El Sudor del Sol

Me confieso un poco dispersa esta mañana, te advierto, pero parece que no haces razón de mis palabras. Revuelves el caldo denso con ese cucharón largo de madera que encontramos en Bolsón. El vaho va subiendo más rápido de lo que yo esperaba y el aroma dulce de la cebada caliente me envuelve en sus humores.

Me hablas de tus viajes. De los eternos días de buceo en Cozumel y te imagino con la puesta del sol a tu espalda, tu añejo pintado y el reloj marcando la presión atmosférica. Me hablas de los tesoros mayas; de Nuestra Señora de Atocha, mientras sigues revolviendo con devoción. Poco importan las salpicaduras en el piso. Ahora envuelves cuidadosamente el lúpulo en una venda blanca y lo depositas en la mezcla humeante. Tomas la temperatura. Tomas la hora. Tomamos un vaso de cerveza, bien fría, bien rubia, bien espesa, bien amada, bien hecha por ti.

Me declaro adicta a este placer y sorbo lentamente. Veo los amaneceres tuyos en el Caribe. Veo las montañas de los mayas, veo tantas cosas, a la luz de este elixir dorado y frío que cruza mi garganta. Escucho tus historias de marinos y las burbujas se van haciendo parte en este relato fascinante, como si yo también buceara. Veo tu empeño traducido en el aroma dulce y pegajoso de este caldo. Te imagino otra vez con el sol a tu espalda, siempre contra el horizonte, en este viaje que no ha terminado todavía.

Revuelves otra vez. Atizas la llama de la lumbre y esperas, con la paciencia de los barcos viejos en el fondo del mar, mientras el sol del Caribe los va despercudiendo cada día, a la espera de que alguien los encuentre, para que tengan a bien contar su historia. Miro a contraluz mi vaso espumante, me entra a la nariz el polvillo picante del lúpulo y te escucho. Consultas tu libro por si has pasado por alto algún detalle de importancia, pero más que todo porque te regocijas en el placer de la cocción. Enfriamos ahora, me dices. Dejo de lado mi copa y juntos nos ponemos manos a la obra. El sol del mediodía de este lado del mundo entra de lleno en la habitación. Colamos con cuidado y confiamos en nuestros tiempos. Bebemos un sorbo de la mezcla caliente, intentado adivinar el sabor futuro de la alquimia y del trabajo, proyectando el resultado final, que no veremos este día ni el siguiente. Es un proceso en el que hay que saber esperar, dices con certeza y me sonríes.

Me cuentas de los tesoros mayas otra vez, me hablas de miles de viajes y aventuras. Te escucho aún un poco dispersa, todavía un poco perdida. Este sol inusual para la época nos hechiza, nos alucina, nos da ánimos. Este sol se vierte lentamente en la mezcla ancestral que hemos preparado y creo que la tiñe con sus rayos, la hierve con su fuerza y la deja en nuestros labios, junto con el amargor del lúpulo y los suaves toques tostados de la cebada.

Me confieso dispersa, sin remedio, pero ya no importa. Miro el paisaje, levanto mi copa. Veo tu sonrisa. Cerramos las tinajas, limpiamos la habitación. Me tomas de la mano, es hora de otra historia, de otro viaje, de este tesoro bonito que tenemos y que encontramos por accidente, tanto tiempo atrás.

Alma de Mineral

María del Carmen Maluenda se despertó con el ruido del bus que venía a buscar a su esposo, Alberto, para el turno de ese día. Se había ofrecido voluntario. El sobretiempo se pagaba bien y ellos necesitaban el dinero. María estaba embarazada de su tercer hijo.

Preparó el desayuno con tranquilidad y miró, como todos los días, las fotos ajadas por el tiempo y los traslados.  Allí estaba su madre, en algunas estaba la abuela y en una sola instantánea, frágil y estropeada, figuraba sin sonreír, sin expresión alguna, rígida, su bisabuela, tomando con firmeza la mano de Juan, el hijo menor, que se había salvado, sin tener mayor conciencia, de las terribles condiciones de las minas del carbón. Todas ellas había sido mujeres, hijas y madres de mineros. Todas y cada una de ellas. Una larga descendencia de mujeres curtidas por la cruel faena de la mina, tanto o más que los hombres; acostumbradas al sudor del marido, a la falta de medios, al frío, a ver esos cuerpos amados heridos, teñidos por el mineral, curados por la acción de los elementos. Destruidos, asustados, hambrientos, resignados.

María del Carmen había escuchado desde siempre las voces de sus antepasados, atados con cadenas a las entrañas de la tierra y a los recuerdos de la familia. Tenía en su memoria la historia de las acciones acontecidas desde los primeros pirquineros, pasando por las condiciones infrahumanas de la explotación del carbón, donde Luciana, su bisabuela, había sido protagonista. Siempre reclamando por el trato indigno, siempre llevando la cuenta de los días de trabajo del marido en la punta de los dedos y de cuántos cajones de carbón extraía en la quincena. Era la que más pataleaba por los descuentos injustificados que hacían aún más exigua la triste retribución a sus bestiales esfuerzos. Las humillaciones que pasó estaban tatuadas en sus recuerdos y en los de su familia. Los hijos que perdió estaban prendidos en su corazón, como partes de un escapulario que colgaba de sus brazos, cansados de tanto amasar pan con chicharrones para sobrevivir en el pueblo donde fueron a parar, cuando fueron expulsados del campamento. Su hijo Lorenzo, mocetón de dieciséis años, ocho trabajando, cuatro manteniendo a la familia por sí solo, se había negado a seguir arrastrando el carrito donde iba el ingeniero en jefe, por los rieles enlodados de la mina y aunque la paliza fue brutal, no se amilanó. Se parapetó detrás de un pilar esperando los golpes, pero el capataz lo echó. A él y a toda la familia. Como era la costumbre. Con lo puesto, hijita, había dicho siempre Luciana, en un cántico desolador. Con lo puesto y con tres chiquillos al hombro. Todo por alegar un trato justo. Todo por querer ser personas humanas.

Historias como esa abundaban, recordaba María del Carmen, mientras seguía en la televisión el programa de farándula. Tenía control en el hospital ese día. Su embarazo no andaba del todo bien. Con treinta y cuatro años y viviendo siempre en los campamentos, su cuerpo se había resentido tanto como el de su marido, por la altitud, el agua cargada de los mismos minerales que los hombres arrancaban de la tierra y más que todo por la soledad. Apagó el televisor. Se dispuso a hacer sus quehaceres.

La vecina golpeó su puerta con imprudencia y con terror. ¡¡María, María, están atrapados!! Ha habido un derrumbe. Su corazón se congeló. Una niebla espesa, como la que cubría los amaneceres helados de invierno, en el campamento donde había vivido antes, la invadió por completo. Un derrumbe. Había escuchado esa sentencia, desde pequeña, como la peor de sus pesadillas. Un derrumbe, gritaban las mujeres en la cuadra. Un derrumbe, gemían todas las mujeres de su familia, adentro de su alma. Un derrumbe. Escuchó claramente los fantasmas de todos sus antepasados, que habían quedado incrustados en la tierra, prisioneros en la misma urgencia que los había impulsado a seguir horadando la montaña.

Se dirigieron juntas al pié de la mina. En el camino otras treinta mujeres se unieron. María del Carmen miraba sin expresión al resto y acariciaba su panza, sumida en un trance silente y lejano, como si fueran sus entrañas las que ahora contenían al esposo y a todos los de aquel turno, que nadie sabía si seguían estando con vida.

Una de las mujeres tenía una biblia y leyó en voz alta Él no dijo no seréis víctimas de las tempestades, no pasaréis penurias, no pasaréis enfermedades, sino que dijo no seréis vencidos por ellas. María del Carmen escuchó con atención y despertó de su encantamiento. Regresó a su casa a la carrera. Encargó sus hijos a la vecina, que como una gallina clueca, había recibido a todos los chiquillos de la cuadra. Llenó un termo con agua caliente y se echó al hombro dos frazadas. Se despidió de su casa, cerrando la puerta con llave y se unió a las otras mujeres, que hermanadas en esta angustia insondable, habían decidido hacer vigilia en la entrada de la mina. Al ver a otras ya reunidas, supo que ese era su lugar y supo lo que tenía que hacer. Ahora eran las cuidadoras de la esperanza, como lo habían sido las de su familia, desde tiempos inmemoriales. No podían flaquear.

N de la R: En estos momentos, treinta y tres mineros están atrapados en las entrañas de la Mina San José, en la localidad de Copiapó, que el día jueves pasado sufrió un derrumbe de proporciones. Mis sentimientos de solidaridad con estas mujeres incólumes que se han mantenido con la esperanza en alto, en medio de un angustioso clima, esperando que este rescate llegue a buen término y salgan con vidas sus esposos, sus compañeros, los padres de sus hijos.
Mi agradecimiento profundo también a los grupos de rescate que no han parado, desde que se declaró el accidente.

Colombas

Bruno había sido tan caballero como la costumbre lo indicaba.  Por más que la gente ensalzara su accionar, él no se dejaba tentar por la vanidad. Había actuado en consecuencia. Era el mayor de los ocho hermanos y la herencia de sus padres era su responsabilidad. Esa era la razón por la que, sin mayor comentario, aceptó la llegada de sus dos hermanas.

La gente las llamaba solteronas, porque habían cruzado, ambas, la barrera cruel de los treinta años, sin haber encontrado marido que las mantuviera y que las hubiera alejado, convenientemente, del triste destino de ser allegadas en la casa del hermano, a merced de la voluntad de la cuñada, confinadas en un triste cuarto del tercer piso, sin poder de decisión, sin mayor expectativa, sin más esperanza de vida.

Francisca y Elena aceptaron su destino, como las flores aceptaban ser separadas de la planta y puestas en sendos floreros a media luz, bajo las miradas intrusas de los sobrinos, las libidinosas de los sirvientes y las solapadas de los amigos. Bruno había sido muy amable con ellas. Disfrutaban de un cuarto propio, con ventanas que daban a la calle, con el sol reflejando en el espejo de cuerpo entero que cada una tenía en su dormitorio, que les mostraba inexorable el paso despiadado del tiempo.

Leían a media mañana, después del desayuno, servido por la empleada, planeado por la cuñada, alborotado por los niños y por algún visitante que llegaba a ver al hermano. Disfrutaban de la misma forma a Rilke y Becker y sus mejillas se colmaban de carmín al imaginar los besos que inflamaban la pasión de los autores. Esa pasión y esos besos que estaban tan lejos de ellas como la luz de la luna, que curiosamente nunca entraba en ninguno de sus dos cuartos. Decía la criada mapuche que si la luna chocaba en esos espejos tan grandes, era capaz de eliminarlas a ambas de la faz de la tierra. Elena esperaba a veces ese destino. Francisca negaba con la cabeza y se sumergía en el jardín de lilas, imaginando una vida paralela, distinta, feliz.

Bruno era un hombre gentil, pero tenía la cabeza más hueca de todos los hermanos. Gobernado por el juego y por las ansias de ser un señor, perdía a manos llenas en las empresas más descabelladas que hubieran llegado a sus oídos, ya sea por bravatas de borrachos, por artículos colmados de exageración en los diarios o la simple chispa loca de su iniciativa. Cada cosa que otros presumían iba a ser un éxito rotundo, él la ponía en práctica sin demora. El agua de rosas, embotellada para las señoritas de París, no aguantaba ni tres días por la deficiente manipulación de su fórmula y terminaba como una melcocha verde y con olor a muerto. Corderos de la Patagonia, esquilados a contrapelo para suplir las necesidades de lana en la vieja Gran Bretaña, saltaban por la borda de los barcos, enloquecidos con la agitación del estrecho; vacunos cruzados con bestias del Brasil para dar de comer a las colonias del Congo Belga, muertos de congelación en su primer invierno y así, infinidad de locuras, una tras otra, sin sentido, sin medida y sin ganancias. Grandes empresas, decía él, para grandes hombres. Elena movía la cabeza y se mordía los labios con furia. Las ideas eran muy buenas, pero todo lo demás estaba equivocado. Se hubiera hecho millonario de seguir los atinados consejos de su hermana, dueña de un sentido común extraordinario, pero ella era una solterona, especie de leprosa, incapaz de echarle el guante a un hombre, lerda, sosa, estúpida incluso, destinada a su habitación y a vivir de su caridad, tal como Francisca y su cabeza llena de pajaritos.

Pajaritos que veía acercarse todos los días, hasta que cayó en cuenta que eran palomas. Magníficas palomas se cagaban cada mañana en sus techos de tejas de cobre y no entendía cuál era el propósito de su llegada. Las observó con detenimiento, mientras escuchaba la última idea de su buen amigo Alfonso. Si te gustan tanto las carreras de caballos, ¿por qué no ponemos un aras?

Francisca llenó la primera esquela, con su letra serpenteante y dudosa. Elena llenó la segunda, con precisión y mano firme. Cuando la paloma trajo de vuelta la misiva, el corazón se les llenó de dicha. Eran correspondidas. Un milagro, una quimera, un imposible estaba sucediendo. Tres o cuatro veces en el día, la alegres solteronas se daban maña para trepar al techo y recibir a aquella ave que les traía la felicidad envuelta en sus patas.

Habían conocido a los caballeros allí mismo, hermanos ambos y cuando llegó la primera nota, tuvieron que sumergir sus caras en agua fría para pasar el calorcito impúdico que les inflaba las venas. Estaba todo de su lado. Soltero uno y viudo el otro, las misivas iban y venían al vuelo de las palomas. La alegría las invadía por completo y hasta la criada mapuche tuvo que reconocer que era mucho más agradable verlas a ellas que a su patrona.

Bruno y Alfonso compraron el semental más vetusto del Club. Esperaban tener un aras de renombre en menos de un año, sin considerar a la madre naturaleza ni las leyes de la genética y las probabilidades. Orgullosos se paseaban por la ciudad, contando las ganancias que aún no estaban ni cerca de obtener, pero esa tarde el cuidador les dió una mala noticia, el animal boqueaba como un pez fuera del agua, mientras el pecho se le había hinchado al doble de su tamaño. El veterinario hizo un diagnóstico aciago, no le quedaba mucho a este viejo ejemplar. Bruno investigó con furia cómo se había contagiado con la enfermedad de New Castle. Echó al cuidador, acusándolo de traidor, echó al jardinero, acusándolo de envenenador y cuando el día despuntó con fuerza, al sol lo tapó la silueta de una paloma, que dificultosamente se posó en el techo. Subió con Alfonso y vieron un regadero de ellas, con la misma sintomatología del caballo, mientras sus hermanas les ponían miguitas de pan en sus picos y gotas de agua, registrando una por una a ver cuál tenía la misiva de ese día.

Las Visitas

Estaba justo al frente mi casa. El portón de madera, que después fue reemplazado por una reja de fierro, miraba detenidamente al mío y estaba en la casa de la vecina. La señora Martina vivía con su madre, su marido y dos sobrinos regalones y vagabundos que no le traían más que dolores de cabeza y gastaderas descomunales. También habían gatitos nuevos cada tanto, como si su gata no tuviera otro propósito en el mundo que expulsar estos pequeños seres, peinados a la garzôn, fragiles y de ojos cerrados, como lauchas, que nosotros elegíamos con cuidado y con confianza. Eramos las vecinas regalonas y aunque siempre hubo una cierta tirantez frente a la idea de ir a esa casa, cruzábamos la calle con alegría. Atravesábamos el camino en S que bordeaba la construcción, producto enfermizo de una señora que nadie recordaba cómo se llamaba, que perdió la razón cuando sorprendió a su marido haciendo como los conejos con el zapatero. Dejó que la casa se llenara de rosales, rosas mosquetas y murras salvajes y gigantescas, hasta que ella desapareció y la madre de la señora Martina se hizo cargo de esta propiedad.

Venía tanta gente, todos los días. Era, sin lugar a dudas, la casa más visitada del barrio. Cordeladas de ropa flameaban colorinches en el patio de la señora Martina, producto de la acumulación de visitas intespestivas y cargantes que llegaban a su casa a todas horas, con una insolencia que nos llamaba la atención, pero que a ella parecía no molestarle en lo absoluto. Parecía tan satisfecha mientras más sábanas llenaban su cordel y las ventanas de todo el segundo piso, donde seguramente habían alojado todos estos parientes, se abrían de par en par para dejar salir los humores de tanta gente durmiendo junta.

La mujer de don Lucho se acercaba cada mañana, con su cara gris y sin expresión, su cabello revuelto, su delantal descolorido y su escobilla de esparto, a la artesa de la señora Martina para hacerse cargo de la cantidad monumental de ropa para lavar. En las mañanas de invierno veíamos cómo el vaho se desprendía del ejército de prendas colgadas y en el verano, era preciso retirar todo antes del mediodía, para que no quedaran rígidos en el cordel, como un cuero de vacuno salado.

El padre de mi amiga Rosita tenía los ojos más azules que he visto jamás y creo que brillaron como el mar  el día que mi madre se encontró con él, a boca de jarro, en la reja de entrada de la casa de la señora Martina. Mamá venía del almacén y siempre cruzaba la calle en ese punto. A esa altura ya nos habíamos dado cuenta que la gente que llegaba a las horas más sorprendentes no eran parientes cariñosos y cargantes, sino que eran parejas que se juntaban clandestinamente, arrendaban un cuarto en el segundo piso y luego de una sesión de sexo furtivo y a la carrera, se marchaban cada uno por su lado. La casa de mi vecina era una “Casa de Citas” . Un antro del pecado, decía el párroco de la iglesia. Un lugar de perdición y de vergüenza, decían las monjitas del colegio. Un lugar donde sólo los sinvergüenzas y las mujeres de casco liviano hacían como los perros, únicamente por darle placer a la carne corrupta y vil. Todo eso lo sabíamos de memoria, después de dos años de catequésis, un año de confirmación y  seis años de rosarios monótonos, cada día lunes, en el colegio de la Congregación de la Santa Cruz.

Cuando el papá de mi amiga Rosita vio a mamá, entendió que estaba bien cagado y redobló los esfuerzos para no ser visto. Sin embargo, yo lo ví también, en varias ocasiones, mientras estudiaba a la entrada de mi casa, protegida por el mirto y el cerezo  y recuerdo que medité concienzudamente si el hecho de ir a hacer como los conejos, con esa mujercita que parecía su doméstica, le restaba puntos a la imagen de padre excelente y cariñoso que tenían sus hijos de él; lucrando con sus visitas nerviosas a mi vecina, que lo recibía como a un príncipe, abría la reja para que entrara su camioneta y probablemente le asignaba un cuarto en toda la esquina, donde el sol no le perturbara su pasión.

Él siguió yendo por años, con diferentes amantes. Muchas veces lo ví y muchas veces ví a la mujer de don Lucho concurrir sin ánimos a la ingrata tarea de escobillar sábanas sudorosas y pegoteadas de secreciones y humores apasionados. Era por eso que la gata estaba permanentemente en celo. La crujidera de los catres en el segundo piso, los gritos ahogados, el olor de la pasión evaporándose como el vaho de la ropa en el invierno, mantenían al pobre animal corriendo por los tejados como una poseída, alterando a todos los gatos del pueblo, que la perseguían sin cesar para cumplir su cometido en el entretecho de la casa, dándole bríos, me imagino, a “las visitas” de la señora Martina que nunca dejaron de llegar.

La Última Frontera

Mientras era golpeado por veinte oficiales de la patrulla fronteriza, en San Diego, California, Anastasio Hernández Rojas, inmigrante indocumentado, recordó los veinticinco años que llevaba en territorio de Estados Unidos. Recordó con fastidiosa precisión la alberca de miss Elizabeth, sus sobrinos regordetes y los fantásticos lonches que se zampaban cada domingo, mientras él se deslomaba cortando el pasto en el calor estival, pensando en su patria y en su madre, tratando de entender qué carajo hablaban estos gringos y agradeciendo humilde, siempre humilde, la propina que la miss le daba con su español chapuceado “no saber qué hacer sin ti Ani”. Claro, porque había sido la miss en persona quien había pagado al Coyote por un jardinero y una mucama, como quien compra en el mercado un kilo de carne y tres naranjas. ¡La condenada!, pero aqui estaba y con lo que ganaba en la semana podía pagar su cuarto, su comida y mandar buenos pesos a su madrecita querida, que se moría de desolación entre el polvo de la mina y el calor del verano en el lejano San Luis de Potosí. No hay agua limpia para los pobres, decía ella en cada llamada y le escuchaba su lengua pastosa arrastrar las palabras al otro lado del teléfono, mientras él se tragaba tres cervezas heladas al hilo y pensaba sin cesar en la alberca de la miss Elizabeth, siempre rebozante y limpiecita.

Cuando la miss se casó con el gringo ese, mister Edward, todo se fue al carajo. Él trajo su propia servidumbre, vestidos de negro riguroso incluso con el calor atosigante de agosto, despidiéndolos a él y a la mucama. Ahí mismito empezó a jugar a las escondidas. La miss lo dejó sin papeles, pero bien recomendado y una recomendación llevó a la otra. Después de ser plomero, pintor, jardinero de medio tiempo, carpintero de casas de perros y muñecas, se convirtió en el señor de las albercas del barrio, siempre con la cara bien tapada por su sombrero de tela gringa, sus mangas abajo y sus movimientos copiados de los zambos. Nadie dudaba que era un mestizo negro, ciudadano legal de la ciudad a la que él había entrado esquivando agujeros de coyotes de a de veras, tragando arena y tierra amarilla, el corazón apretujado entre su saco con cuatro camisas, dos pantalones y el escapulario de la Vírgen de Guadalupe. Viaja liviano, le aconsejaron antes de partir. Viaja liviano, que se arranca mejor de la migra sin tanto equipaje que cargar. Nada más tu alma, le dijeron, nada más tu alma.

La dueña de la mansión, al final de la calle, le habló una vez de las fronteras y de su profundo descontento con todo lo que pasaba. Le consultó si pensaba que era un suicidio cruzar a este lado del río Grande y Anastasio, con la misma humildad que mostró en cada uno de sus trabajos, dijo en un inglés dificultoso y con ritmo de mariachi que qué le iban a hacer si acá estaba la chamba, acá estaba la lana y que muchos como la miss, su primera patrona, hacían vista gorda a la migra, las fronteras y los papeles y que aquí estaba, bendito sea Dios, todavía con fuerzas para seguir.

Los oficiales le aplicaron descargas eléctricas que nublaron todos sus recuerdos. Mientras perdía el conocimiento, vio la cara de sus cinco hijos, escuchó su nombre tres veces y luego no supo más. En el hospital decretaron la muerte cerebral a consecuencia de los golpes. La oficina de la patrulla fronteriza informó que los veinte oficiales respondieron a una agresión. ¡Hacen falta veinte gringos para terminar con un mexicano!, dijo el Coyote esa noche, doblando el diario y arengando a su cargamento. Órale pues, que no hay tantos policías esta noche.

N de la R: Esta historia fue inspirada por un microrrelato de nuestro amigo común Minicarver, quien tuvo la gentileza de permitirme escuchar a este personaje y contar, a la manera de Historias Ciertas, este momento que se repite más o menos igual, todos los días, en la frontera de USA con México.

La Hija del Pintor

Todo pasó muy rápido y tan suavemente. De un día para otro, este visitante se hizo permanente y cuando le comunicaron dichosos que iban a casarse, ella se dio cuenta que no había tomado en cuenta nada de lo que le había dicho don Bartolomé. La gata se le enroscó coqueta entre sus piernas, mientras, por primera vez en mucho tiempo, sintió el abatimiento en sus huesos. Nada de esto estaba planeado. Ella quería algo distinto. Las clases de francés se habían ido al demonio por la sonrisa franca y las manos vacías de este joven desconocido, que ahora venía a declarar, tan fresco, que se casaba con la única hija que tenía, aquella que le había costado sangre, sudor y lágrimas mantener a su lado y aunque le recordaba un pasado infame y sin sentido, era la niña de sus ojos, su único corazón. Ahora, se iba con este que no tenía donde echar sus huesos, ni una cama, ni una casa, ni un buen trabajo. ¡La jodienda, carajo!. Era como una maldición.

Así me contaba mi abuela de la penosa tarde cuando se enteró que mi madre se casaba con papá. Era tan difícil esperar algo de este joven, un pintor de brocha gorda, hijo del rigor, que no había terminado la enseñanza superior y que seguro era un bruto intransigente, como habían muchos en esos tiempos tórridos de la nación, pero el hombre era amable, con una voluntad infranqueable, sabio desde la cuna, con un  corazón grande y generoso, que muchas veces tuvo que amarrar con los cabos de la cordura, para no dejarse llevar por artimañas y falsos desconsuelos. Laborioso y feliz. Ese era realmente el pintor.

Creció entremedio de siete hermanos, a pié pelado, entre la lluvia y la escarcha de los inviernos pobres de su niñez, entre los caballos y los aperos del viejo carretón del padre, entre el jardín luminoso y la huerta fecunda de su madre, entre gritos de niños, juegos de pelota, caminatas en el campo, boga en el río y luz y sombra en los atardeceres del estío. Heredero de una existencia vulgar, se rebeló a ella y empezó a estudiar. Lo hizo mientras pudo y nunca dejó de lado la lectura, incluso mientras se encaramaba, con la agilidad de un trapecista, a los techos más obtusos que el diseño alemán de la región, en su opulencia, pudo concebir. Incluso ahi sacaba el periódico del día y le robaba minutos a su jornada, para enterarse del acontecer nacional.

Así era papá. Teñido con pequeños puntos de pintura, el olor de su piel tenía de sudor, alquitrán, solventes y cueros de cordero y le recuerdo avanzando por la cocina de dos zancadas para lavarse sus manos cansadas, que tenían aún energía para tomar pinceles y ayudar con los trabajos de la escuela, armándose de paciencia incluso pasada la medianoche, con los llantos y las súplicas de “ya basta papá, que no quiero saber cuánto es 8*7”

Libros. Siempre dijo libros. Nunca dijo nada más que libros y en la adolescencia desbocada se extrañaba el abrazo oportuno, el “te quiero hija” o la explicación intransigente, con el imperativo categórico acostumbrado en el crecer de la generación. Así no era el pintor. Descubría en cada color una visión nueva, una tonalidad distinta. Pintaba escuchando música clásica, en la vieja radio a pilas, mientras se quebraba la cabeza tratando de entender cuatro alocadas hijas, mantener el presupuesto familiar y el equilibrio arriba del tejado.

Yo era la peor de todas y entre discusiones dramáticas, extrañaba un padre como dictaba la norma, no este ser etéreo y distante que olía a solventes y trabajo, que no se comunicaba y que no daba ninguna respuesta concisa, sólo tenía a bien alcanzar un texto y decir como quien le hablaba al aire, búscalo por ti misma. Con la vida aprendí el valor de ese silencio. El sacrificio intrínsico de aceptar primero para sí y luego para su prole que él no tenía todas las respuestas, que no tenía toda la sabiduría y menos aún,  que no tenía todos los colores para pintar de primavera nuestros inviernos grises.

Esta que está aquí es producto de esos colores. Escasos tal vez, pero luminosos y sinceros. Brillantes y constantes. Esta que está aquí decidió, producto de la humildad y la sabiduría del pintor, que llegó con su sonrisa y sus manos vacías, llenar el mundo entero de palabras como estas:  Te quiero mucho papá.

En el Correo

Cuando María Isabel iba al correo, esperaba con ansias sus revistas y libros, y por alguna razón extraña, siempre esperaba algo más. La viuda de Uribe lo sabía, le conocía cada pestañeo, cada suspiro, cada ademán y le acompañaba, en silencio, en su sentir, cuando la veía, nerviosa, abrir los paquetes certificados y no encontrar nada más que lo había ordenado. Conocía su historia como la de todos en el pueblo, pero si algo distinguía a la viuda de Uribe era su discreción, requisito indispensable para trabajar en este puesto, entremedio de las rumas de cartas que llegaban día a día, en los sacos de lona roja, marcados con la insignia del correo, que ella repartía diligente en las casillas y en las manos de aquellos que llegaban con el semblante pálido, las manos enrojecidas y la mirada cabizbaja, preguntando en voz baja si había alguna correspondencia para ellos. Recibía en sus brazos, dotados de fuerza que hacía juego con su corpulento volumen, los paquetes envueltos en papel manila, cubiertos de estampillas y sellos, que venían de todas partes del país y que, con el arribo de los alemanes, llegaban de todo el mundo.

Tanto desearon María Isabel y la viuda de Uribe que algo sucediera, que al final, pasó. Una tarde de invierno, cuando el correo se había retrasado porque los caminos estaban intransitables, a causa de un aguacero que amenazaba con partir el cielo, esperó la joven en la oficinita y sin poner atención a la clásica cantinela de la viuda, redactó algunas líneas para el encargado de educación de la provincia, en su calidad de educadora del internado de las monjas suizas y no reparó en las botas sucias y el olor a tabaco que inundaba la pequeña habitación, hasta que estuvo casi por derribarla de su asiento. Miró molesta y se puso de pié.

El aroma del cigarro se erguía como un nubarrón, amenazante. Luego que la exhalación se disipó, pudo ver la cara de este hombre impertinente y rudo que casi la tumba porque no la había visto. “Constantino Del Palmar, tanto gusto” fue lo único que él atinó a decir, quitándose su sombrero de fieltro empapado. Su cabellos rojos en desorden y sus pequeños rulos saltando como resortes de fantasía, le hicieron olvidar su malestar. La mano gigante, que estrujó la suya, estaba sudada o tal vez ensopada por el temporal y quedó un rato más largo de lo prudente pegada a la de ella. Se miraron a los ojos y se congelaron en ese segundo. Sus labios dulces y perfectos, su cuello de cisne, pensó él. Su pecho gigante y sus cabellos, pensó ella mientras aspiraba con todos sus sentidos. El olor que emanaba de su ser era salvaje y primitivo, algo que la turbada maestra jamás pudo olvidar y siempre buscó en los tiempos venideros. No atinó a decir su nombre y él se despidió apurado, trastabillando por sus espuelas enredadas. La miró con dulzura y vergüenza, se disculpó y volvió a tomar su mano. Una gota de agua resbaló del ala de su sombrero y cayó en los labios de María Isabel. Apartaron sus miradas y él se retiró de la oficina.

Ella se quedó prisionera de sus ensoñaciones, enrojecida de pies a cabeza por una ola incontenible de sopor y se dejó caer en el asiento nuevamente. Sus papeles estaban regados en el suelo. Él no había reparado en ellos y les aplastó con sus botas embarradas. María Isabel los recogió y un sentimiento de profundo desconcierto le embargó y no la abandonaría por semanas. La viuda de Uribe vió toda la escena detrás del mesón, mientras simulaba llenar la planilla del correo certificado y no dudó un segundo en designar a aquellos dos como víctimas innegables de la maldición del amor. Ese mismo que la había llevado a ella a abandonar su carrera en la ópera y venirse a enterrar a este pueblo perdido, detrás del pequeño Romualdo Uribe, empleado, desde que tenía memoria, de la oficina del correo.  Le habló a María Isabel para romper el encantamiento, pero no acusó recibo hasta un largo rato después. El aguacero había amainado y se dirigió caminando de vuelta al internado. Cuando Margarite, su compañera de cuarto, le consultó qué era lo que la había puesto así, ella sólo atinó a decir: Constantino Del Palmar.