En tu Nombre

Todo pareció detenerse. Las circunstancias te invalidaban, pero nada podía contra tu agudo sentido, tu palabra siempre elocuente, tu mente luminosa y fugaz. En la aparente inamovilidad de los sentidos y del mundo alrededor, reflexionaste y lo planificaste todo. Me imagino que leíste el reporte del tiempo y elegiste tu ropa más cómoda. Este tiempo estéril y aplastante estaba por concluir. En la certeza de tus ideas, así iba a ser.

La crónica del periódico anuncia en cuatro líneas tu decisión, una tarde de domingo, de un día de abril, en que el sol alumbraba con benevolencia, la misma que buscaste para tu difícil situación.  Aprendiste que los mundos internos coexisten en un delicado balance, que siempre explicaste con tu oratoria apasionada. Siempre fue fácil hablar contigo, nunca fue fácil llegar a la médula de tu corazón.  Tu sufrimiento interior te traicionó, la lucha entre tus creencias y vivencias te estremeció definitivamente y tomaste la decisión de sacrificarte para no lastimar a nadie.

Te fuiste cargado de simbolismos, como fue siempre tu discurso y tus dibujos. Como era la prosa que gozabas, los poemas que creabas, los trazos de luz y sombra en tus diseños. Te balanceaste entre esta vida y la siguiente y decidiste quedar más allá de nuestro mundo finito, pagano, irredento, cruel. Mundo al que nunca te acostumbraste. Mundo que nunca se acostumbró a ti.

Quedan las líneas del periódico, queda el informe del forense, queda tu figura congelada en el árbol de arrayán, que soportó tu peso cuando te colgaste, queda el trozo de soga y tus zapatos, queda la cara de perplejidad de los paseantes al verte ahi sin vida. Quedan las preguntas todavía, quedan los recuerdos y las dudas. Quedas tú, aún revoloteando entre nosotros, con tus pasos silentes, tus manos de dedos redondos y ágiles. Quedas tú y las preguntas. Quedamos nosotros aún. Buen viaje, amigo mío. Te agradezco la generosidad de tu corazón, la palabra siempre dispuesta, los buenos deseos, el más allá.  Te agradezco todo eso con este don que nunca supiste que existía. Buen viaje, mi querido Juan.

N de la R: Esta entrada ha sido escrita en memoria de Juan Araya Brizuela, quien falleció el día domingo 11 de abril de 2010, a los 52 años. Amigo querido y generoso, tomó esta, la decisión más dura y partió por su propia voluntad. Agobios económicos, según la carta que estaba en su bolsillo, justifican su decisión. La nota que me enteró de su muerte, en este link :http://www.diariollanquihue.cl/prontus4_nots/site/artic/20100412/pags/20100412095335.html

Determinación

Había visto a los abuelos nuevamente. Sentados con mansedumbre en el banco de la plaza, con sus manías vivas. Tejiendo crochet la abuela Yolanda y liando un cigarrillo, el abuelo Miguel. Los vio claramente, tal como los recordaba y entendió su propósito.

Dejó el libro de Hemingway en la ventana y analizó concisamente los últimos treinta y seis años de su vida. Destacó las férreas amistades y el amor. Las relaciones largas y fructíferas que duraron lo que tuvieron que durar. Aún quedaban gotitas de esos amores inundando su corazón y le sabían a dulces recuerdos. Aún estaban las preguntas sin resolver de por qué no había terminado una carrera, cuando la inteligencia era un don familiar que no costaba utilizar.

Con empleos de mediocre desempeño, quedaba siempre la buena impresión y el gusto innegable por el tiempo compartido con colegas, subalternos y jefaturas. Todo prístinamente congelado en un recuerdo que se iba sumando a los otros, que conformaban su vida. Sentía que había sido una buena vida. Sencilla, constante, sin sobresaltos. Con visión poderosa de los rencores del alma y de la férrea voluntad de deshacerse de ellos a como diera lugar.  Se sintió siempre a gusto en compañía de los viejos y tal vez por eso fue quien más sintió la partida. Las tardes de dominó y recuerdos, matizados por té con pan tostado untado con manjar, eran citas necesarias cuando las hormonas adolescentes hacían su agosto en las convulsiones del corazón. El olor de los viejos le sedaba, la voz cansina, las manos cubiertas de venas. Se estaba tan a gusto, mientras el olor de las migas quemándose, inundaba todo el lugar.

Traspasó nuevamente la visión de la ventana. El helecho prehistórico, de dimensiones colosales, que le daba al patio trasero de su casa un aire a selva siempre virgen, impoluta, misteriosa, callada y olvidada. Tal como se había olvidado de los recuerdos minuciosos de su vida. Intentó tomar el libro nuevamente y leer las páginas siguientes, pero la voz en su cabeza martillaba con furia. ¿Cuál era su destino?. Cuál era el propósito de su existir, si sentía un cansancio grave, como si hubiera vivido una vida entera y aún faltaban siete días para cumplir los treinta y siete. 

Miró sin ver y se concentró en el croar de las diminutas ranas, los pasos de la gata en el tejado y las ínfimas gotas de lluvia que se dejaban caer. Se sintió solo, desnudo, quebrado, infeliz. Sin un propósito claro, sin un norte, sin un por qué luchar. Respiró hondo y llenó la bañera. Mientras corría el agua, recordó vapores de la misma condición inundando los espacios del placer y del amor. Aguas calurosas, aguas frías. Sonidos de ríos cordilleranos, fuentes inagotables de olores infinitos que se posaban lentamente en su piel, en una sensación de díficil dimensión. No había nadie que preguntara en qué piensas. No había nadie que confortara sus pensamientos. Sólo el libro, la bañera, los pasos de la gata en el tejado y la lluvia.

Entró a la tina lentamente y se quedó por minutos eternos. Levantó la vista y allí estaban de nuevo. La abuela Yolanda desenrredando la madeja de estambre y el abuelo Miguel tosiendo y limpiándose la boca con el dorso de la mano, tomando, lentamente, con la otra, su novela; examinándola con detención y curiosidad, con ese gesto tan suyo. Volvió a pensar que nadie le extrañaba y que él extrañaba demasiado a tan pocos. Que la vida no tenía un propósito claro y que fuera de estas paredes, no valía la pena seguir.

Le llegó la frase concisa y breve. Clara y simple. Salió desnudo, mojando el piso. Se acercó al clóset y la encontró. Comprobó su estado y volvieron juntos al baño. Allí estaban los viejos todavía. Los miró con calma. Entró al agua y supo que sería sólo un segundo. Luego, podrían descansar. 

Es que eres la Mamá

Ya termina el noticiero. Las mismas nuevas repetidas hasta el infinito, día tras día, por la cajita hipnotizante, que luce imponente en mi dormitorio. Quiere llover afuera. Gotas porfiadas golpetean los tejados. Frío y escarcha. Vaho y noche. Los vecinos se dirigen corriendo a sus casas. Un humo azulino lucha por salir de las chimeneas.

Escucho repicar el teléfono. Lejano, suave. De pronto, se torna molestoso, urgente. Contesto. La voz de mi madre. Escucho nada más que su voz al otro lado de la línea. Llora suavemente. Me congelo. Apago el televisor. Me concentro en su voz. Pregunta, inquiere, hace pausas, escucha. Me congelo. Mi boca se torna seca, mi respiración no me alcanza. Me evado en un recuerdo. No puedo. No encuentro ninguno.

Era seria y de pocas palabras. Abrazos espaciados, caricias sólo en caso de dolor y la firme resolución de criar una familia numerosa con sólo un ingreso. Los recuerdos de la infancia se mezclan entre risas y juegos, entre libertad y espacios abiertos. Jamás una inquisición por tal o cuál disparate venido a la mente infantil de su prole. En el gran caserón, había espacio para todo. Actos de circo, magia, investigación, teatro, jardinería, construcción. Todo era posible y esa era la consigna. Todo era regulado por su sabiduría siempre exacta, su tino siempre perfecto. Sus conocimientos irrefutables. Pilar fundamental, espacio infinito sin pausas ni treguas. Enfermera, profesora, economista, sicóloga, cocinera. La roca que golpeaba el mar de las enfermedades y los sinsabores de la existencia. Ahí se refugiaba la familia y ya no había más temor. Ahí se terminaban las pesadillas y los dolores. Todo se transformaba en calma. Todo era más sereno al calor de la mamá.

¿Estás ahi? Inquiere su voz nuevamente. ¿Qué hago? me dice en un suspiro que suena a súplica. Me miro en un espejo imaginario y no sé francamente qué decir. Quisiera evadir la pregunta, la situación entera y volver a nuestra casa, al olor del pan recién horneado, a la tranquilidad de nuestro existir. No sé qué decirte, mamá. Consulta a los médicos que se han  llevado a papá al hospital, digo de último, en un intento de escabullir toda responsabilidad. Todo se me cae, mientras su voz me sigue susurrando los hechos. La enfermedad repentina, el dolor desfigurando la cara de mi padre. Los trámites tediosos, los diagnósticos médicos alarmantes y dispares. Puede morir, me dice en medio de la cantinela y mientras me convierto en un ovillo digo, más para mí:  No, mamá, eso no va a pasar.

Le pido un minuto. Corto con ella. Llamo al hospital. Averiguo el estado general de mi padre. Lo van a intervenir. Aviso a mis hermanas. El diagnóstico es reservado, llame en una hora más. La metálica voz de la enfermera de turno me vuelve a mi lugar. Mamá, mamá, prepárate, yo voy en camino. Escucho su voz aliviada. Escucho su respiración más pausada y por un segundo que parece horas en el martillar de mi cerebro, siento que es tan injusta. Por qué ahora deja de ser quién es, si lo sabe todo, es LA MAMA. No me abandones ahora, que yo sí tengo miedo, que yo tampoco sé qué hacer.  No te vuelvas vulnerable, no me preguntes, no me hagas decidir. No dejes de ser la Mamá.

Lágrimas corren apuradas. Tengo miedo. Tengo mucho miedo. Siento, por vez primera, la vulnerabilidad del existir. Te abrazo, mamá y te siento tan pequeña, tan frágil. Tus ojos están hinchados, tu piel luce cansada, tus manos. Tus manos siguen como siempre mamá. Te miro desde el fondo de mi corazón y entiendo que sufres. Caminamos juntas. Te escucho. Hablo tonterías para hacerte reír. Nos remontamos juntas a los días de mi niñez y sospecho que entonces también tuviste miedo y también tuviste que hacer de tripas corazón y tragarte tus lágrimas saladas y tu dolor, para  permanecer incólume, pragmática, organizada, que es como yo te recuerdo y como me enseñaste a ser.

Soy egoísta mamá y lo reconozco. Quisiera que nada cambiara y que me abrazaras más seguido. Que me digas que está todo en calma y que esta vuelta inexorable de la vida no sucederá. No quiero que dejes de ser tú. No quiero reemplazarte en las decisiones, porque lo has hecho fantástico desde que tengo memoria de los hechos. No quiero que me digas que no sabes. No quiero verte dudar, no quiero, porque sé que eres la Mamá y en esa sola certeza, está todo donde se supone que debe estar.

madre

Liberación

olas

Avanzó hacia el agua lentamente, bajando por las escalerillas del malecón. Rompió la ola suave y la espuma se la tragó la arena de un bocado. La tarde se había ido y los recuerdos se iban a ir con la tela que estaba por arrojar.

Concéntrate en tu dolor, le dijo. No olvides ningún detalle. Escucha tus recuerdos. Siéntelos. Abre tus ojos y no me digas nada. Encierra todo en ese trozo de tela que tienes entre las manos y tíralo lejos. ¿Tú crees que funciona? Créeme que sí. Es tanto lo que tienes adentro que debes dejarlo ir. Concéntrate y deja que se vaya.  Pensamos distinto. No creo que haga ninguna diferencia. Debes creer. ¿Por qué no crees en nada? DEBES creer. Deja todo dentro de este espacio de tela blanco y mientras caminas a depositarlo en el agua, concéntrate y cree que este minuto de tu vida, es el minuto de tu liberación.

Caminó lentamente sintiendo el aire en su semblante, escuchando las olas y perdiendo su mirada en los últimos rayos del día que moría. Pensó en lo que debía hacer. Pensó que Rick se burlaría abiertamente de esta práctica boba e inútil. Trató de no recordarle, pero escuchaba su risa seca y sus palabras. Cree sólo en mí, le decía siempre. No pienses en nada, le dijo aquel día mientras metía el fajo de billetes en su bolsillo. No me los agradezcas, que sobradamente los has ganado. Te has hecho un hombre, Gaspar. Estoy orgulloso. Eres todo un hombre. Reía y brindaba a su nombre, mientras la cocaína corría por todos lados, intoxicando a todos los demás. Había sido su primer “trabajo”. Luego de ese día, ya no tendría más miedo.

Avanzó hacia el agua lentamente, bajando por las escalerillas. Rompió la ola suave y la espuma se la tragó la arena de un bocado. La luz ya se había ido y los recuerdos se iban a ir con la tela que estaba por arrojar. Iba a necesitar muchas de aquellas telas blancas, si es que esto realmente funcionaba, pensó. Muchas de ellas y muchos sonidos de olas para acallar la risa de Rick.

La Señora

mujer conduciendo

Había terminado de hacer su maleta. Incluyó una foto de sus hijos y otra de sus padres. Estaba tan decidida, como no lo había estado nunca antes en su vida. Cargó sus efectos personales más queridos y dio, por última vez, una vuelta a la casa. Tomó su automóvil y partió al punto de reunión.

La Isabel está embarazada, dijo la empleada, secretamente, en la cocina. Allí estaba el jardinero y el joven dependiente de la botica. Se alegraron a pesar de la noticia, porque una señorita de sociedad como ella, se casaba inmediatamente, para tapar toda la comidilla y el escándalo. Se dispusieron a armar la fiesta, que fue grandiosa y regada. Todos los amigos de los alrededores acompañaron a la joven pareja que se mostraba más complicada que feliz, más insegura que dispuesta. Nada de eso realmente importaba para nadie. Estaban donde debían. Era natural este enlace. Serían felices para siempre.

Los años pasaron como suspiros y los hijos fueron llegando con más o menos alegría, mientras los problemas apenas rozaban sus mejillas, siempre rozagantes y sus vidas, siempre perfectas. No valía la pena mezclarse con más gente que sus propios conocidos y amigos de la infancia. No valía la pena abrir las mentes a la diversidad como anunciaban los programas de farándula y el gobierno de turno. Sólo ellos se bastaban en sus círculos cerrados, donde todos eran conocidos y de la misma “clase”.

Aún recordaba la tozudez de su hijo menor que le provocó tantos dolores de cabeza. El joven insistía en mezclarse con esa niñita ordinaria, sin nombre ni futuro. Una casquivana de seguro. Estaban destinados a ser el hazmerreír del pueblo. No pudo permitirlo. Se encargó de desprestigiar cada palabra, de invalidar cada gesto, hasta que el hijo finalmente desistió de su empeño. Había sido una locura. Como era una locura este viaje inesperado. Pero esto era distinto. ¿Qué sabía su hijo? ¿Qué sabía nadie?.  Era la vida que siempre quiso. La verdad.

Avanza segura de su camino, henchido el corazón de amor, como jamás lo esperó. Esta pasión en la edad madura de su vida le ha abierto la mente y los sentidos. Nada más importa y si  mira en retrospectiva, se da cuenta de que nunca ha vivido. Se siente como las heroínas de las novelas mexicanas, que la empleada veía embobada en las horas calladas de las tardes, mientras ella jugaba a ser la esposa perfecta, la madre perfecta en un mundo que ahora distaba de ser perfecto. Por eso escapaba, ¿¿que nadie acaso lo veía?? Luis la esperaría y juntos vivirían la vida que ambos se merecían. Ambos,  uno con el otro. Felices, para siempre.

Son las seis de la tarde. El sol está ocultándose y su corazón se ensombrece. Lentamente, las esperanzas se van quebrando. Revisa su celular por milésima vez.  No hay nada. Tiembla de frío y soledad. Recuerda la botella de vino que tiene en la parte de atrás del auto. Bebe con lentitud. Se queda ahi toda la noche. En la mañana siguiente decide alquilar un cuartito de hotel. Sigue bebiendo.

Hace tres años que Luis no se presentó a la cita. Después de esa noche, el pueblo entero la indicó con el dedo y fueron contados quienes no la condenaron. Se convirtió en un fantasma que conducía por las calles, en las tardes calladas, sin  mirar. Siguió bebiendo en delicados vasos de cristal, que sacó del baúl que había sido de su madre. Nadie, ni su empleada sabía de dónde sacaba el licor. Sólo compartían la novela. Isabel lloraba por el melodrama y su pelo se tornó cano y pajoso. Su avidez por la bebida crecía hasta que su hijo mayor le informó que iba a ser abuela. Esa tarde, rompió la foto de Luis y cada uno de los vasitos de cristal con los que había bebido todas las jornadas, mirando el culebrón. Tomó su auto y partió a la peluquería. De vuelta, traía un hermoso cochecito de bebé. En su mente, ya había decidido el nombre y el colegio, las amistades y el roce. Como debía de ser.

Prisionero

atado

El pastor había terminado de hablar. Habían sido los  veinte minutos más largos de su vida. Cada reunión, cada convite, cada conversión, cada vez le parecía menos sincero, menos grato, menos todo. Estaba ahí, porque tenía que. Ni siquiera porque creía, sólo porque tenía que, como había tenido que, desde el inicio de su vida.

Cada día sábado, presenciaba los milagros de la nueva iglesia evangélica, pentecostal y misionera , veía los mismos rostros, buscando al Señor, creyendo a pié juntillas todo lo que el pastor hablaba, con su voz destemplada, sus trajes mal cortados y su biblia manoseada, que esgrimía, como un objeto puesto en su mano por el Señor Jesucristo. Le fastidiaba la hora de la colecta, cuando los pobres feligreses debían estrujar sus magros bolsillos en pos del bienestar del pastor. Odiaba cuando los avergonzaba en público, indicando sus faltas,  señalándolos como ejemplos de pecado y  desidia, tratándolos como un rebaño de estúpidas ovejas, que le debían pleitesía a su poder y sabiduría.

Por obra de esa misma sabiduría es que había sido obligado a casarse, sin que hubiera apelación o razón posible, con esa muchacha delgadita y simple, sobrina del pastor, que se bajó sus calzones con demasiada rapidez, que no fue capaz de contener la furia de su sexo y quedó embarazada a la primera vez. Se negó, trató de escapar incluso, pero la zurra monumental propinada por su padre, más las imparables letanías de su madre y la sobrexposición enferma en el culto del día sábado, le quitaron las ganas de seguir. Estaba atrapado, no le quedaba más que agachar la cabeza y seguir presenciando los milagros, en cada borracho que confesaba había dejado el vicio, en cada familia que aceptaba al sátrapa y tramposo del padre ausente y en cada enfermo dudoso, que aparecía, por artilugios del mismo Jesucristo, sanado y salvo.

Sus hijos nacieron, uno luego del otro, sin que hubiera tiempo de respirar, disfrutar o siquiera esbozar un mínimo resuello. Como buey en un yugo imaginario, como un preso confinado, estaba irremediablemente perdido en esta realidad aplastante, con una esposa anulada por la religión y la tele y su familia detrás, empujándole a seguir en esta vida sin un sentido más que sólo proveer.

Todo sucedió tan de golpe, que cuando mira hacia atrás, no tiene claro cuándo empezó. Recuerda su humilde puesto como ayudante de panadero y lo otro que recuerda es la risa sonora, como una cascada, que se escuchaba en el lugar, siempre a la misma hora. No podía determinar de dónde salía, si era producto de su imaginación o sólo parte de la fiebre que le provocaban los hornos funcionando todo el día. Hasta que un día, el panadero lo envió a las afueras del local con las canastas de pan fresco y ahí la vió. Su risa, sus manitas nerviosas y sus ojos oscuros. Estaba allí, al alcance de su mano, pero de pronto, la voz satírica del pastor, grabada en su cabeza, le hizo agacharla y volver a la trastienda.

Se las arreglaba para salir afuera, a la misma hora, que era cuando ella entraba a comprar. Venía de la peluquería de al lado y traía cada día una imagen nueva, un corte de cabello, un nuevo color, lo que fuera, pero su risa era la misma, siempre. Le miraba curiosa y amigable mientras él no sabía qué hacer con el retumbar de su corazón. Ya no podía vivir sin esa sonoridad entrando por sus oídos, penetrando su cerebro y bajando despacito a su corazón.

De pronto y sin que nadie se diera cuenta, estaba entre sus sábanas, acariciando sus cabellos multicolores y llenándose de esa risa que era como un baño de lluvia a la costra gruesa que encerraba su alma. Se rebeló a su vida, pero fue inmediatamente reducido. La realidad era más aplastante que nada. Pero no renunció. Era tan libre en este espacio entre su espalda y su corazón, entre sus manos dulces y sus pelos de colores, entre su aroma a perfume de flores y los deliciosos sandwiches de carne y mayonesa, compartidos al pasar, entre su llegada y el inevitable momento de su partida.

La tarde que llamó su esposa, apenas se había despedido. Las migas del pan aún pendían juguetonas de sus labios, pero la voz, chillona e histérica, le decía algo de un accidente, en una cantaleta monótona que repetía su nombre y sus deberes. No pudo resistir, tuvo que ir. Debía estar. Justo cuando había decidido terminar todo, hablar con ella y decirle que no la soportaba más,  justo entonces esto pasaba. No era libre, no podía serlo. Se maldijo miles de veces, estando en el hospital, viendo a su hijo con su cabeza vendada y los doctores hablando de hematomas internos.

Se sentía extraño, mirando en retrospectiva, mientras sus dedos tocaban de memoria, en el teléfono, el número de aquella de la risa sonora, que como una cascada en medio del bosque, le remecía de esta pesadilla, cada vez que la escuchaba. Quería decirle tantas cosas, pero esta verdad evidente estaba por encima de cualquier decisión. Estaba atado de pies y manos, prisionero nuevamente. Cantaron la última canción del servicio y se dirigió, con su terno gastado, de vuelta al hospital.