Los Vecinos

Don Bartolo ha muerto, dijo la señora Elena, con su voz de fumadora empedernida, arrastrando sus zapatos taco aguja por el parquet del living comedor. Ha muerto el pobre hombre y nadie lo ha ido a acompañar a su sepelio, insistió, prendiendo un cigarrillo de aquellos con el filtro color oro, que costaba un mundo encontrar en el comercio del pueblo.

Don Ernesto la miró circunspecto y no le dijo nada. Le acercó la lumbre y siguió leyendo la página social del diario.  Al cabo de dos vueltas del periódico, encendió un cigarrillo también y le indicó que mandaría a publicar un aviso en el obituario, en nombre de la familia, por el deceso de aquel vecino suyo por cuarenta años, juez del pueblo, que tuvo a bien partir al otro mundo exactamente cómo había vivido, en silencio y discretamente, tal como sus pasos por la cuadra, como sus vueltas a casa las noches de los viernes, después de jugar crap, borracho, perdido en el tiempo y el espacio, cantando bajito corridos mexicanos y haciendo callar al perro San Bernardo que cuidaba la entrada de la casa, el que invariablemente le babeaba la camisa y los zapatos y lo hacía caer de bruces en la alfombra del recibidor. Incluso ese porrazo era imperceptible para todos y sólo se le veía salir la mañana del sábado, magullado, a comprar una Coca Cola y una tira de aspirinas para componer esa “alergia pertinaz que le había aparecido de un día para otro y apenas le dejaba respirar”, que otros más prácticos llamaban simplemente resaca.

Que tenga un muy buen día le decía a don Ernesto, alejándose a paso cansino, adolorido en cuerpo y alma por la feroz borrachera de la noche anterior. Él le inclinaba la cabeza alegremente y echaba a andar su auto, un Buick colorado de 1975 y se reía, porque mientras don Bartolo se  jugaba las cuotas de las pensiones alimenticias, las multas de tránsito y los diversos tributos que el público cancelaba en su juzgado y que él recibía como garante; don Ernesto le hacía los honores a la esposa, cansada de un hombre que apenas se notaba, de discursos sobre jurisprudencia a las horas más inapropiadas, de sacar la caca del perro San Bernardo y aburrida finalmente de aquel viejo cojudo que le había tocado por marido. Era mucho más divertido el vecino, con sus chistes gruesos y su voz pastosa, sus regalos de mal gusto y comprados a la ligera, su pasión desesperada y su charla amena. Eso era mejor que morir de abulia con las largas peroratas del juez de la comuna.

Vivían constantemente en la inopia y toda la cuadra lo sabía, como se sabían las maromas de don Ernesto entrando por la puerta de la cocina, silbando como un criado, con las manos en los bolsillos, cargando una pastilla de jabón de tocador o una caluga de champú para la esposa, porque, muchas veces, hasta eso escaseaba en la casa de don Bartolo, acogotado con las deudas, intentando achicar las múltiples apropiaciones indebidas con su propio sueldo, para no ser cogido in fraganti y expuesto al escarnio y la expulsión del colegio de abogados. Eso no lo hubiera soportado jamás, mientras su mujer se acercaba humillada al almacén de la esquina a pedir fiado huevos y tallarines, para poder hacer el almuerzo.

Don Ernesto pagaba esas cuentas, a través de los emisarios más diversos. Ahora que miraba la nota necrológica con su nombre completo y el de la señora Elena, se rió calladamente, recordando las veces que el perro San Bernardo le lamió los zapatos y le mordisqueó el cinturón mientras él tomaba una copa de jerez comprado con su propia plata. Encendió un cigarrillo y siguió hojeando el diario.

La señora Elena retiró el cenicero y miró por la ventana. Reclamó airadamente que las persianas estaban sucias y miró a don Ernesto que seguía riéndose de sus antiguas andanzas con la esposa del juez. La señora Elena encendió uno de sus cigarrillos con filtro dorado y con toda la calma que pudo tener jamás le indicó,  no te rías tanto Ernesto que de aquí te veía cuando cruzabas la calle a ver a la mujer de don Bartolo. De aquí mismo veía cómo salías abrochándote los zapatos y encendiendo un cigarrillo que aspirabas a dos bocanadas en la entrada de la casa, porque ellos nunca fumaron. De aquí te vi tantas veces, que me cansé de mirarte. El pobre don Bartolo no tenía la menor idea que yo sabía y me conversaba amargamente de las desaveniencias con su esposa. Vaya usted y dígale, me rogaba.  Hasta que un día me cansé de que le vieran las canillas y lo convidé a tomarse un trago conmigo. De aquí mismo observamos todo.  Y de aquí mismo nos fuimos a la cama. No te rías tanto Ernesto, que uno nunca sabe las vueltas que tiene esta vida. Si hasta en tu auto nos paseamos y nunca te enteraste.

Ofrendas

Caminó por todas partes hasta que las encontró. Las llevó a casa. Nadie vio cuando llegaron. Las dejó descansar, toda la noche, en la vieja palangana de loza, suspendidas en el agua fresca y rociadas por la luz de luna, que entraba intrusa y luminosa, a través de la ventana. Amanecieron vivas, brillantes y coloridas. Ella las roció de nuevo, esta vez con agua y con sus manos, para proteger los delicados pétalos. Envolvió sus tallos con papel periódico, las cargó en sus brazos y antes de que el sol del mediodía las marchitase a ambas, se dirigió a paso vivo al cementerio, al otro lado del pueblo.

La caminata era exhaustiva. El pavimento estaba roto en muchas de las veinte cuadras que debía cruzar y el ramo de crisantemos le impedía ver por dónde iba. Debía pasar a ciegas en las esquinas, rogando que los automóviles la vieran, porque ella sólo podía escucharlos. Hacía esta caminata cada mes, lloviera o tronase, con la escarcha de las mañanas de invierno o con el atosigante calor del verano. Todos los meses. Sin faltar ninguno. Excepto aquella vez en que su hermana, al borde de la muerte por constipación, le rogó cuidara de su familia en lo que hiciera falta, mientras la Vírgen del Carmen tenía a bien hacerle el milagro de su sanación. Sólo entonces dejó en manos de aquel pintorcillo que intentaba robarle el corazón a su hija, la tarea de visitar la tumba de su madre y depositar, en el triste jarrón de barro, el ramo de crisantemos que tanto le gustaban.

La promesa había caído en sus hombros y si se remontaba a la génesis de ella, no había tal. La niñita de trenzas rubias no entendía porqué todos lloraban alrededor de la cama de su madre, quien, con su acento de Colonia, le rogaba entre resuellos que no olvidara su nombre ni su idioma, que no olvidara cuidar a su hermanito, que se empinaba apenas al borde de la cama y que miraba encantado los grandes cirios que velaban a la moribunda. Ese recuerdo le acompañaría toda la vida y la movería mes a mes para urgar en todo el pueblo, hasta encontrar el ramo de las flores preferidas de su madre. Tampoco recordaba quién le dijo que era así. Sólo lo sabía. Sólo lo sabía y las buscaba con ahínco, prisionera de un compromiso que cayó en una espalda tan joven y tan inocente.

Al llegar al cementerio, saludó al panteonero. El hombre se limpió las manos con sus pantalones y le estrecha la suya con cariño. La acompañó, con una suave charla, a través de sus dominios, hasta dejarla al lado de la tumba que había venido a visitar. La miró nuevamente. Le ofreció su ayuda en lo que se le pudiera ofrecer y se retiró silencioso, dejándola cumplir su cometido con libertad. Ella miró la lápida de madera y leyó en voz baja el nombre de su madre. Acomodó el jarroncito. Buscó agua en un tarro de latón. Depositó con sumo esmero los crisantemos. Uno por uno. Volvió a acomodar el jarrón. Limpió los restos de hojas muertas y las hierbas que salían porfiadas entremedio de la tierra. Miró la lápida nuevamente. Era el mediodía. Rezó una oración en silencio y de memoria. No habían más recuerdos de la madre, excepto aquella escena en el dormitorio. Los cirios. El hermanito. Las mujeres de la familia en un llanto plañidero. Los rosarios negros. La cinta apretada en su pelo. El funeral. Esta lápida sencilla con el nombre inscrito en letras góticas.

El panteonero la sacó de su ensoñación. Vino alguien a dejarle flores a su madre. No dejó nombre ni tarjeta. Aquí están, dijo. Depositó en sus brazos otro ramo de crisantemos. Le sonrió.  Ofreció un humilde tarro de conservas, que él mismo hundió en el espacio de tierra que había quedado en la sepultura. Lo llenaron con agua. Ella colocó las flores. Él comentó lo hermoso que se veía. Escucharon el río, en la cañada, detrás del cementerio. Escucharon los pájaros. Vieron las nubes. Ella miró la hora en el reloj que había sido de su padre. Se despidieron, con un apretón de manos. Elija la vereda del frente, señora, dijo el panteonero al final. Váyase por la sombrita, que a esta hora pica fuerte el sol. La veo en tres semanas más.

Silencio

Da vuelta la cara. Se acomoda el suéter y avanza. Un silencio sideral, seco, sordo, frío, estático se queda entre ellos. Es la manera de herir. Es la única forma de evitar una confrontación que podría ser definitiva. Es el único recurso válido cuando la rabia es incontrolable, cuando las palabras cortan como cuchilladas y cuando el dolor anega el corazón de pena y de lágrimas.

Silencio. Recurso aprendido desde siempre, cuando la madre cerraba la puerta de los sonidos por semanas, en una ley del hielo que no capitulaba jamás, mientras pasaban los días sin dar muestras de notar la existencia del que había cometido el agravio. Así pasaba la vida y el remordimiento se hacía más amargo, más duro de masticar, más inapelable, hasta concluir con una mezcla de conformidad y cierta madurez en el alma de que lo hecho, hecho estaba y que nada se podría cambiar en el tiempo pasado, sólo la vida daba otra oportunidad de otro tiempo, uno nuevo, distinto. Uno diferente.

Silencio en las confrontaciones. Silencio en los hechos cotidianos que merecían un debate sincero. Silencio y nada más. Vasto, claro, definitivo, monumental. Sólo los ojos hablaban, sólo las emociones se escapaban porfiadas a través de ellos. Sólo los ojos y nada más. Como mudos testigos de un cambio de proporciones en el espíritu herido, sólo los ojos adivinaban la pena, sólo los ojos dimensionaban la rabia, sólo los ojos. 

Silencio y nada más. Eso se escucha en la casa. Eso y los pasos contenidos, los quehaceres mundanos y el silencio, pesado, cruel, sectario, aplastante. Se irá algún día, bajará la guardia en algún momento y no se lamentará por lo que pudo haber dicho, con el rigor de las máquinas de guerra, sino que guardará la herida en el corazón, la curará en las noches de luna y un día de risas sinceras, desaparecerá.

¿La Recuerdas?

¿Recuerdas a Lucía?, preguntó mi padre de improviso, en la mesa del desayuno. Evoqué su sonrisa, sus manos siempre coloradas y su delantal de tela de sacos de harina. Sí, claro que la recordaba. El olor de su cocina; perejil, romero, menta, orégano, comino, longanizas ahumadas, queso maduro, ajos y una pasta de ají color carmesí que la hacía sólo para ella y con la que untaba todo lo que se llevaba a la boca.  

Por supuesto que la recuerdo, dije, su voz cantando corridos mexicanos cuando lavaba los manteles y las maldiciones suyas por porfiar en hacerlo ella misma, con ese jabón de lejía que le escaldaba los dedos.

Lucía no tenía huella dactilar, recuerdo; tal vez por la lejía. En su documento de identificación se veía sólo una mancha de tinta color púrpura. Mi padre la conoció por accidente y le ofreció trabajar como mucama, pero a la vuelta de los años, se convirtió en parte de nuestro hogar. Un hogar truncado, de hombres solos, sin madre y sin esposa, de colillas de cigarrillos y vasos de jerez regados en el suelo, contundentes sopas de gallina para componer la resaca de mi padre y sabrosas papillas de verduras para acallar la sonajera de mis tripas.

Lucía tenía olor a cazuela de res, a pastel de choclo con albahaca y a pan recién salido del horno. Creo que fueron sus manos las que tomaron las mías para dar los primeros pasos. Fue ella quien me sacó el empacho con rezos de médica mapuche y descubrió mi manía de ocultarme por los recovecos de la casa, sin emitir un sonido, como si fuera un fantasma.  Amelia ayudó a traerme al mundo y no venía con frecuencia. Olía a perfume barato,  de eso me acuerdo claramente. Recuerdo el cascabel que me colgó del cuello, con la forma de un caballito, que tintineaba al menor movimiento, para poder encontrarme. Lucía lo detestaba y decía que a los niños no se les ponen collares como a los perros, pero Amelia era porfiada y decía que si yo seguía con esas manías iba a acabar por desaparecer para siempre, que los gitanos podrían raptarme sin que nadie se diera cuenta y que ahí si que mi padre se iba a morir de pena. Si no se había muerto cuando falleció la señora Marie, decía Lucía, este caballero tiene un largo trecho para seguir viviendo. Y con su sabiduría de mujer, estaba en lo cierto.

Doña Eugenia llegó después, cuando yo casi terminaba el colegio y al casarse, se hizo más cargo de mi padre que de mí. No impuso jamás su voluntad ni su figura y hasta el día de hoy, como si nada, decora la mesa de estar la foto de mi madre, robada a mansalva por mi padre, una tarde de invierno, cuando se enteró de que estaba embarazada. 

Lucía nos dedicaba los mejores minutos de su día a nosotros. A mí, en especial. Compartía su familia conmigo, porque decía que no era bueno crecer tan solo y fue así como aprendí con Juancho, su hijo menor, a cabalgar; con Antonio, el tercero, a usar herramientas y ser autosuficiente, en caso de cualquier eventualidad, decía ella, que sabía muy bien de esas cosas. Su marido la había dejado sola, con siete chiquillos a su cuidado y sin nada a qué echar mano. Ni tierras, ni pensión, ni casa. Mi padre la vio tan necesitada, tan honrada, tan valiente y tan a la deriva que la contrató sin pensarlo dos veces y durante años premió su esfuerzo y dedicación con regalos encubiertos, con apoyo monetario a sus hijos, para sus estudios y con la firme amistad que se forja en el respeto y el cariño sinceros.

Lucía cocinaba para nosotros y limpiaba la casa. Todo brillaba. Todo relucía de su mano y la recuerdo avanzar por los escalones puliendo la madera con virutillas de acero, luego pasando un trozo de lana vieja y por último, esparciendo la cera con sus propias manos, ayudada de una pantymedia. ¡La única pantymedia que hay en esta casa!, carcajeaba mi padre y la llenaba con abarrotes y verduras para su hogar y sus hijos, porque te deslomas mujer, eso es trabajo para brutos. Mira cómo brillan los pisos, no hay nadie como tú, Lucía.

La fiebre alcanzó el pueblo, aquel año, después del terremoto. Yo estaba fuera, estudiando en la universidad y doña Eugenia se había convertido, finalmente, en la dueña de casa. Lucía iba medio día a apoyarla con algunas labores, pero la verdad es que ya venía muy enferma. Años de postergación le pasaban la cuenta. Mi padre la mandó al médico, pero ella guardó el dinero de la consulta para la libreta de ahorros de su hijo Miguel, que había padecido poliomelitis y nunca se pudo recuperar. Vivía con ella y se había hecho artesano. Le iba bien con sus muñequitos rellenos de paja y sus juguetes de madera y aportaba dinero al hogar. Para Lucía jamás dejó de ser un niño y le peinaba los cabellos cada mañana, antes de salir. Mi padre lo averiguó y la llevó personalmente al hospital, pero ya era tarde. Se había contagiado y su débil organismo no pudo soportar la enfermedad. Murió en paz y sin sufrir, le dijo Miguel a mi padre, el día del funeral.

Claro que recuerdo a Lucía, porque guardo una foto vieja donde salimos juntos. Mis rodillas peladas y mi cara triste. Ella, sonriente y vistiendo su delantal. La recuerdo claramente, todos los días de mi vida. Llenó el espacio para las memorias que se tienen de una madre y aunque nunca se lo dije, mis pensamientos están con ella desde la primera vez que me tomó de la mano. Desde entonces estuvo Lucía, desde entonces.

De Puntillas

Recuerdo todavía los antiguos interruptores de la luz y la apariencia tétrica de la escalera. Era vieja, como todo en la casa, pero por alguna razón fascinante, en nuestras mentes de niñas, era todo lo contrario. El pasillo era ancho y el piso de tablas de laurel. Crujía. Crujía como las hojas del otoño, crujía como tan pocas cosas en medio de la humedad de los inviernos de esa época. La escalera estaba justo frente a nuestras miradas y era la voz de mi abuela la que nos detenía de subir. Imaginábamos princesas encerradas por malvados y dementes, imaginábamos tesoros, antiguas maletas cargadas de reliquias de un pasado de fantasía, imaginábamos tantas cosas que nos delataba el sonido de los peldaños y nuestras risas nerviosas, en cada intentona.

Esa noche, no habían más decisiones que tomar. Tu traje y tus zapatos de suela, atuendo apropiado para la ocasión de la que habías escapado, eran el único escollo que nos separaba de mi cama, en el altillo. Eso y la escalera.  Te dije bajito que contaras. El cuarto escalón rechinaba a la izquierda, el séptimo había que salvarlo sin pisar, el décimotercer crujía a la derecha, no lo olvides, susurré mientras me besabas, apretujándome contra el pasillo. Quita tus zapatos, te pedí mientras me descalzaba y caminaba a oscuras por el espacio que nos separaba de la escalera. ¿Duermes arriba? me preguntas, todavía achispado por las copas y te callo sumergiendo mi lengua entre tus labios, succionando tu saliva y escuchando tu corazón, en el silencio de esta noche oscura, pero asombrosa, alucinante, apasionada.

Camina por este lado, susurro, pero no llegas a oirme. Vienen a mis memorias los recuerdos de mi niñez, raudas en el triciclo, tratando de alcanzar los interruptores de la pared y bajando la palanca del transformador, ya fuera de circulación. ¿Qué dijiste?, me interrumpes y chocamos justo al determe frente a la escalera. Recuerda, digo,  el cuarto, el séptimo y el décimotercer, cuenta, que mis padres duermen del otro lado del pasillo.

Crujió, crujió, crujió, como las hojas del otoño, con la reverberación del eco suspendido en mi respiración, crujió la maldita escalera desde el inicio hasta llegar al final y no sabía si reírme a todo pulmón o ponerme a llorar de desesperación y de hambre de no poder tenerte, por el maldito sonido de la casa vieja, haciendo sentidas conjeturas por este visitante inesperado y por esta falta de respeto a la vetustez de sus rincones, a esta hora de la noche.

Ya estamos aquí, me dices afiebrado y tus zapatos caen de golpe al suelo. Nos petrificamos. Ligeros vahos exhalan tímidos por nuestra nariz, mientras somos todo oídos. La casa está en calma, se escucha sólo un perro a lo lejos y el zumbido del cable del alumbrado, como una abeja laboriosa. Respiramos con dificultad, pero esta calentura es más porfiada que todas las fiebres del planeta y me desnudo con rapidez para envolverme entre tus brazos, para oler tu cuello y mirarme en el mapa de la tierra a la que le tienes devoción. Se acomoda la escalera, el pasillo, la casa entera mientras los resortes desvencijados de mi cama tratan de contener la pasión que nos perturba, que nos quita el aliento y nos hace transpirar cuando afuera se escucha claramente cómo avanza la escarcha.

Caen de improviso los tablones de madera que soportan la cama y allí el gran caserón genera un eco atroz, grave, reproducido y amplificado miles de veces por cada eco, en cada habitación, en el silencio de esta noche. Pensamos con rapidez y no hay escapatoria. Bajar la escalera en este momento sería un suicidio. Me vuelven mis fantasías de niña y me veo encerrada en esta prisión, sin posibilidad de escape y para colmo con un príncipe desnudo y culpable que no aliviana para nada las cosas. Como ratas, como viles ratas nos acurrucamos en la esquina de la cama y apagamos la luz. Escuchamos, conteniendo el aliento y sólo la escalera bufa interrumpida en su sueño, acomodándose nuevamente en su digna posición, mientras la casona toda cruje por los embates del frío.

Te despido la mañana siguiente, cuando los ruidos no son tan graves, no existe el eco y pareciera que a la escalera le gustase ser invadida por pasos apurados y manos sudorosas que aprietan el pasamanos con premura. Nos besamos, te observo en tu partida y me queda una sola mezcolanza, la carrera loca de mi niñez, apretando los interruptores, las risas contenidas y el corazón latiendo a mil por hora, todo eso junto y amalgamado. Me dirijo a mi habitación. Cuento los peldaños nuevamente, esta vez, sólo por jugar.

N de la R: Fotografía gentileza de http://luxurbex.blogspot.com

Tarjetas de Navidad

El día de la procesión, grandes mosaicos de coloridas tarjetas navideñas se tomaban las calles, extendidas en la vereda o de pié, precariamente apoyadas contra los árboles, anticipando las festividades y el nacimiento de Jesús con sus texturas enceradas. Delgados couché con dibujos de nieve, rostros de niños colorados por el frío, Santa Claus en su trineo. Nieve, renos, pinos decorados con velas y bolas de colores, guiñaban los ojos a los transeúntes en una fantasía de navidad blanca.  Entremedio de  pesebres de yeso y restos de paja seca, nos achicharrábamos de calor buscando las tarjetas más coloridas. La costumbre indicaba enviar a amigos y familiares los deseos de paz y recogimiento, de próspero año nuevo, de buenas intenciones y eterna felicidad.

Las elegidas se escribían con cuidada caligrafía y se enviaban por correo, en la esperanza de que llegaran antes que Santa Claus. Así pasaban los días hasta la tarde de víspera de Navidad, siempre cargada de nerviosismo. La noche de paz se transformaba en una larga seguidilla de horas que no avanzaban nunca, en la eterna expectativa de abrir los regalos. Atrás quedaban las tarjetas recibidas, apiladas peligrosamente a los pies de nuestro árbol, decorado con las luces de rigor y el colorido navideño. Ni la cena de pollo y puré de patatas ni el postre de cerezas sacadas directamente del árbol, horas antes, decorado con crema espesa no eran suficiente para calmar nuestra ansiedad. La casa olía a las galletas de maicena, que habíamos ayudado a cortar con manitos nerviosas; a kuchenes de frambuesa y plátano, con la gruesa capa de crema pastelera de vainilla, olía a pollo estofado con arvejas y zanahorias del huerto, olía a días de verano, al agua del grifo que regaba la tierra, antes del anochecer; olía a la colonia de mi padre, que usaba en estas ocasiones especiales. Los pasos nerviosos de mi abuela dándole armonía al ambiente. A su llegada, estábamos listos para comer.

La hora no avanzaba y los dibujos animados de la televisión no hacían nada más que aumentar nuestra ansiedad. Archiconocidas historias de la Navidad blanca no eliminaban nuestro desasosiego. A medianoche y con los ojos escaldados de sueño, eramos conminadas a ir a dormir, so pena de no recibir la visita que tanto esperábamos. Vueltas y vueltas en la cama, poseídas de una energía mayor a nuestro cansancio, aguzando el oído, aspirando los dulces aromas de la casa, hasta que sin darnos cuenta, nos vencía el sueño.

La navidad llegaba con prisa, la misma que nos levantaba de un salto y nos hacía avanzar por la casa dormida en pijama y a pié descalzo y duraba hasta pasado el desayuno, luego era un día de verano como cualquier otro, con juguetes nuevos, con los ojos cargados de sueño y con las mudas tarjetas que quedaban como el último vestigio de la festividad. Las conservábamos por si acaso y creo que aún existen algunas en la casa de mis padres con su olor a dulces y hogar.

Tu Dormitorio

Anoche entré a hurtadillas a tu dormitorio. La luz estaba apagada, la ventana, con la cortina cerrada. Oscuro y mínimo, aún tenía tu olor pegado a las paredes, arropado entre las colchas de la cama, adherido en el piso de madera, en los intersticios del techo, en mi nariz, en mis memorias.

Te añoré, mientras prendía la luz con sigilo, con la involuntaria sensación de no despertarte, pero ya te has ido y no volverás. Me senté lentamente en la cama, como lo hacía antes, guardando el espacio que quedaba de tu cuerpo y te hablé a través de mis recuerdos.

Miré tus zapatos, ordenados en filas. Tus gruesas faldas de lanilla, el abrigo color canela y las agujas colgando de coloridos alfileteros, la máquina de coser, dormida, los patrones enrrollados como periódicos viejos, las latas de galletas y chocolates. Miré el espejo, manchado con la pátina de los años y me pareció verte, peinando tus cabellos, aplicando crema a tu cara, buscando una imagen que se ha ido, maldiciendo el paso de los años, esperanzada en los que iban a venir.

La habitación aún tenía tu olor, lavanda seca, jabón de tocador, sal de mar, colonia inglesa. Los desmenucé a propósito para no extrañarte, para no llorarte. Espero que estás bien. Espero que nos recuerdas. Apagué la luz. Cerré la puerta.