Mambo

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Johnny Pedro Mauricio era su nombre completo, pero todos le llamaban Mambo, por una historia absurda producto de la borrachera del minuto y de la gracia que se desprende de la chaladura del alcohol.

De proporciones épicas y poco agraciadas. Un vientre prominente y gigantesco, digno de ventosidades atómicas y que apestaban por horas. De cabeza regular y facciones comunes y corrientes, manos gordas, pero de dedos alargados. Muchos decían que era como un monigote de plasticina hecho por algún párvulo de malas ganas.

Sus grandes zancadas le antecedían y la vibración de su peso cimbraba cualquier establecimiento, casa, parroquia o quinta de recreo. Su risa franca y saludable, le hacía lagrimear sus ojos mansos y se veía el confín de su alma, sencilla y pulcra.

Enamorado del amor; su corazón se debía a una sola mujer, aquella de rizos rubios y ojos soñadores que alguna vez se le entregó con pasión y locura, en su etapa escolar, entendiendo rápido que Mambo no iba a llegar muy lejos, de seguir por el camino que iba.

En ese tiempo, todos los que le frecuentaban reconocían que esa mujer había destruido sus sueños más preciados y que le había convertido en esta bestia gigante y posesa que sólo pensaba en cazar, beber hasta perder la conciencia  y, de vez en cuando, producir algún dinero en la faena forestal.

Pronto descubrió que este negocio le iba y que la brutalidad del medio le iba también. La maquiavélica actividad de arrancar de cuajo un árbol indefenso, de un lugar perdido en mitad de la nada, donde todo era diáfano y puro y extender el ruido de sus tractores, estirar los largos tramos de cadenas y el sonido pertubador de las motosierras haciendo su trabajo con precisión de relojero, siniestras, amenazadoras, pero efectivas. Luego, luchar contra los elementos, arrastrando el árbol caído a un lugar más despejado para desbrozar y cortar en basas, como un carnicero eliminando pellejo y pezuñas para luego destazar a este animal descomunal, rendido y humillado a la evidencia de la supremacía de la tecnología y de la inventiva humana.

Mambo gozaba del ejercicio, gozaba de llegar hediondo y cubierto de tierra y hojarasca como un puerco, y abandonarse a la bañera para salir rozagante y dispuesto. Vendía el material al mejor postor y antes de tener el dinero en su mano, apostaba, invitaba, brindaba, pagaba y seguía invitando en una euforia mensual y cíclica que le empujaba a seguir en la misma rueda por un rato más largo de lo que le dictaban sus estudios de administración, sus estudios de economía de mercado y su propio corazón.

Era tan grande y  regada la borrachera que se alentaba a sí mismo a seguir adelante, en una locura propiciada e incitada sólo por el alcohol. Le escoltaban un séquito de súbditos callados y diligentes, que le acompañaban y le adoraban mientras tuviese para darles. Voy cruzando el río, cantaba, lleno de gozo y sin miedo la vez maldita que se le cortaron los frenos, antes de llegar a ese puente perdido y extraño, angosto y peligroso que era la entrada de su pueblo. Condujo con gracia y delicadeza, hasta asentar su máquina, que era “otra máquina” a la rivera opuesta y asegurar a sus pasajeros que lo malo había pasado y que podían destapar otra corrida de cervezas sin miedo de perder los dientes.

Así transcurría su vida, de caza en caza, de árbol en árbol, de mujer en mujer. Amándolas a todas y sin amar sinceramente a ninguna, cuando la fatalidad llamó a su puerta en sueños difusos y se despierta sobresaltado en una mañana nebulosa y helada de invierno. Piensa lentamente si es necesario hacer ese viaje, si la vida realmente depende de aquello o si es sólo posible seguir conduciendo su jeep pasado a trago, tronador como un camión de labranza, sin frenos, sin calefacción, sin aire acondicionado, pero fuerte e indestructible en el sino de todos sus jolgorios.

Piensa nuevamente, cuando su amable tía le sirve el desayuno y vuelve a pensar cuando avanza hacia el Banco del Estado y se encuentra con su padre, ese mismo que, escueto y resbaloso, ha evitado verle en los últimos 30 años, sólo para comentarle ahora, secreto, que lo suyo con su madre no podía ser; sin embargo, él recibía todo su apoyo y cariño, porque eran de la misma sangre y si se miran al espejo, eran como dos siameses, diversos, pero claramente parecidos.

Sigue rumiando su sueño y su destino, y sin más cavilaciones, se adentra en la maraña borrosa y extraña del futuro.

Montará la vieja camioneta, pequeña para su porte, extraña para sus habilidades y que él, por la porfía del chofer, no conducirá y a la vuelta del camino, en plena Carretera Principal, se estrellará contra algo. El parte policial no lo identifica; los que quedan del accidente tampoco. Sólo quedará consignado que Mambo gritaba como un verraco, pidiendo auxilio, y que, al llegar los lugareños, le ayudaron a salir a él y a los dos compañeros que quedan en la mínima camioneta, golpeada por una fuerza descomunal y trataron de sacarles con vida, independiente de las condiciones en que se encontraban.

Mambo seguirá berreando, hasta que llegue la ambulancia, a la que ingresará por su propio pié. Su compañero Juan Sin Tierra, se mostrará lesionado y traumatizado por el golpe. Fingirá perder la conciencia hasta veinte días después del accidente. El tercer acompañante, sólo conocido por Mambo y Juan, morirá de camino al hospital entre las plazas de peaje que separan al pequeño poblado de la capital regional.

Al entrar al hospital, Mambo sufre un ataque cardiaco. Se requerirán seis enfermeros y dos curiosos de la calle para cargar tan portentoso animal. Muere cuando el reloj marca las cuatro con veinticinco y medio minutos de la mañana de un día jueves de invierno.

Al hacer la autopsia, los doctores y practicantes retrocederán frente al olor a alcohol que expele su cuerpo sin vida. Un olor penetrante y pestilente, horroroso, fuera de este mundo, salvajemente básico y detestable. Varios de los practicantes, ante esta muestra de la variedad humana, decidirán otros caminos en medicina, abandonando para siempre la tanatología.

En el intertanto, los doctores que han permanecidos incólumes, datarán al occiso con la hora y día de su muerte, por causa de un ataque fulminante al corazón, producto de la ingesta desmedida de alcohol y estupefacientes. Nada mencionarán de la colisión. Esto lo añadirá la policía por su lado.

La mujer que él tanto amó, la de los rizos rubios y ojos soñadores, despertará sobresaltada al verlo en su cuarto, descuartizado como un becerro, rogándole por favor que le ayude, que le indique dónde está su casa, porque con este revoltillo de cuerpo, ya no sabe dónde está su cabeza.

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La Mano que Mece la Cuna

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El niño se cayó de la escalera, avisa la empleada entre nerviosa y choqueda, sin atinar a dar más detalles. Por la otra línea piden dos cafés con azúcar y un té de hierbas por favor, para los amables señores del Banco Nacional que han venido a visitar la planta. Frente a sus ojos, el guardia le entrega la bitácora con las novedades del día anterior, para la revisión del Gerente de Operaciones.

Su cerebro funciona a mil por hora. Intenta tranquilizar a la empleada y solicitar más información sobre el estado general del niño, mientras piensa si le queda té de hierbas en alguna parte o si el plan de salud cubre una desgracia mayor a una caída. Entiende finalmente que es sólo un chichón molesto y gigantesco que no le dejará dormir esa noche ni las siguientes.

Sirviendo el café, después de la segunda interrupcion de la mañana, antes de terminar el informe, tratando de juntar los documentos para la carpeta de la reunión, contestando el teléfono nuevamente e intentando desaparecer, porque la realidad de la vida es mucho más que esta oficina, avanza el tiempo para la mano que mece la cuna. Es ella la que lleva al dedillo el acontecer diario, la afluencia de público, el tiempo y la temperatura. Detalles sabrosos e incluso la comidilla del entorno pasa por sus manos y oídos con una velocidad y precisión conocida y dominada sólo por ella y que es gravitante y propia sólo de este lugar.

Los chocolates son su perdición y su vicio más secreto. Sólo con ellos puede tranquilizar sus nervios crispados desde temprano, puede aplacar la sensación de ser una trapecista sin red, en un constante ir y venir por el alambre, sin público, pero sí con muchos detractores. Ella falla y todo falla, ella se olvida y todo colapsa. Ella, que no se ve ni se nota, que dificilmente aparecerá en el organigrama, es tan necesaria como sólo las cosas elementales en el mundo lo son.

Arregla su cabello, respira hondamente y contesta el teléfono con la voz más agradable que logra impostar. Toma notas, coordina citas, pospone reuniones, excusa, agradece, complementa, comunica, miente, inventa, espera, solicita, resuelve, regala, escucha, habla, habla y sigue hablando en una vorágine contenida de pensamientos, representaciones e ideas.

El día sigue avanzando y a la vuelta de las horas, todo aquello que ha ido armando con precisión y por pedazos este día y los anteriores, viene a caer frente a sus manos. El tiempo del Gerente de la oficina le pertenece tácitamente y es ella que determina quién le verá, quién podrá acceder o quién podrá solamente seguir intentando. Mandar a los visitantes al demonio, de ser preciso, con diplomacia y una arrebatadora sonrisa está dentro de sus facultades y de su secreta descripción de cargo. La mano que mece la cuna es la mano que domina al mundo. Es tan cierta esta frase como que el día se termina, como que ese poder queda bajo llave en el escritorio, esperando al día siguiente. Se arregla el pelo nuevamente y desprendiéndose en el camino de esta cutícula aplastante e inmensa, regresa lento a su hogar.

Amnesia

No consigo recordar qué es un hada, afirma con dificultad, relegando sus pensamientos al otro lado de su mente. Mira a su alrededor, sin ver, sin darse cuenta de ningún detalle y escucha su propia voz repitiendo la frase.

En un esfuerzo absurdo, abre sus ojos de nuevo, pero la respuesta es la misma. El blanco opaco de la habitación le inunda suave y se tranquiliza por instantes que van y vuelven como un carrusel animado y silente, que le confunde. La luz entra a raudales. Sigue sin encontrar consuelo, sigue sin dar con una mísera clave, un camino, una pista que le indique dónde quedó todo. El aroma del aire es diáfano y delicado, profundo y sereno. No hay caso, no consigue hilar nada. Todo a su alrededor es ajeno, todo a su alrededor es nuevo. De pronto cae en cuenta que todo, además, duele. Se acerca el médico y le entrega el resultado.

El Hogar

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La lluvia cae y golpea con fuerza. El techo de zinc antiguo, grueso y oxidado, reproduce en su eco metálico, amplificando el sonido del agua. Me arropo en mi cama y veo tras la ventana, de pequeños marcos de madera, entre las hojas del árbol de arce, como sigue cayendo esta ducha inesperada desde el cielo. Se forman pozas en la calle, de aguas color café, que se revuelven y se juntan caprichosas en medio del aguacero.

Me despierto esta mañana con el olor de la casa de mi infancia, aquella en la que empiezan mis recuerdos. He soñado con el invierno frío, gris, mojado y amenazante de mis memorias. El cerco desvencijado y cubierto de líquenes. Las piezas altas y la casa sonora, en verano por el calor, en el invierno por el viento que la hacía cimbrarse resistiendo a la inclemencia del tiempo. Recuerdo mi habitación, perdida en una antigua mansarda, obra del diseño voluntarioso del carpintero que la construyó, dejando este pequeño espacio habitable sólo porque sí. Era calurosa en el estío, plena de luz de luna en las noches y con una inmejorable vista a la calle que daba perfecto panorama de los Romeo que llegaban a mi ventana.

La casa estaba construida con las arcaicas técnicas del sur de la nación, con maderos amplios en sus bases, vigas y soportes, mañío, pellín y  laurel eran las cubiertas exteriores e interiores, de gruesas tablas, puestas en filas ordenadas y perfectas, algunas torcidas por el tiempo y por la caprichosa venida abajo de la casa que, después del gran terremoto, había perdido su esbeltez y gracia. Puertas gigantes, colosales, oscuras, pesadas, con vidrios pequeños, que dejaban ver sólo las estrellas o la lluvia, apenas el sol y la luz. Los pisos irregulares, en la planta principal gruesos y colorados, con ese tono perdido de la madera muchas veces encerada, muchas veces raspada y mucho tiempo vivida. Olía a tierra apisonada, a cera, a calor, a leña, a humedad contenida, al viento, al pasto del verano, a los pequeños grillos que se escondían misteriosos entre sus pliegues, debajo, muy debajo, donde la tierra no había sido tocada desde los albores de la construcción.

Nunca usé llaves en esta casa. Las cerraduras inmensas, medievales. Los picaportes pesados, cubierto de herrumbre, negros por el calor de las manos que miles de veces les tocaban, haciendo mover sus mecanismos con la memoria y precisión de las máquinas sencillas. Daba la sensación que nada les corrompía, que el hogar estaba seguro y protegido, sólo por su existencia vetusta y primordial.

El exterior estaba resguardado por el antiguo mirto, verde, perenne, frondoso, extraño, con vida. Lleno de pequeñas gotas de agua y de ligeras perlas de escarcha en los inviernos interminables de mi niñez. Lleno del polvo del camino, del olor del tren de carga, que pasaba muy junto al cerco de madera, provisto de sus graciosos techitos de tejuelas, grises por el tiempo, el sol y las estaciones. Cada delgada tablita del cerco contaba su historia propia a las arañas que anidaban entre sus esquinas y ángulos, a los abejorros que chocaban torpes por la prisa y a las pequeñas mariquitas que escalaban presurosas y esperanzadas, sin destino, para darse cuenta de pronto que podían volar.

Mi padre luchaba contra el pasto siempre invasivo, siempre creciendo entre sus flores mimadas por hermosas, coloridas y frágiles. Cuidadas con esmero y alegría, eran pequeñas victorias conseguidas a la dureza del terreno, a los miles de caracoles de tierra que gozaban del festín y se escondían en los coligües apoyados contra el cerezo gigante y espeso que se extendía año a año, como un árbol de cuento.

Estaba todo ahí. Bastaba ver la puerta pintada de celeste por alguna razón secreta e inverosímil, los grandes ventanales de seis vidrios, apoyados perezosamente en la pared de machimbre de tres pulgadas, para sentir la seguridad, anticiparse al calor, a los olores familiares, a la fragancia de los cocos de eucaliptus quemados con cuidado en la estufa a leña, a un lado del cañón, donde mi padre, de tarde en tarde, se apoyaba, calentando sus manos.

Del horno salía el pan recién horneado, los pollos asados del día domingo y sólo cuando estábamos dormidas, los kuchenes y galletas que mi madre, en silencio y con cariño preparaba, quedándose en pié hasta las tantas para vigilar su cocción.

Nunca sentí frío ni hambre. De grande sentí dolor y miedo al futuro, Soñaba sueños enredados y me despertaba la imagen familiar de la ventana, con las ramas del árbol raspando delicadas, tratando de volverme a esta realidad. No quería dejar ese lugar. Mi existencia entera se basaba en esas paredes viejas y opacas, en el espacio colosal que hacía que cada uno de nosotros tuviera tantos metros cuadrados que era muy posible sentirse solo al final y nos buscábamos. Era el lugar ideal para los juegos de mi infancia, era el sitio ideal de mis memorias de adolescente, con recovecos escondidos, con espacios armados nuevamente de la nada, donde sólo la imaginación les hacía cobrar vida, como un castillo encantado, disimulado detrás del espejo.

El patio inmenso, con los añosos árboles frutales, la huerta eterna y húmeda, con menta, habas, alcachofas y maíz. El pequeño orégano abriéndose paso entre la maleza y las manzanas y ciruelas que caían impertérritas en un ritmo conocido sólo por ellas, cubriendo la superficie con su perfume, con sus jugos y con las danzas perdidas de las abejas que se esmeraban en llevárselo todo.

El cerco amenazaba con caer aquí y allá, pero por obra y gracia de los alambres enterrados al suelo, se mantenía incólume y digno, excepto cuando el viento norte arreciaba sin piedad y era ahí cuando la familia se juntaba muy cerca de la estufa y salía con decisión y valentía a hacerle frente, para volver a poner en pié y recuperar el honor perdido de la valla añeja que amablemente nos protegía.

Cuando abandonamos el hogar, tiempo después que mi adolescencia estaba completa, cerramos todas las puertas, aspiramos por última vez los olores familiares y mantuvimos el recuerdo contenido en nuestras mentes, que aparece de tanto en tanto en mis sueños y en los de todos los que alguna vez moramos esta casa. El mirto ya no existe, ni ninguno de los árboles frutales que llenaron de dulzura nuestras tardes. El cerco desvencijado fue reemplazado por un monstruo de cemento y piedra, que no cruje con el viento, que no altera el pensamiento de los que duermen, que no deja pasar los abejorros ni las mariquitas, sino que se alza como una frontera infranqueable que no permite mirar al exterior, curiosear, esconderse de ser preciso, ver pasar la primavera, dejar avanzar el viento, esconder la cara de la lluvia.

La casa entera fue objeto de rapiña de carpinteros y jornales que, dicen llevaron tabla por tabla, viga por viga en un interminable viaje de antología, trasladando por partes mis recuerdos y desperdigándolos en el horizonte.

La vieja plaza aún me llama familiar y divertida. Aún siento que a dos cuadras de ahí está mi hogar, el de mis sueños, el de mi infancia, el de mis memorias. Aún tengo el olor de mi habitación, de las piezas compartidas, de la eterna galería y del patio infinito y gigantesco, que se alzaba protector y mágico a la luz del verano y a las fantasías más diversas de los que alguna vez moramos ese hogar.

Lecciones de Música

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La señorita de música acaba de entrar al salón. Luce tan pequeña y suave, parece una niña también, entremedio de su clase. Avanza con la firme decisión de crear un vínculo mayor a cualquier cosa conocida en sus alumnos. Planea darles las herramientas necesarias para romper el tedio y hacerle paso a la esperanza y a los sueños. Planea abrir sus mentes, no sólo a los hermosos sonidos de la más hermosa música de todos los tiempos, sino hacia la hermosa verdad de que la vida es todo aquello que nosotros, como seres humanos, somos capaces de crear.

Ahi está Mozart, Beethoven, Schubert, Vivaldi y tantos otros que dentro de su genialidad, fueron humanos también, sufrieron, lloraron, fracasaron, vivieron el abandono, el olvido y sin embargo, fueron grandes, tan grandes como es esta inmensidad, y tan fantásticos que en este lugar precioso, tan lejos de sus patrias,  justo a los pies de las montañas, al otro lado del mar,  se escuchan sus acordes, bellos, inigualables, mágicos.

Esa magia es la que busca la señorita de música, en cada uno de sus alumnos. Esa magia escondida en cada uno de sus corazones y que brilla a través de sus ojos soñolientos, asustados e incrédulos.

Es difícil romper el tedio. Es arduo y trabajoso convercerles día a día que ellos son los compositores de su propia melodía, que ellos son los únicos que conocen su ritmo y sus propios acordes. Que la vida está llena de sonidos hermosos y que son ellos los que deben descubrirlos. Beethoven decía que cada sonido en el universo era el susurro de Dios. Ella espera que sus alumnos también puedan tener esa comunión con el Creador. Sólo basta prestar atención, tener el alma preparada, el corazón henchido de paz, de quietud y de felicidad.

Cuesta explicarles que la naturaleza de la vida es tan diversa. Incluso ella muchas veces se complica de entender este hecho, pero insiste. Están tan ligados a la tierra que les ha visto nacer a ellos y a muchas generaciones antes que ellos, a este ambiente indómito y cruel, pero innegablemente hermoso y saludable. La agricultura les arrastra a una vida muchas veces embrutecida por la soledad, el aislamiento, los elementos y la desesperanza que provoca aquello que escapa a nuestro propio control. No ven las recompensas, no esperan los frutos, sólo ven el trabajo, muchas veces ingrato y aplastante. No ven, como el padre de la señorita de música, el premio al esfuerzo desplegado en cada cosecha, la lección de humildad aprendida en cada planta que no llegó a fructificar y la fuerza de los elementos y de la misma tierra en cada flor que se abre maravillosa para premiarle con sus colores y su aroma.

La señorita quisiera explicarles con palabras que lo que hay en cada uno de sus corazones es un pequeño campo lleno de flores, que es necesario cultivar. La música es sin duda el mejor fertilizante. La esperanza es el mejor rayo de sol. Quisiera decirles tantas cosas, pero a la vuelta de los días, sólo ve caras impertérritas, hipnotizadas con cualquier otro estímulo menos su clase y siente la desdicha en su interior. Siente que corre sola esta carrera y que por más esfuerzos que haga no conseguirá motivarles. Está a punto de tirar la toalla y sumergirse en el hastío.

Es la celebración del Dia del Maestro. Su pequeño curso no la verá ese día, sólo algunos le saludaran en los pasillos con un cortés “feliz día señorita”. Hay algunas modestas manifestaciones en el establecimiento y el día termina, tan pronto como los anteriores.

Al inicio de la semana, la primera clase con ellos, la energía renovada, la esperanza puesta en su sitio, las ganas de nuevo al frente, entra al salón, como de costumbre. Un ¡¡¡sorpresa!!! le asusta y le sorprende con una felicidad inmensa e inesperada. Su clase se ha organizado, han logrado vencer su abulia y juntar sus voluntades con un solo fin, celebrar a la tierna señorita con un pequeño cóctel, hecho con cariño y buenas intenciones. Las mesas ordenadas con las cosas de comer, le parecerán el más elegante banquete al que ha sido invitada jamás. Les mira con profunda emoción, observa cada uno de sus rostros, comparte con ellos la felicidad del momento y descubre que los acordes están ahí, el ritmo está ahí, la canción está completándose. Sólo falta seguir practicando.

El Cumpleaños

– Yo doy la vuelta mientras tú compras, para no estacionarme en doble fila- dice Pancho y me bajo en dirección a la florería. Es el cumpleaños de Mary, y lo único que se nos ocurre regalarle es un obsequio que refleja su carácter. Un gesto que no ha visto en años, además; Gregorio jamás le ha regalado un bouquet.

Elijo uno bonito, no muy grande, sencillo, pero elegante. Arreglado con maestría por la florista, se ve maravilloso. -Me lo quedo yo- le digo a Pancho en broma y nos dirigimos a la casa.

Está todo iluminado y nos sorprendemos. Hay varios autos estacionados y nos sorprendemos aún más. Normalmente, el cumpleaños de Mary pasa sin pena ni gloria. Siempre el de mayor pompa es el de Gregorio, con cenas fuera, regalos fastuosos y todo el clan reunido rindiéndole pleitesía. Una corte falsa, fingida, profundamente aburrida y que dura sólo una horas en su pose. El cumpleaños de Mary siempre es más sencillo, más hogareño, más real. Ella tiene algunas amigas de años que se dan cita religiosamente en la casa, llueva o truene. Se conocen desde siempre y saben perfectamente toda la historia.

-¡Felicidades Mary!- nos abrazamos con cariño y con el alma. Este pequeño presente de parte de los dos. Mary lo mira arrobada y no puede dejar de comentar – Oye, que flores más lindas, tanto tiempo que no recibía flores. Una de mis nietas me regaló una rosa , pero están fabulosas, muchas gracias, muchas, muchas gracias. Me encantan las flores.

Nos dirigimos a la mesa y Mary corta generosa un grueso trozo de pastel. Conversamos sobre nada, mientras sus amigas, ya mirando la hora empiezan a emprender la retirada. Ellas han llegado a la hora del té. Como la luz del día, van paulatinamente haciendo abandono de la celebración, así como también lo hacen las hijas de Mary, con un sentimiento de deber cumplido y apuro profundo por seguir con sus vidas, ajenas a esta casa y a todo, en realidad.

Pancho y Gregorio hacen bromas a propósito de un concurso en la televisión, se dirigen al living  y nos quedamos solas con Mary en el amplio comedor. A nuestras espaldas, una dramática y oscura pintura de una gitana con vestido andaluz, nos acompaña. Mary mira el cuadro y me cuenta: La primera vez que fuimos a España a conocer a la parentela de Gregorio, yo no podía creer en las condiciones de miseria que vivían. ¡¡¡Si no había baño!!!. La casa estaba más alto y el primer piso era como un gallinero, guardaban paja y algunas otras cosas que nunca quise saber qué eran, y en la esquina, arriba había un hoyo tapado con unas tablas. Ese era el baño. Caía todo para abajo y de vez en cuando uno de los tíos de Gregorio revolvía con paja y cuando se formaba una ruma, se la llevaba en su carretilla al campo. Yo casi me morí cuando ví eso y las gallinas y conejos entremedio. Esa tarde había guiso y yo no pude comer del asco que tenía. Gregorio me hizo un escándalo y toda su parentela me retó. ¡Son tan histéricos estos españoles!

Me muero de la risa, por toda la situación y casi puedo ver a la pobre Mary haciendo de tripas corazón para salvar su pellejo intacta. ¿ Sabes, Mary? -le digo- Deberías escribir un libro de todo lo que ha sido tu vida. ¡Yo voy a escribir un libro con tu historia!   Escribe no más -dice ella- si nadie me creería tanta lesera que he tenido que pasar.

cumpleanos

Den Krieg

Laurenti le trae la cena, mientras a sus espaldas todavía retumban los cañones del ejército ruso, aproximándose a su formación. Lleva años en esta historia, en este frente al que llegó única y exclusivamente por su propia voluntad. No tenía la necesidad ni la obligación de enlistarse. Es más, su madre terminántemente se lo prohibió, pero no la escuchó. El ideal, la idea de hacer un mundo nuevo, de seguir sus más profundos principios y preservar la vida como siempre la había vivido fueron más fuertes que sus ruegos. No fue la política ni la situación social, no fue heroísmo ni ganas de cometer suicidio por alguna amada que le había abandonado. Estaba allí precisamente por su propia voluntad. Porque no quería que esa voluntad que le movía se extinguiese. Mientras más conocía a sus hombres, más se daba cuenta que habían muchos como él. Muchos como Dezhniov que, aún sabiendo que su vida estaba en grave peligro y exponía a su familia a los peores tormentos, estaba ahi, siguiendo el llamado de su pueblo, decidido a terminar con la locura del ejército rojo y el comunismo, que le habían hecho permanecer por años escondido, atrincherado en el pozo de su granja, literalmente enterrado en vida, fingiendo estar muerto, mientras los bolcheviques asolaban sus tierras y abusaban de sus vecinos, amigos y parientes.

Este pueblo audaz y orgulloso, estos hombres recios, brutos, ignorantes, muchos, con un corazón que no les cabía en el pecho, estaban ahi, también por su voluntad y le seguían fieles. Hugo Herman era ya famoso por tener la menor cantidad de bajas en sus filas. Casi un mito, un ser grandioso y epopéyico que cabalgaba tan bien como cualquiera de ellos y que se mantenía en esta locura por sus ideales y por las vidas de ellos. Ellos importaban más que nadie, más que él mismo incluso y que el uniforme que vestían.

Ya entrando a Francia, como conquistadores, en medio de la borrachera monumental, al acampar en la región de Champaña, donde hasta los caballos probaron de los más finos mostos y cosechas y donde nadie en el ejército victorioso del Reich ni sus cabalgaduras quedaron de pié,  supo Hugo Herman que el destino de esta guerra no estaba de su lado. Sin embargo, se empeñó y contra todo pronóstico había sobrevivido hasta este punto. Había aprendido a gozar el desayuno constituido por huevos crudos y vodka, arriba de la montura, mientras sus hombres hacían ejercicios dignos de un circo de primera línea, para no perder sus costumbres, su comunión con el corcel y lo indómito de su espíritu. Cuando todo apuntaba hacia una tecnologización avanzada y definitiva del ejército, ellos luchaban a caballo, como en las guerras medievales y debían enfrentar enemigos sacados de las peores pesadillas. Nada había más tenebroso que un soldado mongol, que se levantaba para seguir embistiendo aunque lo hubieran atravesado con tres sables. Nada hacía perder más la moral de la tropa que ellos. Los hombres quedaban cabizbajos, contraídos. Luego de la batalla, limpiaban sus sables y rifles con fruición, casi rogándoles a las piezas de metal que protegieran su espíritu y el de sus compañeros, que alejaran esos ojos oscuros como la misma noche, como la misma muerte, de sus recuerdos y les permitieran seguir luchando por su libertad, aquella que les pertenecía por derecho, desde la aurora de los tiempos.

Laurenti se apura en recoger la vajilla y guardar los restos de comida. No hay otro en todo el ejército como él. No existe la idea de cómo se da maña para conseguir pollos, carne de res, huevos frescos, pan y un sinnúmero de pertrechos y vituallas para el Coronel Hugo Herman y sus tropas. Nadie lo sabe y él no se deja investigar. Sigiloso y fiel, daría su vida por el Coronel.

Mientras acampan a la espera de las órdenes del comandante de la división, Hugo Herman se da un tiempo para recordar. Casi nunca lo hace, no permite que su mente divague cuando debe estar atento, a su plena capacidad, anticiparse a cada cambio en el viento, cada silbido, cada brizna de paja que se mueve. Esa capacidad, aprendida con la experiencia, le ha hecho salvar a su ejército más o menos entero durante toda esta campaña. No puede olvidarse de ellos.

El perfume de los rododendros del jardín de la casa de su abuelo, die Himmelreich, las risas de sus amigos, saliendo en estampida desde dentro del árbol, para escapar de los abejorros, el delicado perfume de su madre; todo ello junto en una sola nube, le mantiene lejos del horror de todo lo que ha vivido. La voz pausada diciéndole que no hay nada en este mundo más importante que su propia seguridad y que donde quiera que él esté, ella estará en su corazón; se repite con fuerza. Sabe que su madre está presente. Se ha esforzado en mantenerla más o menos al corriente de su posición y la de su ejército, sin temor y porque sabe que si él no lo hace, ella de todas maneras se las arreglará para saberlo. Eres mi único hijo, de mi solo gran amor. Eres todo lo que tengo en la vida.

Hugo Herman escucha los cañones acercándose más y más. Su tropa está nerviosa, saben que el fin se acerca. Confían en él y en las decisiones del alto mando. Harán lo que él les pida.

Esa noche, en la reunión de oficiales, donde él es invitado sólo por sus méritos como soldado y porque su batallón es el más numeroso, se entera que tratarán de hacer una tregua con los ingleses. Escapando de todo protocolo y hablando desde el fondo de su corazón, el General les indicará a todos que nada más puede hacerse por la causa que abrazaban y que él debe permanecer en el mando,  pero que quedan todos en libertad de acción, porque personalmente no confía en el enemigo. Sin embargo, lo único que queda es el honor y su palabra ya está empeñada.

Hugo Herman se dirige a su grupo, les plantea francamente la situación y les sugiere, de su propia intención, guiarles hasta suelo suizo, donde pueden estar a salvo. Los cañones se acercan, los bandos por altoparlantes les llaman a deponer las armas. El ejército inglés les ha ofrecido tierras en Canadá, lejos de la amenaza bolchevique. ¡Depongan sus armas! claman los negociadores. Hugo Herman insiste en su oferta. Quince de sus hombres le acompañarán. Serán los únicos que se salven de la matanza más horrenda, del acto más artero y salvaje de la guerra, en ese frente.

Hugo Herman se enterará de la atrocidad cometida en contra de sus tropas en la prisión militar donde ha sido confinado. El oficial americano que le interroga le comentará los pormenores sólo para mortificarlo. Faltaban treinta kilómetros para cruzar la frontera, le dirá. ¿piensas que alguien vendrá a salvar a un perdedor?.  En un mes y sin haber tenido ningún contacto con nadie, llegará su pasaporte y cartas de dos medios de comunicación de su país indicando que Hugo Herman es un brillante corresponsal y que es un grave error que haya sido tomado prisionero. ¿Existe la libertad de prensa en Estados Unidos? dice la carta del director del diario de mayor circulación de la nación y con una fingida sonrisa, el Mayor a cargo del campo ordenará dejarle ir. Hugo Herman sabe quién ha estado detrás de todo esto. Sabe del esfuerzo y de las muchas horas sin dormir, de las muchas puertas golpeadas sin éxito, de los ruegos y las lágrimas, hasta alcanzar su liberación. Se debe a su madre y lo sabe. Se debe a sus compañeros de armas también y lo sabe. Escondido en el dentífrico, les enviará dinero una vez que los liberen, que les ayudará a mantenerse con vida y con la moral en alto durante los duros años de la postguerra. No están los cosacos diseñados para mendigar. Él lo sabe, ha vivido con ellos, ha luchado con ellos y por Dios que moriría por ellos.

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