Paseos

citro_ivan_bmp

La señora Pepa estuvo en la casa como por tres años, me dice Mary de pronto, como si despertara de un sueño. Ya tiene que haber hervido el agua, ¿quieres un tecito?

En la cocina y mientras preparo las tazas, Mary se acuerda nuevamente de su suegra. La misma que le hizo la vida imposible cuando ella apenas se había casado con Gregorio, la misma que la mandaba a callar al primer chistar y que perdonaba y justificaba todas las borracheras, malos tratos y chanchadas de Gregorio, en ese entonces y a lo largo de su vida, hasta que falleció.

Doña Pepa estaba muy mal, con una diabetes muy avanzada, dice Mary, pero la viejita no se dejaba atender. Era muy orgullosa ella y porfiada. En su departamento con vista al mar tenía la pura escoba. Se estaba quedando ciega y no le decía nada a nadie. La empleada le robaba lo que podía y ella no se daba por enterada. Gregorio fue varias veces de visita “sorpresa” pero no resolvía nada. Le dejaba plata y le cambiaba la empleada, pero aparecía otra peor.

Acá Gregorio echaba los diablos abajo y se rajaba reclamando, pero no podíamos hacer nada, si la señora era tan porfiada. Se rehusaba a ir a ninguna parte, ni al hospital iba la vieja catete. Era un dolor de cabeza constante y yo con las niñitas chicas. Puros problemas.

Después, Gregorio le contrató una enfermera que se hiciera cargo de la pobre vieja, pero resultó peor. La mujer, de alguna forma, se conseguía una cantidad de calmantes y remedios. Cuando fuimos a ver a mi suegra, ¡¡ni hablaba!! estaba totalmente dopada, se le pegaban los labios y no conocía a nadie. La enfermera se hizo la tonta y dijo que un médico le había recetado todas esas leseras. Yo le pedí ver las recetas, tú sabes que Roberto, mi primo es médico, pero no me hizo caso. Que no las tenía, insistió, mientras agarraba a doña Pepa como a una muñeca de trapo, la subía a la cama y le hacía unos masajes, que te mueres. Tan bruta la mujer. Le golpeaba los muslos, según ella para que se reactive la circulación, como quién machaca carne. Mujer de mierda, ¡qué bruta!. Ahí Gregorio se molestó y la echó enseguida. Internó a doña Pepa en una casa de reposo que costaba una fortuna y nos vinimos de vuelta.

Al tiempo después, la Nena llamó,  todavía se hablaban con Gregorio, y avisó que su mamá estaba en muy malas condiciones en la casa de reposo. Partió Gregorio para allá. No sé bien qué pasó, pero al final apareció con doña Pepa aquí en la casa. La pobre vieja estaba flaca, acabada, le habían robado sus joyas y se las habían reemplazado por puras baratijas que ella juraba que eran sus cosas, no veía nada y para colmo no se le entendía  mucho lo que hablaba, porque seguía dopada. Era como una vitrola sin cuerda, bla, bla, bla, como gorgoritos de agua, ¡qué terrible!.

Acá le armamos un cuarto justo aquí al frente, donde yo instalaba a la costurera y Gregorio contrató a tres mujeres para que estuvieran con ella las veinticuatro horas. Eran unas revoltosas. Comían todo el día. Jugaban naipes, veían tele, pero al menos la pobre vieja estaba atendida. Qué manera de gastar en ese tiempo. Yo iba al supermercado dos veces al día, compraba como para un ejército y siempre faltaba. Qué locura.

Una de ellas, la Sonia, tenía una citroneta vieja y un día sacó a pasear a doña Pepa. En ese tiempo se le había pasado el efecto de los calmantes y hablaba clarito. Yo no tenía idea, había ido a la peluquería parece y cuando llegué a la casa no había nadie, ni cuidadora ni suegra. Si Gregorio se enteraba iba a quedar la grande. Y esta mujer no aparecía. Qué terrible. Qué mal lo pasé. Y ya veía que Gregorio llegaba y no encontraba a doña Pepa.

Al final llegaron muertas de la risa, doña Pepa con corte de pelo y tintura y la Sonia bajándola apenas del autito. Me contó que habían ido a dar una vuelta al centro y de repente doña Pepa se acordó de una amiga que vivía por la punta del cerro y allá partieron. Estaba la amiga y estuvieron tomando té. Después, a la vieja de mierda se le antojó pasar a la peluquería y por eso se habían demorado tanto. ¡Qué mal rato!

Al final la vieja, de tantas, falleció en la noche, durmiendo. No sufrió ni nada y las mujeres que la cuidaban se fueron. Nunca más las vi. Eran divertidas. Yo creo que hasta trago le daban a la pobre, a ella le encantaba el pisco sour. Si estaba tan enferma, ¿qué diferencia podría haber?. Al menos murió tranquila.

Anuncios

La Cuñada

Al tiempo que llegó la señora Pepa a vivir a mi casa, empezó a aparecer toda la parentela de Gregorio, sin ningún aviso ni invitación.  A mí no me importaba porque en ese tiempo teníamos empleada y se compraba de todo, todos los días. Habían tres enfermeras, además, cuidando a doña Pepa. La pobre vieja no podía hacer nada por sí sola. Se la repartían en el día a la pobre y la ayudaban en todo.

La que empezó a aparecer bien seguido fue mi cuñada, la hermana de Gregorio. La Nena era muy simpática en ese tiempo, después se puso pesadita, pero Gregorio le hizo tantas chanchadas. ¿ Quieres un café?

Mary parte a la cocina, sin que me dé tiempo de acompañarla. Miro sin mucha curiosidad las fotografías que cuelgan de las paredes, donde salen ellos en sus viajes. Me pregunto cuántas cosas tuvo que aguantar en todo el tiempo que estuvo con su suegra viviendo en la casa. Entonces, Gregorio tomaba bastante y en varias oportunidades la policía le detuvo por manejar con trago. Eso y varias otras cosas más.

La Nena era muy especial entonces, muy coqueta ella, sigue Mary. Como había vivido en la capital por harto tiempo, se creía la muerte. Llegaba acá con unos vestidos que te mueres lo lindos, pero delgaditos, como telas de cebolla, no sé cómo no se moría de frío. Unos abrigos tres cuartos a la última moda, taco alto. Le encantaba andar de taco alto. Usaba siempre taco alto.

En las mañanas, los fines de semana, le fascinaba ir a la caleta de pescadores que hay aquí. En ese tiempo no era como ahora, llena de suciedad y con esos locales por todos lados, donde venden puras leseras. Entonces, era como una playita. Llegaban los botes a cada rato, con la gente cargada con mariscos, carne, pollos, corderos vivos y verduras para vender al lado del muelle o llevar a la feria. Era todo muy bonito y muy limpio. Ahora es un verdadero basural, lleno de gente, roban a cada rato  y no se puede andar. Mucha gente se quedó con la imagen antigua de la caleta. Hasta un pintor se hizo famoso retratando al lugar. Arriba hay un cuadro ¿lo has visto?

A la Nena le fascinaba el marisco y partía tempranito, de punta en blanco, a la caleta. Me decía que le encantaba el olor del mar, pero yo creo que le gustaba que los pescadores le silbaran y le dijeran piropos. Era muy buena moza ella. Llegaba y ya tenía gente que la conocía  y la atendían.  Se largaba a comer mariscos ahí mismo. A veces iba con mi hija mayor, Maryann y llegaban todas chorriadas de limón y jugo de ostras, choritos y quién sabe qué otras leseras, muertas de la risa, cansadas y todas mugrientas. Se quedaban dormidas al tiro y ni tomaban el té con nosotros. La señora Pepa siempre se reía que la Nena era una loca y que así nunca iba a encontrar marido, pasada a cochayuyo y con los zapatos tiesos de arena y caca de caballo, porque se juntaban carretas ahí a descargar los botes de la gente que iba a la feria a vender verduras.

Eran otros tiempos, entonces, ¿sabes? Después que falleció mi suegra, la Nena con Gregorio se distanciaron. Empezaron a pelear por las propiedades y quedó la pura pelotera. Ahora ya ni nos llamamos.

angant00

El Bote

bote

Mary busca entre sus platos un cenicero. Esta disposición de las cosas en su casa del campo, como le llama, la desconcierta. No tuvo nada que ver, por alguna razón inexplicable y falta al respeto, pero ella francamente pasa por alto todo esto y se esmera en encontrar lo que busca.

Cuando lo tiene junto a ella, se da cuenta que hay otro en la ventana. Nos reímos divertidas y poniendo los dos frente a ella, disfrutamos el sol de la tarde, antes que las nietas regresen del agua y sus hijas empiecen a rezongar por los hechos cotidianos.

Conversamos sobre varios temas, saltando de uno al otro, sin orden ni suspenso, para no volver atrás. Mary no quiere volver atrás. Siempre me lo ha dado a entender. Sólo quiere que el día a día sea más sereno, que el tiempo avance lentamente y que pueda disfrutar de los escasos minutos de tranquilidad que puede robar. Por alguna razón sin sentido entramos en un diálogo que no tiene nada que ver con lo que hablábamos al principio, pero no me opongo ni trato de restablecer el tema anterior. Ella es así, divagante y sincera, honesta, graciosa, sin rencores, sin odios,  Mary simplemente.

Gregorio insistía en tener más hijos, pero yo ya estaba tan cansada de todo. Con las niñitas chicas, son cuatro, tú sabes, estaba hasta más arriba de la coronilla y más encima llegó doña Pepa a morir con nosotros. Pobre vieja, la trataron como la mona en la casa de reposo y vino a parar acá. Gregorio la trajo sin consultarme y se armó un despelote en la casa que ni te cuento.

Gregorio insistía. Yo creo que quería tener un hijo, pero estaba bueno de leseo, ya entonces estaba tan cansada de todo. Cuando iba al médico tenía que ir volando. Menos mal que Roberto, mi primo ya se había recibido de doctor y me ayudó a conseguir anticonceptivos. Era una locura. En ese tiempo no era como ahora. ¡Había que pedirle permiso al marido! Ahora las cabras tontas que quedan esperando guagua es porque quieren.

Me dieron unas pastillitas, me acuerdo, tan chiquititas, apenas las veía en la noche. Las tomaba a escondidas, para que Gregorio no se molestara. Venían de colores me acuerdo y yo las metía en un frasco de homeopatía, apurada y escondía el frasco. Si me preguntaba, tenía otro de los mismos y le decía que eran píldoras para el dolor de cabeza.  En ese tiempo me empezaron estas jaquecas horribles. A veces no podía ni moverme y las niñitas saltando encima mío, ¡qué tontera! Te imaginas con otra guagua…

Seguí así un buen tiempo, hasta que una amiga de Maryann, mi hija mayor, pasó unos días en la casa. Le comenté, porque ella estudiaba para matrona y casi se le cayó el pelo. Me dijo ¡tía, tiene que tener la pura escoba con las hormonas!, si cada pastilla tiene un color porque tienen una carga distinta que debe ser para el día específico del ciclo. ¡Vaya a ver un médico al tiro! 

Yo me morí de la risa y la cabra me miró como si estuviera loca. Fueron bien amigas con mi hija. Ahora parece que está en Francia.

El griterío de las nietas la interrumpe. Del mar aparece de pronto un bote a motor. Maryann viene a visitar a su madre, desde el otro lado de la bahía. Siempre le ha gustado hacer esas entradas tan espectaculares. Simpática y risueña, tiene una energía y un ángel únicos. La menos complicada de las hijas, muy, muy parecida a Mary.

Se abrazan. Maryann le deja un pequeño paquete con algunas cosas y se retira como una actriz de cine, saludando a todo el mundo, con una sonrisa de oreja a oreja. Mary sonríe también.

Varios

cosm20ambre20zoom

Cierra la puerta a esta visita que se aleja y Mary francamente se ríe a carcajadas por toda la situación. En su vida se había sentido más ridícula y complicada. Esta nueva novia de su primo, con aires de adolescente y de comentarios tan poco atinados, le había causado una ataque de risa nerviosa que no podía detener.

Nos sentamos en la mesa del comedor de diario y mientras toma una taza de té y se fuma el quinto cigarrillo de la velada, drásticamente cambia el tema y empieza a hablarme de la mamá de Pancho. No quiere que Gregorio se incomode por nuestras risas y no quiere provocar un round, totalmente innecesario a estas alturas de la vida, pero perfectamente posible conociendo el carácter de su marido.

– Cuando la Pestañita venía, llegaba cargada con una cantidad de leseras, dignas de una princesa de cuentos. Maletas tras maletas, cajas de sombreros llenas de cachivaches y por supuesto su necessaire, que pesaba como cinco kilos y que le dejaba doliendo el brazo cada vez que lo cargaba. Era muy divertida. De todo compraba, de todo se abastecía, porque era como una fiebre para ella esto de tener tanta cosa disponible. Cuando el papá de Pancho salía de “gira” como le decían ellos, se paseaban por todo el país, alojando en los mejores hoteles. La Pestañita se volvía loca en la zona franca y compraba como para un ejército. Cuando cruzamos la frontera juntas y nos fuimos a este pueblo de cuentos que queda aquí al lado, ¡¡qué manera de comprar leseras!! Les pedía plata prestada a mis hijas para seguir comprando, porque ya se había quedado corta de fondos. Era muy divertida. ¿ Te conté que enseñaba a mis hijas a fumar? Y se escarbaba los dientes con esos palillitos, para puro molestar y hacer reír a las chicas. ¡Qué bien lo pasábamos!

Siempre la Pestañita se ufanaba que ella tenía mucho de cada cosa. Varios, decía siempre, y llenaba y llenaba su necessaire con leseras, muestras de cosméticos, perfumes, jabones. Tenía una perfumería completa en su bolso y no le daba nada a nadie. Ahí andaba cobrando sus cosas. Pero a mis hijas siempre les regalaba, pero NO de esos que tenía ella, sino que les compraba aparte. Era muy divertida.

Después que falleció, luego de un cáncer atroz que se le alojó en los huesos y no la dejó jamás tranquila. Si imagínate que estuvo con morfina los últimos meses, eran tantos los dolores. Yo me enteré por Pancho, porque Gregorio, para variar, había discutido con ellos y estábamos alejados. Cuando revisaron su dormitorio, encontraron cajas de zapatos nuevos, sin haberlos usado jamás. Jabones en cantidades, que no te imaginas. champú, cosméticos, perfumes. De todo. Siempre decía que tenía varios. Pero esto era una verdadera perfumería. Pobre Pestañita. No pudimos despedirnos.

Mary me mira como si la mirara a ella, y en su corazón siento que se despide de su amiga y confidente, con la única que pudo hablar siempre francamente de su vida y la única, estoy segura, que sabía toda la verdad.

La Casa del Campo

vista al mar

Cada verano, justo después de navidad, Mary empieza a hacerse a la idea de su éxodo a la casa del campo, como le llama. Enclavada en la cima de una pequeña colina, domina una hermosa extensión del mar, interrumpida desconsiderádamente por el centro de cultivo de choritos del que ella se burla abiertamente, sobre todo después que Gregorio ha limpiado el estanque del agua y todas las cañerías con ácido muriático, vertiendo los residuos al mar, produciéndose los vapores más tóxicos que  haya visto en su vida.

Mary debe rápidamente organizar los detalles menores, pero no menos importantes, como  seleccionar y cargar las sábanas, la ropa para Gregorio, objetos de uso diario, como detergentes y lavalozas. Comida no, porque Gregorio compra víveres como para alimentar a un ejército, en una locura indescriptible que le dura días enteros, preocupado que no falte nada, para el séquito que espera le rinda pleitesía allá también.

Todos los afanes de Mary deben ser rápidos y definitivos, cortos y precisos. No hay tiempo para perder, ni siquiera pestañar. Disfruta mucho el espacio al aire libre, el mar, la contemplación, la tranquilidad y la maniobrabilidad de esta casa, infinitamente más pequeña y menos llena de malos recuerdos. La posibilidad de evadirse ciertamente, caminando por la playa, le provoca emociones encontradas. El amplio patio con un prado rigurosamente cortado, le recuerda los parques de su niñez. Añora esta casa, donde todo es nuevo y especial. Podría vivir aquí los últimos días de su vida, pero la jodienda de ir al médico con Gregorio cada tanto, las medicinas, las compras y los eternos problemas con sus hijas le impiden pensar seriamente en esta opción.

Nos levantamos esa mañana, una vez que Pancho y Gregorio han ido a la ciudad a comprar el diario y alguna que otra golosina sólo para ellos y sólo porque ellos piensan que podría hacer falta. Mary me recibe con una sonrisa y todavía en bata, me ofrece café con leche y me invita a que me prepare huevos.

– Usa esa sartén no más, que está rebalsando en aceite de oliva, seguro Gregorio esta mañana se preparó y como es tan exagerado, no sabe medir. Yo mientras tanto voy a pasar un poquito la escoba, pero pónte cómoda no más y copuchemos que estos dos tienen para rato.

Esta propiedad era del suegro de una de mis hijas, y por algún negocio medio raro vino a parar a las manos de Gregorio.  Me gusta mucho la vista y me hubiera gustado que hubiera dejado más árboles, pero como es tan arrebatado, trajo unas máquinas inmensas y estuvieron trabajando como dos semanas, volando todo el cerro para hacer la casa. De arriba se ve más lindo, pero tan porfiado, no quiso construir ahi. En ese tiempo le había dado por tener una flota pesquera y quería que esto fuera un puerto de abastecimiento. Al final, vendió todo, porque le robaban mucho, decía  y se quedó con la pura casa. Es tan lindo todo acá. Yo le digo siempre, podríamos salir a caminar, pero viene y se encierra a mirar televisión a todo volumen, igual que en la casa y no se puede ni conversar. Yo por eso salgo, es tan rico el aroma del mar y escuchar los pájaros. Ahhhh, me quedaría aquí tan tranquila, pero vienen mis hijas con mis nietas y esas cabras chicas son tan ruidosas, que ligerito hay que partir cascando. Ni siesta puedo dormir con las cabritas corriendo para adentro y para afuera. Si no hay un minuto de tranquilidad.

Así se pasa el verano entero, con las cabras chicas mañoseando, los viajes de Gregorio, la rutina de la casa, el perro, porque ahora quiere traer al perro. Es insoportable. ¡No estar en tranquilidad un rato siquiera!. Qué tontera. Mira, ahí vienen llegando. Seguro traen un montón de cosas del supermercado. Tan exagerado este Gregorio.

El Cumpleaños

– Yo doy la vuelta mientras tú compras, para no estacionarme en doble fila- dice Pancho y me bajo en dirección a la florería. Es el cumpleaños de Mary, y lo único que se nos ocurre regalarle es un obsequio que refleja su carácter. Un gesto que no ha visto en años, además; Gregorio jamás le ha regalado un bouquet.

Elijo uno bonito, no muy grande, sencillo, pero elegante. Arreglado con maestría por la florista, se ve maravilloso. -Me lo quedo yo- le digo a Pancho en broma y nos dirigimos a la casa.

Está todo iluminado y nos sorprendemos. Hay varios autos estacionados y nos sorprendemos aún más. Normalmente, el cumpleaños de Mary pasa sin pena ni gloria. Siempre el de mayor pompa es el de Gregorio, con cenas fuera, regalos fastuosos y todo el clan reunido rindiéndole pleitesía. Una corte falsa, fingida, profundamente aburrida y que dura sólo una horas en su pose. El cumpleaños de Mary siempre es más sencillo, más hogareño, más real. Ella tiene algunas amigas de años que se dan cita religiosamente en la casa, llueva o truene. Se conocen desde siempre y saben perfectamente toda la historia.

-¡Felicidades Mary!- nos abrazamos con cariño y con el alma. Este pequeño presente de parte de los dos. Mary lo mira arrobada y no puede dejar de comentar – Oye, que flores más lindas, tanto tiempo que no recibía flores. Una de mis nietas me regaló una rosa , pero están fabulosas, muchas gracias, muchas, muchas gracias. Me encantan las flores.

Nos dirigimos a la mesa y Mary corta generosa un grueso trozo de pastel. Conversamos sobre nada, mientras sus amigas, ya mirando la hora empiezan a emprender la retirada. Ellas han llegado a la hora del té. Como la luz del día, van paulatinamente haciendo abandono de la celebración, así como también lo hacen las hijas de Mary, con un sentimiento de deber cumplido y apuro profundo por seguir con sus vidas, ajenas a esta casa y a todo, en realidad.

Pancho y Gregorio hacen bromas a propósito de un concurso en la televisión, se dirigen al living  y nos quedamos solas con Mary en el amplio comedor. A nuestras espaldas, una dramática y oscura pintura de una gitana con vestido andaluz, nos acompaña. Mary mira el cuadro y me cuenta: La primera vez que fuimos a España a conocer a la parentela de Gregorio, yo no podía creer en las condiciones de miseria que vivían. ¡¡¡Si no había baño!!!. La casa estaba más alto y el primer piso era como un gallinero, guardaban paja y algunas otras cosas que nunca quise saber qué eran, y en la esquina, arriba había un hoyo tapado con unas tablas. Ese era el baño. Caía todo para abajo y de vez en cuando uno de los tíos de Gregorio revolvía con paja y cuando se formaba una ruma, se la llevaba en su carretilla al campo. Yo casi me morí cuando ví eso y las gallinas y conejos entremedio. Esa tarde había guiso y yo no pude comer del asco que tenía. Gregorio me hizo un escándalo y toda su parentela me retó. ¡Son tan histéricos estos españoles!

Me muero de la risa, por toda la situación y casi puedo ver a la pobre Mary haciendo de tripas corazón para salvar su pellejo intacta. ¿ Sabes, Mary? -le digo- Deberías escribir un libro de todo lo que ha sido tu vida. ¡Yo voy a escribir un libro con tu historia!   Escribe no más -dice ella- si nadie me creería tanta lesera que he tenido que pasar.

cumpleanos

El Milagro del Padre Pío

Terminamos de cenar. Levantamos la mesa y servimos lo que queda de la cerveza entre Mary, Pancho y yo. Gregorio no bebe cerveza ni nada de alcohol. Después de haber sido un bebedor irredento, por décadas, ahora ya no prueba una gota. Mary me ha dicho otras veces que fue un milagro concedido por el Padre Pío, aquel que estigmatizado hasta el límite de lo humano, se daba maña para seguir predicando la fe y la esperanza. Por eso Mary cree a ciegas en él. Su vida también ha sido un estigma permanente. Vivir al lado de este hombre, que la ha mandado al hospital no sé cuántas veces por golpizas horrendas y otras tantas, habiendo primado la discreción antes que nada, sólo se ha conformado con llamar un médico a la casa, que la atienda en privado. Mary siempre ha creído que la causa mayor de toda esta violencia es el alcohol. Nosotros ya no sabemos qué creer.

Gregorio estuvo en tratamiento tres veces para dejar de tomar – cuenta Mary-. La primera fue una cosa atroz, yo había vuelto recién a la casa, las niñitas estaban chicas y un doctor checo, que recién había llegado a esta ciudad, se hacía la américa tratando tanto gallo curado que andaba por ahí. Varios amigos de Gregorio se sometieron a la misma cuestioncita. Nunca supe los resultados. Era tan brutal la cosa, ¿sabes? Llegaba el doctor con unas sales y luego, inmediatamente me solicitaba una palangana, para echar ahi lo que estuviera tomando Gregorio en ese tiempo. Había que calentar el alcohol, hasta que hirviera y luego el paciente, después de haber inhalado las sales, tenía que poner su cabeza, cubierta con una toalla y aspirar los vapores del trago. ¿te imaginas? Era espantoso. La casa entera olía a gin hervido y al vómito de Gregorio, que no hacía más que acercar la cabeza, cuando daba vuelta todo el estómago y tú sabes cómo come. ¡Por Dios! Yo le alegaba al doctor, pero como casi no hablaba español o se hacía el que no entendía, era inútil. Por supuesto cobraba una fortuna, de plata si entendía el huevón, no se le podía deber un peso.

Por un tiempo Gregorio anduvo más o menos bien, casi no tomaba o muy poco con las comidas. Era imposible que retuviera el alcohol por mucho rato sin vomitar. Casi no salíamos en ese tiempo, con la lesera del vómito por todos lados. En fin.

Pero después de un tiempo y con el estómago de caballo que tiene, se “reacostumbró” a tomar y ahí nos fuimos para abajo y empezaron a quedar las grandes. En ese tiempo doña Pepa vivía con nosotros, este se amanecía tomando y habían días que no llegaba. La vieja le aguantaba todo y yo no podía alegar nada.

Después, por irse detrás de una querida que tuvo, se le ocurrió ir a la capital a hacerse otro tratamiento. ¡Pretencioso!. Seguro la huevona le ha dicho que estaba gordo, porque estaba soplado como un sapo y él, haciéndose el dije, partió. Estuvo en una clínica privada, como estuvo Frank Sinatra, me decía después el huevón y gastó no te imaginas cuánto. ¿Para qué? Si no le duró nada. Al final a la pobre mujer, le terminó sacando la mugre y la dejó botada acá afuera de la reja, con todas sus cositas regadas en la calle. Pobrecita. Yo llamé a la ambulancia para que se la lleven al hospital. Pobre mujer.

Después creo que se hizo otro tratamiento, creo. No me acuerdo muy bien, porque ese fue mi tercer intento de fuga. Estuve un año fuera.

Al final cuando volví de nuevo, la Betty, mi amiga, me regaló la estampita del Padre Pío y me dijo, Mary ruégale con fe no más, si es milagroso, vieras tú. Además, si hay alguien que necesita un milagro en este pueblo, esa eres tú. Nadie se explica cómo lo aguanto, pero ¿sabes? Gregorio es bueno, si el problema que tiene es el trago y ese genio, tan arrebatado. Dile a Pancho que te cuente, si han peleado no sé cuántas veces.

Mary no sabe que Gregorio recibió un ultimátum de las hijas y de su nieto mayor, el único varón de la familia, que se negaba a seguir viendo el estado lamentable en que andaba y a justificar las golpizas que le daba a Mary. Además, ya Gregorio estaba fichado por la policía y trataba por todos los medios de escapar de ir a parar a la cárcel. Incluso hasta donaciones ofreció, pero la policía fue implacable. Lo único que querían era ponerlo tras las rejas. Era aceptar el milagro del Padre o hundirse más aún. Gregorio no es ningún tonto, me ha repetido Pancho hasta el cansancio. Creo que tiene razón. Pero es romántico para Mary concluir que su devoción salvó su familia, y que ahora, al menos, descansa de las indignidades del alcohol. Un problema menos dirá, mientras lavamos la loza rapidamente, porque no debemos olvidar la pastilla para el viejito, justo a las 10:20.

padre-pio