las cosas pueden cambiar, escuchaba de una voz. La vida inevitablemente te toma, te alcanza.  Hay más allá que todo eso, decía esa criatura pequeña , inusual, valiente, que había viajado desde el otro lado del mar, sólo para poder tocarle. Él le miraba arrobado y sólo podían fundirse en un abrazo.

Violentamente el joven regresa de su ensoñación, una ventisca de nieve golpea con furia su parabrisas. Los blancos copos se vuelven amenazadores y cubren su visión. Escucha aún la voz susurrándole hermosas palabras en un idioma que siempre relacionará con el amor.

Corre perdido en la autopista, tratando de alcanzar a llegar a la reunión. Va atrasado. Odia ser impuntual. Piensa, en el camino, en los planos que tiene que entregar, y que aún no ha terminado, en la lista del supermercado, en los detalles de la reunión y en aquella gotera molestosa que sale de la llave de la ducha que no ha podido corregir como quisiera. Piensa en su empresa, levantada con sangre, sudor y lágrimas, trabajando sin descanso, más allá de lo aceptable. Odia estar en tranquilidad, tener un día flojo. Los pensamientos, las recriminaciones, los planes inconclusos y su misma levedad le juegan malas pasadas y por eso se mantiene siempre ocupado, asi en las noches duerme como piedra y no sueña con lo que sabe jamás podrá ser. Porque así lo ha decidido y sus decisiones son inapelables y definitivas, aunque literalmente se le parta el corazón.

Por algunos segundos no repara en el carril de la derecha, dos Porsche vienen haciendo carreras desde hace rato y no dejan a nadie conducir en tranquilidad. Sigue nevando. Sigue pensando en su larga lista de deberes y no repara en el gigantesco camión que atraviesa su cola por la pista.

En la cama blanca de  la pieza iluminada, abre sus ojos. Ha soñado con el lago, los perros y los botes. La aguas azules y diáfanas, el día soleado, pero con aquella brisa suave que benévolamente le protegía. Avanza el bote en el lago, escucha el suave golpeteo de los remos y mira con emoción a aquella que está frente a él. Por un minuto parece tocarla, por un instante nada más. Se borra la imagen y siente un dolor penetrante en sus extremidades. Intenta mover su cabeza afiebrada. La enfermera le acerca el vaso con agua y la medicina. El médico le indicará, fríamente, su situación. Tres costillas quebradas, las dos piernas fracturadas y varios golpes y hematomas de diversa gravedad. Como una lista de supermercado, aquella que olvidó por completo ahora, se imagina la lista de sus dolencias, calcula los días que permanecerá internado y por un segundo nada más, respira aliviado.

¿Vale la pena? ¿Perseguir este conejo esquivo que se aleja cada vez más? Intenta olvidar estas frases, eliminar estas sentencias de su memoria, pero se le aparecen una y otra vez. Quiere dormir, quiere escapar, quiere moverse y sólo viene esa voz suave a su cabeza, diciéndole que lo esencial es invisible a los ojos y que la felicidad está justo ahí, entre ellos. Las fotografías de su corazón aparecen por todas partes en una vorágine absurda y confusa que se niega a desaparecer, que le perturba, pero no sabe si son las medicinas y su estado o es la vida que le hace dar esta vuelta que no ha pedido, para amargarlo y mostrarle de lo que pudo haber sido y no fue, por su propia decisión.

Escribe como puede pequeñas notas a los que ama. Espera salir de este lugar lo más pronto posible. Piensa nuevamente en esos días junto al lago, cuando se levantaba el viento que venía de las montañas y se formaban remolinos en la  tierra, le parecían tan atrayentes, como si fueran parte de su propia naturaleza. Ahora está en medio de ellos.

La vida y el dolor son maestros, escucha nuevamente de la voz que viene de su pasado. Espera poder aprender.