Gloria

Era mayor que mi hermana mayor y caminaban juntas a la escuela, antes de que yo pudiera acompañarlas. Olía a lavanda seca, alcohol de quemar y humo de cigarrillo. Se llamaba Gloria y vivía a una cuadra y media de nuestra casa, en un engendro de mansión, sin forma ni destino, de un azul índigo descolorido, con grandes ventanales tapados con plástico y techos generosos, cubiertos aquí y allá por delgadas tapas de fonolitas, que se transformaban en una pesadilla en los inviernos lluviosos de mi niñez. El cerco desvencijado, atado con alambre y malla de gallinero, dejaba ver apenas la huerta generosa, cuidada por sus hermanas mayores. Siempre habían caballos pastando afuera de su casa y era porque su padre tenía carretones.  Era un viejito desdentado, congelado en una edad sin tiempo, con un eterno bigote blanco, que fumaba a veces, a veces caminaba por el vecindario y a veces no llegaba a su casa. Borracho empedernido, gentil y atento. Silencioso. Sólo existía.

Gloria desapareció de nuestra vista y crecimos sin ella, sin sus manos francas tomando las de mi hermana, para traerla de vuelta de la escuela sin peligro, caminando sólo por los durmientes de la línea del ferrocarril, sin pisar el pastito tierno que crecía entre ellos. Gloria le enseñó a hacer acrobacias en el riel, y cuando ya no la vió más, seguimos nosotras caminando en este alambre imaginario, haciendo complicados giros y maromas, tarareando suavemente la melodía de la comparsa de algún circo.

Al cabo de varios años, ella volvió a aparecer, cuando nuestra niñez se había terminado, cuando nuestras vidas aún no estaban resueltas y cuando nos negabámos sistemáticamente a ser adultas. Llegó una noche de invierno, golpeando la pesada puerta de calle, preguntando amablemente si nos interesaba comprar productos Avon. Era su cara tan gentil y saludable, eran sus modales tan cordiales y amistosos, que no pudimos decirle que no. Se convirtió en una rutina mensual recibirla en nuestra mesa, ofrecerle una taza de café, mientras ella dejaba de lado las pesadas bolsas con víveres que llevaba a su hogar, desde la casa de su padre y nosotros hojeábamos la revista sin mucho interés ni entusiasmo, pero nos topábamos con  su cara ansiosa, apretando el lápiz para tomar nota del pedido. Entonces, decidíamos comprar una que otra baratija y ella se iba contenta. Así le devolvíamos la mano amable que apretó las nuestras una vez.

Dejamos el pueblo un día y nada supimos de ella. Sus hijos crecían sanos y felices, tenía una casa regular y confortable. Parecía que todo estaba en su sitio para ella.

En las tardes de su vida, Gloria atendía un pequeño local de llamados en el terminal rural del pueblo. Le gustaba el trabajo y me la imagino conversando feliz con todos sus clientes. Su vida era sencilla y tenía la lógica simple de las personas buenas. Nunca nos habló de su marido, ni en las tardes lluviosas del invierno, mientras esperaba nuestra decisión sobre los productos ni en los veranos tórridos, cuando llegaba rogando por un vaso de agua, disfrutando la comodidad de las sillas de la cocina y nos dejaba elegir con calma y alegría, mientras nos enterábamos de la comidilla de la cuadra. Su existencia era sólo trabajar para darles una buena educación a sus hijos. Siempre comentamos lo difícil de la vida y la falta de oportunidades. Gloria no era distinta a tantas otras que se habían casado jóvenes, habían aceptado su destino con gracia y sin mucha filosofía y sólo vivían el día a día empujando el carro de su existir.

Esa noche, probablemente Gloria tuvo miedo, pero presentía el mal desde hacía mucho. No podía ser distinto.  Se quedaba donde estaba porque había luchado por cada centímetro cuadrado de ese hogar. Nadie pudo ver nada, ni nadie pudo ayudarla. Tuvo que desplazarse sola por este trapecio imaginario, y sin poder cantar la música de la comparsa del circo, su vida se extinguió, por un arranque de locura del que había sido su compañero, por veinte años.

No hubieron muchos detalles en los diarios, sólo hablaban del crimen con la frialdad de un tanatólogo, explicando que los celos nublaron la mente del esposo y le hicieron cometer tal atrocidad, que nadie escuchó nada y que su cuerpo sin vida pendía de una viga de la casa, mientras el de Gloria yacía en el suelo, en un cuadro dantesco e incomprensible, choqueante para la familia, horrible para los vecinos.

Hoy la ví, por un segundo nada más, en una calle que ella jamás recorrió,  y la ví como la veía antes, con sus bolsas con provisiones, sus aros redondos, sus cabellos, como siempre tan compuesta y su sonrisa. Busqué el artículo de su muerte, porque no podía recordar que ya no estaba. Sólo recordaba su alegría, su voz, sus frases serenas y su empeño. Sus manos adolescentes tomando las de mi hermana, para ir a la escuela, consintiendo una responsabilidad que no era suya.  No era distinta a tantas otras. Había aceptado su destino con gracia y sin mucha filosofía y sólo vivía el día a día empujando el carro de su existir. Estaba en mis memorias, como los días de verano, como la emoción de caminar en el riel, como el olor del tren de carga, como la vida.

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En Otoño

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El gran camión con leña había terminado de descargar. Cada palo que cayó hizo el mismo sonido hueco y pesado, aplastando el pasto, reventando las manzanas y aterrizando en las formas más caprichosas y posibles, uno sobre otro.

Los hombres del camión se remojaron la cara y el cuello con el agua que brotaba de la llave del patio y ordenaron la ruma en filas horizontales para poder medir. Era mediodía. El sol iluminaba las plantas de mosquetas, con sus frutos rojos carmesí y las sábanas en el patio de la vecina que flameaban por momentos y por otros permanecían quietas. Las gallinas se paseaban perezosas y distantes, rasguñando sin esperanza la tierra pelada de su gallinero. El aire olía a aserrín, manzanas y motor petrolero. El camión estaba aún en marcha, mientras los hombres terminaban de medir y masticaban sin ganas algunas manzanas.

Luego, llegó la máquina de cortar. Un ingenio de aparato, provisto de una sierra circular de aserradero, con grandes dientes triangulares, algunos mutilados, otros demasiado aguzados, unida a un engranaje de camión, empotrada en una delgada tabla de alguna madera firme, pero profundamente envejecida, teñida con grasa miles de veces a lo largo de la temporada, haciéndola resbalosa y densa. Había una correa de cuero circular, que le daba movimiento a la sierra, pasando por el engranaje y la cola del motor de alguna extraña procedencia que se empipaba de bencina, amarillenta y  hedionda. Los hombres que movían este aparato tenían una apariencia extraña, distinta, furiosa. Cubiertos de aserrín, impregnados del olor de la bencina, las manos grasientas y los ojos colorados, lubricaban sus gaznates con vino blanco, que tenía casi el mismo color del combustible de la máquina. Escupían con regularidad y espantaban las moscas y el aserrín que volaba por sus caras. El ruido era ensordecedor y el aire se llenaba del humo del motor, que salía en una nube azulada de cada recoveco de la máquina de cortar. Eran largas las horas en los que ellos tomaban posesión de aquella extensión del patio y lentamente iban reduciendo la fila de leña a una montaña irregular y peligrosa que dejaba rodar de cuando en cuando alguna pieza desde la cima hasta el suelo.

Les observábamos de lejos, llenando nuestras bocas con el azúcar de las manzanas, deseando secretamente tomar posesión de la colina de leña que se alzaba a cada momento, pero permanecíamos empinadas en el techo viejo, resbaloso y anaranjado por los años de herrumbre, el sol, las hojas en descomposición y alguna que otra hebra de lana de oveja que se quedaba pegada caprichosa , negándose a bajar o incluso a formar parte del nido de algún gorrioncillo.

Cuando la faena terminaba, sólo quedaban dos grandes montañas; la de aserrín aquí y allá, la de leña. Ahora, había que correr. Ahora venía nuestra parte. Antes que la lluvia apareciera, ensopando todo, convirtiendo las manzanas en desperdicio, la tierra del gallinero en lodazal, el aire en una bruma difícil de respirar y se llevara el sol hasta la siguiente primavera, antes que todo eso sucediera, había que correr.

Como pequeños egipcios, tomábamos un palo a la vez y lo llevábamos dramáticamente cargando hasta la entrada de la leñera, corríamos de vuelta y veíamos como lentamente nuestra pirámide colosal se iba reduciendo a su mínima expresión. Así, vuelta tras vuelta, hora tras hora, hasta que la tarde se cubría lentamente con los colores del ocaso. Entonces entrábamos a la casa, tibia y acogedora, lavábamos nuestras manos y nos sentábamos a comer, aún soñando con la montaña que podríamos haber conquistado esa tarde, aún imaginando los castillos colosales que hubiéramos podido construir con tanto material, las esculturas de aserrín y agua en nuestra playa imaginaria, aún pensando en las manzanas jugosas que se perdían, exprimidas por el peso de la leña. Soñando con el espacio para nuestra villa india, con tipis y fogatas. Pensando sólo en hoy, sólo en ahora.

Secretos

comedor

La felicidad que le llenaba debía ser guardada en lo profundo de su ser, cada día. La vida que crecía en su interior debía ser ocultada por medio de artificios y complejas maromas que le agotaban constantemente. Los dulces que brotaban de la pericia de sus manos, viajaban escondidos en sus bolsillos, cada tarde, después del mediodía, para llegar a los labios del que amaba.

Había llegado hasta este punto de su existir arrasada por el dolor y la cobardía,  pero él había entrado en su vida casto y sincero, con suavidad y en silencio, inundándole de una confusión de sentimientos que se acercaban a la palabra felicidad. Compartieron los paseos después del mediodía, hasta la tarde del primer aguacero, que anunciaba la llegada del invierno, cuando se amaron como si lo hubieran hecho toda su vida. Entonces, todo tomó el curso que debió haber tenido siempre y la pasión les llenó las venas, mientras la tierra se llenaba de lluvia. A partir de ahi, inventaron estrategias y todo tipo de diversiones para despistar a ese cruel y despiadado, borracho y violento que era su marido. Su vida ahora tenía este dulce y agraz constante, que amenazaba con robar su cordura cada día. El tiempo compartido con el amor de su vida le había devuelto la felicidad que creyó perdida para siempre, en aquellas noches macabras de las borracheras de su marido, cuando los insultos y los golpes, cuando las constantes humillaciones sobrepasaban su existir y la ahogaban en gritos impronunciables y silentes que le cortaban el alma en pedazos que no lograba poner juntos de nuevo.

Al verse en los ojos de su amado, siempre la calma le inundaba y era capaz de respirar una bocanada de energía que le llenaba por completo. Todo valía la pena por este momento en el tiempo. Ahora, su felicidad estaba completa, la vida que crecía en su interior, producto del amor de ambos, le mantenía alerta y contenta. Este hecho, impensado al lado de su marido, le había sorprendido y le avasallaba por las noches, cuando pensaba en ello.

Esa tarde, después del ocaso, su marido llegó antes de lo acostumbrado. Tranquilo, sobrio y callado, parecía otra persona. Vestido con el traje negro que usaba los domingos, se sentó parsimonioso en la mesa del gran comedor. Esperó hasta que hubieron servido el postre y sin mirarla a la cara, como era su costumbre y con una pasividad que asustaba, le arrojó la verdad. Sabía de su relación, sabía de su estado y sabía todo desde el día en que ella había empezado a verse con este hombre. Lo sabía todo, como lo sabía todo el pueblo.

Ella palideció. Le faltó el aire y la criatura en su vientre dio un giro violento, intentando zafarse del apretado corsé que le mantenía inmóvil.  No podía articular palabra y sus labios se pegaron con porfía, mientras su boca se mantuvo rígida en una mueca indefinida. Sólo sus cejas se arquearon por un segundo, pero logró volverlas a su lugar. La habilidad de no mover un músculo en señal de desaprobación, la había aprendido con el tiempo. Cualquier atisbo de reacción le valía una golpiza monumental de la que tardaba semanas en recuperarse. Defender su criatura era la única preocupación, ahora que caminaba en este alambre flojo y sin red, mientras su marido se mantenía  extrañamente sereno e iba apretando sus puños cada vez más.

De pronto, golpeó la mesa con la furia de un volcán. Cayeron las copas de cristal y una mancha de vino blanco corrió por el mantel como un río descolorido. El sonido de los platos, tambaleándose aún por el golpe, acompañaba la escena.  Se puso de pié y le habló lentamente, marcando cada palabra. No me verás más, pero a él tampoco lo verás. Tengo preparado un documento donde esa criatura no heredará nada de mis bienes. Te repudio en este instante, pero no habrá escándalos ni declaraciones, permanecerás aquí en esta casa, sin moverte. No intentes escapar. Yo sé todos tus movimientos. Quemarás cada libro que ese desgraciado te ha regalado y verás pasar su funeral por la ventana oeste del balcón. ¡¡¡Te lo juro que verás pasar su funeral!!!.

Estiró su chaqueta desde el cuello y acomodó el mechón que se había salido de su sitio. Subió a su dormitorio y buscó un impermeable y un sombrero. Acarició la billetera en el bolsillo superior y sin decir nada más, abandonó la habitación.

El Final

El ruido de los tiros aún retumbaba en el aire gélido de la noche. Sólo las estrellas alumbraban pálidas, pero ciertas, mientras las personas se persignaban y miraban en todas direcciones, aún conmocionadas. El espectáculo se había terminado. El pueblo lucía desierto.

La compañía de teatro había dudado de presentarse en este escenario tan modesto, con una población tan reducida, pero el director insistió que todo lugar era digno de ser explotado y que ellos estaban para distribuir el arte donde fuera, no coartarlo con fríos e impersonales análisis financieros. Eran artistas, no banqueros.

El hombrecito delgado que se unió a la caravana, tampoco fue bien recibido por la comparsa, pero el camino y el viaje se compartían por esencia y por costumbre. Sus ojos azules esquivos y sus manos destrozadas llamaron la atención de las mozas, como su acento extranjero y el odio profundo que profería al hablar de su padre. Habló todo el camino de lo mismo, como un disco rayado, perturbando a los viajantes y las mascotas. Se apeó antes de la entrada al pueblo, agradeció con la única sonrisa que le vieron y desapareció entre la vegetación de la rivera.

La función empezaba exactamente a las nueve de la noche y todos estaban ahí reunidos. No era que el arte les interesara demasiado o que la compañía fuese muy famosa. Era simplemente que pocas cosas pasaban en aquel entonces y valía la pena salir de vez en cuando. Todos se conocían y habían recibido gentiles invitaciones para asistir al evento, auspiciado por la única tienda del pueblo.

Allí estaban, felices, plenos y distendidos. Entraron todos en un rumor de voces que se fue apagando a medida que ingresaban al teatro, y tomaban asiento en las butacas de cuero viejo que rechinaban al ponerlas en posición. Acomodaron sus abrigos y sus trajes, mientras el olor a naftalina y paños de cretona les llenaba el olfato y les guardaba la voz. Se escucharon ruidos y movimientos en bambalinas . Las luces se apagaron de pronto y en un destello nuevo, el telón subió. Los aplausos completaron la escena. Comenzaba la función.

Era la loca del pueblo y se paseaba con una manta de castilla raída que le arrastraba por el suelo, aunque a veces la usaba sobre la cabeza y dejaba ver su sexo a los transeúntes que se volteaban horrorizados, incapaces de entender su esquizofrenia mezclada con la lascivia de la sinrazón. Había visto la conmoción, antes de que empezara la función y desde dentro de su ser, una llamita de odio le hizo proceder con lógica perfecta, como nunca antes en su vida. Se armó de una escopeta antigua, robada del último granero donde había pasado la noche, manoseada por un peón borracho y desdentado y se dirigió sin vacilar a la entrada del teatro. Se tendió detrás de las matas de rosas , esperando que la función terminara, acariciando la escopeta, como antes había acariciado al que había amado y que la había sumergido en la vorágine de su locura.

Henry estaba cansado de la historia sórdida entre el dueño de la tienda y su mujer. Sabía que el hijo que ella esperaba no era suyo y que ellos se veían a escondidas, mientras él se embriagaba en los burdeles, fumando yerba y gastando a manos llenas. Estaba decidido a terminar con este cuento que mancillaba su buen nombre y su hombría. Tomó la escopeta escondida en lo alto de su ropero, buscó su abrigo y bebió un último trago de brandy. Se dirigió hacia el teatro. Esperaba verlos a ambos ahí.

El joven de ojos azules que había viajado con la caravana, se ubicó en la plaza. No había comido en todo el día y mordía sus manos con rabia y frustración. La escopeta que consiguió con las pocas monedas que había robado, no le parecía suficiente para llevar a cabo el cometido por el que había viajado desde tan lejos. Intentó cerrar los ojos, pero el frío de la noche le calaba, sin que su chaqueta  fuera capaz de protegerle. Acariciaba el arma por momentos y por otros le golpeaba contra los adoquines. Sólo disponía de un tiro.

Los aplausos y vítores despertaron a la loca e hicieron aproximarse al joven más hacia la entrada del teatro. Henry tenía una posición inmejorable y fumaba el tercer cigarrillo de los últimos diez minutos. Estaba tranquilo, pero sus manos sudaban de impaciencia. No sentía su orejas por el frío. Era el único inconveniente. El de los ojos azules se aproximó lentamente, oculto entre los espacios sin luz de la calle, arrastrando la escopeta, intentando disimularla en su pierna. La sentía fría y rígida. Sus tripas resonaban y se moría por una sopa caliente. La loca acomodó su manta una vez más, cubriendo su desnudez lo mejor que pudo. Se acercó justo a la entrada, escondiendo la escopeta entre los pliegues. Hizo rechinar sus dientes, en una costumbre que siempre había tenido, tornando su boca en una mueca de frustración y de rabia. Los primeros espectadores empezaron a salir del teatro.

La obra había sido aceptable y graciosa. Nada del otro mundo, pero él no perdió la oportunidad de acariciar las manos y besar el cuello de la que amaba, en los instantes que la luz se iba. Eran felices y no podían serlo más. Se amaban en cada atardecer, se abrazaban muy juntos en las mañanas y aunque llevaban muy poco tiempo de casados, sabían que debían estar juntos en esta vida y las siguientes. Allí estaban también sus amigos; el dueño de la tienda y la mujer de Henry, que les miraban con regocijo y esperaban el final del espectáculo para comentar y compartir.

El aire de la noche les golpeó con furia, al salir. Ella se arropó en su delgado abrigo y avanzaron del brazo entre la muchedumbre, pasaron por el lado de la loca sin reparar en ella, vieron al joven ojiazul en la esquina y la estela del humo del cigarrillo de Henry, al frente.

El aire se cortó de pronto y todos los sonidos desaparecieron. Sólo el retumbar del trueno quedó suspendido. Ella se iba desplomando lentamente, mientras él trataba de encontrar el equilibrio. Había sentido el tiro rozando su cabeza y trataba de ver de donde había venido, entonces la vió desfallecer, mientras sus manos cubrían el borbotón de sangre que emanaba de su estómago. Estaba horrorizado. No podía ser posible. Miraba como si no fuera ella la que estaba allí. Palidecía más y más, mientras el carmín iba inundando su vestido, como una ola en la playa. Quiso gritar, quiso llorar, quiso moverse, pero estaba congelado, mientras ella permanecía con una mano extendida, intentando alcanzarle. Susurraba algo, mientras el dolor le iba quitando las fuerzas. Nadie hacía nada, como si esta escena macabra fuera parte del espectáculo que acababan de presenciar. Sólo las estrellas alumbraban pálidas, pero ciertas. El pueblo lucía desierto.

Nadie sabría cómo explicar esta desgracia  y después de las exequias de la joven, le vieron a él tomar su caballo y avanzar hacia la salida del pueblo. Nadie le vio nunca más, como nadie vio nunca más a la loca ni a Henry. Sólo el cadáver del joven de los ojos azules estuvo flotando por días, congelándose en el río, mientras su escopeta se mecía, junto con otras dos, en la rivera.

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Gaspar

Su padre trabajaba como barbero y había llegado de Bavaria. Su acento era confuso y la construcción de sus frases era extraña, pero su corazón salvaje conquistó el frágil y delicado de su madre y, un día de otoño, decidieron vivir sus vidas juntos.

Gaspar llegó después. Un hermoso niño, gigante y delicado. El nombre se le ocurrió a ella, antes que su padre pudiera decir nada. Como los reyes magos, el pequeño era el regalo perfecto para curar su vida anterior. Lo que significó para el padre poco importó, sólo la alegría que inundaba los sentidos de su madre, sólo las esperanzas infinitas y los sueños abiertos al horizonte. Eso era todo lo que a ella le importaba.

Los deberes de su trabajo le mantenían mucho tiempo fuera del hogar. Su labor de enfermera le conminaba a curar el dolor y al que sufría. Llegaba cansada y sin ánimo de nada. Era todo un desorden y un caos. Todos parecían invadir su espacio, urgaban en sus papeles y todo se volvía un despelote. Los amigos del padre llegaban, de tarde en tarde, a jugar cartas, mirar el partido y tomar cerveza, hasta no poder ponerse de pie. Nada tenían que ver con las lecciones de chelo y el vino de cavas seleccionadas que ella se preciaba de tener.

Entre lo dulce y lo amargo, lo divino y lo profano, Gaspar fue creciendo. Buscando aquí y allá pedazos de una familia que nunca logró entender cómo se mantenía unida. Trataba de satisfacer a todos, pero nadie le satisfacía a él. Pronto, empezó a notar cierta tensión en los diálogos de sus padres, que terminaban en horrendas discusiones que le hacían ocultar su cabeza debajo de las almohadas y llorar de rabia y frustración, sin entender muy bien por qué.

A la vuelta de los años, ellos finalmente se separaron y la tensión dentro del hogar se redujo a su mínima expresión. Sólo Gaspar actuaba como un troglodita de vez en cuando, con su grupo de amigos de la escuela. Entraban por las ventanas de la cocina, aunque él tenía sus propias llaves, se colaban al sótano y bebían latas de cerveza que llenaban con toda clase de secreciones inmundas que repugnaban hasta la médula a su madre.

Así se fue llenando de amistades torcidas y que creyó sinceras, en su búsqueda de un espacio común. Primero, los vecinos drogadictos, luego sus compañeros de color, portando armas;  luego, pequeños traficantes y para terminar, la figura siniestra de Rick.

Su madre no reparó en ninguna de estas advertencias, hasta que fue llamada por la policía para recoger a su hijo en la estación, profundamente intoxicado con heroína y  barbitúricos, acusado de violación de morada y escapar en un vehículo robado.

En el viaje de vuelta, preguntó  a sí misma, insistentemente, porqué, si le había dado lo mejor, si había sido siempre indulgente y consentidora, si había invertido tanto dinero en su educación, en la casa que disfrutaban y en haberse separado de su padre, que a esta altura de su vida, consideraba cruel y desaliñado.

Intentó nuevamente todo desde el inicio, hablar con Gaspar, darle acceso a cosas excelentes, viajes y aventuras. Tal vez el niño estaba aburrido, tal vez no sabía qué quería. Pagó por cursos y planes de rehabilitación en los mejores establecimientos de la ciudad. Trabajaba horas eternas, haciendo tiempo extra para costear todo. Pagó por viajes en busca de sanación, pero cada vez que reparaba en su hijo, le parecía un extraño, parecía que jamás había parido a esta criatura o al menos no sabía en dónde había sido transmutado a este ser.

Las llamadas y mensajes de Rick parecían inquietarle y calmarle al mismo tiempo. Sus regalos raros pertubaban a la madre y  llenaban a Gaspar de falsa alegría  y orgullo. Exhibía fascinado sus tatuajes, la moto Harley Davidson, el reloj de oro y los incontables billetes que manejaba en sus bolsillos. 

Los confusos recovecos en los que Gaspar había convertido su verdad, le perseguían y, para deshacerse de ellos, frente a su madre, inventaba más y más mentiras. Lucía desvalido a veces, pálido en las mañanas, sin ánimo y sin vida. Para el mediodía, gozaba nuevamente de energía y desaparecía sin dejar rastro, para volver al amanecer. Su madre estaba ciega y insensible pero su camisa manchada de sangre dio la alerta. El revólver debajo de su almohada, le confesó la verdad.

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¿Por qué ahora?

Me preguntas con tus ojos intrigados, mientras la segunda botella de alcohol recorre nuestras venas, entibiando nuestros cuerpos, afiebrando mi mente y congelándote en mi corazón, de esta manera hermosa en que brilla tu mirada, ebria y esquiva.

¿Por qué ahora? me repites y no sé qué contestar. Sólo quiero tu proximidad en las puertas de mi inconsciencia, en los albores de mi cuerpo y que te quedes ahí, muy quieto. ¿Por qué ahora? Porque quiero, porque puedo y porque estamos aquí.

La mañana siguiente no hay reproches ni miradas acusadoras. No hay largos desayunos ni paseos  tomados de la mano, ni frases ajenas con “te quieros” cursis y gastados. No hay responsables, ni culpables, ni tiempos ni mañanas. Sólo las risas contenidas,  besos apurados y la alegría de ser.

Eso es lo que he visto y ese es el porqué.

Casacanelo

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Al llegar, la primera vez, era invierno y la lluvia se filtraba por todos lados. Venía del cielo, pasaba entre los árboles y se pegaba en la hojarasca medio muerta del suelo. Las enredaderas hacían difícil caminar para ver la tierra en toda su extensión. Un campo de helechos, duros e insolentes trababan su paso cada vez. En el fondo de la propiedad, la vista se abría en un campo de labranza que dejaba ver el panorama en todo su esplendor. De pronto, un rayo de sol trajo un arcoiris que atravesó todo el cielo, por encima de las nubes grises que amenazaban otro aguacero. Entonces decidió comprar.

Al tomar la decisión, puso todo su empeño, como era su costumbre en situaciones por el estilo. Delimitó su tierra ayudado por delgadas hebras de plástico y banderas improvisadas con bolsas de supermercado, que colgó aquí y allá. Construir era su mayor felicidad. No podía esperar para empezar.

Revisó con cuidado la flora del lugar. Determinó los espacios húmedos y trazó en su mente los planos de la construcción. Improvisaba dibujos en tapas de cartón y trozos de madera, incluso en un cuaderno de caligrafía que encontró por accidente.

El lugar para su nuevo hogar se lo mostró un chucao, un día de sol excepcional en que la luz entraba entre las copas de los grandes árboles de canelo. Había que esperar que el tiempo mejorara, pero el sitio ya estaba decidido.

Las pequeñas ranas se acercaron curiosas cuando empezaron a trasladar el material de la construcción. Incluso la gata, que llegó dentro del camión que transportaba la grava para el camino, le miraba intrigada y se paseaba coqueta por sus nuevos dominios. Había decidido quedarse, como él también lo había decidido. El aire era puro y , en la bruma del amanecer, podía verse el fantástico espectáculo de los bosques humedecidos y los pájaros del lugar que agitaban sus alas, desentumeciendo sus cuerpos al nuevo día.

La estructura se alzó despacio y sin molestar a nadie. Incluso el tímido chucao acudía cada mañana a darles la bienvenida a los constructores. Todo avanzaba lentamente, pero no había apuro. Avanzaban como las estaciones, como se presentaban los días, como el aire.

Las noches de luna llena ofrecían un paisaje irreal y evocador. Se filtraba su luz entre los árboles e iluminaba por momentos eternos el camino y las estrellas. Decidió instalar grandes ventanales que le dejaran ver la luz de la luna y el fantástico campo de estrellas. Decidió que la naturaleza hiciera su trabajo, mientras él hacía el suyo. Que la hojarasca rellenara los espacios donde la grava no tenía cabida y que el sol lentamente le fuera iluminando en el diseño de su hogar.

Para cuando tuvo plena conciencia, estaba buscando una puerta de mañío para la entrada principal y le adicionó, en un arranque de inspiración, la portilla de un pequeño barco, regalo de un amigo excéntrico, como una ironía al paisaje.

Estaba todo ahi. El sol, las estrellas, la luz de la luna, entrando a raudales en las noches en que estaba llena; las pequeñas ranas y la gata. El bosque crecía a su alrededor y las enredaderas volvían a sus lugares de origen. La grava se acomodó caprichosa y las flores surgieron cuando llegó el verano.