Los Vecinos

Don Bartolo ha muerto, dijo la señora Elena, con su voz de fumadora empedernida, arrastrando sus zapatos taco aguja por el parquet del living comedor. Ha muerto el pobre hombre y nadie lo ha ido a acompañar a su sepelio, insistió, prendiendo un cigarrillo de aquellos con el filtro color oro, que costaba un mundo encontrar en el comercio del pueblo.

Don Ernesto la miró circunspecto y no le dijo nada. Le acercó la lumbre y siguió leyendo la página social del diario.  Al cabo de dos vueltas del periódico, encendió un cigarrillo también y le indicó que mandaría a publicar un aviso en el obituario, en nombre de la familia, por el deceso de aquel vecino suyo por cuarenta años, juez del pueblo, que tuvo a bien partir al otro mundo exactamente cómo había vivido, en silencio y discretamente, tal como sus pasos por la cuadra, como sus vueltas a casa las noches de los viernes, después de jugar crap, borracho, perdido en el tiempo y el espacio, cantando bajito corridos mexicanos y haciendo callar al perro San Bernardo que cuidaba la entrada de la casa, el que invariablemente le babeaba la camisa y los zapatos y lo hacía caer de bruces en la alfombra del recibidor. Incluso ese porrazo era imperceptible para todos y sólo se le veía salir la mañana del sábado, magullado, a comprar una Coca Cola y una tira de aspirinas para componer esa “alergia pertinaz que le había aparecido de un día para otro y apenas le dejaba respirar”, que otros más prácticos llamaban simplemente resaca.

Que tenga un muy buen día le decía a don Ernesto, alejándose a paso cansino, adolorido en cuerpo y alma por la feroz borrachera de la noche anterior. Él le inclinaba la cabeza alegremente y echaba a andar su auto, un Buick colorado de 1975 y se reía, porque mientras don Bartolo se  jugaba las cuotas de las pensiones alimenticias, las multas de tránsito y los diversos tributos que el público cancelaba en su juzgado y que él recibía como garante; don Ernesto le hacía los honores a la esposa, cansada de un hombre que apenas se notaba, de discursos sobre jurisprudencia a las horas más inapropiadas, de sacar la caca del perro San Bernardo y aburrida finalmente de aquel viejo cojudo que le había tocado por marido. Era mucho más divertido el vecino, con sus chistes gruesos y su voz pastosa, sus regalos de mal gusto y comprados a la ligera, su pasión desesperada y su charla amena. Eso era mejor que morir de abulia con las largas peroratas del juez de la comuna.

Vivían constantemente en la inopia y toda la cuadra lo sabía, como se sabían las maromas de don Ernesto entrando por la puerta de la cocina, silbando como un criado, con las manos en los bolsillos, cargando una pastilla de jabón de tocador o una caluga de champú para la esposa, porque, muchas veces, hasta eso escaseaba en la casa de don Bartolo, acogotado con las deudas, intentando achicar las múltiples apropiaciones indebidas con su propio sueldo, para no ser cogido in fraganti y expuesto al escarnio y la expulsión del colegio de abogados. Eso no lo hubiera soportado jamás, mientras su mujer se acercaba humillada al almacén de la esquina a pedir fiado huevos y tallarines, para poder hacer el almuerzo.

Don Ernesto pagaba esas cuentas, a través de los emisarios más diversos. Ahora que miraba la nota necrológica con su nombre completo y el de la señora Elena, se rió calladamente, recordando las veces que el perro San Bernardo le lamió los zapatos y le mordisqueó el cinturón mientras él tomaba una copa de jerez comprado con su propia plata. Encendió un cigarrillo y siguió hojeando el diario.

La señora Elena retiró el cenicero y miró por la ventana. Reclamó airadamente que las persianas estaban sucias y miró a don Ernesto que seguía riéndose de sus antiguas andanzas con la esposa del juez. La señora Elena encendió uno de sus cigarrillos con filtro dorado y con toda la calma que pudo tener jamás le indicó,  no te rías tanto Ernesto que de aquí te veía cuando cruzabas la calle a ver a la mujer de don Bartolo. De aquí mismo veía cómo salías abrochándote los zapatos y encendiendo un cigarrillo que aspirabas a dos bocanadas en la entrada de la casa, porque ellos nunca fumaron. De aquí te vi tantas veces, que me cansé de mirarte. El pobre don Bartolo no tenía la menor idea que yo sabía y me conversaba amargamente de las desaveniencias con su esposa. Vaya usted y dígale, me rogaba.  Hasta que un día me cansé de que le vieran las canillas y lo convidé a tomarse un trago conmigo. De aquí mismo observamos todo.  Y de aquí mismo nos fuimos a la cama. No te rías tanto Ernesto, que uno nunca sabe las vueltas que tiene esta vida. Si hasta en tu auto nos paseamos y nunca te enteraste.

Ofrendas

Caminó por todas partes hasta que las encontró. Las llevó a casa. Nadie vio cuando llegaron. Las dejó descansar, toda la noche, en la vieja palangana de loza, suspendidas en el agua fresca y rociadas por la luz de luna, que entraba intrusa y luminosa, a través de la ventana. Amanecieron vivas, brillantes y coloridas. Ella las roció de nuevo, esta vez con agua y con sus manos, para proteger los delicados pétalos. Envolvió sus tallos con papel periódico, las cargó en sus brazos y antes de que el sol del mediodía las marchitase a ambas, se dirigió a paso vivo al cementerio, al otro lado del pueblo.

La caminata era exhaustiva. El pavimento estaba roto en muchas de las veinte cuadras que debía cruzar y el ramo de crisantemos le impedía ver por dónde iba. Debía pasar a ciegas en las esquinas, rogando que los automóviles la vieran, porque ella sólo podía escucharlos. Hacía esta caminata cada mes, lloviera o tronase, con la escarcha de las mañanas de invierno o con el atosigante calor del verano. Todos los meses. Sin faltar ninguno. Excepto aquella vez en que su hermana, al borde de la muerte por constipación, le rogó cuidara de su familia en lo que hiciera falta, mientras la Vírgen del Carmen tenía a bien hacerle el milagro de su sanación. Sólo entonces dejó en manos de aquel pintorcillo que intentaba robarle el corazón a su hija, la tarea de visitar la tumba de su madre y depositar, en el triste jarrón de barro, el ramo de crisantemos que tanto le gustaban.

La promesa había caído en sus hombros y si se remontaba a la génesis de ella, no había tal. La niñita de trenzas rubias no entendía porqué todos lloraban alrededor de la cama de su madre, quien, con su acento de Colonia, le rogaba entre resuellos que no olvidara su nombre ni su idioma, que no olvidara cuidar a su hermanito, que se empinaba apenas al borde de la cama y que miraba encantado los grandes cirios que velaban a la moribunda. Ese recuerdo le acompañaría toda la vida y la movería mes a mes para urgar en todo el pueblo, hasta encontrar el ramo de las flores preferidas de su madre. Tampoco recordaba quién le dijo que era así. Sólo lo sabía. Sólo lo sabía y las buscaba con ahínco, prisionera de un compromiso que cayó en una espalda tan joven y tan inocente.

Al llegar al cementerio, saludó al panteonero. El hombre se limpió las manos con sus pantalones y le estrecha la suya con cariño. La acompañó, con una suave charla, a través de sus dominios, hasta dejarla al lado de la tumba que había venido a visitar. La miró nuevamente. Le ofreció su ayuda en lo que se le pudiera ofrecer y se retiró silencioso, dejándola cumplir su cometido con libertad. Ella miró la lápida de madera y leyó en voz baja el nombre de su madre. Acomodó el jarroncito. Buscó agua en un tarro de latón. Depositó con sumo esmero los crisantemos. Uno por uno. Volvió a acomodar el jarrón. Limpió los restos de hojas muertas y las hierbas que salían porfiadas entremedio de la tierra. Miró la lápida nuevamente. Era el mediodía. Rezó una oración en silencio y de memoria. No habían más recuerdos de la madre, excepto aquella escena en el dormitorio. Los cirios. El hermanito. Las mujeres de la familia en un llanto plañidero. Los rosarios negros. La cinta apretada en su pelo. El funeral. Esta lápida sencilla con el nombre inscrito en letras góticas.

El panteonero la sacó de su ensoñación. Vino alguien a dejarle flores a su madre. No dejó nombre ni tarjeta. Aquí están, dijo. Depositó en sus brazos otro ramo de crisantemos. Le sonrió.  Ofreció un humilde tarro de conservas, que él mismo hundió en el espacio de tierra que había quedado en la sepultura. Lo llenaron con agua. Ella colocó las flores. Él comentó lo hermoso que se veía. Escucharon el río, en la cañada, detrás del cementerio. Escucharon los pájaros. Vieron las nubes. Ella miró la hora en el reloj que había sido de su padre. Se despidieron, con un apretón de manos. Elija la vereda del frente, señora, dijo el panteonero al final. Váyase por la sombrita, que a esta hora pica fuerte el sol. La veo en tres semanas más.

Silencio

Da vuelta la cara. Se acomoda el suéter y avanza. Un silencio sideral, seco, sordo, frío, estático se queda entre ellos. Es la manera de herir. Es la única forma de evitar una confrontación que podría ser definitiva. Es el único recurso válido cuando la rabia es incontrolable, cuando las palabras cortan como cuchilladas y cuando el dolor anega el corazón de pena y de lágrimas.

Silencio. Recurso aprendido desde siempre, cuando la madre cerraba la puerta de los sonidos por semanas, en una ley del hielo que no capitulaba jamás, mientras pasaban los días sin dar muestras de notar la existencia del que había cometido el agravio. Así pasaba la vida y el remordimiento se hacía más amargo, más duro de masticar, más inapelable, hasta concluir con una mezcla de conformidad y cierta madurez en el alma de que lo hecho, hecho estaba y que nada se podría cambiar en el tiempo pasado, sólo la vida daba otra oportunidad de otro tiempo, uno nuevo, distinto. Uno diferente.

Silencio en las confrontaciones. Silencio en los hechos cotidianos que merecían un debate sincero. Silencio y nada más. Vasto, claro, definitivo, monumental. Sólo los ojos hablaban, sólo las emociones se escapaban porfiadas a través de ellos. Sólo los ojos y nada más. Como mudos testigos de un cambio de proporciones en el espíritu herido, sólo los ojos adivinaban la pena, sólo los ojos dimensionaban la rabia, sólo los ojos. 

Silencio y nada más. Eso se escucha en la casa. Eso y los pasos contenidos, los quehaceres mundanos y el silencio, pesado, cruel, sectario, aplastante. Se irá algún día, bajará la guardia en algún momento y no se lamentará por lo que pudo haber dicho, con el rigor de las máquinas de guerra, sino que guardará la herida en el corazón, la curará en las noches de luna y un día de risas sinceras, desaparecerá.

¿La Recuerdas?

¿Recuerdas a Lucía?, preguntó mi padre de improviso, en la mesa del desayuno. Evoqué su sonrisa, sus manos siempre coloradas y su delantal de tela de sacos de harina. Sí, claro que la recordaba. El olor de su cocina; perejil, romero, menta, orégano, comino, longanizas ahumadas, queso maduro, ajos y una pasta de ají color carmesí que la hacía sólo para ella y con la que untaba todo lo que se llevaba a la boca.  

Por supuesto que la recuerdo, dije, su voz cantando corridos mexicanos cuando lavaba los manteles y las maldiciones suyas por porfiar en hacerlo ella misma, con ese jabón de lejía que le escaldaba los dedos.

Lucía no tenía huella dactilar, recuerdo; tal vez por la lejía. En su documento de identificación se veía sólo una mancha de tinta color púrpura. Mi padre la conoció por accidente y le ofreció trabajar como mucama, pero a la vuelta de los años, se convirtió en parte de nuestro hogar. Un hogar truncado, de hombres solos, sin madre y sin esposa, de colillas de cigarrillos y vasos de jerez regados en el suelo, contundentes sopas de gallina para componer la resaca de mi padre y sabrosas papillas de verduras para acallar la sonajera de mis tripas.

Lucía tenía olor a cazuela de res, a pastel de choclo con albahaca y a pan recién salido del horno. Creo que fueron sus manos las que tomaron las mías para dar los primeros pasos. Fue ella quien me sacó el empacho con rezos de médica mapuche y descubrió mi manía de ocultarme por los recovecos de la casa, sin emitir un sonido, como si fuera un fantasma.  Amelia ayudó a traerme al mundo y no venía con frecuencia. Olía a perfume barato,  de eso me acuerdo claramente. Recuerdo el cascabel que me colgó del cuello, con la forma de un caballito, que tintineaba al menor movimiento, para poder encontrarme. Lucía lo detestaba y decía que a los niños no se les ponen collares como a los perros, pero Amelia era porfiada y decía que si yo seguía con esas manías iba a acabar por desaparecer para siempre, que los gitanos podrían raptarme sin que nadie se diera cuenta y que ahí si que mi padre se iba a morir de pena. Si no se había muerto cuando falleció la señora Marie, decía Lucía, este caballero tiene un largo trecho para seguir viviendo. Y con su sabiduría de mujer, estaba en lo cierto.

Doña Eugenia llegó después, cuando yo casi terminaba el colegio y al casarse, se hizo más cargo de mi padre que de mí. No impuso jamás su voluntad ni su figura y hasta el día de hoy, como si nada, decora la mesa de estar la foto de mi madre, robada a mansalva por mi padre, una tarde de invierno, cuando se enteró de que estaba embarazada. 

Lucía nos dedicaba los mejores minutos de su día a nosotros. A mí, en especial. Compartía su familia conmigo, porque decía que no era bueno crecer tan solo y fue así como aprendí con Juancho, su hijo menor, a cabalgar; con Antonio, el tercero, a usar herramientas y ser autosuficiente, en caso de cualquier eventualidad, decía ella, que sabía muy bien de esas cosas. Su marido la había dejado sola, con siete chiquillos a su cuidado y sin nada a qué echar mano. Ni tierras, ni pensión, ni casa. Mi padre la vio tan necesitada, tan honrada, tan valiente y tan a la deriva que la contrató sin pensarlo dos veces y durante años premió su esfuerzo y dedicación con regalos encubiertos, con apoyo monetario a sus hijos, para sus estudios y con la firme amistad que se forja en el respeto y el cariño sinceros.

Lucía cocinaba para nosotros y limpiaba la casa. Todo brillaba. Todo relucía de su mano y la recuerdo avanzar por los escalones puliendo la madera con virutillas de acero, luego pasando un trozo de lana vieja y por último, esparciendo la cera con sus propias manos, ayudada de una pantymedia. ¡La única pantymedia que hay en esta casa!, carcajeaba mi padre y la llenaba con abarrotes y verduras para su hogar y sus hijos, porque te deslomas mujer, eso es trabajo para brutos. Mira cómo brillan los pisos, no hay nadie como tú, Lucía.

La fiebre alcanzó el pueblo, aquel año, después del terremoto. Yo estaba fuera, estudiando en la universidad y doña Eugenia se había convertido, finalmente, en la dueña de casa. Lucía iba medio día a apoyarla con algunas labores, pero la verdad es que ya venía muy enferma. Años de postergación le pasaban la cuenta. Mi padre la mandó al médico, pero ella guardó el dinero de la consulta para la libreta de ahorros de su hijo Miguel, que había padecido poliomelitis y nunca se pudo recuperar. Vivía con ella y se había hecho artesano. Le iba bien con sus muñequitos rellenos de paja y sus juguetes de madera y aportaba dinero al hogar. Para Lucía jamás dejó de ser un niño y le peinaba los cabellos cada mañana, antes de salir. Mi padre lo averiguó y la llevó personalmente al hospital, pero ya era tarde. Se había contagiado y su débil organismo no pudo soportar la enfermedad. Murió en paz y sin sufrir, le dijo Miguel a mi padre, el día del funeral.

Claro que recuerdo a Lucía, porque guardo una foto vieja donde salimos juntos. Mis rodillas peladas y mi cara triste. Ella, sonriente y vistiendo su delantal. La recuerdo claramente, todos los días de mi vida. Llenó el espacio para las memorias que se tienen de una madre y aunque nunca se lo dije, mis pensamientos están con ella desde la primera vez que me tomó de la mano. Desde entonces estuvo Lucía, desde entonces.

De Puntillas

Recuerdo todavía los antiguos interruptores de la luz y la apariencia tétrica de la escalera. Era vieja, como todo en la casa, pero por alguna razón fascinante, en nuestras mentes de niñas, era todo lo contrario. El pasillo era ancho y el piso de tablas de laurel. Crujía. Crujía como las hojas del otoño, crujía como tan pocas cosas en medio de la humedad de los inviernos de esa época. La escalera estaba justo frente a nuestras miradas y era la voz de mi abuela la que nos detenía de subir. Imaginábamos princesas encerradas por malvados y dementes, imaginábamos tesoros, antiguas maletas cargadas de reliquias de un pasado de fantasía, imaginábamos tantas cosas que nos delataba el sonido de los peldaños y nuestras risas nerviosas, en cada intentona.

Esa noche, no habían más decisiones que tomar. Tu traje y tus zapatos de suela, atuendo apropiado para la ocasión de la que habías escapado, eran el único escollo que nos separaba de mi cama, en el altillo. Eso y la escalera.  Te dije bajito que contaras. El cuarto escalón rechinaba a la izquierda, el séptimo había que salvarlo sin pisar, el décimotercer crujía a la derecha, no lo olvides, susurré mientras me besabas, apretujándome contra el pasillo. Quita tus zapatos, te pedí mientras me descalzaba y caminaba a oscuras por el espacio que nos separaba de la escalera. ¿Duermes arriba? me preguntas, todavía achispado por las copas y te callo sumergiendo mi lengua entre tus labios, succionando tu saliva y escuchando tu corazón, en el silencio de esta noche oscura, pero asombrosa, alucinante, apasionada.

Camina por este lado, susurro, pero no llegas a oirme. Vienen a mis memorias los recuerdos de mi niñez, raudas en el triciclo, tratando de alcanzar los interruptores de la pared y bajando la palanca del transformador, ya fuera de circulación. ¿Qué dijiste?, me interrumpes y chocamos justo al determe frente a la escalera. Recuerda, digo,  el cuarto, el séptimo y el décimotercer, cuenta, que mis padres duermen del otro lado del pasillo.

Crujió, crujió, crujió, como las hojas del otoño, con la reverberación del eco suspendido en mi respiración, crujió la maldita escalera desde el inicio hasta llegar al final y no sabía si reírme a todo pulmón o ponerme a llorar de desesperación y de hambre de no poder tenerte, por el maldito sonido de la casa vieja, haciendo sentidas conjeturas por este visitante inesperado y por esta falta de respeto a la vetustez de sus rincones, a esta hora de la noche.

Ya estamos aquí, me dices afiebrado y tus zapatos caen de golpe al suelo. Nos petrificamos. Ligeros vahos exhalan tímidos por nuestra nariz, mientras somos todo oídos. La casa está en calma, se escucha sólo un perro a lo lejos y el zumbido del cable del alumbrado, como una abeja laboriosa. Respiramos con dificultad, pero esta calentura es más porfiada que todas las fiebres del planeta y me desnudo con rapidez para envolverme entre tus brazos, para oler tu cuello y mirarme en el mapa de la tierra a la que le tienes devoción. Se acomoda la escalera, el pasillo, la casa entera mientras los resortes desvencijados de mi cama tratan de contener la pasión que nos perturba, que nos quita el aliento y nos hace transpirar cuando afuera se escucha claramente cómo avanza la escarcha.

Caen de improviso los tablones de madera que soportan la cama y allí el gran caserón genera un eco atroz, grave, reproducido y amplificado miles de veces por cada eco, en cada habitación, en el silencio de esta noche. Pensamos con rapidez y no hay escapatoria. Bajar la escalera en este momento sería un suicidio. Me vuelven mis fantasías de niña y me veo encerrada en esta prisión, sin posibilidad de escape y para colmo con un príncipe desnudo y culpable que no aliviana para nada las cosas. Como ratas, como viles ratas nos acurrucamos en la esquina de la cama y apagamos la luz. Escuchamos, conteniendo el aliento y sólo la escalera bufa interrumpida en su sueño, acomodándose nuevamente en su digna posición, mientras la casona toda cruje por los embates del frío.

Te despido la mañana siguiente, cuando los ruidos no son tan graves, no existe el eco y pareciera que a la escalera le gustase ser invadida por pasos apurados y manos sudorosas que aprietan el pasamanos con premura. Nos besamos, te observo en tu partida y me queda una sola mezcolanza, la carrera loca de mi niñez, apretando los interruptores, las risas contenidas y el corazón latiendo a mil por hora, todo eso junto y amalgamado. Me dirijo a mi habitación. Cuento los peldaños nuevamente, esta vez, sólo por jugar.

N de la R: Fotografía gentileza de http://luxurbex.blogspot.com

Tarjetas de Navidad

El día de la procesión, grandes mosaicos de coloridas tarjetas navideñas se tomaban las calles, extendidas en la vereda o de pié, precariamente apoyadas contra los árboles, anticipando las festividades y el nacimiento de Jesús con sus texturas enceradas. Delgados couché con dibujos de nieve, rostros de niños colorados por el frío, Santa Claus en su trineo. Nieve, renos, pinos decorados con velas y bolas de colores, guiñaban los ojos a los transeúntes en una fantasía de navidad blanca.  Entremedio de  pesebres de yeso y restos de paja seca, nos achicharrábamos de calor buscando las tarjetas más coloridas. La costumbre indicaba enviar a amigos y familiares los deseos de paz y recogimiento, de próspero año nuevo, de buenas intenciones y eterna felicidad.

Las elegidas se escribían con cuidada caligrafía y se enviaban por correo, en la esperanza de que llegaran antes que Santa Claus. Así pasaban los días hasta la tarde de víspera de Navidad, siempre cargada de nerviosismo. La noche de paz se transformaba en una larga seguidilla de horas que no avanzaban nunca, en la eterna expectativa de abrir los regalos. Atrás quedaban las tarjetas recibidas, apiladas peligrosamente a los pies de nuestro árbol, decorado con las luces de rigor y el colorido navideño. Ni la cena de pollo y puré de patatas ni el postre de cerezas sacadas directamente del árbol, horas antes, decorado con crema espesa no eran suficiente para calmar nuestra ansiedad. La casa olía a las galletas de maicena, que habíamos ayudado a cortar con manitos nerviosas; a kuchenes de frambuesa y plátano, con la gruesa capa de crema pastelera de vainilla, olía a pollo estofado con arvejas y zanahorias del huerto, olía a días de verano, al agua del grifo que regaba la tierra, antes del anochecer; olía a la colonia de mi padre, que usaba en estas ocasiones especiales. Los pasos nerviosos de mi abuela dándole armonía al ambiente. A su llegada, estábamos listos para comer.

La hora no avanzaba y los dibujos animados de la televisión no hacían nada más que aumentar nuestra ansiedad. Archiconocidas historias de la Navidad blanca no eliminaban nuestro desasosiego. A medianoche y con los ojos escaldados de sueño, eramos conminadas a ir a dormir, so pena de no recibir la visita que tanto esperábamos. Vueltas y vueltas en la cama, poseídas de una energía mayor a nuestro cansancio, aguzando el oído, aspirando los dulces aromas de la casa, hasta que sin darnos cuenta, nos vencía el sueño.

La navidad llegaba con prisa, la misma que nos levantaba de un salto y nos hacía avanzar por la casa dormida en pijama y a pié descalzo y duraba hasta pasado el desayuno, luego era un día de verano como cualquier otro, con juguetes nuevos, con los ojos cargados de sueño y con las mudas tarjetas que quedaban como el último vestigio de la festividad. Las conservábamos por si acaso y creo que aún existen algunas en la casa de mis padres con su olor a dulces y hogar.

Tu Dormitorio

Anoche entré a hurtadillas a tu dormitorio. La luz estaba apagada, la ventana, con la cortina cerrada. Oscuro y mínimo, aún tenía tu olor pegado a las paredes, arropado entre las colchas de la cama, adherido en el piso de madera, en los intersticios del techo, en mi nariz, en mis memorias.

Te añoré, mientras prendía la luz con sigilo, con la involuntaria sensación de no despertarte, pero ya te has ido y no volverás. Me senté lentamente en la cama, como lo hacía antes, guardando el espacio que quedaba de tu cuerpo y te hablé a través de mis recuerdos.

Miré tus zapatos, ordenados en filas. Tus gruesas faldas de lanilla, el abrigo color canela y las agujas colgando de coloridos alfileteros, la máquina de coser, dormida, los patrones enrrollados como periódicos viejos, las latas de galletas y chocolates. Miré el espejo, manchado con la pátina de los años y me pareció verte, peinando tus cabellos, aplicando crema a tu cara, buscando una imagen que se ha ido, maldiciendo el paso de los años, esperanzada en los que iban a venir.

La habitación aún tenía tu olor, lavanda seca, jabón de tocador, sal de mar, colonia inglesa. Los desmenucé a propósito para no extrañarte, para no llorarte. Espero que estás bien. Espero que nos recuerdas. Apagué la luz. Cerré la puerta.

El Espejo

En el portal, Beatriz intenta recobrar un poco de compostura. Al alejarse de la voluptuosa envoltura, nota como el corazón le da un puñetazo en pleno esternón. Busca su llavero. Lo encuentra, al lado del cepillo, con las mismas iniciales grabadas en el centro de un corazón de metal. Introduce la llave en la cerradura. No encaja. Prueba una y otra vez. Sin éxito. Levanta los ojos hacia la cara del desconocido, se tropieza con una mirada brillante y salvaje, ligeramente burlona. Cuando siente unos dedos deslizarse por debajo del vestido, mientras otros se cuelan por el escote, sus manos aferradas, una a las llaves y la otra al bolso, se ablandan, liberándose de su carga, ávidas por descubrir una sensualidad que le es ajena. Susana, suspira el hombre, en un bufido contenido por el cinturón que le cincha la panza. Susana, insiste, mientras los dedos del escote descienden hasta su bolsillo y en un gesto inesperado, abre.

Despierta en su cama, las llaves sobre la mesita de noche, el libro sobre el almohadón. El vestido impúdico, rajado por la caída, yace en el suelo. El moretón en las rodillas y el codo. Los tacones tirados sin vergüenza en el pasillo. Resiente un dolor en la base de su espalda. Respira y un aroma que no es el suyo invade su espacio. Diego le llama. Salimos a comer. No olvides las entradas. Las dejé en el recibidor.

Se dirige al baño. Abre los grifos y llena la tina. El olor la persigue. Suena el teléfono. Susana, siente una respiración entrecortada al otro lado de la línea. ¿Qué haces? La voz la perturba. Cuelga. Insiste el repiqueteo. Desconecta el aparato. Se sumerge en el agua. Se sumerge en el recuerdo de la caída del espejo. El gran y aparatoso espejo de su abuela, que moraba solitario en el ático, tapado con restos de telas, ropas y reinando en el caos del lugar. Se quebró en mil pedazos, cuando su puño apretado descargó su rabia contra la imagen. Era una vergüenza lo que había sucedido. Una vergüenza. Escuchaba los murmullos de todos. La comidilla del barrio. La inocua presencia de sus padres. Todo desapareció a la vista infame del tipo que la había manoseado, en la entrada de la casa, como si fuera una cualquiera. Todos los vieron. Nadie hizo nada. Ella corrió al ático y se encerró allí, por horas infinitas, hasta que reparó en su semblante reflejado en el espejo. De un puñetazo, lo rompió y mientras caía dramático y pesado, los fragmentos le mostraban su cara, cubierta de lágrimas. En algunos reía, en otros se veía serena; en otros, desolada.

Saca la cabeza del agua y se cubre con la toalla. Busca un vestido escotado. Conecta el teléfono otra vez. La línea trae una llamada. Susana, ¿estás ahí?. Te necesito ahora. Amarra su pelo, se ubica en los tacones. Se pintarrajea los labios. Llama a un taxi. El tipo la saluda por su nombre. No queda nada de Beatriz. Susana hace su entrada a la escena, con desenfado, con premura. Aprieta las llaves entre sus manos, antes de cerrar. Se acomoda los calzones descaradamente y recuerda el espejo una vez más. Diego no sospecha nada. Siempre ha jurado que es la hermana casquivana y gemela. Nunca sabrá que son una sola persona. 

Promesas

velas

Acababan de encender las velas.  Afuera, la ventolera amenazaba con llevárselo todo. Se acomodaron, una frente a la otra, en sus sillas mecedoras y en silencio, enhebraron las agujas. El viento silbaba molestoso y entraba una ráfaga mínima por algún lugar, haciendo tiritar la flama. María Isabel atizó el fuego, cerró a medias el tiraje y se dispuso a seguir en este ejercicio que les había llevado semanas.

Pequeños cuadrados de tela se iban juntando, como partes de un mosaico, que iba armando un nuevo mundo de color. La aguja subía y bajaba arrastrando el hilo a cada puntada, produciendo un sonido seco, apretando la tela a su paso, asegurando el pequeño parche y dándole la forma de un abanico.

Habían decidido llevar a cabo esa labor cuando Margarite se dió cuenta de la cantidad de tela de colores que tenía olvidada, detrás del internado. Laboriosa como era, lavó cada retazo y fue seleccionando los más vivos, en la intención de armar algo de provecho. De pronto, recordó la técnica aprendida en su tierra natal y le comentó a María Isabel de su idea. Ambas convinieron en trabajar juntas. Era una diversión para las largas noches de invierno, mientras la lluvia azotaba los caminos y las luces se encendían a las cuatro de la tarde. Nada quedaba a salvo de la oscuridad invernal. Se habían esforzado por mantener la diversión leyendo o contando historias, porque les parecía inconcebible irse a la cama tan temprano y cuando empezaron esta colcha, se dieron cuenta que sería la solución para liberarse del tedio y anticipar la primavera con sus hermosos colores.

Las velas empezaron a escasear desde el inicio y juntas elaboraron varias, perfumadas con hojas de finas hierbas y granos de café, en un arranque de inspiración que les llegó por accidente. En la cera cayeron hojas de menta, una tarde,  por descuido. Frente a la desgracia, decidieron no malgastar el material y confeccionarlas de todas maneras. Cuando las encendieron, el perfume de la menta embargaba todo el lugar. Probaron luego con varias hierbas y sonreían en complicidad, cada vez que encendían una, mientras lentamente la colcha se iba haciendo más grande, más colorida, más abrigadora, más de ellas.

Cada puntada albergaba un secreto, un comentario, la anécdota del día. Los amores y sueños de ambas iban quedando prisioneros entre los parches de colores, con la esperanza de hacerse realidad. Las risas contenidas, las penas, los sinsabores, la comidilla del pueblo, las aventuras del internado. Todo estaba ahi, puntada tras puntada, en el diseño que iba creciendo sin haberselo propuesto, sólo de la mano de su inventiva. Las finas hebras de hilo arrastraban en el borde ya terminado de la colcha y cuando faltaba menos de la mitad, ambas se miraron con tristeza. Acordaron que aquella que contrajera matrimonio primero se llevaría la prenda, sin embargo, Margarite propuso partirla en dos pedazos, quedándose cada una con su parte, para recordar a la otra.

Cuando María Isabel anunció que se iba a casar con ese gigante bruto y pelirrojo que le había colmado el corazón de ternura y amor, lloraron ambas de felicidad. Margarite estaba también comprometida. Esa noche, probaron unos traguitos de mistela y contaron los pormenores de sus noviazgos. Esa noche, también prometieron no romper nunca esta hermosa fraternidad y en caso de necesidad, hacerse cargo de la familia de la otra. Juraron también, conservar sus secretos intactos y atesorar este invierno frío y lluvioso como el final de sus vidas de solteras, como el tiempo más fructífero de su complicidad y el sello de su profunda amistad.

Los compromisos matrimoniales de ambas se materializaron casi al mismo tiempo y la prenda quedó rezagada a un segundo plano, intacta y sin cortar. La primavera dió paso a un verano acalorado y provechoso. La vida era perfecta para ambas.

Margarite decidió más tarde, añadir un refuerzo de seda a los bordes de la colcha, una vez que la encontró entre sus baúles, con sus pertenencias de soltera. La llegada de un nuevo invierno fue tan inesperado como la noche de los hechos tenebrosos que cambiarían para siempre las vidas de todos. Ella fue la única que no asistió a la presentación. Su embarazo era de cuidado y no quiso poner en riesgo la criatura. Ese día, ordenando algunas cosas de su nuevo hogar, se topó con las velas que habían sobrado de las tardes de costura y se decidió a reiniciar la labor, a la luz de estas mismas velas, para cumplir con la promesa que se habían hecho entonces. Recordó vivamente a su amiga, su sonrisa, sus tribulaciones, su aroma a agua de Colonia, su total arrobamiento con el que ahora era su marido. Su perfecta y merecida felicidad.

El gallo empezó a cantar. La gata entró por quién sabe dónde y se refugió entre sus piernas, apretando la colcha con sus garras. Se pinchó el dedo índice y la sangre empezó a brotar con fuerza excesiva. Se sintió profundamente atemorizada. Su cara se tornó de color escarlata y un frío polar le recorrió la espalda. El gallo seguía cantando y eso le llenó aún más de pavor. Estaba oscuro hacía rato. Cuando se enteró de los hechos, un río de llanto inundó sus ojos. No podía parar. Trató, pero no fue capaz. Apagó cada vela con sus lágrimas y guardó la colcha de vuelta en el baúl, junto con todos los secretos que habían compartido, junto con la promesa que se habían hecho.

El Arquitecto de la Última Morada

Esta es la penúltima carretillada de material. Se limpia las manos y decidido, agarra la pala, mientras va sacando a cucharadas, como un chef surrealista, esta mezcla gris y granito que cae espesa y suave sobre la estructura que está por terminar.

Cuando era niño, la vista de este lugar le perturbaba. El ángel que decoraba el gran mausoleo de las monjitas, le parecía un joven congelado en su propia desolación, mirando a quién sabe dónde, oteando un horizonte que no podía seguir, provisto de alas que no podía usar. El dolor y las lágrimas perseguían su día a día. Siempre se acercaban personas con los ojos colorados, presas de una tristeza de difícil descripción, aunque también habían algunas que le asignaban el trabajo con frialdad y sin motivación, cumpliendo un tedioso deber que nadie más se habría tomado la molestia de asumir.

Las caras de dolor se le marcaban en sus recuerdos, mientras trabajaba, transportando el material por los angostos pasillos del recinto, poniendo cuidado en no trastabillar con el pavimento irregular, que se levantaba por todos lados. El rumor del riachuelo le daba un leve sonido a este espacio, mientras los pájaros cantaban apenas, manteniendo el respeto por aquellos que ya se habían ido.

Conocía el lugar como la palma de su mano. Conocía cada recoveco, cada ubicación. Muchos de  ellos habían sido personas distinguidas que él había mirado  desde lejos. Ahora, estaban cada uno en su lugarcito, con sus nombres impresos en lápidas de mármol y bronce, esperando  la llegada del verano para recibir sus flores frescas. Algunos eran olvidados. Muchos estaban ahí desde antes que él naciera, encerrados en estos espacios cada vez más grises, sus nombres borrados por el tiempo y las estaciones. Sabía que siempre llegaban a pedir su trabajo con premura y atención. Muy pocos eran los que preveían la inminencia de la muerte y se preparaban con antelación. Muy pocos encaraban este hecho innegable. Muy pocos.

Trabajaba con ahínco, en las heladas mañanas del otoño y en las calurosas tardes del verano. Siempre  había algo. Siempre la hermana Muerte alcanzaba a alguien de súbito y él tenía que apretar el paso y enfrentarla. No podía atrasar la última morada. No podían haber errores de cálculo ni fatigas en el material. Todo debía ser hecho con la precisión de un relojero. Con la ternura de una madre. Con la fuerza de un titán.

El ángel del mausoleo de las monjitas todavía está vigilante, como ha estado los últimos treinta años. Tal vez lo hayan puesto ahi, piensa, para espantar a aquellos que curiosean las tumbas de la religiosas, averiguando si tienen pelo debajo de sus cofias. ¡Qué gente más nefasta aquella que se mete, a hurtadillas, a manosear los nichos perdidos o echar mano de anillas de bronce, para venderlas como burdo botín!. Su trabajo entonces, luce arruinado. Su empeño se ve frustrado y reparar, ¿cómo poder reparar?. Si el daño está ya hecho, el desastre no tiene vuelta. No había derecho. No, no había derecho, cuando este lugar es sacro, cuando las tumbas son santas. ¿No hay Dios en el cielo?, piensa mientras empuja la carretilla de vuelta a la montaña de mortero que ya tiene preparado. La señora a quien le construye esta sepultura, está grave en el hospital, es posible que se adelante su llegada, piensa. Bufa con fatiga cuando levanta la mezcla palada tras palada. Refresca su cara y mira, con ternura, la matita de geranios que se niega a morir. Antes de irse, le regará como es su costumbre. Ya no recuerda quién era el dueño de esa lápida. Fue arrancada de golpe una noche de juerga. Antes no pasaban esas cosas, concluye, mientras levanta por enésima vez sus mangas y pone manos a la obra.

cementerio

 

Tu Partida

Puesta de sol en el rio

He despertado nuevamente con tu olor pegado en mis sentidos, con la sensación trágica de haber estado tan cerca y perderte en un suspiro. Trato de no respirar mientras duermo, como si el simple ejercicio pudiera contenerte en mis recuerdos. Te espero a cada instante, en esta esquizofrénica experiencia de saber quién eres, de saber que nos hemos amado, pero de no poder encontrarte.

Todos, incluso Mercedes Pilar, me dicen que debo dejarte ir, para que vuelvas, pero estoy congelada en tus palabras. En la promesa absoluta de tu regreso. Tú lo has dicho. Me lo has dicho. Aunque suene a locura, a imposible, a quimera, yo creo en ti.

Me acerco lentamente al lugar donde alguna vez estuvo el balseo. He visto este paisaje miles de veces, antes, en mis sueños, pero es el primer viaje que he hecho hasta aquí. Se ven, entre las piedras, los tocones podridos que alguna vez fueron los pilares del pequeño muelle. Si miro con detención, aparecen restos de los tablones de ciprés, enterrados entre las piedras, mientras pasa el agua cristalina y flotan, perdidas, las hojas de eucaliptus. Todo huele a primavera. Las abejas zumban detrás de las delicadas margaritas silvestres, que abren sus caritas al sol de la mañana. Todo está como lo tengo en mis recuerdos, excepto el muelle, que se ha ido; como te has ido tú, hace tanto tiempo.

Mercedes Pilar toma mi mano y juntas damos una vuelta por donde se puede caminar. Perdidas entre los pastos y la humedad que se escapa con prisa, miramos todo el panorama.  Fue aquí donde decidiste desaparecer. Hasta aquí puedo seguirte en mis memorias y en mis sueños. Hasta aquí me llevan los documentos que el hijo de Esteban tuvo a bien entregarme, a su solicitud. Sólo hasta aquí. Miro con detención obsesiva cada detalle. Exprimo el paisaje con mis ojos expectantes, pero no logro ni un indicio. Lágrimas de frustración vienen a mí. Aprieto un gijarro entre mis manos, con tanta fuerza que una de sus esquinas filosas me hace sangrar.

El motor se escucha a lo lejos, aproximándose. Nos sorprende la intrusión. Las voces de los hombres llenan la cañada, haciendo volar a los pájaros. El niño que los guía, desembarca de un salto y amarra el bote a uno de los tocones podridos. Nos saluda amable y nos pregunta si estamos perdidas. Sonríe. Mucha gente viene para acá y se queda suspendida mirando el agua, dice, sin que le preguntemos nada. Mi abuelo me contó la historia de un hombre pelirrojo que vino a morir aquí. Sus ojos estaban llenos de dolor, decía. Caminó lentamente por la rivera y se fue despojando de su ropa. Antes, había dado muerte a su caballo. De un certero corte, el animal se fue al otro mundo, no sin antes dar dos pasos cansados, como buscando su acomodo en la tierra. Mi abuelo me regaló un hueso de ese caballo. Decía que nunca había visto un animal más hermoso y no entendía cómo su dueño se había atrevido a quitarle la vida. El pobre hombre sollozaba el nombre de alguien, pero mi abuelo no logró entenderle. No era mayor que yo ahora y estaba escondido entre la maleza del río, esperando atrapar camarones. Se asustó con la presencia, pero más que nada, se asustó con su dolor, con sus lágrimas gruesas que el hombre trataba de enjugar con sus manos gigantes. Una mezcla de desconcierto y furia le invadía. Repetía que estaba maldito, que todo era a causa de él. Entró a las aguas lentamente y se dejó mecer, mientras la neblina iba cubriendo todo. Desapareció. Cosas muy raras pasaron luego, dice suspendido en un recuerdo que no le pertenece. Muy raras.

Detrás, aparece otro bote, que avanza sólo arrastrado por las aguas. Veo una figura recortada contra el final del día. Veo tu semblante dibujado en la cara del hombre sonriente que me mira divertido, llamando al niño por su nombre. Le arroja un billete y le rasca la cabeza con sus manos grandes. Un aroma de lavanda, tabaco, humo, sudor y sal emana de su cuerpo. El sol se va poniendo. Destellos de luz naranja cubren el cielo. Trazos de ese sol se pegan a mi sombra. Mercedes Pilar sonríe aliviada.

Don Lico

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Estaba por terminar la jornada y don Lico ya estaba totalmente borracho. Sus ojos se le aguaban en un esfuerzo por enfocar la mirada y terminaba entregando a sus clientes cualquier cosa o simplemente disculpándose por no tener lo que le estaban pidiendo. Debajo del gran mesón habían ordenados trece pequeños vasos de cristal. La botella de aguardiente estaba escondida entre los grandes frascos color ámbar que guardaban el alcohol de quemar y las soluciones de mercurio.

Estaba acostumbrado a esta rutina. Abría temprano y mientras el dependiente levantaba las gruesas cortinas de fierro, él componía su pulso con el primer trago del día. Era el más amargo, el que le llegaba directamente a su estómago, quemando sus tripas y dándole un golpe que parecía de electricidad a todo su cuerpo. Se espabilaba de un plumazo y miraba sus manos atentamente. Ya no se movían.

Transcurría la mañana de buen humor, haciendo bromas con sus compradores, regalando dulces a los niños y vitaminas a las mujeres embarazadas. Prescribía los medicamentos con una precisión envidiable, curaba enfermedades como la tuberculosis y el asma con certeras pócimas preparadas en la transtienda. Los olores de la vieja botica inundaban todo el lugar, arropando a la paciente clientela con la seguridad de la medicina preparada por don Lico. El olor del desinfectante y los distintos químicos que usaba, le daban al lugar un aire celestial. Todos se esmeraban en llegar tempranamente, porque antes del mediodía, el pobre don Lico era sólo un guiñapo humano, completamente borracho e incapaz de controlar sus propios reflejos. En cada pasada, llenaba otro vasito de cristal y a espaldas de la concurrencia, se lo empinaba de un golpe.

Ni él mismo podía explicar cómo había llegado a ese estado. Recordaba claramente una mañana, luego de una regada fiesta en el Hotel Unión. Había sido una proeza levantarse y abrir la botica. Su cabeza le punzaba y su saliva se tornaba en pequeñas motas de algodón que no conseguía tragar, por más agua que tomara. Había sido una de las tantas veces que se había quedado a beber con el francés y su influencia era, sin duda, la más nefasta entre todas las amistades del pueblo. Todo le daba vueltas y no hubiera sido capaz de seguir la jornada, si no hubiera sido por la pequeña copa de aguardiente que se empinó, sólo por si acaso. Guardaba esa botella en la botica por las condiciones medicinales del licor y por si se quedaba corto de desinfectante. No esperó nunca esta maravillosa reacción. La borrachera le abandonó en un santiamén y estuvo del mejor ánimo el día entero. Todo el dolor y la molestia se convirtieron en sólo un mal recuerdo.

Consciente del poder de la experiencia, la vez siguiente hizo exactamente lo mismo. Ya no podía sentir remordimiento por la eterna cantinela de su esposa, instándole a ser sensato en su accionar, ya que se trataba de la salud de muchas personas y no sólo de la suya propia. Ahora, gracias a este ventajoso artilugio, por muy salvaje que hubiera sido la juerga, la mañana siguiente y luego de su pequeña ración, quedaba como nuevo, activo, entero y hasta contento. Así siguió, por días que fueron meses, por meses que fueron años.

El francés se encargaba de irle sonsacando las debilidades de su negocio y las de su vida, mientras  le llenaba la copa todos los jueves, que era el día de su partida de “tele” y era el día en que don Lico iba perdiendo, mano tras mano, su dinero, su farmacia y su vida entera.  Se olvidaba de la decencia y rogaba por más crédito al cantinero del Hotel. El francés sonreía con sorna y de su bolsillo opulento, sacaba fajos de dinero que se los dejaba entre sus manos. Brindemos, mon ami, gritaba como un loco, posando sus pies embarrados arriba de la mesa.

A la semana siguiente, aparecía antes de la hora del cierre, con un documento misterioso y una sonrisa torcida, que causaba pánico en todos aquellos que alguna vez le solicitaron algo de dinero. Arreglaba las cifras, inflaba los intereses y mostraba una firma aguada e imprecisa que parecía era la de don Lico. Se rascaba la cabeza y le espetaba sobre su responsabilidad en esa suma. Así, siempre, después de cada juerga, aparecía un pagaré extraño y trasnochado que le indicaba a don Lico que estaba bien cagado. Pero caballeros son caballeros y deudas son deudas. No podía desconocerla y el francés lo sabía sobradamente. Las ganancias de la botica paraban todas en sus bolsillos, mientras la familia de don Lico se iba desmembrando de a poco, en una agonía que era imposible de sufrir.

Amigos, parientes y vecinos, incluso don Enrique, el otro boticario, le aconsejaban que se alejara de la influencia del francés, que dejara el trago y que se concentrara en salvar su patrimonio. Nadie fue escuchado. El hijo menor de don Lico, su viva imagen, intentó convencerle también y a todos conmovía su figura flaquita intentando ayudar al padre borracho a cruzar la calle y entrar a la casa. El pequeño se había dado cuenta de todo, escondido siempre debajo del mesón donde don Lico guardaba el aguardiente. Escuchó las voces de los clientes, las maquinaciones del francés, las palabrotas de los dependientes cuando no recibían sus salarios y la lenta pero innegable y estrepitosa caída del hombre. Su madre no pudo soportarlo más y con la familia entera, emigraron un buen día. El chico juró regresar todo a su lugar, alguna vez y terminar con tanto abuso, burlas e injusticia. Tuvo que convertirse en una criatura fría y cruel, para lograr vencer el fantasma del francés. Su padre no vivió suficiente para verlo. Una golondrina perdida se había permitido el derecho de hacer nido en la botica. Don Lico quiso moverla de ahi y borracho como estaba, se desnucó al tratar de alcanzar el techo.

El Zorro

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La luz de la mañana se colaba entre los árboles, atravesaba los campos y entraba de lleno a la ventana. Era lo mejor de su habitación, junto con la pequeña cama, decorada con los dibujos hechos a mano por su padre y el viejo farol, que había pertenecido a su abuelo y que vigilaba, de espaldas a la ventana, a todo aquel que llegara a perturbar sus juegos.

Detrás de la casa, estaba el gran prado que subía la colina y luego el bosque de pinos, oscuro y perfumado, que avanzaba por largos kilómetros en intrincados diseños de su propio espacio. Amaba la soledad que le daba el bosque y en otoño se ofrecía voluntariamente, incluso en las mañanas de escarcha, para buscar hongos comestibles. Respiraba el aroma y henchía sus pulmones con esta energía, mientras sus pies se deslizaban por sí solos, adentrándose en el camino. Se quedaba por largos minutos, mientras los sonidos del lugar le llenaban sus sentidos, se sentía parte de ellos, uno con ellos.

Esperaba con ansias al pequeño zorro que vivía en la espesura. Sólo verle aparecer era su mayor alegría. Se mantenía quieto, conteniendo el aliento, bien plantado para no caer y asustarlo, apartando todo objeto inanimado, excepto su propia presencia, ataviado con la gastada casaquilla de paño y sus botas de goma. Esperaba por largos minutos, hasta que se delataba la criatura entre los pinos, avanzando nerviosa y olisqueando todo a su paso. Se detenía por un momento, se erguía por completo y le miraba a los ojos. Se acercaba con calma y sigiloso y en un segundo, se alejaba corriendo, sin que nada le hubiera perturbado. A lo lejos, se detenía y le miraba nuevamente y desaparecía en el bosque.

Esta mañana está fría, no hay sol y la escarcha aún petrifica todo. Se viste con la casaca que le acompaña en la estación y sale al viejo bosque. Se escucha la carretera a lo lejos, como un zumbido, como el mar, como una amenaza extraña a la paz que siempre gozó. Se interna en el bosque una vez más, con dificultad. Ya no puede colarse entre los troncos muertos con la misma facilidad y aunque el aire aún le trae los hermosos recuerdos y perfumes encantados, su mente se aleja en otras preocupaciones, que van y vienen como el ruido de la carretera. Camina en silencio por un rato, recogiendo hongos aquí y allá. Mira la huella de un camino abierto por caballos y entre el rastro, las pisadas de otro animal. Piensa que puede ser un perro, pero cuando analiza con detención, su corazón da un salto inesperado. Se queda por horas contemplando la vegetación, hasta que ya anochece. De lo profundo del bosque y apenas iluminado por lo que queda de la luz del día, ve borrosa la silueta de un pequeño zorro, adentrándose en el follaje.

Regresa a su casa, con la canasta llena de hongos, las manos ateridas y los pies humedecidos. Sus hijos han terminado de leer, el más pequeño repite para si, “Sólo el corazón puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos”

Amanecer en Barajas

aeropuerto

Era la primera vez en la vida que viajaba a la capital o a ningún otro lugar. Nunca había estado siquiera interesada en visitar la principal urbe de su país, pero los días presentes eran de una rareza indescriptible y todo aquello con lo que siempre soñó se iba haciendo realidad con una certeza abismante y descarnada. Estaba aterrorizada por dentro.

Tomó el bolso de viaje, demasiado aparatoso e inmanejable y lo llenó con demasiadas cosas que nunca llegó a usar en su destino. La sola idea de cruzar el mar era impensada. Se perdía en su propio pueblo, ¿cómo iba a llegar a Europa si era incapaz de articular un viaje a la capital? Llegar ahí era el comienzo de la travesía.

El hermoso ángel que había tocado su corazón una tarde, al final del verano, dos años antes, estaba ahora muy lejos, pero antes le había propuesto que viajara a su país encantado. Tú puedes hacerlo, eres muy valiente y yo estaré esperándote. Este espacio entre nosotros debe achicarse porque quiero sentir tus abrazos. Vale la pena el intento, no temas que yo estaré ahí.

Había mandado los fondos, había indicado la mejor forma de hacer la travesía, pero no la convencía del todo. Era sólo una niñita ingenua que creía que sabía todo lo necesario para volar entre las nubes. Ahora tenía que probar que realmente era capaz.

El bus llegó con retraso al terminal de la gran ciudad. La amiga  que iba a facilitar su traslado por la gran urbe también llegó con retraso. Las interminables columnas de vehículos en la capital, a la hora de la congestión, amenazaban con frustrar todos sus planes. Llegaron raudas al aeropuerto, apenas con el tiempo mínimo para poder embarcar. La encargada de la mesa le conmina a correr, el avión está en la manga, es preciso que aborde ahora. No sabe qué hacer, sólo seguir el pasillo cuesta abajo y luego de esa esquina, el aire cambia de presión.  Apenas ha visto la ciudad, apenas la ha recorrido. El aire era denso y caliente antes, ahora se torna gélido y liviano. Todos los pasajeros la quedan mirando, cuando es dirigida, con rapidez, por la azafata, a su asiento, apenas después de haber dado el capitán la orden de abrocharse el cinturón. La cabina está repleta. Todos ellos regresan a su patria. Ella, a esta altura, ya se arrepiente del viaje y  no sabe a dónde va.

Despega la nave con el ruido de los jets y el cambio de presión le tapa los oídos, sólo el tiempo suficiente para extasiarse al cruzar la cordillera. El espacio que cruza su visión y las nubes algodonadas que se mezclan y se cuelan entre las ventanas. ¡Qué sensación! El zumbido de la cabina se mete en su cabeza y no puede concentrar la lectura, la postura o los pensamientos. El aire se torna escaso y extraño, mientras el paisaje sigue llenando de maravillas su visión y el avión sigue ascendiendo. En un cordón interminable de alturas, nieve, colores, espacios,  nubes y rayos de sol. Es todo tan nuevo y colosal, que apenas nota la presencia de los carritos con comida y la ansiedad de los otros pasajeros.

Las horas transcurren con el zumbido de la cabina y su cabeza no coordina muchas cosas, el aire es insuficiente y los acentos españoles se pegan a sus recuerdos. La noche cae lentamente y ha logrado encontrar una posición agradable para dormir, pero cierra los ojos y no logra conciliar el sueño. El zumbido es inevitable, el crujir de la cabina lo es más. El ruido de los otros pasajeros, sus humores, sus tensiones, llenan el aire y le perturban. Sólo se repite, tienes que estar ahí, tienes que estar ahí.

La luces de la cabina se encienden lentamente y la noche aún inunda el mundo. Esta visión se le grabará para siempre, cambiando la perspectiva de sus pensamientos y la naturaleza de su esencia. Mientras vuela, concentrada mirando, ve su semblante reflejado por el ventana.  A través del cristal, miles de pequeñas luces de casas, edificios y automóviles con personas que inician su día en distintas circunstancias. Ve claramente un auto con las luces interiores encendidas y piensa en ellos. Cuáles son sus sueños y esperanzas, mientras las suyas escapan por minutos de sus manos nerviosas, que toman el café con leche y los pequeños panecillos con jamón que le ofrece la azafata.

Dan instrucciones complejas respecto a quiénes ingresan y quiénes siguen viaje. Entregan papeletas de inmigración y retiran audífonos y frazadas. La voz del capitán indica que arribarán en quince minutos, siendo las seis menos cuarto y la temperatura exterior de menos dos grados. Busca su suéter con calma y se abrocha el cinturón.

Los pequeños autobuses sin puertas trasladan a los pasajeros desde el avión hasta el aeropuerto. El frío congela las caras y las voces. El lugar apenas inicia su vida. Algunas luces se encienden aquí y allá. Los comercios están cerrados. El agua corre en delgados hilos de los grifos en los baños. Se dirige con cuidado al piso donde está la puerta de salida de su próximo vuelo.

El sitio está vacío. El ventanal deja ver, apenas, las luces de la ciudad de Madrid, despertando sin ganas, de su sueño de invierno. Lento se viene el sol. Son las siete y quince. Su vuelo a Zürich sale a las diez menos cuarto. Abraza la mochilita con sus efectos personales y su ardilla de peluche. Repara en las personas que pasan, las instrucciones que salen de los altoparlantes y cómo, lentamente, el piso se va llenando de vida. No se ha movido de su asiento desde que llegó. El sol refleja en los alerones de las naves que van despegando y llena la loza que reflecta los rayos. Después de otra hora, anuncian la salida de su vuelo. Lentamente, se dirige a la puerta de embarque con su mochilita y su ardilla de peluche. Los hombres de negocios le miran curiosos detrás de sus lentes y entremedio de sus trajes de diseñador. Le espera lo impensado, le espera otra vida.

Tablao

tablao

Escuchas de fondo la música que te lleva a los recuerdos, a la madre patria, al vino y las flores, a los guisos de conejo y la paella. La guitarra suena  con sentido y sentimiento, con dolor y con nostalgia, con pasión y con el alma. Cambia el ritmo al antojo del que toca y se vienen más y más secuencias. Tu padre cantaba como los dioses. Muchos lo afirmaban y a la luz del fuego y con la gracia de un tablao le evocas, ladino y prisionero de su propio delirio que dejó en tu sangre la memoria de una tierra que jamás has visto.

Los tacones retumban en la escena y se hacen palmas por antonomasia. Escuchas los fandangos, las guitarras presurosas y el tumbao de fondo, golpeando con furia, como un corazón enamorado. Suave y como los colibríes, entra la música inundando tus latidos. Estás espectante, embelesado en los recuerdos. Cambian los tonos y se vuelve ronca la guitarra, se vuelve grave y quejumbrosa. Se hace lento el pulso, y se tranquilizan las manos de las danzantes. Sufre el cantor, es uno con su instrumento. Retumban las voces del pasado. Un ¡olé! viene sin quererlo a tus labios, que es completo con las palmas siguiendo el ritmo. ¡Olé! dirás con dolor y con sentimiento, como es esta música finita, como es este tablao caprichoso, que entrega, quita, sufre y celebra, todo al mismo tiempo.

Joaquín Cortés y Pasión Gitana by chrieseli

El Incensario

Son las siete de la mañana y en la iglesia las primeras campanadas anuncian la hora y el llamado del Padre Francis a que acudamos a tomar la comunión y luego preparar la misa de las nueve y media, la más importante, la más popular y concurrida.

El Padre Francis nos ordena y nos arenga como a un ejército. Los “Soldados de Dios” él nos llama y se preocupa personalmente de que nuestros trajes estén planchados, nuestros zapatos bien brillantes y nuestro espíritu dispuesto y animoso para recibir al Señor y dar testimonio de su gloria, como había sido en un principio y por los siglos de los siglos amén. Somos sólo una banda de chiquillos revoltosos, pero es tan efectiva la prédica del Padre que nos transformamos sin darnos cuenta y damos inicio a nuestra ceremonia. Preparamos todo como en un gran espectáculo teatral, nos damos ánimo unos a los otros y  vamos tomando nuestras posiciones. 

Martin es el mayor de nosotros y es el encargado de llevar la gran cruz dorada, cuando vamos en procesion con el Padre Francis alrededor de la iglesia. Además, es quien carga el incensario de bronce, gigante y tenebroso. Tiene el papel que quisiéramos todos, porque es el de más responsabilidad, movimiento y protagonismo. El resto de nosotros estamos estáticos o a veces nos desplazamos hacia el interior de la capilla a hacer tareas rutinarias y de poca importancia. Limpiar las copas, traer el agua, trasladar las hostias, nada comparado con el encanto de mover el incensario, como un arma bencida por Dios para llenar la iglesia entera de su aroma.

Tanto le gusta al Padre, adora el olor del incienso, tan penetrante y denso, incluso él huele a incienso puro. Dice que es el aliento del mismo Dios sobre nuestras cabezas, que purifica los espíritus y porqué no decirlo, le da un cierto dramatismo a la ceremonia. Hijos, debemos usar las herramientas que el Señor ha puesto en nuestras manos, en la lucha contra los protestantes, evangélicos y oscurantistas. Todas, hijos míos, todas.

Avanzamos en fila hacia el altar, serios, plenos de fé y con el estómago lleno sólo con la hostia consagrada y el traguito de vino que el Padre Francis nos convida para darle un aspecto saludable a nuestras mejillas y cumplir con el rito fundamental de recibir del cuerpo y la sangre de nuestro Señor. La iglesia está abarrotada, es domingo en la mañana y es pleno verano. La más importante de las misas en este horario y todos los personajes más importantes del pueblo concurren a la prédica del Padre Francis, el más querido, el más respetado y porqué no decirlo, el más creíble de todos.

Empezamos la celebración. El gran órgano atrona con los himnos y las alabanzas. Cantamos Aleluya. Se demora el Padre, alarga los ritos y avanza la hora. Sube la temperatura en el exterior y la vieja iglesia de adobe empieza a crujir. Se siente el calor por todos lados, pero el ánimo de nuestra grey está intacto. El Padre Francis sabe como cautivar la audiencia.

Se inicia el rito de la comunión y el Padre ordena a  Martin llenar el incensario hasta el tope, soplar a todo lo que den sus pulmones y lograr una llamarada macisa y espectacular. Avanza hijo, confiado, no temas nada, llevas el poder del Señor en esa gran mole de bronce. -Bendíce a todos con el álito sagrado del incienso- , le ha dicho el Padre muchas veces y Martin histriónico, avanza, dando varias vueltas a la iglesia, haciendo aspavientos, poniendo cara de ser el mismo emisario de Dios y llenando todo el edificio con el humo enceguecedor, que se vuelve denso y espeso junto con la humedad que escapa de los cuerpos de los fieles, ya transpirando como locos, porque afuera deben haber por lo menos 40º a la sombra. Sus estómagos vacíos, les hacen ver líbidos y transparentes. Muchos se abanican y se muestran agotados.

De pronto, en el climax de la ceremonia, se escuchan unos golpes secos en la iglesia. Tratamos de mirar curiosos y asustados. Atrona el órgano. Ora el Padre Francis en latín y al darnos vuelta para hacer la reverencia al altar, vemos entre la humareda como van cayendo desfallecidos los cuerpos de algunos feligreses, vencidos por el calor, la levantada, el ayuno y la humareda densa y pestilente que se ha aposentado en todo lo ancho de la iglesia.

El Padre hace un alto y así aprovechan los familiares de levantar a los caídos y llevarlos a la puerta. Al abrirse, entra una brisa suave. El Padre Francis, totalmente posesionado de su personaje, dirá que es el aliento de Dios que nos acompaña esta mañana.

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El Príncipe

El Príncipe está sentado en la baranda del jardín que domina la colina. Una cálida tarde de primavera le saluda e ilumina sus ojos curiosos y alegres. El Príncipe está contento. Al pié de la colina sus dos hijos, juguetones, regresan cuesta arriba acompañados de los perros. La escena es ideal. Una voz le dice: tu corazón les ha sacado una fotografía.

El Príncipe, desconcertado, mira a todos lados, buscando esa voz y de pronto recuerda, un mismo tiempo, esa misma baranda y la voz de esa criatura pequeña, inusual, valiente, que le hablaba desde lo profundo de sus sentimientos, que le abrazaba con fuerza y que llenaba la cara del Príncipe con una inagotable sonrisa.

Haber seguido siendo Príncipe había sido de las decisiones más difíciles de su vida, haber seguido viviendo en función de miles de fantasmas que moraban la casa, de decenas de otros, que como él, llevaban el mismo nombre y que habían luchado una vez por mantener las cosas como eran. Pero las cosas cambiaban, escuchaba de esa voz, la vida inevitablemente te toma, te alcanza. ¡Basta! decía el Príncipe. No puedo soportarlo, yo me debo a mi nombre y a mi casa, a mis fantasmas, a mí. Hay más allá que todo eso, decía esa criatura pequeña , inusual, valiente, que había viajado desde el otro lado del mar, sólo para poder tocarle. El Príncipe le miraba, arrobado y sólo podían fundirse en un abrazo.

Las pesadillas asolaron al Príncipe desde el mismo inicio y siempre quizo escapar. Pero no podía, estaba atado. Quizo alguna vez romper con todo, cambiar su nombre y su cara, eliminar para siempre sus recuerdos y los fantasmas que moraban en aquella casa, lo intentó, casi lo logró.  Pero el deber de ser quién era, el infortunio de creer ser responsable por vidas anteriores fue causa de la profunda pena del Príncipe. Vió alejarse a esta criatura, pequeña, inusual, valiente, lentamente, y vió rodar las lágrimas por su cara y sentir como quemaban la suya… Un profundo dolor lo embargó, pero ya no había nada que hacer.

Me voy, dijo la criatura, porque tú lo has decidido, porque no tengo nombre, reino ni fortuna, por eso pides que me vaya y yo acepto tu decisión. El Príncipe tardaría años en entender que aquella era otra manera de amarse. Sí, porque se amaban, aunque eran tan distintos, pero aquella criatura había llevado la luz al alma del Príncipe, le había dado una sonrisa amplia, una dicha que no conocía. Pero los fantasmas fueron siempre más poderosos. Perseguían al Príncipe, sin descanso…

Vuelve a mirar por la baranda, al camino, y se da cuenta que jamás, en su vida va a volver a tener esa felicidad que alguna vez alcanzó sin darse cuenta, que le envolvía, que le daba energía. El Príncipe cavila, en silencio, todo estuvo ahí, la felicidad misma le tocó, le envolvió y no quería soltarle. El Príncipe se negó entonces y se niega ahora. Debe seguir siendo quien es, debe seguir. Mira a su alrededor y los mismos gladiolos que fueron plantados por la pequeña criatura, le sonríen ahora con pena. La misma ventana donde ella aparecía en las mañanas, estirando sus brazos, está ahi. De algún modo, todo sigue igual, pero concluye : Ciertamente, jamás será la misma felicidad.

El Cantante

 

Lento termina el día y poco a poco se van enmudeciendo los homenajes. Poco queda del recuerdo de una nación dividida, profundamente politizada. No, ya no son los mismos…

El Cantante recuerda nuevamente su figura diminuta, de la mano de su padre, marchando aquellas gloriosas tardes en que el Compañero Presidente prometía que ellos serían los artífices de un nuevo mundo, más justo, solidario, equánime, ideal. Qué efervescencia, cuánta dulzura en cada una de sus palabras, qué exacto el mensaje, qué posible se veía todo aquello. Con sólo escuchar al Compañero Presidente, se le ponía a uno la carne de gallina, le llegaba a uno al mismo corazón, abrazando a la bandera era como abrazar a la amada, a la madre, a la patria.

Qué tiempos aquellos!! Sólo perteneciendo al partido o al sindicato uno tenía derecho a todo, compañero – decía el Cantante emocionado- Bastaba sólo eso, para poder SER.

Pero los momios no entendían todo esto, nos provocaban, nos tiraban monedas, compañero. Qué lindas flameaban las banderas, qué posible se veían todos nuestros sueños. Mi padre afirmaba mi mano firme y decidido. Eramos parte de un nuevo mundo. Luego todo se vendría abajo. Los momios lo planearon, nunca entendieron que el pueblo también sentía.

Nadie entendió muy bien cómo el Compañero Presidente caía. Como el cielo se llenaba de negra humareda y los aviones militares sobrevolaban lo que antes había sido nuestro punto de reunión por excelencia, nuestra Alameda. De pronto nos vimos en la patota, corriendo despavoridos y la policía a la siga.

Luego,  nuestros hogares violados, destrozados, nuestros amigos golpeados, muertos, desaparecidos. ¡Si eramos el sueño de un país, hecho posible!, ¡si el Compañero Presidente lo había prometido! ¿Cómo llegabamos a este punto?

Luego vendrían años malos compañero- señala el Cantante cabizbajo- toda la magia, la unión, la dedicación, la fé se había ido. Huyó despavorida de mi país ideal, que yo veía como niño de la mano de mi padre y nunca más regresó. Lo busqué por todos lados,  y mire donde he parado. De la capital al campo, del campo a la montaña, de la montaña a las islas y de ahí,  a esta ciudad, que ya no es más campo ni plaza, es una mole de concreto que mueve a los ciudadanos, como usted, como yo, con hilos escondidos, no sabemos para dónde. Si este mercado que ya no es lo que era, no es romántico, ni típico. Es un puro comercio, compañero, mire si ni las artesanías son originales, ninguno es artesano, ninguno labra la tierra, navega el mar, pule la madera, acaricia el metal, ninguno compañero.

El Cantante hace una pausa y una vez más recuerda, añora, saborea ese precioso sueño que vió una vez frente a frente. De pronto una voz desde el otro lado del pequeño restaurant del mercado, le indica : ehh, amigo, cántese una tonada! 

-¿Cuál le gusta al caballero? dice el Cantante, convertido nuevamente en su personaje, haciéndose el ladino, locuaz y divertido  -Dígame el caballero ¿cuál le gustaría?

– Cántate una bonita, dice el hombre. Pero no me cantes de comunistas que para eso tengo al lado de mi casa!.

Tragándose el discurso y guardando el sueño en el bolsillo, el Cantante, ladino, locuaz, divertido, rasguea con fuerza su guitarra y se olvida de la vida que tiene por delante, de la que dejó, y de la que le tocará vivir.