Remolinos

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Haber seguido siendo el que era , había sido de las decisiones más difíciles de su vida. Haber seguido viviendo en función de miles de fantasmas que moraban la casa, había sido de todo lo más complicado. Pero las cosas pueden cambiar, escuchaba de una voz. La vida inevitablemente te toma, te alcanza.  Hay más allá que todo eso, decía esa criatura pequeña , inusual, valiente, que había viajado desde el otro lado del mar, sólo para poder tocarle. Él le miraba arrobado y sólo podían fundirse en un abrazo.

Violentamente el joven regresa de su ensoñación, una ventisca de nieve golpea con furia su parabrisas. Los blancos copos se vuelven amenazadores y cubren su visión. Escucha aún la voz susurrándole hermosas palabras en un idioma que siempre relacionará con el amor.

Corre perdido en la autopista, tratando de alcanzar a llegar a la reunión. Va atrasado. Odia ser impuntual. Piensa, en el camino, en los planos que tiene que entregar, y que aún no ha terminado, en la lista del supermercado, en los detalles de la reunión y en aquella gotera molestosa que sale de la llave de la ducha que no ha podido corregir como quisiera. Piensa en su empresa, levantada con sangre, sudor y lágrimas, trabajando sin descanso, más allá de lo aceptable. Odia estar en tranquilidad, tener un día flojo. Los pensamientos, las recriminaciones, los planes inconclusos y su misma levedad le juegan malas pasadas y por eso se mantiene siempre ocupado, asi en las noches duerme como piedra y no sueña con lo que sabe jamás podrá ser. Porque así lo ha decidido y sus decisiones son inapelables y definitivas, aunque literalmente se le parta el corazón.

Por algunos segundos no repara en el carril de la derecha, dos Porsche vienen haciendo carreras desde hace rato y no dejan a nadie conducir en tranquilidad. Sigue nevando. Sigue pensando en su larga lista de deberes y no repara en el gigantesco camión que atraviesa su cola por la pista.

En la cama blanca de  la pieza iluminada, abre sus ojos. Ha soñado con el lago, los perros y los botes. La aguas azules y diáfanas, el día soleado, pero con aquella brisa suave que benévolamente le protegía. Avanza el bote en el lago, escucha el suave golpeteo de los remos y mira con emoción a aquella que está frente a él. Por un minuto parece tocarla, por un instante nada más. Se borra la imagen y siente un dolor penetrante en sus extremidades. Intenta mover su cabeza afiebrada. La enfermera le acerca el vaso con agua y la medicina. El médico le indicará, fríamente, su situación. Tres costillas quebradas, las dos piernas fracturadas y varios golpes y hematomas de diversa gravedad. Como una lista de supermercado, aquella que olvidó por completo ahora, se imagina la lista de sus dolencias, calcula los días que permanecerá internado y por un segundo nada más, respira aliviado.

¿Vale la pena? ¿Perseguir este conejo esquivo que se aleja cada vez más? Intenta olvidar estas frases, eliminar estas sentencias de su memoria, pero se le aparecen una y otra vez. Quiere dormir, quiere escapar, quiere moverse y sólo viene esa voz suave a su cabeza, diciéndole que lo esencial es invisible a los ojos y que la felicidad está justo ahí, entre ellos. Las fotografías de su corazón aparecen por todas partes en una vorágine absurda y confusa que se niega a desaparecer, que le perturba, pero no sabe si son las medicinas y su estado o es la vida que le hace dar esta vuelta que no ha pedido, para amargarlo y mostrarle de lo que pudo haber sido y no fue, por su propia decisión.

Escribe como puede pequeñas notas a los que ama. Espera salir de este lugar lo más pronto posible. Piensa nuevamente en esos días junto al lago, cuando se levantaba el viento que venía de las montañas y se formaban remolinos en la  tierra, le parecían tan atrayentes, como si fueran parte de su propia naturaleza. Ahora está en medio de ellos.

La vida y el dolor son maestros, escucha nuevamente de la voz que viene de su pasado. Espera poder aprender.

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La Mujer de Colonia

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Margarite Gerda Ethel Müller llegó a esta tierra, a bordo de un barco sin nombre en su idioma y no figuró jamás en ningún registro; ni de salida de su natal Colonia ni de entrada a esta bahía putrefacta y sinuosa conocida como Cuatro Diablos en la lengua de los aborígenes, seres tratados como leprosos y mendigos, en un abuso constante y sostenido que sorprendió y asqueó a todos los pasajeros de la nave en la que arribó. Habían llegado envueltos en sus ensoñaciones, perdidos en el tiempo y el espacio, por culpa de este viaje interminable que les había templado su valor hasta más allá de lo posible. Margarite había visto morir niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos durante la travesía y había tenido que cubrir sus caras con paños empapados en formol, para que los sufrimientos del escorbuto no traspasaran los oídos de los que aún permanecían sanos, haciendo sus sueños presa para siempre de estos quejidos de ultratumba.

El agua escaseó desde el principio del viaje y con el rostro lívido y blanca como un fantasma, exánime y hedionda a sudor ajeno y encierro, bajó del barco, junto con su familia, a este barrial inmundo en el final de la Tierra. Tan lejos de su patria se encontraban, pero era esto o morir. Su padre nunca se percató que la ley de colonización privilegiaba sólo a los hombres y a los niños. Las mujeres no contaban, ni en los repartos de bienes y tierras, ni en los manifiestos de la compañía naviera, donde eran anotadas minuciosamente las pertenencias, pero no las componentes de la familia. Sólo el nombre del patriarca aparecerá en los registros, casado y con tres hijas, de las que no se hallará más huella. Con el tiempo y los sucesos de la vida, su recuerdo se perderá de la memoria colectiva de la familia hasta que gracias al sueño recurrente de otra mujer, muchos años después, se podrá dar con él.

Partieron en otro viaje de locura, apenas llegaron,  montados en carretas tiradas por bueyes, por los caminos oscuros y cenagosos de este país. Decía el padre que así harían fortuna. Todas ellas contaban con conocimientos de enfermería, que de poco habían servido en su pueblo de origen. Sin la conexión indicada, se terminaba trabajando por dos marcos en un hospicio, curando a los moribundos de las peores pestes que asolaban Europa, para, al final, contagiarse e ir a parar a una tumba sin nombre. Todos juntos en un revoltijo de huesos y almas, que seguramente no conducía a ninguna parte.

En mitad de la travesía, hicieron alto en un pueblucho perdido, detrás de una cañada, atravesada por un río correntoso y cuyas aguas hicieron enmudecer a las jovencitas, que no habían visto tanta profundidad desde que se subieron al barco. Un primo lejano del padre hacía dinero en estas latitudes y era la parada obligatoria, por si alguno de los hijos del pariente decidía desposarse con una de ellas.

Entraron como atracciones de feria, por el camino polvoriento y angosto. Siguieron más allá del pueblo por otros cuarenta kilómetros, hasta bien entrada la noche, cuando avistaron pequeñas luces y escucharon los ladridos de lo que parecía una gran jauría. Fueron recibidas fríamente, sin intercambio de palabras. Simplemente un lugar para dormir, agua para su aseo personal y buenas noches. La mañana siguiente, el desayuno fue motivo de lágrimas y recuerdos de la patria lejana. Espléndidos kuchenes y panes hechos por los dueños de casa, prueba irrefutable que todo era posible, incluso en estas soledades.  Simplemente había que trabajar para ello, mañana, tarde y noche, como sólo el pueblo alemán era capaz de hacerlo.

Franz Gebauer les miró con interés y consultó cuál de ellas era la mayor. Margarite se puso de pié y recitó su nombre y su edad, tal como su padre le había instruido, generando un revuelo en la mesa, donde otros tres jóvenes compartían con la familia. Franz le miró nuevamente y guardó silencio. Nadie consultó nada más y siguieron hablando sólo los mayores. Para la tarde,  Margarite ya estaba prometida en matrimonio, sin haber intercambiado una sílaba con el pomposo pretendiente, que había ofrecido dos vaquillas y tres quintales de trigo para celebrar la unión lo más pronto posible.

Margarite tuvo entonces una conversación con su madre, acerca de los deberes de las esposas y de cómo someterse a los deseos del marido sin chistar. De la importancia de procrear tantos hijos como Dios le enviara, conservar su idioma a toda costa y trabajar como bruta para acrecentar la hacienda familiar. No se concebía el amor como un sentimiento romántico, sino práctico. El mero referente a la procreación hizo que Margarite temblara a la vista futura de ser poseída por este Franz gigante, de manos coloradas de lechero, llenas de grietas y pliegues, con sus labios escasos y sus pelos amarillos, que olía a jabón de lejía por todas partes. Sufrió una fiebre repentina y todos pensaron que el fantasma del escorbuto se había alojado en ella y aparecía justo ahora. Paños fríos y jugos de limón le hicieron reblandecer su estómago, sus huesos y su conciencia pero no fueron suficientes para curar este violento ataque de negación contra la realidad aplastante que le esperaba. Miraba a Franz desde la ventana de su lecho de enferma y le repugnaba su sola imagen. Sus padres se mostraron inflexibles y decididos. Ella comprendió que no era posible ninguna razón y armándose de valor alimentado por su miedo, decidió ser proscrita de su familia antes que esclava de este sujeto cruel y con el mismo carisma de un buey.

Escapó la noche antes de la celebración del matrimonio. Armó un atadito con sus pertenencias y corrió por el camino. Su vida dependía de ello. Podía sentir los pasos de los mastines, ver las caras de sus padres condenándola, pero nada le importó. Alcanzó de pronto una pequeña caravana. María Isabel Rubilar le consultó de dónde era, en un correcto alemán. Margarite se apuró en contar su historia, pero su acento del sur era tan marcado y su excitación tan viva que María Isabel no entendió nada más que esta pobre mujer estaba aterrada y que alguien debía ayudarle. La llevó al internado, donde trabajaba. Las monjas suizas lograron calmarle y finalmente, comprender su historia. Con profunda piedad, le dieron alojo en la Comunidad y pronto Margarite consiguió un puesto en el pequeño hospital.

Ambas mujeres se hicieron amigas, cómplices en esta fatalidad, mientras la primera epidemia de tos convulsiva hacía su aparición. Margarite curó a nacionales, aborígenes, alemanes y cuanto ser viviente llegó, trabajando sin descanso. Temía ser reconocida y usaba la cofia de rigor bien pegada a su frente. No fue suficiente, sin embargo, para evitar que Alamiro Del Palmar, primo hermano de Constantino, le echara el ojo un buen día y a fuerza de insistencia, mucha mímica y un encanto innato, la hiciera su mujer. Este chileno bruto, pero simpático, había conquistado su corazón. Tres hijos vendrían al mundo. Dos epidemias más de tos convulsiva atacarían al poblado. Margarite no pudo sobrevivir la última. Dejó a sus hijos abandonados y se llevó el secreto de María Isabel consigo. El recuerdo moró perdido entre las telas de un ropero, hasta que fue encontrado en un sueño y por accidente, ochenta años después.

Nunca fuimos

Ella se acomoda en el sofá y disfruta del penetrante sabor de su trago. Se miran como siempre y ríen de la vida pasada, sin poder parar. Se pierden en historias infinitas, como infinitas han sido sus vidas, desde el día que se conocieron. Divergen, sin embargo en cuándo fue ese primer día. Ella insiste en cuando se conocieron en el río, pero francamente él no tiene memoria de ese tiempo. Él insiste que fue aquella noche de copas, cuando, producto de la efervescencia y la fiebre que les recorría por entero, se fueron juntos, recorriendo el pueblo en mitad de la noche hasta encontrar un lugar donde amarse. Hacía frío, recuerda él. Estabas borracho, acota ella. Ambos ríen y es como si de pronto, se hubieran trasladado a ese momento.

¿Seguimos siendo los mismos? consulta ella intrigada. Este sentimiento pegajoso y dulce hace presa de sí, una vez más, en una regularidad que se niega a abandonarle. Nunca hemos sido mejores que ahora, aboga él, presintiendo la avalancha de preguntas y cuestionamientos en los que siempre acaban por tocar este tema. Él sólo quisiera tocarla, como aquella vez, descubrir su piel a la tenue luz y entibiar sus manos entre sus concavidades, como entonces. Se miran y ya saben qué es lo siguiente.

Entre abrazos perdidos, oliéndose como siempre, recreando la hermandad única que les caracteriza, él formulará la razón y motivo fundamental de su existir. Nunca fuimos nada más que esto. Nunca insistimos en nada ni demandamos nada. Sólo somos. Y aquí estamos. Este espacio es sólo nuestro, en un tiempo finito determinado por nosotros. Eso somos, nunca fuimos ni más ni menos que ahora.

Se abrazan nuevamente. Un escalofrío recorre sus espaldas. Se besan como lo han hecho desde aquella noche de invierno, donde, venciendo la escarcha, se amaron. Encontraron el calor que esperaban y ha permanecido siempre ahí. Ríen como entonces, se miran como entonces y por un minuto mágico no hay más que sólo ellos.

Esteban Santa María

Gran Tienda Aquitania, le ha sonado siempre como un nombre a recordar. De más allá de este pueblucho olvidado se acercan tímidos los lugareños a preguntar por cortes de tela de diferentes tipos y clases. Desde osnaburgos hasta sedas. De todo hay. De todo se vende. Las grandes piezas se apilan en la pared de madera oscura, dispuesta especialmente para ello, donde se mezclan los colores, como en un popurrí surrelista.

Esteban había visto a su Europa original modificada en su esencia por todos los cambios drásticos y extremos que se han suscitado en este loco siglo diecinueve que comienza. Hubiera querido que todo haya permanecido igual, pero era inexorable este sino. Se decidió a viajar hasta este confín, donde ahora es respetado y escuchado, es parte de la comunidad entera y puede mandar a todos al demonio, si le place, porque puede y porque es un don.

La tienda ha ido lentamente dando frutos, como lento ha ido avanzando este pueblo perdido en mitad de la nada, en este país extraño, misceláneo y complejo, donde el que más se esfuerza termina sin nada y el que más arteramente procede llega al final de la partida. Es como ese juego extraño y enredado en el que participó en aquel puerto lejano, al final del globo, donde llegó, como primera parada de su viaje, apostando lo que no tenía y llenándose las manos con el dinero de aquellos que cazaban indios patagones o zorros por igual  suma y se divertían mostrando sus pelos pegados a sus rifles.

Por una partida de truco, como se enteró Esteban se llamaba el famoso juego, arribó a este pueblo abandonado, con la carga de telas que pertenecían a otro hombre, que se tomaba la cabeza a dos manos porque no era posible que este desarrapado le hubiese quitado el fruto de su inversión por saber blufear mejor que él.

Avanzó el joven español, en un viaje de antología, por bosques infinitos, hasta llegar al pueblo de sus sueños, con el río verdoso y eterno, a su frente la cañada y el antiguo fuerte español justo ante sus ojos. Había visto esta premonición mientras dormía y no se atrevió a tentar al destino, dejando la carga en algún otro lado, o simplemente rematándola al mejor postor.

Siempre habían sido comerciantes en su familia, por lo que no le iba a costar gran trabajo establecer un negocio. Pero su naturaleza transhumante le gritaba que no debía permanecer por largo tiempo en este lugar. Esto de las telas era nuevo para él, pero mientras iba viajando, iba inspeccionando cada corte, cada tipo y de alguna manera mágica iba entendiendo el valor, la constitución y el alma de cada una de ellas.  Así como los campesinos se comunicaban con sus bestias, él llegó a comunicarse con sus telas. La necesidad tiene cara de hereje, repetía, mientras examinaba cada pieza y parecía que la pieza le entendía y le aceptaba plenamente.

Atravesó el puentecito patético que juró reconstruir algún día, porque el pánico macabro de su cruce le provocó un pavor que jamás logró superar, y se instaló en el Hotel Unión. Qué nombre más pomposo para una posadita de campo, miserable y exigua, pensó en cuanto entró, pero cambió su idea rápidamente cuando Eugenia, la hija de los dueños, le ofreció algo de beber. Atrás había quedado su esposa y sus tres hijos, perdidos en la gran ciudad de su tierra natal. Con estas comunicaciones tan rudimentarias no había sabido de ellos en meses,  que luego se transformarían en años. La vista del lugar le pareció perfecta, la vista de Eugenia mucho más. Cuando se entrevistó con don Alfonso, el recién electo regidor y le consultó por la posibilidad de un arriendo decente para establecer su comercio, se asombró de lo bien que fue tratado, a todas luces un caballero, dijo el hombre, cuando terminó de servirse el tercer vino y le indicó lugares, nombres, valores y todo lo necesario para poder triunfar ampliamente. Por supuesto estaba cordialmente invitado a quedarse en el Hotel por el tiempo que estimase pertinente y él tomó este ofrecimiento al pié de la letra. Al cabo de tres meses de juergas ininterrumpidas, mientras lograba poner en marcha su tienda, se enteró de las conexiones de poder en el pueblo, de cómo había funcionado esta historia desde el principio de los tiempos y de la fantástica cantidad de posibilidades que  habían en este río revuelto constantemente por las pasiones, las mezquindades y la naturaleza humana.

Le agradaba profundamente la vista de su negocio, en aquella casa gigantesca que rentó por casi nada, aunque tuvo que invertir buenos pesos para reparar los pisos, que estaban hechos una miseria, pero la madera de calidad abundaba en este lugar y su fama de gentil caballero, que le causaba tanta gracia como las reverencias que le hacían las putas en el bulín de don Nicanor, de donde se convirtió rápidamente en cliente distinguido. Ellas juraban que él iba a malgastar su dinero pagándoles por sus favores, pero, no, señor, él no pagaba por placeres que un hombre puede obtener de gratis. Le costaba trabajo entender cómo esta manga de campesinos brutos eran capaces de gastarse fortunas con estas mujeres que les extraían hasta la médula.

Esteban se ganó un lugar de prestigio rápidamente y era consultado sobre diferentes asuntos en el pueblo. Era testigo presencial también de los acontecimientos y trataba de adelantarse a los hechos. Sabía que su buena suerte en el truco no podía ser eterna, sin embargo, se hacía buen amigo de sus escasos amigos y mantenía muy buenas relaciones con todos. Mostraba su particular sentido del humor en fiestas y reuniones, contaba chistes de grueso calibre en la casa de Nicanor y se daba por convidado a la reunión del Círculo Español que se celebraba cada tres meses en la capital de la provincia, donde todos los dones ibéricos se quitaban sus máscaras, asumían sus humildes orígenes, tomaban vino en botas, hacían palmas con el flamenco, escupían en el suelo, comían todos del mismo perol con guiso de conejo y se morían de la risa de ser considerados ciudadanos íntegros en esta sociedad tan torcida y falsa, que ellos habían inventado, en los albores de los tiempos de la conquista.  Eran muchos como ellos, de distintas nacionalidades, quienes entraban por las ventanas de este país y a la vuelta de los años, eran considerados aristócratas y señores. Esteban se deleitaba de todo ello, sentía que era su oportunidad de tener el éxito con el que jamás se iba a topar en su tierra. Se recordaba de su mujer y sus hijos y en cuanto tuvo ganancias, les mandaba dinero mensualmente. Nunca recibió una nota de vuelta.

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La Señorita

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Después de haberse jugado más de la mitad de su plata en la brisca, Constantino se rasca la cabeza y se acomoda su sombrero por tercera vez. Apura su trago, echa atrás la silla y trastabillando abandona el lugar. P’tas que soy huevón, se repite a cada paso y hasta llegar a su caballo. Es casi la hora de la primera misa y se detiene en la esquina de lo que el  regidor planea va a ser la nueva plaza del pueblo, justo al frente de la Gran Tienda Aquitania. ¡Qué nombre tan marica! pensaba mientras intentaba despejar su cabeza con el aire frío de la mañana. Escupe sin tino ni vergüenza y justo en el minuto que repara en su propia mala educación, la señorita del internado se planta al frente de él, como una aparición. Vestida con su abrigo color ocre, que no se quita ni a sol ni a sombra, muestra su cuello largo y delgado, su cutis blanco, sus mejillas rosadas por el aire de la mañana y su ojos de un miel indefinido, casi verdes, casi grises, casi me voy al carajo si no le hablo ahora.

Constantino, alentado por su borrachera, se acerca a ella y le ofrece una reverencia fingida. Ella le ubica perfectamente, como todos en el pueblo. No es fácil olvidar su vozarrón y sus espaldas gigantes. Sus botas mugrientas y sus cabellos siempre revueltos junto con el inconfundible aroma de su cigarro. -Buenos días-  dice ella, tratando de esquivarle, y por segundos comparten el mismo espacio y sus aromas se confunden. -Buenos días, señorita- contesta Constantino y la deja pasar, porque siente en sus oídos, en su pecho y en la cuadra entera el latido desbocado de su corazón.

Ella se voltea y le consulta, con la sonrisa más encantadora que la nublada mente de Constantino puede recordar.  -¿ Cuándo va a inscribir a sus hijas en el colegio? Estamos por empezar el segundo semestre, sería bueno que pudieran acompañarnos- . Se retira finalmente y él se queda cabizbajo, profundamente obnubilado, hasta que el ruido de sus tripas le despierta del encanto, junto con el relinche de su manco, que le apura por volver al hogar.

En el camino y mientras le va cambiando el semblante y el humor, piensa en la señorita. La imagina como Amelia, la puta preferida por todos los patrones, que se muestra generosa con sus carnes al aire, sus caderas grandes, apoteósicas. Esa es hembra, mierda, piensa mientras intenta juntar la imagen de las dos mujeres en una sola. La imagina en su casa, cubierta por el camisón sin vida de su esposa muerta y se imagina montándola despacio, para verle la cara en la luz de la mañana. Se imagina tantas cosas que no repara que viene Esteban Santa María, cabalgando, con sus carretas llenas de mercancías, telas en su mayoría, para su Gran Tienda Aquitania.

-Buenos días- le saluda Esteban, con su voz ronca por el cigarrillo. La inconfundible estela azul que escapa de su boca, el delgado cilindro prendido mañana, tarde y  noche, como si fuera el mismo y no tuviera fin y su pegajoso acento español.  -¿Vamos de vuelta o venimos de entrada?- consulta intruso e intrigante, pero este español común tiene la particularidad de congraciarse con todo el mundo, tiene una forma tan singular, que incluso entre los dones de más poder, él se da el lujo de ser impertinente, desmedido y grosero, con una gracia tan única que es el invitado recurrente de todas las veladas y finalmente el personaje más agradable de todo el poblado. 

-Me voy a mi casa- contesta complicado. No le gusta mucho conversar con Esteban. No imagina lo útil, discreto y buen amigo que puede llegar a ser. Eso lo sabrá más adelante. -¡Buena farra!- dice el español como despedida y le deja pasar, para tomar el camino por lo ancho con su caravana.

Lindana le espera con la palangana llena de agua helada, el pan recién horneado y los huevos fritos con manteca, como le gustan, pero nota en su semblante algo distinto. Una agridez mezclada con ensoñaciones. ¿Estás enamorado de alguna de esas putas? le consulta desatinada, y Constantino la sorprende con la respuesta y la tranquila actitud. Es tiempo que la cabras vayan al colegio. Anda al pueblo mañana temprano y pregúntales a las monjas qué mierda necesitan. Pregunta si hay alguna rebaja porque son cinco o mejor no preguntes leseras. ¡La jodienda, carajo!. Encarga todo lo de vestir donde el español de la tienda con el nombre maricón y no me preguntes ni una huevada más. Me duele la cabeza, voy a dormir ahora hasta las doce. Que no me moleste nadie o le vuelo los sesos de un tiro… Y si preguntan quién va a ser el apoderado, diles que seré yo.

Varios

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Cierra la puerta a esta visita que se aleja y Mary francamente se ríe a carcajadas por toda la situación. En su vida se había sentido más ridícula y complicada. Esta nueva novia de su primo, con aires de adolescente y de comentarios tan poco atinados, le había causado una ataque de risa nerviosa que no podía detener.

Nos sentamos en la mesa del comedor de diario y mientras toma una taza de té y se fuma el quinto cigarrillo de la velada, drásticamente cambia el tema y empieza a hablarme de la mamá de Pancho. No quiere que Gregorio se incomode por nuestras risas y no quiere provocar un round, totalmente innecesario a estas alturas de la vida, pero perfectamente posible conociendo el carácter de su marido.

– Cuando la Pestañita venía, llegaba cargada con una cantidad de leseras, dignas de una princesa de cuentos. Maletas tras maletas, cajas de sombreros llenas de cachivaches y por supuesto su necessaire, que pesaba como cinco kilos y que le dejaba doliendo el brazo cada vez que lo cargaba. Era muy divertida. De todo compraba, de todo se abastecía, porque era como una fiebre para ella esto de tener tanta cosa disponible. Cuando el papá de Pancho salía de “gira” como le decían ellos, se paseaban por todo el país, alojando en los mejores hoteles. La Pestañita se volvía loca en la zona franca y compraba como para un ejército. Cuando cruzamos la frontera juntas y nos fuimos a este pueblo de cuentos que queda aquí al lado, ¡¡qué manera de comprar leseras!! Les pedía plata prestada a mis hijas para seguir comprando, porque ya se había quedado corta de fondos. Era muy divertida. ¿ Te conté que enseñaba a mis hijas a fumar? Y se escarbaba los dientes con esos palillitos, para puro molestar y hacer reír a las chicas. ¡Qué bien lo pasábamos!

Siempre la Pestañita se ufanaba que ella tenía mucho de cada cosa. Varios, decía siempre, y llenaba y llenaba su necessaire con leseras, muestras de cosméticos, perfumes, jabones. Tenía una perfumería completa en su bolso y no le daba nada a nadie. Ahí andaba cobrando sus cosas. Pero a mis hijas siempre les regalaba, pero NO de esos que tenía ella, sino que les compraba aparte. Era muy divertida.

Después que falleció, luego de un cáncer atroz que se le alojó en los huesos y no la dejó jamás tranquila. Si imagínate que estuvo con morfina los últimos meses, eran tantos los dolores. Yo me enteré por Pancho, porque Gregorio, para variar, había discutido con ellos y estábamos alejados. Cuando revisaron su dormitorio, encontraron cajas de zapatos nuevos, sin haberlos usado jamás. Jabones en cantidades, que no te imaginas. champú, cosméticos, perfumes. De todo. Siempre decía que tenía varios. Pero esto era una verdadera perfumería. Pobre Pestañita. No pudimos despedirnos.

Mary me mira como si la mirara a ella, y en su corazón siento que se despide de su amiga y confidente, con la única que pudo hablar siempre francamente de su vida y la única, estoy segura, que sabía toda la verdad.

Constantino

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– Constantino Del Palmar, tanto gusto –  decía, haciendo la reverencia de rigor y procediendo a ubicar su sombrero de paja  de vuelta en la cabeza. Alto y fornido, espaldas anchas, manos grandes y callosas, barbas rojas y cabellos crespos que urgía de poner en su lugar. Lo llevaba siempre corto y mojado por la misma razón y le molestaba sobremanera que no hubiera agua fresca en la palangana de loza donde hacía su aseo personal. Tomaba el desayuno típico del campo, con huevos y pan fresco. El negro café recién molido le daba un aire misterioso a su semblante, cuando lo sorbía de a poco de su taza de aluminio.

La mujer que le había servido de esposa estaba hace dos años enterrada en el cementerio familiar, que daba a ninguna parte en particular, porque los muertos, muertos estaban. Había fallecido, mala cosa, dando a luz al décimo tercer hijo de la familia, que como varios de los anteriores no llegó a ver su segundo día. ¡Qué desgracia! pensaba cada vez que lo recordaba, porque le habían sobrevivido las puras hijas, que de poco y nada servían en las labores campesinas. Tienes que buscarte otra esposa, clamaba su hermana Lindana, cada vez que lo veía con la cara desencajada, rumiando su desventura, hablando solo, como un demente. Seguro era la falta de mujer, declaraba ella, pero Constantino la mandaba a callar a punta de garabatos y salía como una tromba, arrastrando la silla a su paso y cuanto estuviera por delante.

Montaba su alazán, su orgullo, su mejor amigo, el que le esperaba manso y fiel afuera de la casa de putas que frecuentaba con regularidad, aún en tiempos cuando la occisa estaba presente, porque hay mujeres para la casa y las otras están en los bulines, se reía malicioso entre sus peones, con los que compartía más tiempo que con sus hijas.   Era lo único que sabía, la única forma conocida de vida que tenía,  aunque su padre le había advertido tantas veces, no confíes en los cholos, son traicioneros y cobardes, te miran con respeto, pero a la vuelta de la esquina, si te pillan mal parado, te cagan. Por eso Constantino los mantenía a raya, pero a veces se le pasaba la mano y se desordenaba tomando con ellos la chicha de las pipas gigantes que eran de su padre, en las tardes, después de la trilla. Luego se arrepentía y los mandaba a todos al demonio. Agarraba los quintales de trigo recién cosechados y partía como un demente a venderlos al pueblo. No le importaba que el precio estuviera bajo, o que el camino estuviera como las reverendas, era no verles sus caras reclamando, lo que más le importaba evitar.

Cruzaban el puente sobre el río antes del mediodía. Veinte yuntas de bueyes juntaba, todas cargadas más allá de lo sensato. No le importaba, pero cuando empezaba a importarle era en la pagada del peaje por sobrepeso, que se le cobraba a cada agricultor, lloviera o tronase. – Dos pesos con cincuenta – decía monótono el hombrecito sin dientes que estaba al borde del puente que amenazaba con desplomarse. – No hay rebajas y no cobro a la vuelta – era todo su diálogo y Constantino se mordía la lengua, la tráquea, el esófago hasta llegar al estómago para no cantarle una sarta de elevadas que lo hubieran obligado a tener que cruzar quince kilómetros más allá, perdiendo todo el frescor de la mañana.  Pagaba de malas ganas, cruzaban en filas y con sumo cuidado, mientras él acariciaba a su manco, y le hablaba quedo para que no tuviera miedo, porque si pasaban las carretas ellos ya estaban al otro lado.

Vendía, almorzaba y se iban. En el camino le hablaban los carreteros de las cosas de la vida y de los viajes, pero los mandaba a callar ligerito. Se encontraba con otros patrones como él que le dejaban más que invitado a bailes y cenas, pero rehúsaba de asistir. Eso de llegar bien vestido, oliendo a jabón gringo como los maricas y con una botella de vino fino bajo el brazo y la otra escondida en sus alforjas por si acaso, era francamente una falta de seso y un gastadero innecesario. Si tomar chichita era lo mismo, al final uno igual se cura como rana. Si el señor y el rajadiablos, a la hora de las copas, beben en la misma mesa. Darle plata a los franceses de la pulpería era una reverenda tontera. Gastando en zapatos finos, cuando las botas que hace el indio Miguel son harto wenas y durables. ¡Qué lesera! Mandar a las cabras a la escuela, como dicen las monjitas, es una pura pérdida de tiempo, además de los pesos que  hay pagar por el internado. Yo me parto el lomo trabajando, me saco los riñones arriba del caballo, la chauchas ya no valen nada  y una mujer que sepa leer, ¿qué beneficio trae? Puras leseras de los alemanes se les han metido en la cabeza, qué gente tan huevona, carajo.

Constantino nunca lo admite, pero mira de reojo a la señorita del internado. Le gusta verla caminar por la vereda polvorienta, pero no sabe qué decirle, no sabe cómo hablarle, acostumbrado a las bestias y los peones, acostumbrado a escatimar al grado summo, como un miserable, sin que gaste un cinco en nada que no sea de utilidad y en sus vicios. – Compañero – lo interrumpe un hombre en la calle – compañero, ¿tiene un fósforo? -¡¡Compañeros son los bueyes en el yugo, huevón!!. No me diga compañero que no estoy enyuntado con usted y aquí tiene el cerillo, pero espéreme un poquito que yo también prendo un cigarro con la misma mecha.