Kandahar. La Noticia

Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un plan perfecto, una puesta en marcha impecable, sin errores. Probada  constante y morbosamente, en los últimos siete años. 

Rafael sabía que ella había bebido la noche anterior, como sabía también que se drogaba con frecuencia, que nunca amó a Michael y que su falta de ternura era lo peor para ella. También sabia que ella había leído con calma y con cuidado, en sus expresiones, cada uno de los episodios tristes de su niñez. Que podía entender su sarcasmo y sus críticas agudas. Sabía de su fascinación absoluta por la guerra y mucho más.  Ambos se conocían muy bien. Y fue por esa razón que ella le preguntó qué andaba mal. Qué sucedía de nuevo en esa cabeza perturbada, insana, maliciosa. Aquella cabeza llena de ideas que ella hubiera querido retirar una a una, para auscultarlas bajo el microscopio de su corazón, hasta averiguar a ciencia cierta si Rafael le amaba tanto como ella a él.

Sofía había abandonado la casa, le dijo de golpe. Se enteró apenas llegó y leyó veinte veces la nota escueta que dejó en su escritorio, entre sus papeles más queridos. Se había ido del hogar familiar para vivir, a sus jóvenes dieciséis años, con un muchacho que había conocido en un concierto de hiphop.  Rafael no mostraba huella aparente de dolor. Ella se envolvió en la sábana y escuchó con atención la historia. Pidió dos aguas minerales y sacó de su bolso un par de calmantes. Se le partía la cabeza.

Sofía era la hija preferida. La primera cuerda a tierra que le ataba a este país. Por ella había mantenido siempre la rutina de ir y volver, en la misma secuencia de días, en las mismas estaciones del año, durante todo este tiempo. Eres como el zorro, le dijo una vez, cuando leyeron el Principito juntos.  Nunca se había percatado de que Sofía le conocía como nadie en su entorno familiar.  Leía entre líneas sus artículos y se sentía desamparada ante el cuadro repetido hasta la abundancia de dolor y balas. Alguna vez le consultó si él estaba de acuerdo con los hechos descritos con tanta pasión en sus artículos, pero debido a su inexperiencia y candidez, fue incapaz de acertar con la frase adecuada. Rafael esgrimió entonces una respuesta conocida, un discurso de libro. Un abrazo y un buenas noches.  Fue entonces cuando Sofía comenzó a indagar entre sus papeles, en su ordenador y en su móvil.

Ahora Rafael le miraba a ella y luego de contar los hechos, cayó en conclusiones evidentes que nunca había querido ver. Recordaba los ojos dramáticos de su hija, con aquella línea de Kohl demasiado pronunciada para sus años, su cabello planchado con detalle y teñido de negro azabache en un look entre triste y decidido y se percató de que no la conocía. Sin embargo, su hija tenía esa ventaja sobrada sobre él. Sabía de sus justificaciones siempre cursis por su trabajo y sus viajes. Sabía sus claves bancarias y cómo manipular su teléfono. Sabía que tenía una amante. Sabía que no quería a nadie sino a él mismo y sabía también que nada de lo que pudiera hacer, podría importunarle tanto como la certeza de que no habría otra guerra. En un punto, Sofía se había convertido en lo que él más amaba. Un conflicto. Tal vez eso la reconfortaba y tal vez por eso decidió fugarse, digo Rafael. Tal vez.

Tomó su cabeza entre las manos y buscó lentamente las palabras. Pero con ella ese ejercicio no le resultaba. Se le agolpaba todo en desorden, los sonidos y los recuerdos. Los tiempos compartidos y los que pasaron a través de la línea de un teléfono, que traía la voz de Sofía con cinco segundos de desfase, como le había traído la voz de ella tantas otras veces. Como le había traído las voces de todos a los que siempre llamaba y que probablemente no le importaban tanto como las escenas macabras que había acabado de presenciar. Eso le llenaba más que nada otro. La miró con profunda desolación y entendió por primera vez en estos siete años de sudor, de frases obscenas, de cuerpos desnudos, de aguas minerales y de besos apasionados, porqué ella bebía como un marinero. Porqué de vez en cuando, llenaba su cuerpo con sustancias tóxicas que la moral y las buenas costumbres de Rafael jamás hubieran acercado al suyo y por qué le amaba tanto.

Miró la pantalla de su móvil. Debía irse. Aún quedaba mucho por resolver y su ticket de vuelta a Kandahar no era modificable. Le dió un beso en la mejilla. Sacudió su ropa por si alguno de los cabellos de ella se había colado entre su camisa o sus pantalones. Salió, cerrando la puerta despacio. Tomó el elevador. Y el mensaje escueto de su hija en el móvil, le avinagró la sangre: “No me busques. Estoy de maravilla. Mucho mejor que antes. No me busques. No me vas a encontrar”.

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Esas Visitas

Le dije a la Nina tantas veces que no quería saber nada de nadie. Ahora me trae a estas niñitas, que apenas se limpian los mocos solas y me dice, atontada como ha sido siempre, que son mis nietas. ¡¡La jodienda grande, carajo!!. Todavía me pesa la resaca de estas dos noches. Todavía me pesan los doscientos pesos que perdí brisqueando. Me he vuelto torpe, me he vuelto previsible, me miran un poquito y ya saben que estoy blufeando.  Y ahora estas cabritas que me observan con esos ojitos que sólo tienen las criaturas pequeñas, los mismos de los terneros, los mismos de los corderos, si hasta los pollos tienen ese mirar. Están cagadas de frío y no tengo ni té para darles. Esta india de mierda es una floja y me roba, más encima. ¡¡¡Ana!!! Tráete una jarra con leche, le grito bien fuerte a ver si se espabila, pero, como de costumbre, me hace el favor de mandarse a cambiar y no volver hasta cuando a ella le da la gana. India de mierda. Todo es tu culpa Cholita. Todo es tu culpa.

Mi viejo nos enseñó a no tener miedo, a no tener cariño por nah ni por nadie. El cariño es de maricones, decía. Eso de andarse frotando con otros, a los abrazos y a los besos es una pura lesera. Puros maricas hacen eso. Los hombres de esta familia son duros, ¡mierda!, gritaba curado como cuba. A los once años probé mi primera chicha y por mi madre que me gustó.  Se metían en mi nariz como burbujas y un gustito picante me llenaba el paladar.   A los quince, me hice hombre. Mi padre nos llevó a mí, a Martín y a Altidoro donde la Amelia. La única casa de putas que había. Olía a traspiración y a tragos vinagres, me acuerdo. Yo estaba más nervioso, pero la chinita que me hizo el favor de enseñarme maromas en la cama, se dejó no más. Así me acostumbré a las hembras, así esperaba que fueras tú Cholita, pero me saliste distinta. Todo es tu culpa.

No me acuerdo del color de los ojos de mi hija, Cholita. Se parecía a ti yo creo. ¿O no? Mi padre la consentía y yo la veía tan poco. Era como si no fuera nah mío, igual como estas niñitas, que se me suben a la falda y me dicen Tata. Les pregunto leseras para no aburrirlas ni aburrirme yo. Me duelen hasta los ojos con la caña brutal que me vengo agarrando hace dos noches. Ahora mi vida es eso nada más, trago y brisca. Brisca y trago. Todas las noches. Siempre lo mismo. No he hecho nada más de provecho desde que me abandonaste Cholita. Me hiciste saber que ya no querías estar conmigo. Que la libreta de matrimonio me la metiera en el mismo culo, creí yo que me decías, porque nunca te gustó decir lisuras. Eso pensé yo y me largué a tomar. Desde entonces no he parado, Cholita. No ha sido una buena vida, te lo puedo asegurar. Todo es por tu culpa.

Estas niñitas me cuentan que tú haces vestidos. Siempre fuiste tan curiosa, como era tu mamá, Así contaban las viejas. Hablaban con envidia de ella y en el camino te fueron aminorando. Lo que más me gustaba de ti Cholita eran tus ojos. ¡La jodienda que tenías lindos ojos!. Sanitos, puros, como los de los corderos, como los de los terneros. Como estas cabritas que me hablan y me escriben en pedacitos de papel con una letra bien redondita, te quiero Tata. Me traen recuerdos que no quiero, me dicen cosas que no entiendo y lo único que me da es una pena tan grande, que quisiera llorar ahora mismo, pero llorar es de maricones y de putas borrachas. ¡¡¡¡Ana!!!! ¿Dónde mierda se mete esta india?

Llévatelas Nina, llévatelas de la mano a las dos. Están bonitas las niñitas y me dijeron que hay más. Tanto hijo que anda dando vuelta y tú y yo tuvimos una sola, Cholita. Tus ojos se te llenaban de amor cuando la veías con su pelito crespo revoloteando, sentada arriba de mi caballo. Esos recuerdos me atormentan, esas imágenes se me aparecen en mis sueños, incluso cuando estoy más borracho que nadie. Te veo Cholita, marchando esa tarde de otoño, con tu maleta de madera y a la niña de la mano, como veo a la Nina ahora llevarse a estas visitas inesperadas, que me han traído tanto por qué seguir tomando. No puedo con los recuerdos. Soy un cobarde, como dice el Negro Díaz, pero él es un indio de mierda y yo todavía soy su patrón. Aunque no me quede mucho. Aunque me lo haya jugado todo. ¿Qué importa ya? Estás lejos Cholita. Te fuiste y me dejaste aquí.  Esta vida era esto y nada más. ¿Para qué buscarle la quinta pata al gato? Te fuiste no más, como se van ahora las niñitas. Que se vayan los recuerdos. Estos amargores calientes y porfiados. Es todo tu culpa, Cholita. Tu pura culpa.

Ofrendas

Caminó por todas partes hasta que las encontró. Las llevó a casa. Nadie vio cuando llegaron. Las dejó descansar, toda la noche, en la vieja palangana de loza, suspendidas en el agua fresca y rociadas por la luz de luna, que entraba intrusa y luminosa, a través de la ventana. Amanecieron vivas, brillantes y coloridas. Ella las roció de nuevo, esta vez con agua y con sus manos, para proteger los delicados pétalos. Envolvió sus tallos con papel periódico, las cargó en sus brazos y antes de que el sol del mediodía las marchitase a ambas, se dirigió a paso vivo al cementerio, al otro lado del pueblo.

La caminata era exhaustiva. El pavimento estaba roto en muchas de las veinte cuadras que debía cruzar y el ramo de crisantemos le impedía ver por dónde iba. Debía pasar a ciegas en las esquinas, rogando que los automóviles la vieran, porque ella sólo podía escucharlos. Hacía esta caminata cada mes, lloviera o tronase, con la escarcha de las mañanas de invierno o con el atosigante calor del verano. Todos los meses. Sin faltar ninguno. Excepto aquella vez en que su hermana, al borde de la muerte por constipación, le rogó cuidara de su familia en lo que hiciera falta, mientras la Vírgen del Carmen tenía a bien hacerle el milagro de su sanación. Sólo entonces dejó en manos de aquel pintorcillo que intentaba robarle el corazón a su hija, la tarea de visitar la tumba de su madre y depositar, en el triste jarrón de barro, el ramo de crisantemos que tanto le gustaban.

La promesa había caído en sus hombros y si se remontaba a la génesis de ella, no había tal. La niñita de trenzas rubias no entendía porqué todos lloraban alrededor de la cama de su madre, quien, con su acento de Colonia, le rogaba entre resuellos que no olvidara su nombre ni su idioma, que no olvidara cuidar a su hermanito, que se empinaba apenas al borde de la cama y que miraba encantado los grandes cirios que velaban a la moribunda. Ese recuerdo le acompañaría toda la vida y la movería mes a mes para urgar en todo el pueblo, hasta encontrar el ramo de las flores preferidas de su madre. Tampoco recordaba quién le dijo que era así. Sólo lo sabía. Sólo lo sabía y las buscaba con ahínco, prisionera de un compromiso que cayó en una espalda tan joven y tan inocente.

Al llegar al cementerio, saludó al panteonero. El hombre se limpió las manos con sus pantalones y le estrecha la suya con cariño. La acompañó, con una suave charla, a través de sus dominios, hasta dejarla al lado de la tumba que había venido a visitar. La miró nuevamente. Le ofreció su ayuda en lo que se le pudiera ofrecer y se retiró silencioso, dejándola cumplir su cometido con libertad. Ella miró la lápida de madera y leyó en voz baja el nombre de su madre. Acomodó el jarroncito. Buscó agua en un tarro de latón. Depositó con sumo esmero los crisantemos. Uno por uno. Volvió a acomodar el jarrón. Limpió los restos de hojas muertas y las hierbas que salían porfiadas entremedio de la tierra. Miró la lápida nuevamente. Era el mediodía. Rezó una oración en silencio y de memoria. No habían más recuerdos de la madre, excepto aquella escena en el dormitorio. Los cirios. El hermanito. Las mujeres de la familia en un llanto plañidero. Los rosarios negros. La cinta apretada en su pelo. El funeral. Esta lápida sencilla con el nombre inscrito en letras góticas.

El panteonero la sacó de su ensoñación. Vino alguien a dejarle flores a su madre. No dejó nombre ni tarjeta. Aquí están, dijo. Depositó en sus brazos otro ramo de crisantemos. Le sonrió.  Ofreció un humilde tarro de conservas, que él mismo hundió en el espacio de tierra que había quedado en la sepultura. Lo llenaron con agua. Ella colocó las flores. Él comentó lo hermoso que se veía. Escucharon el río, en la cañada, detrás del cementerio. Escucharon los pájaros. Vieron las nubes. Ella miró la hora en el reloj que había sido de su padre. Se despidieron, con un apretón de manos. Elija la vereda del frente, señora, dijo el panteonero al final. Váyase por la sombrita, que a esta hora pica fuerte el sol. La veo en tres semanas más.

Para Elizabeth

Cuando colgaste, me quedó la sensación de que nunca podríamos vernos. Aún tenía tu voz en mis oídos. Es de las pocas cosas que me arrepiento, no haber viajado a visitarte cuando pude hacerlo. Ahora, ya es tarde.

Confío en tu buen juicio y en tu inmenso corazón, porque sé muy bien que está cargado del mismo amor que llena el mío. Disfruto tus palabras y quisiera que la distancia no nos separara tanto, que la línea del teléfono nos aproximara lentamente, para poder abrazarte, para poder preguntarte por qué. Me sumerjo en tu voz y trato de imaginar un pasado feliz. Aquel a quien amo vibra de emoción con esos recuerdos y siento profundamente que es el hijo de tu corazón.

Me mencionas que vienen regalos para nosotros, pero creo que el mejor regalo sería gozar de tu compañía, leer libros juntas, escuchar tus historias, compartir pasajes de tu vida y hacer interminables listas con lo que el tiempo nos ha dado y que ha sido de provecho y vale la pena enumerar. Estoy aquí para cuidar al que más quieres, aunque no sea un buen sustituto de tu cariño. El tiempo y las estaciones nos han dado diferentes perspectivas de la vida. Quisiera tu consejo amable, tus recetas, tus libros de cuentos, tus recuerdos, tu paciencia infinita, tu voz tranquilizadora y dulce. Escucharte decir que todo está en su sitio, que nada está perdido, que la medida del amor es sólo eso y no vale de nada si no existe ese algo a medir. Quisiera tantas cosas y sólo me queda conformarme con tu voz en el teléfono.

Recorto esta historia lentamente y planeo hacértela llegar. Espero que alguien tenga  a bien leértela y que ese alguien te pueda dar un abrazo. El mismo que te mando hoy día, cuando esta delgada conexión ya se ha ido.

 

Fotografías

Está bien aquí, pregunta el chico, colorado por el esfuerzo de trasladar la pesada fotografía, por tercera vez, de una pared a la otra. Sí, déjala allí por mientras, ya veremos, suspira José Luis, dándose conformidad. No era ahí precisamente, pero el joven le causa lástima por alguna razón. Cree haber visto su cara en otro lado, en alguna situación menos afortunada que esta.

Son muchos los recuerdos que le traen esas fotografías. Siempre que expone, debe hacer raccontos forzados, respondiendo las preguntas de los que gustan de su arte, situándose nuevamente en el momento exacto en que apretó el obturador y logró congelar ese segundo precioso con su lente. Eso es lo más fascinante y lo más difícil de explicar. Muchos le miran atontados y vuelven a preguntar. El cuadro está chueco. ¡¿Debo hacer todo yo mismo?! pregunta para sí y de dos zancadas alcanza la pared. Acomoda la fotografía y se suspende en la delicadeza de los pinos en el fondo. Recuerda con precisión enferma la escena de ese día, veinte años atrás. El hombrecito y el ruido de sus tijeras de podar. El viento arreciando. Punta Arenas. El viaje. El mar.

La rubia que estaba a su lado hacía gorgoritos de saliva y dormía profundamente. La cabeza aún le daba vueltas y tomó precauciones para dirigirse al baño. Todavía veía esas luces sicodélicas. Esos caleidoscopios que le atrapaban en segundos eternos, llevándole cada vez más lejos, la piernas como de lana y las cosquillitas por todos lados. Eran las mezclas. Fue al baño. Tenía la garganta seca, la cabeza en su sitio y una ganas salvajes de tirarse otra línea, de clavarse otra aguja, de un porro. De todo. De nada. Escuchó a lo lejos a sus amigos irse espabilando, empezar el día con palabrotas y con risas. Aletargados, pero enteros, gozando de una libertad que no se había visto en los últimos cuarenta años. Eran libres. Jóvenes y libres. Viajando por el continente, durmiendo aquí y allá, fiesteando, drogándose, decididos a vivir sólo una vez.

Su padre logró ubicarle y con la misma decisión que le había caracterizado desde que se libró de la guerra, le jaló por los pelos y le embarcó. Ya estaba bueno de disipación y libertinaje. Iba a terminar como los muchachitos esos de la plaza de las agujas, demacrado, perdido, cubierto en sus propias heces, hablando incoherencias. Te vas y no me jodas. Te subes al barco y te callas. Vas a trabajar un poco, que eso no le ha hecho mal a nadie, nunca. Nos vemos allá en un mes, le dijo secamente. Se dio la vuelta y desapareció.

La travesía ha preferido olvidarla. Los rostros de la tripulación ha preferido olvidarlos. Los sudores y las pesadillas ha preferido olvidarlas. Los vómitos, la sensación de que hasta pestañar es un dolor, ha preferido olvidarlo. El olor del mar colándose en sus narices y haciéndole sentir más enfermo. Los sonidos del mercante. Algunos otros que, como él, avanzaban como fantasmas en la cubierta, incapaces de cumplir una orden, cayéndose desmayados, causando lástima y trabajos, también ha preferido olvidarlos.

El día de invierno que atracaron en el puerto de Punta Arenas había una ventolera que amenazaba con llevarse la nave al otro lado del estrecho. Se bajó más repuesto que como se había subido, con más peso, con el bamboleo del mar pegado a sus pasos y se adentró en la ciudad más austral del mundo. No le causó mayor impresión. Era una cruza extraña entre Praga y las villas del sur del mediterráneo, con un viento salvaje que arrastraba todo a su paso. Tan fuerte que se llevó, sin que se diera cuenta, todos y cada uno de sus pensamientos. Trabajó como jornal, como mensajero y finalmente como administrativo en la planta que procesaba merluza, de propiedad de un viejo amigo de su padre. Manos faltaban a montones en esas soledades, asi que fue más que bienvenido.

Una tarde de aburrimiento sideral, se encontró con una vieja cámara fotográfica. Recordaba haber visto algo parecido, en su infancia, colgando del cuello de alguno de sus tíos y se decidió a probarla. Sus primeros trabajos fueron francamente patéticos y estuvo a punto de echar el aparato al mar, pero la fascinación de capturar el momento justo era superior a su frustración. Los rollos se demoraban días en llegar, de vuelta a sus manos, convertidos en instantáneas que iban lentamente superando su calidad. Fue entonces que se decidió a visitar los antiguos edificios y adentrarse en esta que era, ahora, su ciudad.

Había pasado mucho tiempo. Miró la imagen con detención y recordó claramente el día en que la había tomado. Su impresión por la historia del viejo ballenero. El homenaje sentido de la comunidad que lo dejó morir en la pobreza. Así había sido todo. Contrastante, disparejo, extremo, distante pero al mismo tiempo sencillo, familiar. Todo en una sola fotografía. Era difícil de explicar. Era un logro plasmarlo y ese era el desafío. Ahí estaba, frente a sus ojos. Miró al chico nuevamente y recordó dónde había visto su cara.

Entre los Muros

“Nació viva. Vivió dos horas. Hija de María Isabel y José de la Cruz. Rezad por ella”, decía el papelito escondido entre los pliegues de la sábana de lino, que se mantuvo en su sitio gracias a los bordes de la cajita de madera. Ahí se quedó, hasta el gran remezón.

Sólo seis meses había logrado María Isabel acoger a esta criatura en su vientre. Porfió por salir esa noche de agosto, cuando el invierno aún no abandonaba los campos y la lluvia se metía entremedio de los muros, que olían a cal, arcilla y humedad. Nadie llegó a socorrer a la pobre madre y sus gritos se perdieron en la gran casona de adobe, absorbidos por el silencio de los patios y el continuo martillar de la lluvia. La criatura se desplazó entre sus piernas y el cuerpecito mortecino, de ojos cerrados, no emitió ningún sonido.  Descansaron ese momento y los siguientes, mientras la lluvia seguía, monótona, aletargando todo.

La madre tomó las manitos de puños cerrados y las sintió frías. El brasero de latón estaba al rojo vivo, en el medio de la habitación, mientras una jofaina con agua caliente llenaba el aire de vapor. Trató de frotar las manitos, pero las sintió lacias y exánimes. Acarició la carita, pero estaba helada. Se incorporó lentamente y en un instinto primordial, acercó la criatura a su pecho. No hubo reacción. Abrazó al bultito y se dio cuenta de que ya no tenía vida. 

Entonces vino el dolor, golpeando tan hondo que la inmovilizó. Lágrimas saladas aguaron su cara y sólo el calor de la habitación mantuvo su semblante con color. Jose de la Cruz entró, con sigilo, al cuarto en penumbras. Los hombres estaban vedados en estas labores y él mantuvo su lugar en las afueras, atizando la lumbre en la cocina y fumando un cigarrillo. Escuchó los gritos del alumbramiento, como había escuchado tantos otros, en las mismas circunstancias, pero el llanto histérico que vino después, lo alertó y le anunció, antes de que entrara, que había ocurrido una desgracia.

Preparó un pequeño cajón, sin pensar en lo sucedido, hipnotizado por la lluvia y por el viento que ahora se colaba entre las rendijas de la puerta. Escuchó a lo lejos a los terneros y se concentró en su labor. María Isabel, profundamente conmocionada, ya no era capaz de emitir un sonido. Abrazaba a la criatura sin vida, mientras caminaba descalza y sangrando. Él tuvo de obligarla a depositar a la pequeña en la cajita, arrancándola de sus manos.

Un revoltijo de pensamientos le acezaban, como flamas abrazando un tronco. Escuchaba voces entremedio del silbido de viento y cargaba la caja a través de la casa, caminando sin rumbo, recorriendo los patios mojados, intentando elevar una plegaria por el alma diminuta, que había abandonado esta tierra en tan poco tiempo, pero era inútil. Nada le salía. Estaba perturbado. Tanto que no fue capaz de depositarla en la tierra blanda, al lado del rosal, sino que decidió dejarla entremedio de los muros, tapada con papel periódico y restos de arcilla y cal, en la esperanza de que la pequeña se despertara y consolara a su madre y él pudiera borrar de su mente las escenas que había presenciado,  extraerse de este recuerdo y volver al minuto antes de que empezara el aguacero.

Guardaron silencio por muchos años, pero no olvidaron la caja que estaba en el muro, mientras una sensación de dolor y profunda turbación les embargaba, año tras año. Cada vez se preocupaban de cubrir con cal y adobe, hasta que finalmente se fundió como parte de la casa, como se había fundido en sus recuerdos, como la tenían en sus corazones mudos, en sus sueños silentes.  No le contaron nunca, nada a nadie, pero jamás la olvidaron.

La noche del terremoto, la casa entera se vino al suelo, con los recuerdos, con las alegrías, con los ruidos, con los secretos, con la vida. Los rosales del patio quedaron sepultados y una vez que todo quedó en calma y el silencio sepulcral se rompió, cuadrillas de bomberos recorrieron los escombros, buscando con perros y detectores, cuerpos atrapados y una esperanza de vida.

La punta de la nota se deslizó por entremedio de lo que quedaba de una muralla del gran caserón: “Rezad por ella”  y fue el joven rescatista que la vio. Hurgó con calma, mientras su perro descansaba a la sombra. Pensó encontrar aquellos antiguos íconos de santos, que la gente atesoraba desde los tiempos de la Colonia, pero en su lugar vio, primero, la sábana de lino, amarillenta por el paso de los años y bermellón, por los restos del muro. Ahogó un grito en la entrada de su boca, cuando lo que quedaba del cuerpo de una recién nacida, salió entre los pliegues del trozo de tela. El papel con la nota cayó al suelo y la recogió. Rezad por ella, leyó en voz alta el rescatista y yo se los pido a ustedes, por esta tierra devastada y por un lugar donde ya no queda nada para recordar.

N de la R: Esta historia fue inspirada por un hallazgo increíble, descubierto en la localidad de Chimbarongo,  después del terremoto del día 27 de febrero. La nota periodística completa, en este link: http://diario.elmercurio.cl/2010/03/18/nacional/nacional/noticias/d7b53b52-15ef-49bb-87da-efdbc7eae536.htm

Día de San Valentín

Llovía en el desierto, sin que lo pudiéramos creer. La suave cortina de agua se convirtió en un chaparrón agresivo, pero largamente anhelado. Nos miramos a los ojos, mientras el agua golpeaba el parabrisas y los suaves perfumes de la tierra emergían lentamente.

Habíamos tomado la decisión sin meditarlo demasiado. Un vacío inmenso en mi corazón me trastornaba. Mis manos lo ansiaban, mis brazos lo ansiaban y cuando lo vi supe que era así. Allí estaba, envuelto y perfumado, el más hermoso regalo en ese San Valentín.

Mi hija recién nacida había perecido en la mesa de operaciones tres meses antes. Creí morir. Creí que no existía un dolor más tremendo que este dolor, este espacio abierto en mí como una cuchillada. Lloraba a cada instante, sentía que me secaba por dentro. No te vayas, me dijiste, estamos juntos. Estamos unidos y debemos superarlo. Yo sé como podemos superarlo. Por primera vez, desde nuestro matrimonio, me sentí intensamente unida a ti. Te di las gracias. Besaste mis ojos llorosos e hinchados y no dijiste nada más.

Le ví entonces. No quise enterarme de detalles que sólo hubieran entorpecido las cosas. No quise saber de nada. Sólo su presencia de recién nacido inundando todo. Su olor palpitante, la suavidad de su piel, sus pequeñas manos, sus ojos abiertos en la sabiduría del mundo. Tan pequeño y tan importante. Me inundé de dicha.

Entre mis brazos, acunándote, cantándote antiguas canciones que aprendí en mi infancia, sintiendo tu calorcito, mi corazón se rebalsó de amor, como el camino por donde volvíamos a casa se rebalsaba de lluvia. Una lluvia que curó la sed de la tierra, como tú curaste mi sed de entregar este amor. No te parí, es cierto, pero llegaste a mi vida por mi propia voluntad. Eres el hijo de mi corazón.

No pude parar de besarte en semanas, incluso en las noches mientras dormías. Sentía que florecía por dentro como había florecido el desierto. Eres el hijo que no vino de mi cuerpo pero sí de mi corazón, lo he repetido desde entonces y cada San Valentín celebramos tu segundo cumpleaños. Eres el hijo del amor, de un amor que creí perder una tarde lejana en un hospital. El mismo hospital donde tú estabas, esperándome supongo, porque nadie te había esperado más que yo. Mientras escribo estas líneas, siento tu olor de recién nacido de nuevo y rememoro ese día como si fuera hoy mismo. Miro por mi ventana y un hermoso campo de flores cubre hasta donde alcanzan mis ojos  Sólo falta el arcoiris, que vimos ese día con tu padre, de vuelta a casa, cuando ya eras parte de nuestra familia.