Kandahar. La Noticia

Sus brazos colgaban de la cama. Rafael la miraba con la misma expresión entre divertida y culpable que ponía siempre, después de hacer el amor con ella. Elegían la misma habitación del mismo hotel discreto, en el barrio alto de la ciudad. Se estacionaban en distintos lugares, lejos uno del otro y se reunían en el cuarto. Un plan perfecto, una puesta en marcha impecable, sin errores. Probada  constante y morbosamente, en los últimos siete años. 

Rafael sabía que ella había bebido la noche anterior, como sabía también que se drogaba con frecuencia, que nunca amó a Michael y que su falta de ternura era lo peor para ella. También sabia que ella había leído con calma y con cuidado, en sus expresiones, cada uno de los episodios tristes de su niñez. Que podía entender su sarcasmo y sus críticas agudas. Sabía de su fascinación absoluta por la guerra y mucho más.  Ambos se conocían muy bien. Y fue por esa razón que ella le preguntó qué andaba mal. Qué sucedía de nuevo en esa cabeza perturbada, insana, maliciosa. Aquella cabeza llena de ideas que ella hubiera querido retirar una a una, para auscultarlas bajo el microscopio de su corazón, hasta averiguar a ciencia cierta si Rafael le amaba tanto como ella a él.

Sofía había abandonado la casa, le dijo de golpe. Se enteró apenas llegó y leyó veinte veces la nota escueta que dejó en su escritorio, entre sus papeles más queridos. Se había ido del hogar familiar para vivir, a sus jóvenes dieciséis años, con un muchacho que había conocido en un concierto de hiphop.  Rafael no mostraba huella aparente de dolor. Ella se envolvió en la sábana y escuchó con atención la historia. Pidió dos aguas minerales y sacó de su bolso un par de calmantes. Se le partía la cabeza.

Sofía era la hija preferida. La primera cuerda a tierra que le ataba a este país. Por ella había mantenido siempre la rutina de ir y volver, en la misma secuencia de días, en las mismas estaciones del año, durante todo este tiempo. Eres como el zorro, le dijo una vez, cuando leyeron el Principito juntos.  Nunca se había percatado de que Sofía le conocía como nadie en su entorno familiar.  Leía entre líneas sus artículos y se sentía desamparada ante el cuadro repetido hasta la abundancia de dolor y balas. Alguna vez le consultó si él estaba de acuerdo con los hechos descritos con tanta pasión en sus artículos, pero debido a su inexperiencia y candidez, fue incapaz de acertar con la frase adecuada. Rafael esgrimió entonces una respuesta conocida, un discurso de libro. Un abrazo y un buenas noches.  Fue entonces cuando Sofía comenzó a indagar entre sus papeles, en su ordenador y en su móvil.

Ahora Rafael le miraba a ella y luego de contar los hechos, cayó en conclusiones evidentes que nunca había querido ver. Recordaba los ojos dramáticos de su hija, con aquella línea de Kohl demasiado pronunciada para sus años, su cabello planchado con detalle y teñido de negro azabache en un look entre triste y decidido y se percató de que no la conocía. Sin embargo, su hija tenía esa ventaja sobrada sobre él. Sabía de sus justificaciones siempre cursis por su trabajo y sus viajes. Sabía sus claves bancarias y cómo manipular su teléfono. Sabía que tenía una amante. Sabía que no quería a nadie sino a él mismo y sabía también que nada de lo que pudiera hacer, podría importunarle tanto como la certeza de que no habría otra guerra. En un punto, Sofía se había convertido en lo que él más amaba. Un conflicto. Tal vez eso la reconfortaba y tal vez por eso decidió fugarse, digo Rafael. Tal vez.

Tomó su cabeza entre las manos y buscó lentamente las palabras. Pero con ella ese ejercicio no le resultaba. Se le agolpaba todo en desorden, los sonidos y los recuerdos. Los tiempos compartidos y los que pasaron a través de la línea de un teléfono, que traía la voz de Sofía con cinco segundos de desfase, como le había traído la voz de ella tantas otras veces. Como le había traído las voces de todos a los que siempre llamaba y que probablemente no le importaban tanto como las escenas macabras que había acabado de presenciar. Eso le llenaba más que nada otro. La miró con profunda desolación y entendió por primera vez en estos siete años de sudor, de frases obscenas, de cuerpos desnudos, de aguas minerales y de besos apasionados, porqué ella bebía como un marinero. Porqué de vez en cuando, llenaba su cuerpo con sustancias tóxicas que la moral y las buenas costumbres de Rafael jamás hubieran acercado al suyo y por qué le amaba tanto.

Miró la pantalla de su móvil. Debía irse. Aún quedaba mucho por resolver y su ticket de vuelta a Kandahar no era modificable. Le dió un beso en la mejilla. Sacudió su ropa por si alguno de los cabellos de ella se había colado entre su camisa o sus pantalones. Salió, cerrando la puerta despacio. Tomó el elevador. Y el mensaje escueto de su hija en el móvil, le avinagró la sangre: “No me busques. Estoy de maravilla. Mucho mejor que antes. No me busques. No me vas a encontrar”.

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Baghdad. La Decisión

Michael apagó la televisión. Eran las tres de la mañana. Las tropas norteamericanas habían entrado a Baghdad. Era el 20 de marzo del año 2003.

Se habían conocido en el aeropuerto, junto a la cinta transportadora del equipaje. Ella venía llegando de aquellos sitios con playa y quitasoles, tan de moda entonces. Michael había venido a visitar a un amigo, autoexiliado en este país contrastante, que se proponía fotografiar con detalle. Las heridas de su divorcio habían sanado. Lo notaba en su trabajo, cada vez más luminoso, cada vez con mejores instantáneas. Su sitio web, en pañales, mostraba fotografías de su natal Boston. Tocó la mano de ella al intentar alcanzar la maleta. Le llamó profundamente la atención sus ojos, vivos, inteligentes, pero cargados de sueños rotos. Ella no había curado ninguna herida con ese viaje. Había hecho de todo, menos olvidar. Como en las películas, todo sucedió muy de prisa. Michael no esperaba el certero estoque del amor. Ella no esperaba nada. Nunca esperó nada.

Eran animales de juerga. Michael conocía a todo el mundo y todo el mundo le conocía a él. Cambiaba su seño siempre adusto y los ángulos cerrados de sus pómulos, cuando bebía. Se transformaba. Reía. Cantaba arriba de las mesas. Siempre reían. Los asados y las reuniones después de las exposiciones. Los viajes. Siempre los viajes. La fascinación pueril de Michael por los viajes. Su miedo a las alturas. A lo desconocido. A los hijos. Al futuro. Todo se perdía detrás del lente de la cámara. Todo se escondía detrás de las fotografías premiadas que adornaban su departamento. Todo se escondía.

El tiempo pasó, como pasaban las fotografías en la cámara de Michael. Viajaron. Una mañana, bajo el cansado sol de la tarde, con Valparaíso de fondo, él le pidió matrimonio. Ella aceptó, como hubiera aceptado a cualquier otro que le hubiera hecho evadirse de la misma manera que lo hacía Michael. Sentía algo que se asemejaba, en sus sueños, al amor.

Fue entonces que Rafael apareció en su vida, como aparecía todo lo que le remecía por completo. Sin anuncio. Entró una mañana, a la oficina donde ella trabajaba, buscando a uno de sus colegas. Se vieron y el sudor les cubrió la espalda. Sus bocas se secaron y por primera vez, ella escuchó su voz.  No hacía mucho que había aceptado la propuesta de matrimonio de Michael. Rafael la invitó a salir. Ella rehusó, con la risa nerviosa que le embargaría, en lo sucesivo, ante sus proposiciones. Sabía el destino final de la salida. Se reconoció débil frente a sus argumentos, a su voz  y a la fiebre que la golpeó. A sus ojos reflejados en los de él, con el mismo deseo. Prefirió aguardar. Él se las arregló para conseguir el número de su móvil y comenzó a llamarla.  A todas horas. A cada momento. Se contaron todo y se acostumbraron tanto a la voz del otro, en aquellas largas conversaciones telefónicas, que lograron adivinar los estados de ánimo y las verdades y mentiras que mencionaban. Mientras él redactaba sus artículos en casa, la llamaba  a escondidas, para decirle obscenidades y reírse con su risa. Insistía en verla. Ella rechazaba cada vez con menos energía.  Michael voló a Estados Unidos. Su mejor amigo, teniente de las fuerzas de ocupación, había muerto en Irak.

Rafael la llamó esa misma tarde y quedaron de verse. La conversación en el restaurant fue totalmente innecesaria. El café también. Tomaron la decisión sin mirarse y al llegar al hotel, se amaron hasta que el día terminó por completo, como si lo hubieran hecho desde siempre. Tomaron una ducha juntos, recorriendo el cuerpo del otro, hasta aprenderlo de memoria. No acordaron nada. No había necesidad. Cada uno condujo por su lado, de vuelta a casa. Rafael se iba a Baghdad al día siguiente. No podía perder la oportunidad, dijo y fue entonces que ella se dio cuenta de cuán fascinado estaba con la guerra.   

Escribió el artículo sobre el conflicto más premiado en su idioma. Una sonrisa de triunfo le llenaba la cara en la fotografía que le envió, días después de recibir el premio. Su anillo de casado brillaba al lado del galardón. Ella firmó el acta de su matrimonio con esa imagen todavía quemándole los recuerdos. Michael había comprometido un trabajo de antemano y viajaron al desierto más árido del mundo, de luna de miel. Todo lo que recuerda de ese viaje no está plasmado en las instantáneas que su esposo tomó como parte de la exposición. Todo lo que recuerda es lo que, día a día, le aleja de él. Curiosamente en ese viaje, Michael comenzó el primero de una serie interminable de Manhattan, que son la única amalgama que parece mantenerlos juntos.

Invierno

“No desapareció en la inmensa negrura de una muerte definitiva, como me pareció al principio, una parte suya se quedó por estos lados y anda siempre rondándome”. En este punto, suspendí mi lectura. No era la primera vez que me pasaba. Después de que hubieron llovido las alas de los trintraros, por catorce noches, tu presencia aún inundaba la mía. Escuchaba tus pasos, veía, en sueños, tu cara y escuchaba, entre el viento y el crepitar del fuego, tu voz. Partes de mi cuerpo, acuchilladas por el dolor, iban retomando la costumbre de recomponerse de vez en cuando. A veces, creía que ignoraban mi propia voluntad y que cada una de ellas jugaba a las escondidas con mi desazón y con las preguntas repetidas hasta la abundancia, intentando explicar tu partida. ¿Por qué te habías ido tan pronto?. Sólo tenías cinco años.

La Mistral me miraba fijo, con su cara de desolación. Eran los últimos cinco mil pesos que me quedaban y debía pensar muy bien qué hacer con ellos. Eso recuerdo claramente que te dije y devolviste a mis dudas una sonrisa de porte de la luna. Hacía frío, tenías hambre y un quejido malvado se apoderaba de tu respirar. Caminábamos por las calles escarchadas, rumbo al hospital. Ibas tomado de mi mano. Tu chaqueta de paño azul, las botitas color café. El aire que escapaba de tu nariz  te apuraba para alcanzarlo. Sonreías. Como lo hacías siempre, invierno o verano, otoño o primavera. Incluso, cuando no contestaba directamente las preguntas sobre tu padre. Incluso entonces, sonreías.

¿Sabes que estando lejos, se pierde a veces la costumbre de esa respuesta instantánea y afilada que sólo nuestro país, peleador por tradición y destino, imprime en los genes de todos sus hijos?, te dije alguna otra vez, al acercarnos al carrito de las castañas. El puente de Lucerna estaba frente a nosotros. Hacía frío. Esperaba verte correr a través de sus vetustos tablones, admirar cada uno de sus decorados y contarme una historia de cada uno de ellos. Los gorgoritos de tu pecho te daban un aire fatigado. Parecías un viejo. Me sonreíste de vuelta, mordisqueando una castaña. Esa imagen y nosotros caminando rumbo al hospital, mientras yo estrujaba el billete con la foto de la poetisa, se me confunden en uno solo. Como si nuestra vida hubiera estado hecha de sólo esos dos momentos, tan distantes, tan disímiles, tan separados, pero invierno ambos, fríos y crueles ambos.

Abrazo tu chaqueta de paño azul, mientras escribo con rabia estas palabras. Mis amigos me han tratado de dar una conformidad que no quiero y me han forzado a escribir. Lo había dejado, había dejado de contar historias, de fantasear con realidades que no eran la presente, de no contar la pura verdad, de no decir que mi hijo había muerto, que no iba a verlo nunca más, que su sonrisa ya no estaba y su voz me perseguía entre el viento y el crepitar de la estufa. Me hubieran considerado fuera de mis cabales, como cuando junté, con esfuerzo, las alas transparentes de los trintaros y formé, con ellas, tu nombre. Esperaba que entraras de improviso y las barrieras de un soplido. Ver tus mejillas rubicundas y escuchar desde dentro de mi propio corazón “te quiero mamá”…

La Mistral me sigue mirando con cara de desolación, casi tanta como la que yo tengo en mis memorias y en mi alma, mientras escribo con rabia estas líneas, intentando recordar a qué olía Lucerna y los carritos con castañas, dónde nos perdimos, cuándo te fallé y por qué, siempre por qué, decidiste dejarme tan pronto. Preguntas sin respuesta, sin esa respuesta instantánea, afilada, alojada en nuestro genes locos, que me esforcé tanto en explicar. Ahora entiendo la futilidad de mis esfuerzos. Te fuiste marchitando como una plantita fuera de su hábitat y te costó trabajo reconocer esta tierra extraña  como propia. Los niños no piensan en esas cosas, me dijeron muchos, pero estoy segura que tú si lo hiciste. Por eso partiste. El puente te llamaba, los antiguos tablones te ofrecían un espectáculo sideral y único, por eso te alejaste, pero no desapareciste en la inmensa negrura de una muerte definitiva, como me pareció al principio, sino que una parte tuya se quedó por estos lados y anda siempre rondándome. Al menos, así lo espero.

La Última Frontera

Mientras era golpeado por veinte oficiales de la patrulla fronteriza, en San Diego, California, Anastasio Hernández Rojas, inmigrante indocumentado, recordó los veinticinco años que llevaba en territorio de Estados Unidos. Recordó con fastidiosa precisión la alberca de miss Elizabeth, sus sobrinos regordetes y los fantásticos lonches que se zampaban cada domingo, mientras él se deslomaba cortando el pasto en el calor estival, pensando en su patria y en su madre, tratando de entender qué carajo hablaban estos gringos y agradeciendo humilde, siempre humilde, la propina que la miss le daba con su español chapuceado “no saber qué hacer sin ti Ani”. Claro, porque había sido la miss en persona quien había pagado al Coyote por un jardinero y una mucama, como quien compra en el mercado un kilo de carne y tres naranjas. ¡La condenada!, pero aqui estaba y con lo que ganaba en la semana podía pagar su cuarto, su comida y mandar buenos pesos a su madrecita querida, que se moría de desolación entre el polvo de la mina y el calor del verano en el lejano San Luis de Potosí. No hay agua limpia para los pobres, decía ella en cada llamada y le escuchaba su lengua pastosa arrastrar las palabras al otro lado del teléfono, mientras él se tragaba tres cervezas heladas al hilo y pensaba sin cesar en la alberca de la miss Elizabeth, siempre rebozante y limpiecita.

Cuando la miss se casó con el gringo ese, mister Edward, todo se fue al carajo. Él trajo su propia servidumbre, vestidos de negro riguroso incluso con el calor atosigante de agosto, despidiéndolos a él y a la mucama. Ahí mismito empezó a jugar a las escondidas. La miss lo dejó sin papeles, pero bien recomendado y una recomendación llevó a la otra. Después de ser plomero, pintor, jardinero de medio tiempo, carpintero de casas de perros y muñecas, se convirtió en el señor de las albercas del barrio, siempre con la cara bien tapada por su sombrero de tela gringa, sus mangas abajo y sus movimientos copiados de los zambos. Nadie dudaba que era un mestizo negro, ciudadano legal de la ciudad a la que él había entrado esquivando agujeros de coyotes de a de veras, tragando arena y tierra amarilla, el corazón apretujado entre su saco con cuatro camisas, dos pantalones y el escapulario de la Vírgen de Guadalupe. Viaja liviano, le aconsejaron antes de partir. Viaja liviano, que se arranca mejor de la migra sin tanto equipaje que cargar. Nada más tu alma, le dijeron, nada más tu alma.

La dueña de la mansión, al final de la calle, le habló una vez de las fronteras y de su profundo descontento con todo lo que pasaba. Le consultó si pensaba que era un suicidio cruzar a este lado del río Grande y Anastasio, con la misma humildad que mostró en cada uno de sus trabajos, dijo en un inglés dificultoso y con ritmo de mariachi que qué le iban a hacer si acá estaba la chamba, acá estaba la lana y que muchos como la miss, su primera patrona, hacían vista gorda a la migra, las fronteras y los papeles y que aquí estaba, bendito sea Dios, todavía con fuerzas para seguir.

Los oficiales le aplicaron descargas eléctricas que nublaron todos sus recuerdos. Mientras perdía el conocimiento, vio la cara de sus cinco hijos, escuchó su nombre tres veces y luego no supo más. En el hospital decretaron la muerte cerebral a consecuencia de los golpes. La oficina de la patrulla fronteriza informó que los veinte oficiales respondieron a una agresión. ¡Hacen falta veinte gringos para terminar con un mexicano!, dijo el Coyote esa noche, doblando el diario y arengando a su cargamento. Órale pues, que no hay tantos policías esta noche.

N de la R: Esta historia fue inspirada por un microrrelato de nuestro amigo común Minicarver, quien tuvo la gentileza de permitirme escuchar a este personaje y contar, a la manera de Historias Ciertas, este momento que se repite más o menos igual, todos los días, en la frontera de USA con México.

Magnolias

En primavera, el gran árbol de magnolia me deleita con su aroma y por eso dejo los postigos abiertos, mientras camino. Me recuerdan un estado superior, un tiempo donde no había tiempo, sólo tus ojos y los míos, sólo nuestros abrazos.

He mandado a cambiar la alfombra del pasillo, las cortinas y el papel decomural, pero aún así, estás presente en todo. Te veo desde lejos y no puedo aletargar mi corazón que viaja desbocado, amenaza con salirse de mi pecho y dejarme aquí botada, sin vida, porque no es vida la que llevo. No hay llanto que limpie mi tristeza, no hay sermón que cure mis recuerdos. No hay pecados, no hay perdones. Sólo tú. Sólo tú y el aroma de las magnolias colándose por mi ventana.

Camino por el balcón. Intento leer. Escucho tu voz al otro lado de la calle. Miro con permanente atención tus movimientos. Guardo las manzanas más hermosas e imaginariamente las llevo ante ti, en mi regazo. Me miras y por un instante, estamos juntos, como aquella tarde de invierno, como bajo ese aguacero. El aroma de las magnolias transporta tu mirada. Tus ojos azules como el mar. Ese mar insondable y perpetuo que está en mis memorias. Ese azul que me hundió en la pasión, que me emborrachó de amor. El aroma de las magnolias transporta tu mirada.

Camino despacio por el balcón. Despacio y sin hacer ruido. El árbol de magnolias cubre mis lágrimas. Oculta el sol de mi desdicha y en las noches de luna me deja ver tu silueta en la calle, mientras me miras.

En tu Nombre

Todo pareció detenerse. Las circunstancias te invalidaban, pero nada podía contra tu agudo sentido, tu palabra siempre elocuente, tu mente luminosa y fugaz. En la aparente inamovilidad de los sentidos y del mundo alrededor, reflexionaste y lo planificaste todo. Me imagino que leíste el reporte del tiempo y elegiste tu ropa más cómoda. Este tiempo estéril y aplastante estaba por concluir. En la certeza de tus ideas, así iba a ser.

La crónica del periódico anuncia en cuatro líneas tu decisión, una tarde de domingo, de un día de abril, en que el sol alumbraba con benevolencia, la misma que buscaste para tu difícil situación.  Aprendiste que los mundos internos coexisten en un delicado balance, que siempre explicaste con tu oratoria apasionada. Siempre fue fácil hablar contigo, nunca fue fácil llegar a la médula de tu corazón.  Tu sufrimiento interior te traicionó, la lucha entre tus creencias y vivencias te estremeció definitivamente y tomaste la decisión de sacrificarte para no lastimar a nadie.

Te fuiste cargado de simbolismos, como fue siempre tu discurso y tus dibujos. Como era la prosa que gozabas, los poemas que creabas, los trazos de luz y sombra en tus diseños. Te balanceaste entre esta vida y la siguiente y decidiste quedar más allá de nuestro mundo finito, pagano, irredento, cruel. Mundo al que nunca te acostumbraste. Mundo que nunca se acostumbró a ti.

Quedan las líneas del periódico, queda el informe del forense, queda tu figura congelada en el árbol de arrayán, que soportó tu peso cuando te colgaste, queda el trozo de soga y tus zapatos, queda la cara de perplejidad de los paseantes al verte ahi sin vida. Quedan las preguntas todavía, quedan los recuerdos y las dudas. Quedas tú, aún revoloteando entre nosotros, con tus pasos silentes, tus manos de dedos redondos y ágiles. Quedas tú y las preguntas. Quedamos nosotros aún. Buen viaje, amigo mío. Te agradezco la generosidad de tu corazón, la palabra siempre dispuesta, los buenos deseos, el más allá.  Te agradezco todo eso con este don que nunca supiste que existía. Buen viaje, mi querido Juan.

N de la R: Esta entrada ha sido escrita en memoria de Juan Araya Brizuela, quien falleció el día domingo 11 de abril de 2010, a los 52 años. Amigo querido y generoso, tomó esta, la decisión más dura y partió por su propia voluntad. Agobios económicos, según la carta que estaba en su bolsillo, justifican su decisión. La nota que me enteró de su muerte, en este link :http://www.diariollanquihue.cl/prontus4_nots/site/artic/20100412/pags/20100412095335.html

Su Nombre

Su nombre y su destino cambiaron ese día. El fraile se arrellanó contra la roca y se dispuso a escuchar. Ya sabía los detalles desde antes, pero no estaba de más la confesión de un alma martirizada, cuando el arrepentimiento es claro. O al menos eso quería creer.

Joaquín había dado tumbos en su vida. El abandono y la desesperación fueron moneda corriente en los días de su infancia y hasta los quince años. Se hizo hombre demasiado pronto. Perdió la inocencia demasiado pronto. Creció siendo parte de la tripulación de muchos barcos, sin embargo no era el mar su destino. De alguna forma, siempre lo supo y cada vez que zarpaba tenía la certeza que había un lugar en tierra firme a donde él pertenecía. Veía en sueños un promontorio de verde eterno, árboles ordenados en líneas sin final y su caballo andaluz.  Los otros tripulantes reían de sus delirios y nunca dejaron de hacer chanzas a su costa. Pensaban que estaba demente, como muchos que perdían el juicio por tanta inmensidad, por mecerse al viento sin control alguno sobre sus destinos, tal como aquellas tablas que, de vez en cuando, veían flotando, en los atardeceres del océano.

A los quince años, su vida dio un vuelco impensado. En el puerto de Madeira descansaban los hombres, hablando de las fantásticas aventuras de un galeón en Port Royal y de cómo los ingleses estaban escamoteando cada vez las inmensas fortunas que venían de América. Fue la primera vez que oyó hablar de ese lugar. Pronto, sus oídos estaban llenos de nombres de puertos más allá de esta frontera, de relatos pavorosos y de esperanzas ciegas y estúpidas de un gran tesoro debajo de sus pies. Muchos de los hombres con los que había crecido, creyeron francamente en esas historias y desertaron para unirse a otras tripulaciones con destino a la mítica América.  Quedó solo, con un par de negros congoleses que nadie tomaba en cuenta, una criatura tatuada que nadie sabía de donde había venido, pero era el mejor buceador en toda la costa europea y el viejo Lucifer, que había ganado su mote por gritar, en las noches del escorbuto, el nombre del demonio hasta perder el habla. Sólo ellos y el capitán, que no lograba reponerse de su borrachera, por más evidente que se hacía el lío en el que estaban. Ordenó revisar en cada taberna, en cada garito inmundo y en cada muelle buscando desgraciados que estuvieran tanto o más borrachos que él y subirlos en vilo a la nave. El color paduzco de su piel había sido siempre un signo de su avidez por la bebida y su característica más marcada, cuando se emborrachaba, eran sus órdenes sin ton ni son, como los delirios en su cabeza. Sin embargo, se jactaba de tener la mejor perra suerte de todos los puertos del mundo y debía tener razón, porque con ese revoltillo que llevaba al caos más absoluto, nunca habían zozobrado, pero el destino, esta vez,  estaba a favor de Joaquín. Lo sentía en las cosquillas de su estómago y lo confirmó cuando el capitán, a punta de palabrotas, le puso detrás del timón. No vayas a hacer un estropicio, desgraciado, le susurró con su aliento a vinagre y se marchó a dormir. El capitán bebió y durmió el resto del viaje y fue asi como Joaquín se convirtió en contramaestre.

Por tres años siguió con esta tripulación de caricatura hasta que en las aguas de Cabo de Buena Esperanza el capitán finalmente dejó de existir. El olor a ron rancio de su cuerpo sumado al sopor de la jornada, terminaron por colapsar a todos los hombres. Se produjo una desbandada y el barco fue abandonado. Joaquín se unió a una tripulación que volvía a España y fue entonces que se enteró de los detalles del reino de los incas.

Fue allí donde vendí mi alma al diablo, fraile. Decidí no seguir navegando. Tenía callos tan grandes en las manos y mi piel tan curtida, que parecía carne de caballo reseca por el sol. No quería más drizas ni velas, ni obenques ni cabrestantes, ni nada de esa mierda. No más cuentos de monstruos marinos ni de sirenas que le quitaban a uno las bolas y la lengua. Estaba harto. Decidí hacer fortuna en América, como todos los bastardos que se subían a las naves, hechizados por los lingotes de oro que alucinaban en sus mentes. Decidí viajar en ese barco y aquí estamos.

Lo maté fraile, porque era lo que tenía que hacer. No podía soportar seguir en el mar. Se negó a darme el permiso, amenazó con amarrarme a la cofa, porque no habían buenos tripulantes en esas inmensidades, rezongó y le maté. Lo ahorqué y moriré en la horca, lo sé, pero no podía hacer algo distinto. Tomé su nombre.  Fue fácil. El escriba me debía veinte favores y no le costó nada alterar la bitácora de viaje. Por eso, en el manifiesto, soy otro. ¿Cuántos leen, fraile? Tú me has enseñado y supongo que es algo bueno, pero dime ¿cuántos? ¿Cuál era la maldita diferencia, si la nave la comandaba yo? El hombre era un inútil, un señorito sin aptitudes y yo le maté.

¿Sabes, fraile? no me arrepiento de nada. Voy a ser un Señor. Tendré más oro que todos los bastardos juntos que tripulan todos los barcos de la flota. Ya lo verás. No me mires con esa cara que no me arrepiento y sé que es lo que esperabas. Sígueme contando de los de la Asunción, que eso sí me importa.